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Juan Gavasa

Música

Kepa Junkera

Kepa Junkera

El domingo pasado escuché por primera vez en Radio 3 casi íntegro el nuevo disco de Kepa Junkera, “Etxea” (“Casa” en euskera). Vaya joya nos ha regalado Kepa. 42 personalidades de la música mundial aceptaron la invitación del acordeonista para reinterpretar en euskera viejas canciones populares del País Vasco con absoluta libertad formal y sonora. En esa casa se ha cocinado uno de los discos más abrumadores de los últimos tiempos, que trasciende de lo estrictamente musical para inspirar otras reflexiones sobre los puentes de la vida y la grandeza de la palabra.

         Por el simple hecho de escuchar cantar en euskera a Estrella Morente “Haurtxo Txikia” estaría plenamente justificado este post y toda mi admiración. Hace mucho tiempo que no oía algo tan emocionante. Pero la participación de la andaluza es tan solo el aperitivo a un viaje musical en el que han colaborado artistas de la talla de Andrés Calamaro, Santiago Auserón, Jaime Urrutia, Victor Manuel y Ana Belén, Dulce Pontes, Roberto Fonseca, Eliseo Parra, Pau Dones, Luis Eduardo Aute, Miguel Ríos, Miguel Bosé, Chano Domínguez, Teresa Salgueiro, Lluis Llach, Michel Camilo, Amancio Prada o Carmen París. La aragonesa cada día se muestra más versátil y madura; definitivamente ha sustituido a Labordeta como icono de la música popular de nuestra tierra en el resto del estado.

         Kepa Junkera ha conseguido muchas cosas con “Etxea”. Se ha confirmado su talento como músico de mirada universal, atento a la capacidad ilimitada de la música para construir puentes y establecer vínculos entre culturas. Kepa también ha roto del todo con los estereotipos que le reducían a una personalidad de la escena musical vasca. Hace tiempo que el universo cultural euskaro se le quedó pequeño pese a tocar un instrumento profundamente arraigado en su país, la trikititxa. Kepa es un músico brillante e iconoclasta que viene y va; a veces hunde su música en las raíces abisales de Euskadi y otras emprende un viaje sonoro sin complejos por el mundo rodeado de artistas a los que sólo se les reconoce por su talento. Es lo único que le importa.

         Es probable que por ello muchos no entiendan en su país el valor y sentido de sus ideas y conceptos. Estoy convencido de ello. Kepa ha sido el artista que más ha contribuido en la última década a proyectar la cultura vasca en el exterior sin connotaciones políticas o ideológicas. Lo ha hecho sin renunciar a su compromiso con su país y sin apartarse de lo que siente y cree. Eso no tiene nada que ver con la música y la creación. Por eso la presencia de artistas como Miguel Bosé o Estrella Morente o Santiago Auserón puede que en las cavernas del nacionalismo vasco se interprete como una traición. Yo me quedo con la definición que hace José Saramago: “Hay un pueblo músico en donde están representados todos los pueblos del mundo como si fuera una casa común. El arquitecto y albañil de todo esto se llama Kepa”. Al escuchar "Etxea" pienso que la paz es posible, aunque ahora sólo quepa en un disco. 

Minutos musicales

"Viva la Vida". Coldplay

Isaac Hayes

Isaac Hayes

La muerte de Isaac Hayes, a los 65 años y por causa natural, deja a la música negra estadounidense sin uno de sus más activos e innovadores representantes. Compositor, arreglista, productor, pianista y vocalista, Hayes fue parte esencial del irrepetible soul de Stax Records, la legendaria compañía con residencia en Memphis. A él se le debe buena parte del avance de los sonidos negros hacia el funk, con arreglos menos viscerales y más bailables y atmosféricos.

Nacido en 1942 en un pueblo del Estado de Tennessee, la historia de Hayes tiene atributos casi épicos. Se quedó huérfano al poco de nacer después de que su padre abandonó a su madre y ésta murió a los 18 meses de dar a luz. Fue educado en la pobreza por sus abuelos, mientras una radio le mantenía en contacto con el mundo y, especialmente, con la música de aquellos años. “Solía soñar con tener una cama caliente, un buen almuerzo y ropas decentes que ponerme”, confesó en una entrevista años después. Ciertamente, en los comienzos de su vida, nunca tuvo un lugar adonde ir. Cuando sus abuelos se trasladaron a Memphis, amparados por tíos lejanos, Hayes estuvo viviendo en todo tipo de lugares y trabajando de cualquier cosa para sacar dinero. Llegó a dejar el colegio por la vergüenza que le daba asistir con zapatos llenos de agujeros, aunque luego regresó y ganó un concurso de talentos al cantar un tema de Nat King Cole.

Stax Records fue su hogar

La música sería su refugio, y la compañía Stax Records, en pleno guetto negro de Memphis, su hogar. En la que fue la casa de los sonidos más excitantes que ha dado la música negra, Hayes se convirtió a principios de los setenta en uno de los músicos más solicitados. Tras tocar con varias bandas por garitos de la ciudad, empezó a colaborar en grabaciones del sello. Al poco tiempo pasó a ser uno de los más activos pianistas de sesión de la casa, sin olvidar en ningún momento su faceta como letrista, lo que le llevó a formar parte de más de 200 colaboraciones. Recibió su primer sueldo de Stax tocando el piano para Otis Redding, con el que grabaría el magnífico Otis Blue.

Por aquel entonces, cuando Estados Unidos era invadido por el pop de los grupos británicos desde los Beatles hasta los Rolling Stones, Hayes era un músico contratado por Stax Records, cuyo nombre había que buscar en la letra pequeña de los créditos de algunas de esas canciones negras que no llegaban a las listas blancas pero que la historia ha situado como auténticas joyas desfogadas del rythym & blues. En su haber se encuentra, entre otras, Soul Man, de Sam & Dave, B-A-B-Y, de Carla Thomas, o I Had a Dream, de John Taylor. Pero su imaginación y peculiar sentido del ritmo le llevaron a desarrollar un sonido más personal, alejado de la fuerza vocal de otros compañeros.

Atmósferas orquestales

Tenía olfato para los arreglos diferentes y se ganó una reputación dentro de la compañía, por lo que pudo impulsar su técnica en solitario y publicó con inesperado éxito Hot Buttered Soul, donde sus limitaciones como vocalista son hábilmente dosificadas por atmósferas orquestales de larga duración. En un período en el que sólo se conocían singles, este disco contaba con tan sólo cuatro cortes superando los 40 minutos. La instrumentación ganaba mucho protagonismo y se salpicaba con notas vocales de sensualidad. Eran los cimientos para el edificio del funky instrumental y romántico que luego habitaron artistas como Marvin Gaye y Barry White. Otros nombres como George Clinton, Temptations o Sly & The Family Stone partirían de esa sonoridad para adentrarse en otros experimentos igual de interesantes.

El reconocimiento del gran público llegaría en 1971 al obtener el Oscar y dos Grammy por su canción Shaft para la película del mismo título. Luego, grabaría bandas sonoras, empezaría una carrera de actor para cine y televisión y se involucraría en varios proyectos humanitarios. El nombre de Isaac Hayes era entonces sinónimo de éxito e independencia artística, e incluso tuvo connotaciones religiosas. En 1972 ganaría otro Grammy por su álbum Black Moses, en cuya portada aparecía como el mesías negro. No lo era, pero hoy son muchos los raperos estadounidenses que reconocen su legado. Al fin y al cabo, fuera de cualquier liturgia, su música tuvo algo de anunciación y consagración para el soul, el funk y lo que llegara después.

* Artículo publicado en la edición de El País de hoy

Kind of blue

Kind of blue

Hay días en los que acuesto a mi hijo con "Blue in Green" de fondo. He comprobado que la trompeta con sordina de Miles es una dulce nana en los oidos de mi pequeño de casi dos años. Hay días en los que el sueño se hace fuerte y sólo claudica cuando irrumpe "Flamenco Sketchs". Hay días incluso en los que mi pequeño cierra los ojos con la primera; con "So What". Hay días en los que esa maravilla que se llama "Kind of blue" acaricia nuestra piel y juguetea por todos los rincones de la casa, buscando recovecos perdidos a los que asirse para no desprenderse nunca jamás. Hay días en los que Miles parece que está junto a nosotros, tocando suave y despacito mientras le leo a Ethan su último cuento. Hay días en que levanto la cabeza y le veo junto a la cuna, pero siempre le veo con el rostro juvenil que tenía en 1959, cuando se reunió con Wynton Kelly, Bill Evans, John Coltrane, James Cobb, Paul Chambers y Julian "Cannonball" Adderly para grabar el momento culminante de inspiración de la historia del jazz. Hay días que me emociono escuchando una vez más "Kind of blue".

Lo estoy escuchando nuevamente. Ethan duerme y Sylvia ha salido de cena. Es una calurosa noche de agosto, perfecta para quedarse atrapado en los acordes melancólicos de un disco irrepetible, fundamental para entender muchas de las cosas que han ocurrido en la música en las últimas décadas. Además hay una coincidencia que yo no puedo pasar por alto; "Kind of blue" vio la luz un 17 de agosto de 1959 y yo nací un 17 de agosto de 1971. ¿No creeis que es maravilloso? Anécdotas a parte, el album es la obra maestra de Miles Davis; un trabajo del que se han escrito tantas cosas y todas tan condescendientes que abruma la unanimidad que genera. Uno de esos pocos discos que, como escribía hoy Antonio Muñoz Molina en Babelia, "por más que se escuchen siempre quedan por encima de su propia leyenda".

El album se grabó en dos únicas sesiones, lo que explica el momento irrepetible de inspiración y confirma la mayor concentración de talento por metro cuadrado jamás vista. Incluso el gran John Coltrane aceptó asumir un papel de subalterno en la grabación para que no quedara duda de la propiedad de los galones. De "Kind of blue" se han dicho muchas cosas pero quizá la más certera es que su publicación cambió el rumbo del jazz y rompió el colapso en el que estaba sumido desde que el be bop lastrara la creatividad de los músicos solistas. Miles Davis, que probablemente no ha sido el mejor músico de jazz de la historia pero sí el más visionario e innovador, inventó junto a Bill Evans -a partir de esquemas copiados de la música clásica- el jazz modal, un nuevo marco compositivo que permitía mayor libertad de movimientos a los músicos en sus ejercicios de improvisación. En la práctica consistía en tocar un único acorde en todo el tema y los músicos solistas improvisaban sobre él. Un brusco cambio respecto a los esquemas anteriores, en los que las progesiones y los férreos cambios de acordes apenas dejaban espacio para el lucimiento de los artistas.

"Kind of blue" es el resultado primoroso de esa experimentación, un ejemplo notorio de que la sencillez sonora no está reñida en absoluto con la calidad. Un mar de sonidos relajantes y estimulantes que parecen suspendidos en la atmósfera. Jimmy Cobb, el único superviviente de aquella grabación, dijo una vez: "¿Cómo iba a sonar mal con los músicos que había?". Aslhey Kahn, autor del libro "Miles Davis Kind of Blue. La creación de una obra maestra", lo resumió con claridad: "hay melancolía en su sugestión de lo efímero, serenidad en su profunda reserva y simplicidad". Pero creo que realmente lo que ocurrió es que aquellos músicos formidables e irrepetibles tocaron como le gustaba a Miles: "cuando toca, lo hace como si no tuviera que volver a tocar esto nunca jamás". Ha pasado casi medio siglo desde aquella grabación y lo que ocurrió con Kind of Blue" marcó definitivamente a numerosas generaciones de músicos de otros estilos como el rock o el pop. Todos asimilaron los modos y ahora forman parte de la música que escuchamos sin saber que proceden de un disco de jazz. Cuando a Donald Fagen le preguntaron si le gustaba "Kind of blue" respondió: "es la Biblia, hombre. La Biblia con mayúsculas".

Bruce

Bruce

A Sara la primera hora no le gustó. Decía que Bruce estaba entretenido en otros asuntos ajenos a la música, perdido entre los toqueteos de los privilegiados que ocuparon la primera fila del concierto. Decía que la E Street Band andaba perdida y algo torpe, descreída por el acceso mesiánico del Jefe. A Carlos a Grosem y a mi no nos convenció la argumentación de Sara. En verdad a nosotros nada nos puede convencer de lo contrario; ni la peor de la sonorizaciones posibles ni el Bruce menos inspirado. Somos militantes y como tales no admitimos ni la disidencia ni la crítica, aunque sea constructiva. No cabe el quebranto en nuestro espíritu, somos fanáticos y hasta nos ponemos un poco burros cuando alguien osa mentar el nombre de Bruce en vano. Sara lo hizo y las recibió de todos los colores. ¡qué osadía! ¡a nosotros! En "Orquesta Club Virginia" un taxista sirio aseguraba que las naranjas de su país eran mejores que las valencianas. Sus pasajeros españoles -Quique San Francisco y compañía- le destrozaron el coche embrutecidos. Bruce es nuestra naranja valenciana, más o menos.

En Barcelona este sábado el Boss exprimió todas las naranjas y el zumo que nos dio era exactamente el que le habíamos pedido. No nos decepcionó pero tampoco nos sorprendió, fue lo esperado. Pero como su oficio está en unos niveles de coherencia y calidad  insuperables, cada rutina de sus conciertos es un momento extraordinario para la historia de la música. Un instante que pasa por ser tres horas de intensa emoción e iconos sonoros de nuestras vidas. En una semana he vibrado con dos tipos de 73 y 58 años; uno el rey del universo rumbero y el otro del rock contemporáneo. O me estoy haciendo muy mayor y tiendo a la nostalgia o realmente el panorama actual de la industria musical es un páramo creativo. Al igual que el eterno debate sobre la muerte de la novela, en el rock hace muchos años que todo se dejó inventado y lo que vino después fue una reinterpretación de los esquemas fijados. Sobre estas estructuras musicales se ha reinventado la industria una y otra vez a partir de maquillajes aditivos.

No hay mas que comprobar que hoy en día sólo cuatro músicos -todos ellos por encima de los 50 años- son capaces de llenar un estadio de 75.000 espectadores como el Camp Nou. Si fuera malicioso y radical optaría por pensar que en las dos últimas décadas no ha surgido nadie que merezca realmente la pena. Pero no creo que sea así. Sin embargo sí que pienso que esta cuestión biológica tiene algo que ver con la degradación del producto músical y su transformación en un bien efímero. Como he comentado en alguna otra ocasión, hasta no hace mucho la adquisición de un disco era un acontecimiento de relevancia en la trayectoria personal de cada uno. Marcaba de algún modo la trazabilidad en el proceso de construcción de la personalidad y los gustos. Ahora eso se ha relativizado hasta el punto de que los discos ya no se compran sino que se descargan algunas de sus canciones y cuando se han sobado demasiado se borran para dar paso a unas nuevas. Esas canciones, como los besos, se pierden en algún oscuro rincón del olvido.

Los dinosaurios que llenan los estadios pertenecen a un tiempo en el que la trayectoria y la solidez profesional se valoraban como un elemento indispensable para construir los mitos. Los advenedizos y oprtunistas caían por su propio peso y sólo se hacían grandes quienes realmente lo eran. Aunque el divismo es intrínseco a la música, ahora la industria comete frecuentemente el error de construir estrellas de papel que se tiran al primer signo de agotamiento. Pero mientras dura el invento estas estrellas de cartón piedra se vuelven arrogantes y pretenciosos, y se olvidan de que su profesión es la música. ¿Alguien cree que a Bruce se le ha olvidado su trabajo? Leonard Cohen y Morrisey han sido los otros dos grandes triunfadores del fin de semana en el FIb de Benicassim. Demasiada casualidad. El director de un conocido festival de música me decía recientemente que tras diecisiete años de experiencia podía asegurar que las estrellas más rutilantes eran siempre las más cercanas y normales. Los "jóvenes valores" eran los que, por el contrario, le solían tocar las narices con mil exigencias de niño consentido.

Bruce es la coherencia y el sentido de la responsabilidad. Principalmente con la música y con su público, al que le ofrece tres horas de ensueño convencido de que es lo mínimo que puede hacer por quienes han pagado una pasta por verle actuar. De nuevo en Barcelona reeditó el idilio iniciado un 21 de abril de 1981, cuando ofreció el mejor concierto de su vida, según el crítico musical Dave Marsh. Yo no soy especialmente mitómano (tiendo a imaginármelos sentados en la taza del baño como cualquier mortal), pero reconozco que Springsteen me tiene encandilado y siento por él un profundo respeto; no sólo porque me emocionan sus canciones, sino porque sigo creyendo que cree en lo que hace. Aunque Sara siga pensando que flojeó en la primera hora. Puede que sea así, pero yo no me di cuenta.  

Peret

Peret

Escribo desde Sallent de Gállego. Estoy trabajando en el Gabinete de Comunicación de Pirineos Sur, el festival de música que se celebra desde hace 17 años en el escenario flotante del pantano de Lanuza. Ayer se inauguró con el homenaje a Peret, el rey de la rumba catalana. A muchos puristas les sorprendió que el templo de la "world music" dedicara su primera noche al artista de Mataró, representante todavía en el subconsciente colectivo de la España de chiringuito, calimocho y verbena. Cinco minutos después de salir al escenario a nadie le quedaba duda de que la elección de la organización era un ejercicio de justicia con una de las personalidades más influyentes de la música española de las últimas décadas. En Peret han abrevado una cantidad ingente de grupos con mayor o menor fortuna; algunos (Estopa es el ejemplo más evidente), le deben la inspiración para asirse a la escena española como mercaderes de una propuesta tan callejera y popular como exitosa. Pero en verdad lo que han hecho es reinterpretar todo lo que Peret llevaba haciendo desde los años 70.  

Decía Luis Calvo, director de Pirineos Sur, que la música española le debía un homenaje a Peret, un desagravio público despúés de años de desprecio y olvido. Para muchos el músico de Mataró era el representante de la España casposa que era necesario olvidar, una lastre franquista que había que lanzar al vacio en el vuelo a la modernidad que emprendió el país en los primeros años de la transición democrática. Esa injusticia estética y estilística la sufrieron también otros artistas como Alfredo Landa, ejemplares de deshecho que había que esconder como esconden las mejores familias a sus ovejas negras. Decía el crítico musical Gonzalo de la Figuera que la rumba estaba considerada "un género menor, hortera y pachanguero, un tipo de música absolutamente despreciable a los ojos de cualquier rockero enrollado e incompatible con el gusto por las guitarras eléctricas". Peret sonaba sin descanaso en ferias y autos de choque, "verbenas de fiesta mayor y discotecas playeras de la España franquista de los setenta". Ese era el Peret que conocimos muchas generaciones.

Confieso que yo era uno de los que estaba atiborrado de prejuicios respecto a Peret, como lo estoy en esta vida con tantas otras cosas por pura ignorancia. Peret tiene 73 años como mi padre, pero yo no me imagino a mi padre con ese derroche de fuerza y vitalidad que deslumbró ayer a los que estuvimos en el escenario natural de Lanuza. Al público no le movió la nostalgia, fundamentalmente porque la media de edad era de unos 25 años. Cuando Peret era el producto más exportado de la España franquista los que estaban ayer cantando todas su canciones no habían nacido. En Viña Rock, el festival de rock español más importante, el pasado año echaron  del escenario al impostor Ramoncín. Este año Peret ha sido la gran estrella de la muchachada de greñas y pantalones de pitillo. La cuestión merece un análisis casi sociológico. Probablemente la única razón es que al final del día, la honestidad y la modestia acaban recibiendo sus frutos. Y las modas son esas cárceles del pensamiento que al final, por suerte, siempre se acaban derribando para dejar en libertad a los mejores. Peret es uno de ellos. José Manuel Gómez, crítico de El Mundo y especialista en rumba, afirmaba ayer que cuando vió tocar de niño la guitarra a Peret comprendió que Elvis era un advenedizo. Quizá exagere pero ilustra la admiración que de repente ha levantado en este país quien hasta no hace mucho era un apestado cultural. 

Ayer Peret demostró su grandeza en Lanuza con un catálogo de genialidades que nacían de su talento y, sobre todo, de su larga vida. El resto tendremos que vivir cuatro vidas para alcanzar a ver lo que él ha visto. Un amigo me contaba anoche que coincidió con él en Zaragoza el pasado mes de octubre: "Maestro -le preguntó-, ¿todavía sigue predicando?; no amigo, -le contestó- que ya no cuela". Otro golpe de efecto. Después le presentó a su novia de 19 años. Lo espiritual no vale nada cuando lo carnal tiene tanta pujanza.

La noche caía en Lanuza y las mansas aguas del pantano pasaron a ser cristal, un espejo en el que se reflejaba la luna y las cumbres del valle. Me imagino que en una tarde como ésta hace casi dieciocho años Luis Calvo y compañía decidieron que éste era el lugar idóneo para inventarse un festival. Me los imagino sentados en la ladera junto a las casas espaldadas de Lanuza en plena ensoñación, ensimismados con La Foratata a la derecha y el agua en los pies. Me los imagino buscando las claves racionales para explicar semejante desvarío, vistiendo de sentido el sinsentido de un proyecto cultural que a principios de los noventa necesitaba los arrestos de un explorador insensato e inconsciente. Así quiero imaginar que nació y así cumplirá el próximo año 18 años. Bendita mayoría de edad.

La foto es de Pilar Hurtado.

Erykah

Erykah

Llevo unas semanas escuchando casi exclusivamente el último disco de Erykah Badu, “New Amerykah”. Me suele ocurrir siempre: exprimo un CD hasta el agotamiento de manera excluyente, sin compasión hacia el resto de mi discoteca. Después, cuando la cosa no da más de sí, cuando amanece el aburrimiento, me entrego perdidamente a un nuevo disco y así sucesivamente. Luego pasan los meses y a veces hasta los años y redescubro con arrobo aquellos fogonazos deslumbrantes que en su día me habían obnubilado. Estas historias de amor y desamor con la música son fascinantes porque tienen algo del complejo dédalo de las relaciones humanas. Los reencuentros reviven los pasados felices y refuerzan la vigencia de unas sensaciones cautivas. No hay nada más redentor que la música.

            Se suele otorgar con demasiada ligereza la condición de “nueva reina del soul” a toda cantante de color que irrumpe en el panorama musical con característica voz desgarradora (cargada de matices cromáticos se entiende), remedo de Aretha y Ella; epígono estético de Billie y Diana; y todo ello bañado en algo de almíbar y un poco de ron para que el mejunje resulte más auténtico. Pero en los últimos veinte años ninguna de esas promesas pregonadas ha culminado el proyecto para el que fue creada. ¿Alguien se acuerda de Lauryn Hill? ¿Qué fue de la frágil Whitney? ¿Y Macy Gray? Tampoco la fútil Shola Ama aguantó el empuje irreverente de las leyendas de la Motown. Ahora la convulsa Amy Winehouse se despereza en un memorable empacho de soul de manual y la aditiva Duffy empuja melancólica el personaje que le han adjudicado. Ninguna progresará.

            Erykah Badu (su verdadero nombre es Erica Wright) es la única. Inimitable e irrepetible. La tejana se curtió en los primeros ensayos serios del hip hop con formaciones que ya son clásicas como The Roots o Arrested Development. En esos tiempos maleó el hormigón con el que construyó las sólidas bases de un discurso filosófico y existencial que nada tiene que ver con la tradición inocua de la factoría de Detroit. Ese fue su primer éxito.

            Erykah forjó una personalidad propia y diseñó una estética y unos códigos de conducta refractarios de los modos burgueses y banales de Berry Gordy, el magnate de Tamla. Por lo tanto, era digna sucesora de las grandes divas del soul pero su compromiso iba mucho más allá que el de ser simple heredera de un legado cultural formidable. Erykah podía ser lo que fueron ellas pero nunca sería como ellas. Tenía suficiente personalidad y carácter para romper las estrictas normas de consumo.

            El soul y el funky son probablemente los territorios más encorsetados de la música. La tiranía de los productores y su desproporcionada influencia en el producto final han menguado talentos impresionantes y han magnificado terribles fraudes. Sólo Marvin Gaye en 1971 logró romper esa esclavitud estilística cuando creó “What’s going on”. Hasta entonces y, por desgracia, después de aquella extraordinaria excepción, los cantantes y sus canciones fueron lo que quisieron sus productores. Eran tan sólo un producto de consumo envuelto en una instrumentación de ensueño.

            Erykah Badu publicó en 1997 su primer disco, “Baduizm”, un conjunto de espléndidas canciones rodeadas de una atmósfera de jazz y soul que proyectaba todo el espacio de sus influencias musicales. Ese mismo año editó un disco en directo “Live”, que pasa por ser una de las más sofisticadas grabaciones de las últimas décadas. Hay momentos de ese concierto en los que el público entra en una especie de éxtasis colectivo que recuerda los efectos devastadores que provocaba Marvin Gaye o Sam Cooke en sus directos. La leyenda dice que eran capaces de provocar el orgasmo en algunas mujeres sólo con su voz. En los discos estas cosas no se ven, ya se sabe, pero podrían intuirse con algo de atención. El momento culminante es “Stay”, pero también es fascinante el guiño al estándar por excelencia del jazz: “So what” de Miles Davis. “New Amerykah”, el disco que acaba de publicar, es un cortocircuito de sensaciones. Erykah es capaz de cantar con voz de terciopelo en ese registro de diva del jazz y rasgar con la zarpa de un felino cuando se lanza por la senda de Sly Stone. Hay suaves melodías deudoras del espíritu de la Motown y carpetazos de hip hop, herencia directa de los tiempos de Arrested Development. Todo el disco es una exuberante muestra de poderío y talento que huye de la impostada estética de la música negra más comercial y agresiva. No hay ni cadenas de oro ni ese forzado rictus de clase marginada. Erykah lleva encima todo el peso de la leyenda del soul y lo sabe. Sabe que ella es la única reina, la auténtica. 

Sabino

Sabino

Loquillo acaba de publicar nuevo disco en solitario y Sabino Méndez ha vuelto a escribir buena parte de sus canciones, como ocurrió hasta que en 1989 se tiraron los trastos y protagonizaron uno de los choques de trenes más devastadores de la historia del rock español. “Balmoral” es un excelente disco pero la noticia es que Sabino ha vuelto con el Loco. En 2005 se produjo el primer acercamiento cuando Loquillo y Trogloditas grabaron en Bilbao un directo para reeditar con EMI el “A por ellos...”, aquel mítico doble que forma parte de la leyenda musical de este país. Sabino volvió a subirse al escenario con ellos y de nuevo tocó su guitarra. Ese disco del 89 fue la cima de popularidad de Loquillo y la traca que encendió el fuego de un odio entonces irreconciliable. Incluso en aquella portada estaban todos menos Sabino.

En las cajas en las que conservo desde hace años recortes de prensa, artículos que en su día me parecieron interesantes o periódicos de fechas señaladas, guardo un artículo que escribió Sabino Méndez en 1989 en la desaparecida revista musical Boggie. Era el anuncio de su ruptura definitiva con Loquillo. Lo titulaba “El escenario está donde tú quieras”. Lo he ido a buscar hoy a esas cajas y después de hurgar durante un buen puñado de minutos lo he encontrado. Su inconfundible tono amarillento le delata. Llevaba escondido en esa caja casi 20 años.. Estaba junto a un ejemplar de El País del día que cayó el Muro de Berlín, otro del golpe de estado en la antigua URSS en 1991 que supuso el fin de la era Gorbachov y la irrupción de Yeltsin; guardaba otro de la inauguración de los JJOO de Barcelona, uno más con el fusilamiento de los Ceausescu en Rumanía en 1989... casi dos décadas de historia concentradas en trozos acartonados de papel amarillo de periódico.

No sé por qué guardé en su día ese artículo de Sabino. Recuerdo que me enganchó su sinceridad y su honestidad. Se iba del circo sin rajar, sin caer en la tentación de verter “toneladas de mierda sobre José María Sanz”. Había una poderosa razón que se imponía sobre el resto: “Loquillo y Los Trogloditas cada día eran más Loquillo y menos Trogloditas”. Fue su elegante forma de anunciar que ya no aguantaba más la soberbia y prepotencia del Loco, su manera de entender el negocio y su tendencia a oscurecer con su alargada sombra el brillo de los que le rodeaban. Sabino es el compositor de algunas de las mejores canciones del rock español. “Cadillac Solitario”, “El Rompeolas”, “El ritmo del garage” o “Rock and Roll Star” son muchos de los sonidos que gravitaron en nuestra adolescencia y nos proporcionaron los primeros referentes musicales. Cuando éramos los mejores, o creíamos serlo en pleno atracón adolescente, como me recordaba el otro día mi amigo Enrique. Para nosotros esas canciones fueron de Loquillo pero en realidad eran de Sabino. Siempre admiré esa discreta generosidad del compositor y su convencida condición de subalterno de la estrella.

Sabino decía en aquél artículo respecto a Loquillo que “tenemos un montón de criterios divergentes sobre multitud de cosas, pero siempre agradeceré a quien corresponda los ocho años tan divertidos que he pasado junto a él. Han sido muchos buenos momentos y nos complementábamos bien. Sé que Loquillo es muy odiado en ciertos ambientes por su especial idiosincrasia y no pienso darles munición a sus detractores. Creo que El Loco ha sido realmente importante para la música de este país y me enorgullezco de haber viajado junto a él”. Aun hoy me sigue admirando la elegancia verbal de su despedida, cuando otros en sus misma situación hubieran tirado de rodillo para machacar el mito odiado. Sabino no lo hizo, y es posible que por esa razón decidiera guardar hace 19 años su artículo, porque pensé entonces que algún día me serviría esa lección de honestidad e integridad en parecidas circunstancias.

Sabino no sólo hablaba de su marcha de Trogloditas. Los 80 se iban también y eran tiempos de reflexión ante lo que venía. Entonces ya lamentaba que la música popular no estaba en su mejor momento. “Esto de los grupos que empezamos en los ochenta ya ha llegado a un extremo desmesurado. Las presiones de la industria y del mercantilismo están llegando a extremos insoportables. La creación ya no es creación, sino masificación. Hay que hacer un disco al año para garantizarse las galas veraniegas”. Eso le escribía Sabino en 1989, cuando ni siquiera podía sospechar que no muy tarde llegaría internet y después O.T.

No sé si hay que leer con nostalgia estas líneas. Al fin y al cabo, de ellas nuevamente se deduce que cualquier tiempo pasado no fue mejor. Vivimos en un eterno bucle. El pasado miércoles en el programa “La Ventana” de Gemma Nierga se reunieron Loquillo, Jaime Urrutia y Ariel Rot para conversar en el fantástico espacio semanal que tienen estos dos últimos. Tanta concentración de talento no podía decepcionar; y no lo hizo. El Loco habló de su reconciliación con Sabino y lo resumió con una frase cautivadora: “nos reunió la nostalgia. Necesitábamos saber que podemos seguir contando con los amigos de siempre, que son con los que hemos crecido”. Uuuffff