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Caricaturas

Javier Marías hoy (5/07/09) en El País
Decía Richard Ford, el viajero inglés que en el siglo XIX recorrió toda España a caballo y en diligencia y cuya magnífica serie de libros al respecto se ha reeditado hace poco aquí sin la alabanza que merece, que una de las más invariables características españolas, desde tiempos de Viriato y aun más atrás, era la de tener pésimos reyes, generales, caudillos, mandatarios eclesiásticos, gobernantes y jefes: indignos de confianza, abusivos, despóticos, engreídos, soberbios, incompetentes y metepatas. Ford celebraba que, de vez en cuando, a este o al otro sus subordinados hubieran acabado pasándolos por las armas tras rebelarse contra ellos, pero lamentaba que tan sabia y justa decisión llegara siempre demasiado tarde, cuando el dirigente había cometido todos los estropicios posibles y había dejado inservible o arruinado lo que quisiera que tuviera a su mando.
Es llamativo que esta característica se mantenga al cabo de los siglos, más aún cuando desde hace tres décadas los responsables políticos son elegidos y no nos vienen impuestos, como sucedió casi siempre a lo largo de nuestra historia. Basta echar un vistazo desapasionado a quienes mandan en los partidos, en el Gobierno, en las Comunidades Autónomas y en los Ayuntamientos para comprobar que poco ha cambiado. La mayoría rivalizan en decir y hacer estupideces dañinas. Pero la cosa va más lejos y alcanza a casi todos los ámbitos, de manera que ya no se sabe qué fue antes, si el huevo o la gallina, esto es: si los que tienen poder o podercillo, los que mandan algo en cualquier sitio, sea un Ministerio o una oficina, están ahí colocados por su inoperancia e imbecilidad, o si bien todo el mundo se vuelve inoperante e imbécil en cuanto se le da algún poder o podercillo. Pero miren a su alrededor, cuantos tengan jefes o eso aún más terrible llamado “jefes intermedios”, o cuantos conozcan a personas que los padezcan, y díganme cuántos sienten un mínimo aprecio por ellos, o admiración si es posible.
Cierto que yo no he tenido apenas, y que, de hecho, a la pregunta de las entrevistas “¿Por qué escribe usted?”, a menudo he respondido: “Para no tener jefe y para no madrugar”. Tuve dos en los años en que di clases, uno en Inglaterra y otro en España. Tal vez fue casualidad, pero el inglés (bueno, galés) era un tipo estupendo y eficaz, respetuoso, con sentido del humor y en absoluto autoritario; jamás se metía en lo que no lo concernía y procuraba que su departamento fuera lo mejor posible. El español, en cambio, fue subdirector durante un tiempo en que, por razones burocráticas, no hubo director, luego era él quien lo dirigía todo en la práctica. Bastó con que de pronto se lo nombrara oficialmente director –nada cambiaba de hecho– para que se hinchara, actuara como una madre superiora y se hiciera celoso de sus subordinados, hasta el punto de preferir que su departamento empeorara con tal de que ninguno destacara.
El jefe español –incluidos subjefes o jefes intermedios– se levanta todas las mañanas no pensando en cómo hacer bien su tarea o sacar mejor rendimiento a quienes tiene a sus órdenes (sin explotarlos), sino diciéndose: “Soy jefe, a ver cómo lo hago hoy notar”. Para él, lo importante no es que las cosas funcionen bien gracias a su trabajo, sino saberse por encima de otros y que esos otros dependan de sus decisiones. Por eso está mucho más atento a sus subalternos que a su quehacer. Les da órdenes arbitrarias y contradictorias para pillarlos en falta, y por supuesto jamás admite, cuando sobreviene el desastre, que éste tenga nada que ver con él, de la misma manera que si alguien de su equipo alumbra una buena idea, se apropiará inmediatamente de ella y acabará creyendo que fue suya. Al jefe español le gusta perorar ante sus empleados, les hace perder el tiempo y los abronca luego por los retrasos que él causa. Nada más ser ascendido y aterrizar en su puesto, decidirá que el mundo empieza con su advenimiento y lo cambiará todo, incluido lo que hasta entonces marchaba. Piensa que debe notarse su aparición al instante, y el ejemplo más nítido de esto lo encontramos en los Ministerios, cuyo cada nuevo inquilino despide a todos los cargos del anterior y deshace cuanto éste hubiera emprendido, fuera acertado o no. El jefe español es incapaz de limitarse a administrar, conservar y mejorar: está siempre lleno de peligrosas iniciativas y de ideas imbéciles, que a menudo sólo anuncia –si puede, a la prensa–, para luego no dar palo al agua. Algunos sí se ponen manos a la obra y el resultado es aún más catastrófico: si, por ejemplo, mandan en un Ayuntamiento, deciden erigir un innecesario polígono industrial junto a las ruinas de Numancia y cargarse un paisaje bimilenario; o excavar túneles y aparcamientos superfluos que destrozan las ciudades; o descatalogar los Jardines de las Vistillas (!) para que la Iglesia construya en su lugar mamotretos (algo tan grave como permitir edificar en el Retiro o en el jardín Botánico, que serían solares apetitosísimos). A Ford no le faltaba razón: llegamos siempre tarde.
Por supuesto que hay excepciones, y que esta descripción de los jefes españoles es una generalización, una caricatura y una exageración. Lo malo de nuestro país es que la realidad siempre acaba imitando a su caricatura, y aun la deja pálida.
Premio
La editorial Pirineum de Jaca ha sido galardonada con el premio al “Mejor libro editado en Aragón en 2008”, que concede el Gobierno de Aragón por la obra “Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca (1923-1936). El volumen está escrito por el historiador Juan José Oña y fue editado en abril del pasado año. La distinción es otorgada anualmente por el Departamento de Educación, Cultura y Deporte del ejecutivo autónomo. En esta ocasión, el Jurado estaba formado por la directora gerente de la Biblioteca de Aragón, Pilar Navarrete en calidad de presidenta, y por los vocales José Luis Acín, José María Aniés, Manuel José Pedraza y Juan Francisco Pons junto a Agustín Ariella como secretario.
El Jurado ha valorado la calidad de la edición y el diseño general de “Los años convulsos”. Al premio se presentaron un total de 11 libros de cinco editoriales distintas. Para Pirineum Editorial, el galardón supone “un reconocimiento a la labor editorial que venimos realizando desde hace una década. Recibir un premio de estas características es para una editorial pequeña como Pirineum la demostración de que es posible apostar por proyectos culturales ambiciosos desde lugares periféricos como Jaca”. El galardón será entregado el próximo 5 de junio en Zaragoza en el marco de la Feria del Libro.
“Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca (1923-1936), es un viaje por la España del primer tercio del siglo XX a través de la lente del genial fotógrafo madrileño Alfonso. Se trata de uno de los periodos más agitados, apasionantes y trágicos de nuestra historia que desembocó en la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista.
El libro gira en torno a un eje: la sublevación republicana protagonizada por los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández el 12 de diciembre de 1930 en Jaca. El autor considera que la causa de esta insurrección fue el declive irreversible de la Monarquía de Alfonso XIII; la proclamación de la segunda República mediante unas elecciones democráticas cuatro meses después, su consecuencia directa. El libro, que reúne cerca de 500 imágenes, es el resultado de la exhaustiva investigación en los fondos del fotógrafo madrileño Alfonso sobre los sucesos de Jaca, que cubrió como reportero para los diarios El Sol y La Voz. La recuperación de un valioso material inédito de aquellas históricas jornadas dio pie a este libro que proyecta desde el ámbito local una perspectiva general de lo que fue España entre 1923 y 1936.
Alfonso Sánchez, uno de los periodistas gráficos más importantes del periodismo español de la época, y sus hijos Alfonsito, Luis y Pepe, estuvieron presentes en buena parte de los acontecimientos políticos, sociales y culturales más relevantes de aquellos años. A través de sus fantásticas imágenes –muchas de ellas sobradamente conocidas- el libro sigue el curso de la historia española y rescata la esencia de un tiempo convulsión y de esperanzas.
El beduino

Aseguraba Kapuscinski que los cínicos no podían dedicarse al periodismo. Nada dijo al respecto de los políticos. Leyendo a Labordeta en sus “Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados”, a uno no le queda ninguna duda de que hacen falta pesadas cargas de cinismo para dedicarse a la cosa pública en la capital de la Corte y no morir en el intento. El libro de Labordeta es un vaivén de recuerdos, anécdotas y experiencias contadas con la conocida austeridad de su prosa y la certera percepción de quien camina por la vida sin maquillaje.
Labordeta ya era muy popular antes de lograr el acta de diputado en Madrid. Lo era en Aragón como símbolo de una identidad en ciernes, y en el resto del estado como parte de un movimiento social y cultural que reivindicaba la democracia primero y con ella la errante justicia. Llegó esa democracia pero no necesariamente acompañada de los valores que se le suponían. Muchos se volvieron acomodaticios y otros se hicieron demócratas de toda la vida sin necesidad de grandes esfuerzos morales. Quedó finalmente una minoría que siguió combatiendo en el convencimiento de que el experimento democrático venía lastrado por los cuarenta años de dictadura y la volatilidad de los nuevos principios.
Y así llevamos más de treinta años, alardeando en el exterior de las bondades de nuestra transición sin ser capaces de percibir sus notorias debilidades. La comodidad del discurso complaciente ha eliminado cualquier arrobo autocrítico y ha grabado a fuego aquella extendida tesis de que en 1978 se logró un gran acuerdo ejemplar entre vencedores y vencidos para reinstaurar la democracia en España. Como recordaba hace algún tiempo el historiador oscense Manuel Benito, en realidad lo único que ocurrió en aquellas fechas es que los que estaban en el carro del poder “dejaron un hueco para que se subieran los que habían permanecido en la oposición durante la dictadura”.
Las fisuras de aquel “gran acuerdo” se han dilatado con el paso del tiempo y actualmente los síntomas de agotamiento y caducidad de la Constitución son alarmantemente patentes. La experiencia de Labordeta en el Congreso de los Diputados -más allá de su interés memorístico y su carga de ironía y retranca-, refleja las telarañas de un sistema obsoleto y carpetovetónico, construido para perpetuar la partitocracia y anular valores tan democráticos como la participación ciudadana o la conciencia cívica. El profesor de Análisis Económico en la Universidad de Valencia, Juan Manuel Blanco, escribía recientemente: “Así, la partitocracia acaba vaciando de contenido una buena parte de los órganos del Estado porque las decisiones que estos órganos toman formalmente ya se han adoptado previamente en otros ámbitos. De este modo, la separación de poderes desaparece de hecho pues suele ser el jefe del partido mayoritario (generalmente también jefe del ejecutivo), quien toma realmente las decisiones por todas estas instituciones aunque ellas sean formalmente independientes”.
La presencia de un tipo tan normal como Labordeta en el Congreso (se entiende por normal al individuo ajeno a las élites políticas y no al que apelaba por exclusión insistentemente Rajoy en la última campaña electoral), nos permite observar de manera desfigurada la realidad oficial de la sede parlamentaria, el supuesto templo de las libertades y símbolo supremo de la democracia española. Labordeta, como diputado único de CHA, afronta su llegada al Congreso como esos famosetes que son lanzados a una isla desierta en mitad de un océano. El presunto noble juego de la política se convierte de inmediato en un ejercicio de supervivencia en un medio hostil y desconocido. Cada paso que da el beduino (alter ego de Labordeta), por esos pasillos enmoquetados esconde una trampa difícilmente previsible para el diputado de provincias ajeno a las castas políticas. Sólo los profesionales de carrera conocen las claves que esconden los mapas.
Su narración de los primeros días de su primera legislatura (2000-2004, la del rodillo de Aznar), es en síntesis el testimonio de una ascensión al Everest: los compañeros de expedición son los diputados del Grupo Mixto, todos ellos políticos “peligrosos” y “desafectos” al régimen de Aznar. Entre “separatistas” e “izquierdosos trasnochados” Labordeta y sus compañeros articulan una improbable oposición política que encuentra el desprecio del PP y el silencio de los medios madrileños. Su voz es casi imperceptible en medio de un coro de fieles palmeros; pero su dignidad y su compromiso público lograrán sonados triunfos mediáticos y una reconfortante paz interior. En las sesiones previas a la invasión de Irak el grito de la razón resonó más que las voces desbocadas e uniformes de decenas de diputados mercachifles.
Labordeta se revela en ocasiones cargado de inocencia democrática; una pecado venial para quien cree que los poderes del estado se constituyeron para servir al pueblo. Estos poderes están agujereados por infinidad de subterfugios, callizos y usufructos que en la práctica hacen inviable la participación activa del ciudadano en la vida política. El caso de la Comisión de Peticiones es especialmente ilustrativo: “aquello me pareció una estafa desde el primer día”, concluye Labordeta. O las famosas “peneles” (Proposiciones no de ley), que durante la segunda legislatura de Aznar sólo fueron aceptadas cuando procedían del partido mayoritario.
Las reflexiones de Labordeta en el Congreso nos remiten en algún momento a Manuel Azaña, cuando confesaba en su diario a principios de 1933 que “he de permanecer aquí hasta hacerme pedazos y quedar inutilizado”. El beduino escribe: “y dispuesto a cruzar el Rubicón de los elementos contrarios, me fui acorazando contra mucha desilusión, demasiado combate y, sobre todo, enormes carretas de incomprensión. Porque el diputado forastero que era no había estudiado en los colegios mayores en los que habían estudiado los jefes, los segundones y los arribistas; tampoco había sido subjefe de algo, ni director de asuntos varios, ni compañero de pupitre de ilusionados violadores del verso, con perdón solicitado a mis paisanos del rap. Pronto comprendí la inutilidad de todo eso que tú crees que eres, porque no eres nada para los que, con mucamas filipinas, llevan los zapatos brillantes y las corbatas relucientes”.
Labordeta; que ha cantado a la libertad y a las utopías, que ha rescatado del anonimato al hombre humilde y sencillo, que ha transitado por los caminos polvorientos de la España adusta, esculpe en su libro un retablo compuesto por políticos y politicastros, dóciles meritorios y arribistas acomplejados, hombres sensatos y viejos influyentes en el otoño de su poder. A todos los describe con el mismo tino y el trazo certero del eterno observador. Al final la diferencia entre unos y otros es la forma de llevar la corbata.
Renegados

Hace ahora un año se publicó en Canadá el libro del periodista Michael Petrou, “Renegades. Canadians in the Spanish Civil War”. El volumen no ha visto la luz en nuestro país y parece que por el momento no lo hará. No pasaría de ser un libro más que sumar a la extensa bibliografía del conflicto bélico si no fuera por el extraño magnetismo que causó en un grupo de jóvenes canadienses la lejana guerra española. La desclasificación de los archivos soviéticos permitió al periodista de la revista política “McLeans” –una de las más influyentes de Canadá-, profundizar con rigor en un acontecimiento histórico al que sólo se había acercado imbuido de romanticismo. El trabajo ha sido editado en colaboración con la “Studies in Canadian military history”.
El libro está cargado, bien es verdad, de lugares comunes y de demasiados tópicos respecto a la Guerra Civil, que en la historiografía de nuestro país ya están superados hace tiempo. Es un acercamiento que arrastra algo de inocencia y de buena fe, lo que no le impide aportar algunos datos que seguramente resultarán novedosos, cuando no sorprendentes. Casi 2.000 canadienses llegaron como voluntarios a España para luchar en las Brigadas Internacionales con su propio batallón: el Mackenzie-Papineau, denominación que tomaron de dos dirigentes nacionalistas del siglo XIX. En proporción a la población del país de origen, Canadá fue la segunda nación que más brigadistas aportó al bando republicano después de Francia.
Michael Petrou aporta dos razonamientos para explicar el influjo que la Guerra Civil provocó en una parte de la sociedad canadiense. El primero es demoledoramente prosaico: la crisis económica que vivía el país como consecuencia de la Gran Depresión arrastró a muchos jóvenes sin trabajo ni ataduras familiares a la aventura de la guerra. El segundo recompone los cristales rotos del ideario romántico: muchos de los brigadistas pertenecían al Partido Comunista de Canadá y fijaron en España el objetivo prioritario de su lucha contra el fascismo.
No deja de resultar sorprendente que en un país que nunca sufrió una guerra ni padeció las garras del fascio, se activara un relevante núcleo comunista con esa capacidad movilizadora. En los años 30 del pasado siglo Canadá todavía se estaba formando como nación y carecía probablemente de los resortes ideológicos e identitarios que caracterizaban a los países de la vieja Europa.
Pero las cosas no fueron sencillas ni en España ni en su propio país para los brigadistas de la Mackenzie-Papineau. Michael Petrou describe en su libro con detalle la desoladora decepción de muchos de ellos al enfrentarse a la cruel cotidianeidad de la guerra. Aquí es donde se abusa de los testimonios y experiencias particulares pero también donde se encuentra la turbadora verdad de la retaguardia. El frío, la escasez de armas, el hambre y la incompetencia de demasiados oficiales llevaron a algunos canadienses a desertar. Otros aguantaron por la fortaleza de sus convicciones. Orwell ya contaba en “Homenaje a Catalunya” que un español será el mejor amigo posible y también el peor de los soldados.
Los canadienses se inventaban canciones para engañar a la realidad y exorcizar los demonios de la guerra. :
“Oh. I wanna go home
I don’t wanna die
Machine guns they rattle
The cannons they roar
I don’t wana go to the front any more
Oh take me over the sea
Where Franco can’t get at me
Oh! My ! I’m too young to die
I wanna go home!”
400 de ellos no volvieron. Los que lo hicieron se encontraron con la hostilidad de sus autoridades, obsesionadas con anular el empuje comunista. En 1937 se había aprobado la “Foreign Enlistment Act”, una ley que prohibía a los ciudadanos canadienses combatir en otras guerras. Por eso muchos de los brigadistas que lucharon en España pasaron a ser en su país delincuentes. Como contaba el periodista de El País, Enrique Fanjul, hace varios meses, sólo en los últimos años se ha levantado en Canadá el pesado velo que tapaba la historia de este puñado de compatriotas. Ahora es cuando se han podido realizar algunos homenajes que han rescatado la memoria perdida de los brigadistas. Algunos de ellos regresaron a España tiempo después (Petrou lo cuenta en uno de los capítulos más emocionantes), y otros recibieron en Canadá la visita de viejos amigos españoles. Jim Higgins salvó en 1938 en Corbera d’Ebre a un niño herido que era arrastrado por el agua de un depósito bombardeado. Cuando le rescató sólo acertó a decirle para tranquilizarle: “Soy canadiense, me llamo Jim”. A finales de los años 70 ese niño, ahora inmigrante, contactó con él en Canadá. Llevaba toda la vida intentando localizarle. Se llamaba Manuel Álvarez.
Piedad

No conozco personalmente a Miguel Mena pero me gusta la mesura de su voz en la radio, la tranquilidad que transmite su modulación y la atmósfera de intimismo que envuelve su dicción. Ya no quedan locutores como Miguel, que detestan el histrionismo de los locutores deportivos y la gravedad de los comentaristas políticos. Él sabe que no hay que chillar para captar la atención del oyente y todavía considera la moderación un valor intrínseco al periodismo. Parece ser que en la radio de nuestros días ya no es importante tener una voz bonita ni vocalizar bien. Soy un devoto de la radio por razones sentimentales y después profesionales casi desde que tengo uso de razón. Me despierto con ella, trabajo con ella y viajo con ella. Estoy enganchado al dial y compruebo con desazón el deterioro de muchas programaciones, la paulatina pérdida del espíritu de libertad y creatividad que insuflaban muchas emisoras hasta hace no demasiado tiempo.
Mario Ornat escribía recientemente en su blog sobre la irreversible pérdida de Radio 3 como referente de la música independiente y la vanguardia cultural. Es un ejemplo más, especialmente doloroso, pero sólo un ejemplo más. A veces tengo la sensación de que la preocupación de muchas emisoras es llenar programación pero no hacer programación: cubrir horas y horas y saturar de publicidad cualquier espacio. Es legítimo desde un punto de vista empresarial pero poco inteligente. Las emisoras locales –sobre todo-, se han convertido en altavoces oficiales del alcalde de turno y han adaptado sus programas a las agendas oficiales. Sólo se habla de política o de lo que interesa a los políticos. La radio perdió hace tiempo la batalla del ocio con la televisión y ahora ha perdido la de la inmediatez con internet. Sólo le queda lo más importante, lo que nunca debería de poner en riesgo: la calidez de su compañía y la imaginación.
Miguel Mena es uno de esos locutores que todavía me recuerda que otra radio es posible. Que hay tipos sensatos enganchados a un micrófono para contar cosas inteligentes e interesantes. Los zaragozanos lo disfrutan desde hace muchos años en el histórico “Estudio de Guardia” de Radio Zaragoza. Miguel además escribe, y escribe muy bien. Tiene varias novelas publicadas pero he de reconocer que hasta ahora no había leído ninguna. Compartimos la pasión por la bicicleta y los viajes, aunque él ha sabido plasmar esas aficiones con mucho más acierto y brillantez que yo.
Estas vacaciones he leído “Piedad”, su último libro. Se trata de una recopilación de breves textos escritos a lo largo de los últimos años en los que Miguel Mena fija el universo de sus inquietudes y proyecta fogonazos en forma de pensamientos, reflexiones y recuerdos. Dice Miguel que es un “libro de recuerdos, de paradojas y de estados de ánimo”. Probablemente no se puede definir mejor. Es un trabajo inconexo, sin costuras. Seguramente no las necesita porque el desenlace de esta tormenta de palabras es un estanque de aguas mansas en el que se refleja el alma del autor. Miguel escribe como periodista y como padre, como viajero y como ciudadano que observa a veces en silencio y otras atónito el devenir de la vida.
Hay lugares y personajes reconocibles, otros se intuyen. En todo caso lo que no falta es la sinceridad y la capacidad del autor para indignarse y también para llorar. Hay humor e ironía y algunas fotografías que dicen tanto como los textos. Hay relatos mínimos: “Un torrente de alegría se abre camino entre un mar de miradas heridas”. Hay desgarros del alma: “Qué raro se hace tener un hijo prácticamente mundo cuanto te ganas la vida hablando, un hijo condenado a ser analfabeto cuando llenas tu tiempo escribiendo, un hijo con poco equilibrio cuando tu afición es montar en bicicleta. Qué extraño resulta que para ser feliz no parezca necesitar nada de lo que a ti te gusta”.
Hay compromiso y denuncia: “En Irán no hay homosexuales y está mal visto el uso de la corbata. Si la realidad se empeña en llevar la contraria a la doctrina, entonces promueven pequeñas licencias estéticas, como colocar una soga alrededor del cuello”. Hay también retranca y fe ciega: “Ahora me propongo dejar mi afición al fútbol porque encuentro absurdo que mi humor del domingo por la noche dependa de unos jugadores que ya no me inspiran confianza. Sólo necesito aprender cómo se abandona algo que ni se come ni se bebe ni se inhala: las emociones, el sentimiento, el alma”.
Miguel Mena escribe como habla: sin estridencias. El dolor y la incredulidad asoman por las esquinas del libro pero el autor nunca se deja arrastrar por las aguas turbulentas de la vida. Todo, incluso el episodio más desolador, lo afronta Miguel como un acto de contricción. Quizá porque es verdad aquella frase de Bécquer que el autor rescata al inicio del libro: “La vida, tomándola tal como es, sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos”.
Regresos

Después de cinco semanas y diez tormentas de nieve hemos regresado de Canadá. La nieve nos persigue desde el mismo día que abandonamos Toronto; el avión tuvo que esperar una hora y media en mitad de la pista del aeropuerto de Pearson hasta que fue despejada. Nadie se apresuró a pedir la cabeza del primer ministro canadiense ni cayó en la tentación de cuestionar las infraestructuras del país. Se sabe que cuando nieva pasan estas cosas, no es sensato politizar las nevadas. En Jaca no para de caer nieve desde la semana pasada. Me gusta pisarla recién caída, escuchar el ruido seco que provoca su compactación, ser el primero en marcar la huella antes de que el sol o nuevas pisadas rompan ese perfecto tapiz. Ahora, mientras recupero el hábito de escribir en este abandonado blog, nieva con una intensidad desconocida, abrumadora. Dicen los viejos que nunca han visto nada igual. Se sabe que la memoria es selectiva y los recuerdos recuerdan lo que quieren, pero es verdad que este invierno está resultando atípico. Nosotros lo estamos sufriendo por partida doble: primero Canadá y ahora el Pirineo.
Cuando uno conoce un país por primera vez tiende a experimentar una suerte de síndrome de Estocolmo. Se suele renegar de los orígenes ante el impacto cautivador del desconocido lugar. La novedad hurta cualquier juicio objetivo y anestesia la capacidad crítica del viajero. Nos quedamos maravillados ante lo que vemos pero no somos capaces ni de analizarlo ni de comprenderlo. Tampoco nos interesamos por lo que no vemos; no existe. El escritor y filósofo francés Hipólito A. Taine estableció en el siglo XIX una taxanomía del turista. Entre las diversas categorías destacaba la que él denominaba “seres reflexivos y metódicos”. Según su propia definición: “se les reconoce por la guía manual que siempre llevan consigo. Este libro es para ellos la Ley y los profetas. (…) Se les ve en lugares destacados, los ojos finos en el libro, penetrándose de la descripción e informándose con exactitud del tipo de emoción que conviene experimentar”. Taine acababa retratando a este turista de manera clarividente: “No hacen ni sienten nada si no es con una obra escrita en la mano”. Este individuo del XIX era realmente una avanzadilla del turismo de masas que se agolpa hoy en día en cada monumento recomendado. Taine hablaba también de otra clase de turista; el sedentario. “Contemplan las montañas desde sus ventanas. Después de esto dicen que han visto los Pirineos”.
Si tenemos la oportunidad de viajar por segunda vez al mismo país comienza un proceso de descompresión. Empezamos a ver algunos defectos que no fuimos capaces de observar en nuestra primera visita y comienza a equilibrarse la balanza de las comparaciones. Nos desprendemos de la guía y adquirimos cierta autonomía que se traduce en un efecto emancipador. Ya somos adultos. Taine diría que somos sabios y también una variedad extremadamente rara. Suele surgir entonces cierto arrobo patriotero que creo que tiene que ver con la incapacidad para admitir la realidad. Pero generalmente se mantiene un grado de admiración que resulta más digestivo para nuestro equilibrio emocional.
Cuando se visita ese mismo país en sucesivas ocasiones hasta el punto de convertirse en un destino habitual, entramos en una nueva fase crítica en la que entran en juego otros factores ajenos al propio viaje. Algo parecido me pasa a mí con Canadá. Cuanto más lo conozco más me fascina pero más me ayuda también a reconocer algunas cosas de España que consideraba irrelevantes. Es la lógica ecuación. Estos días estoy leyendo un interesantísimo libro de Stéphane Dion, líder de los liberales canadienses (actualmente en la oposición), exministro de Medio Ambiente y de Asuntos Intergubernamentales y autor de la famosa Ley de la Claridad, que reconocía la evidencia legal de una posible secesión de Quebec pero al mismo tiempo establecía el coste social y económico de esa separación para los québécois.
Desde entonces, desde que tuvieron que abandonar la cómoda placidez de los discursos teóricos para afrontar sin ambages las consecuencias de una hipotética independencia, los nacionalistas quebequeses han ido perdiendo apoyo en las sucesivas consultas electorales. Dion, que es québécois y se declara nacionalista, defiende sin embargo el valor democrático y solidario de un sistema federal basado en el apoyo mutuo de las diez provincias que componen Canadá. Esta obviedad es la base de un discurso de profundo contenido académico (Dion procede del mundo universitario), en el que apenas queda campo para la especulación política. En próximos días escribiré algo más extenso sobre el pensamiento de Dion, que resulta tremendamente cercano a la realidad española. De hecho, el discurso del político québécois ha sido adoptado por los nacionalistas vascos y catalanes e instrumentalizado convenientemente para adaptarlo a sus reivindicaciones. El propio Dion se queja de ello.
Viene esto a cuento del interés que me suscita el enorme esfuerzo que ha realizado la sociedad canadiense por integrar a los ciudadanos de todo el mundo que han ido a parar a su territorio. En algunos momentos de la reciente historia del país seguramente la población anglófila ha sido más indulgente con el inmigrante que con el propio compatriota francófono de Quebec. Pero este conflicto de carácter doméstico no ensombrece el indudable carácter hospitalario de Canadá, un país construido a partir de la llegada de gentes de todo el planeta. Toronto, la principal urbe del país, es la ciudad del mundo que acoge el mayor número de etnias y sus políticos han sido capaces de establecer normas y leyes de convivencia que en algunos casos contravienen la letra de la Constitución. El deseo de integrar ha podido más que el marco legal. La experiencia, en general, ha resultado positiva y Canadá es hoy un pujante país en el que se ha alcanzado un grado de convivencia entre culturas ciertamente ejemplar. Hay casos concretos que llaman la atención: un pakistaní que pertenecía a la Policía Nacional llevó a los tribunales su deseo de usar el turbante con el uniforme oficial. La justicia le dio la razón y desde entonces la popular prenda se considera parte optativa del uniforme de la policía. ¿Os imagináis en España que un guardiacivil pakistaní solicitara el uso del turbante en lugar del tricornio?
Americanos

Dos míticos libros reeditados en España en los últimos meses recuperan la atmósfera de la América profunda, aquella que deja en evidencia la imagen deslumbrante de la primera potencia mundial y exhibe sus más vergonzosas miserias. Los dos libros diseccionan la sociedad americana marginal y desprotegida de la primera mitad del siglo XX, aunque lo desolador del asunto es la cruel certeza de que ese cuadro hiperrealista no ha cambiado en el nuevo siglo. América es la tierra de los sueños y también de las injusticias sociales estructurales amparadas ya en la carta de los padres fundadores de la nación en el siglo XVIII. El martes Estados Unidos puede tener el primer presidente de raza negra de la historia. Una corresponsal de un medio de comunicación español en New York matizaba el otro día en la Cadena SER: “que Obama gane no confirma que en América cualquier ciudadano por humilde que sea puede aspirar al poder; Obama es de color pero estudió en Harvard. Sigue representando a las élites del país”.
El fotógrafo suizo Robert Frank recorrió 46 estados norteamericanos a mediados del pasado siglo por encargo de la Fundación Guggenheim para retratar lo que él mismo calificó como la “periferia social, del blanco y del negro, de una desesperación a veces evidente”. Frank hizo más de 28.000 fotografías pero escogió tan sólo 86 para el libro “Los americanos”, que fue editado en 1958 en Francia por las presiones de ciertos sectores políticos americanos que no aceptaban la turbadora visión del país que había captado el fotógrafo suizo. Ese libro es uno de los mejores tratados de fotografía del siglo XX y supuso una revolución conceptual debido a su arrollador espíritu transgresor. Frank utilizó deliberadamente técnicas insólitas en el fotoperiodismo de la época como los desenfoques, la penumbra o los encuadres imperfectos. Todo ello encerraba un mensaje, proyectaba una imagen pretendida, condicionaba un estímulo en el espectador.
Las fotos de Frank eran puñales clavados en el orgullo de los americanos. Sus retratos de rostros anónimos y derrotados hablaban de un país escondido y vulgar, incapaz de mostrarse a sí mismo por miedo a una decepción irreversible. Los paisajes urbanos transmiten desesperanza y desolación; se trata de un submundo en el que habitan personajes sin rumbo ni horizonte, ajenos a la gloria inerte del gran sueño americano. Son extraños en un país mentiroso y traidor. Frank estuvo estrechamente vinculado con los popes de la generación beat, y de hecho Jack Kerouac fue el autor del prólogo de “Los americanos”, un brillante texto que ahondaba en el profundo pesimismo ya manifestado en su célebre novela “On the road”. Las palabras de Kerouac son perfectas para adentrarnos en la obra fotográfica de Frank. "Después de ver estas imágenes, terminas por no saber si un jukebox es más triste que un ataúd", dice el escritor antes de concluir que “a quien no le gusten esas fotitos no le gusta la poesía, ¿o no? A quien no le gusta la poesía se va a casa y ve en la tele escenas de vaqueros con sombreros grandes aguantados por cabellos amables”. Excelente definición de América. Kerouac dijo de Frank que era uno de los grandes poetas trágicos del mundo, “se tragó un triste poema desde la misma América y lo pasó a fotografía”. Imposible mejorar la síntesis de “Los americanos”.
El artista suizo estuvo muy influenciado por otro gran fotógrafo norteamericano, Walker Evans, el hombre que puso imagen a la gran Depresión estadounidense. En julio de 1936, mientras en España comenzaba la guerra fratricida, Evans y el periodista de Fortune James Agee convivieron dos meses con tres familias de campesinos algodoneros del sur de Estados Unidos. El encargo de la revista era ofrecer la vida cotidiana de los arrendatarios durante la terrible crisis pero los dos reporteros trajeron una crónica desgarradora y austera que no convenció a los editores. La realidad resultó ser mucho más dura de lo que podía aceptar la autoestima patriótica de los directivos de Fortune. Agee decidió llevar sus textos a un libro y así nació “Elogiemos ahora a hombres famosos”, uno de los ensayos periodísticos más influyentes y demoledores del siglo XX. La prosa del redactor se reforzaba con la excepcional fotografía de Walker Evans, capaz de desnudar el alma de sus personajes con un enfoque precipitado o un ángulo incorregible. Su irreverente insumisión formal en el manejo de los códigos fotográficos abrió un nuevo tiempo y creó un estilo que influiría en decenas de fotógrafos como el citado Robert Frank.
“Elogiemos ahora a hombres famosos” ha sido considerado un compendio de “conciencia social y radicalismo artístico”. James Agge escribe: “Si pudiera, no escribiría nada aquí, serían fotografías; el resto serían fragmentos de ropa, trozos de algodón, puñados de tierra, frases aisladas, pedazos de madera y hierro, frascos de olores, platos de comida y de excremento. (…) Pero, tal y como están las cosas, haré lo poco que pueda escribiendo. Sólo que será muy poco. No soy capaz de hacerlo; y si lo fuera, ustedes ni se acercarían a ello. Porque de acercarse, apenas soportarían seguir viviendo”. Este país del que hablaba James Agge en 1936 acude el martes a las urnas para elegir nuevo Presidente. 50 millones de americanos son pobres. “Elogiemos ahora a hombres famosos y a nuestros padres que nos engendraron”.
El mito

Al final nos hemos decidido a reeditar "Canfranc. El Mito", el libro que publicamos en 2005 sobre la historia de la línea ferroviaria y la estación internacional. Se agotó en apenas cuatro meses y desde entonces han sido constantes las peticiones de adquisición procedentes de todo el país e incluso de Sudamérica, donde es sorprendente el conocimiento que se tiene del Canfranc. El libro lo presentaremos el próximo 18 de julio en el Hotel Santa Cristina de Somport, coincidiendo con el 80 aniversario de la inauguración de la línea. Creo que no podía ser mejor día para presentar la segunda edición. La fecha se las trae. El destino (y una pandilla de miltares) quiso que ese 18 de julio, que el periódico zaragozano El Noticiero bautizó como "San Canfranc", pasara a ser ocho años después el símbolo del alzamiento nacional y el día del inicio del horror. En Canfranc el 18 de julio era la representación de la vida, una exaltación festiva; la estación dio origen al poblado de Arañones y como en las historias épicas del viejo Oeste americano, el tren llegó para instalar el progreso y la modernidad. Un contraste terrible con el triste significado que tiene para la mayoría de españoles.
Este solapamiento de "emotividades" creó no pocas suspicacias en los años de la transición. De hecho, los primeros ayuntamientos democráticos de Canfranc, arrastrados por esa necesaria corriente depurativa que quería limpiar las miasmas de la memoria franquista, decidieron trasladar la fecha de las fiestas para que nadie dudara de su sentido y oportunidad. En esa entendible esquizofrenia ideológica, donde la sospecha tenía el peso de la certeza, el 18 de julio desapareció del calendario sentimental de los canfranqueses, pese a que ellos sabían bien que aquél día de 1928 un tren les apeó en la estación de la esperanza. Esperanza, bien es verdad, que pronto se tranformó en la mayor de las frustraciones que ha experimentado esta tierra en el último siglo.
80 años después la estación de Canfranc está en pleno proceso de rehabilitación para su conversión en un hotel de cinco estrellas. El majestuoso edificio diseñado por el ingeniero Ramírez Dampierre nunca volverá a recibir un tren, pero al menos ahora sabemos que tampoco correrá el riesgo de hundirse; hipótesis muy real hasta no hace mucho. En otoño desaparecerá el enorme andamio que ahora cubre la estructura del edificio y entonces podremos ver el resultado de la primera fase de su restauración. Pero aún tendrán que pasar algunos años más para que el inmueble vuelva a tener un uso definido y desaparezcan los vacíos y los silencios.
El Canfranc nunca ha tenido buena suerte. Incluso ahora, cuando por fin las administraciones se deciden a frenar su vergonzoso deterioro, la crisis económica jugará seguramente a medio plazo en contra de sus intereses. La restauración del edificio la pagará el Gobierno de Aragón con las plusvalías que le genere la urbanización y construcción de la inmensa playa de vías que se extiende en el lado francés. El parón del sector inmobiliario va a afectar directamente a las vías de financiación del proyecto. A mi me sigue sorprendiendo la tibieza de los apoyos que recibe el Canfranc en contraste con otros proyectos que se han desarrollado en Aragón en los últimos años. Si el ferrocarril pertenece al territorio de los símbolos y sobre él se construyó el discurso autonomista en los años de la transición, cómo es posible que cueste tanto dignificarlo. ¿No está en juego nuestra propia dignificación como sociedad? Yo creo que si.
En Zaragoza

El pasado viernes, como os había anunciado con impertinente insistencia, presentamos en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza nuestro libro "Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca. 1923-1936". Más de media entrada y muchos amigos y caras conocidas. Permitidme que agradezca la presencia del Delegado del Gobierno en Aragón, Javier Fernández, que aceptó sin dudarlo nuestra invitación para que introdujera el acto. Javier es un viejo conocido. Mucho antes de que entrara en política ya había compartido con nosotros en Jaca algún acto cultural y había presentado alguno de sus libros en nuestra librería. Pero eso fue ya hace mucho tiempo. Con todo lo que ha llovido y lo que han cambiado nuestra vidas (sobre todo la suya), sigue respondiendo a nuestras llamadas igual que entonces. Es de agradecer. Javier es historiador, abogado y militar. En su primera faceta se especializó en la violencia política de la primera mitad del siglo XX, precisamente el argumento que sirve de base a nuestro libro sobre el fotógrafo Alfonso.
En Zaragoza el viernes volvimos a recordar algunas anécdotas que siempre resultan divertidas, aunque tienen un trasfondo inquietante. Hace dos años, cuando celebramos con el Círculo Republicano de Jaca el 75 aniversario de la sublevación, le invitamos a que participara en una de las mesas redondas. Él, como siempre, aceptó gustoso. El diario La Razón, siempre preocupado por defender las escencias patrias, polemizó con el asunto y publicó una noticia en la que denunciaba que el Delegado del Gobierno socialista en Aragón defendía la III República en una jornadas que se iban a organizar en Jaca. Pese a la polvoreda y las perversas intenciones del periódico madrileño, Javier no rebló y mantuvo su compromiso de acudir a las jornadas. Este viernes hablamos también de la Ley de Memoria Histórica, de su importancia para cerrar las heridas todavía abiertas en este país y hacer justicia con los que sufrieron en silencio la represión franquista. Un tema recurrente que parece ahora lejano y olvidado, uno de esos asuntos de vida efímera que pueblan las páginas de la prensa diaria. Pero ocurrió hace escasos meses, cuando el juego político nos situaba al borde del abismo guerracivilista, según decían.
Más Alfonso
El próximo viernes 16 de mayo a las 19.30 horas presentaremos en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza (Pº Independencia) el libro "Los años convulsos" del historiador Juan José Oña. Ya os he informado sobradamente de la publicación de este hermoso volumen en el que recuperamos la figura del fotógrafo madrileño Alfonso, que cubrió como enviado especial de los diarios La Voz y El Sol la sublevación republicana de los capitanes Galán y García Hernández en diciembre de 1930 en Jaca. Hace dos semanas Antón Castro dedicó en su programa "Borradores" (Aragón TV), un amplio espacio al libro y abrió la entrevista con un excelente montaje de la realizadora oscense Yolanda Liesa, en el que se recrea con las fotografías de Alfonso y consigue transmitir toda la intensidad y turbulencia de aquellas históricas jornadas. Son dos minutos que resumen a la perfección lo que es el libro, no son necesarias más explicaciones. Nos vemos el viernes.
Borradores

“Borradores” recibe al periodista y editor Juan Gavasa, al escritor Fernando Lalana. Amancio Prada y a la actriz Lola Dueñas también conversarán con Antón Castro acerca de sus nuevos trabajos y proyectos. "Borradores" recibe en el estudio al grupo Eraje, una banda de folk-fussion, que interpretará dos temas de su último disco: “Extravagante”, grabado en 2007 Acuden al plató el periodista y editor Juan Gavasa, responsable del sello Pirineum que acaba de editar “Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca (1923-1936)”, que ha preparado el historiador Juan José Oña. El libro es realmente espectacular y recupera un espléndido material gráfico de este gran reportero madrileño, vinculado a la dictadura de Primo de Rivera, las ejecuciones de Galán y García Hernández y la proclamación de la II República. También visitará “Borradores” el escritor Fernando Lalana, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, que acaba de publicar el libro “1808. Los cañones de Zaragoza” (Alfaguara), escrito al alimón con José María Almárcegui. Antón Castro, en "Borradores", nos ofrece una extensa entrevista con Amancio Prada, que acaba de publicar dos discos: uno sobre San Juan de la Cruz, grabado en la iglesia de los Jerónimos, y “Vida de Artista”, su homenaje particular al cantautor y compositor francés Leo Ferré; emite un reportaje sobre “Cosas del Surrealismo”, la gran exposición de diseño, moda, publicidad y arte surrealista que se expone en el Museo Guggenheim de Bilbao patrocinada por el BBV. Finalmente, Antón Castro conversa con la actriz Lola Dueñas, acerca de su trayectoria y de sus colaboraciones con Nacho García Velilla, Pedro Almodóvar y Alejandro Amenábar. "Borradores" se emite el jueves a las 23:20 horas.
Defensa

He comenzado a leer el último libro del escritor italiano Alessandro Baricco. Se trata de un ensayo titulado "Los bárbaros" en el que recopila los artículos publicados en el periódico La Reppublica entre el 12 de mayo y el 21 de octubre de 2006. Escritos con la precipitación que exige el ritmo casi irreflexivo de los diarios, son sin embargo un friso clarividente de las mutaciones que está sufriendo el mundo. El propio escritor (su popular novela "Seda" acaba de ser llevada al cine), advierte en el prefacio de la imperfección estilística de sus textos, una mácula pretendida que refuerza su valor como documento notarial de un tiempo que se presume la antesala de una nueva sociedad probablemente peor. Baricco reconoce que "podría haber hecho algo más ordenado, más sólido y menos bárbaro, pero hubiera quedado un poco muerto y decidí conservarlo tal cual, sin correcciones, porque lo más importante para mi es la fuerza y la vitalidad".
Ha utilizado el fútbol, el vino y la industria editorial para construir las metáforas sobre las que se asienta su autopsia de un cadáver agredido por esos bárbaros que están mutando los valores culturales consolidados durante más de medio siglo. El buscador Google es el paradigma de todos ellos, un mecanismo -denuncia el escritor- que ha conseguido que las prospecciones culturales se queden en la superficie, imbuidas por un frívolo espíritu que se conforma con las luces del boato mediático en detrimento de la pausada y reflexiva búsqueda del verdadero conocimiento.
No soy un gran conocedor de la obra de Baricco pero su literatura me atrapa con frases certeras capaces de sintetizar un millón de sentimientos. Hay una especialmente sugestiva y terriblemente triste, extraida de uno de sus relatos que casualmente también ha publicado en su blog el escritor Daniel Gascón. Utiliza al defensa de un equipo de fútbol para dibujar la metáfora del ser resignado, limitado por sus miedos ancestrales y sus prejuicios religiosos. El miedo a la vida es el temor del defensa a subir al ataque y participar del éxtasis colectivo del gol. El gol es la verdadera fiesta de la vida, el deseo de libertad. Dice Baricco: "en esa época tenía yo la idea de que la vida era un deber que tenía que cumplirse, no una fiesta que había que inventar". Es conmovedor. Reproduzco parte del artículo, os lo recomiendo.
Cuando empecé a jugar con la pelota eran los años sesenta y todavía no existían Moggi ni Sky. Era el único que no tenía botas de fútbol (no éramos pobres, pero éramos católicos de izquierdas), por lo que jugaba con las botas de montaña atadas en el tobillo: por eso, y según una lógica imperiosa, los mayores decidieron que tenía que jugar en la defensa. En esa época tenía yo la idea de que la vida era un deber que tenía que cumplirse, no una fiesta que había que inventar, y por eso durante años me ceñí a esa indicación categórica, creciendo con la mentalidad de un defensor y ascendiendo en las categorías futbolísticas llevando en la espalda el número 3. Era, en esa época, un número carente de poesía, si bien aludía a una disciplina enérgica e imperturbable. Se correspondía más o menos con la idea, imperfecta, que me había hecho de mí mismo. En ese fútbol, el defensor defendía. Era un tipo de juego en el que si uno llevaba en la espalda el número 3, podía jugar decenas de partidos sin traspasar nunca la línea del centro del campo. No era necesario. Si el balón estaba allí, tú esperabas aquí, y te tomabas un respiro. El asunto te proporcionaba una extraña percepción del partido. Yo, durante años, he visto a mi equipo marcando goles lejanos y vagamente misteriosos: era algo que ocurría allí al fondo, en una parte del campo que no conocía y que, a mis ojos de defensa lateral, reproducía el aura legendaria de una localidad balnearia, más allá de las montañas: montañas y gambas. Cuando marcaban un gol, allá en el fondo se abrazaban, esto lo recuerdo bien. Durante años vi cómo se abrazaban, desde lejos. De vez en cuando incluso me dio por recorrer todo el campo para unirme a ellos, y abrazarme yo también, pero la cosa no salía muy bien: uno siempre llegaba un poco tarde, cuando la parte más desinhibida del asunto ya había terminado: y era como emborracharse cuando los demás están volviendo a casa.
Olvido

Llevo días de mucho trajín y apenas he podido dedicar unos minutos a echarle agua al blog. Siento esta pequeña falta de responsabilidad con mis compromisos. Lo cotidiano frecuentemente acaba devorando estos pequeños gestos carentes de solemnidad pero que tienen un poderoso valor terapéutico. He leído varias cosas estos días que me han llamado la atención, y ninguna tiene que ver con el conflicto interno del PP, que dista poco del que pueda tener la Pantoja con el Muñoz o el hijo de la primera con su variada troupé. En esencia son lo mismo, es decir; nada.
Escuché a Juan Gelmán el miércoles en la entrega del Cervantes. Estos argentinos tienen poesía en su fonética, no necesitan mucho más para encandilar al personal. Luego, si construyen hermosos edificios sintácticos como los que diseña el poeta, apenas un suspiro les separa de la excelencia. Es sorprendente este país. Algunos de sus hijos han aportado a la humanidad un puñado de las creaciones literarias más bellas y perfectas de la historia. Borges, Cortazar, Aira o Sábato han hecho de Argentina esa onírica tierra que pervive como un sueño frustrado en el imaginario de muchos españoles.
Es la misma tierra capaz de colapsar la razón con infaustos brotes de violencia colectiva surgidos habitualmente del germen de las bajas pasiones que suele ser el fútbol. Algún psicoanalista (argentino seguro), dijo una vez que este trastorno bipolar nace de la oscura noche de la dictadura militar. Es una teoría más, pero tiene sentido. La violencia sólo genera más violencia, y la represión un dolor eterno. El subconsciente guarda en muchas ocasiones lo peor de nosotros mismos y sólo es necesaria una espita para que brote con la fuerza con que lo hace a veces.
En realidad quería acabar hablando de Gelman pero algunas de las cosas que dijo en su discurso tienen mucho que ver con lo escrito anteriormente. El poeta habló del olvido y de la injusticia de su imposición. Como escribió Benedetti, el olvido está lleno de memoria y por mucho que unos se empeñen en enterrarla nada será posible mientras no exista la voluntad del perdón. Y nadie, que yo sepa, lo ha pedido todavía. Estoy leyendo estos días la biografía que Santiago Carrillo ha escrito de ese poliédrico personaje que era La Pasionaria. El autor recuerda la profunda convicción de la líder comunista sobre la necesidad de cerrar y olvidar las heridas del pasado para construir la incipiente democracia española. Este argumento, que lo he escuchado hasta la náusea en los últimos meses, probablemente fue el alto precio que tuvieron que pagar hace treinta años los perdedores de la guerra civil para recuperar el sistema democrático y cerrar la etapa más sombría de la reciente historia de España. Olvidar para volver a ser libres. Pero treinta años después, las nuevas generaciones de españoles nacidos en democracia (muchos los nietos de los represaliados), han convenido que ha llegado el momento de cerrar de una vez por todas la transición. Gelman habló de ello el miércoles y dijo algo certero y desolador: “esa clase de olvido es imposible”.
He celebrado hace dos años, [...] mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.
Para san Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.
Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. “¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!”, exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.
[...] Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.
Los libros muertos

Llevo casi toda la semana con un trancazo primaveral que me ha dejado hecho unos zorros, con pocas ganas de alimentar el blog. Pero el blog necesita agua casi a diario (qué os voy a contar), y hoy voy a reproducir un artículo del escritor madrileño Luisgé Martín que publicó ayer en la página 2 de Babelia. Creo que más de uno se reconocerá en el texto. Confío en que pronto pase el virus.
Mi padre, cuando yo era niño, compraba libros, los hojeaba vagamente y los guardaba luego en la biblioteca que teníamos en el salón mientras repetía una frase ritual: "Para la jubilación". Yo crecí creyendo, así, que los libros eran uno de esos tesoros que se van acopiando poco a poco para ser gastados luego con paladeo. Crecí creyendo que la recompensa que traía la vejez era ésa: la placidez de un tiempo interminable en el que poder leer.
Cuando por fin se jubiló, mi padre no leyó ninguno de aquellos libros, pues algunos hábitos necesitan adiestramiento. Yo, sin embargo, seguí creyendo que en la edad provecta encontraría ese paraíso: días sin fin ocupados con la lectura. Hasta los treinta años estuve convencido de que, salvo que muriera joven, tendría tiempo a lo largo de mi vida para leer todo lo que me interesaba. Por eso gastaba mucho dinero en comprar libros que no podría leer de inmediato pero que, en esa jubilación dorada o en alguna vacación, tendría ocasión de disfrutar. Luego empecé yo mismo a publicar libros, a conocer a escritores y a tener tratos con editoriales de todo pelaje. Comenzaron a llegarme a casa novelas, ensayos, volúmenes de cuentos y tomos misceláneos que había que sumar a los que yo seguía comprando meticulosamente. Y llegó un momento en el que me di cuenta de que, como muchas otras cosas cardinales, aquel asunto tenía una formulación dolorosamente matemática. A causa de mis obligaciones laborales, de los tratos con amistades y familia, de mi pasión por el cine y del desafuero de la vida urbana, solía leer al año entre 40 y 60 títulos. En ese mismo periodo, mi biblioteca, haciendo números redondos, se engrosaba con unos 250, de los cuales me apetecía leer al menos la mitad. Es decir, que cada año mi saldo negativo engordaba en 75 libros, a los que yo de vez en cuando acariciaba el lomo diciendo: "Para la jubilación".A los cuarenta años me hice construir en mi dormitorio una pequeña biblioteca para acoger los libros pendientes, pero se llenó enseguida. A los cuarenta y tres, aprovechando una mudanza, me hice fabricar otra con muchas más estanterías y purgué los títulos con un criterio exigente: guardé allí sólo aquellos por los que sentía verdadero deseo y trasladé a la biblioteca ordinaria o regalé los que habían dejado de interesarme poderosamente. Redoblé además el rigor con el que abandonaba a medio leer los libros que no me seducían lo suficiente, procurando así vaciar con mayor rapidez los estantes hacinados. A pesar de todos mis esfuerzos, sin embargo, siguieron llenándose sin remisión.
He calculado que a este ritmo llegaré a la edad de jubilación con 2.000 libros pendientes de lectura. Suponiendo que viviera veinte años más con buena salud y que el ritmo de engordamiento anual de mi biblioteca fuera en ese tiempo menor (descartados ya los clásicos), debería engullir unos cuatro libros cada semana para morir en paz literaria, todo ello sin darme ocasión a releer ni una sola página. Es decir, debería dedicar mi vejez a leer sin desfallecimiento, obsesivamente, lo que resulta una tarea imposible y desagradable. Por eso cuando entro cada día al dormitorio y me paro frente a los anaqueles a mirar los libros sin abrir, veo las sombras de la muerte. Trato de averiguar cuáles de aquellos volúmenes mansos irán quedándose allí año tras año. Qué personajes o qué aventuras. Qué palabras del laberinto.
Luisgé Martín (Madrid, 1962) es autor de Los amores confiados y El alma del erizo, ambos en Alfaguara.
Los años convulsos
Por fin hemos metido en imprenta el último libro de nuestra editorial (Pirineum). "Los años convulsos", del historiador Juan José Oña. Ha sido un proceso largo, largo, largo, que comenzó allá por el año 2004. Hubo un momento en este tiempo en el que desistimos de su edición porque los problemas que se nos presentaban parecían irresolubles. Pero se solucionaron. Y el día 12 de abril lo presentaremos en Jaca, el 18 en Huesca y el 16 de mayo en Zaragoza. (Os iré informando con detalle de estas presentaciones). De momento os anticipo la hermosa portada y la sinopsis de la contra. Se trata de un libro sobre la sublevación de Jaca a partir del hallazgo de un valioso material del fotógrafo Alfonso, uno de los mejores reporteros gráficos de la historia del periodismo español. En torno a este relevante suceso hemos trazado un viaje visual por la historia de España entre 1923 y 1936, un periodo convulso, sin duda, que explica muchas de las cosas que hoy ocurren en nuestro país. Las fotos de Alfonso nos permiten ese viaje por el retrovisor de la historia. Espero que os guste.
"Los años convulsos” es un viaje por la España del primer tercio del siglo XX a través de la lente del genial fotógrafo Alfonso. Se trata de uno de los periodos más agitados, apasionantes y trágicos de nuestra historia que desembocó en la Guerra Civil y en la posterior dictadura franquista. El libro gira en torno a un eje: la sublevación republicana protagonizada por los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández el 12 de diciembre de 1930 en Jaca. Para el autor, la causa de esta insurrección fue el declive irreversible de la Monarquía de Alfonso XIII; la proclamación de la Segunda República mediante unas elecciones democráticas cuatro meses después, su consecuencia directa.El volumen es el resultado de la exhaustiva investigación en los fondos del fotógrafo madrileño Alfonso sobre los sucesos de Jaca, que cubrió como reportero para los diarios El Sol y La Voz. La recuperación de un valioso material inédito de aquellas históricas jornadas ha dado pie a este libro que proyecta desde el ámbito local una perspectiva general de lo que fue España entre 1923 y 1936. Alfonso Sánchez, uno de los periodistas gráficos más importantes del periodismo español de la época, y sus hijos Alfonsito, Luis y Pepe, estuvieron presentes en buena parte de los acontecimientos políticos, sociales y culturales más relevantes de aquellos años. A través de sus fantásticas imágenes –muchas de ellas sobradamente conocidas– el libro sigue el curso de la historia española y rescata la esencia de un tiempo de convulsión y de esperanzas.
El retrato del fin

El escritor y reportero Joseph Kessel y el fotógrafo Jean Moral viajaron a España en el otoño de 1938 para cubrir para Paris Match y Paris-Soir los últimos meses de la Guerra Civil. Ciertamente no fueron conscientes hasta pisar suelo español de que lo que iban a encontrar era el estertor de la contienda, el derrumbe de la esperanza republicana y el final de la resistencia heróica de Barcelona, Valencia y Madrid. Su decepción fue mayúscula. No llegaron a tiempo de recoger la épica de la batalla ni el entusiasmo de los primeros meses. Nada de esos quedaba ya en un país destrozado y a punto de ser sometido por completo a la bota del franquismo.
El periodista de Le Monde, Michel Lefebvre, hijo de un republicano español, ha reunido en un libro de hermosa factura todas las crónicas publicadas por Kessel y las fotos de Moral que ilustraron sus reportajes. ("Kessel-Moral. Dos reporteros en la Guerra Civil Española". Inédita Editores). Es la imagen de la rendición, de la derrota de un pueblo que lleva dos años resistiendo lo inevitable. En su mayoría son imágenes que apenas se han difundido porque carecen seguramente del misticismo romántico de las de Capa, Alix, Centelles o Taro. A nadie la interesaba el fracaso, y a esas alturas no había otra cosa en el rostro de los españoles y en el paisaje de sus frustraciones. No hay ni una sola gota de idealismo ni de utopía, el edificio sobre el que se construyó el sueño de la revolución se había desmoronado estrepitosamente.
Pero llama la atención sobremanera la atmósfera de normalidad en medio del caos, la naturalidad con la que los madrileños y barceloneses esperaban el desenlace final. Su dignidad estremeció a los dos reporteros franceses. Las bombas caían constantemente pero los bares, restaurantes y teatros seguían abiertos, fieles a su cita diaria. “Los refugios están atestados –escribe Kessel-, de gente que duerme bajo la asfixiante protección de la oscuridad, mientras en los teatros se actúa a la luz de los quinqués. En los clubes nocturnos, bajo la titilante llama de los quinqués de petróleo, obreros, soldados y policías hacen bailar a las chicas en medio de un coro de risas y gritos que salen de bocas invisibles”.
Los españoles se morían de hambre pero cuenta el reportero que nunca nadie le pidió ni un mendrugo de pan. “El hambre de cigarrillos, el único confesable, obsesiona a hombres y mujeres por igual. Hasta he llegado a ver a hombres decentes seguirme por la calle para recoger del suelo mis colillas” afirma en una de sus crónicas. En otra de ellas se pregunta: “¿ cuál fue ese gobierno que, derrota tras derrota, logró poner en pie un ejército y mantener durante un año a la población civil en un estado de hambruna prácticamente crónica?”. Los reportajes de Kessel y Moral hablan del fracaso y, sobre todo, de la dignidad de un pueblo. La esperanza traicionera se ha esfumado pero se sigue cultivando un orgullo que bien podría confundirse con un mero instinto de supervivencia; un resorte natural que se activa cuando el ser humano contempla a la vuelta de la esquina el final.
Es eso lo que se desprende de las crónicas de los periodistas franceses. Quizá un brote de inconsciencia en un momento en el que ya nada importa, salvo el deseo de mantenerse en pie cueste lo que cueste. En un artículo publicado en noviembre del 38 en Barcelona recoge el testimonio de una mujer que le confiesa preferir el hambre y la muerte a la derrota. Escribe también de las costumbres inalteradas, de esos banquetes en el antiguo hotel Ritz en los que ahora el único manjar es un plato de lentejas duras como la piedra. Pero incluso en torno a ese plato putrefacto los madrileños se visten con sus mejores galas para engañar a la realidad. O ese cura que pide una oración en mitad de la misa por “los que van a morir” tras oír las sirenas que anuncian nuevos bombardeos. La normalidad de la tragedia impacta en cada texto.
Kessel volvió a Madrid con su hermano en febrero de 1939, cuando todo el mundo huía del país, cuando Barcelona ya había caído y la única esperanza era escapar. Lo que encontró es sobrecogedor: “Los dados están echados pero una parte importante de la población aún lo ignora, y agotada, se deja mecer por la calidez primaveral mientras los que saben temen represalias y otros, irreductibles, intentan aún desesperadamente inclinar hacia el otro lado la balanza del destino”. En tres meses la probabilidad de empeorar se ha cumplido. “El pasado noviembre a pesar de la hambruna y de los bombardeos, sus habitantes desprendían una alegría y una fuerza que ahora no se ve en ninguna parte”.
El final ya se conoce. Como dijo Gil de Biedma, la historia de España siempre acaba mal. Y los dos reporteros franceses llegaron a tiempo para testificar el final de un sueño de libertad que apenas duró cinco años. “Vaya y repita en Francia lo que acaba de oír” le dice un amigo republicano a Kessel, en un tono conminatorio que suena a súplica para suavizar las seguras represalias. El mismo tono utilizado por Azaña cuando pidió paz, piedad y perdón a los sublevados en su discurso de 1938. Nada de eso hubo.
Amarillo

Félix Romeo no es un escritor que me entusiasme. Leí sus dos primeras novelas, “Dibujos animados” y “Discotheque”, y ambas me dejaron indiferente. Tampoco comparto muchas de las opiniones del Félix Romeo critico literario, pienso que sus filias y sus fobias influyen en demasiadas ocasiones en su juicio. Al pobre Juan Goytisolo, por ejemplo, lo tiene enfilado desde hace tiempo y no le pasa una. Él sabrá.
Dicho esto, quería contar que he leído su tercera novela, “Amarillo” y me ha dejado sobrecogido. Me acerqué a ella con todas las sospechas que me crea el habitual cierre de filas que practican algunos escritores zaragozanos cuando se trata de uno de sus miembros. Demasiado almíbar y camaradería de campamento.
Pero esta vez no es el caso. El libro de Félix Romeo es tal y como la cuentan. Chusé Izuel era un joven y prometedor escritor zaragozano y crítico literario que se suicidó en 1992 en Barcelona. Se tiró del balcón del piso que compartía con el propio Romeo y Bizén Ibarra después de una tormentosa deriva tras una ruptura sentimental.
La novela en realidad no es una novela. Al menos no lo es en el sentido clásico. Difícilmente se puede adscribir a un género determinado porque aunque hace prospecciones en muchos no resuelve ninguno. Y éste es el gran hallazgo y también el gran acierto de Romeo. El libro se ha ido tejiendo a partir de los recuerdos, los textos escritos por Izuel, los retazos de su libro póstumo (“Todo sigue tranquilo”. Ediciones Libertarias. 1994), sus críticas literarias en el suplemento “Rayuela” de El Periódico de Aragón, y sus múltiples frases nacidas de fogonazos de efímera inspiración. Es una especie de inventario del alma. Esta estructura facilita la equidistancia del autor y enfatiza con sus premeditadas reiteraciones la dimensión del desgarro que está consumiendo al protagonista.
Romeo se ha quedado en un segundo plano como un actor secundario que observa en un discreto silencio el deambular del protagonista en el escenario. El escenario, claro está, es la vida y su protagonista un ser que habita en el quicio del abismo. Era la única forma de no caer en la tentación legítima del ditirambo. En ningún momento el Romeo escritor se deja engatusar por el Romeo amigo. No hay un solo guiño a la ampulosa retórica de los obituarios. No hay señales que anuncien una intención hagiografa.
El libro podría parecer un necesario viraje al pasado para sellar un sofocante sentimiento de culpabilidad que no mengua; el del escritor. Un ajuste de cuentas que silencie de una vez por todas los ecos desgarrados de la memoria. Lejos de ello, el texto muestra las heridas descarnadas de ese pasado con toda su crudeza, sin tiritas ni antibióticos; con la sangre chorreando a borbotones. Así de cruel fue esta historia y así hay que contarla. Pero hay un sentimiento de culpa que cae como una losa sobre cada palabra. ¿por qué desde hace años arrastro una terrible sensación de culpa por tu muerte? se pregunta el autor. Y ésta otra más terrible todavía: ¿cómo no me di cuenta de que te ibas a suicidar?
El tiempo y la distancia ponen luz sobre muchos de los textos de Izuel, alumbran las entrelíneas de sus escritos sincopados, anárquicos e imperfectos; interpretan y traducen los mensajes ocultos que, en realidad, eran gritos desesperados de angustia y auxilio. Pero, lo dicho, eso solo lo puede iluminar el tiempo. La lectura de “Amarillo” describe sombras muy reconocibles de la personalidad humana. Todos en algún momento de nuestra vidas nos hemos sentido huérfanos de cualquier sentido vital, todos hemos mirado con vértigo al fondo para descubrir con horror su insoportable cercanía. Todos conocemos el pellizco inconfundible de la decepción.
Por eso creo que el desenlace final es un hecho ajeno a las circunstancias de Chusé. Su tormento, la tortuosa personalidad que inspira sus textos, era un terreno abonado para la desesperación. Quiero decir que en ocasiones sólo es necesaria una chispa para desatar las turbulencias que hibernan en nuestra alma y en nuestra cabeza. A veces tiene nombre de mujer y otras es simplemente la vida, que ya no sabemos vivirla.
"Tengo veinticuatro años y soy un anciano que agoniza, que se atraganta con su propia saliva, que se caga en los calzoncillos, que se tropieza con sus pies, que busca la salida última, que le tiene pánico a su mismo nombre".
Chusé Izuel

