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Juan Gavasa

Música

Marianne Faithfull

Marianne Faithfull

A Marianne Faithfull le turba el peso de su leyenda. A estas alturas la vida le ha dejado una voz rota y unas cuantas cuentas pendientes con el pasado. Icono de la música popular inglesa, novia de Mick Jagger y letrista de los Rolling Stones, actriz y musa sexual de una generación que roza los sesenta; Marianne ha sido una mujer etiquetada desde que a los 17 años fuera descubierta por un productor en un café londinense. Luego ella optó por vivir la vida desde el lado más turbulento posible, coqueteando de forma retadora con las drogas hasta alcanzar un pacto de no agresión: nos necesitamos así que vamos a llevarnos bien. Y el pacto sigue vigente después de tantos años, como esos matrimonios que mantienen la impostura porque sospechan que fuera de la rutina hace demasiado frío.

La diva salió al escenario de Pirineos Sur y comenzó a moverse con su familiar descoordinación, tan sutil y seductora. “Times Square” abrió una noche inolvidable, a la altura de su misterio legendario. Hacía mucho frío en el flamante nuevo auditorio de Lanuza. La Faithfull guardó el corpiño que había lucido la noche anterior en “La Mar de Músicas” y se embutió en un traje de chaqueta negro que enfatizaba su elegancia contenida; entre una vieja estrella de country y una sofisticada dama de la alta burguesía londinense.

El formidable septeto que la acompañaba desplegó toda su capacidad sonora para envolver los desgarros de su voz arrastrada, encogidos a veces en un tono intimista y exuberantes y altivos cuando elevaba las notas. Una magistral lección de interpretación de quien está de vuelta de todo y sabe que la redención no es posible. Su voz es su leyenda y sus letras una confesión en toda regla. Marianne Faithfull interpretó temas de su vigésimo y último trabajo, “Easy come, easy go”, un álbum de versiones con destacadas colaboraciones como las de Keith Richards, Nick Cave, Rufus Wainwright o Morrisey. “Broken English”, “La balada de Lucy Jordan”, “Sing me” o “Sister morphine” sonaron magistralmente en un auditorio que apenas alcanzó los mil espectadores. Una pena.

Pirineos Sur celebró su mayoría de edad con un concierto magnífico que seguramente quedará en el recuerdo como uno de los mejores de la historia del Festival. Habituado a una programación con una notoria carga étnica, la apuesta por un mito anglosajón abre nuevas vías en el concepto artístico del Festival y puede atraer nuevos públicos, aunque todos los cambios –como las revoluciones-, necesiten de pedagogía y tenacidad. Ayer fue el primer intento. Habrá más.

Michael Jackson

Michael Jackson

Quería dejar pasar unos días para escribir de Michael Jackson. Esperaba que su muerte se convirtiera en un macabro suceso en manos de quienes se solazan en el fango del vecino. Así ha sido. Todos los medios de comunicación se han lanzado estos días a publicar extensísimos y documentados suplementos en los que se revisa con detalle la penosa vida de Jackson. En el más mediocre de los ejercicios periodísticos posibles, se ha puesto el acento en los turbios episodios de su vida y se ha dejado en un plano inferior la maravillosa aportación que realizó a la historia de la música. Tendrán que pasar unos cuantos años para que se alcance a comprender la dimensión de su muerte y el valor de su legado. Las torpes urgencias del periodismo amarillo han yuxtapuesto la vida íntima del artista con la trascendencia de su obra. Es cierto que la proyección pública de un personaje como Michael Jackson hizo inevitable que en ocasiones se confundiera su vida íntima con la ficción del escenario. Pero en este caso, más que en ningún otro, el cantante que se encerraba en sus demonios infantiles nada tenía que ver con el que se proclamaba poderoso sobre el escenario como el rey del pop. Su música y su carisma no fueron consecuencia de sus tormentos; más bien el arte fue la salida natural al infierno de su insatisfacción eterna. La música era la máscara, no el espejo.

                Nunca me atreví a juzgar a Michael Jackson más allá de sus discos. No me interesaba. Me entusiasma el trabajo de muchos tipos que probablemente en la intimidad son unos verdaderos estúpidos. Siempre me pareció ridículo el ego infantil de Prince, pero le considero uno de los artistas más brillantes del último tercio del siglo XX. Me importaron poco las incursiones en la India de algunos de los Beatles y me siguen resultando divertidas por absurdas las leyendas sobre los periódicos cambios de sangre de Mick Jagger. Que hagan lo que les de la gana, pero que compongan buena música. No les pido nada más. No tengo derecho a exigirles nada más.

                Michel Jackson fue el primer artista global de la historia de la música. La fama de Elvis Presley no pasó de Estados Unidos y la Europa occidental. Los Beatles se separaron bastante antes de que llegara la cultura audiovisual y Frank Sinatra fue tan sólo el cantante de cabecera del mundo anglosajón. Jackson fue el único que logró en vida conquistar los cinco continentes y convertirse en un icono universal de la música, en la figura que representaba todo el caudal creativo de finales del siglo XX. Nunca antes un artista construyó una personalidad tan arrolladora, diferente y fascinante. La efigie de Michael Jackson puede ser utilizada perfectamente para resumir toda una etapa de la historia de la humanidad. Él representó la modernidad, el final de la guerra fría, la revolución musical de la era digital y una nueva forma de entender la industria discográfica basada en el poder de la imagen. Creo que la historia le situará a la altura de Elvis y de los Beatles.

                Hay una clase de críticos musicales que nunca pudo digerir la fuerza comercial de su música. No le perdonaron sus ventas millonarias, las veleidades horteras de su estética y la atormentada deriva de su vida. Era una clase de críticos acomplejada y menguada, demasiado frustrada para reconocer el talento alejado de discos de rock clásico estructurados en torno a austeras guitarras. Lo que ofrecía Michael Jackson era suntuoso y sobrecargado, un alambicado retablo rococó de sonidos, samplers y voces que fascinaba tanto como irritaba. A ello se unía una puesta en escena grandiosa -nada que ver con lo que se había visto hasta entonces en toda la historia de la música-, y una coreografía asombrosa que influyó directamente en la naciente cultura break. En ese aspecto, Michael también fue un verdadero revolucionario.

Estamos hablando de finales de los años 70 y principios de los 80 del pasado siglo. Michael Jackson se había desprendido de las cadenas que le ataban (en el sentido literal de la palabra), a la factoría Motown del inefable Berry Gordy –la llamaban ilustrativamente “la plantación”-. Junto con sus cuatro hermanos había triunfado en los años anteriores con los Jackson 5, un juguete que dio pingües beneficios a Gordy en la misma medida que sirvió para destrozar la infancia y la autoestima del pequeño Michael. Hoy ya no hay duda de que aquellos años de explotación y férrea disciplina paterna moldearon la frágil personalidad del artista y contribuyeron a construir su universo maldito de miedos, inseguridades, desafectos e infelicidad.

Michael fichó por Epic y de la mano del mítico Quincy Jones grabó en 1979 “Off the wall”, un disco clave en la historia de la música pop y, para muchos, el mejor de su carrera. Jones le diseñó una lujosa producción, soberbia y sofisticada. Su responsabilidad en el nuevo sonido de Michael puede compararse a la que tuvo Phil Spector en las últimas grabaciones de los Beatles. La música disco entraba en barrena con el agotamiento por sobreexplotación de muchas de las estrellas de la Motown, y la dimisión por sobreexposición de algunos nombres que habían exprimido al máximo los años de gloria de las discotecas. Isaac Hayes, Earth, Wind and Fire, James Brown, Al Green, Curtis Mayfield, Sly Stone and the family, Stevie Wonder… todos eran artistas en franca recesión y la música de color necesitaba un revulsivo inmediato. Michael irrumpió con “Off the wall” y todo cambió.

Tres años más tarde llegó “Thriller” y lo que ocurrió a partir de entonces ya forma parte de la historia de la música, está escrito en los libros. “Billie Jean” primero y después “Thriller” convirtieron el álbum producido nuevamente por Quincy Jones en un verdadero fenómeno social en todo el mundo. El disco fue grabado en diversas pistas y montado posteriormente en estudio con todos los inconvenientes de la incipiente técnica digital. Sin embargo el meticuloso Jones logró construir una atmósfera sonora impecable y maravillosa, en la que todas las voces e instrumentos se ensamblaban con la delicadeza de un orfebre. El erudito crítico musical oscense Luis Lles afirma desde hace años que “Thriller” es el mejor disco de la historia. Yo no me atrevería a afirmaciones tan rotundas pero no tengo ninguna duda de que se trata de uno de los mejores. Por el conjunto de canciones que encierra, por la magia de su sonido y por el carácter revolucionario de su estrategia promocional es evidente que estamos ante uno de los discos más influyentes de la historia.

 

Con “Thriller” se instaló definitivamente en la industria musical una forma de hacer las cosas que todavía hoy, en plena era de las descargas por internet, sigue vigente. El vídeo de “Thriller” dio alas a un dubitativo proyecto empresarial: la MTV. El corto de 13 minutos que dirigió John Landis con la participación de Vincent Price obligó a todas las discográficas a echar el resto en la producción de los videoclips de sus estrellas. Sin “Thriller” probablemente las cosas hubieran sido bien distintas. Los detractores de Michael Jackson suelen criticar su endeble propuesta musical, la levedad de sus baladas y la almibarada comercialidad de sus canciones. No aprecian que, en realidad, Michael era un adelantado a su tiempo en muchos aspectos y un verdadero visionario de las tendencias musicales en ciernes. En “Thriller” hacía un evidente guiño a la música africana en “Wanna Be Startin Somethin” (tantas veces sampleada posteriormente), ofrecía indicios de hard rock en “Beat it” con la participación de Edie Van Halen, y sentaba las bases de la nueva música dance y del funk con “Billie Jean”. Este inagotable caudal de influencias e intuiciones se reforzaría en el también magnífico  “Bad”, y en menor medida en “Dangerous”, donde contó con la colaboración del guitarrista Slash. Pop, Rock, Rap, Hip hop, hard rock, funk, soul… el legado musical de Michael Jackson es en realidad una perfecta síntesis de casi todo lo que ha sonado en los últimos 30 años en el mundo. Lástima que la máscara de artista no pudiera esconder la miseria del hombre. Pero, como decía Luis Lles, a los mitos no les pedimos que sean como el vecino de arriba, queremos que sean diferentes y extravagantes para adorarlos.

Neneh Cherry en Pirineos Sur

Neneh Cherry en Pirineos Sur

Falta menos de un mes para que comience la 18ª edición de Pirineos Sur. El Festival Internacional de las Culturas llega a su mayoría de edad con un programa en el que amplía su mirada y explora nuevos lenguajes sonoros, hasta ahora menos habituales en la cita del valle de Tena. Un amplio y rico océano musical que llevará, del 9 al 26 de julio, a Lanuza y Sallent de Gállego a destacados nombres propios de la música como Marianne Faithfull, Maceo Parker, The Wailers, Taj Mahal, Pablo Milanés, Omara Portuondo, Mariza o Cirkus Featuring Neneh Cherry.

Precisamente, la formación encabezada por Neneh Cherry es una de las últimas incorporaciones del programa de Pirineos Sur. Actuará el 11 de julio en Lanuza, en una noche que compartirán con Disty Dozen Brass Band. Cirkus Featuring Neneh Cherry llegan de Suecia y está formado por la cantante de “7 Seconds”, Matt Karmil, Burt Ford y Lolita Moon. A parte de ellos, se suman a la programación de Pirineos Sur los ingleses The Rumble Strips, que serán la pareja de Marianne Faithfull el 10 de julio, y los madrileños The Right Ons, que llevarán su rock, lleno de influencias del Funk y el Soul, a Sallent de Gállego el 15 de julio.

Con estas últimas incorporaciones Pirineos Sur completa un programa que destaca por el elenco de “primeras figuras” que reunirá y que además, en la mayoría de los casos, pisarán por primera vez los escenarios de Pirineos Sur. El Festival se sumergirá de este modo en las músicas y ritmos surgidos en ambas orillas del Atlántico: Blues, soul, reggae, jazz, hip-hop, funk, rhythm’n’blues, fado, canción cubana o calipso, entre otros.

Gran parte de la historia del pop-rock británico llegará a Pirineos Sur de la mano de uno de sus grandes y míticos iconos, Marienne Faithfull. Cantante, compositora y actriz –fue nominada en 2006 como Mejor Actriz en los Premios del Cine Europeo, por su papel protagonista en “Irina Palm”, de Sam Garbarski-, la truculenta relación amorosa que mantuvo con Mick Jagger en la década de los 80 y su adicción a las drogas no han impedido que la Faithfull y su dilata trayectoria sean un excelente resumen de buena parte de la música popular inglesa.

El jazz y el funk en su estado más puro es lo que llevará el saxofonista Maceo Parker a Pirineos Sur (17 de julio). Es toda una institución de la música negra, en todas sus expresiones (soul, blues, rhythm’n’blues…). Durante 25 años formó parte de la banda de James Brown, grabando 12 de los discos más importantes de esa formación.

Otra institución, en este caso del blues y el folk norteamericano de los últimos 40 años es Henry Saint Clair Fredericks, más conocido como Taj Mahal (17 de julio). Ganador de dos Grammy, “Señor Blues” (1997) y “Shoutin' in key” (2000), ha fusionado lo rural con el jazz, el blues, el reggae, el calipso y la música hawaiana, creando una melodía propia y única. Su último trabajo, “Celebrating 40 Years”, es su particular manera de celebrar los 40 años que lleva sobre el escenario.

En este recorrido por los sonidos del Atlántico Negro no podía faltar la mítica banda de The Wailers (16 de julio). Creada en la década de los 60 por Bob Marley, ha sido la bandera de la música reggae y aunque de sus miembros originales sólo quede Aston “Family Man” Barrett, la formación sigue conservando la esencia musical que les convirtió en la mejor banda de reggae de todos los tiempos.

La voz y el sentimiento de Cuba es lo que traerán Pablo Milanés y Omara Portuondo, el 23 de julio. Pocas explicaciones hacen falta para presentar al que fuera uno de los fundadores de la Nueva Trova Cubana, y de la incansable “La novia del filin”. La dulzura del fado y de la música portuguesa llegará con Mariza (24 de julio). Nacida en Mozambique es heredera de las más grandes fadistas de la historia.

L'Boulevard

L'Boulevard

Pirineos Sur viaja esta semana a Casablanca para presentarse y participar en L’Boulevard Festival, uno de los acontecimientos culturales más emblemáticos de Marruecos y con el que el Festival Internacional de las Culturas colabora este año, dentro del programa de cooperación cultural. Este proyecto desarrollado en representación de la Diputación Provincial de Huesca cuenta con la participación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación.

Pirineos Sur cursó el pasado año una invitación a los responsables del festival magrebí para que asistieran al festival oscense. Fruto de aquella visita surgió la posibilidad de una colaboración conjunta, cuyos resultados van a darse a conocer ahora; primero en Casablanca, en un escenario en el que en los últimos once años han pasado los artistas más interesantes de la nueva escena musical independiente del país, y posteriormente en Sallent de Gállego y Lanuza.

Este jueves 28 de mayo, L’Boulevard Festival comienza su andadura, mostrando las propuestas musicales más recientes de Marruecos. Éste será también el punto de arranque real de los proyectos de Cooperación Cultural que desarrollan conjuntamente los festivales marroquí y oscense. La producción musical "Casser le mur /Romper el muro", premiada la semana pasada con el primer premio de la Muestra Aragonesa de Artes Escénicas y de la Música 2009. En la misma participan los artistas locales Khalid El Berkaoui, Oum, Mood DJ, Hicham Bajjou y Foulane Bouhcin y los integrantes del grupo aragonés Biella Nuei.

El espectáculo volverá a mostrarse en el Instituto Cervantes de Casablanca, donde se presentará oficialmente Pirineos Sur y se estrenará la producción teatral  conjunta, "Habibi / Amado", escrita y dirigida por Jesús Arbués, de Producciones Viridiana, en la que participan artistas de ambos países. Los dos espectáculos se verán en el programa que Pirineos Sur desarrollará en Lanuza y Sallent de Gállego del 9 al 26 del próximo mes de julio.

El grupo aragonés Biella Nuei y los músicos marroquíes Khalid El Berkaoui, Oum, DJ Mood, Hicham Bajjou y Foulane Bouhcin lograron con la producción "Romper el Muro/Casser le Mur", el primer premio de la Muestra Aragonesa de las Artes Escénicas y de la Música 2009 que se clausuró la pasada semana en Alcañiz. En este caso, la coproducción musical dirigida por el lider de Biella Nuei, Luis Miguel Bajén, profundiza en las relaciones históricas entre Aragón y Al-Andalus, poniendo el acento en los numerosos nexos culturales que todavía mantienen ambos territorios. 

Según el propio Bajén, "hemos unidos dos tradiciones musicales que tienen muchísimo que ver. Es increíble que no se hubiera trabajado antes porque hay una evidente hermandad cultural entre el folclore aragonés y el bereber que se manifiesta en muchos elementos". Esta afinidad histórica es la que ha servido de base para el trabajo que han realizado durante 15 días en Zaragoza los músicos aragoneses y marroquíes en la primera parte de la residencia musical, que tendrá su continuidad a partir del 28 de mayo en Casablanca.

La Muestra Aragonesa de las Artes Escénicas y de la Música está organizada por el Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón. Se trata del escaparate más interesante para las nuevas producciones aragonesas y una cita obligada para los programadores de los municipios aragoneses, los artistas, grupos y empresas vinculadas al mundo de las artes escénicas. El premio concedido a la producción promovida por Pirineos Sur supone, por lo tanto, un reconocimiento de los profesionales aragoneses a su calidad, originalidad e innovación.

Luis Miguel Bajén ha señalado que "ante todo hemos querido desarrollar un proyecto de música contemporánea" que ahonda sus raíces en la tradición cultural de Aragón y Marruecos. "Hay evidencias de la relación entre ambos territorios en la música -afirma Bajén-, nosotros tenemos la gaita o dulzaina, un instrumento elemental de la fiesta en nuestros pueblos, y ellos también la tienen. Está el laud, el canto, los ritmos... hay vestigios sonoros que hemos compartido y que no dejan de sorprendernos". El músico aragonés explica que en la concepción del proyecto de cooperación cultural con los músicos marroquíes "hemos realizado también una prospección en nuestra historia común para darle un valor y un sentido a todo lo que hemos hecho. El espíritu de convivencia que existió entre nuestros pueblos, por encima de los conflictos, que también los hubo, es lo que nos ha inspirado a todos".

 

PROGRAMA L’BOULEVARD FESTIVAL

 

31 DE MAYO

L’Boulevard : Tremplin 2009

Matadero de Casablanca. Escenario 2

Concierto: Casser le mur / Romper el muro: Biella Nuei et Azawan

 

1 DE JUNIO

Instituto Cervantes de Casablanca, 19.00 h.

Conferencia de Prensa: Presentación del Festival Pirineos Sur 2009 (Con la presencia del Presidente de la Diputación de Huesca, de la Diputada de Cultura, del Asesor de Cultura y del Director del Festival Pirineos Sur).

A continuación, concierto Casser le mur / Romper el muro : Biella Nuei et Azawan

 

3 DE JUNIO

Instituto Cervantes de Casablanca, 20.00 h.

Estreno de Habibi / Amado

Coproduction scénique: Producciones Viridiana / L’Boulevard Festival / Pirineos Sur.

Con el apoyo de la Embajada de España en Marruecos y el Instituto Cervantes de Casablanca

 

5 DE JUNIO

Sala de fiestas del Ayuntamiento de Agadir, 20.00 h.

Presentación del espectáculo Habibi / Amado

Coproduction scénique: Producciones Viridiana / L’Boulevard Festival / Pirineos Sur

Antonio Vega

Antonio Vega

Contaba Antonio Vega que escribió “La chica de ayer” en Valencia mientras hacía la mili. Aseguró en más de una ocasión que nunca percibió que estaba componiendo un clásico. Es difícil pensar que mientras el estado te arrebata un año de tu vida uno es capaz de hacer algo trascendente fuera de la instrucción. Así era Antonio Vega, un tipo tan discreto y descreído que arrastró para siempre aquella impertinente leyenda del “chico triste y solitario”, eficazmente alimentada por una industria musical plácida en el fango ajeno. Estos días he oído hablar a decenas de personas que se presentaban como “íntimo amigo” de Antonio Vega. Todos escupían una salmodia de compungido dolor que olía a ditirambo de circunstancias. ¿Dónde estuvieron en los años de deriva?

            Cuando Nacha Pop se fue mi generación estaba llegando. Arribábamos a la plenitud adolescente repletos de principios y prejuicios, dispuestos a forjar una personalidad  arrogante y singular que no admitiera lazos con los estereotipos. En realidad éramos unos tipos estereotipados en busca de un alma errante que nos alejara de lo que más temíamos: nuestra propia simplicidad. En aquellos años de zozobra e ingenuidad la música era el único camino posible a la redención. Nuestros gustos eran volátiles e improvisados; fomentábamos la diferencia en la convicción de que nada había más glorioso que el mismo aislamiento victimista. Cuanto más solos más auténticos. Mejores.

            Cuando Nacha Pop se fue nosotros estábamos empezando a masticar la vida con las muelas. Hasta entonces sólo habíamos utilizado los dientes de leche. El mismo día que se fueron, entraron en nuestras vidas para siempre con aquel doble en directo grabado en la sala Jácara de Madrid (Nacha Pop 80-88). De repente se hizo indispensable en Claqueta. Campetes lo pinchaba una y otra vez abrumado por nuestra pertinaz insistencia. Descubrimos que junto a “La chica de ayer” Antonio Vega había compuesto una balada difícilmente clasificable que se titulaba “Una décima de segundo”. Nos atraía su mensaje indescifrable y la sencilla desnudez del piano de Manolo Villalta.  Nos producía desgarros la voz apagada y monocorde de Antonio.

“Es que no hay nada mejor que componer
sin guitarra ni papel.
Paralelas, vienen siguiéndome.
Espacio y tiempo juegan al ajedrez”.

            Fueron años de mucha música en vivo; estoy convencido de que los últimos suspiros de una forma de hacer música y de escucharla que tenía sus raíces en el valor personal que atribuíamos a cada disco adquirido para formar nuestra discoteca. Esos discos –todos ellos pequeños acontecimientos personales-, son ahora toda una biografía de nosotros mismos: con todos nuestros defectos y debilidades, que las hubo y las habrá. En esos años de la inocencia perdida –o arrebatada- la música en directo era un valor en alza: Radio Futura, Loquillo, Ilegales… para los que vivíamos en un pueblo sin demasiadas posibilidades de escuchar música en vivo, aquellas grabaciones guardaban casi todas nuestras aspiraciones de libertad. Con el tiempo saltamos las barreras físicas y mentales y fuimos insistentes espectadores de esos conciertos. De todos menos de Nacha Pop. Cuando ellos se fueron nosotros ya habíamos llegado tarde.

            Seguí después la vida de Antonio Vega inspirado por el mismo afán por descifrar los misterios de su inquietante personalidad como antes lo había hecho con sus letras. Esos textos encorvados y conmovedores hablaban de un hombre asomado a la sima de los infiernos, devorado por unos demonios interiores que operaban con la misma eficacia en sus pulmones y en su cerebro.

“Se dejaba llevar, se dejaba llevar por ti,

no esperaba jamás y no espera si no es por ti.

 

Nunca la oyes hablar, sólo habla contigo y nadie más,

nada puede sufrir, que él no sepa solucionar”.

 

No sé si Antonio Vega fue un tipo triste y solitario. Sé que nos robó a muchos la canción de amor que siempre quisimos escribir y nunca supimos. Se adelantó a todos y frustró para siempre nuestras veleidades compositoras. Cada nueva aparición, cada escalón que descendía al cadalso, cada escalofrío ante su mirada fría y huidiza agigantaba el sentido de su mítica soledad. Lo dejó escrito.

“Sólo al final
cobra sentido la soledad,
cuando el silencio es total
queda el espacio para pensar.
Y después, a la hora de volver,
conservar el secreto en mi poder”.

25 años sin Marvin

25 años sin Marvin

Hace más de un año escribí en este blog un post sobre el "What’s going on" de Marvin Gaye, uno de los discos más influyentes de la historia de la música. Hoy se cumplen 25 años de la muerte del cantante a manos de su propio padre, un predicador fundamentalista que creía ver en su hijo al mismo demonio. He querido recuperar ese texto en homenaje a Marvin y a ese pedazo de álbum que marcó el rumbo futuro de la música negra.

Me gusta recrearme con el hecho de que nací el mismo año en que Marvin Gaye publicó “What’s going on”; 1971. Será una veleidad adolescente pero me divierte fomentar esta casualidad y pensar que mientras yo pedaleaba en el útero de mi madre un tipo estaba a punto de cambiar el curso de la historia de la música en el lejano Detroit. Para muchos, entre los que me encuentro, éste es uno de los mejores discos de todos los tiempos e incluso sería capaz de aseverar según qué días que indiscutiblemente es el mejor. No sólo por su valor musical sino por su repercusión en todo lo que vendría después.

            “What’s going on” sigue siendo hoy uno de los discos más influyentes y analizados de toda la historia, un álbum conceptual que transformó para siempre la vida de su autor y marcó una gruesa línea entre su pasado almibarado y su futuro comprometido y combativo. Marvin Gaye llevaba varios años triunfando como uno de los valores más seguros y rentables de la mítica Tamla Motown, dirigida por el ambicioso Berry Gordy, un personaje de fino olfato y certeras intuiciones. Gaye aspiraba a rivalizar con Sinatra o Nat King Cole pero se quedó en representante de una generación que suspiraba con sus inolvidables y fogosos duetos románticos que sublimaban su imagen de soulman; Mary Wells, Kim Weston y, sobre todo, Tammi Terrel, con quien firmaría el hermoso “Ain’t No Mountain High Enough”.

            Pero mientras la factoría de Gordy producía decenas de singles que inundaban los primeros puestos de las listas de discos, en Estados Unidos estaban pasando muchas cosas. El país estaba inmerso en la guerra de Vietnam, Nixon gobernaba en Washington, los derechos civiles movilizaban a la población de color, las drogas causaban estragos en el otoño de la revolución hippie y el deterioro ambiental comenzaba a levantar conciencias. Estados Unidos había perdido la inocencia definitivamente y el soul vitamínico de letras intrascendentes de la Tamla era un duro contraste.

            Marvin Gaye, un personaje marcado por una dura infancia –su padre lo educó con mano de hierro-, y eternamente insatisfecho sintió que se agotaba el producto musical que representó con solvencia durante los 60 y comenzó a explorar nuevos trayectos. Envuelto en brumas y cerca del abismo artístico, Gaye se lanzó a trabajar en el que sería el primer álbum sobre el que tendría un control absoluto. Abandonó el discurso estilístico de la Motown y se adentró en las alcantarillas de una sociedad que tenía serios problemas. Así nació un disco íntimo que era fiel reflejo del signo de los tiempos: política, esclavitud, guerra drogas… con “What’s going on” el soul dejó atrás la plácida adolescencia y maduró de la noche a la mañana. Fue el primer disco conceptual que abordó sin complejos las miserias de una sociedad convulsa y desconcertada.

            Tal fue el impacto en la factoría de Detroit que Berry Gordy se negó a editar el LP porque lo consideraba excesivamente político y escasamente comercial. Probalemente le preocupaba más la segunda razón. Pero Gaye se hizo fuerte y se negó a aceptar cualquier condición que limitara su caudal creativo. Gordy aceptó que se publicara como anticipo el single “What’s going on”. Fue uno de los mayores éxitos comerciales de la historia de la compañía. El LP vio la luz en abril de 1971. Producido por el propio Gaye, sus maravillosas orquestaciones, la sensual cadencia de sus ritmos, los lujosos saxos y la voz  en plena madurez de Marvin lo convirtieron de inmediato en un acontecimiento musical. Nada volvería a ser igual. Stevie Wonder, Curtis Mayfield, Michael Jackson, Prince… todos son hijos de “What’s going on”.

           

             38 años después Estados Unidos tiene otra guerra y un negro es presidente del país.

 

“Padre, padre, no necesitamos ascender. Verás que la guerra no es la respuesta. Sólo el amor puede conquistar el odio. Sabes que tenemos que encontrar una manera para atraer el amor hoy. Piquetes y pancartas, no me castigues papa con brutalidad, ven, háblame para que tú veas lo que está pasando”.

What’s going on

Van Morrison

Van Morrison

En el mundo de la música hay tipos desagradables y otros simplemente antipáticos. Los hay que exhiben formas impostadas y otros que rehúyen los artificios y el maquillaje. Hay quienes primero fueron niñatos, después se hicieron músicos y para desgracia de la humanidad acabaron alimentando su primera faceta en detrimento de la esencial. Hay quienes creyeron ser artistas y engordaron su estupidez mientras seguían sin ser nada. Y luego está Van Morrison, perteneciente a una casta de primos hermanos -Bod Dylan, Iggy Pop, Morrisey y alguno más-, al que su misantropía le precede como extraño símbolo de decencia y valentía. Pocos músicos alcanzan en la actualidad esa dimensión estratosférica en la que estas menudencias del ser son minimizadas.

            El león de Belfast acaba de publicar un disco en directo en el que interpreta las 8 canciones que componen el mítico “Astral Week” (1968), considerado unánimemente uno de los mejores discos de la historia. Ayer fue entrevistado en El País por tal motivo y nuevamente mostró su flema más ácida y áspera; la que esperamos encontrar todos los que amamos su música. En pleno desmoronamiento de la industria musical, tal y como la hemos conocido hasta ahora, Van Morrison engarza varias perlas que más allá de su expresión formal deberían de invitar a la reflexión.

            Primera verdad: “Lo único que me encanta es la música. El resto es pura mierda. El tipo de mierda que la fama atrae es muy oscura. Es muy oscura. Me gusta la música, eso es todo”. Segunda verdad: “No es como en los viejos tiempos, cuando había productores y sellos discográficos de verdad; gente que realmente sabía algo de música. El principio del fin fue cuando muchos de esos tipos vendieron sus sellos. Probablemente hayamos dejado atrás el final de la historia de la verdadera industria discográfica..." Y tercera gran verdad: “Nunca me ha interesado realmente la música pop. Me aburría y me sigue aburriendo”.

            Qué queréis que os diga, hay días en los que da gusto leer cosas así, desprovistas de esa grandilocuencia meliflua tan al gusto de lo políticamente correcto. No importa que Van Morrison no salude ni se despida en sus conciertos. Da igual que casi nunca ofrezca un bis, me parece irrelevante su tendencia al nihilismo –quizá a veces profundamente compartida-. Diría que admiro la soltura con la que derrama el ácido sobre sus palabras para que su componente corrosivo actúe de forma rápida y eficaz. Tan eficaz como la belleza inconmensurable de sus melodías y el reconocible olor a poesía de sus letras.

            Hoy he vuelto a escuchar después de mucho tiempo “Astral Weeks”. Abruma como siempre la sencillez de sus arreglos y la fusión perfecta de su voz con los instrumentos. La voz de Van Morrison es realmente un instrumento más, quizá el más maravilloso y versátil. A veces juguetea con una flauta y otras veces se enreda en delicados escarceos con un violín y una guitarra. Las secciones de viento irrumpen con irreverencia para engrandecer el delicado tejido sonoro que envuelve toda la grabación. En esencia es un disco de folk pero su concepto creativo se vincula con la estructura típica del jazz.

El propio Van Morrison reconocía en la entrevista de El País que “se grabó como un disco de jazz, que es como a mí me gusta hacerlo. Lo más importante era la espontaneidad de lo que estaba sucediendo”. Como las sesiones en las que se grabó “Kind of blue”, “Astral Weeks” fue la consecuencia de una concentración de talento e inspiración irrepetibles con un genio irlandés de 23 años a la cabeza. Van Morrison contó con músicos procedentes del mundo del jazz, como el contrabajista Richard Davis o el percusionista Connie Kay. Familiarizados con las técnicas de improvisación y coordinación que pretendía Morrision, en tres jornadas dieron carpetazo a la grabación y dejaron preparadas ocho piezas que recrean una atmósfera onírica y sensual. En la inabarcable trayectoria del músico de Belfast no hay otro disco como ese. Es posible que alguno le supere (sobre todo “Moondance”), pero ninguno adquiere los registros mágicos que cautivan al mismo tiempo por su desnudez y su sofisticada sencillez.

En “Sweet Thing” dan ganas de correr al campo y comenzar a recoger las primeras flores primaverales. En “Astral Weeks” y “Cyprus” recuperamos el gris otoñal y nos desfondamos en un carrusel melancólico irreparable. Morrison a veces canta, otras se pierde en retos épicos con los instrumentos y en algún momento susurra, como si lo que tuviera en sus labios fueran palabras a punto de extinguirse. Discos como “Astral Weeks” son realmente obras maestras que escuchadas con el tiempo certifican la extinción de una raza musical.

Paul Weller

Style Council siempre fue una de mis bandas favoritas. El dúo formado por Paul Weller y Mike Talbot –con la intermitente aportación vocal de la sensual Dee C. Lee-, publicó en la segunda mitad de los 80 algunos trabajos vibrantes y luminosos que proyectaban todo el caudal de ferviente creatividad que estaba experimentando el Reino Unido. En un momento en el que los nuevos románticos se entreveraban con los últimos supervivientes de la movida punk y el revisionismo pop, Style Council irrumpió con frescura y talento sin despreciar el compromiso social. Su música era puro hedonismo sonoro pero sus letras no le daban la espalda al bodrio político que estaba construyendo Margaret Thacher. “Shout to the top” fue el ejemplo más brillante de cómo entendía la música Paul Weller: se puede bailar como locos y gritar al mismo tiempo contra el sistema. Aquel estruendoso grito contra el thacherismo más cruel e inhumano matizó el enorme cabreo que muchos vocearon por la supuesta traición de Weller cuando decidió disolver The Jam.

                Hasta entonces habían sido los tipos duros del Reino Unido, herederos de un sonido que establecía veladas conexiones entre el punk y el revival mod de finales de los 70, y una ensalada de heterogéneas influencias con base en la tradición de la música negra. Esta pasión oculta de Weller por el soul y el R&B se fue consolidando con los años hasta hacer inviable el proyecto de The Jam. Incluso en los últimos años de vida se atrevieron a versionear algunos clásicos de Curtis Mayfield, en lo que representaba una afrenta para quienes los tenían catalogados en el ambiguo territorio del rock. A esas alturas Weller ya tenía una merecida fama de inspirado letrista e impetuoso compositor. Sus registros musicales eran tan amplios y complementarios que muchos desistieron de buscarle etiquetas. No las tenía. Sus compañeros de The Jam (Rick Bucler y Bruce Foxton), se vieron incapaces de seguir su senda creativa y el grupo decidió disolverse justo en su mejor momento.

                Paul Weller se había empapado el catálogo de la Motown y había descubierto los senderos sonoros del jazz y del funk. Convertido definitivamente al sonido negro más estandarizado creó con Mike Talbot en 1983 Style Council. Allí se encontró con un traje a medida, sin peajes estilísticos ni poses forzadas. En plena libertad creativa el dúo publicó seis discos de estudio con algunas joyas imperecederas del pop británico de todos los tiempos. “My Ever-Changin Moods” fue la primera y le siguieron otros temas inolvidables como el citado “Shout to the top”, “The Lodgers”, “Walls Come Tumbling Down” o la sinuosa “Have You Ever Had it Blue”, suculento experimento con la bossa. Style Council transmitía felicidad pero sus letras cada vez estaban más cargadas de política y denuncia social. Quien pensara que su sonido era intrascendente se equivocaba.

                De todos esos trabajos mi favorito fue y será “Our favourite shop”, publicado en 1985. Weller se mostraba en ese disco con un flequillo interminable que casi le vinculaba más a la estética romántica que a la del nuevo tiempo que acababa de abrir. Quizá su impertérrito odio a las etiquetas le animó a esta irreverencia. La portada de ese disco es también un clásico perteneciente a un tiempo irrepetible en el que las discográficas se preocupaban por hacer bien las cosas.

                Como The Jam, Style Council se agotó cuando a Paul Weller se le quedó pequeño el horizonte. A principios de la década de los 90 el Acid House y todos sus trasuntos causaban estragos en las discotecas de medio mundo. La versión de “Promise Land” de Joe Smooth fue un guiño a la revolución que se cernía y un adiós previsible. Era el momento de comenzar a andar en solitario. Weller inició así una febril carrera que le permitiría explotar todo su poderío creativo sin tener que rendirle cuentas a nadie. Su primer trabajo fue un catálogo inmaculado de influencias: Marvin Gaye, Curtis Mayfield, Al Green, Stevie Wonder, Neil Young… temas como el absorbente “Above the clouds” eran estrictamente un homenaje al clásico “Whats going on” de Gaye.

                Desde entonces Paul Weller ha publicado un puñado de discos que le han permitido madurar como músico y compositor, y experimentar con nuevos sonidos y corrientes creativas. Siempre contestatario y controvertido, la suya es una de las trayectorias más sólidas y coherentes de la música británica. Respetado casi de manera       reverencial por las nuevas hornadas de músicos, Paul Weller vive actualmente uno de los momentos más lucidos con la publicación en pocos meses de dos discos soberbios y descomunales: “22 dreams” y “Weller at the BBC”. Este último es un doble CD donde recupera varias grabaciones realizadas durante la última década para la televisión púbica británica. Quien quiera adentrarse en el universo de Weller cualquiera de ellos es perfecto. Estos días son mi música de fondo, mi estruendoso grito.