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Juan Gavasa

5 preguntas sobre el Tratado de los Pirineos

5 preguntas sobre el Tratado de los Pirineos

¿Por qué la Isla de los Faisanes?

Después de muchas y absurdas discusiones, en las que había mucho de representación del poder real, los negociadores de Francia y España eligen la Isla de los Faisanes por ser territorio neutro en mitad de un río por cuya soberanía pugnan las dos monarquías desde hace tiempo. Ambas delegaciones construyen sendos puentes de acceso y una barraca en la que se celebrarán las reuniones. Compiten por hacer la barraca más espectacular y las decoraciones más exuberantes, pero acaban pareciéndose en fondo y forma. Se trata de una grandilocuente puesta en escena, con séquitos inmensos (duques, marqueses, condes, arzobispos, obispos y soldados), que pretende impresionar e intimidar a base de alardes de fuerza y riqueza. Sobre todo Mazarino.

En la Isla de los Faisanes –en la actualidad el condominio más pequeño del mundo-, había sido escenario habitual de ceremonias y celebraciones reales y este pedigrí pudo tanto como su carácter neutral. El politólogo Luis Ignacio Sáinz ha indicado que la Isla y el Bidasoa “representan literalmente un espacio simbólico de la no-identidad, ser errante que se niega ibérico y también rehúsa asumirse galo”.

En la isla tuvo lugar casi un año después los esponsales entre María Teresa de España y Luis XIV de Francia, previo encuentro de los soberanos el 7 de junio. Diego de Velázquez fue el decorador de los espacios españoles en la sala donde se realizó la boda. El esfuerzo del encargó le dejó en un estado pésimo de salud. Al regresar a Madrid, agotado, enfermó de viruela y falleció 2 meses después, el 6 de agosto.

 

¿Por qué Francia quería el Rosellón y Cerdanya?

Aunque el viejo condado del Rosellón pertenecía al rey de Aragón desde 1172, la discusión sobre su legítima pertenencia fue uno de los debates más acalorados en las conferencias del Tratado. Francia quería hacer efectiva su soberanía política “de facto” sobre esos territorios que había ocupado intermitentemente a lo largo de los dos últimos siglos aprovechando diversas guerras. Mazarino contaba con el consejo de buenos asesores, expertos historiadores y profundos conocedores del territorio, como el arzobispo Pierre de Marca o el catalán Ramón Trobat, que es el que insiste a Mazarino sobre la importancia de incorporar el Conflent porque es dependiente del Rosellón. Para ello esgrime que en ambos territorios corre la misma moneda que se labra en Perpignan, que están bajo la misma jurisdicción y que cuando estuvo empeñado el Rosellón a la Corona Francesa siempre fue incluido aquel Condado del Conflent”.  Sus argumentaciones no encontraron réplica consistente en la fútil delegación hispana.

En 1462 la Generalitat catalana pacta en su guerra con Juan II la ayuda francesa de Luis XI en 200.000 doblas de oro y pone como garantía la Cerdanya el Rosellón que pasarían al reino francés en caso de no pagarse, como así fue hasta 1493. En 1641, en plena Guerra  del Segadors, Catalunya pide ayuda al rey francés Luis XIII en su guerra con Felipe IV. Los franceses conquistan Perpignan y Roses y ocupan la fortaleza de Salces, que ya no abandonarían. Así pues, en la Isla de los Faisanes Francia defendió una política de hechos consumados en la que España le facilitó buena parte de su argumentario. El historiador José Sanabre recordaba que ya en 1647 España había ofrecido el Rosellón a Francia porque “se había convertido en el refugio de los exiliados catalanes contrario a Madrid y porque tenía una población mayoritariamente francesa”. Se ha especulado también con la teoría de que España quería debilitar el principado catalán amputándole su segunda ciudad más importante, Perpignan, que mantenía importantes rivalidades comerciales con Barcelona. La historiografía francesa de los siglos XIX y XX se ha acostumbrado a hablar de “retorno del Rosellón” a Francia cuando habla del Tratado o de “dominación española”, al periodo comprendido entre 1493 y 1642.

 

¿Por qué no se discute el Val d’Aran pese a su orientación septentrional?

Como explica el historiador Óscar Jané, el Val d’Aran no supone un tema conflictivo en las negociaciones. Por un lado, precisamente por esta idea subyacente del espacio a cambio del de Cerdaña, pero luego, fundamentalmente por dos razones: la fidelidad a Felipe IV y las tradiciones institucionales, jurídicas e históricas del valle, que lo ligaban claramente al Principado de Cataluña. La “existencia” de este caso ya es una muestra clara de inconsistencia de la idea de las “fronteras naturales” que durante tanto tiempo se ha defendido. De hecho, todo hay que decirlo, si bien el caso del Val d’Aran no es fundamental en 1659, sí que estará sobre la mesa en épocas posteriores, incluso en la década de 1920, posteriormente a la Primera Guerra Mundial, cuando los negociadores franceses por Europa y sobretodo África del Norte, eran buenos conocedores del Pirineo catalán.

 

¿Cuál fue la reacción en Catalunya a los acuerdos del Tratado?

Las negociaciones que dan pie  a la paz de 1659 se iniciaron el mismo año en que se inició la guerra oficialmente, 1635. Esto es algo que parece poco importante, pero da idea de la pausa de los diplomáticos de la época. En cualquier caso, las negociaciones se aceleraron en 1656 en una reunión en Madrid donde se encontraron representantes de Francia y España. El momento culminante se produce en París, a principios de 1659, donde casi todo está cerrado salvo la frontera catalana, que se concretará en la Isla de los Faisanes. La lógica jurídica de la época obligaba a comunicarlo a las Cortes Catalanas, o en su defecto a la Generalitat. Las autoridades catalanas ya no eran las mismas que en 1652, la represión había sido importante también, y por otro lado, en todo momento las autoridades hispánicas fueron negando en sus comunicados cualquier cesión del Rosellón a Francia a pesar de los insistentes rumores. Ante éstos, la Generalitat envió una delegación al País Vasco, pero ya era tarde, pues a su llegada, un mes más tarde de la firma, nada se podía hacer. El rey hizo celebrar la Paz en todo el reino, incluido Barcelona. Pocos son los comunicados oficiales de la época en el Principado celebrando el contenido del tratado, aunque algún dietario, como el de Miquel Parets, un barcelonés de la época, testifican del duro golpe que suponía para la integridad y privilegios de Cataluña esa pérdida.

Hay que esperar al siglo XIX y, sobretodo, a los trabajos de Josep Sanabre ya a mediados del siglo XX, para entrever el Tratado como un atentado a la identidad catalana en la historiografía del Principado y Rosellón. Esto se ha ido matizando entre lo que representó en la época, y los efectos posteriores que tuvo el tratado, tanto en lo que respecta a la pérdida territorial, como en los ataques a la lengua y cultura catalanas en el norte del país que quedó bajo soberanía de Francia. Pero esto es algo que, como todo en la historia, tiene el “defecto” de la mirada a posteriori. En 2009 tuvo lugar un congreso internacional entre Barcelona y Perpiñán donde especialistas de todo el mundo matizaron y ahondaron en estos temas. Por otro lado, y como curiosidad, alguna vez se ha planteado el debate de Perpiñán como territorio español frente a las insistentes demandas de Gibraltar por parte del Estado. De hecho, solo les separa 50 años y tratados similares. Sin embargo, la ironía de las visiones “naturales” del territorio peninsular, difícilmente harán que ningún diplomático español  exprese nunca este hecho.

 

¿Cómo se hace la frontera?

La frontera acordada en el Tratado de los Pirineos en 1659 no se define sobre el terreno hasta dos siglos después. De 1856 a 1868 la Comisión Mixta de Límites creada por ambos países trabajó in situ para establecer los deslindes de la frontera. El sector vasco-navarro se definió en 1856. El sector pirenaico de Aragón se hizo en 1862, el tramo entre la frontera oscense y Lleida en 1866 y de Andorra hasta el Mediterráneo en 1868. Los Tratados de Bayona, firmados durante los mandatos de Isabel II y Napoleón III, determinaron la línea fronteriza que hoy perdura. Para ello se colocaron 602 mojones a lo largo de toda la cordillera, numerados de oeste a este desde las orillas del Bidasoa hasta el Cap de Cèrber. Otros 45 mojones establecen la frontera alrededor de Llivia.

Para definir cada metro de frontera los responsables de la Comisión tuvieron que atender viejos litigios entre vecinos y soportar todo tipo de presiones de índole social, económica o política. Se intenta aprovechar el Tratado para resolver los viejos conflictos vecinales, aunque no siempre se logra. Por eso se crea la Comisión Internacional de los Pirineos (CIP), para velar por el cumplimiento de las resoluciones o mediar en nuevos conflictos.

En Navarra y Guipuzcoa, el río Bidasoa se parte en dos para compartir soberanía después de siglos de enfrentamientos entre Hendaya y Hondarribia. Se divide también el bosque de Irati –de gran valor para la explotación maderera de los dos estados-, y se separan los pastos de Kintoa, agudizando el viejo conflicto entre comunidades. Valcarlos/Luzaide, pese a su intromisión en territorio francés, sigue siendo navarro. En Zugarramurdi y Urdaz la frontera siguen siendo las regatas comúnmente admitidas como línea divisoria. Hasta la frontera con Aragón las crestas ya marcan la frontera. Continuará así en las provincias de Huesca y Lleida, donde apenas existen conflictos para resolver que sean las cumbres y divisorias de aguas las que determinen la frontera. La Val d’Aran es una excepción en la que se dan situaciones como el río Garona, que nace en Cataluña y desemboca en Francia. En Girona la historia es conocida. Hasta el Cap de Creus, Roses y Cadaqués estuvieron en discusión hasta el último minuto.

El Tratado de los Pirineos (I)

El Tratado de los Pirineos (I)

El Tratado de los Pirineos firmado en 1659 entre España y Francia supuso el final de las hostilidades que mantenían ambos países desde 1635 dentro de la conocida como Guerra de los Treinta Años. Aunque en 1648 se había firmado la Paz de Westfalia, que sellaba el final de este conflicto europeo, España y Francia habían prolongado la confrontación bélica con unas consecuencias ruinosas para la corona hispana. La paz era la única salida al desastre. Desde el 7 de agosto hasta el 13 de noviembre estuvieron reunidas en la Isla de los Faisanes (sobre el río Bidasoa), las nutridas delegaciones de ambas monarquías, encabezadas por el representante español de Felipe IV, Luis de Haro, y el cardenal Mazarino en nombre de Luis XIV de Francia.  Los plenipotenciarios debatieron sobre el documento que ambos ya habían consensuado en Paris el 5 de junio de ese mismo año y que sentaría las bases del acuerdo definitivo.

El Tratado quedó plasmado en 124 artículos: España entregaba a Francia el Rosellón, el Conflent, el Vallespir y una parte de la Cerdanya, todos ellos territorios de la vertiente septentrional que las tropas francesas habían ocupado al acudir en apoyo de los sublevados catalanes contra España en 1640. Se fijaba la cordillera pirenaica como frontera entre ambas monarquías, aunque se dejaba su definición para futuras negociaciones que quedarían plasmadas en tratados específicos derivados del principal. Pero pese al nombre con el que ha pasado a la historia, el Tratado no fue ni mucho menos un acuerdo secundario ni local. España entregó además a Francia el condado de Artois y varias plazas fuertes en Flandes, Hainaut y Luxemburgo, lo que originó sustanciales cambios en el mapa de fuerzas europeo.

Finalmente se pactó la boda, de alto valor político, entre Luis XIV de Francia y Maria Teresa de Austria, hija de Felipe IV, cuya dote se estableció en medio millón de escudos de oro a cambio de renunciar a sus derechos sucesorios al trono de España. Esta dote nunca llegó a pagarse y la pretendida “paz duradera” de la Isla de los Faisanes apenas duró siete años. Luis XIV consideró anulado el Tratado y se reiniciaron las hostilidades que derivarían en 1702 en la Guerra de Sucesión Española. Lo resumido hasta ahora está en los libros de historia. Lo que no suele contarse es de qué modo las arbitrarias decisiones políticas de dos reyes, adoptadas a espaldas de sus súbditos, afectaron a la vida cotidiana de los pirenaicos y condicionaron para siempre el destino del territorio en el que habitan.

Los libros de geografía e historia suelen referirse a los Pirineos como la “frontera natural” entre España y Francia. Esta versión generalizada confunde lo físico con lo convencional; es decir, acepta como algo natural una circunstancia que forma parte de un proceso humano, como si la frontera fuera un hecho dado en origen cuando, como señala el filósofo Will Kymlicka, “casi siempre ha venido determinada por factores que ahora reconocemos ilegítimos”. Aunque bien es cierto que la de los Pirineos es una de las fronteras más antiguas y estables de Europa, su determinación como tal en el Tratado de los Pirineos generó una serie de trastornos económicos, políticos, sociales y culturales que todavía hoy permanecen vigentes. La simple naturaleza fronteriza del Pirineo sobrevenida de aquel acuerdo, con toda la panoplia de aduanas, fortalezas, lindes, amojonamientos y despliegues militares, vino a sustituir de manera abrupta el escenario de convivencia y pacto en el que se habían desarrollado desde tiempos inmemoriales las relaciones entre los pirenaicos de ambas vertientes.

En la Isla de los Faisanes las dos monarquías hicieron un reparto arbitrario y desigual siguiendo un límite en apariencia simple y que respondía –explicaron entonces-,  a razones geográficas, topográficas y lineales. Algunos historiadores han hablado de “racionalismo cartesiano” para explicar aquella frontera que se dibujó siguiendo supuestamente las crestas y cumbres pirenaicas, y las divisorias de aguas. Los franceses defendían que ésta era la “frontera natural”, y acudían a los textos latinos para argumentar que ya había sido la línea divisoria en época romana, la raya entre las Galias e Hispania. La delegación española encabezada por Luis de Haro intentaba contrarrestar el ímpetu del cardenal Mazarino y su erudito séquito de asesores con tibios y poco documentados razonamientos que se limitaban a sostener una idea volátil de “frontera comúnmente admitida”.

Disfrazada con la falsedad interesada de la racionalidad finalmente se pactó la  frontera que pretendía Francia para guarnecer sus intereses estratégicos en el sur de su territorio, que en el 45% de su trazado acabaría alejada de esa línea de crestas tan reivindicada. Si pasamos del papel al terreno comprobaremos que hay valles que se cortan por la mitad, ríos que son fronterizos, grandes espacios en las vertientes de la sierra e incluso islotes en suelo ajeno, como la villa de Llivia. En última instancia se decide partir la Cerdanya, una unidad lingüística y humana, sin que a nadie le tiemble el pulso. Es el famoso artículo 42 del Tratado

Es decir; la frontera nunca sería la natural sino la consecuencia de negociaciones y mercadeos políticos en los que ambas coronas buscaban objetivos de mayor envergadura. La paz era uno de ellos; pero también la necesidad de reducir los esfuerzos bélicos y aliviar las maltrechas arcas reales con el intercambio de territorios como si fueran cromos, y el deseo último de perdurar como dinastía. La historiadora Eva Serra i Puig ha recordado que “Catalunya no era más que un teatro de distracción de los principales campos de batalla” de ambas monarquías. También el investigador de la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en fronteras, Oscar Jané, ha manifestado en reiteradas ocasiones que el Tratado de los Pirineos tiene un carácter internacional, “es el referente principal de la explosión diplomática del siglo XVII y el principal hito en la construcción “ideopedagógica” de las fronteras naturales”.

La Paz de Westfalia firmada sólo once años antes, y que había cerrado en falso la Guerra de los Treinta años, había oficializado el novedoso concepto de estado nación en contraposición con los viejos estados feudales que perecían fagocitados por las grandes monarquías europeas. En ese nuevo tiempo, la definición de las fronteras y los límites territoriales era una prioridad de los imperios para precisar su poder y hacer eficaz su aparato administrativo.

Si alguna conclusión se puede extraer, por lo tanto, del Tratado de los Pirineos es que supuso “el exterminio diferido de una casa dinástica y la redistribución imperial de la geografía, primero europea y después mundial”, en palabras del profesor de Ciencias Políticas, Luis Ignacio Sanz. El resumen sería que en la Isla de los Faisanes se escenificó el declive de la monarquía española y el auge imparable de la francesa con los estados italianos e Inglaterra pendientes de la jugada.

España salía de una ruinosa aventura que la había dejada maltrecha, con la lengua fuera y la autoestima por los suelos. La Guerra de los Treinta años había precipitado su ya por entonces irrefrenable decadencia. Sus enemigos lo sabían y en las conferencias del Tratado de los Pirineos el cardenal Mazarino y su equipo de brillantes asesores forzaron la situación una y otra vez para ampliar el botín en juego. La debilidad del rival y su obsesión por firmar la paz a cualquier precio facilitaron las cosas al signatario francés. Hay una frase del plenipotenciario español Luis de Haro que resume la situación: “los enemigos nos dan lo que nos dejan y nosotros les dejamos lo que de ninguna manera podríamos recuperar ni defender”.

¿Qué ocurrió después? Tras el fracaso de la conferencia de Ceret celebrada en marzo de 1660 para establecer con precisión los nuevos límites pactados, el 12 de noviembre de 1660 se firma el Tratado de Llivia por el cual 33 pueblos de la Vall de Querol pasan a administración francesa, salvo Llivia, por tener categoría de villa. Se consumaba la amputación de un territorio histórico. La monarquía de Luis XIV desplegó de inmediato su estructura administrativa y creó el Consell Sobirá del Roselló, que sustituía a la Generalitat y la Audiencia. Francia descubre pronto que sus políticas unitaristas no son bien recibidas en sus nuevas posesiones y lo comprueba en carne propia con la revuelta fiscal de “los Angelets” (1667-70) por los impuestos sobre la sal, que esconde en realidad un descontento social que tardará décadas en aplacarse. Conspiraciones varias y una nueva escalada de tensiones con España fuerzan la fortificación de la frontera con el sello del prestigioso mariscal Vauban, ejemplarizada en el castillo de Montlluis (1679), y confirman que ambas coronas quieren convertir a Catalunya en una frontera militar. Se produce así un éxodo interior de afines y represaliados que causa un brutal impacto social y económico. Los desgarros en el tejido sociológico del territorio son considerables.

Y así es como se certifica la distancia sideral entre un acuerdo plasmado en un papel y su aplicación sobre el terreno. La lista de rectificaciones es interminable. Se incumple lo pactado respecto a la libre circulación de ciudadanos y derechos lingüísticos que reconocía el Tratado. Hay diversos artículos de carácter comercial y de derechos individuales que prevén libertad de comercio, de circulación de personas y mercancías en unas condiciones totalmente favorables a los negocios de los comerciantes franceses.  Como indica Eva Serra i Puig, una de las principales consecuencias de la irrupción de la frontera y el consiguiente marco socioeconómico fue la distorsión de las “relaciones históricas que tenían lógicas económicas propias”. La mayor de esas distorsiones fue el nacimiento del contrabando, deslinde semántico para juzgar lo que hasta entonces habían sido simples relaciones comerciales.  Hay un hecho evidente que pone de manifiesto lo que los sociólogos e historiadores tratan de explicar como el “trauma de la frontera”. Se trata del desajuste que se crea entre jurisdicción y territorio o entre naturaleza y soberano que, sobre todo, se hará patente en Francia.

En la Catalunya bajo administración francesa pagaban impuestos los ceretanos franceses pero no los hispanos con propiedades en Francia. La distinción que consagraba el Tratado entre naturaleza y territorio permitía a los ceretanos explotar la contradicción fiscal de la monarquía francesa tanto en la compra de terrenos como en las declaraciones de residencia. El Tratado en una primera fase pretendió permeabilizar la frontera para garantizar la continuidad de las relaciones patrimoniales, comerciales o familiares. Pero ese propósito hizo aflorar las incongruencias de una “esquizofrenia binacional” y los dos estados cayeron en la trampa de la propia insensatez de sus acuerdos.

En realidad, aquel proceso de conformación del nuevo espacio administrativo surgido del desguace de un territorio histórico con realidades consolidadas ofrece similitudes con el actual proceso de construcción europea. La dificultad para adaptar las decisiones políticas al espacio jurídico, social y geográfico ya existente fue algo que no previeron los negociadores del Tratado. Como recuerda el historiador Óscar Jané, diversas fronteras se superponen al pacto diplomático: frontera política, lingüística, religiosa, jurídica, terrestre… “todas ellas se entrecruzan en el espacio frontera como lugares anormales”, señala. El hispanista francés Pierre Vilar pensaba en los Pirineos cuando esgrimió su teoría de que “es en las fronteras donde se observa mejor la historia del mundo”. La creación de un límite que no respondía para nada a la teoría sostenida con tenacidad por Mazarino de las “fronteras naturales”, generó una serie de distorsiones en el día a día tan notable que tuvo como consecuencia final la inevitable y estrepitosa militarización de la zona. El geógrafo Joan Capdevilla y Subirana  lo ha descrito gráficamente en su libro “Historia del deslinde de la frontera hispano-francesa. Del Tratado de los Pirineos a los Tratados de Bayona”: “La línea fronteriza es un artificio, no proyecta sombra pero está muy presente en la vida cotidiana”.

La larga evolución en la conformación de la frontera se prolongó hasta inicios del siglo XX. Fue entonces –casi tres siglos después-, cuando los historiadores consideran irreversible el paso de una frontera militar a una política. La identidad catalana se mantuvo con relativa fortaleza hasta entonces, momento en el que los procesos históricos individuales de cada estado generaron sus propias identidades nacionales. La puntilla habían sido los Tratados de Baiona (1856-1868), resultado de los trabajos de la Comisión Mixta de Límites creada por ambos estados para coser definitivamente la herida abierta en la Isla de los Faisanes en 1659. Cuando concluyeron su procelosa labor de deslinde, la frontera militar se convirtió en una verdadera frontera política. Durante los dos siglos anteriores Francia y España habían sido testigos de los conflictos permanentes que generaba la nueva frontera entre los habitantes pirenaicos. Capdevila i Subirana recuerda que están documentadas “cruentas luchas entre vecinos por la posesión y el uso del territorio, informes sobre mojones que son movidos con nocturnidad, quejas sobre aprehensiones ilegales de ganado y denuncias sobre canales de riego derivados por los vecinos aguas arriba”. Estaba claro que los Pirineos no eran una frontera natural.

Así es que la famosa Comisión Mixta se dedicó a desfacer entuertos vecinales mientras iba deslindando cada palmo de frontera bajo presiones de los nativos y el ojo escrutador de Paris y Madrid en el horizonte. Resolvieron numerosas cuestiones relacionadas con los usos y aprovechamientos de pastos, aguas, pesca, propiedades divididas, pasos… “La mayoría de litigios tenían siglos de existencia”, revelaba el General Callier al ministro francés de Asuntos exteriores en 1868. Pero también acabaron de definir la irracional frontera con la división del Bidasoa, el bosque de Irati o la definitiva incorporación de Lapurdi, Zuberoa y la Baja Navarra a Francia.

En 1875 se creó la Comisión Internacional de los Pirineos para certificar anualmente esta frontera y resolver nuevos conflictos. Es una de las más antiguas de Europa y todavía mantiene sus funciones. Porque la frontera, como cualquier hábitat humano, es un espacio vivo y en constante evolución. Por eso esta Comisión, un remiendo más del roto de la Isla de los Faisanes, ha sido importante en los últimos años para intervenir en nuevos problemas surgidos del progreso que Haro y Mazarino ni siquiera podían haber imaginado en sueños: problemas con las carreteras, trazados de trenes, construcción de puentes y túneles, trabajadores fronterizos o turismo de montaña. Consecuencias de la modernidad que han provocado nuevas modificaciones de la frontera apenas perceptibles.  Sobre todos estos aspectos ha mediado en los últimos años la Comisión.

El sociólogo David Baringo afirma que “es notorio que el efecto del Tratado tuvo mayor repercusión social y política en los extremos de la cordillera que en el tramo central”, donde las altas cumbres sí que habían ejercido tradicionalmente de algún modo de límite físico. De hecho, los trabajos de la Comisión Mixta se enfrentaron con puntos conflictivos en Euskadi, Navarra y, sobre todo, en Catalunya, donde el estigma de la frontera había arraigado de forma en ocasiones dramática.  Pero la consolidación de los estados nación y sobre todo la Primera Guerra Mundial y la dictadura franquista sirvieron para robustecer un sentimiento nacionalista francés en la Catalunya norte y levantar una frontera mental y emocional, mucho más sólida que la política. El profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, Enric Pujol, señala que el siglo XX ha sido el de la “francesización profunda de la Catalunya norte pero también el de la recuperación de una conciencia nacional catalana”. Sin embargo, este sentimiento de pertenencia a una misma comunidad cultural o histórica no tiene expresión política. En las últimas elecciones regionales francesas celebradas en 2010 no hubo candidaturas en el departamento de los Pirineos Orientales que llevaran ese discurso catalanista. Lo mismo ocurre con matices en Euskal Herría, donde las candidaturas nacionalistas en la región de Aquitania (EAJ-PNV y Abertzaleen Batasuna), apenas alcanzaron el 1% de los votos.

La realidad es que en plena crisis de la idea de Europa se abren nuevas reflexiones que devuelven al primer plano la vigencia de viejos tratados como el de los Pirineos. El Tratado de Schengen de libre circulación de personas o la moneda única han servido para demoler las servidumbres del espacio fronterizo levantado durante siglos pero, sin embargo, han elevado a la superficie la pesada losa de un proceso histórico que ha acabado siendo más efectivo que la propia frontera pirenaica. La contraposición de dos estados; uno centralista y otro descentralizado con sus diferentes aparatos burocráticos, ha evidenciado la dificultad para establecer nuevos espacios de convivencia reales. Óscar Jané lo ha resumido bien: “cuando tendríamos que hablar de convivencia ya sólo podemos hablar de cooperación”. Y esto se ha revelado como un mojón más de la frontera establecida hace 353 años. 

Artículo publicado en el número 89 de la revista El Mundo de los Pirineos

Nueva guía

Nueva guía

Jaca y el valle de Canfranc (valle del Aragón en su denominación comercial utilizada recientemente), constituyen una unidad territorial, social e histórica desde tiempos inmemoriales. El puerto de Somport (Summus Portu), ha ejercido a lo largo de la historia una función cohesionadora del territorio, al albergar en su tránsito caminos y vías de comunicación que sirvieron para dinamizar la economía, fomentar las relaciones entre pueblos, expandir las ideas e incluso facilitar las invasiones hostiles.

Jaca como cabecera y el Valle de Canfranc como territorio de influencia componen probablemente el ejemplo más claro de lo que fue la tradicional organización territorial, social y económica de la cordillera hasta mediado el pasado siglo, estructurada casi de manera autárquica entre valles. La importancia histórica de la capital como claro referente dinamizador y los flujos sociales y económicos desarrollados a través del Camino de Santiago, que atraviesa todo el valle, permiten hablar sin controversia de una entidad común.

Jaca y su término municipal componen un área de 406 kilómetros cuadrados. Su población (incluidos sus 33 núcleos), alcanza los 14.000 habitantes y se extiende por el sur hasta la barrera física que representa la Peña Oroel. Por el este hasta el término municipal de Sabiñánigo y por el oeste hacia una vasta depresión orográfica longitudinal conocida como Val Ancha y la Canal de Berdún. Esta depresión se extiende hasta Yesa (Navarra) y queda flanqueada por la sierra pirenaica al norte y las sierras exteriores de Oroel y San Juan de la Peña al sur.

El valle de Canfranc, por su parte, se desarrolla en el corredor surcado por el río Aragón, afluente del Ebro, que nace a 2.000 metros de altitud en el circo de Astún. El valle cierra por el norte con el pico de La Raca y la estación de Candanchú, que pertenece al término municipal de Aísa. Por el este se prolonga a través de la Canal Roya hasta el vértice con el pico Anayet. Numerosos pequeños valles trazados transversalmente sobre el eje longitudinal constituido por el río Aragón amplían la riqueza y extensión del territorio. Al citado Canal Roya habría que añadir Canal de Izas o la Canal de Ip en el tramo superior del valle. Más abajo destaca el Valle de la Garcipollera, al que se accede desde Castiello de Jaca.

Tomando como base la capital, en el camino hacia la frontera francesa se suceden las localidades de Castiello, Villanúa, Canfranc Pueblo, Canfranc Estación y las estaciones de esquí de ASTUN y CANDANCHÚ.   En conjunto se trata del mismo territorio que dio origen en el siglo XI al primitivo reino de Aragón, que adoptó el nombre del río que lo atraviesa y fijó en Jaca su primera residencia por decisión de Ramiro I, hijo de Sancho III el Mayor, rey de Pamplona. Éste había entregado en herencia el condado de Aragón a su hijo Ramiro y los de Sobrarbe y Ribagorza a otro de sus hijos, Gonzalo. Pero tras la extraña muerte de éste último Ramiro se apropió de todos los territorios pirenaicos que habían formado parte del Reino de Pamplona.

Sancho Ramírez, primogénito del primer monarca aragonés, sería el impulsor definitivo de Jaca como influyente y próspero núcleo de población durante la Alta Edad Media. Le concedió un moderno y avanzado Fuero que promovió su repoblación con gentes procedentes de ambos lados de la cordillera. Otorgó numerosos privilegios para su crecimiento económico, trasladó allí la sede episcopal y finalmente decidió erigir una catedral dedicada a San Pedro, que se convertiría en una de las primeras levantadas en la península bajo estilo románico.

La consolidación del Camino de Santiago durante el siglo XII como gran itinerario europeo para miles de peregrinos reforzó la situación estratégica de Jaca y de todo el valle -principalmente Canfranc-, paso para mercaderes primero, y después para miles de peregrinos que optaban por este ramal de la conocida como Vía Tolosana. La existencia del hospital de Santa Cristina de Somport (Candanchú), considerado durante la edad media uno de los tres más importantes de la cristiandad, confirma la relevancia que tuvo el valle durante aquella época. El Somport, (1.640 m), es uno de los pasos más accesibles del Pirineo central.

Son oportunas estas pinceladas de la historia para dibujar los perfiles actuales del territorio y entender su dimensión histórica. Pero regresemos al presente. El viajero que llegue a Jaca y se desplace por su entorno se encontrará con un valioso patrimonio monumental que explica muchas cosas sobre el pasado. Su catedral románica habla de los orígenes; el castillo pentagonal de San Pedro (s.XVI) de los miedos invasionistas; la torre del Reloj de dramas entre rejas; el monasterio de las benedictinas remonta a los años fundacionales… son tan sólo algunos de los hitos de un deambular por la ciudad. Dentro del término municipal está el monasterio de San Juan de la Peña, origen del primitivo Reino de Aragón y joya del primer románico aragonés.

Los caminos por el valle conducirán inevitablemente a la Estación Internacional de Ferrocarril de Canfranc, inaugurada en 1928 y obra capital de la arquitectura ferroviaria española de principios del siglo XX. La construcción de esta ambiciosa vía de comunicación rompió el muro pirenaico a través del túnel ferroviario del Somport pero aquellos anhelos de apertura a Europa se quebraron en 1970, cuando la línea internacional quedó interrumpida. Hoy el majestuoso edificio está a medio rehabilitar como paradójico síntoma de un inquietante abandono. Quien observe el edificio deberá de ampliar la perspectiva y fijar sus ojos en el paisaje. Todo lo que rodea el complejo ferroviario; los diques de contención, los barrancos, las masas forestales, el río encauzado… fue obra del hombre hace 100 años para sostener y proteger la estación.

Y el viajero, en definitiva, encontrará bellos y espectaculares paisajes cargados de profundos contrastes. Desde los ecosistemas característicos de la alta montaña pirenaica hasta las amplias llanuras cerealistas   que se dispersan por la Val Ancha y la Canal de Berdún, Jaca y el valle de Canfranc muestran como un libro abierto la conformación de la cordillera hace 40 millones de años. Primero el Pirineo axial y después precipitadas por el sur sin orden ni concierto las sierras exteriores.

Jaca, emparedada sobre una meseta entre el murallón pirenaico y estas sierras exteriores definidas por la enigmática Peña Oroel, es una de las ciudades más dinámicas y emprendedoras de la vertiente sur pirenaica. Siempre ha aspirado a la condición del “capital del Pirineo” y probablemente por historia y por determinados índices socioeconómicos puede ser considerada como tal. En cualquier caso, su pujante actividad como ciudad turística y una lejana vocación vinculada con los deportes de invierno le ha otorgado una personalidad reconocible en la que brotan atisbos de cosmopolitismo y un aire de pequeña ciudad burguesa que reside en su centenaria tradición comercial. La nueva y flamante pista de hielo inaugurada en 2007 es otro de los iconos de la imagen de marca que Jaca ha sabido proyectar en el exterior.

Miles de personas han elegido en las últimas décadas la ciudad o alguno de los pueblos del valle para fijar su segunda residencia. La población flotante en este territorio fluctúa los fines de semana y las fechas más señaladas del año con unos picos que multiplican exponencialmente los residentes habituales. Es el signo de una economía basada fundamentalmente en el sector servicios y anclada a la influencia determinante de las estaciones de esquí de ASTUN y CANDANCHÚ, y ARAMON Formigal en el vecino Valle de Tena.

Los servicios que ofrecen la ciudad y el valle están a la altura de urbes de mayor tamaño. Hoteles de 4, 3 y 2 estrellas, campings, turismo rural, restaurantes, comercio de gran calidad y diversidad, y una larga nómina de ofertas de ocio permiten garantizar una estancia plena en la que es posible planificar una semana sin espacio para el tedio. Los deportes de hielo y nieve representados en la pista de Jaca y en las estaciones de esquí, se complementan con el campo de golf de la urbanización Badaguás, o el parque de aventura en los árboles “El Juncaral” de Villanúa. En esta localidad se encuentra otro de los puntos de interés turístico de la zona: las cuevas de “Las Güixas”, formadas en las glaciaciones del Cuaternario.

El viajero circulará por carreteras en buen estado y dispondrá de un transporte público relativamente eficaz y solvente. Jaca se apresta a conectarse al exterior mediante autovías. Ya está con Sabiñánigo y quizá en un tiempo no muy lejano lo hará con Pamplona y Huesca. De momento los pasos y el tiempo se acortan y Jaca y el Valle de Canfranc pueden presumir de unas comunicaciones superiores a la media pirenaica. El túnel carretero del Somport, inaugurado en Canfranc en 2003, une el territorio con el otro lado de la muga después de 8 kilómetros de viaje por las entrañas del Tobazo. Es el último hito de una constante milenaria de comunicación con el otro lado del valle.  

Souad Massi, vaporosa voz argelina

La noche de hoy en Lanuza la abrirá la portentosa voz de la argelina Souad Massi, una verdadera estrella en su país y una de las cantantes más talentosas y brillantes del Magreb. Con cuatro discos a sus espaldas, Massi ha llevado la música de Argelia de raíz tradicional a un escenario contemporáneo, creando una suerte de folk rock argelino con importantes influencias del folk americano, la chanson francesa e incluso el jazz. Sus registros son diversos y su prodigiosa voz conduce su música por otros derroteros a veces inesperados como el pop o el fado portugués. Puede parecer al mismo tiempo Amália Rodrigues o la Jane Birkin de Gaisnbourg. Encuentros sorprendentes cuando su sonido se envuelve de guitarras, mandolinas y ukeleles. En su último disco, “Ô Houria” (Libertad), incorpora las colaboraciones de Francis Cabrel en la producción y Michel Françoise a la guitarra, responsables en buena medida del sonido más europeo y vaporoso del disco. Incluye duetos de una belleza conmovedora, como el que protagoniza junto al mítico Paul Weller en la canción “Let me in peace”. Souad Massi esconde tras ese aspecto frágil y contenido, una personalidad valiente y comprometida, que se alza contra los problemas políticos en su país o en defensa de la mujer argelina.

 

El espíritu de Al Andalus cierra Pirineos Sur

El flamenco nacido en Aragón y la música arábigo-andalusí establecen nuevamente territorios de entendimiento en el proyecto que lidera el guitarrista malagueño afincado en Huesca, Manuel Santiago. La veta la abrieron hace dos años el guitarrista zaragozano Alejandro Monserrat y el colectivo de músicos marroquíes Al-Baïda, también en el marco del proyecto de cooperación cultural que bajo el nombre “Miradas cruzadas/Regards Croises”, promovió Pirineos Sur en colaboración con el Festival L’Boulevard de Casablanca. Monserrat habló entonces de “un encuentro de músicos más que de músicas”, para subrayar la importancia básica que las relaciones humanas tenían en el establecimiento de diálogos interculturales. Desde esa lógica de entendimiento es más fácil explorar después los lugares comunes entre dos sociedades y sus respectivas tradiciones. Así fue como “Miradas cruzadas” logró hacer verídica y coherente la fusión de la música marroquí tradicional con el flamenco y con otras expresiones mas actuales como el reggae, rap y hip hop. Aquella experiencia de reencuentro definió un amplio espacio de colaboración y posibilidades, y una insólita gama de sonoridades.

            Manuel Santiago lidera ahora una nueva expedición por el pasado común de España y Marruecos con el objetivo de profundizar en las raíces culturales y en los lenguajes musicales. Aceptó la propuesta de Pirineos Sur como un reto cultural y personal, como una de esas aventuras artísticas que se intuyen perecederas en la trayectoria de un músico. También se ha buscado un juego de etimologías y un punto físico en la línea espacio-tiempo para determinar el origen de las catas. “Al-Baida” hacía referencia a la Zaragoza bajo dominación musulmana, que en árabe significaba, “la ciudad blanca”, como la Casablanca marroquí. El grupo que acompañará mañana a Manuel Santiago en el escenario de Lanuza se hace llamar “Alquibla”, el barrio árabe que existió en Huesca durante la Edad Media. Como se ve, no es necesario realizar contorsiones históricas para encontrar puntos de encuentro. Los tenemos en cada girón de nuestro pasado. Como explicaba en Pirineos Sur hace dos años el músico ney Mohammed Yassine, “la música siempre ha sido el punto de reunión entre España y Marruecos, tenemos las mismas raíces en la historia y en el Mediterráneo”. La convivencia de los músicos ha creado una paleta de sonidos amplia y atractiva que perfecciona el maridaje entre los ritmos flamencos y las melodías magrebíes, con incursiones en la música gnawa.

            Santiago se hace acompañar de esta Alquibla formada por tres gitanos flamencos de la inagotable cantera oscense y por otros tantos músicos marroquíes. Los de casa son lo mejor de lo mejor; todos ellos protagonistas de las aventuras musicales más inspiradas y serias que ha dado la historia del flamenco en Huesca. La voz de Raúl Giménez “el Gamba”, hermano de “Tutero” y antiguo miembro del mítico grupo “Lizana”, aporta el poderío vocal al grupo. Junto a él Javier Giménez “Teto”, guitarrista de largo recorrido que estuvo en Willy Giménez y Chanela, Lizana y ahora en el proyecto “Aramenco”, que dirigido también por Manuel Santiago fusiona la jota y el flamenco. Por último destaca el teclista Adán Giménez “Nano”, con un curriculum similar.

            La aportación marroquí es también de gran calibre. El baterista Abrahim Tekemani ya sabe de qué va la cosa puesto que participó en Al-Baïda junto a Alejandro Monserrat. Conoce las dinámicas de grupo cuando a falta de una lengua común para entenderse sólo sirve la música como vía de comunicación. Fardi Ghanna, canta y toca el bajo y el gumbiri. Sus dotes vocales son excepcionales, como pudo comprobarse en la presentación del proyecto el pasado mes de mayo en el Instituto Cervantes y en el festival L’Boulevard de Casablanca. Jamal Nouman incorpora la guitarra y el laud a la acústica del grupo.

Y como maestro de ceremonias descuella la figura de un Manuel Santiago en plenitud. El malagueño de Huesca atraviesa uno de los momentos más productivos y fértiles de su carrera, afirmación que debe situarse en el contexto de un artista que en sus más de 40 años de profesión ha trabajado con los más grandes (Camarón, Antonio Canales, Fosforito, José Mercé, Carmen Linares, Remedios Amaya…), y ha forjado su carácter como músico en la dura escuela de los tablaos y corralas. Ha exportado la guitarra flamenca en largas giras por medio mundo para acabar encontrando su espacio vital en la capital oscense, donde ejerce la docencia y agita la vida cultural con nuevos proyectos e ideas. 

La nueva Bebe

Habrá que medir el alcance del fenómeno Bebe por el ruido que precedió a la publicación de su tercer disco, “Un pokito de rocanrol”, el pasado mes de febrero. La rumorología se hacía lenguas sobre una ruptura con su pasado, sobre un cambio radical con un nuevo sonido que iba a marcar un antes y un después incluso en la música española. La prosopopeya envolvió el dictamen de unos y otros: de los que anticipaban un “suicido comercial” y de los que hablaban de un “álbum histórico”. Lo cierto es que hace muchos años que la aparición de un disco español no causaba tanta expectación ni generaba tanta literatura musical. Cuando la extremeña anticipó en concierto en noviembre del pasado año algunas de las canciones de su nuevo trabajo, la industria de la música (músicos, productores, promotores, periodistas…) ardió en un juicio público sin medias tintas; se dividieron en dos bandos de “bebistas” y “antibebistas”.

Lo que pasó en las semanas posteriores sólo se explica por la descomunal fama adquirida por Bebe desde que apareciera en la escena musical española en 2004, y por la reputación ganada entre la crítica gracias a dos discos vibrantes, comprometidos y honestos. Eran razonadas, por tanto, las expectativas que había creado la salida de su nuevo trabajo, ahora bajo la producción de Renaud Letang, un mago del estudio al que le deben su sonido y parte de su éxito artistas tan reconocidos como Manu Chao, Jane Birkin, Feist, Franz Ferdinand o Sergent García.

Pero el cambio que anunciaba Bebe fue toda una reencarnación, una reinvención plena que borró cualquier huella de su pasado musical. El periodista y crítico musical de El País, Fernando Neira,  habló de “una ruptura sumarísima” y en general las reacciones fueron de estupefacción en diferente grado. “Ha pasado un tiempo, te apetece hacer otras cosas y tu energía está de otra manera”, arguyó entonces la cantante para explicar el abisal alcance de esta catarsis que ha alterado la reconocible sonoridad de sus anteriores trabajos, la estructura de las canciones y la profundidad íntima y doliente de sus letras.

Sin duda el viraje en la carrera musical de Bebe es un gesto de valentía poco habitual en trayectorias consolidadas, más tentadas por el regazo de la continuidad que por las incomodidades de un rumbo incierto. “Un pokito de rocanrol” se ha construido sobre una piel de música electrónica con importantes bases de percusión y una atmósfera punk a la que contribuye la voz a veces desbocada y desgarrada de Bebe, sobre todo en “Qué carajo” y “KIEREME”. Hay derivas hacia otros territorios sonoros como el R&B, el reggaetón, el rap o el synthpop, estilos todos ellos nunca antes explorados por Bebe y que pertenecen a la zona de influencia del productor Letang. Éste ha señalado que desde el primer encuentro con la cantante española en su estudio de París –el mítico Studios Ferber-, encontró unas canciones “simples, modernas e inteligentes, un sentimiento latino mezclado con una cosa inglesa y electro”. La nueva Bebe evoca a otras cantantes de la factoría Letang, como la anglo-tamil M.I.A. o incluso los LCD Soundsystem. Pero incluso en esto de las comparativas, la crítica musical tampoco se ha puesto de acuerdo, lo que quizá debería hacer pensar que estamos ante un disco singular y tan personal como los anteriores de la extremeña.

Al margen de las diferentes reacciones que suscita el trabajo, es indudable que ha captado un sonido moderno y atrevido que retrata el espíritu libre de la cantante y su enorme versatilidad para plegarse a diferentes estilos y ritmos. Bebe ha querido abrir nuevos ámbitos musicales y lo ha hecho con osadía y determinación, asumiendo los riesgos de la aventura y sus posibles efectos comerciales. De la acústica sofisticada y cadenciosa de los discos grabados junto al productor Carlos Jean, ha pasado a una base rítmica agresiva y contundente sobre la que despliega fraseos de rap y riffs vocales tremendamente efectivos. Las letras han perdido ese tono de desdicha, lamento y escozor para adquirir otro más festivo, frívolo y desenfadado, acorde con el estado de excitación y felicidad que dice la cantante haber experimentado durante la grabación de “Un pokito de rocanrol”. “Este disco huele a diversión, a energía, a baile”, resumió.

El giro copernicano de Bebe retrata al personaje, ese espíritu indómito e independiente que va por libre aunque caigan chuzos de punta. En su breve trayectoria artística ha protagonizado episodios que la definen incluso más que su música y sus letras. Tras el inmenso éxito de “Pafuera telarañas” (2004) y desbordada por una fama tan repentina como abrasiva, decidió retirarse para dedicarse a su carrera de actriz junto a Julio Medem, José Luis Cuerda, Fernando Colomo y Jesús Bonilla. Cuando regresó en 2009 con su segundo disco “Y”, aseguró que “a mí se me sobrevaloro todo”, pero tanto la crítica como el público volvieron a elogiar un trabajo que era más lujurioso e introspectivo que el primero.

La inmensa reputación lograda por la cantante extremeña echó raíces en un estilo nuevo y una poética musical directa y tremendamente expresiva. La cantante ponía letra y voz a los problemas y conflictos de la gente normal, principalmente de las mujeres. Cantaba verdades como puños y lo hacía con un lirismo callejero mucho más cercano y eficaz que la retórica feminista al uso. “Malo” y “Ella” pasaron de la noche a la mañana a convertirse en himnos femeninos, precisamente en un tiempo en el que una determinada clase política hablaba de la violencia de género como “un problema de ámbito doméstico”. Bebe se convirtió en la voz de una parte muy representativa de la sociedad, que adoraba su estilo directo y su sensibilidad hacia determinadas problemáticas. Hoy sigue siendo la misma pero, además, ha encontrado el lado hedonista de la música.

"Clorofila", tecno corridos del siglo XXI

¿Podía hacerse trip hop sonando de fondo un acordeón y un bajo sexto sin caer en la verbena? ¿Podía llevarse la atmósfera de Bristol de principios de los 90 a Tijuana sin que estallara el caos en la frontera mexicana? ¿Podía mezclarse la música norteña con secuencias electrónicas sin que la cosa sonara a broma? Hace algo más de una década Nortec Collective aportó respuestas afirmativas a estas y a otras prevenciones cuando revolvieron la escena musical mexicana con su primer álbum en 2001. Panóptica (Roberto Mendoza), Bostich (Ramón Amezcúa), Hiperboreal (Pedro Gabriel Beas), Fussible (Pepe Mogt) y Clorofila (Jorge Verdín), todos ellos con proyectos independientes al margen del colectivo, conformaron  en Tijuana el núcleo original de una especie de “cooperativa de ideas” que quería explorar las posibilidades que ofrecía la fusión de la música electrónica con la norteña y la de banda sinaolense mexicana. Al mismo tiempo introducían la imagen y el diseño como piezas fundamentales de una identidad visual tan meditada e importante como la musical.

En aquellos años otros grupos ya se habían decidido a explorar el inabarcable territorio del folclore para crear nuevas texturas sonoras trasplantadas a la musicalidad del nuevo siglo. Gotan Project desde París fusionaba con gran éxito comercial el tango y la electrónica, y el Señor Coconut había forzado aún más la máquina al agitar en la misma coctelera temas de Kraftwer con cumbia y salsa. No había límites para la aventura más allá de los que imponía el buen gusto y la coherencia, demasiadas veces una frontera difusa. En esas, los fundadores de Nortec Collective dieron sustancia a una idea puramente intuitiva. La versión oficial en boca de Jorge Verdín dice que escucharon en una boda a una de las típicas bandas sinaloense de México, en la que predominan los instrumentos de viento –tubas, saxos, trombones, trompetas…-, al estilo de las grandes fanfarrias europeas. “Aquello sonaba a “Drum&Bass”, recuerda Jorge Verdín (Clorofila) con trazas de epifanía.

Ya se sabe que los músicos siempre se movilizan ante una buena idea o un brote de inspiración. Y la tentación de mezclar samplers con toda una sección de viento sinaloense ofrecía prometedoras experiencias sensoriales. Las grabaciones en estudio acabaron de confirmar las expectativas de aquel experimento embrionario, hasta entonces sólo carburante de la ensoñación de los músicos. El nuevo sonido ya siempre se conocería como “nortec”, por razones obvias. “Los acordeones, los bajos, los metales, la tuba y la percusión nos dieron el anclaje geográfico en Tijuana” afirma Verdín, quien siempre ha insistido en la obsesión del colectivo por que “Nortec” “sonara a Tijuana, sonara a México”. El grupo grabó dos vibrantes álbumes en 2001 y 2005 “The Tijuana Sessions Vol 1 y Vol 3” con una política de equipo cooperativista y asamblearia; cada miembro aportaba al colectivo sus propias canciones y la suma de ellas configuraba el disco. Aquellas sesiones de Tijuana causaron una honda conmoción en la escena electrónica mundial, cuya reacción fue entre cautivadora y displicente. En México arrasaron con unos directos electrizantes, nunca mejor dicho.

“Nortec” se disolvió en 2007 y desde entonces sus componentes han continuado grabando en solitario pero siempre con el sello “Nortec Colective” como preámbulo y etiqueta. Cada uno de ellos ha seguido realizando catas sobre la tradición mexicana pero conservando reconocible esa mixtura de música norteña y electrónica que ya han hecho universal. Los mexicanos todavía recuerdan la que montaron al alimón Bostich y Fussible en la ceremonia inaugural de los Juegos Panamericanos celebrados el pasado año en Guadalajara. No había mejor manera de mostrar al mundo el México moderno y vanguardista, alejado de los tópicos.

Jorge Verdín “Clorofila” ha sido el más activo de todos los “Nortec” y probablemente el que ha experimentado una evolución intelectual más interesante y reconocida. Ha conservado su personalidad individual y al mismo tiempo ha trabajado en el proyecto alternativo “Trémolo audio”, en una línea más lounge y soft music. Mañana presentará en Pirineos Sur las canciones de su disco “Corridos urbanos”, publicado en 2010. Se trata de un acontecimiento musical de primer orden, puesto que el músico mexicano actuará en el escenario de Sallent de Gállego con el formato más amplio de los tres que maneja en sus actuaciones. Estará acompañada de la Banda Agua Caliente con su espectacular sección de viento sinaloense, una vocalista y un videoDJ.

El directo de “Clorofila” es como un gran cabaret postmoderno, una verbena electrónica del siglo XXI en la que su responsable promueve la polifonía de ritmos orgánicos y samplers como si fuera un director futurista. Su “tablet” atestada de sonidos pregrabados dirige a este combo que suena a Tijuana pero ensambla con el espíritu presente de Massive Attack, Chemical Brothers, Bassament Jaxx, Rinoceroise, Portishead, Tricky, LCD Soundsystem, Moby y tantos otros. Jorge Verdín ha hecho un reciclaje de sonidos y como si de un proceso de deconstrucción se tratara, los ha deformado hasta convertirlos en un artificio sonoro enigmático y atmosférico.

Un producto lujoso y sofisticado parido en la frontera mexicana, en esa tierra mestiza y caliente educada en la cultura popular del corrido e impactada cada día por una violencia infinita. Como ha recordado Jorge Verdín, su concepto de la música y el estilo “nortec” “son hijos de un espacio de mestizaje, en la Tijuana mexicana profundamente influenciada por la música norteamericana y Europea”. Sólo allí podía inventarse un sonido tan mexicano pero tan moderno y global a la vez.

Manu Chao, la verbena punk

Mañana miércoles se cerrará un círculo en Pirineos Sur. Su director, Luis Calvo, había confesado coincidiendo con la XX edición celebrada el pasado año que el único artista que no había conseguido traer al auditorio de Lanuza era Manu Chao. Ya está hecho. El cantautor francés de origen español actuará mañana en el Valle de Tena como consecuencia, en recientes palabras del periodista de El País, Luis Hidalgo, “de una adecuada conjunción astral”. Porque en esta ocasión ha sido el propio Manu Chao el que ha elegido Pirineos Sur para cuadrar las fechas entre su gira francesa y un concierto en Cascais (Portugal) el pasado domingo. La fortuna del calendario ha sonreído al festival oscense.

Luis Calvo ha señalado que “Chao tenía ganas de venir hace tiempo a Pirineos Sur y ahora se han dado las condiciones para que fuera posible”. Son solo dos conciertos en nuestro país (Pirineos Sur y Porta Ferrada de Sant Feliu de Guixols); los primeros programados en mucho tiempo al margen de los que suele hacer frecuentemente de forma espontánea y casi clandestina en pequeños recintos. Con Manu Chao las cosas son así, él decide cuándo y cómo tienen que ser las cosas y  a este irreductible comportamiento se debe buena parte de su prestigio intacto. Diego Manrique dijo de él que era “el hombre más libre del negocio musical”.

Cuando Pirineos Sur echó a andar en el verano de 1992, los “Mano Negra” viajaban en el carguero Melquiades por toda Sudamérica ofreciendo conciertos gratuitos en plazas públicas con el patrocinio del gobierno francés. Aquel proyecto denominado “Cargo92” acabó con la convivencia de los miembros de la banda. En julio de ese año dieron en Buenos Aires el último concierto de su historia con la formación original. La publicación dos años después de “Casa Babylon” con el impactante “Sr. Matanza” se produjo con la banda técnicamente disuelta. En aquél tiempo la figura de su líder, Manu Chao, comenzaba a adquirir un aura mítica por su activismo social, su actitud siempre irreverente con los poderosos y sus constantes peregrinaciones por los rincones más recónditos y míseros del mundo pobre. Su estética era entonces la representación máxima de lo alternativo, su discurso un puñetazo en las conciencias y su música un festín de ska, punk, salsa, rumba, flamenco, hardcore, reggae, blues, funk y canción francesa.

Pirineos Sur crecía, se afirmaba y comenzaba a explorar territorios ignotos y culturas tradicionalmente marginadas y desconocidas. Y de algún modo el espíritu que reverberaba en la figura musical e intelectual de Manu Chao era un sincretismo de todos los valores que el festival oscense empezaba a divulgar como seña de identidad. Y ya desde entonces quedó para siempre consolidada la especie de que Pirineos Sur era a los festivales lo que Manu Chao a la música; la voz de las culturas sin voz, la música como energía y no como aditivo, y el espíritu de cooperación como horizonte. Así que sólo podía ser cuestión de tiempo que el cantante acabara tocando en un Festival que ha perfilado a lo largo de los años un tipo de público “muy de Manu Chao”.

El autor de “Próxima estación: Esperanza” ha adquirido una dimensión social que incluso ha llegado a ensombrecer su figura como músico y compositor. Como señala el periodista musical Gonzalo de la Figuera,  a raíz de la publicación en 1998 de su primer disco en solitario, “Clandestino”, el cantante hispano-francés “se convirtió en un icono alternativo cuyo alcance excedía lo puramente artístico para entrar en el peliagudo terreno de lo sociológico”. Encumbrado a la categoría de líder del inconformismo y azote de lo políticamente correcto, Manu Chao se ha situado por encima de su propia carrera musical en un estadio acomodado tan solo a los referentes generacionales.

Pese a que sus últimos discos “Radio Bemba Sound System” y “La Radiolina” no han tenido la repercusión de los primeros ni tampoco el impacto como producto musical que tuvo su etapa al frente de Mano negra, cada movimiento de Chao o cada rumor de nuevo concierto se convierten en un acontecimiento que acontece en una esfera cercana a la mitología popular. Aunque en cierta ocasión afirmó que no se sentía líder del movimiento antiglobalización ni aspiraba a ocupar ninguna vanguardia social, lo cierto es que su manera de vivir siempre en el lado más desdichado y su música tan cercana han influido en varias generaciones de jóvenes artistas que han querido ser como él, algo probadamente imposible.

Manu Chao, hijo del periodista y escritor español exiliado en París Ramón Chao, lideró junto a su hermano Antoine y su primo Santiago Casariego los míticos Mano Negra, un original grupo que en el tránsito entre los 80 y los 90 del pasado siglo alumbró un estilo musical nuevo enraizado en el punk con sonoridades multirraciales y unas letras comprometidas e ingeniosas. “Mala Vida” o “King Kong five” fueron canciones que hicieron mundialmente famoso al grupo y causaron el asombro de la crítica especializada, impactada con esa combinación efervescente de rock, ska, reggae, rumba, salsa, canción francesa y otros estilos en la misma onda. Luego llegó la consagración definitiva con la traslación al directo de esos sonidos reconvertidos en una verbena del siglo XXI de energía frenética.

La historia de Mano Negra terminó mal. En 1994 después de numerosas desavenencias entre sus miembros y algunos episodios que pertenecen ya a la leyenda del grupo, sus componentes se dispersaron por diversos caminos y Manu Chao decidió entonces emprender su carrera en solitario. Durante algún tiempo trabajó en diversos proyectos musicales como Radio Bemba, pero cuando en 1998 publicó “Clandestino”, ya lejos del mestizaje multirracial de Mano Negra, su figura musical se agrandó en una dimensión digna de estudio sociológico. Su mirada musical ya estaba puesta fundamentalmente en Sudamérica, aunque sus letras hablaban de la pobreza y de las injusticias de cualquier parte del planeta. Canciones como “Clandestino”, “Bienvenido a Tijuana”, “Bongo Bong” o “Desaparecido” mudaron de la noche a la mañana en himnos generacionales. “Próxima estación: Esperanza” consolidó en 2000 su trayectoria con canciones que mantenían el pulso y la soltura comercial, sobre todo “Me gustas tú”, en una línea de continuidad compositiva y formal.

El fenómeno global que es Manu Chao se construye sobre unas bases musicales populares y tremendamente eficaces, que parecen no agotarse debido fundamentalmente al carisma desbordante del cantante y a las letras siempre beligerantes que nutren su discurso antisistema. En este caso el mensaje es lo más importante, una agria letanía más vigente que nunca vestida con los ropajes de una música que obliga a saltar, gritar y cantar. Los conciertos de Manu Chao son de una intensidad agotadora, una descarga de punk, ska y reggae con la que solo es posible botar.