El libro
No sé qué méritos hay que reunir para ser Ministro de Defensa. No sé si es recomendable haber sido cabo furriel o alférez provisional en la mili. Quizá el mejor atributo es ser un cabronazo con pintas o tener una mala hostia considerable para que los uniformes no se te suban a la chepa. Desconozco qué galones tenía Narcis Serra, qué experiencia acumulaba Federico Trillo en el asunto castrense o cuáles eran las virtudes que supo ver Zapatero en Bono para mandarle al frente de las tropas. Sí que supimos con el tiempo de Trillo que, a parte de graciosillo, era un tipo pragmático y displicente con lo accesorio. No tuvo el menor escrúpulo en aprobar la falsificación de los restos de los militares fallecidos en el Yakolev 42 para acelerar los trámites y evitar engorros innecesarios a sus familiares. Todo un detallazo. Otro civil masculino que hizo carrera al frente de uno de los cuerpos de seguridad del estado fue el aragonés Luis Roldán. Lo suyo fue meteórico y digno de introducirse en esos manuales que desentrañan el dédalo que conduce al éxito rápido y seguro. Además él nos podía aportar una adenda extremadamente valiosa: qué hacer cuando te pillan.
Estos días este país que se llama España ha enseñado la patita. El nombramiento de Carme Chacón como Ministra de Defensa ha soliviantado a medio país, que no necesariamente coincide con el que suele votar al PP. Y esto es lo más desmoralizante. Que la derecha cavernícola y ultramontana se escandalice con que una mujer catalana y embarazada dirija al ejército se puede comprender y hasta cierto punto aceptar. A estas alturas no nos vamos a rasgar las vestiduras por estas naderías. Lo extraño probablemente es que lo hubieran recibido con entusiasmo patrio. Así que por ese lado la cosa ha resultado como se esperaba. Los más bestias han gritado un prietas las filas en defensa de los más rancios valores castrenses y los que tienen un puntito intelectual han resuelto su agravio echando mano de ese zafio humor español que huele a macho y cantina. No sé qué es peor. A los primeros les alientan la indignación y a los segundos les ríen las gracias.
Lo más lamentable, comentaba, es que en una parte de la supuesta España civilizada el nombramiento tampoco ha sentado bien o, lo que es peor, no se ha entendido. Por lo tanto habrá que colegir que en el tema de la igualdad de sexos este país sigue por donde solía. Cosa que, por otro lado, no tenía duda alguna de que ocurría. Muchos amigos y conocidos con los que suelo coincidir casi siempre en lo que nos duele de España, me confesaban la semana pasada que no comprendían cómo era posible que una mujer sin experiencia pudiera dirigir al ejército. La unánime declamación (de ahí mi sorpresa), apenas encontraba alivio en mis respuestas, quizá demasiado sincopadas y poco entusiastas.
Como cantaba Brassens, la música militar nunca me supo levantar y mi escaso brío patrio apenas tenía fuelle para defender algo que resulta tan obvio e indiscutible en un país democrático. Pero en España hay cosas sobre las que todavía es necesario hacer mucha pedagogía. En mi proverbial ingenuidad sigo otorgando gran importancia al valor de los símbolos en la política porque frecuentemente son el único resquicio por el que se cuela el antagonismo ideológico entre izquierda y derecha. Que sea mujer u hombre el Ministro de Defensa es algo que me da exactamente igual porque no debería de ser motivo de debate. Sólo debería trascender su cualificación para el cargo y que yo recuerde nunca antes se entabló tamaño debate nacional con sus antecesores. Se deduce que al ser hombres y haber hecho la mili ya estaban al tanto de todo lo que debía de saber un buen ministro.
A mí me gustó ver a Carme Chacón, “en su plenitud femenina” (esto creo que se lo oí a la conversa Pilar Rahola), pasando revista a las tropas españolas. No sé si está preparada o no para el cargo, de igual forma que nunca me preocupó si lo estuvieron los otros. Pero que los periódicos de medio mundo abran sus ediciones con la política embarazada pasando revista sólo puede ser recibido con sincero regocijo en un país que hasta no hace mucho era un inmenso cuartel. Paísss, que diría Forges.
Reproduzco el artículo que publicaba en la edición de ayer de El País el historiador zaragozano Julián Casanova. Clarificador como siempre.
La Iglesia católica y el Estado español estuvieron atados durante mucho tiempo de nuestra historia contemporánea por estrechos lazos ceremoniales y el legado que de ello queda es todavía considerable. Se suele atribuir esa herencia a la larga época de privilegios institucionales que la Iglesia tuvo durante la dictadura de Franco, pero su origen y fundamentos básicos se encuentran en el sistema político de la Restauración borbónica. En realidad, sólo la Segunda República dio una batalla a esa presencia de manifestaciones religiosas en la sociedad civil. Durante el período de gestación de la democracia actual, los políticos no quisieron que ese tema turbase la necesaria estabilidad para llevar a cabo la transición e hicieron a la Iglesia católica importantes concesiones. Y aunque la Iglesia no es, treinta años después, una amenaza real para el régimen constitucional y la sociedad española es ahora mucho más diversa y plural, los símbolos de la religión católica todavía se exponen públicamente en algunas ceremonias políticas.
El artículo 11 de la Constitución de 1876, la de más larga duración de la historia de España, plasmó un reconocimiento explícito del catolicismo como religión oficial del Estado. Entre esa Constitución de 1876 y la proclamación de la Segunda República en abril de 1931, la Restauración borbónica presidió un auténtico renacimiento católico, tras los efectos de las desamortizaciones y de las revoluciones liberales del siglo XIX, y abrió nuevos caminos de poder e influencia social a la Iglesia. Los poderes políticos, con el rey a la cabeza, repartían honores a las instituciones eclesiásticas y los símbolos religiosos penetraron en todas las ceremonias de la administración civil y militar. De los primeros años del siglo XX procede el culto masivo a la Virgen del Pilar y al Corazón de Jesús, dos emblemas de la religiosidad popular española. Fue Alfonso XIII quien mandó erigir en 1919 el majestuoso monumento al Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles. Dos años antes, en 1917, el mismo monarca había declarado el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar, fiesta nacional, símbolo de la "hispanidad" y de la unidad católica.
Con la llegada de la República, se abrió un abismo entre dos mundos culturales antagónicos, el de los católicos practicantes y el de los anticlericales convencidos, y salió también a la luz una enconada lucha, de fuerte carga emocional, por los símbolos religiosos. La Marcha real, que durante la Monarquía se escuchaba en las misas oficiales en el momento de la consagración, pasó a considerarse una de las señas de identidad de la reacción, una provocación, igual que todas las manifestaciones religiosas. La retirada de los crucifijos en las escuelas provocó lloros en muchos pueblos de España. Otros protestaron por la supresión de las procesiones. Así de estrecha era la identificación entre el orden y la religión, la monarquía y la política autoritaria de derechas.
Esa simbiosis entre la religión y la política se consumó con la sublevación militar de julio de 1936 y antes de que la jerarquía de la Iglesia católica convirtiera oficialmente el asalto al poder en cruzada, las ceremonias político-religiosas se extendieron por toda la España controlada por los militares que se habían sublevado contra la República. Especial carga simbólica tuvieron los innumerables actos de "reposición" y "regreso" de los crucifijos a las escuelas en los comienzos de aquel curso escolar de 1936-37. La abolición de la legislación republicana y la reposición de la España tradicional se daban la mano con los niños como testigos. Tras la victoria de las tropas de Franco en abril de 1939, los ritos y las manifestaciones litúrgicas llenaron las calles de pueblos y ciudades. La Iglesia y la religión católica lo inundaron todo: la enseñanza, las costumbres, la administración y los centros de poder.
Cuando murió Franco, el 20 de noviembre de 1975, la Iglesia católica española ya no era el bloque monolítico que había apoyado la Cruzada y la venganza sangrienta de la posguerra. Pero el legado que le quedaba de esa época dorada de privilegios era, no obstante, impresionante en el sistema educativo, en los aparatos de propaganda, en los medios de comunicación y en la presencia de los ritos y símbolos religiosos en las ceremonias públicas.
A la democracia que siguió a la larga dictadura no le resultó fácil deshacer ese legado de fuertes vínculos entre el poder civil y el eclesiástico. Los acuerdos firmados desde 1976 a 1979 entre los primeros gobiernos de la transición, presididos por Adolfo Suárez, y el Vaticano, que tuvieron a la educación y a la protección de las finanzas de la Iglesia como principales focos de conflicto, determinaron el marco jurídico que la Iglesia católica iba a tener dentro del Estado democrático. La democracia y sus órganos de poder dieron a partir de ese momento a la Iglesia un trato exquisito. Nadie puso objeciones a que los ritos de la liturgia católica estuvieran presentes en los actos públicos de las nuevas instituciones democráticas
Aunque la Constitución de 1978 estableció que "ninguna confesión tendrá carácter estatal", persisten en la actualidad ceremonias religioso-patrióticas a las que asiste el Jefe del Estado, el rey Juan Carlos I, como ya habían hecho antes su bisabuelo Alfonso XII, su abuelo Alfonso XIII y el general Franco; las autoridades políticas participan oficialmente en procesiones religiosas; la Iglesia católica nombra capellanes castrenses y profesores de religión, que paga el Estado; y el crucifijo preside todavía la toma de posesión de los ministros de la democracia. El peso del catolicismo como religión única está presente incluso en la reciente Ley de Memoria Histórica y en su intento por preservar las inscripciones de los mártires de la Cruzada en las iglesias. Un Estado constitucionalmente aconfesional sigue concediendo, en suma, un trato especial y privilegiado a la Iglesia católica, al que en absoluto tienen acceso los restantes credos religiosos.
La mayoría de esos ritos adquirieron un profundo carácter político en otros tiempos, cuando la Iglesia católica se consideraba fuente de verdad absoluta y el catolicismo como única religión de los españoles. Los ritos religiosos tienen un significado individual, cultural y social, se eligen de forma libre, pero no deberían estar presentes en la política de un Estado democrático y aconfesional. El lugar apropiado para esos símbolos es la iglesia, la de cada uno, y no el trabajo, la escuela o el espacio público.
En una sociedad plural, con diferentes religiones y muchos ciudadanos que no profesan ninguna, las instituciones públicas deberían permanecer al margen de la religión. Las sociedades caracterizadas por el pluralismo cultural están también marcadas por el pluralismo ritual y son el Estado y sus poderes quienes deben resolver los posibles conflictos. Cuando una de esas religiones anhela principios uniformes y niega la libre elección, lo que hace es desafiar a la Constitución y estimular el fundamentalismo, la antítesis de esta convivencia plural que estamos construyendo.
Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.
El viernes por la noche presentamos en el salón de actos de la Diputación Provincial de Huesca "Los años convulsos" en el marco de las Jornadas Culturales organizadas por el Círculo Republicano de Huesca. Fue un acto entrañable, reivindicativo y muy participativo. Reproduzco la noticia que publicó ayer el Diario del Alto Aragón (en la foto el autor, Juan José Oña).
HUESCA.- El movimiento de sublevación republicana protagonizada por los capitanes Fermín Galán y Ángel García es el punto de partida que toma el historiador zaragozano Juan José Oña en su último libro, ‘Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la sublevación de Jaca (1923-1936)’, para dar una “nueva visión” sobre este acontecimiento, “con sus antecedentes y con su proyección más inmediata, como fue la segunda República, y la más lejana, la Guerra Civil”, señaló el autor a DIARIO DEL ALTOARAGÓN.
Oña aborda uno de los momentos más agitados de nuestra historia a través de las instantáneas tomadas por el fotógrafo madrileño Alfonso, que vivió en primera persona, como reportero de varios diarios de la época, este periodo. Se han recuperado además “muchas fotografías inéditas del fondo de Alfonso”, y se han incluido también imágenes “de la prensa, portadas de libros con un diseño muy avanzado en aquel momento, partituras de música dedicadas a Fermín Galán, e incluso de la película que le dedicaron en 1931”. En total, Oña ha conseguido reunir cerca de 500 imágenes con las que quiere dar una visión global a partir de lo local. “Creo que aportamos algo original, y es que no enfocamos directamente a Jaca como se ha hecho hasta ahora, sino que comenzamos con la perspectiva del Gobierno de Madrid”, viendo que es lo que está ocurriendo allí y cómo “se percibe que algo anómalo está sucediendo en Huesca”. Oña recuerda cómo Alfonso retrata con su óptica estos acontecimientos apenas un día después, el 13 de diciembre, cuando se dirigía a Jaca. Entonces, “a su paso por Huesca, es cuando se da el enfrentamiento entre los sublevados de Jaca y las tropas leales al Gobierno en la Loma de Cillas. Él refleja las vicisitudes de este último bando, mientras que su hijo Alfonso, en Madrid, inmortaliza lo que está sucediendo con otro movimiento, conexo al de Jaca, que es el de Cuatro Vientos, logrando además una de las mejores fotografías de la historia, que es cuando el avión de Ramón Franco intenta bombardear el Palacio del Rey”.
Sus fotografías, prosiguió Juan José Oña, “reflejan la Huesca y la Jaca de entonces”, pero también otro de los lugares que “casi nadie recuerda”, y que tuvieron gran importancia, como por ejemplo, Ayerbe, “que es donde se rinde Fermín Galán, allí llegan las tropas gubernamentales y se fija la rendición. Ayerbe es un testimonio fundamental e importantísmo”. Fotografías de gran valor estético e histórico que Oña recoge en este libro, publicado por la editorial Pirineum, y cuya presentación ayer sirvió para cerrar las Segundas Jornadas Culturales Republicanas que se han celebrado en Huesca. Hoy se celebrará una nueva presentación, a las 19.30 horas, en la Casa de la Cultura María Moliner de Jaca.
Vanessa GODIA
Mi principal temor antes de decidirme a publicar este blog era mi pudor casi patológico y la fundada sospecha de que muy pronto se me acabaría la imaginación y la disciplina para alimentarlo. De momento he de confesar que este ejercicio se ha vuelto en algo adictivo y estimula unos cuantos instintos que creía desaparecidos. El otro gran miedo, este aterrador, era y es el riesgo de acabar opinando de todo en la mejor tradición del contertulio radiofónico español, el taxista “copero” o el bravucón de casino de provincias y barra de bar. Este miedo me va a perseguir siempre así que prefiero hacer esta declaración antes de que la inercia me conduzca por caminos que no deseo transitar. Espero que nunca ocurra.
Digo esto porque hoy quería escribir de los Juegos Olímpicos de Beijing, las amenazas de boicot y la campaña internacional a favor de la causa tibetana. Para ahorrarme discursos hieráticos diré que estoy absolutamente en contra de cualquier boicot a los Juegos Olímpicos como acontecimiento deportivo. Pero respaldo fervientemente que sean utilizados como altavoz de injusticias humanas tan flagrantes como las que sufre el Tibet. Si los Juegos Olímpicos vienen siendo utilizados por todos los gobernantes -desde Hitler en 1936- para mostrar al mundo sus logros políticos, no hay razón para considerar una manipulación que algunas minorías se aprovechen de ellos para denunciar su sufrimiento.
Es irritante escuchar estos días a los responsables del Comité Olímpico Internacional y al propio gobierno chino en sus escasas y lacónicas intervenciones. ¿qué esperaban? ¿nunca midió el COI las consecuencias de su polémica decisión? ¿Acaso confiaban en que la grandeza de los Juegos Olímpicos iba a disipar cualquier atisbo de rebelión social? Si hay un culpable de esta situación es, sin duda, el COI, que fue el primero que se dejó seducir por la política para elegir a Beijing, como hizo con Londres para los Juegos de 2012 en detrimento de París, y con Sochi para los de invierno de 2014 pese al sentido común que recomendaba la elección de Pyongyang.
Hace mucho tiempo, probablemente desde que Juan Antonio Samaranch accedió a la presidencia del COI, que el deporte cedió terreno a la política y el dinero para construir el nuevo “movimiento olímpico”. A estas alturas a nadie puede engañar Jacques Rogge cuando dice que no se puede mezclar política con deporte. No lo puede decir el presidente del organismo que mejor ha sabido interpretar el pensamiento de Clausewitz y adaptarlo a su trinchera: el deporte es una extensión de la política.
Beijing fue elegida sede de los Juegos Olímpicos del 2008 porque es la capital de un país habitado por más de 1.000 millones de personas; es decir, 1.000 millones de consumidores que ven televisión y compran. El tinglado olímpico se sostiene gracias a los derechos televisivos que pagan las cadenas norteamericanas y a un “Top Ten” de patrocinadores que son los que aportan el dinero y explotan la prestigiosa marca de los cinco aros. En ese grupo de “partners” hay alguna conocidísima marca de ropa deportiva que tiene fábricas en China y que se nutre de mano de obra barata, por no decir esclava. El círculo de intereses es redondo y cerrado como la luna llena. No hay fisuras en el negocio. Que la China que no respeta los derechos humanos y ejerce una férrea y abyecta dictadura fuera sede del mayor acontecimiento universal era cuestión de tiempo.
Por razones profesionales tuve la ocasión de participar en la Asamblea General de los Comités Olímpicos Europeos que se celebró el pasado mes de noviembre en Valencia. En esa reunión anual intervienen las ciudades que van a organizar los Juegos Olímpicos para presentar su Informe de Progreso, un documento en el que explican cómo llevan la preparación del evento. En Valencia el Comité Organizador de Beijing tenía su última comparecencia antes de los Juegos y por lo tanto los asamblearios preguntaban cosas muy concretas: qué pasa con el tráfico de la ciudad, qué se va a hacer con la contaminación, qué ocurre con la limitación de acreditaciones para los periodistas, por qué se demoran las inscripciones de deportistas, por qué la burocracia está retrasando tanto unos procesos habitualmente más fluidos… a nada de esto respondieron los delegados de Beijing. Lo único que salía de sus labios era una salmodia resumida en una frase: “lo solucionaremos”. Nadie exigió a los chinos mayor rigor en su información, nadie se escandalizó.
El periodista oscense Antonio Broto, corresponsal de la Agencia EFE en China, afirma en su blog ChinaChano que el boicot a los Juegos es un error porque “despertará a la bestia. China no se volverá más buena sino que se encerrará en sí misma al considerarse insultada por la comunidad internacional”. No hacerlo entra dentro del mismo juego político que justificó su concesión; es necesario complacer al gigante porque nos interesa a todos. El corresponsal de Asuntos Mundiales de la BBC, Paul Reynolds, escribía recientemente que el canciller británico David Militan “había declarado que los diplomáticos ya no deben tener miedo de hablar sobre derechos humanos con China para no dañar las relaciones económicas”. No se puede ser más cristalino.
El columnista de The New York Times, Nicholas D. Kristof recordaba la importancia del valor de los gestos propagandísticos como el de los atletas negros en los Juegos de Mexico 68. Y por eso, al igual que otras asociaciones internaciones, defiende un boicot mediático a Beijing 2008 que no afecte a los deportistas ni a la competición, los únicos protagonistas de esta historia que realmente no pueden sufrir las consecuencias de la desmedida ambición de sus dirigentes.
La causa del Tibet tiene poderosos defensores que han universalizado su mensaje. Esto es algo que tampoco valoraron los dirigentes chinos. No tengo el conocimiento suficiente para juzgar el problema, aunque objetivamente la invasión del Tibet por parte de China en 1959 es un hecho histórico riguroso. Un amigo, profundo conocedor de la causa tibetana, me decía hace poco que las nuevas generaciones de tibetanos no compartían el discurso pacifista del Dalai Lama y que en un futuro muy cercano el conflicto podría entrar en una dinámica violenta que haría añorar a los dirigentes chinos la situación actual.
Insisto, no tengo opinión al respecto ni comparto esa visión romántica y edulcorada que se tiene desde occidente del Tibet. Pero tengo claro que en todo esto el problema no son los tibetanos sino la pretensión de impunidad que intentó transmitir el COI el día que eligió a Beijing como sede de los Juegos Olímpicos. China pretende aplicar con el acontecimiento más mediático del mundo las mismas políticas opresoras y oscurantistas que practica en su interior. Y esto, por suerte, hoy en día ya no es posible.
A Antón Castro, que me descubrió al "catedrático del boxeo", de Sigüés.
Ignacio Ara está considerado uno de los mejores boxeadores españoles de todos los tiempos. Fue Campeón de Europa de los pesos medios en el lejano 1932. Ningún otro púgil español de su categoría lo ha vuelto a lograr. Le llamaban el “catedrático del boxeo” por su elegancia y su prodigiosa rapidez de movimientos. A Ignacio el apellido le delataba. Era aragonés, de Sigüés. Allí nació en 1909. El universo del boxeo tiene encumbrado a Ignacio Ara como una figura estelar de su particular historia. Lo tiene desde que protagonizó en la década de los años 30 del pasado siglo algunos de los duelos más feroces y violentos que se recuerdan con el francés Marcel Thil, al que nunca pudo vencer y al que tampoco nunca le pudo arrebatar la corona de Campeón del Mundo, que logró en 11 ocasiones. La última vez que lo intentó fue en mayo de 1935 en un memorable combate celebrado en la plaza de toros de Madrid.
Ara era el hombre del momento, sólo él podía convocar a 30.000 personas para presenciar un duelo que olía a revancha y orgullo herido por los cuatro costados. Ya se habían enfrentado por primera vez en 1933 en París: los cronistas aseguran que había ganado el aragonés pero los jueces decidieron lo contrario. Dicen que aquel choque fue brutal, se repartieron mamporros sin freno y los dos salieron malparados.
Un año y medio después tuvo lugar la revancha también en la capital francesa pero Ara midió mal sus fuerzas. El francés, un tipo rocoso y experimentado, le propinó una soberana paliza que le dejó maltrecho. No tuvo opción en ningún momento. El de Sigüés no escarmentó y retó a Thil a un nuevo combate, el de la madrileña plaza de toros.
La historia se repitió, pero el guión fue bien diferente al de ocasiones anteriores. Ara perdió nuevamente pero su formidable actuación le permitió mantener intacto su prestigio y, sobre todo, su dignidad. El semanal AS lo resumió perfectamente: “Ignacio Ara vencido, pero no derrotado, por Marcel Thil, Campeón del Mundo del peso medio”. La crónica de aquel combate se enmarca en la galería de excelencias literarias de la prensa deportiva de la época.
El popular semanario le dedicó al duelo la portada de su número del 3 de junio de 1935. La imagen resume lo que fue la pelea; un rudo e imperturbable Thil castiga sin compasión al boxeador aragonés, que apenas puede mantenerse en pie. Sus músculos tensionados y el pelo desbaratado hablan por si solos. En el interior de la revista la crónica se extiende en detalles de lo que fue un verdadero acontecimiento nacional. Era la primera vez que la capital española albergaba un Campeonato del Mundo y uno de los aspirantes era aragonés, de Sigüés.
De Ara decía Angelo, el cronista deportivo de AS, que era “bien proporcionado, limpio, fino y elegante, aunque parece también más frágil que su rival. Sin saber sus características, sin conocer sus estilos, bastaría verlos bajo la luz de los reflectores formando el grupo con el árbitro rubicundo y serio, ante la batería de fotógrafos, para pronosticar exactamente qué clase de combate va a hacer cada uno”.
No se equivocaba; el combate transitó por esos derroteros. “Ignacio Ara, indiscutiblemente más boxeador que su rival, en el sentido de que el boxeo es algo más que un ejercicio de pura y bruta fuerza, domina francamente a lo largo de los primeros asaltos. Brilla su estilo variado y magnífico frente a la torpeza maciza de su adversario, que se empequeñece en la comparación, encorvándose, replegándose, hundiendo su cabezota en el pecho”.
En palabras de Angelo, el especialista en boxeo del AS, “Ignacio Ara es el matador inteligente y fino; Thil es el toro robusto y poderoso que embiste”. Mal asunto si las fuerzas del aragonés se agotaban antes de tiempo, como así fue. “¿qué valen las embestidas desprovistas de belleza, constantes pero lentas, ante la elegancia de los pases del matador?”, se preguntaba el periodista. Thil no es un toro de sangre sino de granito y todo ese despliegue de golpes que realiza Ara choca contra un muro que parece recibirlos casi sin inmutarse.
Las 30.000 almas que abarrotan la plaza de toros gritan “Ara, Ara, Ara”, es un coro ensordecedor asegura el periodista, que pretende empujar al jacetano a una victoria que se hace cada vez más incierta. El francés digiere las embestidas de su rival y comienza en el último tercio una ofensiva salvaje que le llevará al triunfo final. “Aunque Ara rehuía el cuerpo a cuerpo, no podía evitar el abrazo de oso de su rival, que le golpeaba en los costados. Marcel Thil sabía bien que en ello estaba su fuerza”. El desenlace está cerca y Angelo describe unos minutos angustiosos que parecen horas: “Los golpes del francés han llegado con toda su fuerza a su rostro y han tenido una repercusión en el cerebro, exactamente en el momento en que las piernas empiezan a flaquearle. Embadurnado en sangre, atontado por los golpes, no pierde la claridad de su juicio; sabe lo que puede pasarle y lo evita”.
En el decimotercer asalto el árbitro declara vencedor al francés en medio de la bronca general. Pero no hay duda; Thil renueva su título mundial con toda justicia. El periodista, con arrobo patriótico, asegura que “el estilo de Ara, su boxeo claro y brillante, su valentía y su corazón han valido más que toda la resistencia, toda la labor de basto obrero del “ring” del Campeón del Mundo”. En el cenit de su carrera, Ignacio Ara salió del envite magullado pero con el orgullo alimentado por una afición que lo veneraba. Sin embargo, nunca más volvería a aspirar a grandes empresas. Sus sueños de gloria se quebraron en aquella velada madrileña con 30.000 enfervorizados aficionados como testigos del inicio del largo y lento declive. En 1968, ya retirado, confesaba en una entrevista concedida al prestigioso periodista deportivo Pedro Escamilla, que “no llegué, como me exigía mi hombría, a campeón del mundo del peso medio. Una vez porque me robaron, otras, porque me vencieron”.
La historia de un montañés
Ignacio Ara nació en abril de 1909 en Sigüés, donde apenas permaneció unos meses porque sus padres emigraron a Mauleón, al otro lado de los Pirineos. No era el viaje de las golondrinas, que cruzaban la cordillera con la caída de la hoja para regresar en la primavera. Era un viaje definitivo, sin retorno. Las prósperas fábricas de alpargatas de la localidad francesa eran el destino de un exilio económico español que huía de la miseria diaria. El padre de Ignacio, Mariano Ara, comenzó a trabajar en una de esas fábricas y alcanzó el puesto de encargado. Vicenta, la madre, se empeñó en la educación del hijo. Fueron seis años de intensas vivencias en una casita llamada “Chalet Vicenta”. Ignacio creció hablando castellano y francés.
En 1916 la familia decide regresar a España y se instala en Jaca, donde uno de los abuelos regentaba una talabartería. La amenaza alemana en la primera Guerra Mundial convence a los Ara de la necesidad de desandar el camino y buscar espacios más seguros. Jaca lo es. Fue una decisión temporal, condicionada por los acontecimientos internacionales, pero en la mente de Mariano Ara no se borra la idea de regresar a Francia tan pronto como finalice la guerra.
Instalados de nuevo en “Chalet Vicenta” los Ara retoman la normalidad. Ignacio estudia en un colegio de frailes, donde el padre Abadie le inculca el amor por el deporte, por cualquiera de ellos sin distinción. Son tiempos en los que el ciclismo genera pasiones en Francia. El Tour en esas fechas ya se ha consolidado como uno de los grandes acontecimientos deportivos mundiales. Pero el pequeño de los Ara se va arrastrando por otros derroteros. En las habituales trifulcas con compañeros de clase descubre la fuerza de sus puños y su marcado instinto de supervivencia.
Es un tipo de profundos contrastes. Cultiva al mismo tiempo un perfil duro y agresivo con otro inquieto y sosegado. Le anuncia a su padre que quiere ser cocinero y viaja a Paris para trabajar como pinche en el Hotel Point-Neufe. En realidad, es una salida de urgencia ante la rotunda negativa de su padre a que se dedique a la pelota-mano, su verdadera pasión. En París, sin el ojo escrutador de su padre, encuentra tiempo para jugar en un frontón cercano junto a un joven que pronto haría historia, Paulino Uzcudun, un exleñador que acabaría siendo leyenda del boxeo y varias veces aspirante a la corona universal de los pesados ante Joe Louis y Max Schmelling.
Junto a ellos también está otro vasco de oro, Isidoro Gaztañaga. Los tres entrenan casi a diario en el gimnasio Anastesie, donde Ignacio Ara va comprobando poco a poco que lo que realmente le produce fascinación es el boxeo. El escritor y periodista Antón Castro, profundo conocedor de la vida de Ara, cuenta que en ese gimnasio el de Sigüés “se quedaba entusiasmado con un tipo llamado Molina, era un auténtico bailarín de claqué que soltaba las manos con la velocidad del rayo”.
El destino de Ignacio Ara está marcado. En 1925 acompaña a su amigo Gaztañaga a San Sebastián y casi por azar se planta encima de un cuadrilátero ante el italiano Ambrosoni; le bastó un asalto para dejarle KO. De este episodio es probable que surja también el error divulgado en los últimos tiempos por el Archivo Auñamendi y alguna enciclopedia de boxeo, sobre el origen donostiarra de Ignacio Ara.
Tras aquél primer combate victorioso, el aragonés ganó los 36 siguientes y el campeón español del momento, Ricardo Alis, le evitó para ahorrarse desagradables sorpresas. Tras un desastroso encuentro con sus padres, que no aprobaban la nueva profesión del hijo, Ignacio regresa a París con la obsesión de hacerse rico y ganar el cetro mundial. Peleó en un combate memorable con un tal Valclaund, según indica Antón Castro, y desde ahí dio el salto al Albert Hall de Londres y Nueva York, donde combatió en 1929 con Eddie Bowie. Un comentarista escribió de Ara: “es el boxeador extranjero de mayor combatividad que he visto en mi vida. Su estilo es maravilloso”.
Pocos días antes de ese viaje a Estados Unidos, Ignacio estuvo en Jaca. Así informó de su estancia El Pirineo Aragonés: “Está en Jaca este simpático y popularísimo paisano nuestro. Bien merecido tiene tal título: nació en Sigues y en Jaca pasó los primeros seis años de su niñez. De nuestra ciudad se acuerda muy gratamente. Por eso, después de repetidos y notables triunfos en sus luchas de boxeador, admirando a inteligentes públicos de populosas capitales extranjeras. Ignacio Ara quiere visitar a Jaca y a Sigues con toda su cordialidad y simpatía. Después, inmediatamente, va a volver a Norte América, donde ha de cumplir contratos de importancia. Bien venido, Ignacio, y venga esa mano, pero sin apretar mucho ¿eh?”
En 1930 se fue a La Habana, uno de los puntos de ebullición del boxeo mundial. Allí ganó a José de la Paz, Jimmy de Capua y Relámpago Sagüero, uno de los mejores boxeadores cubanos de todos los tiempos. En ese momento ya era uno de los púglies más importantes del mundo. El especialista en boxeo cubano, Melchor Rodríguez, le otorgaba no hace mucho tiempo la categoría de “rutilante estrella mundial”, a la altura de Jack Dempsey o Joe Dundee, al que vapuleó sin compasión en un memorable combate en febrero de 1931.
Tras hacer las Américas y recién proclamada la II República Ignacio Ara regresó a España y por fin pudo pelear con Ricardo Alis. Le duró unos segundos. Al año siguiente ganó el Campeonato de Europa de los medios ante el austriaco Kar Neubauer, paso inmediato para atacar el cetro mundial que nunca pudo conquistar.
La posguerra y el declive
Ara pasó la Guerra Civil en Buenos Aires y cuando acabó volvió para continuar con un desenfrenado carrusel de combates que alcanzaría los 300. Un palmarés inigualable que todavía hoy sigue impresionando. Se retiró en 1947 con 38 años, justo después de coronarse campeón nacional de los pesados. Desde entonces se dedicó a entrenar. Lo hizo en Buenos Aires con Fred Galiana; lo hizo en Salamanca con los olímpicos españoles que iban a competir en México 68, lo hizo con un tal Tony Leblanc, al que enseñó todo lo que tenía que saber sobre el boxeo. Así lo confesaba el actor en una reciente entrevista realizada en el diario ABC, en la que recordaba sus remotos inicios como púgil.
Ignacio Ara murió en 1977 en Buenos Aires, la ciudad que se había convertido en su pequeña patria. Nació aragonés, creció francés y murió con la nostalgia porteña. El jacetano está enterrado en el popular cementerio de La Chacarita, junto a Carlos Gardel y otras leyendas del boxeo argentino como Luis Angel Firpo y Ringo Bonavena, el púgil asesinado por la mafia por no aceptar la abyecta orden de tirarse en el quinto round de su último combate. Un clásico del lado oscuro del boxeo. De Ignacio Ara escribieron en Buenos Aires que era “el catedrático de las doce cuerdas, tan querido de la afición argentina”. Ahí descansa, junto a Carlos Gardel.
Artículo publicado en el número 219 de la revista Jacetania.
El 14 de abril de 1931 España fue una fiesta. Lo sabemos por las fotos de Alfonso en Madrid, por las de Martín Chivite en Zaragoza, las de Centelles en Barcelona, las de De las Heras en Jaca… la primavera republicana iluminó a los españoles de esperanza y anhelos de regeneración y justicia. Si alguna vez este país se levantó unido por un entusiasmo colectivo, si la República fue alguna vez feliz e hizo feliz, lo fue aquella tarde del 14 de abril de 1931, cuando Alfonso XIII abandonó España y el gobierno provisional republicano asumió el poder.
De un tiempo a esta parte se han multiplicado exponencialmente los Círculos Republicanos por todo el país. Es una buena noticia. El pudor conminatorio de la Transición y cierta amnesia provocada por un inconsciente y perdurable sentimiento de culpabilidad habían reducido el republicanismo español al ámbito íntimo y al universo de la izquierda desacomplejada.
Han tenido que pasar tres décadas desde la muerte del dictador para que en este país se pueda hablar y vindicar la República sin la compañía habitual de un halo autoinculpatorio y furtivo. Si como decía Azaña la “República o es democrática o no lo es”, sigue siendo un misterio el perverso mecanismo de la mente humana que bloqueaba hasta no hace mucho la legítima defensa de esta tautología. La quiebra que ocasionó el franquismo en la cultura democrática de este país es posiblemente la principal razón de esta sinrazón. Y esos espesos y pegajosos polvos nos han dejados unos lodos que no logramos quitarnos ni con agua hirviendo.
Ahora se ha hecho habitual que los que nos sentimos republicanos reunamos nuestra fe en torno a una mesa y un mantel una vez al año. Sin duda, el republicanismo español todavía se conforma con muy poco, consecuencia a mi entender de un lacerante complejo de inferioridad que es necesario enterrar definitivamente para aspirar a una tercera república. Lo que comenzó siendo una vía de oxigenación democrática y la recuperación de un orgullo maldito, ha derivado en una impostada retórica de formas y gestos. Como escribió con malévola puntería cierto escritor, han proliferado en los últimos años los republicanos de mesa y mantel, que se visten con la tricolor una vez al año, gritan “salud y república”, se cagan en los borbones y en los curas y berrean el Himno de Riego en su popular versión anticlerical. El ardor republicano dura lo que dura la cena.
Al día siguiente muchos de ellos vuelven a sus reuniones de cofradías, llevan a sus hijos a colegios católicos, explotan a los trabajadores inmigrantes, practican la xenofobia, cuestionan el exceso de libertad de la democracia, maldicen a catalanes y vascos, y matizan que no son monárquicos, que son “juancarlistas”. Algunos también se embarran en ese insólito placer de las conjuras políticas y cortesanas, tan propio de partitocracias y políticos de medio pelo.
En una conferencia sobre la educación para la ciudadanía, José Miguel Sebastián se veía en la obligación de recordar que “la ciudadanía republicana es la disposición del ciudadano a comprometerse con la cosa pública” y que la democracia “no se limita a que los ciudadanos elijan a sus representantes cada cuatro años”. El republicanismo democrático incide, para Sebastián, en la búsqueda de fórmulas de democracia deliberativa “que permitan al ciudadano ser algo más que un mero elector, incentivando su participación en los asuntos públicos e introduciendo mayores exigencias de responsabilidad, transparencia y rendición de cuentas”.
Tengo la fundada sospecha de que en España ese concepto cívico de naturaleza republicana es inexistente. Es lo que el filósofo Philip Pettit definía en su conocido libro “Republicansimo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno”, como la necesidad de “repensar las instituciones democráticas, desplazando la noción de consentimiento a favor de la disputabilidad”. Creo que hay una importante mayoría de ciudadanos que se encuentra más cómoda en su condición de súbditos usufructuarios del sistema de libertades.
La asistencia a estas comidas me ha hecho llegar a otra conclusión igual de lamentable: la República es un concepto que se guarda en formol como la iglesia guarda los restos de un santo en una urna. Los expone una vez al año para agitar la fe de los fieles y alimentar el dogma. No conviene abrir debates porque se corre el riesgo de cuestionar la infabilidad. Estoy cansando y aburrido de que el aniversario de la República sólo se utilice para recordar la memoria de los fusilados en la Guerra Civil, llorar el drama del franquismo y denunciar los estragos de la represión. Todo este trabajo de historiadores e investigadores es fundamental, no hay duda, para recomponer la dignidad de este país y hacer justicia con los que no la tuvieron durante 40 años. Pero es llamativo que en el empeño del desagravio se caiga en el tremendo error de ratificar las tesis de la historiografía franquista de presentar la Guerra Civil y los cuarenta años de dictadura como la consecuencia directa del caos republicano, en una sucesión histórica indisoluble.
Albergo la impresión de que algunos de los que promueven estas conferencias, mesas redondas y seminarios en el marco de la efemérides republicana no tienen el menor interés por entablar debates actuales y valientes sobre la vigencia y sentido del discurso republicano en los albores del siglo XXI. Y no lo tienen porque más de uno se vería retratado. Resulta muy placentero reivindicar la memoria de la Segunda República pero muy comprometedor trabajar por la Tercera en la búsqueda de la virtud cívica o, lo que es lo mismo, una ciudadanía que se autogobierne en lo público y en lo privado, en palabras de José Miguel Sebastián. Añoramos la nostalgia de lo que nos hubiera gustado ser pero sabemos complacidos que nunca nos veremos en la obligación de serlo.
Aquél lejano 14 de abril de 1931 millones de españoles se echaron a las calles convencidos de que la nueva República iba a traer por fin el impulso necesario para regenerar, modernizar y culturizar el país. El golpe de estado de la cuadrilla de militares africanistas frenó ese ímpetu; pero a mi me gustaría que cada 14 de abril se reviviera de verdad el fervor republicano, que cada acto fuera una fiesta reivindicativa y no un coro de plañideras con la tricolor en la cabeza.
He rescatado este artículo del Babelia de ayer. Una luminosa reflexión de W. Curtis sobre la arquitectura actual y su discrepancia entre funcionalidad y estética fatua. En estos momentos en España se vive una alocada fiebre política por plantar en cada ciudad y en cada pueblo eso que se ha venido en llamar "edificio emblemático" o "icono arquitectónico". Epígonos del "efecto Guggenheim" de Bilbao que han provocado que no haya otro país en el mundo en el que proyecten al mismo tiempo tantos premios Pritzker como aquí. ¿Ambición, originalidad, vanguardia, progreso... o simplemente actitudes de nuevos ricos?
La arquitectura en la actualidad corre el peligro de degenerar en un juego que se desarrolla con formas excesivamente complicadas e imágenes generadas por ordenador, cuando diseñadores y clientes atraen la atención sobre sí mismos con los llamados edificios "icónicos". Todo se hace para conseguir un efecto rápido y seducir a los políticos e inversores con gestos sensacionalistas en sintonía con la economía de la mercadotecnia, con la privatización, con los intereses fugaces del capitalismo global y con la "sociedad del espectáculo". Como es habitual, la arquitectura también se emplea para ocultar e idealizar las maniobras y maquinaciones del poder político y financiero. Pero los grandiosos proyectos resultantes a veces no funcionan adecuadamente, chocan con su contexto y cuestan una fortuna en mantenimiento. Ahora tenemos el juego "icónico" en el que promotores y arquitectos intentan argüir que sus proyectos sobredimensionados aportan "identidad" a esta o aquella ciudad, una afirmación absurda cuando se trata de lugares centenarios.
El lenguaje de los gabinetes estratégicos se usa para comunicarnos que ahora la arquitectura es una "marca" para vender una cosa u otra en el mercado global: todo, vino, arte, moda o propaganda de dictaduras. En este ambiente de promoción sorprende poco que se haga tanto hincapié en la imagen seductora y virtual a costa de la realidad construida. Muchas operaciones de construcción a gran escala no son más que paquetes de inversión internacional. Aportan pocos indicios de preocupación social o local, aunque esté de moda limitarse a unos pocos molinos de viento para demostrar que se piensa en el medio ambiente. Como las imágenes efímeras que titilan en la pantalla de un ordenador, el proyecto arquitectónico corre el riesgo de verse reducido al nivel de las superficies y los efectos fugaces.
El llamado "efecto Bilbao" ha sido una bendición de doble filo para la arquitectura. Los alcaldes están ahora sometidos a la ilusión ingenua de que sus ciudades sólo tienen que construir grandes proyectos de manos de arquitectos estrella para garantizar el "prestigio". Lamentablemente, en lugar de producir edificios funcionales, sólidos y bellos, varios miembros del star system, algunos de ellos ganadores del Premio Pritzker (al que absurdamente se hace referencia como el Nobel de la arquitectura) generan diseños arbitrarios y ostentosos sin sustancia perdurable: una arquitectura de gestos vacíos y formas complicadas en exceso que no entrañan un verdadero significado.
El mismo Pritzker se usa como una "marca" que supuestamente garantiza superioridad, pero esto sucede en el mismo momento en que la cantidad se impone a la calidad. La arquitectura contemporánea sufre de una hiperinflación que combina una deliberación precipitada del diseño, estudios excesivamente grandes y una producción de vía rápida. Hay un riesgo real de que los arquitectos produzcan caricaturas de su propio trabajo en el "mercado". En este sistema, la arquitectura pierde el alma y se vulgariza como una forma de publicidad. ¿Necesitamos de verdad más museos como parques temáticos, aeropuertos faraónicos que no funcionan o rascacielos con formas vagamente fálicas? La arquitectura tiene objetivos más serios que perseguir, ya que debe servir a la sociedad y a la cultura a largo plazo, contribuyendo de manera positiva tanto a la ciudad como a la naturaleza. -
© William J. R. Curtis, 2008. Traducción de News Clips. William J. R. Curtis (Birchington, Reino Unido, 1948) es autor de La arquitectura moderna desde 1900 (Phaidon).