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09/06/2008

El mito

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Al final nos hemos decidido a reeditar "Canfranc. El Mito", el libro que publicamos en 2005 sobre la historia de la línea ferroviaria y la estación internacional. Se agotó en apenas cuatro meses y desde entonces han sido constantes las peticiones de adquisición procedentes de todo el país e incluso de Sudamérica, donde es sorprendente el conocimiento que se tiene del Canfranc. El libro lo presentaremos el próximo 18 de julio en el Hotel Santa Cristina de Somport, coincidiendo con el 80 aniversario de la inauguración de la línea. Creo que no podía ser mejor día para presentar la segunda edición. La fecha se las trae. El destino (y una pandilla de miltares) quiso que ese 18 de julio, que el periódico zaragozano El Noticiero bautizó como "San Canfranc", pasara a ser ocho años después el símbolo del alzamiento nacional y el día del inicio del horror. En Canfranc el 18 de julio era la representación de la vida, una exaltación festiva; la estación dio origen al poblado de Arañones y como en las historias épicas del viejo Oeste americano, el tren llegó para instalar el progreso y la modernidad. Un contraste terrible con el triste significado que tiene para la mayoría de españoles.

Este solapamiento de "emotividades" creó no pocas suspicacias en los años de la transición. De hecho, los primeros ayuntamientos democráticos de Canfranc, arrastrados por esa necesaria corriente depurativa que quería limpiar las miasmas de la memoria franquista, decidieron trasladar la fecha de las fiestas para que nadie dudara de su sentido y oportunidad. En esa entendible esquizofrenia ideológica, donde la sospecha tenía el peso de la certeza, el 18 de julio desapareció del calendario sentimental de los canfranqueses, pese a que ellos sabían bien que aquél día de 1928 un tren les apeó en la estación de la esperanza. Esperanza, bien es verdad, que pronto se tranformó en la mayor de las frustraciones que ha experimentado esta tierra en el último siglo.

80 años después la estación de Canfranc está en pleno proceso de rehabilitación para su conversión en un hotel de cinco estrellas. El majestuoso edificio diseñado por el ingeniero Ramírez Dampierre nunca volverá a recibir un tren, pero al menos ahora sabemos que tampoco correrá el riesgo de hundirse; hipótesis muy real hasta no hace mucho. En otoño desaparecerá el enorme andamio que ahora cubre la estructura del edificio y entonces podremos ver el resultado de la primera fase de su restauración. Pero aún tendrán que pasar algunos años más para que el inmueble vuelva a tener un uso definido y desaparezcan los vacíos y los silencios. 

El Canfranc nunca ha tenido buena suerte. Incluso ahora, cuando por fin las administraciones se deciden a frenar su vergonzoso deterioro, la crisis económica jugará seguramente a medio plazo en contra de sus intereses. La restauración del edificio la pagará el Gobierno de Aragón con las plusvalías que le genere la urbanización y construcción de la inmensa playa de vías que se extiende en el lado francés. El parón del sector inmobiliario va a afectar directamente a las vías de financiación del proyecto. A mi me sigue sorprendiendo la tibieza de los apoyos que recibe el Canfranc en contraste con otros proyectos que se han desarrollado en Aragón en los últimos años. Si el ferrocarril pertenece al territorio de los símbolos y sobre él se construyó el discurso autonomista en los años de la transición, cómo es posible que cueste tanto dignificarlo. ¿No está en juego nuestra propia dignificación como sociedad? Yo creo que si.

09/06/2008 10:00 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas No hay comentarios. Comentar.

19/05/2008

En Zaragoza

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El pasado viernes, como os había anunciado con impertinente insistencia, presentamos en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza nuestro libro "Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca. 1923-1936". Más de media entrada y muchos amigos y caras conocidas. Permitidme que agradezca la presencia del Delegado del Gobierno en Aragón, Javier Fernández, que aceptó sin dudarlo nuestra invitación para que introdujera el acto. Javier es un viejo conocido. Mucho antes de que entrara en política ya había compartido con nosotros en Jaca algún acto cultural y había presentado alguno de sus libros en nuestra librería. Pero eso fue ya hace mucho tiempo. Con todo lo que ha llovido y lo que han cambiado nuestra vidas (sobre todo la suya), sigue respondiendo a nuestras llamadas igual que entonces. Es de agradecer. Javier es historiador, abogado y militar. En su primera faceta se especializó en la violencia política de la primera mitad del siglo XX, precisamente el argumento que sirve de base a nuestro libro sobre el fotógrafo Alfonso.

En Zaragoza el viernes volvimos a recordar algunas anécdotas que siempre resultan divertidas, aunque tienen un trasfondo inquietante. Hace dos años, cuando celebramos con el Círculo Republicano de Jaca el 75 aniversario de la sublevación, le invitamos a que participara en una de las mesas redondas. Él, como siempre, aceptó gustoso. El diario La Razón, siempre preocupado por defender las escencias patrias, polemizó con el asunto y publicó una noticia en la que denunciaba que el Delegado del Gobierno socialista en Aragón defendía la III República en una jornadas que se iban a organizar en Jaca. Pese a la polvoreda y las perversas intenciones del periódico madrileño, Javier no rebló y mantuvo su compromiso de acudir a las jornadas. Este viernes hablamos también de la Ley de Memoria Histórica, de su importancia para cerrar las heridas todavía abiertas en este país y hacer justicia con los que sufrieron en silencio la represión franquista. Un tema recurrente que parece ahora lejano y olvidado, uno de esos asuntos de vida efímera que pueblan las páginas de la prensa diaria. Pero ocurrió hace escasos meses, cuando el juego político nos situaba al borde del abismo guerracivilista, según decían. 

19/05/2008 16:48 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas No hay comentarios. Comentar.

12/05/2008

Más Alfonso

El próximo viernes 16 de mayo a las 19.30 horas presentaremos en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza (Pº Independencia) el libro "Los años convulsos" del historiador Juan José Oña. Ya os he informado sobradamente de la publicación de este hermoso volumen en el que recuperamos la figura del fotógrafo madrileño Alfonso, que cubrió como enviado especial de los diarios La Voz y El Sol la sublevación republicana de los capitanes Galán y García Hernández en diciembre de 1930 en Jaca. Hace dos semanas Antón Castro dedicó en su programa "Borradores" (Aragón TV), un amplio espacio al libro y abrió la entrevista con un excelente montaje de la realizadora oscense Yolanda Liesa, en el que se recrea con las fotografías de Alfonso y consigue transmitir toda la intensidad y turbulencia de aquellas históricas jornadas. Son dos minutos que resumen a la perfección lo que es el libro, no son necesarias más explicaciones. Nos vemos el viernes.

12/05/2008 12:43 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas No hay comentarios. Comentar.

01/05/2008

Borradores

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“Borradores” recibe al periodista y editor Juan Gavasa, al escritor Fernando Lalana. Amancio Prada y a la actriz Lola Dueñas también conversarán con Antón Castro acerca de sus nuevos trabajos y proyectos. "Borradores" recibe en el estudio al grupo Eraje, una banda de folk-fussion, que interpretará dos temas de su último disco: “Extravagante”, grabado en 2007

Acuden al plató el periodista y editor Juan Gavasa, responsable del sello Pirineum que acaba de editar “Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca (1923-1936)”, que ha preparado el historiador Juan José Oña. El libro es realmente espectacular y recupera un espléndido material gráfico de este gran reportero madrileño, vinculado a la dictadura de Primo de Rivera, las ejecuciones de Galán y García Hernández y la proclamación de la II República. También visitará “Borradores” el escritor Fernando Lalana, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, que acaba de publicar el libro “1808. Los cañones de Zaragoza” (Alfaguara), escrito al alimón con José María Almárcegui.

Antón Castro, en "Borradores", nos ofrece una extensa entrevista con Amancio Prada, que acaba de publicar dos discos: uno sobre San Juan de la Cruz, grabado en la iglesia de los Jerónimos, y “Vida de Artista”, su homenaje particular al cantautor y compositor francés Leo Ferré; emite un reportaje sobre “Cosas del Surrealismo”, la gran exposición de diseño, moda, publicidad y arte surrealista que se expone en el Museo Guggenheim de Bilbao patrocinada por el BBV. Finalmente, Antón Castro conversa con la actriz Lola Dueñas, acerca de su trayectoria y de sus colaboraciones con Nacho García Velilla, Pedro Almodóvar y Alejandro Amenábar.

"Borradores" se emite el jueves a las 23:20 horas.

 

01/05/2008 11:49 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas Hay 4 comentarios.

30/04/2008

Defensa

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He comenzado a leer el último libro del escritor italiano Alessandro Baricco. Se trata de un ensayo titulado "Los bárbaros" en el que recopila los artículos publicados en el periódico La Reppublica entre el 12 de mayo y el 21 de octubre de 2006. Escritos con la precipitación que exige el ritmo casi irreflexivo de los diarios, son sin embargo un friso clarividente de las mutaciones que está sufriendo el mundo. El propio escritor (su popular novela "Seda" acaba de ser llevada al cine), advierte en el prefacio de la imperfección estilística de sus textos, una mácula pretendida que refuerza su valor como documento notarial de un tiempo que se presume la antesala de una  nueva sociedad probablemente peor. Baricco reconoce que "podría haber hecho algo más ordenado, más sólido y menos bárbaro, pero hubiera quedado un poco muerto y decidí conservarlo tal cual, sin correcciones, porque lo más importante para mi es la fuerza y la vitalidad".

Ha utilizado el fútbol, el vino y la industria editorial para construir las metáforas sobre las que se asienta su autopsia de un cadáver agredido por esos bárbaros que están mutando los valores culturales consolidados durante más de medio siglo. El buscador Google es el paradigma de todos ellos, un mecanismo -denuncia el escritor- que ha conseguido que las prospecciones culturales se queden en la superficie, imbuidas por un frívolo espíritu que se conforma con las luces del boato mediático en detrimento de la pausada y reflexiva búsqueda del verdadero conocimiento.

No soy un gran conocedor de la obra de Baricco pero su literatura me atrapa con frases certeras capaces de sintetizar un millón de sentimientos. Hay una especialmente sugestiva y terriblemente triste, extraida de uno de sus relatos que casualmente también ha publicado en su blog el escritor Daniel Gascón. Utiliza al defensa de un equipo de fútbol para dibujar la metáfora del ser resignado, limitado por sus miedos ancestrales y sus prejuicios religiosos. El miedo a la vida es el temor del defensa a subir al ataque y participar del éxtasis colectivo del gol. El gol es la verdadera fiesta de la vida, el deseo de libertad. Dice Baricco: "en esa época tenía yo la idea de que la vida era un deber que tenía que cumplirse, no una fiesta que había que inventar". Es conmovedor. Reproduzco parte del artículo, os lo recomiendo.

Cuando empecé a jugar con la pelota eran los años sesenta y todavía no existían Moggi ni Sky. Era el único que no tenía botas de fútbol (no éramos pobres, pero éramos católicos de izquierdas), por lo que jugaba con las botas de montaña atadas en el tobillo: por eso, y según una lógica imperiosa, los mayores decidieron que tenía que jugar en la defensa. En esa época tenía yo la idea de que la vida era un deber que tenía que cumplirse, no una fiesta que había que inventar, y por eso durante años me ceñí a esa indicación categórica, creciendo con la mentalidad de un defensor y ascendiendo en las categorías futbolísticas llevando en la espalda el número 3. Era, en esa época, un número carente de poesía, si bien aludía a una disciplina enérgica e imperturbable. Se correspondía más o menos con la idea, imperfecta, que me había hecho de mí mismo.

En ese fútbol, el defensor defendía. Era un tipo de juego en el que si uno llevaba en la espalda el número 3, podía jugar decenas de partidos sin traspasar nunca la línea del centro del campo. No era necesario. Si el balón estaba allí, tú esperabas aquí, y te tomabas un respiro. El asunto te proporcionaba una extraña percepción del partido. Yo, durante años, he visto a mi equipo marcando goles lejanos y vagamente misteriosos: era algo que ocurría allí al fondo, en una parte del campo que no conocía y que, a mis ojos de defensa lateral, reproducía el aura legendaria de una localidad balnearia, más allá de las montañas: montañas y gambas. Cuando marcaban un gol, allá en el fondo se abrazaban, esto lo recuerdo bien. Durante años vi cómo se abrazaban, desde lejos. De vez en cuando incluso me dio por recorrer todo el campo para unirme a ellos, y abrazarme yo también, pero la cosa no salía muy bien: uno siempre llegaba un poco tarde, cuando la parte más desinhibida del asunto ya había terminado: y era como emborracharse cuando los demás están volviendo a casa.

30/04/2008 10:30 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas Hay 1 comentario.

26/04/2008

Olvido

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Llevo días de mucho trajín y apenas he podido dedicar unos minutos a echarle agua al blog. Siento esta pequeña falta de responsabilidad con mis compromisos. Lo cotidiano frecuentemente acaba devorando estos pequeños gestos carentes de solemnidad pero que tienen un poderoso valor terapéutico. He leído varias cosas estos días que me han llamado la atención, y ninguna tiene que ver con el conflicto interno del PP, que dista poco del que pueda tener la Pantoja con el Muñoz o el hijo de la primera con su variada troupé. En esencia son lo mismo, es decir; nada.

Escuché a Juan Gelmán el miércoles en la entrega del Cervantes. Estos argentinos tienen poesía en su fonética, no necesitan mucho más para encandilar al personal. Luego, si construyen hermosos edificios sintácticos como los que diseña el poeta, apenas un suspiro les separa de la excelencia. Es sorprendente este país. Algunos de sus hijos han aportado a la humanidad un puñado de las creaciones literarias más bellas y perfectas de la historia. Borges, Cortazar, Aira o Sábato han hecho de Argentina esa onírica tierra que pervive como un sueño frustrado en el imaginario de muchos españoles.

Es la misma tierra capaz de colapsar la razón con infaustos brotes de violencia colectiva surgidos habitualmente del germen de las bajas pasiones que suele ser el fútbol. Algún psicoanalista (argentino seguro), dijo una vez que este trastorno bipolar nace de la oscura noche de la dictadura militar. Es una teoría más, pero tiene sentido. La violencia sólo genera más violencia, y la represión un dolor eterno. El subconsciente guarda en muchas ocasiones lo peor de nosotros mismos y sólo es necesaria una espita para que brote con la fuerza con que lo hace a veces.

En realidad quería acabar hablando de Gelman pero algunas de las cosas que dijo en su discurso tienen mucho que ver con lo escrito anteriormente. El poeta habló del olvido y de la injusticia de su imposición. Como escribió Benedetti, el olvido está lleno de memoria y por mucho que unos se empeñen en enterrarla nada será posible mientras no exista  la voluntad del perdón. Y nadie, que yo sepa, lo ha pedido todavía. Estoy leyendo estos días la biografía que Santiago Carrillo ha escrito de ese poliédrico personaje que era La Pasionaria. El autor recuerda la profunda convicción de la líder comunista sobre la necesidad de cerrar y olvidar las heridas del pasado para construir la incipiente democracia española. Este argumento, que lo he escuchado hasta la náusea en los últimos meses, probablemente fue el alto precio que tuvieron que pagar hace treinta años los perdedores de la guerra civil para recuperar el sistema democrático y cerrar la etapa más sombría de la reciente historia de España. Olvidar para volver a ser libres. Pero treinta años después, las nuevas generaciones de españoles nacidos en democracia (muchos los nietos de los represaliados), han convenido que ha llegado el momento de cerrar de una vez por todas la transición. Gelman habló de ello el miércoles y dijo algo certero y desolador: “esa clase de olvido es imposible”.

 

He celebrado hace dos años, [...] mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.

Para san Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.

Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. “¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!”, exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.

[...] Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.

26/04/2008 22:43 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas No hay comentarios. Comentar.

30/03/2008

Los libros muertos

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Llevo casi toda la semana con un trancazo primaveral que me ha dejado hecho unos zorros, con pocas ganas de alimentar el blog. Pero el blog necesita agua casi a diario (qué os voy a contar), y hoy voy a reproducir un artículo del escritor madrileño Luisgé Martín que publicó ayer en la página 2 de Babelia. Creo que más de uno se reconocerá en el texto. Confío en que pronto pase el virus.

Mi padre, cuando yo era niño, compraba libros, los hojeaba vagamente y los guardaba luego en la biblioteca que teníamos en el salón mientras repetía una frase ritual: "Para la jubilación". Yo crecí creyendo, así, que los libros eran uno de esos tesoros que se van acopiando poco a poco para ser gastados luego con paladeo. Crecí creyendo que la recompensa que traía la vejez era ésa: la placidez de un tiempo interminable en el que poder leer.

Cuando por fin se jubiló, mi padre no leyó ninguno de aquellos libros, pues algunos hábitos necesitan adiestramiento. Yo, sin embargo, seguí creyendo que en la edad provecta encontraría ese paraíso: días sin fin ocupados con la lectura. Hasta los treinta años estuve convencido de que, salvo que muriera joven, tendría tiempo a lo largo de mi vida para leer todo lo que me interesaba. Por eso gastaba mucho dinero en comprar libros que no podría leer de inmediato pero que, en esa jubilación dorada o en alguna vacación, tendría ocasión de disfrutar. Luego empecé yo mismo a publicar libros, a conocer a escritores y a tener tratos con editoriales de todo pelaje. Comenzaron a llegarme a casa novelas, ensayos, volúmenes de cuentos y tomos misceláneos que había que sumar a los que yo seguía comprando meticulosamente. Y llegó un momento en el que me di cuenta de que, como muchas otras cosas cardinales, aquel asunto tenía una formulación dolorosamente matemática. A causa de mis obligaciones laborales, de los tratos con amistades y familia, de mi pasión por el cine y del desafuero de la vida urbana, solía leer al año entre 40 y 60 títulos. En ese mismo periodo, mi biblioteca, haciendo números redondos, se engrosaba con unos 250, de los cuales me apetecía leer al menos la mitad. Es decir, que cada año mi saldo negativo engordaba en 75 libros, a los que yo de vez en cuando acariciaba el lomo diciendo: "Para la jubilación".A los cuarenta años me hice construir en mi dormitorio una pequeña biblioteca para acoger los libros pendientes, pero se llenó enseguida. A los cuarenta y tres, aprovechando una mudanza, me hice fabricar otra con muchas más estanterías y purgué los títulos con un criterio exigente: guardé allí sólo aquellos por los que sentía verdadero deseo y trasladé a la biblioteca ordinaria o regalé los que habían dejado de interesarme poderosamente. Redoblé además el rigor con el que abandonaba a medio leer los libros que no me seducían lo suficiente, procurando así vaciar con mayor rapidez los estantes hacinados. A pesar de todos mis esfuerzos, sin embargo, siguieron llenándose sin remisión.

He calculado que a este ritmo llegaré a la edad de jubilación con 2.000 libros pendientes de lectura. Suponiendo que viviera veinte años más con buena salud y que el ritmo de engordamiento anual de mi biblioteca fuera en ese tiempo menor (descartados ya los clásicos), debería engullir unos cuatro libros cada semana para morir en paz literaria, todo ello sin darme ocasión a releer ni una sola página. Es decir, debería dedicar mi vejez a leer sin desfallecimiento, obsesivamente, lo que resulta una tarea imposible y desagradable. Por eso cuando entro cada día al dormitorio y me paro frente a los anaqueles a mirar los libros sin abrir, veo las sombras de la muerte. Trato de averiguar cuáles de aquellos volúmenes mansos irán quedándose allí año tras año. Qué personajes o qué aventuras. Qué palabras del laberinto.

Luisgé Martín (Madrid, 1962) es autor de Los amores confiados y El alma del erizo, ambos en Alfaguara.

 

 

30/03/2008 10:58 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas No hay comentarios. Comentar.

24/03/2008

Los años convulsos

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Por fin hemos metido en imprenta el último libro de nuestra editorial (Pirineum). "Los años convulsos", del historiador Juan José Oña. Ha sido un proceso largo, largo, largo, que comenzó allá por el año 2004. Hubo un momento en este tiempo en el que desistimos de su edición porque los problemas que se nos presentaban parecían irresolubles. Pero se solucionaron. Y el día 12 de abril lo presentaremos en Jaca, el 18 en Huesca y el 16 de mayo en Zaragoza. (Os iré informando con detalle de estas presentaciones). De momento os anticipo la hermosa portada y la sinopsis de la contra. Se trata de un libro sobre la sublevación de Jaca a partir del hallazgo de un valioso material del fotógrafo Alfonso, uno de los mejores reporteros gráficos de la historia del periodismo español. En torno a este relevante suceso hemos trazado un viaje visual por la historia de España entre 1923 y 1936, un periodo convulso, sin duda, que explica muchas de las cosas que hoy ocurren en nuestro país. Las fotos de Alfonso nos permiten ese viaje por el retrovisor de la historia. Espero que os guste.

 

"Los años convulsos” es un viaje por la España del primer tercio del siglo XX a través de la lente del genial fotógrafo Alfonso. Se trata de uno de los periodos más agitados, apasionantes y trágicos de nuestra historia que desembocó en la Guerra Civil y en la posterior dictadura franquista. El libro gira en torno a un eje: la sublevación republicana protagonizada por los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández el 12 de diciembre de 1930 en Jaca. Para el autor, la causa de esta insurrección fue el declive irreversible de la Monarquía de Alfonso XIII; la proclamación de la Segunda República mediante unas elecciones democráticas cuatro meses después, su consecuencia directa.El volumen es el resultado de la exhaustiva investigación en los fondos del fotógrafo madrileño Alfonso sobre los sucesos de Jaca, que cubrió como reportero para los diarios El Sol y La Voz. La recuperación de un valioso material inédito de aquellas históricas jornadas ha dado pie a este libro que proyecta desde el ámbito local una perspectiva general de lo que fue España entre 1923 y 1936. Alfonso Sánchez, uno de los periodistas gráficos más importantes del periodismo español de la época, y sus hijos Alfonsito, Luis y Pepe, estuvieron presentes en buena parte de los acontecimientos políticos, sociales y culturales más relevantes de aquellos años. A través de sus fantásticas imágenes –muchas de ellas sobradamente conocidas– el libro sigue el curso de la historia española y rescata la esencia de un tiempo de convulsión y de esperanzas.

24/03/2008 10:46 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas No hay comentarios. Comentar.

21/03/2008

El retrato del fin

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El escritor y reportero Joseph Kessel y el fotógrafo Jean Moral viajaron a España en el otoño de 1938 para cubrir para Paris Match y Paris-Soir los últimos meses de la Guerra Civil. Ciertamente no fueron conscientes hasta pisar suelo español de que lo que iban a encontrar era el estertor de la contienda, el derrumbe de la esperanza republicana y el final de la resistencia heróica de Barcelona, Valencia y Madrid. Su decepción fue mayúscula. No llegaron a tiempo de recoger la épica de la batalla ni el entusiasmo de los primeros meses. Nada de esos quedaba ya en un país destrozado y a punto de ser sometido por completo a la bota del franquismo.

            El periodista de Le Monde, Michel Lefebvre, hijo de un republicano español, ha reunido en un libro de hermosa factura todas las crónicas publicadas por Kessel y las fotos de Moral que ilustraron sus reportajes. ("Kessel-Moral. Dos reporteros en la Guerra Civil Española". Inédita Editores). Es la imagen de la rendición, de la derrota de un pueblo que lleva dos años resistiendo lo inevitable. En su mayoría son imágenes que apenas se han difundido porque carecen seguramente del misticismo romántico de las de Capa, Alix, Centelles o Taro. A nadie la interesaba el fracaso, y a esas alturas no había otra cosa en el rostro de los españoles y en el paisaje de sus frustraciones. No hay ni una sola gota de idealismo ni de utopía, el edificio sobre el que se construyó el sueño de la revolución se había desmoronado estrepitosamente.

            Pero llama la atención sobremanera la atmósfera de normalidad en medio del caos, la naturalidad con la que los madrileños y barceloneses esperaban el desenlace final. Su dignidad estremeció a los dos reporteros franceses. Las bombas caían constantemente pero los bares, restaurantes y teatros seguían abiertos, fieles a su cita diaria. “Los refugios están atestados –escribe Kesse­l-, de gente que duerme bajo la asfixiante protección de la oscuridad, mientras en los teatros se actúa a la luz de los quinqués. En los clubes nocturnos, bajo la titilante llama de los quinqués de petróleo, obreros, soldados y policías hacen bailar a las chicas en medio de un coro de risas y gritos que salen de bocas invisibles”.

Los españoles se morían de hambre pero cuenta el reportero que nunca nadie le pidió ni un mendrugo de pan. “El hambre  de cigarrillos, el único confesable, obsesiona a hombres y mujeres por igual. Hasta he llegado a ver a hombres decentes seguirme por la calle para recoger del suelo mis colillas” afirma en una de sus crónicas. En otra de ellas se pregunta: “¿ cuál fue ese gobierno que, derrota tras derrota, logró poner en pie un ejército y mantener durante un año a la población civil en un estado de hambruna prácticamente crónica?”. Los reportajes de Kessel y Moral hablan del fracaso y, sobre todo, de la dignidad de un pueblo. La esperanza traicionera se ha esfumado pero se sigue cultivando un orgullo que bien podría confundirse con un mero instinto de supervivencia; un resorte natural que se activa cuando el ser humano contempla a la vuelta de la esquina el final.

Es eso lo que se desprende de las crónicas de los periodistas franceses. Quizá un brote de inconsciencia en un momento en el que ya nada importa, salvo el deseo de mantenerse en pie cueste lo que cueste. En un artículo publicado en noviembre del 38 en Barcelona recoge el testimonio de una mujer que le confiesa preferir el hambre y la muerte a la derrota. Escribe también de las costumbres inalteradas, de esos banquetes en el antiguo hotel Ritz en los que ahora el único manjar es un plato de lentejas duras como la piedra. Pero incluso en torno a ese plato putrefacto los madrileños se visten con sus mejores galas para engañar a la realidad. O ese cura que pide una oración en mitad de la misa por “los que van a morir” tras oír las sirenas que anuncian nuevos bombardeos. La normalidad de la tragedia impacta en cada texto.

Kessel volvió a Madrid con su hermano en febrero de 1939, cuando todo el mundo huía del país, cuando Barcelona ya había caído y la única esperanza era escapar. Lo que encontró es sobrecogedor: “Los dados están echados pero una parte importante de la población aún lo ignora, y agotada, se deja mecer por la calidez primaveral mientras los que saben temen represalias y otros, irreductibles, intentan aún desesperadamente inclinar hacia el otro lado la balanza del destino”. En tres meses la probabilidad de empeorar se ha cumplido. “El pasado noviembre a pesar de la hambruna y de los bombardeos, sus habitantes desprendían una alegría y una fuerza que ahora no se ve en ninguna parte”.

El final ya se conoce. Como dijo Gil de Biedma, la historia de España siempre acaba mal. Y los dos reporteros franceses llegaron a tiempo para testificar el final de un sueño de libertad que apenas duró cinco años. “Vaya y repita en Francia lo que acaba de oír” le dice un amigo republicano a Kessel, en un tono conminatorio que suena a súplica para suavizar las seguras represalias. El mismo tono utilizado por Azaña cuando pidió paz, piedad y perdón a los sublevados en su discurso de 1938. Nada de eso hubo.  

21/03/2008 19:57 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas No hay comentarios. Comentar.

21/02/2008

Amarillo

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Félix Romeo no es un escritor que me entusiasme. Leí sus dos primeras novelas, “Dibujos animados” y “Discotheque”, y ambas me dejaron indiferente. Tampoco comparto muchas de las opiniones del Félix Romeo critico literario, pienso que sus filias y sus fobias influyen en demasiadas ocasiones en su juicio. Al pobre Juan Goytisolo, por ejemplo, lo tiene enfilado desde hace tiempo y no le pasa una. Él sabrá.

            Dicho esto, quería contar que he leído su tercera novela, “Amarillo” y me ha dejado sobrecogido. Me acerqué a ella con todas las sospechas que me crea el habitual cierre de filas que practican algunos escritores zaragozanos cuando se trata de uno de sus miembros. Demasiado almíbar y camaradería de campamento.

            Pero esta vez no es el caso. El libro de Félix Romeo es tal y como la cuentan. Chusé Izuel era un joven y prometedor escritor zaragozano y crítico literario que se suicidó en 1992 en Barcelona. Se tiró del balcón del piso que compartía con el propio Romeo y Bizén Ibarra después de una tormentosa deriva tras una ruptura sentimental.

            La novela en realidad no es una novela. Al menos no lo es en el sentido clásico. Difícilmente se puede adscribir a un género determinado porque aunque hace prospecciones en muchos no resuelve ninguno. Y éste es el gran hallazgo y también el gran acierto de Romeo. El libro se ha ido tejiendo a partir de los recuerdos, los textos escritos por Izuel, los retazos de su libro póstumo (“Todo sigue tranquilo”. Ediciones Libertarias. 1994), sus críticas literarias en el suplemento “Rayuela” de El Periódico de Aragón, y sus múltiples frases nacidas de fogonazos de efímera inspiración. Es una especie de inventario del alma. Esta estructura facilita la equidistancia del autor y enfatiza con sus premeditadas reiteraciones la dimensión del desgarro que está consumiendo al protagonista.

            Romeo se ha quedado en un segundo plano como un actor secundario que observa en un discreto silencio el deambular del protagonista en el escenario. El escenario, claro está, es la vida y su protagonista un ser que habita en el quicio del abismo. Era la única forma de no caer en la tentación legítima del ditirambo. En ningún momento el Romeo escritor se deja engatusar por el Romeo amigo. No hay un solo guiño a la ampulosa retórica de los obituarios. No hay señales que anuncien una intención hagiografa.

            El libro podría parecer un necesario viraje al pasado para sellar un sofocante sentimiento de culpabilidad que no mengua; el del escritor. Un ajuste de cuentas que silencie de una vez por todas los ecos desgarrados de la memoria. Lejos de ello, el texto muestra las heridas descarnadas de ese pasado con toda su crudeza, sin tiritas ni antibióticos; con la sangre chorreando a borbotones. Así de cruel fue esta historia y así hay que contarla. Pero hay un sentimiento de culpa que cae como una losa sobre cada palabra. ¿por qué desde hace años arrastro una terrible sensación de culpa por tu muerte? se pregunta el autor. Y ésta otra más terrible todavía: ¿cómo no me di cuenta de que te ibas a suicidar?

            El tiempo y la distancia ponen luz sobre muchos de los textos de Izuel, alumbran las entrelíneas de sus escritos sincopados, anárquicos e imperfectos; interpretan y traducen los mensajes ocultos que, en realidad, eran gritos desesperados de angustia y auxilio. Pero, lo dicho, eso solo lo puede iluminar el tiempo. La lectura de “Amarillo” describe sombras muy reconocibles de la personalidad humana. Todos en algún momento de nuestra vidas nos hemos sentido huérfanos de cualquier sentido vital, todos hemos mirado con vértigo al fondo para descubrir con horror su insoportable cercanía. Todos conocemos el pellizco inconfundible de la decepción.

            Por eso creo que el desenlace final es un hecho ajeno a las circunstancias de Chusé. Su tormento, la tortuosa personalidad que inspira sus textos, era un terreno abonado para la desesperación. Quiero decir que en ocasiones sólo es necesaria una chispa para desatar las turbulencias que hibernan en nuestra alma y en nuestra cabeza. A veces tiene nombre de mujer y otras es simplemente la vida, que ya no sabemos vivirla.

 

"Tengo veinticuatro años y soy un anciano que agoniza, que se atraganta con su propia saliva, que se caga en los calzoncillos, que se tropieza con sus pies, que busca la salida última, que le tiene pánico a su mismo nombre".

                                                                                                                      Chusé Izuel

 

21/02/2008 08:41 Autor: juangavasa. #. Tema: Lecturas Hay 2 comentarios.


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