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21/07/2008
Bruce

A Sara la primera hora no le gustó. Decía que Bruce estaba entretenido en otros asuntos ajenos a la música, perdido entre los toqueteos de los privilegiados que ocuparon la primera fila del concierto. Decía que la E Street Band andaba perdida y algo torpe, descreída por el acceso mesiánico del Jefe. A Carlos a Grosem y a mi no nos convenció la argumentación de Sara. En verdad a nosotros nada nos puede convencer de lo contrario; ni la peor de la sonorizaciones posibles ni el Bruce menos inspirado. Somos militantes y como tales no admitimos ni la disidencia ni la crítica, aunque sea constructiva. No cabe el quebranto en nuestro espíritu, somos fanáticos y hasta nos ponemos un poco burros cuando alguien osa mentar el nombre de Bruce en vano. Sara lo hizo y las recibió de todos los colores. ¡qué osadía! ¡a nosotros! En "Orquesta Club Virginia" un taxista sirio aseguraba que las naranjas de su país eran mejores que las valencianas. Sus pasajeros españoles -Quique San Francisco y compañía- le destrozaron el coche embrutecidos. Bruce es nuestra naranja valenciana, más o menos.
En Barcelona este sábado el Boss exprimió todas las naranjas y el zumo que nos dio era exactamente el que le habíamos pedido. No nos decepcionó pero tampoco nos sorprendió, fue lo esperado. Pero como su oficio está en unos niveles de coherencia y calidad insuperables, cada rutina de sus conciertos es un momento extraordinario para la historia de la música. Un instante que pasa por ser tres horas de intensa emoción e iconos sonoros de nuestras vidas. En una semana he vibrado con dos tipos de 73 y 58 años; uno el rey del universo rumbero y el otro del rock contemporáneo. O me estoy haciendo muy mayor y tiendo a la nostalgia o realmente el panorama actual de la industria musical es un páramo creativo. Al igual que el eterno debate sobre la muerte de la novela, en el rock hace muchos años que todo se dejó inventado y lo que vino después fue una reinterpretación de los esquemas fijados. Sobre estas estructuras musicales se ha reinventado la industria una y otra vez a partir de maquillajes aditivos.
No hay mas que comprobar que hoy en día sólo cuatro músicos -todos ellos por encima de los 50 años- son capaces de llenar un estadio de 75.000 espectadores como el Camp Nou. Si fuera malicioso y radical optaría por pensar que en las dos últimas décadas no ha surgido nadie que merezca realmente la pena. Pero no creo que sea así. Sin embargo sí que pienso que esta cuestión biológica tiene algo que ver con la degradación del producto músical y su transformación en un bien efímero. Como he comentado en alguna otra ocasión, hasta no hace mucho la adquisición de un disco era un acontecimiento de relevancia en la trayectoria personal de cada uno. Marcaba de algún modo la trazabilidad en el proceso de construcción de la personalidad y los gustos. Ahora eso se ha relativizado hasta el punto de que los discos ya no se compran sino que se descargan algunas de sus canciones y cuando se han sobado demasiado se borran para dar paso a unas nuevas. Esas canciones, como los besos, se pierden en algún oscuro rincón del olvido.
Los dinosaurios que llenan los estadios pertenecen a un tiempo en el que la trayectoria y la solidez profesional se valoraban como un elemento indispensable para construir los mitos. Los advenedizos y oprtunistas caían por su propio peso y sólo se hacían grandes quienes realmente lo eran. Aunque el divismo es intrínseco a la música, ahora la industria comete frecuentemente el error de construir estrellas de papel que se tiran al primer signo de agotamiento. Pero mientras dura el invento estas estrellas de cartón piedra se vuelven arrogantes y pretenciosos, y se olvidan de que su profesión es la música. ¿Alguien cree que a Bruce se le ha olvidado su trabajo? Leonard Cohen y Morrisey han sido los otros dos grandes triunfadores del fin de semana en el FIb de Benicassim. Demasiada casualidad. El director de un conocido festival de música me decía recientemente que tras diecisiete años de experiencia podía asegurar que las estrellas más rutilantes eran siempre las más cercanas y normales. Los "jóvenes valores" eran los que, por el contrario, le solían tocar las narices con mil exigencias de niño consentido.
Bruce es la coherencia y el sentido de la responsabilidad. Principalmente con la música y con su público, al que le ofrece tres horas de ensueño convencido de que es lo mínimo que puede hacer por quienes han pagado una pasta por verle actuar. De nuevo en Barcelona reeditó el idilio iniciado un 21 de abril de 1981, cuando ofreció el mejor concierto de su vida, según el crítico musical Dave Marsh. Yo no soy especialmente mitómano (tiendo a imaginármelos sentados en la taza del baño como cualquier mortal), pero reconozco que Springsteen me tiene encandilado y siento por él un profundo respeto; no sólo porque me emocionan sus canciones, sino porque sigo creyendo que cree en lo que hace. Aunque Sara siga pensando que flojeó en la primera hora. Puede que sea así, pero yo no me di cuenta.
11/07/2008
Peret

Escribo desde Sallent de Gállego. Estoy trabajando en el Gabinete de Comunicación de Pirineos Sur, el festival de música que se celebra desde hace 17 años en el escenario flotante del pantano de Lanuza. Ayer se inauguró con el homenaje a Peret, el rey de la rumba catalana. A muchos puristas les sorprendió que el templo de la "world music" dedicara su primera noche al artista de Mataró, representante todavía en el subconsciente colectivo de la España de chiringuito, calimocho y verbena. Cinco minutos después de salir al escenario a nadie le quedaba duda de que la elección de la organización era un ejercicio de justicia con una de las personalidades más influyentes de la música española de las últimas décadas. En Peret han abrevado una cantidad ingente de grupos con mayor o menor fortuna; algunos (Estopa es el ejemplo más evidente), le deben la inspiración para asirse a la escena española como mercaderes de una propuesta tan callejera y popular como exitosa. Pero en verdad lo que han hecho es reinterpretar todo lo que Peret llevaba haciendo desde los años 70.
Decía Luis Calvo, director de Pirineos Sur, que la música española le debía un homenaje a Peret, un desagravio público despúés de años de desprecio y olvido. Para muchos el músico de Mataró era el representante de la España casposa que era necesario olvidar, una lastre franquista que había que lanzar al vacio en el vuelo a la modernidad que emprendió el país en los primeros años de la transición democrática. Esa injusticia estética y estilística la sufrieron también otros artistas como Alfredo Landa, ejemplares de deshecho que había que esconder como esconden las mejores familias a sus ovejas negras. Decía el crítico musical Gonzalo de la Figuera que la rumba estaba considerada "un género menor, hortera y pachanguero, un tipo de música absolutamente despreciable a los ojos de cualquier rockero enrollado e incompatible con el gusto por las guitarras eléctricas". Peret sonaba sin descanaso en ferias y autos de choque, "verbenas de fiesta mayor y discotecas playeras de la España franquista de los setenta". Ese era el Peret que conocimos muchas generaciones.
Confieso que yo era uno de los que estaba atiborrado de prejuicios respecto a Peret, como lo estoy en esta vida con tantas otras cosas por pura ignorancia. Peret tiene 73 años como mi padre, pero yo no me imagino a mi padre con ese derroche de fuerza y vitalidad que deslumbró ayer a los que estuvimos en el escenario natural de Lanuza. Al público no le movió la nostalgia, fundamentalmente porque la media de edad era de unos 25 años. Cuando Peret era el producto más exportado de la España franquista los que estaban ayer cantando todas su canciones no habían nacido. En Viña Rock, el festival de rock español más importante, el pasado año echaron del escenario al impostor Ramoncín. Este año Peret ha sido la gran estrella de la muchachada de greñas y pantalones de pitillo. La cuestión merece un análisis casi sociológico. Probablemente la única razón es que al final del día, la honestidad y la modestia acaban recibiendo sus frutos. Y las modas son esas cárceles del pensamiento que al final, por suerte, siempre se acaban derribando para dejar en libertad a los mejores. Peret es uno de ellos. José Manuel Gómez, crítico de El Mundo y especialista en rumba, afirmaba ayer que cuando vió tocar de niño la guitarra a Peret comprendió que Elvis era un advenedizo. Quizá exagere pero ilustra la admiración que de repente ha levantado en este país quien hasta no hace mucho era un apestado cultural.
Ayer Peret demostró su grandeza en Lanuza con un catálogo de genialidades que nacían de su talento y, sobre todo, de su larga vida. El resto tendremos que vivir cuatro vidas para alcanzar a ver lo que él ha visto. Un amigo me contaba anoche que coincidió con él en Zaragoza el pasado mes de octubre: "Maestro -le preguntó-, ¿todavía sigue predicando?; no amigo, -le contestó- que ya no cuela". Otro golpe de efecto. Después le presentó a su novia de 19 años. Lo espiritual no vale nada cuando lo carnal tiene tanta pujanza.
La noche caía en Lanuza y las mansas aguas del pantano pasaron a ser cristal, un espejo en el que se reflejaba la luna y las cumbres del valle. Me imagino que en una tarde como ésta hace casi dieciocho años Luis Calvo y compañía decidieron que éste era el lugar idóneo para inventarse un festival. Me los imagino sentados en la ladera junto a las casas espaldadas de Lanuza en plena ensoñación, ensimismados con La Foratata a la derecha y el agua en los pies. Me los imagino buscando las claves racionales para explicar semejante desvarío, vistiendo de sentido el sinsentido de un proyecto cultural que a principios de los noventa necesitaba los arrestos de un explorador insensato e inconsciente. Así quiero imaginar que nació y así cumplirá el próximo año 18 años. Bendita mayoría de edad.
La foto es de Pilar Hurtado.
30/05/2008
Erykah

Llevo unas semanas escuchando casi exclusivamente el último disco de Erykah Badu, “New Amerykah”. Me suele ocurrir siempre: exprimo un CD hasta el agotamiento de manera excluyente, sin compasión hacia el resto de mi discoteca. Después, cuando la cosa no da más de sí, cuando amanece el aburrimiento, me entrego perdidamente a un nuevo disco y así sucesivamente. Luego pasan los meses y a veces hasta los años y redescubro con arrobo aquellos fogonazos deslumbrantes que en su día me habían obnubilado. Estas historias de amor y desamor con la música son fascinantes porque tienen algo del complejo dédalo de las relaciones humanas. Los reencuentros reviven los pasados felices y refuerzan la vigencia de unas sensaciones cautivas. No hay nada más redentor que la música.
Se suele otorgar con demasiada ligereza la condición de “nueva reina del soul” a toda cantante de color que irrumpe en el panorama musical con característica voz desgarradora (cargada de matices cromáticos se entiende), remedo de Aretha y Ella; epígono estético de Billie y Diana; y todo ello bañado en algo de almíbar y un poco de ron para que el mejunje resulte más auténtico. Pero en los últimos veinte años ninguna de esas promesas pregonadas ha culminado el proyecto para el que fue creada. ¿Alguien se acuerda de Lauryn Hill? ¿Qué fue de la frágil Whitney? ¿Y Macy Gray? Tampoco la fútil Shola Ama aguantó el empuje irreverente de las leyendas de la Motown. Ahora la convulsa Amy Winehouse se despereza en un memorable empacho de soul de manual y la aditiva Duffy empuja melancólica el personaje que le han adjudicado. Ninguna progresará.
Erykah Badu (su verdadero nombre es Erica Wright) es la única. Inimitable e irrepetible. La tejana se curtió en los primeros ensayos serios del hip hop con formaciones que ya son clásicas como The Roots o Arrested Development. En esos tiempos maleó el hormigón con el que construyó las sólidas bases de un discurso filosófico y existencial que nada tiene que ver con la tradición inocua de la factoría de Detroit. Ese fue su primer éxito.
Erykah forjó una personalidad propia y diseñó una estética y unos códigos de conducta refractarios de los modos burgueses y banales de Berry Gordy, el magnate de Tamla. Por lo tanto, era digna sucesora de las grandes divas del soul pero su compromiso iba mucho más allá que el de ser simple heredera de un legado cultural formidable. Erykah podía ser lo que fueron ellas pero nunca sería como ellas. Tenía suficiente personalidad y carácter para romper las estrictas normas de consumo.
El soul y el funky son probablemente los territorios más encorsetados de la música. La tiranía de los productores y su desproporcionada influencia en el producto final han menguado talentos impresionantes y han magnificado terribles fraudes. Sólo Marvin Gaye en 1971 logró romper esa esclavitud estilística cuando creó “What’s going on”. Hasta entonces y, por desgracia, después de aquella extraordinaria excepción, los cantantes y sus canciones fueron lo que quisieron sus productores. Eran tan sólo un producto de consumo envuelto en una instrumentación de ensueño.
Erykah Badu publicó en 1997 su primer disco, “Baduizm”, un conjunto de espléndidas canciones rodeadas de una atmósfera de jazz y soul que proyectaba todo el espacio de sus influencias musicales. Ese mismo año editó un disco en directo “Live”, que pasa por ser una de las más sofisticadas grabaciones de las últimas décadas. Hay momentos de ese concierto en los que el público entra en una especie de éxtasis colectivo que recuerda los efectos devastadores que provocaba Marvin Gaye o Sam Cooke en sus directos. La leyenda dice que eran capaces de provocar el orgasmo en algunas mujeres sólo con su voz. En los discos estas cosas no se ven, ya se sabe, pero podrían intuirse con algo de atención. El momento culminante es “Stay”, pero también es fascinante el guiño al estándar por excelencia del jazz: “So what” de Miles Davis. “New Amerykah”, el disco que acaba de publicar, es un cortocircuito de sensaciones. Erykah es capaz de cantar con voz de terciopelo en ese registro de diva del jazz y rasgar con la zarpa de un felino cuando se lanza por la senda de Sly Stone. Hay suaves melodías deudoras del espíritu de la Motown y carpetazos de hip hop, herencia directa de los tiempos de Arrested Development. Todo el disco es una exuberante muestra de poderío y talento que huye de la impostada estética de la música negra más comercial y agresiva. No hay ni cadenas de oro ni ese forzado rictus de clase marginada. Erykah lleva encima todo el peso de la leyenda del soul y lo sabe. Sabe que ella es la única reina, la auténtica.
25/05/2008
Sabino

Loquillo acaba de publicar nuevo disco en solitario y Sabino Méndez ha vuelto a escribir buena parte de sus canciones, como ocurrió hasta que en 1989 se tiraron los trastos y protagonizaron uno de los choques de trenes más devastadores de la historia del rock español. “Balmoral” es un excelente disco pero la noticia es que Sabino ha vuelto con el Loco. En 2005 se produjo el primer acercamiento cuando Loquillo y Trogloditas grabaron en Bilbao un directo para reeditar con EMI el “A por ellos...”, aquel mítico doble que forma parte de la leyenda musical de este país. Sabino volvió a subirse al escenario con ellos y de nuevo tocó su guitarra. Ese disco del 89 fue la cima de popularidad de Loquillo y la traca que encendió el fuego de un odio entonces irreconciliable. Incluso en aquella portada estaban todos menos Sabino.
En las cajas en las que conservo desde hace años recortes de prensa, artículos que en su día me parecieron interesantes o periódicos de fechas señaladas, guardo un artículo que escribió Sabino Méndez en 1989 en la desaparecida revista musical Boggie. Era el anuncio de su ruptura definitiva con Loquillo. Lo titulaba “El escenario está donde tú quieras”. Lo he ido a buscar hoy a esas cajas y después de hurgar durante un buen puñado de minutos lo he encontrado. Su inconfundible tono amarillento le delata. Llevaba escondido en esa caja casi 20 años.. Estaba junto a un ejemplar de El País del día que cayó el Muro de Berlín, otro del golpe de estado en la antigua URSS en 1991 que supuso el fin de la era Gorbachov y la irrupción de Yeltsin; guardaba otro de la inauguración de los JJOO de Barcelona, uno más con el fusilamiento de los Ceausescu en Rumanía en 1989... casi dos décadas de historia concentradas en trozos acartonados de papel amarillo de periódico.
No sé por qué guardé en su día ese artículo de Sabino. Recuerdo que me enganchó su sinceridad y su honestidad. Se iba del circo sin rajar, sin caer en la tentación de verter “toneladas de mierda sobre José María Sanz”. Había una poderosa razón que se imponía sobre el resto: “Loquillo y Los Trogloditas cada día eran más Loquillo y menos Trogloditas”. Fue su elegante forma de anunciar que ya no aguantaba más la soberbia y prepotencia del Loco, su manera de entender el negocio y su tendencia a oscurecer con su alargada sombra el brillo de los que le rodeaban. Sabino es el compositor de algunas de las mejores canciones del rock español. “Cadillac Solitario”, “El Rompeolas”, “El ritmo del garage” o “Rock and Roll Star” son muchos de los sonidos que gravitaron en nuestra adolescencia y nos proporcionaron los primeros referentes musicales. Cuando éramos los mejores, o creíamos serlo en pleno atracón adolescente, como me recordaba el otro día mi amigo Enrique. Para nosotros esas canciones fueron de Loquillo pero en realidad eran de Sabino. Siempre admiré esa discreta generosidad del compositor y su convencida condición de subalterno de la estrella.
Sabino decía en aquél artículo respecto a Loquillo que “tenemos un montón de criterios divergentes sobre multitud de cosas, pero siempre agradeceré a quien corresponda los ocho años tan divertidos que he pasado junto a él. Han sido muchos buenos momentos y nos complementábamos bien. Sé que Loquillo es muy odiado en ciertos ambientes por su especial idiosincrasia y no pienso darles munición a sus detractores. Creo que El Loco ha sido realmente importante para la música de este país y me enorgullezco de haber viajado junto a él”. Aun hoy me sigue admirando la elegancia verbal de su despedida, cuando otros en sus misma situación hubieran tirado de rodillo para machacar el mito odiado. Sabino no lo hizo, y es posible que por esa razón decidiera guardar hace 19 años su artículo, porque pensé entonces que algún día me serviría esa lección de honestidad e integridad en parecidas circunstancias.
Sabino no sólo hablaba de su marcha de Trogloditas. Los 80 se iban también y eran tiempos de reflexión ante lo que venía. Entonces ya lamentaba que la música popular no estaba en su mejor momento. “Esto de los grupos que empezamos en los ochenta ya ha llegado a un extremo desmesurado. Las presiones de la industria y del mercantilismo están llegando a extremos insoportables. La creación ya no es creación, sino masificación. Hay que hacer un disco al año para garantizarse las galas veraniegas”. Eso le escribía Sabino en 1989, cuando ni siquiera podía sospechar que no muy tarde llegaría internet y después O.T.
No sé si hay que leer con nostalgia estas líneas. Al fin y al cabo, de ellas nuevamente se deduce que cualquier tiempo pasado no fue mejor. Vivimos en un eterno bucle. El pasado miércoles en el programa “La Ventana” de Gemma Nierga se reunieron Loquillo, Jaime Urrutia y Ariel Rot para conversar en el fantástico espacio semanal que tienen estos dos últimos. Tanta concentración de talento no podía decepcionar; y no lo hizo. El Loco habló de su reconciliación con Sabino y lo resumió con una frase cautivadora: “nos reunió la nostalgia. Necesitábamos saber que podemos seguir contando con los amigos de siempre, que son con los que hemos crecido”. Uuuffff
04/05/2008
Minutos musicales
Voy a estar una semana fuera por motivos profesionales. Dudo de que encuentre tiempo para publicar algún post, así que en un gesto mezcla de previsión y vagancia, os dejo con unos minutos musicales (una canción para cada día de la semana), como si fuera la Carta de Ajuste: "estamos a la espera de recuperar la señal...". Son algunas de las cosas que me siguen haciendo vibrar exactamente igual que la primera vez que las escuché. Va por vosotros... y también por mi.
Lunes
Frank Sinatra
"I’ve got you under my skin"
Martes
Miles Davis & John Coltrane
"So what"
Miércoles
Ella Fitgerald
"Misty"
Jueves
Rolling Stones
"Fool to cry"
Viernes
Massive Attack
"Unfinished simpathy"
28/04/2008
Discos

Me gustó por su clarividencia el artículo publicado hace una semana por el crítico musical Diego Manrique en El País. Yo, que nunca me he descargado una canción de internet y que sigo asistiendo ingenuamente a la compra de un CD como un acontecimiento de gran significado personal, comparto la crítica hacia esa hipocresía general que alimenta la crisis de la industria musical. Pienso que todos tienen (tenemos) nuestra cuota de culpa circunscrita casi siempre a pequeños gestos profundamente delatores. Desde los grandes magnates de las discográficas hasta el último consumidor de ese producto cultural que es la música, todos achican agua con cubos de plástico en un barco bombardeado en su línea de flotación. Nadie cree en lo que está haciendo pero nadie para.
El pasado sábado se celebraba en Estados Unidos y Canadá el Día de la Tienda de Discos. De las tiendas independientes, naturalmente, no se trataba de las cadenas que venden pocas referencias (o que obligan, caso de Wal-Mart, a fabricar discos censurados que no polucionen los oídos de esos clientes que se la cogen con papel de fumar). Se pretendía destacar el papel social de esas tiendas llevadas por gente que ama la música, gente que cuida de personas aquejadas de la misma enfermedad.
Cuentan que fue una gran fiesta, con conciertos de pequeño formato, presencia de superestrellas (¡Metallica charlando con sus beligerantes fans en una tienda californiana!), ediciones especiales a la venta solamente durante el sábado, regalitos, sesiones de DJ a cargo de algunos ilustres clientes. Una celebración urgente: sólo en EE UU, han desaparecido más de tres mil puntos de venta en los últimos cinco años. En España, no tenemos estadísticas fiables pero la situación luce catastrófica.
Las causas son bien conocidas. En su inefable ceguera, las discográficas penalizan a las tiendas modestas, bien con condiciones onerosas o bien favoreciendo a los grandes comercios. Aunque el mayor enemigo, sin duda, son las descargas: Internet hace prodigios por la difusión de la música, pero está resultando fatal para los minoristas del disco. Lo siento: la excusa habitual de "me lo bajo y, si me gusta, me compro el CD" no casa con el descenso de ventas y la consiguiente ola de cierres.
Aquí, algo semejante sería difícil de materializar: las compañías desprecian a las tiendas pequeñas ("pagan mal...hacen pedidos ridículos"). Además, nuestras estrellas no compran discos, como si el acudir a una tienda de música fuera síntoma de falta de inspiración (curioso: nuestros astros van a las librerías, convencidos de que adquirir un tomo de Paulo Coelho les proporciona caché). Su insensibilidad al respecto resulta apabullante. Hace unos años, entrevisté a ese cantante que va de tipo humilde. Me explicaba muy convencido que detestaba los centros comerciales, los grandes almacenes, las cadenas: "Lo mío son las tiendecillas de barrio". Dado que controla muy de cerca todo lo que se hace con su producto, le pregunté inocentemente si se ocupaba de que las tiendecillas pudieran despachar sus discos a precio competitivo. Su confusión parecía genuina: "No... yo no me puedo meter en esas cosas... Podría enfadarse El Corte Inglés".
Entre todos la mataban y ella sola se moría. En España se alza un coro de plañideras cuando los cines caen ante las fuerzas inmobiliarias. Y si echa el cierre una librería emblemática en cualquier ciudad, el escándalo siempre es general. Sin embargo, dejó de funcionar Discoplay y no he visto el más mínimo reflejo en la prensa. Discoplay, que nació como tienda cara al público en la Gran Vía madrileña, se recicló en servicio de venta por correo y, a lo largo de sus treinta años de vida, hizo más por la difusión de la cultura que algunos ministros del ramo.
En realidad, las tiendas de discos son focos musicales, puntos de encuentro, nudos del tejido cultural. Como tales, deberían ser mínimamente protegidos, aunque sólo fuera para evitar la homogeneización del paisaje urbano, invadido por los Zara y los Starbucks. Me adelanto a las objeciones. Acepto que las disquerías no siempre son lugares acogedores: abundan los dependientes impertinentes, al estilo de Jack Black en Alta fidelidad, por no hablar de los tenderos demasiado cool. Y tampoco deben ser necesariamente lugares diminutos. Para muchos, entre los que me cuento, hay pocos recintos más sagrados que los tres establecimientos de Amoeba en California, hangares donde caben todas las músicas: aparte del stock profundo, cumplen las reglas de los precios moderados y los empleados eruditos; ellos editan incluso un fanzine donde comparten sus hallazgos. Como debe de ser.
04/03/2008
What's going on

Me gusta recrearme con el hecho de que nací el mismo año en que Marvin Gaye publicó “What’s going on”; 1971. Será una veleidad adolescente pero me divierte fomentar esta casualidad y pensar que mientras yo pedaleaba en el útero de mi madre un tipo estaba a punto de cambiar el curso de la historia de la música en el lejano Detroit.
Para muchos, entre los que me encuentro, éste es uno de los mejores discos de todos los tiempos e incluso sería capaz de aseverar según qué días que indiscutiblemente es el mejor. No sólo por su valor musical sino por su repercusión en todo lo que vendría después.
“What’s going on” sigue siendo hoy uno de los discos más influyentes y analizados de toda la historia, un álbum conceptual que transformó para siempre la vida de su autor y marcó una gruesa línea entre su pasado almibarado y su futuro comprometido y combativo.
Marvin Gaye llevaba varios años triunfando como uno de los valores más seguros y rentables de la mítica Tamla Motown, dirigida por el ambicioso Berry Gordy, un personaje de fino olfato y certeras intuiciones. Gaye aspiraba a rivalizar con Sinatra o Nat King Cole pero se quedó en representante de una generación que suspiraba con sus inolvidables y fogosos duetos románticos que sublimaban su imagen de soulman; Mary Wells, Kim Weston y, sobre todo, Tammi Terrel, con quien firmaría el hermoso “Ain’t No Mountain High Enough”.
Pero mientras la factoría de Gordy producía decenas de singles que inundaban los primeros puestos de las listas de discos, en Estados Unidos estaban pasando muchas cosas. El país estaba inmerso en la guerra de Vietnam, Nixon gobernaba en Washington, los derechos civiles movilizaban a la población de color, las drogas causaban estragos en el otoño de la revolución hippie y el deterioro ambiental comenzaba a levantar conciencias. Estados Unidos había perdido la inocencia definitivamente y el soul vitamínico de letras intrascendentes de la Tamla era un duro contraste.
Marvin Gaye, un personaje marcado por una dura infancia –su padre lo educó con mano de hierro-, y eternamente insatisfecho sintió que se agotaba el producto musical que representó con solvencia durante los 60 y comenzó a explorar nuevos trayectos. Envuelto en brumas y cerca del abismo artístico, Gaye se lanzó a trabajar en el que sería el primer álbum sobre el que tendría un control absoluto.
Abandonó el discurso estilístico de la Motown y se adentró en las alcantarillas de una sociedad que tenía serios problemas. Así nació un disco íntimo que era fiel reflejo del signo de los tiempos: política, esclavitud, guerra drogas… con “What’s going on” el soul dejó atrás la plácida adolescencia y maduró de la noche a la mañana. Fue el primer disco conceptual que abordó sin complejos las miserias de una sociedad convulsa y desconcertada.
Tal fue el impacto en la factoría de Detroit que Berry Gordy se negó a editar el LP porque lo consideraba excesivamente político y escasamente comercial. Probalemente le preocupaba más la segunda razón. Pero Gaye se hizo fuerte y se negó a aceptar cualquier condición que limitara su caudal creativo. Gordy aceptó que se publicara como anticipo el single “What’s going on”. Fue uno de los mayores éxitos comerciales de la historia de la compañía.
El LP vio la luz en abril de 1971. Producido por el propio Gaye, sus maravillosas orquestaciones, la sensual cadencia de sus ritmos, los lujosos saxos y la voz en plena madurez de Marvin lo convirtieron de inmediato en un acontecimiento musical. Nada volvería a ser igual. Stevie Wonder, Curtis Mayfield, Michael Jackson, Prince… todos son hijos de “What’s going on”.
37 años después Estados Unidos tiene otra guerra y un negro aspira a ser presidente del país.
“Padre, padre, no necesitamos ascender. Verás que la guerra no es la respuesta. Sólo el amor puede conquistar el odio. Sabes que tenemos que encontrar una manera para atraer el amor hoy. Piquetes y pancartas, no me castigues papa con brutalidad, ven, háblame para que tú veas lo que está pasando”.
What’s going on
19/02/2008
Sephira

Ayer llegó Karen, la divertida mujer de Tony, mi cuñado. Ella es irlandesa y, por lo tanto, amante de las conversaciones interminables, el buen vino y la diversión. Los irlandeses y los españoles nos parecemos mucho, aunque sigo envidiando de ellos que tuvieran a Phill Lynot, Gary Moore, los primeros U2, Sinead O’Conor y tantos otros. Estuve en Dublín en diciembre de 2005 y por razones laborales tuve el privilegio de asistir en directo a un concierto privado del terceto Sephira, una maravillosa formación compuesta por la vocalista y violinista Joyce Oleary, su hermana Ruth Oleary y el pianista Colm Henry.
Varados en la mejor tradición musical irlandesa, su sonido de formación académica se enreda entre voces angelicales y el fondo aterciopelado de unos violines que no suenan; susurran y acarician. La belleza melancólica, casi gótica, de las dos hermanas provocó un efecto hipnótico entre los que aisistíamos embelesados al hallazgo. Parecían pintadas por Modigliani. Sephira es la auténtica expresión de lo exquisito, me temo que lo que alguna vez pretendieron sólo en su ensoñación otros irlandeses y otras hermanas, The Corrs. Nada que ver, salvo la belleza de ellas.
Ayer volvimos a escuchar a Sephira en honor de Karen.
15/02/2008
Premios

Herbie Hancock ha sido el gran triunfador de la última edición de los Grammy. Una de las últimas leyendas vivas del jazz acumula los premios más importantes (mejor disco del año) del galardón más comercial, previsible, superfluo y convencional de la industria musical. Sería una excelente noticia si los premios significaran algo, pero detrás de esa aureola de prestigio no hay más que combustible para el ego, que es la máquina que alimenta el mundo de la creación. Y dinero, más dinero.
Hace tiempo que no creo en los premios; en ninguno de ellos. Siempre he pensado que el oscuro secreto que guía a algunos de sus promotores es ser ellos mismos los receptores algún día de su criatura. Así se cierra el círculo y todos estamos contentos. Tranquilo muchachos que habrá para todos. Los premios Nobel sirven para poner a prueba nuestra culturilla general, sobre todo los de Literatura y la Paz, que son los únicos en los que todo el mundo tiene opinión aunque no se sepa de qué se está opinando. Lo de economía o ciencia es un rollo que a nadie interesa, claro está.
Reinterpretando a Groucho diría aquello de que no puedo aceptar unos premios que nunca premiaron a Lorca o Machado, por poner ejemplos cercanos. Y aquí, lo siento, soy intransigente. La reciente apertura de los archivos de la academia sueca ha puesto al descubierto la zafiedad oportunista de los criterios manejados por los académicos en sus deliberaciones. Escribes bien pero hablas demasiado; me gusta cómo escribes pero no cómo piensas… así que no hay nada que hacer. Qué pena, si a éste no lo hubieran fusilado por maricón y rojo igual le hubiéramos premiado… pero ya es demasiado tarde.
Pero parece que estamos subidos en una corriente en la que lo propio y recomendable es conjeturar sobre los premios como si fuéramos alquimistas de la incertidumbre y lo arbitrario. Nos gusta especular con las especulaciones de los jurados y nos encanta todavía más hacer esas quinielas que sólo sirven para alimentar los mitos sobre los que se han construido tantos premios que sólo tienen piel; no hay ni vísceras ni pulmones y muchos menos corazón.
¿Alguien sabe de dónde procede el supuesto prestigio internacional de los premios Príncipe de Asturias? A estas alturas ya parece algo incuestionable pero yo creo que fuera de aquí pasan desapercibidos. En este país todos los medios de comunicación ya sólo se refieren a ellos con la concesión previa de esa categoría que, a mi entender, debe de usarse con infinita prudencia. Eduardo Haro Tecglen hace tiempo recordaba que era muy español lo de pasarse en los elogios, casi tanto como en las críticas. Cuando leía que una obra de teatro había triunfado “de forma memorable y unánime” en su primera representación fuera del país, él solía acudir a la prensa de ese país extranjero para comprobar que o pasaba desapercibida o sólo era objeto de escarnio. Y en todo esto los medios tienen buena culpa. Se otorga el dogma de la infabilidad al desconocido jurado de turno que toma decisiones, supongo, con criterios arbitrarios y subjetivos influídos por cómo se ha levantado ese día..
La tentación es libre pero me niego a seguir el juego. Los Goya son el esperpento versión hispana con su punto rancio y kitsch. Hay premios para todos, y si no nos ha dado la gana darte uno no te preocupes que cuando estés a punto de morir nos inventaremos otro para tapar todos los feos que te hemos hecho en vida. ¡Será por premios! Y los Oscar… ahí reconozco que lo tengo más difícil. Nunca he visto una gala de entrega por la televisión; suelo dormirme demasiado pronto y me aburre tanto esa liturgia de agradecimientos y falsas pulsiones que azuza mi pereza congénita. Pero, lo dicho, aquí juego en campo contrario y no poseo el balón.
A Elia Kazan le dieron un Oscar honorífico a toda su carrera, incluida supongo su etapa de confidente y dedo acusatorio de sus compañeros en la peor etapa del macarthismo. Pero era lo políticamente correcto y para eso los americanos no tienen pudor. No los tuvieron tampoco para loar a Nixon el día de su muerte, banalizando casi el episodio de su dimisión como consecuencia del pequeño desliz del Watergate. Una chiquillada.
Perdón por la digresión. Hablaba de Kazan pero quería hablar también de Clint Estwood, premiado por la menor “Million Dollar Baby” en compensación por la huérfana y excelsa “Mistyc River”. A eso me refiero, a la injusticia histórica de los premios, a la falsa apariencia de objetividad y rigor cuando lo que se lleva entre manos es el poder de decidir y manipular, de ensalzar y de humillar, de conceder y negar, de premiar y de castigar. Las trayectorias quedan supeditadas al momento, encapsulado en una suerte de gloria efímera que congela la parte por el todo. Hay tantos castigos históricos como reconocimientos memorablemente injustificados en la trayectoria de los Oscar. El premio como medio, no como fin.
Quizá el único honesto sea el Planeta. El que se presenta lo hace por la pasta y el que gana no hay duda de que exulta de alegría por los 100 millones de pesetas (50 después de impuestos) que le han tocado. No hay imposturas ni falsa retórica. Lo del prestigio y el honor está muy bien pero 100 kilos son 100 kilos. Así que volviendo a los Grammy de este año, uno que adora el jazz asiste indiferente al premio al mejor álbum del año que ha recibido Hancock por su excelente revisión de la obra de la canadiense Joni Mitchell en “River: The Joni Letters”. Pero inevitablemente el premio es sospechoso. Desde el memorable y lejano encuentro entre Stan Getz y Astrud Gilberto no se había vuelto a premiar un disco de jazz fuera de su categoría. Ahora le toca al autor del magistral “Maiden Voyage” con un disco que ni de lejos es el mejor de su trayectoria. Justicia a medias. Supongo que alguien habrá tocado arrebato y se habrá convenido que era necesario abrir la ventana para que entrara aire fresco; para volverla a cerrar de inmediato por si alguien se enfría. No es bueno cuestionar la industria ni experimentar demasiado. En 2009 seguro que volveremos por donde solíamos transitar: U2, Santana, Madonna, Beyoncé… en su estertor camuflados como lo más “cool” del momento.
Por cierto, ha muerto Henri Salvador. Hasta siempre maestro.

