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Juan Gavasa

Pirineo

Las Tiesas

Las Tiesas

Fue la pequeña locura de Agnes Villar Le Thies y ha sobrevivido a su triste desaparición en 2002. Sus hijos Bruno y Nico cogieron el testigo y han sabido mantener la casa de turismo rural de Las Tiesas Alta (Jacetania), y el restaurante vegetariano, un verdadero referente en todo el estado.

            De difícil catalogación arquitectónica y decorativa, Las Tiesas es ante todo el espacio intimista que su creadora quiso fundar, sin ataduras formales ni patrones inalterables. Empezando por el carácter de su gastronomía, volcado en la cocina vegetariana en una tierra en la que no está bien visto salirse de los cánones tradicionales. Y es seguramente este espíritu inconformista el que ha hecho de Las Tiesas uno de esos rincones forjados a través del boca a boca, la publicidad más barata y rentable. No importa que el acceso no sea sencillo ni que el paraje sea recóndito, todo es relativo cuando se accede a este edificio construido en 1627. Las Tiesas Altas no parece el lugar ideal para establecerse. Tiene todos los inconvenientes de la vida rural pero amplificados por la soledad, el aislamiento y el frío intenso de los inviernos eternos. No da la sensación de ser un lugar recomendable. Tan fuerte es esa primera impresión que el imponente valle de Aísa queda reducido a una secuencia secundaria. La Peña Oroel, Collarada y el Aspe surgen como estampas lejanas que se diluyen entre tanta adversidad. Los ochocientos metros de pista que hay que atravesar obligatoriamente para llegar a lo alto de la colina donde se asienta la pardina de Las Tiesas no contribuyen a mejorar el panorama. Pero son impresiones precipitadas.

            El restaurante ofrece cada día un menú de tres platos y postre, sin posibilidad de alternativa. Nunca es el mismo y esa incertidumbre incrementa la expectación. En verano la recién abierta terraza exterior ofrece por el mismo precio el Aspe como decorado de fondo. Entre símbolos budistas e iconografía de otras religiones, el apetito azuza la sensación de estar en un lugar irrepetible. Y realmente lo es.

Extremadura pirenaica

Extremadura pirenaica

Las sierras exteriores del Pirineo aragonés occidental han sido históricamente la frontera natural entre el llano y la montaña. Allí se levantaron grandes parapetos fortificados durante la Edad Media y se libraron legendarias batallas. Sus caminos fueron atravesados por imperios en expansión y por pastores trashumantes. Fue casi siempre tierra de paso y antesala pirenaica, regazo de convivencia entre judíos, árabes y cristianos. Hoy ese impresionante legado no es la única razón de su existencia. La dificultad azuza el ingenio y en esta despoblada parte de Aragón surgen iniciativas empresariales que tienen algo de reivindicación autóctona. La extremadura pirenaica grita entre piedras milenarias que sigue existiendo.

 

En estas tierras uno tiene la sensación de ver pasar la historia ante sus ojos, como una secuencia cinematográfica en la que desfilan castillos y fuertes, reyes y nobles, leyendas de traiciones y bellas historias de amor. Todo parece un decorado de siglos con algo de aspecto decadente que bien observado resulta ser uno de sus grandes encantos.

Para ubicar el territorio en el que nos encontramos el lector tendrá que trazar una línea imaginaria sobre el mapa. Esa raya unirá Sos del Rey Católico con el castillo de Montearagón. Todo lo que queda a ambos lados forma una tupida red de iglesias, castillos, torres y fuertes que fueron levantados en el siglo XII como defensa de la Marca Superior. Una red que se extiende de Este a Oeste de toda la cordillera, protegiendo con precisión de tiralíneas las sierras exteriores.

En cualquier mapa surgirán como setas iconos que certifican ese pasado y, lo mejor de todo, que informan de su conservación actual. Algunos en mejor estado que otros, pero todos huella indeleble de un periodo de convulsiones y epopeyas que sirvieron para escribir una parte de la historia de los antiguos reinos de Aragón y Navarra.

Navardún, Urries, Uncastillo, Luesia, Biel, Loarre, Sádaba, Castilliscar... la acumulación de patrimonio desborda la capacidad del viajero más avezado. La visita exige mesura y templanza, virtudes que se encuentran fácilmente en los silenciosos recovecos de cualquier templo o en la soledad mística de alguna ermita entre bosques de encinas y robles. Paisajes que anuncian el inmediato Pirineo. En los días claros la cordillera se insinúa al norte despechada, y desde lo alto de la Sierra de Santo Domingo insolente y amenazante.

En Sos del Rey Católico comienza nuestra inmersión en la máquina del tiempo. Antes ya nos hemos cruzado por la C-137 con el grandioso castillo de Navardún, que fue residencia de los obispos de Pamplona. Aquí se huele la historia. En el horizonte más cercano se reconoce la silueta de la cuna del monarca Fernando, una tarjeta de visita que no admite rechazo. La torre de la antigua fortaleza preside la parte mas alta del pueblo, junto a la iglesia parroquial de San Esteban.

Las iglesias, los palacios y las casas solariegas del siglo XVI se desparraman por la montaña entre calles empedradas y fachadas de noble origen,  como la Casa Consistorial, el antiguo palacio de Isidoro Gil de Jaz o la Casa Palacio de Sada, casa en la que nació el rey Fernando II de Aragón y que hoy es un centro de interpretación sobre su figura.

En la tercera planta del Ayuntamiento está ubicada la oficina del CIDER Prepirineo (Centro de Innovación y Desarrollo Rural del Prepirineo). Esta asociación formada por instituciones públicas, empresas y sindicatos de la zona ha gestionado en la última década fondos europeos a través de la iniciativa Leader II. Las cuantiosas inversiones han tenido el efecto de un pequeño “Plan Marshall” y han permitido un desarrollo empresarial y turístico que no pasa desapercibido. Cristina Gómez, técnico del Centro, llegó hace diez años de Zaragoza para trabajar en el proyecto y se ha quedado. “Tengo una calidad de vida impresionante –asegura-, y no me arrepiento de lo hecho”. En la balanza puso ya hace tiempo el privilegio de vivir en un pueblo monumental y los inconvenientes de “estar en una zona de paso en la que todo llega tarde. El primer cajero automático lo tuvimos hace siete años, sólo hay un autobús público diario, cosas que te afectan en el día a día, pero hay otras muchas cosas que te hacen sentirte bien” afirma.

“Es una zona de paso” te recuerdan con cierta insistencia, pero las cosas están cambiando en los últimos años. Ha perdido vigencia aquella descripción que hacía en 1930 el escritor aragonés Ramón J. Sender de los habitantes de la comarca de Cinco Villas. “A falta de imaginación poseen la tenacidad, la prudencia, esas menudas virtudes que son el secreto de los países prósperos”, decía. Setenta años después conservan esas virtudes y además han derrochado imaginación para sacarle punta al futuro.

Uncastillo es el paradigma. La villa coronada por la fortaleza que le dio origen vive a la sombra de Sos del Rey Católico, más conocida y promocionada. La hermosa localidad es el resultado de varias épocas de esplendor. La primera en el siglo XII, de la que datan sus siete iglesias y cinco ermitas. Y una segunda en el siglo XVI en la que se fraguó una arquitectura popular de grandes palacios y casonas blasonadas. Mucho antes se levantó el castillo, del que se conservan restos del palacio y la torre del homenaje.

El monumental Uncastillo es hoy un hervidero de actividades empresariales que merece un estudio. Varios socios han creado las bodegas de vino ecológico Uncastellum, recuperando una antiquísima tradición vitivinícola de la zona. Recientemente sus caldos han sido premiados en el Salón del Vino de Madrid. Dos jóvenes zaragozanos, Eduardo Sancho y Rosa Barón, venden patés vegetales por todo Aragón a través de “La Conservera del Prepirineo”.

Más de veinte trabajadores forman la plantilla de la cantería Olnasa, el buque insignia del pueblo, y los quesos de Uncastillo ganan fama cada día que pasa. Son sólo un ejemplo de la envidiable salud empresarial de una localidad que apenas alcanza los 900 habitantes. “Aquí no puedes venir a trabajar de nada si no te lo montas tú –asegura Eduardo Sancho-, la clave es que todo lo que hagas sea autóctono, es la única forma de que la gente venga o se quede”.

Ya en Luesia, de nuevo una torre fortificada junto a la iglesia de San Esteban. En el camino nos hemos desviado al castillo de Sibirana, maravilla escondida con sus torres gemelas, y el pozo Pigalo. En unas recientes excavaciones han aparecido restos de un palacio medieval en las inmediaciones de la torre de Luesia, edificio civil en el que pudo habitar el arzobispo Hernando de Aragón, nieto de los Reyes Católicos.

Por la misma carretera tortuosa y retorcida, llegamos  a Biel. Fue una de las juderías más importantes del antiguo reino y residencia de los reyes de Aragón. Sancho Ramírez mandó construir en el siglo XI su imponente fortaleza de la que todavía se conserva su torre.

En el restaurante El Caserío, Fernando Muñoz, su propietario, charla con el administrativo del ayuntamiento sobre las escuelas que llegó a tener Biel. El pueblo apenas alcanza ahora los 80 habitantes pero hace cuatro décadas superaba los 1400, cuando todavía estaban abiertas las minas de cobre. El Caserío es un lugar de peregrinación gastronómica, así como el pan y las migas que comercializa en el mercado de Zaragoza su hermano David.

El pequeño de la familia se ha vuelto al pueblo y ha cogido las riendas del horno familiar. “De aquí no me mueven. Tengo cerca el monte y en Biel se vive como en ningún sitio”. El caso es que ahora tiene tres bares, una panadería y una tienda de ultramarinos, lo nunca visto. “Vivimos mejor pero estamos menos” lamenta David.

El camino se angosta y el paisaje adquiere aires mediterráneos. Por Fuencalderas nos dirigimos a Ayerbe entre coscojales y carrascales. A lo lejos se adivinan los mallos de Agüero y también los de Riglos. Cruzamos el río Gállego para ir a Loarre, el castillo románico mejor conservado de Europa. Por Bolea hasta Huesca para alcanzar Montearagón, el final de la frontera imaginaria.

Artículo publicado en el número 45 de la revista El Mundo de los Pirineos

Jánovas (2)

Jánovas (2)

Sigo estos días a medio camino entre Sallent de Gállego y Jaca sin perder de vista lo que ocurre con la reversión de Jánovas. En la última semana se ha publicado en toda la prensa una larga serie de entregas informativas que permiten intuir que el asunto no va a ser ni sencillo ni rápido de resolver. Pero almenos sí que he percibido que el sentido común tiende a imponerse sobre el despropósito legal y cada vez son más las voces que exigen un tratamiento especial que no se someta a la tiranía administrativa sino al poder de la razón y el valor intangible del drama humano. Porque como escribía hoy Jánovas no rebla: "tan expropiados creo que debe considerarse en justicia a los que lo fueron legalmente como a los que vendieron creyendo que no tenían más alternativa". Y creo que aquí está el nudo gordiano de la cosa, la poderosa e irrebatible reflexión que explica la necesidad de que la administración sea por una vez un ente al servicio del ciudadano y sea capaz de estar a su altura. Sobre todo porque fue la administración (la franquista), la que promovió un proyecto y lo llevó adelante a sabiendas del grave perjuicio que estaba ocasionando sobre la población afectada. ¿No es más lógico que sea la administración la que indemnice a los ciudadanos perjudicados y asuma las responsabilidades del fracaso social y económico de un proyecto que nunca se llegó a hacer? ¿No sería de justicia que el estado pidiera un perdón simbólico a quienes arrancó de sus tierras sin otro equipaje que la incertidumbre y la desazón en esa España abisal de los 50 del pasado siglo? ¿No sería un inmenso acto de redención que el estado costeara la recuperación piedra por piedra del pueblo que arruinó a golpe de dinamita? Almenos en lo material la administración tiene la capacidad de corregir el desaguisado que cometió. En lo espiritual y sentimental cavó una sima impenetrable de la que muchos sobrarbenses ya nunca podrán salir. Y eso ya no lo puede remediar nadie. El estado es poderoso pero el alma rota de sus ciudadanos es impermeable. Son estas cosas las que no aparecen en los expedientes de expropiación. No hay un apéndice para levantar acta notarial de la estulticia de nuestros políticos.

Como estos días no tengo demasiado tiempo para escribir posts en condiciones, voy recuperando cosas que publiqué hace tiempo y que de repente han adquirido un tono actual sorprendente. Esto me recuerda un aserto que me lanzó hace ya muchos años un periodista jaqués: "para ejercer esta profesión en Aragón hay que manejar tres o cuatro temas porque no hay mas, son los mismos de siempre, nunca se solucionarion y probablemente nunca se solucionarán. Si manejas bien estos temas no tendrás problemas para prosperar". El agua y el problema hidráulico era uno de ellos. El texto que cuelgo a continuación se titula "La tercera transición" y fue publicado en la desaparecida y añorada Trébede en octubre de 2001, pocas semanas después de anunciarse el informe negativo del estudio de impacto ambiental que descartaba definitivamente el pantano de Jánovas. Han pasado siete años y aquí seguimos hablando y escribiendo de lo mismo. Esta tierra es Aragón, tenía razón mi amigo.

Hubo un tiempo en que el Pirineo se desangraba a borbotones como consecuencia de las profundas heridas que le provocaba el desarrollismo, los pantanos y la despoblación. La gente huía o la expulsaban de sus tierras y en su triste marcha dejaban también el orgullo montañés y la conciencia de pueblo entre casas espaldadas, campos yermos y valles inundados. Los sesenta cultivaron en el Pirineo un sentimiento derrotista y un complejo de inferioridad que perduró en el tiempo al albur de estúpidos estereotipos urbanos convenientemente fomentados por la sociedad capitalista. Comarcas como el Sobrarbe iniciaron el siglo XX con 23. 000 habitantes y lo han acabado con 6.000.  Nunca se valorará convenientemente en Aragón la brutal dimensión de la emigración que ha sufrido la montaña en las últimas décadas en beneficio de un confuso desarrollo.

Muchos de los que se quedaron cultivaron cierto furtivismo sentimental, una especie de discreta militancia pirenaica no exenta de razonables dudas sobre la conveniencia de perseverar  o claudicar como lo habían hecho los que se fueron. Vivir cautivos en la tierra que amaban se convirtió en el gran conflicto interno, en la eterna duda existencial. Más tarde llegaron antropólogos e historiadores como Rafael Andolz, Julio Gavín, Durán Gudiol, Enrique Satué o Severino Pallaruelo, que reivindicaron la pervivencia de una valiosa cultura milenaria y alarmaron sobre los riesgos de su decadencia definitiva. Sus libros e investigaciones golpearon en la conciencia de quienes rehuían de sus orígenes por pudor o por simple desconocimiento, y de quienes desde la lejanía oteaban el horizonte montañoso con desdén e indiferencia.

El Pirineo se convirtió entonces en un producto turístico; muy lejos, desde luego, de las inquietudes que habían incitado el trabajo de aquellos estudiosos. Satué decía hace siete años que “el Pirineo está de moda. Lo está como estuvieron las playas del Mediterráneo hasta que se depreciaron por el caos y la contaminación. Pero la montaña es algo más que un sumatorio de especies a extinguir”. En este escenario surgieron los engendros urbanísticos de Jaca y sus sucedáneos, la obsesión por hacer unos cuantos Salous para los zaragozanos en invierno y la manía de meter la mano en cada palmo de tierra. Por desgracia seguimos en esta tesitura porque aquel “clan del hormigón” que defendía con ardor un veterano político oscense hace unos meses sigue marcando el ritmo de los acontecimientos.

Pero no todo está perdido. La máxima de “cuanto peor, mejor” ha obrado en el Pirineo el renacimiento de la abandonada conciencia de pueblo, la recuperación de un orgullo por la tierra que se fortalece en la misma proporción en que se multiplican las agresiones externas. El rechazo a los proyectos hidráulicos ha sido el estandarte de esa unión que ha hecho posible manifestaciones populares inéditas en la montaña como el paro general del 25 de octubre pasado. “Queremos vivir en el Pirineo” se ha convertido en la proclama que resume todo, en la justa consigna que mueve a “esa minoría”, como le gusta denominar a Marcelino Iglesias.

Los conciertos de La Ronda de Boltaña, elevada a símbolo de la montaña aragonesa,  han adquirido en los últimos tiempos un clima reivindicativo que recuerda ese aire de entusiasmo que envolvió a las actuaciones de los cantautores de la transición española. Quizá hoy los pirenaicos, enfrentados a los mismos problemas y a las mismas amenazas que hace cincuenta años, sentimos que nuestra transición a la democracia todavía no ha concluido. Por eso, el definitivo descarte del pantano de Jánovas ha sido un soplo de esperanza. Aunque “nos hemos hecho viejos esperando”, como lamentó Emilio Garcés, el último de Jánovas, al conocer la noticia. 

La foto es de Juan Pulido Velasco y la he tomado prestada de Jánovas no rebla

 

Jánovas

Jánovas

"Mi padre tiene alzheimer, ha vuelto a la niñez y hace tiempo que dice que él ya está en su pueblo. Mi madre está bien, y ella sí que se ha puesto muy contenta". Así describía Antonio Garcés la reacción de sus padres al conocer que el Ministerio de Medio Ambiente va a proceder por fin a la reversión de los terrenos expropiados o comprados en los años 50 del pasado siglo para la construcción del pantano de Jánovas. Pero la anhelada noticia tiene letra pequeña: los antiguos propietarios tendrán que pagar las cantidades que recibieron en su día pero actualizadas. Es decir; la administración no valora la tragedia de los habitantes de Jánovas, Lavelilla y Lacort, desprecia el sufrimiento al que se vieron sometidos y olvida que fueron arrancados de sus tierras por un regimen dictatorial que no garantiazaba los más elementales derechos ciudadanos. ¿Cómo se puede admitir esta ignominia? Antonio, como tantos otros hijos de Jánovas, ya ha dicho que pagará si le devuelven la casa tal y como estaba cuando se la expropiaron, antes de que la dinamita de los de Iberduero dejara todo en ruinas.

Jánovas no puede ser un expediente administrativo más, no puede ser gestionado desde la lejania de un despacho ministerial con la frialdad del derecho. Jánovas es un símbolo que representa eso que tantas veces se ha llamado la dignidad de la montaña, que en definitiva es el orgullo esquilmado de tantos y tantos pueblos a los que no se les dejó elegir su destino. Se corre el riesgo de cosificar el perfil humano de los que protagonizaron involuntariamente ese drama. No puede ser y el Gobierno de Aragón creo que tiene que ejercer de intermediario necesario para que no se reviva una vergüenza histórica incompatible con un estado de derecho. No estamos en pleno franquismo, pero a veces lo parece. La displicencia de la administración sigue recordando la de la España pretérita, la del "vuelva ustede mañana" de Larra. 

Pero, pese a todo, la noticia es una luz de esperanza, aunque a muchos les ilumine condenadamente tarde. Como a Emilio Garcés, el paradigma del resistente, el hombre que dignificó el espíritu de Jánovas y por extensión el de todas las injusticias sociales. Pero me alegro, sé que tarde o temprano todo se solucionará y en Jánovas volveran a escupir humo las chimeneas. Me alegro por los Garcés, por los Buisán, los Viñuales, los Palacio, me alegro por las gentes del Sobrarbe, por los montañeses, me alegro por Marisancho Menjón (sé que ayer fuiste inmensamente feliz), me alegro por los que han aportado su grano de arena a la causa (Jánovas no rebla), y por los que nunca abandonaron la certeza de que resistir es vencer.

Hoy recupero un reportaje que publiqué hace diez años en la revista El Mundo de los Pirineos. En compañía del gran fotógrafo zaragozano Javier Cebollada estuvimos con Emilio y Francisca en Jánovas. Sus testimonios de entonces adquieren hoy una nueva dimensión. Va por ellos.

Emilio y Francisca no visitan Jánovas desde hace más de dos años. “Me jode ver tanta ruina. No lo soporto”.  Ellos fueron el último matrimonio que abandonó el pueblo cansados de soportar las amenazas, la dinamita, la incomprensión de sus vecinos y la soledad. Eso fue en 1984, veinticinco años después de recibir la primera notificación de expropiación de Iberduero para construir un pantano. Hoy no hay pantano ni máquinas trabajando. Sólo ruinas, maleza y desolación, los ingredientes que provocan una reacción de odio en el matrimonio Garcés. “No sé cómo pudieron llegar a hacernos tanto daño para no conseguir ningún bien” lamenta Emilio, un hombre fortalecido por  la constante lucha contra todos los poderes que le arrancaron de las entrañas del pueblo que le vio nacer.

El matrimonio Garcés vive ahora en Campodarbe, a escasos kilómetros de Jánovas. Viven solos, con la única compañía de las vacas, las gallinas y las ocas que cuidan a un propietario madrileño. Sus seis hijos residen entre Boltaña, Huesca y Barbastro pero todos los fines de semana acuden a visitarles. En 1959 Iberduero logró del régimen franquista los derechos de expropiación sobre un extenso territorio de la comarca del Sobrabe para la construcción de un pantano. Jánovas era uno de los pocos obstáculos para su ejecución. “Los de Iberduero vinieron y como todo el pueblo ya era de ellos nos llamaron para que fuéramos a cobrar las indemnizaciones. Ellos mismos las habían fijado previamente. Sólo acudieron cinco familias y les pagaron una porquería”. Emilio recuerda el caso de Severino Sierra Buesa, de casa “Sarrate”, el hacendado del pueblo. “Le dieron 823.000 pesetas por la casa y todos los terrenos que tenía, que eran una barbaridad. Era el más rico de Jánovas, de esos que para las fiestas sacaban a la calle a los mulos con campanillas para mostrar su poder. A pesar de su riqueza, tuvo que ceder”. Emilio Garcés y su familia, sin embargo, se negaron a abandonar el pueblo y soportaron durante varios meses las amenazas de los directivos de la empresa hidroeléctrica, la Guardia Civil y los oscuros poderes locales del antiguo régimen. “Dinamitaron las casas de los que se fueron, nos dejaron sin agua porque taparon las acequias de riego y nos desmontaron las fuentes”. Pero el episodio más triste se produjo la mañana en la que un ejecutivo de Iberduero tiró la puerta de la escuela a patadas mientras los niños estaban dando clase. “La gente cogió un temor enorme, fue la ruina, desistió y comenzó a marcharse. Fue terrible. La mayoría no tenía a donde ir pero no les quedó más remedio”, recuerda con la voz entrecortada Emilia.

            En 1964 la familia Garcés se quedó sola en el pueblo. Las obras del pantano se habían paralizado pero no el empeño de Iberduero por derruir el pueblo. Los seis hijos de Emilio y Francisca estuvieron tres años sin poder ir a clase hasta que finalmente les permitieron escolarizarlos en Boltaña. Hoy Emilio no puede disimular su emoción cuando enseña la orla de la más pequeña de sus hijas de la promoción del 90 de veterinaria de la Facultad de Zaragoza. “Por esto merece la pena todo lo que pasamos”. El tiempo ha reconocido la lucha solitaria de Emilio y Francisca. El pantano no se ha hecho y el pasado verano el Ayuntamiento de Fiscal, uno de los que defendía el embalse, le declaró su hijo predilecto. “La vida tiene estas cosas, te lo niega todo cuando lo necesitas y cuando ya no vale te sonríe, que le vamos a hacer”.

Restaurar el mito

Restaurar el mito

Dice el libro sobre Canfranc de Pirineum Editorial que los mitos no se pueden destruir. Es posible. Pero algunos de ellos necesitan una profunda restauración para no correr el riesgo de perder su categoría. Es el caso de la estación internacional de ferrocarril, uno de los iconos más solventes del imaginario aragonés y en la misma medida una de sus vergüenzas más aireadas. La celebración del 80 aniversario de su inauguración coincide con la finalización de las obras de la segunda fase de su recuperación.

Cuando el arquitecto zaragozano José Manuel Pérez Latorre recibió en 2000 el encargo del Gobierno de Aragón de proyectar la rehabilitación de la estación inaugurada en 1928, se encontró con la abrumadora responsabilidad de enfrentarse no sólo a un edificio sino a un símbolo. Era por tanto una tarea que no se resolvía exclusivamente con destreza técnica sino que demandaba unas altas dosis de sensibilidad y tacto. Había que respetar los sentimientos colectivos, que habitan en el terreno de lo intangible, y aplicar además soluciones racionales y funcionales a un edificio que nunca más volverá a recibir un tren.

El encargo no ha estado exento de controversia desde el primer momento, lo que viene a confirmar aquel aserto que Pérez Latorre suele utilizar con frecuencia para dibujar el limbo en el que está instalado el Canfranc: “en Aragón hay tres cosas que nacen en el estómago de las personas: el agua, el Pilar y el Canfranc”. Y como todos los asuntos que se tratan en los arrabales de la razón, el de la línea ferroviaria ha estado y estará sometido a apasionados debates públicos en los que el arquitecto encargado de su restauración es un blanco fácil. Él lo sabe y lo asumió cuando decidió aceptar el reto.

El 16 de diciembre de 2005 comenzaron oficialmente las obras de rehabilitación de la estación de Canfranc.  Aquél día se escenificó el inicio de una nueva época, la puesta de largo de un ambicioso proyecto para recuperar el esplendor perdido del complejo ferroviario mediante su inevitable catarsis. Los nuevos tiempos obligaban a un cambio en los usos del majestuoso edificio para transformarlo en un hotel de lujo con 115 habitaciones. Sería el mascarón de proa del renacer del valle, inmerso en una parsimoniosa decadencia desde que en abril de 1970 se clausurara el tráfico internacional a través del túnel del Somport.

En estos dos años y medio el edificio ha sido sometido a una profunda rehabilitación para corregir y fortalecer su quejumbrosa estructura. Se ha utilizado el novedoso método de la fibra de carbono para reforzar la estructura de hormigón, se ha doblado el grosor de las losas y se han creado estructuras metálicas suplementarias en la cubierta. Ha sido un trabajo meticuloso y concienzudo, que ha servido también para conocer con exactitud su ADN y diagnosticar sin margen de error su cuadro clínico. Como insinuaban sus síntomas externos, el edificio corría serio riesgo de sufrir el desmoronamiento de todas sus constantes vitales. Por fuera la estación ofrecía un aspecto lamentable pero su corazón y sus vísceras todavía estaban peor. Ahora ya se puede decir que la estructura “está acabada y garantizada su estabilidad”.

En otoño desaparecerá el gigantesco armazón que ha cubierto en este tiempo todo el edificio. Pero eso no supondrá el fin de la obra. Muy al contrario, entonces comenzará el verdadero proceso de restauración de la imagen externa de la estación. Hasta ahora se ha trabajado en sus entrañas y en la cubierta pero ahora llega el momento de hacerle el lavado de cara. Y eso llevará un tiempo.

El equipo de José Manuel Pérez Latorre está volcado en este proyecto desde hace ocho años. Arquitectos, aparejadores e ingenieros trabajan en desentrañar los misterios que esconde el edificio y buscar las soluciones más razonables para que el mito siga vigente sin renunciar a su funcionalidad. Este concepto en el siglo XXI se traduce por viabilidad económica y rentabilidad. Y es precisamente una de las razones del conflicto causado por la idea original del arquitecto de elevar 1,20 m el volumen de la cubierta para que cupieran más habitaciones en el futuro hotel.

APUDEPA (Asociación para la protección del Patrimonio Cultural Aragonés), denunció esta alteración de la morfología del edificio (declarado Bien de Interés Cultural) y finalmente el Gobierno de Aragón optó por recuperar el volumen original. Pérez Latorre señala en este sentido que la elevación de la característica cubierta en forma de mansarda estaba justificada desde la necesidad de garantizar la rentabilidad del edificio. “Es fácil tener dinero para la construcción pero muy difícil para su mantenimiento, por eso nosotros teníamos la obligación de buscar fórmulas razonables y sostenibles para conseguirlo. Hay casos muy significativos como la Gare de Orsay en Paris (reconvertida en el famoso museo de pintura impresionista), o el cercano Matadero de Huesca, transformado en Casa de la Cultura”. La polémica se congeló y ahora la vieja estación renace lentamente de su ignominioso abandono.

El despacho de Pérez Latorre está conquistado por el perfil del edificio diseñado en 1925 por el ingeniero Ramírez Dampierre. Se reproduce casi en cada rincón en forma de fotos, planos, bocetos, alzados... El espíritu del Canfranc sobrevuela por toda la casa. Es un piso amplio y luminoso situado en el céntrico Paseo Sagasta de Zaragoza. Las paredes están pintadas con colores vivos y rotundos, los techos altos enfatizan la sensación de espaciosidad y la ecléctica decoración revela el carácter creativo de los profesionales que allí trabajan. 

Hay muebles antiguos en rebeldía con lámparas art decó, cientos de libros de arte y arquitectura, cuadros abstractos e impresionistas, grabados del XVI; todo el conjunto es casi un compendio de la historia del arte de los últimos siglos. Como colofón se esparcen por toda la casa algunas réplicas de edificios diseñados por Pérez Latorre, cuando eran tan solo una idea en la mente del arquitecto. Se podría decir que es uno de esos lugares que transmite “buenas sensaciones”.

La mesa de reuniones está presidida por una colección de grabados de Piranesi, el artista italiano del XVIII, correspondiente a su serie de las Carceri. Enfrente hay otro del siglo XVI perteneciente a la escuela del alemán Durero. Está extraído de un libro sobre la melancolía, argumento que da pie al arquitecto a iniciar su periplo por la azarosa memoria de su relación con el Canfranc. “La melancolía, como el Canfranc, es lo que nos da la sensación de la vida, la imposibilidad de alcanzar la perfección. Es un elemento fundamental del pensamiento, siempre se está en estado melancólico. Cuando uno se acerca al Canfranc y observa el abandono descubre la sensación de incapacidad del ser. Porque el tren era el anhelo de los aragoneses por salir a Europa y romper la barrera de los Pirineos. Ahí reside su simbolismo. El edificio no es tanto un edificio como un paisaje, desde la entrada del valle hasta las montañas que lo circundan. Y la pregunta inevitable que surge es: ¿qué hace un edificio de estas dimensiones en un lugar como éste?”.

Pérez Latorre reviste de una pátina intelectual todo su ideario arquitectónico. Su discurso profesional está trazado a partir de conceptos filosóficos que buscan alimentar las explicaciones técnicas. En más de una ocasión ha reprochado a asociaciones críticas con su proyecto de rehabilitación como APUDEPA que  los criterios que exponían nacían exclusivamente de lo legislativo y no tenían ningún basamento intelectual. “El trabajo que hemos hecho es el resultado de una reflexión, no es una arbitrariedad. Aquí no existe el valor de la antigüedad sino el histórico-documental, el rememorativo o el instrumental, que son los que hacen deseable su preservación”.

El arquitecto suele describir la relación con el Canfranc como un diálogo en el que hay preguntas y son necesarias las respuestas para que la función fática actúe con eficacia. Es fundamental que exista una buena disposición mutua entre emisor y receptor. “Trato de entender el edificio. Tiene que haber una necesidad. En este caso el proyecto supera la naturaleza del encargo, que en esencia era restaurar el inmueble para convertirlo en un hotel. Visto así no es nada, si no se tratara del Canfranc”.

Todo comienza en el Archivo General de la Administración (AGA) en Alcalá de Henares. Ahí se conserva íntegra la documentación sobre el Canfranc. Recuperando el símil hospitalario, “en ese archivo está toda la historia clínica del enfermo, que era preciso conocer si queríamos curarlo y permitirle otro tanto de vida útil dentro de lo efímero que es siempre el campo de la construcción”, apunta Pérez Latorre.

En el archivo de Alcalá están detallados todos los proyectos, modificaciones y reformados a los que fue sometido el edificio a lo largo de su historia. “Al margen de la sorpresa que siempre genera su tamaño está su estructura; se trata de un edificio moderno de estructura de hormigón, aunque en el exterior tiene una fachada que no corresponde con los elementos de su interior.  Existe por un lado la estructura y por otro la forma y para nosotros esto fue un gran impacto. Para que la gente lo entienda, lo más parecido que podemos encontrar es el Pueblo Español de Barcelona. La fachada es sólo ornamento y detrás hay como una nave, por eso el Canfranc tiene algo de festivo”.

En esa inabarcable documentación se recogen los graves problemas que tuvieron que enfrentar los constructores para vencer el entorno hostil del valle de los Arañones. Se describen profusamente los continuos parones por culpa de los aludes de nieve o las inundaciones, y las indemnizaciones que hubo que afrontar por los desastres naturales que llegaron a cobrarse más de una vida. “Es en estos papeles –indica Pérez Latorre- donde compruebas que hay una parte emocional y otra racional, donde se resumen las lecciones que dejó la construcción del Canfranc y que para nosotros han sido esenciales para afrontar su restauración”.

Una de esas conclusiones es que la cubierta del edificio no estaba diseñada para soportar la climatología del Pirineo. En 1930, tan solo dos años después de inaugurarse el edificio, se produjo un grave incendio que destruyó el ala sur. Las armaduras se deformaron  y el hormigón aguantó, pero el informe técnico correspondiente ya advertía de la existencia de numerosas goteras en toda la techumbre.

Este dato y la evidencia del deterioro constante de la cubierta indujeron a introducir el zinc como sustituto de la pizarra. Este será uno de los grandes cambios en el nuevo Canfranc, aunque apenas se percibirá visualmente. “El zinc nos da garantías mayores -señala el arquitecto- y los problemas de humedad serán casi imposibles. Hay que tener en cuenta que el edificio tiene cerca de 3.500 metros cuadrados de cubierta y su mantenimiento incide muchísimo en su construcción”. Aunque la textura del zinc es diferente a la de la piedra, el resultado visual será el mismo, asegura Pérez Latorre. Además, se ha optado por un material al que ya se había recurrido insistentemente en otras épocas para cubrir zonas deterioradas del edificio, “por lo tanto, -afirma el arquitecto- no es un material en absoluto extraño”. El zinc también cubrirá respetando sus formas originales todos los elementos decorativos de piedra y hormigón que rematan el edificio.

Otra de las transformaciones se apreciará en las formas de la cúpula central. Se ha peraltado ligeramente pare evitar los problemas de acumulación de nieve que registraba desde su inauguración en 1928. También se sustituye el chapitel de remate por otro de zinc más proporcionado con la leyenda de Canfranc. La cubierta se elevará en toda su extensión entre 60 y 80 centímetros para crear una estructura de ventilación y distribución de otros servicios del inmueble. De este modo no será necesario construir nuevas chimeneas.

Existirá un Canfranc visible y otro oculto en las entrañas de la gran explanada que se creó de forma artificial en los años 20 del pasado siglo para hacer posible el complejo ferroviario. En su interior se prevé construir una galería de servicios que dejará visible la estructura de arcos de hormigón que soporta el edificio. También permitirá ocultar el parking del hotel, las cocinas y otros servicios como el spa o la piscina.

Es posible que todavía tengan que pasar algunos años para que el proyecto de restauración de la estación internacional de Canfranc sea una realidad. La coyuntura económica y los ritmos de la administración parece que tienden a ralentizar la culminación total de la obra. Pero se ha dado el primer paso para el renacimiento del emblemático edificio con todo su esplendor. Ya no hay duda de que, al menos, el mito ya nunca correrá el riesgo de derrumbarse.

Artículo publicado en el número 220 de la revista "Jacetania".

Nabateros

Nabateros

El viernes se inaugura la Expo de Zaragoza y Severino Pallaruelo ha publicado en Prames un necesario libro sobre la historia de las nabatas y los nabateros. Con ese trabajo metódico de recopilación y reflexión, mostrado ya en libros imprescindibles como "Pastores del Pirineo, "José. Un hombre del Pirineo" o la "Guía de Aragón", Severino aporta un estudio riguroso pero agradablemente ameno sobre la historia de los hombres que usaron durante siglos los ríos del Pirineo como caminos. En pleno jolgorio de la fiesta del agua, este libro es una serena aportación que nace de la experiencia anónima de cientos de pirenaicos. Está planteado también como un justo homenaje a su memoria y tiene la vocación de reivindicar unos modos de vida que cayeron fulminados cuando el rayo del progreso reventó de pleno en las montañas. Pero no lo hace con melancolía ni nostalgia. Severino Pallaruelo no ha caído en la tentación de otros historiadores de mirar al pasado con frustración, como si su tiempo fuera el que nunca llegó a conocer. La historia es una secuencia de acontecimientos que sólo se puede alcanzar a analizar desde su globalidad, sin pervertir la lógica de la relación causa efecto.

Y en este sentido Pallaruelo no se cansa de relativizar el mito romantico de las montañas, construido sobre lugares comunes y una sobrecarga de teoría y literatura fantástica. Lo que ocurrió en el Pirineo a mediados del siglo pasado -la crisis del mundo rural y el éxodo a las ciudades- fue la consecuencia de un conjunto de elementos y circunstancias que no pueden ser segmentados. Hubo una parte de displicencia y otro de catarsis necesaria; un abandono forzado y también un camino abierto entre matorrales hacia la modernidad. Todo ocurrió demasiado rápido, pero la velocidad no puede errar el objetivo del análisis. En su libro sobre los nabateros Severino ofrece la crónica del fin de una época y, como todos los profundos cambios, fue una traumática experiencia en la que se colapsó el sentido de la vida y el tradicional pausado ritmo de los acontecimientos.

He rescatado un artículo que nos escribió Severino Pallaruelo hace 8 años para el monográfico de la revista "El Mundo de los Pirineos" que dedicamos al siglo XX; la centuria de la revolución pirenaica. Es un evocador artículo sobre las nabatas y los nabateros, un texto de corte periodístico sobre el comienzo del fin. Severino, que es hijo de nabatero, lo narra con la fuerza y el crédito del testigo presencial. Ocurrió hace casi cien años pero la crónica parece extraída del diario de ayer.

"Al comenzar el siglo XX había grandes planes para los ríos pirenaicos. En los despachos de la Administración  y en las sedes de las grandes compañías, entre datos pluviométricos y medidas de aforos, bullían los proyectos hidráulicos: presas, canales, centrales eléctricas, regadíos... Nadie parecía acordarse de que los ríos eran también caminos. Se estaba planificando cómo cerrarlos y cómo sacar el agua de sus cauces naturales sin que una sola voz se alzara para recordar que por los ríos navegaban los troncos y que mucha gente, en los Pirineos, se ganaba la vida conduciendo madera desde los bosques de las montañas hasta las ciudades de las riberas y hasta las puertas del mar. Los llamaban almadieros en Navarra y en la parte occidental de Aragón, nabateros en el Cinca y raiers en Catalunya, pero los tres nombres definían un mismo oficio: el de los hombres que, erguidos sobre grandes plataformas de madera atados con ramas de avellano o de sauce, guiaban la madera mediante remos muy largos sobre las aguas que nacían de las nieves pirenaicas. Para construir presas había que hacer túneles que desviaban el caudal hacia las entrañas de la roca, dejando libre el viejo cauce. A los hombres del río no les dijeron nada. Un año, al descender con sus almadias,  en mayo, vieron gente que medía algo y examinaba las rocas del acantilado donde el valle se estrechaba en un desfiladero imponente. Al año siguiente, cuando volvieron a descender, en primavera, ya no pudieron pasar por el camino fluvial que habían seguido ellos y sus padres desde tiempo inmemorial: les hicieron entrar con sus nabatas por un túnel al que llegaba el caudal describiendo un quiebro dificilísimo. Alguien pagó con la vida el nuevo camino. Pero nadie les dijo nada. No importaban: eran seres del pasado. Su futuro era oscuro como el túnel.

            En los años veinte no se hacían sólo obras hidráulicas. El ferrocarril estaba llegando a las entrañas de los Pirineos. Donde llegaba el tren desaparecía la almadía. En el río Gállego se abandonaron al comenzar el siglo. En la cabecera del Aragón pocos años después el ferrocarril de Canfranc acabó con el transporte fluvial. Lo mismo sucedía con las carreteras: su apertura traía el abandono del camino del río. En los años del dictador Primo de Rivera la fiebre de las carreteras llegó a todas partes. Los camiones pudieron acceder a los principales valles y los almadieron, impotentes, tuvieron que dejar su viejo oficio.

            Agonizaban sin sufrir la más pequeña evolución técnica. Los dibujos del siglo XVI muestran nabatas y herramientas de nabateros que son exactamente iguales a las que se empleaban en 1930, cuando el oficio de raier se extinguió en Catalunya y, en Navarra, los almadierons dejaban de conducir madera por el agua, camino del Ebro. Tras la Guerra Civil, el proceso de ruralización que se dio en toda España, y la escasez de combustibles aun forzaron una cierta revitalización del viejo oficio del río, que todavía resistió una década. Los que más aguantaron fueron los más aislados, los que no tenían ferrocarriles ni camiones, aquellos a los que habían obligado en 1915 a pasar con sus troncos  por un túnel tenebroso. Los nabateros del Cinca cerraron la página del transporte fluvial en los ríos pirenaicos: en julio de 1949, con madera procedente de los montes del Sobrarbe, llegaron a Tortosa los últimos nabateros. El asfalto había ganado. Los ríos ya no eran caminos". 

Pirineo

Pirineo

Se acabó el periplo pirenaico. Acabé exhausto después de 1.900 kilómetros por carreteras secundarias y endiablados puertos de montaña. Ya está hecho, ahora toca escribir. El Pirineo me produce frecuentemente una terrible melancolía. Comparto las mismas sensaciones que en alguna ocasión ha descrito Severino Pallaruelo, cuando habla de la triste soledad de los pueblos pirenaicos, de la desazón que le producen las calles vacías en una tarde de lluvia, las puertas y ventanos cerrados, el silencio confundido erróneamente con la paz anhelada por los urbanos. Ese ingenuo romanticismo de los neorrurales siempre me ha llamado la atención por su pesada carga de utopía e ignorancia. Tanta como la que acumula esa otra extendida tendencia que reivindica con nostalgia el sistema de valores y los modelos tradicionales de vida de la montaña. Sin duda, no saben bien de qué hablan. Como decía Enrique Satué, seguramente tiene algún vínculo con la cuestión de la identidad y la necesidad del individuo de asirse a “esquemas ya dados, angustiado por la dificultad de buscar unos propios”.

No es que reivindique lo que ahora tenemos, sino que estoy convencido de que lo que hubo era mísero, en los arrabales de la indignidad humana. Aunque ahora nos fascinen los símbolos y tradiciones de una cultura milenaria que tenemos la obligación de conservar. La revolución experimentada por la sociedad pirenaica en este último medio siglo ha sido devastadora y en cierta medida necesaria, pero ha provocado un desmoronamiento demasiado precipitado de unos modos de vida ancestrales. Satué era el que afirmaba también que “no son buenos los cambios generacionales tan bruscos, especialmente si se pierde o no se cultiva la memoria”. La misma memoria que sacralizaba el escritor británico John Berger en “Puerca Tierra”, la crónica del desmantelamiento del mundo campesino. Una historia paralela a la pirenaica.

He visitado estos días muchos pueblos que sólo pueden transmitir desesperanza. El Pirineo está pletórico y hermoso pero vive sumido en una agónica paradoja. Esos pueblos que sufrieron el impetuoso azote del éxodo en los años sesenta del pasado siglo disfrutan hoy de las mismas comodidades que buscaron sus antiguos habitantes. Pero son pueblos virtuales que se agarran a la vida con la resignación de quien conoce sus limitaciones y asume su destino. La virtualidad reside en su condición de entes subsidiarios dependientes de la arbitrariedad de las modas y, por desgracia, de la economía. Son pueblos en tanto que son productos. Su músculo se dilata en función de la demanda de ocio que genera. Se encoge cuando son olvidados.

Algunos diréis que éste no es un análisis justo, que quizá peca de apocalíptico. Y probablemente tengáis razón. Pero lo que intento transmitir es la sensación de provisionalidad que proyectan muchos de esos pueblos. Como si vivieran en la milla verde, esperando un final que llegará seguro, aunque nadie sabe cuánto tardará en aparecer. Esos pueblos tienen maravillosas casas rehabilitadas, formidables urbanizaciones de piedra, madera y pizarra para respetar la ortodoxia, pero apenas respiran. Si Madoz regresara al Pirineo ya no podría hablar de almas como hizo en el siglo XIX, sino de casas; casi todas vacías.

En el otro extremo está el voraz urbanismo que ha destrozado los paisajes y ha engordado artificialmente cascos urbanos y antiguos campos de cultivo. Eduardo Martínez de Pisón dijo que “la pérdida de la dignidad de los paisajes es la pérdida de la dignidad de las personas”. Hablaba del Pirineo, claro está. Me ha salido este post demasiado pesimista, como podréis ver, así que lo acabaré hablando de las fantásticas galletas “Birba” de Camprodón (todo un hallazgo); de Prats de Molló (hermoso pueblo amurallado en el norte pirenaico); de Castellar de N’Hug (ejemplo de conservación); del vértigo del Tourmalet; de Anciles, Artiés y Arreau; de San Pere de Roda, de la butifarra de Ribes y del sofisticado atardecer en Cadaqués. La foto es de Cap de Creus el pasado viernes, el inicio y final de este, pese a todo, fascinante Pirineo.

Transpirene

Transpirene

Al final he encontrado unos minutos para escribir. Estoy en Vielha, en el valle de Arán, ese territorio decididamente francés que en extraña negociación quedó en manos de los reyes españoles hace ya unos siglos. Estoy recorriendo el Pirineo de mar a mar en coche por encargo de una editorial. Una aventura tan entretenida como agotadora. La montaña está espléndida, exhuberante en su plenitud primaveral, con unos ríos y unos barrancos que transportan más agua de la que en ocasiones pueden soportar. Sus cauces son torrentes memorables que auguran un verano plácido. Aunque estos anuncios son frecuentemente heraldos de futuros abusos. Al tiempo. Vielha es una pequeña Andorra que se ha transformado en una urbe a veces intransitable por el conocido "efecto Baqueira". Se huele a dinero por sus esquinas y también se constatan los perversos efectos de un desarrollo tan desaforado que produce vértigo. El valle es una curiosidad casi antropológica. Sus políticos se empeñan en mantener las distancias respecto a Catalunya y enfatizan su hecho diferencial sustentado en su lengua (el aranés), y una tradicional organización política autónoma que tiene mucho que ver con su histórico aislamiento. Hace tiempo hablaba con el Sindic del Val D’Aran, Carles Barrera (ignoro si continúa en el cargo), y cada declaración la iniciaba con una frase inquietante: "como español pienso que...". Lo que yo pensaba es que su impostado españolismo no era más que una elegante pose de pragmatismo político dirigida a Barcelona. En la casa consistorial todavía se conserva en la fachada una placa que recuerda la primera visita de un monarca español a "tierras aranesas". Fue Alfonso XIII en 1925, "bajo directorio militar". El valle tiene estas cosas, imagino que argumentadas nuevamente desde un pragmatismo feroz, no vaya a ser que el nieto de aquél rey deje de venir a esquiar.

En estas diatribas sigo inmerso mientras acabo mi cerveza y me voy a dormir. Mañana voy camino de Puigcerdà. Os dejo una fotografía que hice ayer en Gavarnie. ¿A que mola?