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Juan Gavasa

Pirineo

Bendito error

Bendito error

Hace casi ocho años publiqué en El Mundo de los Pirineos un reportaje sobre el Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca. En aquellos momentos el centro atravesaba una importante crisis que hacía vaticinar su futura desaparición. El artículo lo enfoqué en ese sentido y me generó algunos problemas. Incluso recibí una carta del director del centro en la que me acusaba de manipular la realidad, de ser tendencioso y de no sé cuántas cosas más. El caso es que yo me limité a recoger la percepción general que se palpaba en el ambiente, el pesimismo indisimulado de los científicos y la tozudez de los hechos. Hoy puedo decir, sin embargo, que el tiempo me ha quitado la razón. Y no sábeís cómo me alegro de haber metido la pata. Hace algunas semanas ha comenzado a construirse a la entrada de Jaca  por Pamplona un nuevo Centro más moderno y mas amplio que garantiza el futuro del Instituto y refuerza su papel como principal centro de investigación del ecostistema pirenaico. Algún amigo del Instituo me ha dicho recientemente que aquél artículo ayudó a despertar conciencias y puso la primera piedra del proceso de relanzamiento del centro jaqués. Quizá resulte demasiado pretencioso creer que eso fue así (de hecho lo dudo por completo), pero la construcción del nuevo edificio es la noticia que todos quisimos dar. Bendito error.

En el Parque Nacional de Ordesa se han descubierto restos de pesticidas que llegaron transportados por el aire desde el vertedero de lindano de Bailín, en Sabiñánigo. El hallazgo es fruto de seis años de investigaciones de un grupo de científicos del Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca, que se han dedicado en este tiempo a estudiar la cadena trófica en tierra y agua hasta confirmar que el lejano inicio de la protección del Parque no ha impedido su leve contaminación por efectos procedentes de la moderna sociedad industrial. La investigación dirigida por Cesar Pedrocchi forma parte de uno de los 35 proyectos que cada año acomete el Instituto desde su doble sede de Jaca y Zaragoza y que, en muchos casos, se extienden a ecosistemas que nada tienen que ver con la montaña. Desde su creación en 1942 con el nombre de Estación de Estudios Pirenaicos, su prestigio ha crecido constantemente hasta convertirse en un lugar de referencia, en una fuente obligada para el estudio y conocimiento de la cordillera.

Sin embargo, su salud no atraviesa un buen momento; más bien ofrece síntomas preocupantes. En un país que no concede demasiada importancia a la investigación, el trabajo del IPE de Jaca parece realizado por los “últimos mohicanos” de la ciencia, por una “rara avis” que pone en su empeño las mismas dosis de vocación que de pasión por el Pirineo. Aunque su director, Pablo Martínez Rica, asegura con rotundidad desde Zaragoza que “el centro tiene la viabilidad asegurada y su cierre es imposible”, hay indicios que parecen cuestionar esta afirmación. Y no es una inquietud reciente. Desde que en 1990 el Centro Superior de Investigaciones Científicas creara, no sin traumas, la doble sede en Jaca y Zaragoza, la decadencia del centro jaqués ha sido lenta pero constante. Hay quien habla de una segura “muerte biológica” dentro de quince años, cuando buena parte de la plantilla actual engrose la lista de jubilados. Porque desde 1986 no ha vuelto a contratarse a ningún científico. Daniel Gómez, que ostenta ese dudoso honor, no oculta su preocupación por un futuro que “depende inexcusablemente de que se vayan renovando las plantillas. En este tiempo se han perdido muy buenos científicos que tras acabar su periodo como becarios tuvieron que buscarse la vida como pudieron porque el centro no les acogía”.       

En la actualidad trabajan en la sede de Jaca 35 personas entre profesores de investigación, investigadores, científicos, becarios y personal auxiliar. Desde el inicio de la década de los 90 se gestiona bajo el “modelo americano”, que se basa en la autofinanciación mediante la gestión de proyectos con instituciones y entidades privadas. Cada uno de los tres grupos en los que está dividida la plantilla científica tiene la responsabilidad de buscar proyectos, asegurar su financiación, contratar a becarios, adquirir el material, pagar el teléfono y algunas cosas más. El CSIC sólo asume lo básico. “Al final se pierden más esfuerzos en la gestión financiera que en la investigación, y así no se puede ser competitivo”, lamenta Cesar Pedrocchi. No obstante, este modelo se aplica actualmente en casi todo el mundo. “Antes era el científico el que se interesaba por unos temas. Ahora, con la escasez de recursos para la investigación, tiene que trabajar en los temas que la sociedad demande y que esté dispuesta a pagar”, explica Martínez Rica. Además, si a esa investigación se le quiere dar valor curricular tiene que publicarse en alguna de las revistas científicas que conforman el “Citation Index”, un listado de publicaciones, la mayoría americanas, que destacan por su prestigio y trascendencia en el mundo científico.            

La vieja sede de Jaca tiene cierto aire de antiguo ministerio, un aspecto anacrónico que se lleva mal con lo sofisticado. Tan solo los ordenadores y algún aparato de investigación son capaces de romper la impresión de que a la vuelta de cualquier esquina van a surgir los espíritus de Ramón y Cajal o de Severo Ochoa. Sus largos pasillos carecen de cualquier elemento decorativo. Los grandes murales del Pirineo y de la fauna, las conclusiones de investigaciones recientes, el tablón de anuncios y alguna cartografía indescifrable componen el adusto decorado. Todo lo demás es un  silencio de convento de clausura. Un silencio alterado de vez en cuando por el teléfono de la recepción. A cada lado hay despachos atiborrados de papeles, carpetas, fotografías, planos, mapas y los objetos más insospechados. Y siempre alguien con los ojos clavados en un monitor de ordenador o en un microscopio, que parece vivir ajeno a todo lo que pasa alrededor. “Aquí solo paramos para comer. Estamos metidos en tantos berenjenales y asumimos tantas investigaciones que nuestros días y nuestros años los pasamos aquí dentro”, afirma Federico Fillat. Con su grupo de “Ecología de Sistemas Pastorales” trabaja desde hace más de diez años en un interesante proyecto de desarrollo sostenible en el pequeño pueblo de Fragen, en el valle de Broto.  En ese entorno han desplegado un ambicioso estudio que analiza los pastos, la biodiversidad, los cambios de uso en el territorio y su influencia en el cambio climático. Este verdadero laboratorio natural ha roto también con la vieja idea de que las investigaciones que realiza el centro casi nunca son conocidas por la sociedad. “En este caso hay un compromiso de transferir el proyecto a los agentes sociales representados en la Asociación de Ganaderos del valle de Broto. Además desde hace cuatro años en el colegio de Broto se explica a los críos todo lo que estamos trabajando y después se les lleva al monte para que lo apliquen”, recuerda Fillat. Esta implicación de los futuros ganaderos y agricultores acerca un poco más el sueño del desarrollo sostenible.           

En la planta baja está el herbario, la joya más preciada del Instituto. Tres personas trabajan en la conservación, catalogación y ampliación de la tercera colección más importante del país después de las de Barcelona y Madrid. Pedro Monserrat, el verdadero padre de la obra, llegó al Pirineo en 1960 para explorar su riqueza botánica. Su fascinación fue tal que se quedó en Jaca y comenzó a acumular especies, primero en el ámbito regional y después en el europeo. Cuarenta años después están catalogadas diez mil especies diferentes de toda la flora de Europa y el norte de África y más de 250.000 ejemplares. Su participación en sociedades de intercambio de todo el mundo explica su extraordinaria dimensión. “Sólo por el tamaño de esta colección es imposible pensar que algún día se cerrará este Instituto, es imposible moverla. Además, el clima de Jaca es el idóneo para su conservación”, explica Luis Villar. Hoy el herbario se puede visitar y se ha convertido en un lugar único para la consulta de los aficionados a la botánica.            

La labor de investigadores como Enrique Balcells, director durante 20 años, o Pedro Monserrat es indispensable para entender la larga historia del centro y también su papel en los albores del nuevo siglo. Para Pablo Martínez Rica, ·”nuestra labor es demostrar que es muy importante estudiar la montaña y que los centros de estudio tienen que estar cerca de ella”. Luis Villar aporta más argumentos  incuestionables para defender la necesidad del centro cuando afirma que “El Pirineo es una de las zonas de Europa más interesantes en el estudio de la flora”. Pero esta clara conciencia sobre la importancia del IPE choca cada día con la realidad de una sociedad que arrincona la investigación y, en ocasiones, le hace la vida imposible. Ricardo García, que en sus 25 años de profesión ha trabajado en más de 20 proyectos, apunta que “siempre hay que estar empezando de nuevo porque la gente se va. Está unos años como becario y se va porque no tiene posibilidades de lograr estabilidad laboral. Siempre hay que estar renovando los equipos”. En esa situación de incertidumbre se encuentra Chema Martinez, que trabaja como becario en un proyecto de investigación de las relaciones entre las aves y los arrozales en Monegros. “Nosotros estamos en periodo de formación pero cada vez estamos más como mano de obra. El sesenta y cinco por ciento del trabajo está hecho por becarios que trabajan en condiciones precarias. Si no hay sustituto al becario, la investigación se tambalea.” Con un ojo en el nuevo proyecto y otro oteando el incierto horizonte, los trabajadores del Instituto Pirenaico de Ecología no frenan, pese a todo, su ingente actividad investigadora y continúan con la publicación de libros, la colaboración en revistas, el asesoramiento a instituciones en materia medioambiental y la contribución a la creación de una conciencia social respetuosa con la naturaleza. Son, como bautiza César Pedrocchi, “los obreros de la investigación”.

Foto del Despacho de arquitectos Ramón Fañanas

Mallos

Mallos

Inmensos y solitarios, los mallos singularizan el paisaje de las sierras exteriores del Pirineo central. No pertenecen al perfil grandioso de la cordillera axial pero rivalizan en espectacularidad y asombro. Riglos, Agüero, Vadiello... grandes torres de conglomerado surgidas de la nada, ancladas como barcos varados en medio de paisajes que no están a la altura de las circunstancias de la naturaleza. Los mallos, topónimo aragonés derivado del latín malleus “mazo”,  son  grandes escarpes rocosos de rotunda verticalidad,  adosados en la ladera de una montaña. Nacieron en la era terciaria de un antiguo cono de deyección constituido por una masa de conglomerados que se depositaron en el borde externo de la cordillera pirenaica. Estos deshechos adquirieron vida propia y se transformaron en sugerentes y altivas formaciones graníticas tan salvajemente bellas que se instalaron en el imaginario popular como obra de seres malignos. Sólo una mente diabólica podía ser capaz de tamaño reto a la madre naturaleza.            

Y así durante la oscura Edad Media los mallos, principalmente los de Riglos y Agüero, fueron habitados por seres malignos que protegían las formaciones rocosas y sus privilegiadas perspectivas. En este tiempo Riglos fue el efímero Reino de los Mallos, cuando a su muerte Pedro I dejó  en herencia a su esposa Doña Berta Cruz,  el único paisaje que podía compararse a su belleza y dignidad. Poco después Alfonso I el Batallador recuperó los territorios para el Reino de Aragón y rompió con su espada aquel sueño de amor.           

En esos riscos imposibles Pedro el Saltamontes labró su leyenda de saltador prodigioso y atleta memorable. Una vez apostó con los vecinos que podía saltar desde el Pisón, el mallo más alto de Riglos, al suelo sin sufrir daño alguno. Sólo puso como condición que los espectadores se alejaran del lugar de caída “para verle mejor”. Nada más saltar corrió con su mujer y el dinero de la apuesta en dirección contraria y nunca más se supo de él. Los mallos mantienen intacta la magia que azuza retos humanos y nuevas conquistas. Paraíso de sueños montañeros y buitres que realzan con su sereno vuelo la altivez y majestuosidad de una verticalidad natural sobrecogedora.

Jorjón

Jorjón

Cierra Le Pas d’Aspe. El sueño de Jorjón llega a su fin después de cuatro años de irreductible lucha por mantener en pie ese hotelito de Urdos que había simbolizado muchas de las metáforas de este Pirineo. Cierra después de haberlo intentado todo y de haberse enfrentado a todo. La falta de nieve, la crisis, el desconocimiento, las comunicaciones, la frontera sicológica que todavía sigue representando la cordillera… cierra Le Pas d’Aspe y en cierta medida todos cerramos la esperanza de una hermosa utopía que durante cuatro años sólo se alimentó de esa fe desbordante y contagiosa de Jorjón. El cierre de un establecimiento tiene hoy en día en el Pirineo el mismo impacto que producía hace treinta o cuarenta años el abandono de una casa. Hay un inconfundible hedor a éxodo, vacíos y ausencias.

            No quiero utilizar la palabra fracaso porque no creo que sea apropiada. Es más; pienso que si alguien no ha fracasado en esta aventura ha sido Jorjón, porque él ha sido el único que dio un paso adelante y se atrevió a embarcarse en una aventura incierta, fue el único capaz de nadar contracorriente en busca de su sueño, el único que tuvo los arrestos necesarios para replantear su vida y explorar nuevos caminos hacia la felicidad. Eso nunca puede ser un fracaso.

            El cierre de Le Pas d’Aspe lleva implícitos muchos mensajes. El primero de ellos y el más triste es la constatación de que el modelo de desarrollo en que está inmerso el Pirineo desde hace años es pan para hoy y hambre para mañana. Una advertencia que Jorjón no se ha cansado de manifestar desde hace años. Puede que el cierre de Le Pas pase inadvertido en el Valle de Canfranc, henchido como está de grandes urbanizaciones y megaproyectos, pero en el Aspe va a ser un mazazo. Jorjón trajo aire fresco al deprimido valle francés, su apuesta empresarial fue un mensaje de esperanza que además se digería mejor con buen vino español y buenas tapas. Era un proyecto de empresa pero cargado de un fuerte compromiso pirenaico.

            Las gentes de Urdos, Lescun, Bedous, Cette Eygun… todas ellas percibieron en la aventura de ese joven grandullón español un anclaje al futuro. Pero no ha podido ser. Este Pirineo de grandes masificaciones, horizontes urbanizados y turismo convencional no está preparado todavía para nuevas vías de desarrollo basadas en modelos más racionales, prudentes y equilibrados como el que representaba Le Pas d’Aspe. Ya lo decía Cela en su "Viaje al Pirineo de Lérida" en 1964: "Los turistas probablemente, son especie gregaria y muy asna que se conforma con lo que se le da (aunque no venga a cuento lo que se le dé)". Jorjón, que es montañés, de Canfranc, sabe bien que la mayor derrota es la resignación y en esta tierra nos hemos acostumbrado a resignarnos demasiadas veces.

            Ahora te vas a Zaragoza y me alegro por ti porque sé que tus nuevos proyectos ayudarán a enterrar los viejos y, además, te van a conservar intacto tu entusiasmo natural. Pero siempre que un habitante del Pirineo aragonés tiene que irse a vivir a la capital, deja una estela de melancolía en los que se quedan. Es una historia que se repite, que se viene repitiendo desde hace medio siglo.

Gavarnie

Gavarnie

Gavarnie tiene un telón de fondo que estremece. El pueblo se encoge por todas sus aristas ante el increíble escenario natural que lo envuelve. Se mire por donde se mire, no puede escaparse de esa imposible pared que forma parte de las imágenes más reconocibles del Pirineo. El circo glaciar está omnipresente, se impone desde todos los ángulos del pueblo, como un decorado de cartón piedra que siempre le roba el protagonismo al eventual primer plano de la fotografía.

Hasta que llegaron los primeros pirineístas a finales del siglo XIX,  Gavarnie evocaba más bien temor y peligro al desprotegido peregrino que atravesaba el Camino de Santiago. En la iglesia de Notre Dame du Bon Port (s. XIV), en mitad del sendero, recibían auxilio espiritual de los hospitalarios de San Juan de Jerusalén antes de cruzar la Brêche de Roland o el puerto de Boucharo (Bujaruelo). Tenían que digerir todavía 911 kilómetros exactamente y una pléyade de contrabandistas y bandoleros que acechaban a cada paso.  Gavarnie era un alto en el tortuoso camino, no eran tiempos para admirar tanta belleza natural.

Siglos después nacieron las corrientes románticas y hedonistas que reivindicaban el placer como estímulo vital y Gavarnie se transformó en el templo del excursionismo que hoy conocemos. En esa época se construyeron edificios ya emblemáticos como el Hotel des Voyageurs primero, el hotel Vignemale años después o el hotel Compostela. Referencias de una forma de entender la montaña que cultivaron los grandes pirineistas como Frederic Swan, Victor Hugo, Ramond de Carbonnieres y, por supuesto, el conde Henry Russell, cuya egregia estatua ubicada a la entrada del pueblo marca en cierta medida la frontera entre los dos núcleos que componen hoy Gavarnie y que expresan el pasado y el presente. A la derecha el pueblo clásico de callejuelas estrechas y arquitectura anárquica, con casas que parecen transportadas desde el barrio de Montmatre de Paris como el albergue Jan Da Lo. A la izquierda el templo de los mercaderes,  nacido de un desarrollo turístico reciente influido más por la cercana Lourdes que por el mundo excursionista.

            Este Gavarnie de casas prefabricadas, tenderetes, restaurantes y tiendas de souvenirs es el precio pagado por pertenecer al universo irrepetible del circo glaciar. Bien mirado, es un precio razonable. El pueblo ha claudicado ante el empuje del turismo de masas pero ha conservado como último señuelo del viejo romanticismo decimonónico cierta armonía en la trama urbana y un impagable horizonte despejado de grandes bloques de apartamentos. La tentación de los constructores no ha encontrado terreno de cultivo. A ambos lados de la amplia calle que cruza el nuevo Gavarnie,  crecen los puestos de souvenirs. Hay de todo: la prolífica marmota convertida en mascota que silba a tu paso, ovejas que balan, osos que asustan, postales del circo desde cientos de ángulos, grandes posters de Jean Masson, gafas, camisetas, gorras, calendarios, miel del país, vino de la tierra, queso autóctono... el Pirineo convertido en producto de marketing. Y luego los burros y los asnos para garbeos turísticos hasta el circo, otra herencia de los tiempos en los que no existían los 4x4. Mochileros, niños, padres de familia, señoras de avanzada edad y discapacitados llegados de Lourdes transitan por esta arteria sin salida que va a parar al rincón más bello del Pirineo. Hay cierto cosmopolitismo que contrasta con el entorno.

            No muy lejos de ahí, aislado del ruido, apartado del fragor cotidiano, está el cementerio pirenaico, donde reposan el mayor número de pirineistas de renombre de toda la cordillera. En este pequeño terruño junto a la iglesia se escenifica en toda su magnitud el doble carácter épico y trágico de la montaña. Allí  descansa el gran Jean Arlaud, fundador de la Federación Pirenaica de esquí, muerto en Gourgs Blancs en 1938. “Por consagrar su vida a la montaña. En primer lugar a la exploración profunda de los Pirineos”, reza su epitafio. “A la memoria de Celestin Passet y de los guías de Gavarnie”, “A Claude Valleau y Richard Winkler, guías de montaña”, “A notre chere Marthe, morte en montagne”... No hay ostentación en las tumbas, sólo admiración y respeto.

            De nuevo abajo, en el núcleo original, regresan las evocaciones de tiempos pasados, cuando el conde Russell se alojaba en el Hotel des Voyageurs, el mismo en el que el 19 de agosto de 1864 se fundó la primera asociación pirineísta, la Societe Ramond. Allí también se alojaron Ramond de Carbonnieres, Henry Russell, Victor Hugo, Gustave Flaubert o el pintor Gavarní. En una de sus habitaciones nació el que años después sería Napoléon III. Esta reserva de la memoria pirineista pronto se convertirá, según anuncia un cartel, en 10 apartamentos de alto standing. Es el signo de los tiempos. Esta es la zona más montañera del pueblo, donde se encuentran los albergues y refugios con mayor tradición como el Jan Da Lo o Le Gypaete, y se conserva la trama urbana original de empinadas callejuelas diseñadas cuando sólo las podían atravesar caballos y mulos. Todo el viejo encanto tiene un aspecto actual. Parece que siempre estuvo allí, rodeado de inmensas montañas.

            Efluvios de romanticismo y modernidad que no desentonan pese a todo. Gavarnie sigue siendo la seña inequívoca del pirineismo en estado puro, el punto de partida para cientos y cientos de montañeros que cada año atraviesan la Gave de Pau para alcanzar uno de los grandes templos de la cordillera,  donde la memoria de los pioneros sobrevuela cada nueva expedición. 

           

Tocad el cielo

Tocad el cielo

El empeño del hombre por superar las adversidades de la naturaleza alcanzó proporciones épicas a principios del pasado siglo, cuando un grupo de entusiastas de la meteorología y la astronomía promovió la construcción de un observatorio en la cima del Pic du Midi de Bigorre (2.877 metros de altitud) para el estudio de los astros y los fenómenos atmosféricos.

La epopeya de los hombres que construyeron el observatorio es la de tantos montañeses  anónimos que quedaron al margen de la historia, ocultos tras el brillo intelectual de los grandes pirineistas, ajenos a los reconocimientos públicos y perdidos en la memoria colectiva. Como los soldados que trabajaron para Napoleon en la apertura del abismal Chemine de la Mature, o los obreros que excavaron el interminable túnel ferroviario del Somport, los hombres que ascendieron hasta la cima del Midí con el pesado material científico arriesgaron sus vidas en interminables jornadas cargadas de calamidades y peligros constantes. Sus nombres no quedaron para la posteridad pero el resultado de su sacrificio es tan imponente que nadie puede quedar indiferente. ¿cómo lo hicieron? Cuando estás arriba, la pregunta es inevitable.

La historia nos ha dejado, sin embargo, huellas indelebles de sus promotores intelectuales. La soberbia obra no fue el fruto caprichoso de las corrientes naturalistas y románticas de finales del XIX, sino la culminación de un viejo sueño  que comenzó en 1741 con el astrónomo François de Plantade, responsable de los primeros trabajos científicos conocidos en la cima del Midi. Para él y para algún otro extravagante visionario, como François Cassini, la montaña no era el inhóspito infierno habitado por seres abominables, según la creencia instalada en el imaginario popular, sino la atalaya privilegiada donde la pureza de la atmósfera era absoluta y la visión irrepetible. Plantade pagó caro su sueño y murió ese mismo año en el Sencours (2464 m), la antesala del Midi, pero su nombre quedó para siempre vinculado a la historia de la cumbre.

            En 1787, en las vísperas de la Revolución Francesa, aparece en escena Louis Ramond de Carbonnieres, figura capital en la historia del pirineismo y en particular del Midi de Bigorre. Junto al Cardenal de Rohan, de quien era secretario particular, viaja exiliado a Barèges tras una rocambolesca historia de intrigas y acusaciones en el seno de la monarquía parisina. En ese momento comienza un intenso idilio con el Midi que le llevaría a escribir una bella obra titulada “Observations faites dan les Pyrenees pour servir de suite a des observations sur les Alpes”, que se convierte en una ardiente defensa de la construcción de un observatorio en su cima. 

La influencia de Carbonnieres en las elites políticas, científicas y económicas de su época  fue decisiva para convencer a la burguesía francesa de la necesidad de  avanzar en el terreno de la investigación y la ciencia. Pero la Revolución Francesa frenó los impetuosos avances durante varias décadas, hasta que el doctor Arnaud Costallat dio un paso gigantesco en 1852 al romper por primera vez la gruesa línea que separaba las ideas de las realidades.

Ese año construyó un pequeño albergue para turistas en  el Secours, no muy lejos de donde Plantade había muerto 89 años antes,  que los historiadores consideran el primer espacio para la observación levantado en el Midi. De hecho, muy pronto fue ocupado por científicos y astrónomos que lo utilizaban como campo base para sus estudios, pero una avalancha de nieve lo asoló a los pocos meses. Costallat no claudicó, cuatro años después  abrió un nuevo edificio y comenzó a contar con la colaboración del físico Jean Bernad Foucalt, el hombre del péndulo, o Le Verrier, el organizador de la incipiente red meteorológica francesa.

Son años de frenética actividad, de espesos debates científicos que culminan en 1865 con la fundación en Gavarnie de la Sociedad Ramond, que impulsa decididamente la construcción de un observatorio en la cima del Midi. Con tal fin se constituye la Comisión Internacional del Pic du Midi, formada, entre otros, por el prestigioso y adinerado conde Henry Russell, y Maxwell Lyte, que en 1860 había logrado fijar sobre una placa un eclipse solar.

            Costallat  muere en 1871 y toda su pasión por la ciencia y la naturaleza es transmitida a Charles de Nansouty, un singular general retirado en Bagneres de Bigorre que tenía además de un glorioso pasado en el ejército imperial, una sensibilidad especial hacia la naturaleza y el Pirineo. Desde 1873 hiverna en el pico de Sencours para observar los fenómenos meteorológicos. Las fotos y grabados de la época muestran a un hombre adulto de largos bigotes y estampa ermitaña que casa poco con el estereotipo del hombre de ciencias. Sin embargo, su pequeña locura alerta de la inminencia de unas inundaciones en el invierno de 1875 y el valle amenazado es evacuado a tiempo.

Desde entonces, la utilidad del observatorio quedará fuera de toda duda.  La primera piedra del edificio se pone en 1878 y dos años después finaliza la obra. Para su construcción se utilizaron las mismas piedras que estaban en la cima del Midi y el agua del deshielo. Eso reducía considerablemente los esfuerzos humanos para el transporte pero no así los innumerables inconvenientes propios de una construcción en altura. La arena para fabricar el cemento fue subida por mulos, un animal indispensable en la historia del observatorio,  desde el cercano lago de Oncet. En cada viaje los mulos portaban cien kilos de arena, que transportaban con una parsimonia que a veces desesperaba. Pero su presencia ahorró grandes sacrificios.  Nansouty fue el primer inquilino del flamante edificio en el invierno de 1881, cuando ya tenía 66 años.

Al año siguiente pasó a ser propiedad del estado y asume su dirección el ingeniero Celestin-Xavier Vaussenat, otro de los nombres imprescindibles de esta epopeya.  Su busto, junto al de su compañero Nansouty (considerados por la historia como los fundadores del complejo científico), preside desde principios del siglo XX la entrada al edificio de la antígua cúpula, reconvertido hoy en museo y restaurante.  Vaussentat engrosó la leyenda negra del pico al fallecer mientras era trasladado enfermo a la base en 1891.

Con el inicio del siglo XX surge la figura de Benjamin Baillaud, un científico del Observatorio de Tolouse que emprende la empresa más difícil acometida hasta entonces: la construcción de una cúpula para la observación de los astros. La realización de este proyecto culmina los sueños de todos sus antepasados; de Plantade, Darcet, Carbonnieres, Costallat, Nansouty... todos ellos habían imaginado un observatorio en el que de manera indisoluble se estudiara la meteorología y astronomía, ciencias que consideraban complementarias. Así los astros y el Midi estuvieron definitivamente más cerca.

Pero la envergadura del proyecto y las dificultades intrínsecas de su peculiar ubicación convirtieron los veranos de 1906 y 1907 en jornadas dramáticas de esfuerzos sobrehumanos y riesgos latentes. Los soldados del regimiento de Tarbes habían habilitado unos estrechos caminos de acusadas pendientes  para mover las pesadas piezas con la fuerza de los mulos. Sus dimensiones eran tan considerables que esos minúsculos caminos apenas servían para transitarlos a pie. Así que los militares tuvieron que recurrir al plan más primitivo y cargar a sus hombros las piezas y escalar con ellas en línea recta. Un suplicio agravado por el tórrido calor. Baillud dejó escrita la crónica de aquellos días: “el comandante Lallemand y los artilleros del Regimiento de Tarbes, que estaban a sus órdenes, bajo un sol de plomo, con fatigas extremas y corriendo grandes peligros,  escalaron la montaña con las piezas del instrumental. Hubo que asaltar la cima veinte veces en quince días, donde el enemigo era reemplazado por estas enormes piezas de fundición, que no sabían ni cómo sujetar ni cómo mantener. Tanto los oficiales como el resto de hombres expusieron varias veces su vida y vivieron grandes angustias. Un momento terrible fue el causado por el choque, imposible de prever, de una gran piedra que rodó desde lo alto de la montaña contra uno de los mulos”. En septiembre de 1907 concluyó la instalación del instrumental bajo la cúpula que hoy se conoce con el nombre de su promotor.

Comenzó así la edad de oro de la astronomía en altura. La instalación crecía y se modernizaba,  y decenas de científicos hivernaban en la cima del pico aprovechando las nuevas comodidades, la pureza del cielo, la nitidez de la luz,  y la ausencia de polvo en suspensión; unas condiciones inmejorables para el estudio y observación del cielo y los fenómenos meteorológicos. El abastecimiento se seguía haciendo con mulos, cuando no por los hombres más fuertes y aguerridos del valle, que se convirtieron de este modo en protagonistas secundarios pero irreemplazables de la epopeya del Midi. En 1926 la apertura de la carretera de Tourmalet a Sencours facilita el ascenso de los hombres y los materiales a través de un estrecho camino, pero también provoca un incremento de turistas que altera la anhelada soledad de los científicos.

Cuatro años después Bernard Lyot inventa el coronógrafo, que le permite observar la envoltura externa del sol. Ni la llegada de la electricidad ni de la alta tensión contribuyeron tanto al final de la epopeya del Midi como la construcción del teleférico en 1952. Su puesta en funcionamiento borró de un plumazo las adversidades a las que se tuvieron que enfrentar durante siglos todos los que lucharon por convertir su cima en un laboratorio científico. En tan solo unos meses dejó de ser ese lejano lugar en el que, según Henry Russell,  “hay mañanas en las que los ángeles tienen nostalgia de la tierra”.

 

EL TURISMO PARA GARANTIZAR SU FUTURO

Los últimos cincuenta años del Observatorio han sido especialmente azarosos. En 1963 la instalación del telescopio de 106 cm. en la cúpula Gentili permitió establecer convenios de colaboración con la NASA para la preparación de las misiones del Apollo. En 1980 entra en funcionamiento el TBL (Telescopio Bernard Lyot), el mayor de Francia, pero esta inversión no garantiza el futuro del centro, que comienza a cuestionarse desde la administración central. Cuando en 1994 el gobierno francés amenaza con su cierre los agentes políticos, sociales y científicos de la región se movilizan y crean un sindicato mixto para promover la explotación turística del Observatorio sin renunciar a sus fines originales.

El proyecto “Pic 2000” promueve la construcción de un nuevo teleférico con capacidad para 45 personas por cabina, que cubre la distancia entre la estación de Mongie y la cima del Midi en 15 minutos con un transbordo en  el pico Taulet. Parte de los antiguos espacios destinados a la investigación se convierten en restaurantes, terrazas panorámicas  y el museo, en el que se revisa la historia del observatorio y se ofrece una interesante mirada al mundo de la astronomía y la ciencia. Allí podemos observar una gran maqueta del Pic du Midi, la auténtica cúpula Baillud, instalada en 1907 para el estudio del sol, proyecciones audiovisuales, exposiciones fotográficas sobre el universo y réplicas de los aparatos de investigación. El acceso al Midi cuesta 23 euros y el teleférico, que parte desde la estación de esquí de Mongie, funciona durante todo el año, aunque supeditado a las condiciones climatológicas. Gracias a la explotación turística, el observatorio tiene garantizado desde el año 2000 el futuro de su actividad científica.