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Juan Gavasa

Cuando Indurain nació en Jaca

Cuando Indurain nació en Jaca

Hace 20 años el Tour de Francia llegó a Jaca. Al día siguiente, en la mítica etapa con final en Val Louron, Miguel Indurain se hizo con su primer maillot amarillo. Ese año ganaría el primero de sus cinco Tours consecutivos. Carlos Arribas, magistral como siempre, recuerda ese día en El País y lo que supuso para la historia del ciclismo y para el deporte español.

Como casi todos los años, como hace 20 años también, el Tour vuelve hoy al Tourmalet, como aquel 19 de julio de 1991, un viernes que cambió para siempre el ciclismo español, y también la forma en que los españoles nos veíamos a nosotros mismos. Las gentes del ciclismo, deporte que como ningún otro vive de la memoria, de las raíces de sus leyendas, de sus mitos, quieren revivir estos días aquellos días, pero Miguel Indurain, el protagonista, se niega a recordar, para Miguel Indurain, la encarnación de aquella revolución, ganar el Tour es un peso no siempre agradable. Siendo él mismo, tranquilo, callado, calmo, Miguel Indurain, que no le ve sentido a la memoria, pese a estar construido con ella, una vez más, nos pone en nuestro sitio.

En una estupenda entrevista de hace unos días en el Diario de Navarra, lo explica. Dice que él no es muy de aniversarios, ni de recordar. Lo que más le sorprende de todo esto es que ya hayan pasado 20 años, que son muchos años y él no va a hacer nada por recordarlo de una forma especial. Todo está muy contado, insiste, han pasado 20 años, no le gusta rememorar, ni recordar, no es de esos...

Ni siquiera quiere verse cómo era entonces. Hace tiempo un amigo le regaló una recopilación de vídeos con todas sus victorias del Tour, pero los tiene guardados, no los ha visto. Cree que todos los ciclistas quieren ganar un Tour en su vida, pero no saben qué consecuencias tiene todo eso, ni lo que es. La ilusión de todos es ganar, llegar de amarillo a París, pero una cosa es eso y otra es qué pasa a partir de que lo consiguen, dónde se meten... "Hasta que no lo viven no lo conocen", dice. Pero esto es deporte, esto es ciclismo y si ganan es parte de ello. Los años de sus victorias fueron muy intensos, muy bonitos, pero pasaron muy rápido, y le siguen pasando muy rápido a él, que para nada es nostálgico. El recuerdo de los Tours está ahí, guarda los maillots, guarda las bicis, pero tampoco hay que estar sacándoles brillo todos los días, no se puede vivir del recuerdo. Vivió aquello, fue muy bonito y ya está. La nostalgia es un freno. La memoria siempre engaña.

José Miguel Echávarri, el arquitecto de sus cinco Tours, el ingeniero de su transformación, y Pedro Delgado, el ciclista al que España esperaba ansiosa en el Tourmalet para encontrarse en su lugar al coloso navarro, se acostaron el 18 de julio en Jaca, donde había terminado una etapa frustrante para tantos aficionados que pensaban que no habían honrado a la patria, preocupados por dos cuestiones muy diferentes. Al director del Banesto que había estado, como un enólogo, controlando cuidadosamente la maduración de Indurain convencido desde hacía años de que tenía un gran reserva entre las manos, le preocupaba cómo se iba a interpretar la sucesión, cómo iba a aceptar Delgado que su tiempo había acabado, cómo conseguir que todo fuera fluido, tranquilo. Al segoviano, al ciclista que la década anterior había despertado a la afición con sus ataques, sus victorias, con su Tour del 88, le preocupaba su estado de forma, el miedo a no estar a la altura de las expectativas tan altas que había creado. Ninguno de los dos siente vértigo al recordar.

La noche de Jaca, José Miguel Echávarri no necesita mirar las estrellas en la oscuridad nítida de los Pirineos para saber que pocas horas después se iba a producir finalmente una confluencia de destinos, de caminos, que llevaba años dibujándose. El Tour del 90 había sido muy importante. Delgado termina cuarto e Indurain décimo, y a Echávarri le critican por no confiar en el navarro, algunos le dicen que debería haber sido el líder del equipo. Pero en ese Tour, él sobre todo encuentra la confirmación que esperaba. Fue el Tour en el que Miguel dijo, por fin, "estoy preparado". Ya había aprendido a ver y a gestionar la carrera. Tenía una cabeza grabadora, todo lo había memorizado, recorridos, circunstancias, todo lo llevaba encima. Y también la disciplina y el respeto a Pedro.

Camino de Val Louron confluyen los destinos cruzados de Miguel y Pedro, y también, de una manera más amplia, los de dos generaciones, dos presentes, lo que Echávarri llama presente pretérito y presente futuro. Desaparece de escena la generación del 60, Fignon, LeMond, Delgado, Roche, y ascienden otros cuatro del 64, Indurain, Bugno, Chiappucci, Breukink, Alcalá. La carretera eligió al presente futuro sobre el presente pretérito. Echávarri lo sabía ya en Jaca, pero no podía decírselo a Delgado, era algo que el segoviano debía descubrir por sí mismo. Y Pedro fue honesto al saber que el Tour había elegido el futuro. Cuando se acuesta, Echávarri carga también en la mochila mental las críticas de media España, frustrada porque Delgado, Perico de España, no ataca en Jaca, también las dudas del secretario de Estado para el Deporte, Javier Gómez Navarro, forofo de Delgado, quien en los cuatro años anteriores ha visto al segoviano en todos los escalones, segundo en el 87, primero en el 88, tercero en el 89, cuarto en el 90. Echávarri tranquiliza a los medios y le aclara el futuro. Cuando Gómez Navarro le pregunta cómo está Delgado, él le responde, tranquilo, Perico está bien, pero Miguel está muy bien.

Para Perico la noche de Jaca es difícil. El Tour había llegado a España y a la afición no le había gustado que no ganara un español, sino un francés (Charly Mottet). A los ciclistas, a Perico, los crucifican en los medios, les acusan de falta de patriotismo, jo, Perico, que no habéis hecho nada. En el interior de Delgado la situación se complica porque no se ve fino. Al día siguiente, en el Tourmalet confirma rápidamente sus temores al ver que no puede aguantar el ritmo de un pelotón en el que aún quedan 60 o 70 corredores. Pierde contacto y sufre pensando en cómo será su existencia a partir de entonces, cómo pasará las críticas feroces que le esperan, seguro, en la meta de Val Louron. Pero al llegar al final, la prensa española le recibe feliz, ¿estarás contento con la victoria de Miguel, con que se haya vestido de amarillo?, le preguntan. Y él, que no sabe nada de lo que ha pasado delante (no se había inventado aún el pinganillo y nadie le había dicho nada), acepta aliviado que ha llegado el momento del traspaso. El fin le llega cuando no está bien, y en vez de hundirle, la victoria de Miguel le ayuda a cambiar de registro. Piensa que si no hubiera ganado Miguel su fracaso habría sido más difícil de entender. A partir de entonces él se dedica a defender el liderato de Miguel, trabajo en el que encuentra una motivación tras el varapalo. El maillot amarillo de Miguel le ayuda enormemente.

No es algo que le sorprenda, tampoco. Delgado descubre lo bueno que es cuando en el Tour del 88 le ordenan marcar el ritmo en el Peyresourde y a su tran-tran el pelotón se deshace. Va tan rápido que Delgado sube a decirle que más despacio. Y Miguel que solo oye a Perico gritarle, ¡Miguel! ¡Miguel!, piensa, asustado, que va demasiado despacio y le pregunta que si quiere que vaya más rápido. ¡No, no! ¡Frena! Estaba ya allí por si Delgado fallaba.

Huellas romanas

Huellas romanas

Un libro recién publicado coordinado por el arqueólogo José Luis Ona recuerda un importante y desconocido episodio de la historia reciente de la comarca. Se trata del hallazgo en julio de 1963 de un valioso mosaico romano en las cercanías de Artieda. El capitán de Infantería Enrique Osset Moreno, destinado durante varios años en Jaca, fue el responsable de este descubrimiento y su posterior divulgación entre las autoridades y los medios de comunicación de la época. Sus denodados esfuerzos por lograr que las excavaciones continuaran por otros campos de la zona, donde había constancia de la existencia de más restos de la época, es la crónica de un militar ilustrado que luchó hasta su prematura muerte en 1971 por recuperar una relevante parte del pasado de la Jacetania.

Un capitán de Infantería protagonizó en el verano de 1963 un sorprendente episodio en las cercanías de Artieda, que traspasó las fronteras de la Jacetania y fue divulgado por todo el país. Enrique Osset Moreno, alumno en aquel tiempo de la Escuela de Estado Mayor y destinado en Jaca durante buena parte de su carrera militar, pasaba el verano con su mujer, descendiente de Artieda, y con sus seis hijos en la localidad de la Alta Zaragoza.

Tres meses antes, el joven agricultor local Francisco Iguácel había roto la reja del arado de su flamante tractor mientras roturaba uno de sus campos. La pieza quebró al tropezar con una gran columna de piedra que se encontraba a treinta centímetros de profundidad. La familia Iguácel compró el tractor tan sólo 3 años antes, y hasta entonces había utilizado el clásico arado romano, que apenas profundizaba en la tierra. Aquella columna de grandes dimensiones resultó ser parte de una antigua mansión romana.

Artieda, como el resto de la comarca de La Jacetania, despertaba tímidamente en aquellos primeros años de la década de los 60 del pasado siglo a la era de la mecanización. Y ese salto en el tiempo fue como una conjunción planetaria que permitió enlazar el presente modernizador con un pasado remoto que ni se conocía ni se esperaba por estas tierras. Como escribió el periodista del diario Amanecer de Zaragoza, José Omat, en un artículo publicado en agosto de ese año, “lo moderno descubre lo antiguo”. En las puertas de la famosa y decisiva concentración parcelaria, muchos agricultores dejaron los viejos arados y compraron su primer tractor. Este hecho fue determinante en un hallazgo arqueológico de gran relevancia y repercusión que sirvió para certificar la presencia romana en la Canal de Berdún.

Enrique Osset escuchó en el bar de Artieda las explicaciones de Francisco Iguácel sobre el accidente que había sufrido tres meses antes con el arado. Osset, militar culto e inquieto que había realizado pocos años antes un interesante estudio sobre la geografía del Sáhara durante su destino en la entonces provincia española, intuyó de inmediato que aquel hallazgo podía ser algo más que un simple accidente agrícola. Su interés autodidacta por la arqueología le permitía saber que pese al transcurrir de los siglos siempre quedan vestigios de la presencia humana y de sus obras. Como escribiría posteriormente en un artículo publicado en la revista Ejército, “las huellas de un poblado prácticamente no desaparecen; tan solo es necesario saberlas descubrir o interpretar”. Y eso es lo que hizo.

Al día siguiente de aquella conversación en el bar fue hasta la partida de Rienda, a cuatro kilómetros de Artieda, a conocer la columna que le había descrito el agricultor. Pero lo primero que le llamó la atención fue el diferente colorido de la tierra y las tonalidades rojizas que adquiría en algunos puntos de la parcela, como si hubiese sido quemada. Ese campo, que había sido roturado por primera vez por un tractor después de siglos de trabajo manual, estaba salpicado de pequeños trozos de mosaicos destruidos por el arado. Como sospechaba Osset, las entrañas de esa tierra de labor ocultaban las huellas de un antiguo poblado, probablemente de origen romano. Los estudios estratégicos realizados por el militar a lo largo de su carrera, su experiencia en el Sahara y un erudito conocimiento de la historia de los ejércitos le permitieron observar cosas imperceptibles para el común de los mortales. “A mí me explicaba que esa tierra tenía diferentes tonalidades y que eso se debía probablemente a que aquel antiguo poblado romano fue incendiado, pero yo no entendía nada, yo veía todo del mismo color”, rememora la viuda de Osset, María Luisa Vicente, una octogenaria con una memoria privilegiada y un intenso recuerdo de su marido, fallecido prematuramente en 1971 con tan solo 42 años de edad.

El militar adoptó decisiones rápidas y precisas, propias de una mentalidad acostumbrada a la acción. Sabía que la arquitectura romana tenía unas características muy determinadas; las habitaciones se disponían alrededor de un patio central porticado con columnas. La situación de la columna hallada por el agricultor le facilitó la reconstrucción imaginaria de la antigua mansión y alimentó su sospecha de que en ese campo había muchos más restos arqueológicos. Ante la falta de brazos en el pueblo, entretenidos en las labores de recolección, Enrique Osset comenzó a hacer catas y pronto salió a la luz un extraordinario mosaico con motivos animales que estaba en un excelente estado de conservación y que podía corresponder al patio central de la vivienda. Se trataba de una pieza de 90 metros cuadrados.

El militar puso en conocimiento del Gobierno Civil el hallazgo mientras continuaba con las catas con la única ayuda de sus hijos Enrique y Marisina, de siete y seis años respectivamente. Con el inocente entusiasmo infantil se encargaban de limpiar con escobas lo que su padre dejaba en la superficie. El pequeño Enrique recuerda casi 50 años después aquellas jornadas en el campo de la familia Iguácel “casi como si fuera un juego porque nosotros estábamos encantados de ayudar a mi padre. Él había dibujado en un papel una distribución imaginada de cómo sería la casa y no se confundió. Donde él pensaba que podía estar el patio central allí encontramos el gran mosaico y otros en peor estado de conservación que podían pertenecer a otras habitaciones y restos de cerámica y otras piezas”.

El arqueólogo José Luis Ona explica en el libro publicado recientemente que “Osset tuvo el acierto de notificar el hallazgo a las autoridades, que con rapidez determinaron el envío del arqueólogo Antonio Beltrán, y de especialistas en el arranque de mosaicos”. Porque Enrique Osset entendió que era necesario seguir los conductos reglamentarios pero al mismo tiempo continuar con las catas para minimizar en la medida de lo posible los perjuicios que se estaban causando al propietario del terreno. Francisco Iguácel tuvo una actitud plena de sensibilidad y responsabilidad. El mismo día que su hijo topó con la columna romana decidió dejar de trabajar el campo de Rienda hasta que alguna autoridad determinara qué hacer con aquellos restos. Y así estuvo durante 3 años. Esa actitud cívica, sin embargo, no tuvo la réplica en los poderes de la época. Le expropiaron el campo de 3 hectáreas durante ese tiempo y se lo devolvieron destrozado y sin indemnización alguna.

Según Cándido Iguácel, hijo de Francisco, “nos expropiaron el campo durante 3 años pero no hicieron en ese tiempo ninguna cata más. Cuando mi padre fue a exigir una indemnización por los daños ocasionados enviaron a la Guardia Civil para detenerlo. Yo corrí a avisar al cura y sólo gracias a su mediación dejaron a mi padre en paz. Esto es lo que conseguimos de aquella historia”.  Enrique Osset sufrió especialmente aquel desprecio y son numerosas las cartas que guardan sus hijos en las que reclamaba insistentemente una indemnización a Francisco Iguácel. “Yo era muy pequeño –indica su hijo Enrique-, y no me enteraba de casi nada pero podía ver perfectamente que al señor Iguácel no le trataban bien las autoridades de la época”.

La dimensión del hallazgo probablemente hubiera sido otra si no hubiera existido la figura de Enrique Osset Moreno. El militar no era profesional de la arqueología  pero consagró los siguientes meses a estudiar la geometría del inmenso mosaico y dibujar en sus cuadernos de campo con una técnica primorosa las diferentes piezas que lo conformaban. La documentación que acumuló en este tiempo y el rigor de sus estudios fueron suficientes para que la comunidad arqueológica lo tratara como uno de los suyos. Publicó varios estudios y presentó junto a Antonio Beltrán sus conclusiones en el VIII Congreso Nacional de Arqueología celebrado en 1963.

Su condición de militar ilustrado alimentó otros ensayos de carácter geoestratégico que vinculaban directamente el trabajo de los arqueólogos con el estudio militar. En un artículo publicado en 1964 en la revista Ejército argumentaba que “una vez realizado el reconocimiento militar de una zona y señalados los puntos técnicamente interesantes, hay que dejar paso al arqueólogo, ya que la técnica de excavación, el estudio de la cerámica, etc., salen del campo puramente militar”.  En ese mismo estudio desarrollaba una documentada hipótesis sobre las razones estratégicas del asentamiento romano de Artieda, en las que mostraba su profundo conocimiento de Roma y de sus ejércitos, de la geografía pirenaica y de la historia militar. “Este punto cierra el valle de Roncal y presenta múltiples circunstancias que favorecen su defensa, como el cauce del río Aragón, que constituye un foso natural, o sus taludes, en las laderas norte, este y oeste”.

Enrique Osset Moreno mantuvo desde el primer momento un firme equilibro entre el pragmatismo del hombre de acción y los formalismos jerárquicos del disciplinado militar. De hecho, como recuerda su viuda María Luisa Vicente, “a la primera persona que puso en conocimiento el hallazgo fue al Capitán General de Zaragoza, Mariano Alonso, que había sido profesor suyo en la Academia General y tenía casa en Villanúa”. En aquella carta el capitán explicaba a su superior que “aquí la gente ve que voy a picar y no concibe que un “señorito” lo haga por amor al arte, preguntan si apareció el tesoro y al responder que el tesoro era el mosaico alguno aventuró la sospecha ¿qué habrá debajo del mosaico?"

Osset Moreno recibió rápidamente la respuesta de su antiguo profesor, que le aseguraba que haría las gestiones oportunas. Con los formulismos de la burocracia de la época el 5 de agosto de 1963 (pocos días después del hallazgo), el militar recibió una postal desde Peñiscola del profesor Antonio Beltrán, quien le informaba estar al tanto del descubrimiento de Artieda y le aseguraba que al finalizar sus vacaciones en septiembre iría “a verle y estudiar el arranque del mosaico”. En esas fechas Osset ya había aventurado la hipótesis de que los mosaicos y restos hallados podían pertenecer a la célebre ciudad romana de Seguia, que algunos estudiosos situaban en Ejea de los Caballeros. Mientras llegaba Beltrán siguió picando y encontró nuevos restos de mosaicos aunque en peor estado de conservación. Cada cata reforzaba las intuiciones del militar.

Beltrán cumplió su promesa y un mes después constató “in situ” la importancia de lo que hasta entonces sólo conocía por referencias. El Consejo Provincial del Movimiento destinó por vía de urgencia 40.000 pesetas para el arranque del mosaico y se requirió al restaurador del Museo de Sevilla, señor Tomillo, el principal experto en este tipo de trabajos en España, para que dirigiera la operación. La rápida actuación de las autoridades de la época fue profusamente divulgada en los medios de comunicación, que se hicieron eco del relevante hallazgo de Enrique Osset Moreno. En una entrevista concedida a Heraldo de Aragón en noviembre de ese año, el militar confesaba que “temía estropear algo pese al cuidado que ponía. Por otro ignoraba las leyes establecidas para estos casos y sobre todo me preocupaba la avaricia de los buscadores de tesoros capaces de picar en el mismo mosaico para ver si encontraban debajo la olla con las onzas”.

En el mes de septiembre se contrató a varios vecinos de Artieda para que hicieran los trabajos de excavación. En pocos días se sacó a la luz todo el mosaico y mediante un delicado proceso de arranque, traslado  y pegado se reconstruyó para su exposición en el Museo de Zaragoza, donde todavía permanece. Pese a la constatación de que había más restos en la partida de Rienda y en otros campos adyacentes, las autoridades no financiaron nuevas excavaciones. Osset Moreno, frustrado y resignado, se dedicó durante los siguientes años a llamar a todas las puertas posibles para sensibilizar a la administración sobre la necesidad de seguir investigando la huella romana de Artieda.

Los hijos de Osset Moreno (tiene 8), conservan todo un arsenal de correspondencia que define también la personalidad del militar. Su hija Concha confirma que “mi padre era disciplinada, metódico y organizado hasta un extremo realmente impresionante. Guardaba todo y era profundamente ordenado con todo lo que trabajaba”. De esa ingente documentación epistolar se rescatan perlas que ayudan a explicar también la pesada burocracia del régimen franquista y los códigos internos de una administración que, como explicaba uno de sus funcionarios, “mostraba la sensibilidad de una tortuga”

Enrique Osset se batió el cobre para que la familia Iguácel cobrara una indemnización. Mantuvo un intenso y cómplice cruce epistolar durante años con el director del Instituto Español de Arqueología, Alberto García y Bellido, para que las excavaciones continuaran. El funcionario, un hombre de vuelta de todo y profundo conocedor de las interioridades de la obtusa administración, le confesaba en una carta que “si las fuerzas armadas dependieran de ministerios civiles como el mío posiblemente no se habría decidido aún la adopción del arma de fuego y continuaríamos discutiendo las ventajas de la ballesta sobre el arco”. En otro misiva de marzo de 1966 respondía a Osset de manera lacónica sobre el asunto de la indemnización a los dueños del campo: “si Artieda perteneciera a Navarra no hubiera sido necesario dejar transcurrir tres años”.

Osset lo intentó todo. Incluso logró comprometer a la Escuela Militar de Jaca, en la que estaba destinado a finales de la década, para que los nuevos trabajos de exploración los hicieran soldados adscritos al cuerpo con el traslado de los mosaicos hallados a la capilla de la Escuela como posible compensación. La legalidad no lo permitió.  En 1969 escribió incluso a Manuel Fraga, Ministro de Información y Turismo, después de la visita que éste había realizado a Jaca. Le remitía todos sus trabajos sobre los yacimientos romanos de Artieda y le informaba de que la Embajada Italiana en España se había mostrado interesada en continuar con las excavaciones. El militar retaba de forma inteligente al ministro y le tocaba la fibra: “me agradaría más que el trabajo fuera realizado por españoles y que nada de lo nuestro fuera a parar a museos extranjeros. En marzo de 1970, pocos meses antes de caer enfermo, el director del Instituto Español de Arqueología le animaba a “seguir explorando este “castellum” porque puede ser de un interés muy grande”. Era una forma irrefutable de confirmarle que el Estado no iba a hacer nada más en Artieda.

Enrique Osset Moreno murió en enero de 1972 después de una fulminante enfermedad. En sus últimos años estuvo destinado en la Ciudadela de Jaca y fue el impulsor de su restauración. No llegó a tiempo de ver en la calle su libro “El castillo de San Pedro”, el único estudio global publicado hasta ahora sobre la historia de la Ciudadela. En este trabajo plasmó nuevamente el rigor, disciplina, entusiasmo y tenacidad que caracterizaron su investigación en Artieda. Gracias a su estudio y trabajo de campo en las partidas de “el Forau de la Tuta”, “Rienda”, “Campo del Royo” o “las Viñas del Sastre” se pudo saber que aquellas teselas y restos de cerámica que aparecían con frecuencia no eran “cosa de los moros”, según el imaginario popular, sino las huellas de un campamento y un poblado romano que ejerció durante siglos un estratégico papel en la defensa del norte de Hispania.

Spanish revolution

Spanish revolution

¿De verdad hay que explicar las causas? ¿De verdad hay aún quien se sorprenda de que en un país que se supone europeo, que presume de sentarse en el G-20, que hasta hace nada decía ser la séptima potencia económica del planeta, estallen las protestas cuando se alcanza un 45% de paro juvenil; cuando un 63% de los ciudadanos vive con mil euros o menos al mes mientras las grandes empresas baten récords de beneficios y de sueldos para sus altísimos directivos; cuando más de un cuarto de millón de familias son desahuciadas por no pagar la hipoteca mientras la misma banca que les deja sin casa pero no sin deudas se lleva, de premio, casi dos puntos del PIB en planes de rescate públicos?

Francamente, lo raro es que todo esto no haya sucedido antes. Hasta alguien tan poco sospechoso de antisistema como el presidente del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, advirtió hace unos meses de que en España se juntaban todos los ingredientes para una revuelta juvenil, para “un nuevo mayo del 68”. Ilegalizar las manifestaciones para tapar la boca de los descontentos, como ha hecho la Junta Electoral de Madrid, no va a servir para acallar estas protestas, sino que las va a encender aún más.

Piensan en el PP que este río revuelto les va a beneficiar. Tal vez sea así, y este domingo puedan celebrar que el desencanto con la política –esa permanente duda de la izquierda que rara vez asalta a los disciplinados votantes de la derecha– les dé una victoria histórica. Puede ser, aunque está por ver. Pero en el PP se equivocan si creen que esta nueva democracia más participativa, que estos días balbucea sus primeras palabras en 140 caracteres, sigue siendo la de votar y callar.

Por Ignacio Escolar. Público

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http://periodismohumano.com/destacado/aqui-esta-ocurriendo-algo-grande.html

Obama, Osama y Hammurabi

Obama, Osama y Hammurabi

Por Víctor Sampedro, Catedrático de Comunicación Política

Ninguna guerra es santa, a pesar de las arengas-homilías de los capellanes castrenses. Pero hacemos distingos. En Occidente ya no vamos de cruzada, sino en "operaciones humanitarias y de paz". Identificamos Guerra Santa con Yihad y terrorismo religioso, con Islám. Un reduccionismo interesado. Una cadena de montajes, que es preciso desmontar.

El Presidente Obama finalizó el anuncio oficial de la muerte de Osama Bin Laden definiendo a los EE.UU. como "one nation, under God, indivisible, with liberty and justice for all". ¿Unidad de destino universal por designio divino? ¿Libertad y justicia mediante "operaciones quirúgicas" sin detenciones, procesos ni condenas previas? Reconozcamos el fundamentalismo democrático que nadie parece percibir, excepto quienes lo padecen.

Los amargos frutos del ardor guerrero democrático son ineludibles. A pesar de justificarse en la democracia y el diálogo de civilizaciones, "nuestras" guerras (en rigor, sólo ponemos impuestos y víctimas) responden a la geopolítica del realismo duro; cada vez más sucio: unilateralismo con doble vara de medir, al margen del derecho internacional con guerras no declaradas o ilegales. Y, una vez metidos en faena, no distinguimos civiles y combatientes, campos de refugiados y de terroristas, a estos y a sus familiares.

Justificar estas liberaciones genocidas, conducidas a sangre y fuego, dictadas por intereses espúreos y evidentes resulta demasiado cansino y, por ello, las argumentaciones morales dan pronto paso al "militarismo deportivo" del "Nosotros, frente a Ellos". "Obama 1 - Osama 0", que rezaban las pancartas en EE.UU. Maniqueísmo de estadio para los crímenes de Estado.

¿Un montaje? Pues claro, como el del 30 abril pasado, ante los corresponsales en la Casa Blanca: casi un monólogo del Club de la Comedia, cuajado de videos jocosos. El perfecto retrato del papel que juegan los políticos y los periodistas. Un montaje, claro que sí, con independencia de que Bin Laden hubiese muerto años antes o, al contrario, que ni siquiera lo hubiesen lanzado al mar y viviese oculto en el rancho de Bush. La Guerra contra el Terrorismo no ha sido otra cosa que un montaje desde que empezó. Se libraba contra los engendros subvencionados por la CIA frente al comunismo (talibanes y Sadam Hussein). Se celebró la victoria en Irak hace 8 años. Aquí llegaron a confundir ETA con Batasuna y a esta con los responsables del 11S (lo ha repetido, con malicia y maledicencia, E. Aguirre: que Bin Laden nunca reivindicó la masacre de Atocha).

El anuncio de esta muerte anunciada llega al mismo tiempo que las noticias del asesinato del hijo menor de Gadafi y tres de sus nietos, por obra de "nuestros" bombarderos. Coincide, además, con el Día de la Memoria del Holocausto judío en Israel. ¿Un regalo de aniversario al sionismo internacional? Y, en todo caso, se viene a sumar a la respuesta que está dando Washington a las revoluciones árabes.

Después de Libia (añadiendo una guerra civil a las desatadas en Afganistán e Irak) viene este gesto de poder, este aval del brazo vengador del Imperio; que, en el fondo, muestra impotencia de verdadero impulso democratizador. Se extienden los bombardeos a poblaciones civiles y los asesinatos selectivos, frente a las revoluciones pacíficas que exigen (en contra de Washington, antes y ahora) el procesamiento judicial de sus dictadores. La razón es obvia: también acabarían sentados en el banquillo sus conmilitones occidentales; muchos en el poder. Cualquiera de los manifestantes de Yemen y Siria hace más por la democracia que todos los ejércitos del mundo juntos. Pero un doble mensaje neocolonialista está siendo propagado: os liberaremos y mataremos a quienes disputen nuestra libertad. Una libertad cada vez más recortada y, en todo caso, regalada: así que no cabe mirarle el diente. ¿O no ven aún el colmillo retorcido? ¿Precisan sentirlo en carne propia?

Mi biografía mediática registra ya varios ajusticiamientos de matarifes oficiales, caídos en desgracia ante sus apoderados extranjeros. Del álbum de los horrores recojo los despojos audiovisuales de tres Frankestein ajusticiados por sus creadores: (1) la muerte casi en directo de los Ceacescu, tan útiles cuando cuestionaban el Telón de Acero; (2) un piojoso Sadam Hussein, primero arrestado y después grabado con una cámara "casera" antes de ser ahorcado. Y (3) ahora el bombardeo y entierro marino, por ahora sin imágenes, del terrorista por antonomasia.

Quien considere lo que nos dicen que ha ocurrido como una prueba de fuerza de EE.UU. y un avance antiterrorista -comparado con lo que hubiera supuesto la captura, el interrogatorio y el, entonces sí, factible desmantelamiento de las finanzas e infraestructuras de Al Qaeda- demuestra ser un hooligan de la guerra santa. Los verdaderos marcadores (y únicos vencedores) son los índices de Wall Street y el dólar frente al euro.

En cualquier caso, el fin de Osama Bin Laden, de su trayectoria vital o del relato mediático que de él han construido (¿qué mas da?, ¿quién los distingue?); en todo caso, digo, viene a demostrar lo contrario de lo que mantienen nuestros dirigentes. Las intervenciones bélicas lanzadas tras el 11-M han sido ineficaces para detener a Bin Laden y desarticular a Al Qaeda. Le han matado en una mansión de un barrio militar (no una cueva) de un país "aliado" (Paquistán, ni Irak ni Afganistán) y mediante una pequeña fuerza de ataque, no desplegando tropas de ocupación.

El supuesto fin de Bin Laden denuncia, y en modo alguno justifica como pretende Obama, la guerra antiterrorista. Nos recuerda, sobre todo, nuestra condición de víctimas, de esta su guerra y del recorte de información y libertades que conlleva. El mismo discurso triunfalista advierte del aumento de la amenaza yihadista.

Por eso recomiendo resintonizar las pantallas en los frentes que sí son los nuestros: el apoyo a las insurgencias civiles y desarmadas de las revoluciones aún en curso, a los refugiados políticos del Magreb y Oriente Medio, a la resistencia palestina, a los pacifistas de Israel... Si no saben de ellos es porque se los han escamoteado Obama, Osama y sus respectivos propagandistas. Basta de atenderles jalear a sus huestes de hooligans desde las tribunas o el fondo del mar.

Tribus Ibéricas

Tribus Ibéricas

Artículo escrito para el Dossier de presentación de la XX edición de Pirineos Sur, que se ha presentado hoy en Huesca y en Zaragoza.

La península ibérica ha sido un territorio de conquista. Tribus, pueblos, colonos, imperios o inmigrantes cruzaron a lo largo de la historia los Pirineos o surcaron el Atlántico y el Mediterráneo para asentarse y consolidar nuevas poblaciones que con el tiempo se mimetizarían en el paisanaje. Fue un proceso natural, una evolución social que contribuyó a definir las raíces culturales de los territorios que componen la península, de tal modo que la diversidad se constituyó en el primer valor que caracterizó el suelo ibérico, y su principal riqueza.

            Cuando Pirineos Sur cumple 20 años, después de viajar de un rincón a otro del planeta buscando hasta la más remota manifestación artística, decide explorar territorios más cercanos sin renunciar a su filosofía. Es decir; sin percibir la música como un fútil fenómeno de masas sino como una manifestación cultural y artística que expresa una parte de lo que somos como individuos y como colectivo. Ese criterio se ha mantenido firme a la hora de concebir una programación que quiere mostrar, ante todo, las diferentes sensibilidades culturales que conviven en la península ibérica. Entender la diversidad como riqueza es un mantra que Pirineos Sur ha blandido desde su primera edición.

            Por lo tanto, el viaje sonoro por las tierras ibéricas en este Festival se ha proyectado con fino pincel, evitando la brocha gorda de las generalidades. Hay estrellas absolutamente consagradas que ya no son de esta tierra sino que pertenecen al universo musical. Andrés Calamaro,  el veterano compositor argentino, acaba de publicar “Salmonalipsis Now”, una versión reducida del monumental “El Salmón”, publicado en el año 2000 y que contenía más de 100 canciones. En esta nueva entrega recupera temas descartados de aquel derroche creativo y ofrece una nueva dimensión de una obra que se ha convertido en un clásico del rock en español. Calamaro sale de gira con el nuevo disco y con la que él ha denominado como “MVP” (Most Valuable Players), su banda habitual. Recalarán en el escenario de Lanuza el 16 de julio junto a Depedro, formación encabezada por Jairo Zavala, el guitarrista de Calexico que ha facturado en 2010 un disco impecable, “Nubes de papel”.

            La víspera pisará nuevamente el escenario de Pirineos Sur el mítico Rubén Blades. Estuvo en el año 1999 y dejó constancia de su enorme peso como artista y como agitador social. Blades, autor de algunos de los temas más influyentes de la historia de la música sudamericana, actuará en Lanuza junto a la soberbia “Roberto Delgado Orchestra”, con la que está trabajando en varios proyectos musicales. Bien podría considerarse a Calamaro y a Blades como los nombres propios del cartel de esta 20 edición de Pirineos Sur. Pero sería un error de interpretación o quizá una manera reduccionista de valorar la música. En este Festival hay que analizar las cosas en conjunto, porque sólo de este modo se puede comprender el sentido y coherencia de una programación. Poniendo el foco en la diversidad cultural, musical y lingüística de la península ibérica, el viaje es un como un gran bucle sin principio ni fin.  Desde el veterano Eliseo Parra, auténtico activista de la música tradicional castellana, hasta la magnífica fadista Katia Guerreiro, de la que han llegado a decir que es una de las voces más bellas del momento.

Desde el incombustible Kiko Veneno hasta el perturbador y onírico Zenet, en la vanguardia del flamenco/jazz o sencillamente de la música como sublimación de la sensibilidad. Un espacio éste, el de la sensibilidad, que maneja con la ternura de un virtuoso el inmenso cantaor flamenco Miguel Poveda y su voz sublime cargada de matices y vericuetos. Junto al aragonés Manuel Santiago protagonizarán el día 22 de julio el homenaje a Manuel Tejuela, inolvidable maestro de jóvenes flamencos y leyenda forjada en la edad dorada de los tablaos y saraos”.

            Y qué decir del valenciano Miquel Gil, un alquimista de sonidos, texturas y colores en ese retablo infinito de matices que es la cultura mediterránea. O de los oscenses Trivum Klezmer, una nueva vuelta de tuerca en la interpretación del mundo musical hebraico. Idóneo para combinar en el escenario con los Kroke,  proyecto musical a medio camino entre Polonia y Castilla León, que ha popularizado en las últimas décadas la música judía y el sonido klezmer. El trayecto de esta edición de Pirineos Sur se detendrá en cada estación sonora digna de considerarse como tal. Allá donde un artista ofrezca propuestas atractivas, coherentes y honestas sin atender a etiquetas y convencionalismos. Y en este Festival caben artistas antagónicos pero de irrefutable calidad como los txalapartaris Oreka TX, bregados a la sombra de Kepa Junkera; el ecléctico e inclasificable músico canario El Guincho, o la vaporosa y delicada Russian Red, primer fenómeno viral surgido en España.

            Y el fin de fiesta lo pondrá un grupo que forma parte indiscutible de la historia de Pirineos Sur; “Ojos de Brujo” se despide con una gira internacional que servirá para revisar un repertorio decisivo en la revitalización de la rumba y su adaptación al siglo XXI. Marina y compañía tocan por última vez en el que siempre han calificado como su “escenario favorito” junto a artistas de la talla de Manolo García, Eva Amaral o Miguel Campillo. Mejor, imposible.

III República

III República

En el 80 aniversario de la proclamación de la II República española resuenan las cornetas del apocalipsis. Y el grito de indignación que ha puesto de actualidad el nonagenario Stéphane Hessel viene a constatar tristemente que los valores por los que se alzó aquella esperanza republicana siguen dolorosamente vigentes. “Sois responsables en tanto que individuos” proclamaba Sartre. Es la máxima del republicanismo; la exaltación de la ciudadanía como motor de la sociedad. La invocación a la militancia activa en el alimento democrático como parte fundamental de la corresponsabilidad colectiva.

El libro de Hessel es extremadamente simple. Se trata de una simpleza inocente e ingenua que se torna aterradora al constatar su necesidad. Podría ser un manual para adolescentes, un apéndice de educación para la ciudadanía, un manual de instrucciones para una vida sostenida sobre valores tan básicos y elementales que produce pudor recordarlos. Pero es, precisamente, el eco de la nada que proyecta esta sociedad el que suena atronador cuando se precipita al vacío. Dice Hessel que la indiferencia es la peor de las actitudes. Y que la exasperación es la negación de la esperanza. Dice Hessel que la distancia entre ricos y pobres se ha agrandado hasta extremos indecentes. Y recuerda que en el momento de la historia en el que las naciones concentran mayor riqueza y avances tecnológicos nos aseguran que es imposible mantener los niveles de bienestar. Nos engañan.

El retroceso social es inversamente proporcional a la concentración de la riqueza en unos pocos y a la pérdida de soberanía de las naciones. Vivimos bajo una nueva dictadura virtual, sin rostro ni ejércitos. Una dictadura universal. Más devastadora. Hessel, que fue uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, habla de la indignación como expresión de vitalidad, como ejercicio de supervivencia, como simple gesto de existencia.

Pero me temo que los ciudadanos perdimos hace tiempo nuestra capacidad de indignación. Al menos por las cosas que expresan la calidad de una ciudadanía y los valores de la democracia. En mi pueblo hace unas semanas un grupo de vecinos se movilizó para repintar la cruz que desde principios del siglo XX corona la peña Oroel. Alguien pintó unas extrañas formas en esa cruz de hierro y provocó la indignación de algunos de mis paisanos. No defiendo al artista anónimo pero asistí con extraña desazón a la movilización espontánea de estos ciudadanos, que apelaban a un rancio sentimiento de pertenencia para catalogar como simbólica esa cruz que representa a una religión que a mí no me representa. La tentación de clasificar entre buenos y malos ciudadanos en función del sentimiento que despertaba ese mamotreto ponto se convirtió en el combustible de esa cuadrilla vecinal.

En esta democracia nuestra nos indignamos por asuntos fútiles pero permanecemos ajenos a los problemas que nos deberían de definir como sociedad. A veces pienso que Hobbes tenía razón y que añoramos un Leviatán que piense y decida por nosotros para evitarnos incómodos conflictos y pesadas responsabilidades. De ahí nuestra tendencia a culpar de forma infantil al gobierno de turno de todos nuestros males, obviando que ni vivimos en una economía planificada ni estamos exentos de la condición de ciudadanos. Somos responsables en tanto que individuos pero me temo que la democracia española ha crecido sin alumbrar una sociedad madura. Los años de bonanza económica han sido nefastos para la construcción de una conciencia colectiva en la que el ciudadano responsable asuma una serie de derechos y obligaciones. La riqueza ficticia ha arruinado los valores morales y ha engendrado una sociedad sin capacidad de reacción ni espíritu ciudadano.

Hoy se celebra en cientos de pueblos y ciudades de España el 80 aniversario de la proclamación de la II República. Aquel 14 de abril de 1931 fue un día de éxtasis colectivo, de felicidad entusiasta, esperanzadora e inocente. El nefasto Alfonso XIII abandonaba el país al comprobar “que no tengo el amor de mi pueblo” y se iniciaba el más serio y honesto periodo de modernización y progreso en la historia de España. Ocho décadas después existe un fuerte y creciente sentimiento republicano arraigado en el país, que convive con una suerte de nostalgia tricolor que ni es sincera ni republicana, es simplemente sentimental.

En mi pueblo este día se dedica a honrar la memoria de los que cayeron durante la Guerra Civil defendiendo el gobierno legalmente constituido. Se hacen unas ofrendas de flores y después se comparte mesa y mantel. Inconscientemente se da pábulo a las tésis de la historiografía oficial del franquismo y de sus herederos, que establecen una relación causa efecto entre el periodo republicano y la Guerra Civil.  No existe el menor interés por avanzar en la actualización del discurso republicano para adaptarlo al siglo XXI y establecer debates públicos con el horizonte de la III República. Esta posición –que nace del dolor comprensible por la memoria de los asesinados pero no de una conciencia cívica-,  cultiva una especie de martirologio profano que despierta conciencias pero no las alimenta. Reivindicar la memoria de la II República es un plácido ejercicio que no exige grandes compromisos ni excesivas implicaciones políticas, actitudes sin las que nunca será posible aspirar a una III República. Ésta sólo llegará arrastrada por la movilización social.  De abajo a arriba.

Pueblos con encanto

Pueblos con encanto

Está a punto de salir a la calle el nuevo libro que he escrito, en esta ocasión al tandem de Juan Gavasa se sube la periodista Ainhoa Camino. "Pueblos con encanto del Pirineo" de la editorial SUA de Bilbao. Os dejo a modo de avance la intro del libro. De paso sirve para paliar lévemente esta ausencia oceánica del blog. Llegarán mejores momentos para recuperar la producción.

Cualquier pretensión de oficializar una lista con los lugares más bellos, los monumentos más importantes o los paisajes más espectaculares de un territorio determinado será siempre un ejercicio de frustración y melancolía. El resultado final quedará sometido a la valoración de quien reciba la propuesta y éste generalmente adoptará una posición de incredulidad y desaprobación. La conclusión es clara: el criterio subjetivo del autor nunca se identificará plenamente con la sensibilidad de cada lector. Por lo tanto podríamos convenir que aventurarse en empresas tan inciertas como ésta puede ser un ejercicio de funambulismo periodístico, literario o viajero.

            Pese a estas prevenciones que deberían de servir para persuadir a quien quisiera cometer tamaña osadía, lo cierto es que SUA Edizioak y los autores de este libro pensamos que existía un espacio bibliográfico y también incluso emocional para proponer un trabajo de estas características. Sin renunciar a las percepciones subjetivas del viajero y asumiendo la injusticia de cualquier recopilación, hemos recurrido a una fórmula editorial explorada con profusión en los últimos años para aportar a la extensa biblioteca pirenaica un libro que mezcla la vocación turística, la patrimonial, la histórica y también la social.

            “Pueblos con encanto del Pirineo” recoge cerca de 70 localidades de ambas vertientes de la cordillera. El criterio de selección es responsabilidad única y exclusiva de los autores y de la propia editorial. Se fundamenta en un profundo conocimiento del Pirineo, en una larga trayectoria periodística y editorial vinculada a la cordillera y en el afán por afrontar cada nuevo trabajo como si se tratara de una oportunidad única para sorprender al lector con desconocidos lugares del territorio.

            Es decir; nos ha guiado el mismo entusiasmo de quien se adentra por primera vez en una región ignota, desprovisto de prejuicios, abierto a la fascinación y con la capacidad intacta para recibir nuevos estímulos. Hemos intentado realizar este libro desde la posición virginal del explorador, buscando lo bello e interesante por encima de cualquier otra consideración. Bien es cierto que la belleza es una condición subjetiva y que, por lo tanto, está sometida a la consideración íntima de cada individuo, en este caso lector. Así es que en este libro habrá notables ausencias y quizá dudosas presencias. Pero estamos completamente seguros de que cada uno de los pueblos que aparecen en estas páginas guarda una razón para ser visitado.

            A veces es su valioso patrimonio arquitectónico. Otras, la importancia histórica y artística de su iglesia. En ocasiones es la privilegiada ubicación del lugar y también los paisajes que lo rodean. Y en muchos casos, simplemente, el primoroso estado de conservación de su casco urbano o su capacidad de regeneración.

La segunda mitad del siglo XX fue un tiempo de convulsiones en el Pirineo. La crisis del mundo rural y el éxodo masivo a las ciudades precipitó el fin de un modelo de vida y de una cultura milenaria que fue golpeada brutalmente por los cornetas del desarrollismo. Lo que se había mantenido en pie durante siglos se desmoronó en pocos años. No sólo cayeron casas e iglesias, sino también la autoestima y un universo de tradiciones que se perdía en la noche de los tiempos.

En el inicio de la segunda década del siglo XXI, cuando el Pirineo parece haber recobrado parte del pulso perdido, es necesario recordar de dónde venimos para dimensionar adecuadamente el valor de lo que conservamos y de lo que tenemos. Nuestros pueblos representan con meridiana claridad aquello que perdimos y todo lo que hemos intentado recuperar. Parece un milagro que muchos lugares permanezcan en pie, con constantes vitales, si recordamos que no hace mucho rozaban el umbral de la desaparición, de la muerte biológica.

Por eso este libro es también una pequeña reivindicación del patrimonio pirenaico. La belleza puede estar escondida en los lugares más recónditos e insospechados. Obligación de todos es rastrear y buscarla para dar valor a aquellos pequeños detalles que representan tanto como la más formidable de las catedrales. Este compromiso es el que nos ha guiado igualmente a la hora de realizar el libro. Y en la elección de los pueblos hemos buscado en muchas ocasiones la fuerza de la impronta pirenaica, el rastreo del carácter cultural que se mimetiza en su arquitectura popular, en el uso de los materiales tradicionales o en la conservación de los elementos que representan los modos de vida perdidos.

Las evidentes limitaciones de un libro exigen un doloroso trabajo de purga. Somos conscientes de que han quedado muchos pueblos con encanto fuera de estas páginas. Pero el libro es, ante todo, un ejercicio de estímulo y sugestión; una invitación a que el lector visite el Pirineo guiado por la belleza de los pueblos que se proponen, pero abierto a conocer otros lugares que a buen seguro encontrará en el camino. Por eso los textos son pinceladas, en ocasiones de trazo grueso, que quieren sugerir más que detallar. No se trata de una guía turística al uso ni de un catálogo de monumentos a visitar. Son las impresiones del viajero descritas con la vehemencia necesaria para contagiar el espíritu del viaje y el anhelo del hallazgo. La belleza como excusa para conocer el Pirineo.

40 años

40 años

Esta semana se cumplen 40 años de la apertura de la primera pista de hielo de Jaca. Este texto ha sido publicado en la web www.ondasblancas.com.

El origen de la primera pista de hielo de Jaca parece una calculada mezcla de leyenda urbana y hechos constatables. En 1969 el entonces alcalde jaqués, Armando Abadía, viajó a Madrid para solicitar al Delegado Nacional de Educación Física y Deportes, Juan Antonio Samaranch, una subvención para construir un polideportivo. “No tenemos dinero para nuevos polideportivos pero sí para construir un “campo de deportes de hielo”, le espetó el mandatario deportivo. Abadía, arrobado por la insólita oferta y echando mano de esa impulsiva e intuitiva forma de hacer política que caracterizaría su longeva vida pública, regresó a Jaca con una pista de hielo bajo el brazo. En ese momento en España sólo existía una; la de San Sebastián.

            Después de muchas vicisitudes, y la firma de un empréstito para sufragar la mitad del proyecto (inicialmente iba a costar 16 millones de pesetas pero finalmente se fue a los 23 millones de la época), el 25 de marzo de 1972 se inauguró la flamante instalación diseñada por el arquitecto zaragozano Francisco Pérez Arbués. Aquella estructura que simulaba la cordillera pirenaica pronto pasó a formar parte indisoluble del paisaje jacetano y, gracias a la televisión, un icono de los incipientes deportes de invierno de nuestro país.

            A los pocos días de aquella inauguración se creó, bajo la tutela municipal, el Club Hielo Jaca con una precaria estructura deportiva y un desbordante caudal de ilusión. La cándida inocencia de los inicios hizo posible lo que probablemente era inviable en los territorios de la sensatez. En tres meses se armó un equipo de hockey sobre hielo hecho con retales de aquí y de allá; con veteranos que se agarraban apresurados al último tren deportivo que les regalaba la vida y con jóvenes imberbes que despertaban a la adolescencia y también al fascinante mundo del hockey. Era un grupo heterodoxo y realmente extraño, en el que convivían varias generaciones que hasta entonces no habían tenido nada en común.

            Detrás de ese forzado maridaje estaba el entusiasmo contagioso de un Armando Abadía en su plenitud política y vital, y de varias figuras imprescindibles en los primeros pasos del club y de la pista de hielo, como su primer jefe, Manuel Rivero, o el depositario del ayuntamiento, Eduardo Terrén. Y como en tantas otras ocasiones en Jaca, se recurrió al Ejército para coordinar aquel experimento tan improbable como emocionante. El general Gordo y los también militares Santamaría y Carrasco fueron los primeros entrenadores del equipo. No tenían experiencia alguna pero en sus habituales viajes a los Alpes para realizar cursos de instrucción habían presenciado algún partido de hockey y tenían conocimientos básicos de hockey sobre ruedas. En aquellos momentos eso era como poseer un doctorado.         

            Tres meses después, del 3 al 4 de junio, se improvisó en Jaca la que se considera primera Liga Nacional de la historia. Se enfrentaron el CH San Sebastián, CH Madrid, CH Valladolid, Real Sociedad y Club Hielo Jaca. La competición fue organizada por la Federación Española de Hockey Patines, a la que perteneció el Hockey sobre Hielo durante las primeras temporadas de vida. Varios jugadores del conjunto francés del prestigioso Viry Chatillon reforzaron todos los equipos. Para los almanaques quedará que la primera liga española de hockey sobre hielo de la historia la ganó la Real Sociedad, y que el Jaca quedó último sin ganar ningún partido. Pero la semilla estaba plantada y nada iba a impedir su crecimiento. También tendrá un pequeño hueco en la historia del club jaqués el jugador Agustín Blasco, autor del primer gol en una competición oficial. En aquel equipo destacaban sus dos porteros, Enrique Pérez y Fernando Mairal (los dos procedentes del CF Jacetano), Carlos Palacios, Juan Carlos Borau y Tino Mairal, al que muchos consideran la primera estrella local. Cuatro de ellos formarían al año siguiente parte de la primera selección española que disputaría dos encuentros amistosos con un combinado francés.

 Aún tendrían que pasar algunos años para que llegaran los primeros extranjeros (no sería hasta la temporada 1979-80), pero en aquellos primeros experimentos de competición el Club Hielo Jaca contó con el refuerzo de algunos jugadores foráneos que ilustraron a los locales sobre los arcanos del nuevo deporte. El francés Patric Mavré, que había llegado a Jaca con la empresa que iba a instalar el sistema de frío, se quedó una larga temporada como profesor de patinaje. El norteamericano George Semler, que prolongaría su carrera en España hasta mediados los años 80, reforzó al equipo jaqués en los primeros Juegos de Invierno del Pirineo de 1973 junto a Joe Turner, Thomas McMillan, George Rivet, Roger Demment y Joe Cole. A finales de ese año el estadounidense Jay Riley asumió las riendas del equipo en sustitución del triunvirato Gordo, Carrasco, Santamaría. Las raíces estaban echadas pero nadie podía sospechar la fuerza con la que iban a arraigar. Diez años después el Jaca conquistó su primera liga con un equipo mítico (Capillas, Friyia, Tejerina, Longley, Luz, Barón…). El domingo ganaron la décima.