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¿Por qué la Isla de los Faisanes?

Después de muchas y absurdas discusiones, en las que había mucho de representación del poder real, los negociadores de Francia y España eligen la Isla de los Faisanes por ser territorio neutro en mitad de un río por cuya soberanía pugnan las dos monarquías desde hace tiempo. Ambas delegaciones construyen sendos puentes de acceso y una barraca en la que se celebrarán las reuniones. Compiten por hacer la barraca más espectacular y las decoraciones más exuberantes, pero acaban pareciéndose en fondo y forma. Se trata de una grandilocuente puesta en escena, con séquitos inmensos (duques, marqueses, condes, arzobispos, obispos y soldados), que pretende impresionar e intimidar a base de alardes de fuerza y riqueza. Sobre todo Mazarino.

En la Isla de los Faisanes –en la actualidad el condominio más pequeño del mundo-, había sido escenario habitual de ceremonias y celebraciones reales y este pedigrí pudo tanto como su carácter neutral. El politólogo Luis Ignacio Sáinz ha indicado que la Isla y el Bidasoa “representan literalmente un espacio simbólico de la no-identidad, ser errante que se niega ibérico y también rehúsa asumirse galo”.

En la isla tuvo lugar casi un año después los esponsales entre María Teresa de España y Luis XIV de Francia, previo encuentro de los soberanos el 7 de junio. Diego de Velázquez fue el decorador de los espacios españoles en la sala donde se realizó la boda. El esfuerzo del encargó le dejó en un estado pésimo de salud. Al regresar a Madrid, agotado, enfermó de viruela y falleció 2 meses después, el 6 de agosto.

 

¿Por qué Francia quería el Rosellón y Cerdanya?

Aunque el viejo condado del Rosellón pertenecía al rey de Aragón desde 1172, la discusión sobre su legítima pertenencia fue uno de los debates más acalorados en las conferencias del Tratado. Francia quería hacer efectiva su soberanía política “de facto” sobre esos territorios que había ocupado intermitentemente a lo largo de los dos últimos siglos aprovechando diversas guerras. Mazarino contaba con el consejo de buenos asesores, expertos historiadores y profundos conocedores del territorio, como el arzobispo Pierre de Marca o el catalán Ramón Trobat, que es el que insiste a Mazarino sobre la importancia de incorporar el Conflent porque es dependiente del Rosellón. Para ello esgrime que en ambos territorios corre la misma moneda que se labra en Perpignan, que están bajo la misma jurisdicción y que cuando estuvo empeñado el Rosellón a la Corona Francesa siempre fue incluido aquel Condado del Conflent”.  Sus argumentaciones no encontraron réplica consistente en la fútil delegación hispana.

En 1462 la Generalitat catalana pacta en su guerra con Juan II la ayuda francesa de Luis XI en 200.000 doblas de oro y pone como garantía la Cerdanya el Rosellón que pasarían al reino francés en caso de no pagarse, como así fue hasta 1493. En 1641, en plena Guerra  del Segadors, Catalunya pide ayuda al rey francés Luis XIII en su guerra con Felipe IV. Los franceses conquistan Perpignan y Roses y ocupan la fortaleza de Salces, que ya no abandonarían. Así pues, en la Isla de los Faisanes Francia defendió una política de hechos consumados en la que España le facilitó buena parte de su argumentario. El historiador José Sanabre recordaba que ya en 1647 España había ofrecido el Rosellón a Francia porque “se había convertido en el refugio de los exiliados catalanes contrario a Madrid y porque tenía una población mayoritariamente francesa”. Se ha especulado también con la teoría de que España quería debilitar el principado catalán amputándole su segunda ciudad más importante, Perpignan, que mantenía importantes rivalidades comerciales con Barcelona. La historiografía francesa de los siglos XIX y XX se ha acostumbrado a hablar de “retorno del Rosellón” a Francia cuando habla del Tratado o de “dominación española”, al periodo comprendido entre 1493 y 1642.

 

¿Por qué no se discute el Val d’Aran pese a su orientación septentrional?

Como explica el historiador Óscar Jané, el Val d’Aran no supone un tema conflictivo en las negociaciones. Por un lado, precisamente por esta idea subyacente del espacio a cambio del de Cerdaña, pero luego, fundamentalmente por dos razones: la fidelidad a Felipe IV y las tradiciones institucionales, jurídicas e históricas del valle, que lo ligaban claramente al Principado de Cataluña. La “existencia” de este caso ya es una muestra clara de inconsistencia de la idea de las “fronteras naturales” que durante tanto tiempo se ha defendido. De hecho, todo hay que decirlo, si bien el caso del Val d’Aran no es fundamental en 1659, sí que estará sobre la mesa en épocas posteriores, incluso en la década de 1920, posteriormente a la Primera Guerra Mundial, cuando los negociadores franceses por Europa y sobretodo África del Norte, eran buenos conocedores del Pirineo catalán.

 

¿Cuál fue la reacción en Catalunya a los acuerdos del Tratado?

Las negociaciones que dan pie  a la paz de 1659 se iniciaron el mismo año en que se inició la guerra oficialmente, 1635. Esto es algo que parece poco importante, pero da idea de la pausa de los diplomáticos de la época. En cualquier caso, las negociaciones se aceleraron en 1656 en una reunión en Madrid donde se encontraron representantes de Francia y España. El momento culminante se produce en París, a principios de 1659, donde casi todo está cerrado salvo la frontera catalana, que se concretará en la Isla de los Faisanes. La lógica jurídica de la época obligaba a comunicarlo a las Cortes Catalanas, o en su defecto a la Generalitat. Las autoridades catalanas ya no eran las mismas que en 1652, la represión había sido importante también, y por otro lado, en todo momento las autoridades hispánicas fueron negando en sus comunicados cualquier cesión del Rosellón a Francia a pesar de los insistentes rumores. Ante éstos, la Generalitat envió una delegación al País Vasco, pero ya era tarde, pues a su llegada, un mes más tarde de la firma, nada se podía hacer. El rey hizo celebrar la Paz en todo el reino, incluido Barcelona. Pocos son los comunicados oficiales de la época en el Principado celebrando el contenido del tratado, aunque algún dietario, como el de Miquel Parets, un barcelonés de la época, testifican del duro golpe que suponía para la integridad y privilegios de Cataluña esa pérdida.

Hay que esperar al siglo XIX y, sobretodo, a los trabajos de Josep Sanabre ya a mediados del siglo XX, para entrever el Tratado como un atentado a la identidad catalana en la historiografía del Principado y Rosellón. Esto se ha ido matizando entre lo que representó en la época, y los efectos posteriores que tuvo el tratado, tanto en lo que respecta a la pérdida territorial, como en los ataques a la lengua y cultura catalanas en el norte del país que quedó bajo soberanía de Francia. Pero esto es algo que, como todo en la historia, tiene el “defecto” de la mirada a posteriori. En 2009 tuvo lugar un congreso internacional entre Barcelona y Perpiñán donde especialistas de todo el mundo matizaron y ahondaron en estos temas. Por otro lado, y como curiosidad, alguna vez se ha planteado el debate de Perpiñán como territorio español frente a las insistentes demandas de Gibraltar por parte del Estado. De hecho, solo les separa 50 años y tratados similares. Sin embargo, la ironía de las visiones “naturales” del territorio peninsular, difícilmente harán que ningún diplomático español  exprese nunca este hecho.

 

¿Cómo se hace la frontera?

La frontera acordada en el Tratado de los Pirineos en 1659 no se define sobre el terreno hasta dos siglos después. De 1856 a 1868 la Comisión Mixta de Límites creada por ambos países trabajó in situ para establecer los deslindes de la frontera. El sector vasco-navarro se definió en 1856. El sector pirenaico de Aragón se hizo en 1862, el tramo entre la frontera oscense y Lleida en 1866 y de Andorra hasta el Mediterráneo en 1868. Los Tratados de Bayona, firmados durante los mandatos de Isabel II y Napoleón III, determinaron la línea fronteriza que hoy perdura. Para ello se colocaron 602 mojones a lo largo de toda la cordillera, numerados de oeste a este desde las orillas del Bidasoa hasta el Cap de Cèrber. Otros 45 mojones establecen la frontera alrededor de Llivia.

Para definir cada metro de frontera los responsables de la Comisión tuvieron que atender viejos litigios entre vecinos y soportar todo tipo de presiones de índole social, económica o política. Se intenta aprovechar el Tratado para resolver los viejos conflictos vecinales, aunque no siempre se logra. Por eso se crea la Comisión Internacional de los Pirineos (CIP), para velar por el cumplimiento de las resoluciones o mediar en nuevos conflictos.

En Navarra y Guipuzcoa, el río Bidasoa se parte en dos para compartir soberanía después de siglos de enfrentamientos entre Hendaya y Hondarribia. Se divide también el bosque de Irati –de gran valor para la explotación maderera de los dos estados-, y se separan los pastos de Kintoa, agudizando el viejo conflicto entre comunidades. Valcarlos/Luzaide, pese a su intromisión en territorio francés, sigue siendo navarro. En Zugarramurdi y Urdaz la frontera siguen siendo las regatas comúnmente admitidas como línea divisoria. Hasta la frontera con Aragón las crestas ya marcan la frontera. Continuará así en las provincias de Huesca y Lleida, donde apenas existen conflictos para resolver que sean las cumbres y divisorias de aguas las que determinen la frontera. La Val d’Aran es una excepción en la que se dan situaciones como el río Garona, que nace en Cataluña y desemboca en Francia. En Girona la historia es conocida. Hasta el Cap de Creus, Roses y Cadaqués estuvieron en discusión hasta el último minuto.

El Tratado de los Pirineos (I)

Publicado: 04/09/2012 16:06 por juangavasa en Pirineo
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El Tratado de los Pirineos firmado en 1659 entre España y Francia supuso el final de las hostilidades que mantenían ambos países desde 1635 dentro de la conocida como Guerra de los Treinta Años. Aunque en 1648 se había firmado la Paz de Westfalia, que sellaba el final de este conflicto europeo, España y Francia habían prolongado la confrontación bélica con unas consecuencias ruinosas para la corona hispana. La paz era la única salida al desastre. Desde el 7 de agosto hasta el 13 de noviembre estuvieron reunidas en la Isla de los Faisanes (sobre el río Bidasoa), las nutridas delegaciones de ambas monarquías, encabezadas por el representante español de Felipe IV, Luis de Haro, y el cardenal Mazarino en nombre de Luis XIV de Francia.  Los plenipotenciarios debatieron sobre el documento que ambos ya habían consensuado en Paris el 5 de junio de ese mismo año y que sentaría las bases del acuerdo definitivo.

El Tratado quedó plasmado en 124 artículos: España entregaba a Francia el Rosellón, el Conflent, el Vallespir y una parte de la Cerdanya, todos ellos territorios de la vertiente septentrional que las tropas francesas habían ocupado al acudir en apoyo de los sublevados catalanes contra España en 1640. Se fijaba la cordillera pirenaica como frontera entre ambas monarquías, aunque se dejaba su definición para futuras negociaciones que quedarían plasmadas en tratados específicos derivados del principal. Pero pese al nombre con el que ha pasado a la historia, el Tratado no fue ni mucho menos un acuerdo secundario ni local. España entregó además a Francia el condado de Artois y varias plazas fuertes en Flandes, Hainaut y Luxemburgo, lo que originó sustanciales cambios en el mapa de fuerzas europeo.

Finalmente se pactó la boda, de alto valor político, entre Luis XIV de Francia y Maria Teresa de Austria, hija de Felipe IV, cuya dote se estableció en medio millón de escudos de oro a cambio de renunciar a sus derechos sucesorios al trono de España. Esta dote nunca llegó a pagarse y la pretendida “paz duradera” de la Isla de los Faisanes apenas duró siete años. Luis XIV consideró anulado el Tratado y se reiniciaron las hostilidades que derivarían en 1702 en la Guerra de Sucesión Española. Lo resumido hasta ahora está en los libros de historia. Lo que no suele contarse es de qué modo las arbitrarias decisiones políticas de dos reyes, adoptadas a espaldas de sus súbditos, afectaron a la vida cotidiana de los pirenaicos y condicionaron para siempre el destino del territorio en el que habitan.

Los libros de geografía e historia suelen referirse a los Pirineos como la “frontera natural” entre España y Francia. Esta versión generalizada confunde lo físico con lo convencional; es decir, acepta como algo natural una circunstancia que forma parte de un proceso humano, como si la frontera fuera un hecho dado en origen cuando, como señala el filósofo Will Kymlicka, “casi siempre ha venido determinada por factores que ahora reconocemos ilegítimos”. Aunque bien es cierto que la de los Pirineos es una de las fronteras más antiguas y estables de Europa, su determinación como tal en el Tratado de los Pirineos generó una serie de trastornos económicos, políticos, sociales y culturales que todavía hoy permanecen vigentes. La simple naturaleza fronteriza del Pirineo sobrevenida de aquel acuerdo, con toda la panoplia de aduanas, fortalezas, lindes, amojonamientos y despliegues militares, vino a sustituir de manera abrupta el escenario de convivencia y pacto en el que se habían desarrollado desde tiempos inmemoriales las relaciones entre los pirenaicos de ambas vertientes.

En la Isla de los Faisanes las dos monarquías hicieron un reparto arbitrario y desigual siguiendo un límite en apariencia simple y que respondía –explicaron entonces-,  a razones geográficas, topográficas y lineales. Algunos historiadores han hablado de “racionalismo cartesiano” para explicar aquella frontera que se dibujó siguiendo supuestamente las crestas y cumbres pirenaicas, y las divisorias de aguas. Los franceses defendían que ésta era la “frontera natural”, y acudían a los textos latinos para argumentar que ya había sido la línea divisoria en época romana, la raya entre las Galias e Hispania. La delegación española encabezada por Luis de Haro intentaba contrarrestar el ímpetu del cardenal Mazarino y su erudito séquito de asesores con tibios y poco documentados razonamientos que se limitaban a sostener una idea volátil de “frontera comúnmente admitida”.

Disfrazada con la falsedad interesada de la racionalidad finalmente se pactó la  frontera que pretendía Francia para guarnecer sus intereses estratégicos en el sur de su territorio, que en el 45% de su trazado acabaría alejada de esa línea de crestas tan reivindicada. Si pasamos del papel al terreno comprobaremos que hay valles que se cortan por la mitad, ríos que son fronterizos, grandes espacios en las vertientes de la sierra e incluso islotes en suelo ajeno, como la villa de Llivia. En última instancia se decide partir la Cerdanya, una unidad lingüística y humana, sin que a nadie le tiemble el pulso. Es el famoso artículo 42 del Tratado

Es decir; la frontera nunca sería la natural sino la consecuencia de negociaciones y mercadeos políticos en los que ambas coronas buscaban objetivos de mayor envergadura. La paz era uno de ellos; pero también la necesidad de reducir los esfuerzos bélicos y aliviar las maltrechas arcas reales con el intercambio de territorios como si fueran cromos, y el deseo último de perdurar como dinastía. La historiadora Eva Serra i Puig ha recordado que “Catalunya no era más que un teatro de distracción de los principales campos de batalla” de ambas monarquías. También el investigador de la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en fronteras, Oscar Jané, ha manifestado en reiteradas ocasiones que el Tratado de los Pirineos tiene un carácter internacional, “es el referente principal de la explosión diplomática del siglo XVII y el principal hito en la construcción “ideopedagógica” de las fronteras naturales”.

La Paz de Westfalia firmada sólo once años antes, y que había cerrado en falso la Guerra de los Treinta años, había oficializado el novedoso concepto de estado nación en contraposición con los viejos estados feudales que perecían fagocitados por las grandes monarquías europeas. En ese nuevo tiempo, la definición de las fronteras y los límites territoriales era una prioridad de los imperios para precisar su poder y hacer eficaz su aparato administrativo.

Si alguna conclusión se puede extraer, por lo tanto, del Tratado de los Pirineos es que supuso “el exterminio diferido de una casa dinástica y la redistribución imperial de la geografía, primero europea y después mundial”, en palabras del profesor de Ciencias Políticas, Luis Ignacio Sanz. El resumen sería que en la Isla de los Faisanes se escenificó el declive de la monarquía española y el auge imparable de la francesa con los estados italianos e Inglaterra pendientes de la jugada.

España salía de una ruinosa aventura que la había dejada maltrecha, con la lengua fuera y la autoestima por los suelos. La Guerra de los Treinta años había precipitado su ya por entonces irrefrenable decadencia. Sus enemigos lo sabían y en las conferencias del Tratado de los Pirineos el cardenal Mazarino y su equipo de brillantes asesores forzaron la situación una y otra vez para ampliar el botín en juego. La debilidad del rival y su obsesión por firmar la paz a cualquier precio facilitaron las cosas al signatario francés. Hay una frase del plenipotenciario español Luis de Haro que resume la situación: “los enemigos nos dan lo que nos dejan y nosotros les dejamos lo que de ninguna manera podríamos recuperar ni defender”.

¿Qué ocurrió después? Tras el fracaso de la conferencia de Ceret celebrada en marzo de 1660 para establecer con precisión los nuevos límites pactados, el 12 de noviembre de 1660 se firma el Tratado de Llivia por el cual 33 pueblos de la Vall de Querol pasan a administración francesa, salvo Llivia, por tener categoría de villa. Se consumaba la amputación de un territorio histórico. La monarquía de Luis XIV desplegó de inmediato su estructura administrativa y creó el Consell Sobirá del Roselló, que sustituía a la Generalitat y la Audiencia. Francia descubre pronto que sus políticas unitaristas no son bien recibidas en sus nuevas posesiones y lo comprueba en carne propia con la revuelta fiscal de “los Angelets” (1667-70) por los impuestos sobre la sal, que esconde en realidad un descontento social que tardará décadas en aplacarse. Conspiraciones varias y una nueva escalada de tensiones con España fuerzan la fortificación de la frontera con el sello del prestigioso mariscal Vauban, ejemplarizada en el castillo de Montlluis (1679), y confirman que ambas coronas quieren convertir a Catalunya en una frontera militar. Se produce así un éxodo interior de afines y represaliados que causa un brutal impacto social y económico. Los desgarros en el tejido sociológico del territorio son considerables.

Y así es como se certifica la distancia sideral entre un acuerdo plasmado en un papel y su aplicación sobre el terreno. La lista de rectificaciones es interminable. Se incumple lo pactado respecto a la libre circulación de ciudadanos y derechos lingüísticos que reconocía el Tratado. Hay diversos artículos de carácter comercial y de derechos individuales que prevén libertad de comercio, de circulación de personas y mercancías en unas condiciones totalmente favorables a los negocios de los comerciantes franceses.  Como indica Eva Serra i Puig, una de las principales consecuencias de la irrupción de la frontera y el consiguiente marco socioeconómico fue la distorsión de las “relaciones históricas que tenían lógicas económicas propias”. La mayor de esas distorsiones fue el nacimiento del contrabando, deslinde semántico para juzgar lo que hasta entonces habían sido simples relaciones comerciales.  Hay un hecho evidente que pone de manifiesto lo que los sociólogos e historiadores tratan de explicar como el “trauma de la frontera”. Se trata del desajuste que se crea entre jurisdicción y territorio o entre naturaleza y soberano que, sobre todo, se hará patente en Francia.

En la Catalunya bajo administración francesa pagaban impuestos los ceretanos franceses pero no los hispanos con propiedades en Francia. La distinción que consagraba el Tratado entre naturaleza y territorio permitía a los ceretanos explotar la contradicción fiscal de la monarquía francesa tanto en la compra de terrenos como en las declaraciones de residencia. El Tratado en una primera fase pretendió permeabilizar la frontera para garantizar la continuidad de las relaciones patrimoniales, comerciales o familiares. Pero ese propósito hizo aflorar las incongruencias de una “esquizofrenia binacional” y los dos estados cayeron en la trampa de la propia insensatez de sus acuerdos.

En realidad, aquel proceso de conformación del nuevo espacio administrativo surgido del desguace de un territorio histórico con realidades consolidadas ofrece similitudes con el actual proceso de construcción europea. La dificultad para adaptar las decisiones políticas al espacio jurídico, social y geográfico ya existente fue algo que no previeron los negociadores del Tratado. Como recuerda el historiador Óscar Jané, diversas fronteras se superponen al pacto diplomático: frontera política, lingüística, religiosa, jurídica, terrestre… “todas ellas se entrecruzan en el espacio frontera como lugares anormales”, señala. El hispanista francés Pierre Vilar pensaba en los Pirineos cuando esgrimió su teoría de que “es en las fronteras donde se observa mejor la historia del mundo”. La creación de un límite que no respondía para nada a la teoría sostenida con tenacidad por Mazarino de las “fronteras naturales”, generó una serie de distorsiones en el día a día tan notable que tuvo como consecuencia final la inevitable y estrepitosa militarización de la zona. El geógrafo Joan Capdevilla y Subirana  lo ha descrito gráficamente en su libro “Historia del deslinde de la frontera hispano-francesa. Del Tratado de los Pirineos a los Tratados de Bayona”: “La línea fronteriza es un artificio, no proyecta sombra pero está muy presente en la vida cotidiana”.

La larga evolución en la conformación de la frontera se prolongó hasta inicios del siglo XX. Fue entonces –casi tres siglos después-, cuando los historiadores consideran irreversible el paso de una frontera militar a una política. La identidad catalana se mantuvo con relativa fortaleza hasta entonces, momento en el que los procesos históricos individuales de cada estado generaron sus propias identidades nacionales. La puntilla habían sido los Tratados de Baiona (1856-1868), resultado de los trabajos de la Comisión Mixta de Límites creada por ambos estados para coser definitivamente la herida abierta en la Isla de los Faisanes en 1659. Cuando concluyeron su procelosa labor de deslinde, la frontera militar se convirtió en una verdadera frontera política. Durante los dos siglos anteriores Francia y España habían sido testigos de los conflictos permanentes que generaba la nueva frontera entre los habitantes pirenaicos. Capdevila i Subirana recuerda que están documentadas “cruentas luchas entre vecinos por la posesión y el uso del territorio, informes sobre mojones que son movidos con nocturnidad, quejas sobre aprehensiones ilegales de ganado y denuncias sobre canales de riego derivados por los vecinos aguas arriba”. Estaba claro que los Pirineos no eran una frontera natural.

Así es que la famosa Comisión Mixta se dedicó a desfacer entuertos vecinales mientras iba deslindando cada palmo de frontera bajo presiones de los nativos y el ojo escrutador de Paris y Madrid en el horizonte. Resolvieron numerosas cuestiones relacionadas con los usos y aprovechamientos de pastos, aguas, pesca, propiedades divididas, pasos… “La mayoría de litigios tenían siglos de existencia”, revelaba el General Callier al ministro francés de Asuntos exteriores en 1868. Pero también acabaron de definir la irracional frontera con la división del Bidasoa, el bosque de Irati o la definitiva incorporación de Lapurdi, Zuberoa y la Baja Navarra a Francia.

En 1875 se creó la Comisión Internacional de los Pirineos para certificar anualmente esta frontera y resolver nuevos conflictos. Es una de las más antiguas de Europa y todavía mantiene sus funciones. Porque la frontera, como cualquier hábitat humano, es un espacio vivo y en constante evolución. Por eso esta Comisión, un remiendo más del roto de la Isla de los Faisanes, ha sido importante en los últimos años para intervenir en nuevos problemas surgidos del progreso que Haro y Mazarino ni siquiera podían haber imaginado en sueños: problemas con las carreteras, trazados de trenes, construcción de puentes y túneles, trabajadores fronterizos o turismo de montaña. Consecuencias de la modernidad que han provocado nuevas modificaciones de la frontera apenas perceptibles.  Sobre todos estos aspectos ha mediado en los últimos años la Comisión.

El sociólogo David Baringo afirma que “es notorio que el efecto del Tratado tuvo mayor repercusión social y política en los extremos de la cordillera que en el tramo central”, donde las altas cumbres sí que habían ejercido tradicionalmente de algún modo de límite físico. De hecho, los trabajos de la Comisión Mixta se enfrentaron con puntos conflictivos en Euskadi, Navarra y, sobre todo, en Catalunya, donde el estigma de la frontera había arraigado de forma en ocasiones dramática.  Pero la consolidación de los estados nación y sobre todo la Primera Guerra Mundial y la dictadura franquista sirvieron para robustecer un sentimiento nacionalista francés en la Catalunya norte y levantar una frontera mental y emocional, mucho más sólida que la política. El profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, Enric Pujol, señala que el siglo XX ha sido el de la “francesización profunda de la Catalunya norte pero también el de la recuperación de una conciencia nacional catalana”. Sin embargo, este sentimiento de pertenencia a una misma comunidad cultural o histórica no tiene expresión política. En las últimas elecciones regionales francesas celebradas en 2010 no hubo candidaturas en el departamento de los Pirineos Orientales que llevaran ese discurso catalanista. Lo mismo ocurre con matices en Euskal Herría, donde las candidaturas nacionalistas en la región de Aquitania (EAJ-PNV y Abertzaleen Batasuna), apenas alcanzaron el 1% de los votos.

La realidad es que en plena crisis de la idea de Europa se abren nuevas reflexiones que devuelven al primer plano la vigencia de viejos tratados como el de los Pirineos. El Tratado de Schengen de libre circulación de personas o la moneda única han servido para demoler las servidumbres del espacio fronterizo levantado durante siglos pero, sin embargo, han elevado a la superficie la pesada losa de un proceso histórico que ha acabado siendo más efectivo que la propia frontera pirenaica. La contraposición de dos estados; uno centralista y otro descentralizado con sus diferentes aparatos burocráticos, ha evidenciado la dificultad para establecer nuevos espacios de convivencia reales. Óscar Jané lo ha resumido bien: “cuando tendríamos que hablar de convivencia ya sólo podemos hablar de cooperación”. Y esto se ha revelado como un mojón más de la frontera establecida hace 353 años. 

Artículo publicado en el número 89 de la revista El Mundo de los Pirineos

Adams & Camara, rock alucinógeno

Publicado: 23/07/2012 22:43 por juangavasa en Pirineo

La primera vez que Justin Adams y Juldeh Camara entrelazaron su guitarra eléctrica y su ritti (violín de una cuerda) aseguran haber experimentado una sensación casi mística. Lo han contado detalladamente en diversas entrevistas en las que suelen explicar la sorpresa que les causó la inesperada compatibilidad entre ambos instrumentos de cuerda, tan familiares en la técnica como lejanos en la geografía. El británico Adams apeló a la “buena “suerte”, el gambiano Camara a “los espíritus”; cuestión de orígenes.

Justin Adams y Juldeh Camara, JuJu en adelante, protagonizan uno de los experimentos musicales más transgresores e innovadores de la última década. Desde su disco de estreno “Soul Science” (2007), han catalizado una serie de energías sensoriales que se manifiestan en forma de canciones confeccionadas a partir de densas atmósferas, sonoridades distorsionadas, lenguajes indescifrables y dos espíritus en constante reto; el R&B de Adams y el afro blues de Camara. De esa conjunción de elementos de antropología musical emana un nuevo estilo en el que dialogan el jazz, el rock tradicional, el trance africano y el blues por encima de todas las cosas. Y se trata de una música personal e intransferible gracias al sonido hipnótico del ritti de Camara, ese violín de una cuerda tradicional del África occidental del que el gambiano es su intérprete más deslumbrante.

“Imagina a los primeros Stones liderados por Alí Farka Toure”. Así intentó explicar a sus lectores el periodista del diario británico The Telegraph, Mark Hudson, el sonido que habían pergeñado Justin Adams y Juldeh Camara en su primer disco. Después siguió el torrente habitual de comparaciones con otros nombres del espectro anglosajón, tan del gusto de la prensa especializada del Reino Unido, sobre todo si se trata de un producto exótico. Y en este punto parece que los devaneos teóricos apuntaban con tino hacia una secuencia de influencias que fácilmente se puede reconocer en la música de JuJu, principalmente en la parte que corresponde al guitarrista británico. Está clara la de Led Zeppelin –consagrada en su estrecha relación con Robert Plant-, The Clash, Muddy Waters, Johnny Otis o los riff de Bo Diddley. La pista también se pierde en algunos discos clásicos como el “Exile on main street” de los Rolling Stones. En cualquier caso, parece un juego de comparativas ciertamente liviano e insustancial en tanto que la propuesta de Adams y Camara es tan personal e insólita que no admite referencias absolutas.

Justin Adams es uno de los guitarristas más interesantes e innovadores de la escena británica. Curtido en el punk, de él han dicho en su país que es conocido como “el segundo hombre que más trabaja en la música mundial”. No han aportado pistas sobre quién ocupa el primer lugar. Pero es verdad que su actividad es frenética. Adams evolucionó hacia los registros del blues y del R&B, donde ha desarrollado en los últimos veinte años una fértil trayectoria vinculada a la vanguardia del World Music con gente como Jah Wobble, Natacha Atlas, Peter Gabriel, Brian Eno, Billy Bragg o Lo’Jo. Aquí surgió su interés por el conocimiento de las músicas africanas, que influyeron de manera notable en su manera de tocar la guitarra y por derivaciones antropológicas le acabaron arrastrando hasta Nueva Orleans.

El cantante de Gambia Juldeh Camara está considerado el maestro del ritti, un violín redondo de una cuerda que exuda un sonido zumbón que engarza con el trance o la sicodelia y a veces se confunde con una vieja armónica de blues. Es un virtuoso capaz de elevar la categoría y protagonismo de un instrumento en apariencia sencillo y menor. También toca el kologo, un banjo tradicional de Ghana.  Juldeh creció junto a su padre ciego, un griot (poeta y narrador de historias en el África Occidental), del que aprendió la técnica del ritt y también esa forma de cantar y de interpretar con ironía, declamaciones apasionadas y lamentos vocales. Camara tiene una larga trayectoria a sus espaldas, con colaboraciones estables en bandas tan importantes de la escena africana como sus compatriotas Ifang Bondi, Zubop Gambia o The Blind Boys of Alabama.

Los caminos de Adams y Camara se encontraron hace casi una década como una consecuencia inevitable del destino. Sus vidas  habían tenido muchas cosas en común que pronto sustanciarían la dupla musical. A la pasión por los instrumentos de cuerda se unió una infancia muy parecida de viajes y trasiegos; cada uno a su manera, cada uno en sus circunstancias. Adams era hijo de un diplomático que pasó su infancia y juventud viajando por África del norte y el Medio Oriente. Cámara era el hijo de un griot fulani, un pueblo nómada que se desplazaba por vastas regiones del África occidental. Así crecieron, asimilando culturas y sonidos. Cuando Justin Adams afirmaba en una reciente entrevista que “lo más bonito para mi es crear un sonido e imaginarlo más allá de las fronteras”, eran reconocibles las evocaciones que remitían a su infancia.

Desde “Soul Science” (2007) –con el que ganaron el premio World Music de la BBC al “mejor cruce de culturas-“, han producido dos discos más: “Tell No Lie” (2009) y el reciente “In Trance” grabado como un disco en directo en los estudios Real World, propiedad de Peter Gabriel. La revista “Rolling Stones” lo ha calificado como “fascinante” y “Jazz Magazine” como “uno de los discos más radicales del año”. El dub reggae y el jazz irrumpen con más fuerza que en las anteriores grabaciones, como parte de un proceso evolutivo en el que han influido notablemente los otros dos componentes de la banda; el bajista Billy Fuller y el percusionista Dave Smith. El primero ha colaborado con Massive Attack y con Geoff Barrow de Portishead. El segundo procede de los ambientes jazzy de Londres. Con estas credenciales es fácil entender las nuevas influencias que se incorporan a esta maraña de sonidos.

 JuJu ha actuado en directo con Robert Plant, que siente verdadera admiración por ellos. De hecho, el exlíder de Led Zepellin les ha elegido junto a John Baggot (teclista de Massive Attack), para formar su nueva banda The Sensational Space Shifters, que se presentará oficialmente a finales de julio  en el trigésimo aniversario del famoso festival Womad. Es en directo donde el grupo que lideran Adams y Camara alcanza su estado pleno de inspiración. Su arquitectura es caótica y salvaje, con síncopes y disonancias que alumbran un paisaje sonoro hipnótico, como solo puede resultar del  cruce entre el trance, la sicodelía, el viejo blues y ese ritti de Camara tan perturbador.

 

Guara

Publicado: 02/05/2012 23:06 por juangavasa en Pirineo
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 “Edgar Allan Poe no hubiese podido imaginar nada mejor para la puesta en escena de uno de sus fantásticos relatos”. El viajero Albert Lequeutre, sobrecogido y fascinado, se refería así al barranco de Mascún en el trayecto que realizó por Sierra de Guara en 1871. Sus evocaciones quedaron impresas con una prosa precipitada pero atildada en su cuaderno de viaje junto a otras reflexiones de similar registro. La literatura fue frecuentemente, cuando la fotografía todavía no tenía la virtud de la  réplica y la pintura era tan solo accesible para una élite cultivada, el territorio en el que se expresaron certeramente las impresiones del viajero.

            La Sierra de Guara, esa inmensa montaña calcárea completamente hueca, despertó la inspiración de viajeros y escritores que apenas acertaban a dar con el adjetivo preciso para describir ese perturbador desafío de la naturaleza. “Las abandonadas soledades de esta áspera tierra”, como escribió el inolvidable naturalista David Gómez, perfilan paisajes de una belleza dura y doliente. “Si alguien se atreviera a dibujar esta extraña fantasía de la naturaleza, lo tratarán de embaucador” sentenciaba en el mismo viaje Lequeutre.

            Y qué decir de la experiencia casi iniciática de Lucien Briet a su paso por el estrecho de La Tamara. “No se puede imaginar nada más transitable” escribía, pensando seguramente en la manera más directa de provocar a las mentes ansiosas de aventura de sus lectores parisinos. “El cielo apenas atreve a mirarse” sentenció para zanjar el inquietante dilema entre explicar el realismo de unos paisajes inexplicables o azuzar la imaginación de quien anhelara adentrarse en las inhóspitas gargantas de la Peonera.

            ¿Era bello o era insólito? Seguramente las dos cosas. Briet dijo de Guara que “a pesar de su tristeza y de su falta de belleza, las sierras acaban por ser atractivas”. Los viajeros del XIX y de principios del XX transitan entre la admiración y el desconcierto cuando se enfrentan a Guara. Las convenciones de la época y el tipismo que dirige frecuentemente el tour son impermeables a la sorpresa. Cierto gregarismo habilitado a través de las recurrentes guías de viajes no deja espacio a la iniciativa individual. Y Guara requiere la contemplación desacomplejada y casi libertina, como quien se enfrenta por primera vez al espectáculo del impresionismo pictórico, contemporáneo de aquellos viajeros franceses en el Pirineo. En cierta medida las sobrehumanas edificaciones kársticas, las vigorosas gargantas fabricadas en siglos de erosión fluvial inerme y las infinitas galerías que surcan  el interior de sus montañas son el resultado de una distorsión de la realidad iniciada hace 50 millones de años.

            La otra distorsión se forjó en la mente del viajero y en su percepción del paisaje. Ocurrió en el último tercio del siglo XX, cuando lo que durante siglos habían sido inquietantes e inhóspitos barrancos que pertenecían al lado más sombrío del imaginario popular, se convirtieron de repente en atractivas formas de la naturaleza que permitían nuevos placeres y una capacidad lúdica ilimitada. La sociedad del ocio devoró a la milenaria civilización pirenaica, colapsada entre atávicos miedos y supersticiones. Esa transformación del paisaje ante los ojos del viajero ha sido la gran revolución que ha convertido a Guara en uno de los paraísos de ocio del Prepirineo.

            En 1990 se creó oficialmente el Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara, que lo dotaba de las principales figuras de protección y reconocía su estructura territorial como una misma unidad. 47.450 hectáreas integran el Parque más 33.775 hectáreas correspondientes a la zona periférica de protección. Guara abarca los municipios de Abiego, Adahuesca, Alquézar, Arguís, Bárcabo, Nierge, Boltaña, Caldearenas, Casbas de Huesca, Colungo, Loporzano y Nueno. También un pedazo de los extensos términos municipales de Sabiñánigo y Huesca pertenecen a la zona protegida.

            El Parque se constituye así en un espacio con identidad propia, marcado por profundos contrastes entre los paisajes y el clima de las vertientes norte y sur. Su ubicación entre los Pirineos y el Valle del Ebro le confiere unas características climáticas específicas; mezcla del atlántico y mediterráneo. En la cima del Tozal de Guara, cumbre del Parque con 2.077 m se aprecia en toda su plenitud la estratégica ubicación: al norte la cordillera pirenaica en su inmensidad y al sur los Monegros oscenses.

            El interior del territorio se articula de oeste a este mediante las sierras de Gabardiella, Guara, Arangol, Balced y Sevil. Los ríos Flumen, Guatizalema, Calcón, Formiga, Alcanadre, Isuela y Vero cruzan  el Parque y se constituyen, junto a sus afluentes, en el principal atractivo del Parque con espectaculares gargantas, barrancos y resaltes; paraíso anual de miles de barranquistas. La naturaleza se materializó aquí de manera singular: cuevas, simas, dolinas, surgencias, manantiales y poljes conforman la textura de un sistema kárstico cuyo corazón reside en los Llanos de Cupierlo. Aquí más de 300 dolinas cretácicas distribuyen hacia el interior el agua que después escupirán las fuentes y surgencias de manera prodigiosa e imprevisible por los ríos del Parque, para deleite de barranquistas. Cinco puertas se abren a los secretos de Guara. Son los accesos más transitados: Loporzano, Bierge, Alquezar, Colungo y Nocito.

Extracto del dossier publicado en el número 87 de la revista El Mundo de los Pirineos

Patrimonio irredento

Publicado: 27/02/2012 22:45 por juangavasa en Pirineo
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El visitante que recorra las salas del Museum of Fine Arts de Boston se topará con una bella portada románica que perteneció a la iglesia de San Miguel de Uncastillo (Cinco Villas) o con las espectaculares pinturas murales que un día fueron arrancadas de la iglesia de Santa María de Mur (Pallars Jussà). En la soberbia sala  “The Cloisters” del Metropolitan de New York podrá entretenerse en descifrar la detallada iconografía de los sepulcros góticos que pertenecieron a los Condes de Urgell en el Monasterio de Santa María de Bellpuig de les Avellanes. En el Museum of Art de Providence (Rodhe Island) un inmenso Cristo románico procedente del Pirineo aragonés se presenta como una de las piezas más cotizadas de su quinta planta dedicada al arte europeo.

Son tan sólo algunos de los ejemplos más ilustrativos del extenso patrimonio pirenaico disperso en museos y colecciones privadas de medio mundo. Durante buena parte del siglo XX el arte medieval del Pirineo fue un preciado objeto de deseo para ladrones, coleccionistas, anticuarios, marchantes y para la propia iglesia, que generalmente fue cómplice necesario y activo instigador de una sangría de bienes artísticos de incalculable valor. Este mercado indiscriminado e impune fue posible porque se ajustaba a las normas  recogidas en el Código de Derecho Canónico de 1917.

Cientos de piezas (retablos, pinturas murales, tallas, claustros, sepulcros, artesonados, puertas, capiteles…) se esfumaron de sus lugares de origen como consecuencia de una combinación perversa de avidez material e ignorancia popular. El historiador catalán Jordi Campillo ha estimado que un 82% del patrimonio del Obispado de la Seu de Urgell desapareció durante la primera mitad del siglo XX. En Aragón el también historiador Antonio Naval, que lleva años siguiendo el rastro de las piezas aragonesas dispersas en Estados Unidos, calcula que al menos 200 han cruzado el charco.

Cómo fueron a parar allí no es ningún misterio. La ruta seguida por buena parte de esas piezas (al menos las conocidas y localizadas), está perfectamente detallada y documentada. Fueron casi siempre ventas legales, pero “dudosamente morales” matiza Jordi Campilo, que se hicieron en un tiempo en el que las necesidades económicas y la ausencia de sensibilidad social hacia el arte medieval facilitaron el trabajo de coleccionistas y anticuarios. Estos sentían fascinación por lo que para los pirenaicos no eran más que sus santos protectores y su imaginería, a los que invocaban cuando lo cotidiano devenía en infierno, que era casi siempre.

Es cierto que también operó en el Pirineo una efectiva red de expoliadores que sencillamente se dedicó a robar y, por lo tanto, incurrió en delitos no siempre resueltos El caso probablemente más famoso, aunque mucho más cercano en el tiempo, es el de Erik “el belga” y la silla de San Ramón de la catedral de Roda de Isábena. Este fenómeno se enmarca en los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando el éxodo rural y el desapego característico de los pueblos en retirada dejaron indefenso el patrimonio que todavía se había conservado. Lo expoliado se pierde así en una cartografía indescifrable de coleccionistas privados con la naturaleza de una ameba.

Pero en el caso del patrimonio vendido legalmente, certificado y de improbable retorno surge inevitablemente una reflexión:  “¿A qué nos referimos al hablar de patrimonio emigrado, sólo al que se vendió legalmente a coleccionistas y museos  extranjeros, o también al que fue a parar a museos nacionales?”. La pregunta la formula el historiador navarro Fernando Hualde en tono conativo.

Como siempre, la fuerza centrípeta que atrae las piezas se observa en origen con sospecha en función de su procedencia. La historia demuestra que los pirenaicos consideraron frecuentemente una intromisión centralista los esfuerzos de las instituciones por salvaguardar el patrimonio en peligro trasladándolo a museos de Madrid, Barcelona, Lleida, Seu d’Urgell, Vic, Jaca o Huesca (nacionales o diocesanos).

Muchas veces denodadamente levantaron la voz para evitar la salida de pinturas y tallas de valor de sus lugares de origen sin importar su destino. Otras, no hicieron distingos a la hora de vender a un coleccionista privado o a una institución. Lo mismo ocurre con los protagonistas del mercadeo; según el enfoque se considera al comprador un ilustrado  y respetado salvador o un expoliador de guante blanco. Al pirenaico como ignorante despreocupado o víctima propiciatoria.

Campillo señala que “la fuerte necesidad económica de estas poblaciones, la imposibilidad de conservar las obras y la presión de los coleccionistas y los museos nacionales y privados” abonaron un caldo de cultivo propicio para la desbandada. Antonio Naval habla de “menosprecio con ignorancia” de los pueblos. Más condescendiente es el historiador Domingo Buesa, que afirma que “no era desapego sino necesidad”.

La especialista Marisancho Menjón pone el foco en los coleccionistas y en los expertos que los asesoraban y que siempre proclamaban fines proselitistas: “si lo que pretendían, como decían, era evitar que esas valiosas piezas salieran de España lo único que tendrían que haber hecho era “enseñar al que no sabe” y advertir a cada pueblo que aquella pieza que tenían en su iglesia era de gran valor y la debían conservar”.  Evidentemente durante mucho tiempo el arte medieval pirenaico fue tan solo “un producto útil para el mercado”, en palabras de Antonio Naval. Cuando no un botín de guerra como en la de 1936, que contribuyó a mermar más si cabe el arte religioso en algunos valles pirenaicos.

En esta azarosa historia del patrimonio pirenaico hay multimillonarios que suspiran por poseer una colección privada, venerables museos americanos fascinados con el arte medieval europeo, museos nacionales con afán centralizador, agiotistas anticuarios, ávidos coleccionistas, testaferros sin escrúpulos y también especialistas guiados por un sincero espíritu de conservación de un patrimonio que respetaban y que veían en peligro.  

Y todo se produce en un convulso contexto histórico de profundos cambios de naturaleza social, económica e incluso identitaria. Lo ha analizado rigurosamente Jordi Campillo, en su libro “On ès la calaixera? L’espoli del patrimoni historicoartístic altpirenenc al segle XX”. Instituciones como el CEC de Catalunya, el SIPA de Aragón o la Junta de Museos de Barcelona, venían alertando desde principios de siglo de la “desaparición” inmediata del patrimonio religioso de las iglesias pirenaicas. En ese momento ya existía una creciente inquietud de una parte de la sociedad por el destino de aquel  patrimonio. En Catalunya había adquirido nuevo valor dentro del movimiento cultural conocido como la Reinaixença, que quería renacer el arte y la cultura como señas de identidad del país. La historiadora Marisancho Menjón considera necesario recordar que hasta entonces los expertos habían despreciado el valor del arte medieval, “el arte del mal gusto” le llamaban.

Así las cosas, las historias que se trazan tienen algo “shakesperiano” en cuanto que definen el alma humana y reproducen temas eternos de la literatura como la deslealtad y la traición. De hecho, hay un innegable pulso novelesco en los relatos de esta realidad. En 1919 el pintor Joan Vallhonrat, que estaba copiando por encargo del Instituto de Estudios Catalanes (IEC) los frescos de la iglesia de Santa Maria de Mur, descubrió una conjura montada por anticuarios y financieros (entre ellos el anticuario polaco Ignasi Pollak y el empresario y coleccionista catalán Lluis Plandiura), con la aquiescencia de las autoridades civiles y eclesiásticas, para adquirir en bloque todas las pinturas murales del Pallars. Las de Mur acabaron en Boston entre la conmoción popular, pero la Junta de Museos de Barcelona llegó a tiempo de recomprar el resto y entre 1919 y 1923 fueron arrancadas y trasladadas al Museo Nacional de Catalunya.

Conocida es la historia del llamado “Terno de San Valero”, de Roda de Isábena”, unos despojos de incalculable valor que el Obispado de Lleida vendió a Lluis Plandiura en 1922 por la astronómica cantidad de 200.000 pesetas pese a la oposición del pueblo aragonés, que denunció el caso al Gobernador Civil. Esa venta dio origen a un pleito muy famoso en la época entre el coleccionista barcelonés y Joaquim Folch i Torres, presidente de la Junta de Museos de Barcelona.  No sería ni el primero ni el último. Cuatro años después del litigio la Justicia dio la razón a Plandiura. Después de dar mil y una vueltas, en la actualidad es la pieza más importante del Museu Téxtil i de la Indumèntaria de Barcelona.

El camino seguido por la portada románica de San Miguel de Uncastillo hasta llegar a Boston es propicio para un guión cinematográfico. La compró en 1915 por 400 pesetas el librero catalán Salvador Babra al Obispado de Jaca, que desoyó el clamor de los vecinos del pueblo. Las cerca de 150 cajas que guardaban las toneladas de piedra deambularon de un almacén portuario a otro durante años en busca de comprador. Cuando en 1927 el Museo de Boston se interesó ya estaba en vigor la ley que impedía la exportación de este tipo de piezas.  A través de intermediarios y empresas de paja la puerta acabó en Estados Unidos vía Marsella gracias a la adquisición de un tal Francis Barlett, que después la donó al Museo. La figura de la “donación” fue utilizada habitualmente para tapar una compra ilegal.

El Obispado de la Seu vendió en 1918 la sillería del coro gótico de la catedral de la Seu d’Urgell al magnate del periodismo norteamericano, Randoph Hearst, aprovechando las obras de restauración que estaba realizando el arquitecto Puig i Cadalfach. Se asegura que el obispado lo hizo para financiar las obras de restauración, pero Campillo insiste en que la desaparición de este patrimonio “fue una práctica consentida e incentivada por la propia iglesia durante décadas”. Antonio Naval aporta más datos: “En Capella el obispado fotografió todas las piezas de valor con claros objetivos mercantiles y en Arén se vendieron objetos para arreglar el suelo con las ganancias”. Son tan sólo unos ejemplos.

Recientemente han regresado a Andorra La Vella los frescos de la iglesia de Santa Coloma, que fueron vendidos en los años 30 del pasado siglo por el obispado de La Seu d’Urgell al barón Van Cassel Van Doorn. Viajaron hasta Alemania pasando por España, Francia y Austria. Con el inicio de la II Guerra Mundial el noble alemán se refugió en Estados Unidos dejando atrás parte de su colección, cuya propiedad quedó repartida entre sus herederos y el Gobierno alemán. El ejecutivo andorrano los compró en 2007 y ahora se exponen en el Museo Nacional de Andorra.

Frecuentemente los compradores eran asesorados por experimentados anticuarios y reputados hispanistas, que se habían dedicado durante años a recorrer toda la península Ibérica empujados inicialmente por un afán de conocimiento. Nombres como los de Kingsley Porter, Chandler Post o Arthur Byne se repiten una y otra vez y se intuyen determinantes para enfocar y materializar el disperso, impreciso y repentino interés por el arte medieval de las nuevas fortunas norteamericanas de principios del siglo XX. Libros como el publicado por Byne, asesor personal del magnate Randolph Hearst, y su esposa Mildred Stapley, “Arquitectura española del siglo XV”, fueron utilizados tiempo después como si se tratara del catálogo de una grandiosa subasta.

Pero hay también anticuarios nacionales como Celestí Dupont, Luis Ruiz y Josep Bardolet –algunos de los cuales llegaron a abrir sucursal en Nueva York-, o coleccionistas como el ya citado Lluis Plandiura que rivalizaron en la carrera por conseguir las piezas más codiciadas. Antonio Naval recuerda que “los anticuarios españoles exportaron para la subasta piezas en número que resulta increíble. En ese tiempo se hicieron no menos de 30 subastas monográficas de arte español en Nueva York”.

En Catalunya se creó en 1902 la Junta de Museos de Barcelona con el objetivo de recuperar, ordenar y centralizar las piezas artísticas esparcidas por el territorio y que corrían el riesgo de desaparecer. Durante mucho tiempo la tarea de sus promotores -el arquitecto Josep Puig I Cadalfach, Lluis Folch i Torres, el cura Josep Gudiol o Josep Pijoan-, fue una continua y agónica carrera para adelantarse a la adquisición de tipos como Plandiura, personajes de gran prestigio social, valiosos contactos y considerables fortunas. A veces lo consiguieron, otras no.

Mercè Vidal i Jansà cuenta en su libro “Teoria i crítica en el Noucentisme. Joaquim Folch i Torres” una anécdota que define la atmósfera de aquellos tiempos: el Obispado de La Seu d’Urgell sacó a subasta las piezas que componían el altar de la parroquia d’Encamp de Andorra. A la puja acudió Lluis Plandiura pero también la Junta de Museos, que estaba empeñada en no perder las piezas. Ganaron la subasta pero cuando Joaquim Folch regresaba por el congosto de San Juliá de Loria con el altar, su vehículo fue asaltado y las piezas robadas. Sobre el “autor intelectual” de ese hurto se pueden abrir todo tipo de hipótesis. Ironías de la vida, en 1932 Plandiura, agobiado por una fuerte crisis económica, se vio obligado a vender por 7 millones de pesetas toda su colección precisamente a la Junta de Museos.

Pese a la orden emitida en 1919 por la Nunciatura Apostólica, que prohibía la “venta y extracción de objetos artísticos y de pinturas de sus templos o conventos”, o la ley contra la exportación de obras de arte promulgada por el gobierno español en 1926, y las posteriores mucho más avanzadas ya en periodo democrático, la sangría patrimonial no se detuvo de ningún modo. La llegada del estado de las autonomías y la recuperación de identidades perdidas ha otorgado nueva conciencia social a este patrimonio, como ocurre en Aragón con los bienes que pertenecen a las iglesias de la Franja, actualmente en Lleida, y causa de un ardoroso conflicto que va para diez años.

Artículo publicado en el número 86 de la revista El Mundo de los Pirineos

Santa Cruz de la Serós

Publicado: 03/02/2012 20:29 por juangavasa en Pirineo
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Los viajeros románticos solían recalar con frecuencia en Santa Cruz de lo Serós. Lo hacían camino de San Juan de la  Peña, cenobio al que perteneció la localidad durante siglos. Se detenían fascinados ante la iglesia de Santa María de Santa Cruz de la Serós. Aquella majestuosa torre del campanario y las desoladoras ruinas del viejo convento que habitaron “las Sorores” causaban un efecto perturbador. Era una belleza doliente. Hoy la piedra, como elemento armonizador entre la arquitectura tradicional y la sierra calcárea de San Juan, viste la milenaria localidad como si se tratara de la más preciada de las telas.

A mediados del siglo XIX el literato José María Quadrado y el artista plástico Francisco Javier Parcerisa llegaron a Santa Cruz de la Serós en su periplo peninsular para describir y retratar las grandezas monumentales del territorio. En la bella localidad, fundada en el siglo XI bajo los contrafuertes de la sierra de San Juan de la Peña, cayeron abatidos ante su melancólica decadencia: “el convento ha desaparecido; de la iglesia yace hundida la parte inferior y, como recurso más expedito y más económico que el de levantarla, se la ha separado con un tabique de la porción que subsiste íntegra”. 

El lugar de Santa Cruz de la Serós, fundado por Ramiro I a mediados del siglo XI, fue uno de los centros religiosos más influyentes del incipiente reino. El Monasterio de Santa María, encomendado a las monjas benedictinas y dependiente de San Juan de la Peña, estuvo activo hasta que el Concilio de Trento (1543-1563), obligó a las comunidades religiosas rurales a trasladarse a núcleos urbanos. La de Santa Cruz fue a parar a Jaca, donde todavía permanece, y así se inició un lento pero irreversible declinar que culminaría en la ruina. Hoy en día se mantiene en pie, altiva y señorial, la formidable iglesia del desaparecido conjunto monástico. Se trata de una joya arquitectónica que estremece por sus extraordinarias dimensiones en el conjunto del casco urbano. Una rehabilitación oportuna hace ya algunas décadas evitó que la propia iglesia, completamente exenta,  acabara también como un rumor de la historia.

Tan sólo unos metros antes, escondida en la discreción de su sencilla composición formal, se alza la iglesia de San Caprasio, uno de los escasos ejemplos de románico lombardo que todavía pueden encontrarse en La Jacetania. Levantada a finales del siglo IX, su austeridad y funcionalidad remiten a los tiempos primigenios del arte importado de Lombardia. Santa Cruz de la Serós, que posee una arquitectura tradicional digna de manual, es además una de las pocas localidades pirenaicas que tiene dos iglesias. Esta singularidad no siempre es explicada con acierto.

Resultaría tentador teorizar sobre el esplendor remoto del lugar, o sobre el beneficioso influjo que ejerció durante siglos el cercano monasterio de San Juan de la Peña. Pero probablemente no sería suficiente para descifrar los arcanos de un pasado repleto de episodios trascendentales e hitos que se inscriben en la gran historia de Aragón. Desde que Doña Sancha, la influyente hija del primer rey, Ramiro I, habitara en el viejo monasterio, la vida de Santa Cruz de la Serós siempre estuvo sometida a los designios del cenobio; en los tiempos de esplendor y también en los del abandono, cuando el pueblo se llenó de silencios y ausencias.

Casi cinco siglos después de la marcha de las monjas benedictinas, el salto en el tiempo se antoja como una pirueta de proporciones oceánicas que no admite frívolas comparaciones. Santa Cruz de la Serós es hoy un pueblo turístico que conserva como suspendida en la atmósfera una aureola de lugar mítico e insubordinado al becerro de oro del urbanismo. Bien es cierto que nada más llegar se alza una urbanización de reciente construcción que ocupa casi tanto como el núcleo histórico. Pero se trata de un loable intento de revisionismo arquitectónico a partir de los elementos tradicionales de la cordillera.

En este nuevo Santa Cruz el eco de los pasos golpea entre calles vacías dibujadas con escuadra y cartabón. Demasiado perfectas para la azarosa arquitectura popular. Sin embargo, ha sido la única concesión. En los años 90 del pasado siglo se aprobaron medidas para conservar el patrimonio arquitectónico con  la imposición de la piedra y la madera como elementos comunes. Después, a principios del nuevo mileno, cuando la gran mayoría de pueblos del Pirineo se entregaba a un crecimiento urbanístico desaforado, Santa Cruz optó por todo lo contrario y limitó al máximo el espacio urbanizable. Los resultados son evidentes y definen la personalidad de la localidad.

Mari Carmen Martínez, alcaldesa de Santa Cruz, considera que “fue una decisión difícil y arriesgada pero creo que el tiempo nos ha dado la razón”. Ahora las chimeneas construidas o rehabilitadas al estilo tradicional componen otro elemento de notable interés arquitectónico. A Santa Cruz se puede llegar para admirar sus dos hermosas iglesias pero también para deleitarse con sus formidables viviendas cargadas de ornamentos y detalles propios de la tradición popular.

Todo se ha conservado con un pulcro respeto, como si la cuestión fuera no desentonar dentro del recién creado Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y el Monte Oroel, heredero del Sitio Nacional declarado en el año 1920 después de Covadonga y Ordesa. La alcaldesa de Santa Cruz sostiene que la vida en el pueblo está ligada en la actualidad a la actividad del monasterio de San Juan: “Antes la gente trabajaba en el monte y la ganadería y ahora trabaja en la Gestora Turística que gestiona el complejo monástico o en las casas de turismo y restaurantes que se han abierto en los últimos años”.

El pueblo museo es, sin embargo, un espacio vivo en el que corretean 15 niños en una población censada de 170 personas. Un milagro en tiempos de retroceso de los índices demográficos. La oferta hostelera constituye un argumento más para proyectar el carácter turístico de la localidad, junto a sus envidiables servicios públicos. Sergio Bretos nació y vive en Santa Cruz. Se dedica a mantener la ganadería familiar. “Aquí se vive bien. Estamos en un lugar muy privilegiado, de gran tranquilidad. Y cuando demandamos más servicios estamos a 15 minutos de Jaca”. Mamen López, co-propietaria  del restaurante Santa Cruz, reconoce que la crisis ha afectado al flujo de visitantes que llegan al cercano Monasterio pero “Santa Cruz siempre ha estado aquí, es un valor que está por encima de las modas.  Tenemos que ver las cosas con la perspectiva de siglos, tantos como los que tienen nuestras iglesias o el monasterio. Pasaron tiempos difíciles pero aquí siguen. Aquí seguimos”.

Artículo publicado en El Mundo de los Pirineos 

Huellas romanas

Publicado: 08/07/2011 14:54 por juangavasa en Pirineo
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Un libro recién publicado coordinado por el arqueólogo José Luis Ona recuerda un importante y desconocido episodio de la historia reciente de la comarca. Se trata del hallazgo en julio de 1963 de un valioso mosaico romano en las cercanías de Artieda. El capitán de Infantería Enrique Osset Moreno, destinado durante varios años en Jaca, fue el responsable de este descubrimiento y su posterior divulgación entre las autoridades y los medios de comunicación de la época. Sus denodados esfuerzos por lograr que las excavaciones continuaran por otros campos de la zona, donde había constancia de la existencia de más restos de la época, es la crónica de un militar ilustrado que luchó hasta su prematura muerte en 1971 por recuperar una relevante parte del pasado de la Jacetania.

Un capitán de Infantería protagonizó en el verano de 1963 un sorprendente episodio en las cercanías de Artieda, que traspasó las fronteras de la Jacetania y fue divulgado por todo el país. Enrique Osset Moreno, alumno en aquel tiempo de la Escuela de Estado Mayor y destinado en Jaca durante buena parte de su carrera militar, pasaba el verano con su mujer, descendiente de Artieda, y con sus seis hijos en la localidad de la Alta Zaragoza.

Tres meses antes, el joven agricultor local Francisco Iguácel había roto la reja del arado de su flamante tractor mientras roturaba uno de sus campos. La pieza quebró al tropezar con una gran columna de piedra que se encontraba a treinta centímetros de profundidad. La familia Iguácel compró el tractor tan sólo 3 años antes, y hasta entonces había utilizado el clásico arado romano, que apenas profundizaba en la tierra. Aquella columna de grandes dimensiones resultó ser parte de una antigua mansión romana.

Artieda, como el resto de la comarca de La Jacetania, despertaba tímidamente en aquellos primeros años de la década de los 60 del pasado siglo a la era de la mecanización. Y ese salto en el tiempo fue como una conjunción planetaria que permitió enlazar el presente modernizador con un pasado remoto que ni se conocía ni se esperaba por estas tierras. Como escribió el periodista del diario Amanecer de Zaragoza, José Omat, en un artículo publicado en agosto de ese año, “lo moderno descubre lo antiguo”. En las puertas de la famosa y decisiva concentración parcelaria, muchos agricultores dejaron los viejos arados y compraron su primer tractor. Este hecho fue determinante en un hallazgo arqueológico de gran relevancia y repercusión que sirvió para certificar la presencia romana en la Canal de Berdún.

Enrique Osset escuchó en el bar de Artieda las explicaciones de Francisco Iguácel sobre el accidente que había sufrido tres meses antes con el arado. Osset, militar culto e inquieto que había realizado pocos años antes un interesante estudio sobre la geografía del Sáhara durante su destino en la entonces provincia española, intuyó de inmediato que aquel hallazgo podía ser algo más que un simple accidente agrícola. Su interés autodidacta por la arqueología le permitía saber que pese al transcurrir de los siglos siempre quedan vestigios de la presencia humana y de sus obras. Como escribiría posteriormente en un artículo publicado en la revista Ejército, “las huellas de un poblado prácticamente no desaparecen; tan solo es necesario saberlas descubrir o interpretar”. Y eso es lo que hizo.

Al día siguiente de aquella conversación en el bar fue hasta la partida de Rienda, a cuatro kilómetros de Artieda, a conocer la columna que le había descrito el agricultor. Pero lo primero que le llamó la atención fue el diferente colorido de la tierra y las tonalidades rojizas que adquiría en algunos puntos de la parcela, como si hubiese sido quemada. Ese campo, que había sido roturado por primera vez por un tractor después de siglos de trabajo manual, estaba salpicado de pequeños trozos de mosaicos destruidos por el arado. Como sospechaba Osset, las entrañas de esa tierra de labor ocultaban las huellas de un antiguo poblado, probablemente de origen romano. Los estudios estratégicos realizados por el militar a lo largo de su carrera, su experiencia en el Sahara y un erudito conocimiento de la historia de los ejércitos le permitieron observar cosas imperceptibles para el común de los mortales. “A mí me explicaba que esa tierra tenía diferentes tonalidades y que eso se debía probablemente a que aquel antiguo poblado romano fue incendiado, pero yo no entendía nada, yo veía todo del mismo color”, rememora la viuda de Osset, María Luisa Vicente, una octogenaria con una memoria privilegiada y un intenso recuerdo de su marido, fallecido prematuramente en 1971 con tan solo 42 años de edad.

El militar adoptó decisiones rápidas y precisas, propias de una mentalidad acostumbrada a la acción. Sabía que la arquitectura romana tenía unas características muy determinadas; las habitaciones se disponían alrededor de un patio central porticado con columnas. La situación de la columna hallada por el agricultor le facilitó la reconstrucción imaginaria de la antigua mansión y alimentó su sospecha de que en ese campo había muchos más restos arqueológicos. Ante la falta de brazos en el pueblo, entretenidos en las labores de recolección, Enrique Osset comenzó a hacer catas y pronto salió a la luz un extraordinario mosaico con motivos animales que estaba en un excelente estado de conservación y que podía corresponder al patio central de la vivienda. Se trataba de una pieza de 90 metros cuadrados.

El militar puso en conocimiento del Gobierno Civil el hallazgo mientras continuaba con las catas con la única ayuda de sus hijos Enrique y Marisina, de siete y seis años respectivamente. Con el inocente entusiasmo infantil se encargaban de limpiar con escobas lo que su padre dejaba en la superficie. El pequeño Enrique recuerda casi 50 años después aquellas jornadas en el campo de la familia Iguácel “casi como si fuera un juego porque nosotros estábamos encantados de ayudar a mi padre. Él había dibujado en un papel una distribución imaginada de cómo sería la casa y no se confundió. Donde él pensaba que podía estar el patio central allí encontramos el gran mosaico y otros en peor estado de conservación que podían pertenecer a otras habitaciones y restos de cerámica y otras piezas”.

El arqueólogo José Luis Ona explica en el libro publicado recientemente que “Osset tuvo el acierto de notificar el hallazgo a las autoridades, que con rapidez determinaron el envío del arqueólogo Antonio Beltrán, y de especialistas en el arranque de mosaicos”. Porque Enrique Osset entendió que era necesario seguir los conductos reglamentarios pero al mismo tiempo continuar con las catas para minimizar en la medida de lo posible los perjuicios que se estaban causando al propietario del terreno. Francisco Iguácel tuvo una actitud plena de sensibilidad y responsabilidad. El mismo día que su hijo topó con la columna romana decidió dejar de trabajar el campo de Rienda hasta que alguna autoridad determinara qué hacer con aquellos restos. Y así estuvo durante 3 años. Esa actitud cívica, sin embargo, no tuvo la réplica en los poderes de la época. Le expropiaron el campo de 3 hectáreas durante ese tiempo y se lo devolvieron destrozado y sin indemnización alguna.

Según Cándido Iguácel, hijo de Francisco, “nos expropiaron el campo durante 3 años pero no hicieron en ese tiempo ninguna cata más. Cuando mi padre fue a exigir una indemnización por los daños ocasionados enviaron a la Guardia Civil para detenerlo. Yo corrí a avisar al cura y sólo gracias a su mediación dejaron a mi padre en paz. Esto es lo que conseguimos de aquella historia”.  Enrique Osset sufrió especialmente aquel desprecio y son numerosas las cartas que guardan sus hijos en las que reclamaba insistentemente una indemnización a Francisco Iguácel. “Yo era muy pequeño –indica su hijo Enrique-, y no me enteraba de casi nada pero podía ver perfectamente que al señor Iguácel no le trataban bien las autoridades de la época”.

La dimensión del hallazgo probablemente hubiera sido otra si no hubiera existido la figura de Enrique Osset Moreno. El militar no era profesional de la arqueología  pero consagró los siguientes meses a estudiar la geometría del inmenso mosaico y dibujar en sus cuadernos de campo con una técnica primorosa las diferentes piezas que lo conformaban. La documentación que acumuló en este tiempo y el rigor de sus estudios fueron suficientes para que la comunidad arqueológica lo tratara como uno de los suyos. Publicó varios estudios y presentó junto a Antonio Beltrán sus conclusiones en el VIII Congreso Nacional de Arqueología celebrado en 1963.

Su condición de militar ilustrado alimentó otros ensayos de carácter geoestratégico que vinculaban directamente el trabajo de los arqueólogos con el estudio militar. En un artículo publicado en 1964 en la revista Ejército argumentaba que “una vez realizado el reconocimiento militar de una zona y señalados los puntos técnicamente interesantes, hay que dejar paso al arqueólogo, ya que la técnica de excavación, el estudio de la cerámica, etc., salen del campo puramente militar”.  En ese mismo estudio desarrollaba una documentada hipótesis sobre las razones estratégicas del asentamiento romano de Artieda, en las que mostraba su profundo conocimiento de Roma y de sus ejércitos, de la geografía pirenaica y de la historia militar. “Este punto cierra el valle de Roncal y presenta múltiples circunstancias que favorecen su defensa, como el cauce del río Aragón, que constituye un foso natural, o sus taludes, en las laderas norte, este y oeste”.

Enrique Osset Moreno mantuvo desde el primer momento un firme equilibro entre el pragmatismo del hombre de acción y los formalismos jerárquicos del disciplinado militar. De hecho, como recuerda su viuda María Luisa Vicente, “a la primera persona que puso en conocimiento el hallazgo fue al Capitán General de Zaragoza, Mariano Alonso, que había sido profesor suyo en la Academia General y tenía casa en Villanúa”. En aquella carta el capitán explicaba a su superior que “aquí la gente ve que voy a picar y no concibe que un “señorito” lo haga por amor al arte, preguntan si apareció el tesoro y al responder que el tesoro era el mosaico alguno aventuró la sospecha ¿qué habrá debajo del mosaico?"

Osset Moreno recibió rápidamente la respuesta de su antiguo profesor, que le aseguraba que haría las gestiones oportunas. Con los formulismos de la burocracia de la época el 5 de agosto de 1963 (pocos días después del hallazgo), el militar recibió una postal desde Peñiscola del profesor Antonio Beltrán, quien le informaba estar al tanto del descubrimiento de Artieda y le aseguraba que al finalizar sus vacaciones en septiembre iría “a verle y estudiar el arranque del mosaico”. En esas fechas Osset ya había aventurado la hipótesis de que los mosaicos y restos hallados podían pertenecer a la célebre ciudad romana de Seguia, que algunos estudiosos situaban en Ejea de los Caballeros. Mientras llegaba Beltrán siguió picando y encontró nuevos restos de mosaicos aunque en peor estado de conservación. Cada cata reforzaba las intuiciones del militar.

Beltrán cumplió su promesa y un mes después constató “in situ” la importancia de lo que hasta entonces sólo conocía por referencias. El Consejo Provincial del Movimiento destinó por vía de urgencia 40.000 pesetas para el arranque del mosaico y se requirió al restaurador del Museo de Sevilla, señor Tomillo, el principal experto en este tipo de trabajos en España, para que dirigiera la operación. La rápida actuación de las autoridades de la época fue profusamente divulgada en los medios de comunicación, que se hicieron eco del relevante hallazgo de Enrique Osset Moreno. En una entrevista concedida a Heraldo de Aragón en noviembre de ese año, el militar confesaba que “temía estropear algo pese al cuidado que ponía. Por otro ignoraba las leyes establecidas para estos casos y sobre todo me preocupaba la avaricia de los buscadores de tesoros capaces de picar en el mismo mosaico para ver si encontraban debajo la olla con las onzas”.

En el mes de septiembre se contrató a varios vecinos de Artieda para que hicieran los trabajos de excavación. En pocos días se sacó a la luz todo el mosaico y mediante un delicado proceso de arranque, traslado  y pegado se reconstruyó para su exposición en el Museo de Zaragoza, donde todavía permanece. Pese a la constatación de que había más restos en la partida de Rienda y en otros campos adyacentes, las autoridades no financiaron nuevas excavaciones. Osset Moreno, frustrado y resignado, se dedicó durante los siguientes años a llamar a todas las puertas posibles para sensibilizar a la administración sobre la necesidad de seguir investigando la huella romana de Artieda.

Los hijos de Osset Moreno (tiene 8), conservan todo un arsenal de correspondencia que define también la personalidad del militar. Su hija Concha confirma que “mi padre era disciplinada, metódico y organizado hasta un extremo realmente impresionante. Guardaba todo y era profundamente ordenado con todo lo que trabajaba”. De esa ingente documentación epistolar se rescatan perlas que ayudan a explicar también la pesada burocracia del régimen franquista y los códigos internos de una administración que, como explicaba uno de sus funcionarios, “mostraba la sensibilidad de una tortuga”

Enrique Osset se batió el cobre para que la familia Iguácel cobrara una indemnización. Mantuvo un intenso y cómplice cruce epistolar durante años con el director del Instituto Español de Arqueología, Alberto García y Bellido, para que las excavaciones continuaran. El funcionario, un hombre de vuelta de todo y profundo conocedor de las interioridades de la obtusa administración, le confesaba en una carta que “si las fuerzas armadas dependieran de ministerios civiles como el mío posiblemente no se habría decidido aún la adopción del arma de fuego y continuaríamos discutiendo las ventajas de la ballesta sobre el arco”. En otro misiva de marzo de 1966 respondía a Osset de manera lacónica sobre el asunto de la indemnización a los dueños del campo: “si Artieda perteneciera a Navarra no hubiera sido necesario dejar transcurrir tres años”.

Osset lo intentó todo. Incluso logró comprometer a la Escuela Militar de Jaca, en la que estaba destinado a finales de la década, para que los nuevos trabajos de exploración los hicieran soldados adscritos al cuerpo con el traslado de los mosaicos hallados a la capilla de la Escuela como posible compensación. La legalidad no lo permitió.  En 1969 escribió incluso a Manuel Fraga, Ministro de Información y Turismo, después de la visita que éste había realizado a Jaca. Le remitía todos sus trabajos sobre los yacimientos romanos de Artieda y le informaba de que la Embajada Italiana en España se había mostrado interesada en continuar con las excavaciones. El militar retaba de forma inteligente al ministro y le tocaba la fibra: “me agradaría más que el trabajo fuera realizado por españoles y que nada de lo nuestro fuera a parar a museos extranjeros. En marzo de 1970, pocos meses antes de caer enfermo, el director del Instituto Español de Arqueología le animaba a “seguir explorando este “castellum” porque puede ser de un interés muy grande”. Era una forma irrefutable de confirmarle que el Estado no iba a hacer nada más en Artieda.

Enrique Osset Moreno murió en enero de 1972 después de una fulminante enfermedad. En sus últimos años estuvo destinado en la Ciudadela de Jaca y fue el impulsor de su restauración. No llegó a tiempo de ver en la calle su libro “El castillo de San Pedro”, el único estudio global publicado hasta ahora sobre la historia de la Ciudadela. En este trabajo plasmó nuevamente el rigor, disciplina, entusiasmo y tenacidad que caracterizaron su investigación en Artieda. Gracias a su estudio y trabajo de campo en las partidas de “el Forau de la Tuta”, “Rienda”, “Campo del Royo” o “las Viñas del Sastre” se pudo saber que aquellas teselas y restos de cerámica que aparecían con frecuencia no eran “cosa de los moros”, según el imaginario popular, sino las huellas de un campamento y un poblado romano que ejerció durante siglos un estratégico papel en la defensa del norte de Hispania.

Pueblos con encanto

Publicado: 11/04/2011 16:22 por juangavasa en Pirineo
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Está a punto de salir a la calle el nuevo libro que he escrito, en esta ocasión al tandem de Juan Gavasa se sube la periodista Ainhoa Camino. "Pueblos con encanto del Pirineo" de la editorial SUA de Bilbao. Os dejo a modo de avance la intro del libro. De paso sirve para paliar lévemente esta ausencia oceánica del blog. Llegarán mejores momentos para recuperar la producción.

Cualquier pretensión de oficializar una lista con los lugares más bellos, los monumentos más importantes o los paisajes más espectaculares de un territorio determinado será siempre un ejercicio de frustración y melancolía. El resultado final quedará sometido a la valoración de quien reciba la propuesta y éste generalmente adoptará una posición de incredulidad y desaprobación. La conclusión es clara: el criterio subjetivo del autor nunca se identificará plenamente con la sensibilidad de cada lector. Por lo tanto podríamos convenir que aventurarse en empresas tan inciertas como ésta puede ser un ejercicio de funambulismo periodístico, literario o viajero.

            Pese a estas prevenciones que deberían de servir para persuadir a quien quisiera cometer tamaña osadía, lo cierto es que SUA Edizioak y los autores de este libro pensamos que existía un espacio bibliográfico y también incluso emocional para proponer un trabajo de estas características. Sin renunciar a las percepciones subjetivas del viajero y asumiendo la injusticia de cualquier recopilación, hemos recurrido a una fórmula editorial explorada con profusión en los últimos años para aportar a la extensa biblioteca pirenaica un libro que mezcla la vocación turística, la patrimonial, la histórica y también la social.

            “Pueblos con encanto del Pirineo” recoge cerca de 70 localidades de ambas vertientes de la cordillera. El criterio de selección es responsabilidad única y exclusiva de los autores y de la propia editorial. Se fundamenta en un profundo conocimiento del Pirineo, en una larga trayectoria periodística y editorial vinculada a la cordillera y en el afán por afrontar cada nuevo trabajo como si se tratara de una oportunidad única para sorprender al lector con desconocidos lugares del territorio.

            Es decir; nos ha guiado el mismo entusiasmo de quien se adentra por primera vez en una región ignota, desprovisto de prejuicios, abierto a la fascinación y con la capacidad intacta para recibir nuevos estímulos. Hemos intentado realizar este libro desde la posición virginal del explorador, buscando lo bello e interesante por encima de cualquier otra consideración. Bien es cierto que la belleza es una condición subjetiva y que, por lo tanto, está sometida a la consideración íntima de cada individuo, en este caso lector. Así es que en este libro habrá notables ausencias y quizá dudosas presencias. Pero estamos completamente seguros de que cada uno de los pueblos que aparecen en estas páginas guarda una razón para ser visitado.

            A veces es su valioso patrimonio arquitectónico. Otras, la importancia histórica y artística de su iglesia. En ocasiones es la privilegiada ubicación del lugar y también los paisajes que lo rodean. Y en muchos casos, simplemente, el primoroso estado de conservación de su casco urbano o su capacidad de regeneración.

La segunda mitad del siglo XX fue un tiempo de convulsiones en el Pirineo. La crisis del mundo rural y el éxodo masivo a las ciudades precipitó el fin de un modelo de vida y de una cultura milenaria que fue golpeada brutalmente por los cornetas del desarrollismo. Lo que se había mantenido en pie durante siglos se desmoronó en pocos años. No sólo cayeron casas e iglesias, sino también la autoestima y un universo de tradiciones que se perdía en la noche de los tiempos.

En el inicio de la segunda década del siglo XXI, cuando el Pirineo parece haber recobrado parte del pulso perdido, es necesario recordar de dónde venimos para dimensionar adecuadamente el valor de lo que conservamos y de lo que tenemos. Nuestros pueblos representan con meridiana claridad aquello que perdimos y todo lo que hemos intentado recuperar. Parece un milagro que muchos lugares permanezcan en pie, con constantes vitales, si recordamos que no hace mucho rozaban el umbral de la desaparición, de la muerte biológica.

Por eso este libro es también una pequeña reivindicación del patrimonio pirenaico. La belleza puede estar escondida en los lugares más recónditos e insospechados. Obligación de todos es rastrear y buscarla para dar valor a aquellos pequeños detalles que representan tanto como la más formidable de las catedrales. Este compromiso es el que nos ha guiado igualmente a la hora de realizar el libro. Y en la elección de los pueblos hemos buscado en muchas ocasiones la fuerza de la impronta pirenaica, el rastreo del carácter cultural que se mimetiza en su arquitectura popular, en el uso de los materiales tradicionales o en la conservación de los elementos que representan los modos de vida perdidos.

Las evidentes limitaciones de un libro exigen un doloroso trabajo de purga. Somos conscientes de que han quedado muchos pueblos con encanto fuera de estas páginas. Pero el libro es, ante todo, un ejercicio de estímulo y sugestión; una invitación a que el lector visite el Pirineo guiado por la belleza de los pueblos que se proponen, pero abierto a conocer otros lugares que a buen seguro encontrará en el camino. Por eso los textos son pinceladas, en ocasiones de trazo grueso, que quieren sugerir más que detallar. No se trata de una guía turística al uso ni de un catálogo de monumentos a visitar. Son las impresiones del viajero descritas con la vehemencia necesaria para contagiar el espíritu del viaje y el anhelo del hallazgo. La belleza como excusa para conocer el Pirineo.

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Por tierra de Cajal

Publicado: 01/12/2010 16:41 por juangavasa en Pirineo
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Este artículo que publiqué en el número 72 de la revista "El Mundo de los Pirineos" ha sido galardonado con el "Premio Félix de Azara" en el apartado de comunicación.

 

Hay un viento matutino que golpea cada día suavemente las tierras del Reino de los Mallos. Lo llaman “Alaniés” y es el causante de la extraordinaria luminosidad del lugar y de la pureza de su atmósfera. Este aire dulcifica el clima hasta extremos inverosímiles en el Altoaragón y facilita la producción de vino y aceite, la observación de rapaces, la escalada o el senderismo. A ello se une un patrimonio cultural de primera magnitud que ha acabado por convertir el territorio en un próspero polo de atracción turística.

 

Lo que se conoce por arte del márquetin como “Reino de los Mallos” tiene un poso histórico que le concede cierto rigor y sustancia. El territorio que limita al norte con las sierras de San Juan de la Peña, Oroel y el Puerto de Santa Bárbara y al sur con la ciudad de Huesca, fue en época medieval un efímero reino surgido de un gesto de amor. El rey Pedro I dejó en 1097 en herencia a su segunda esposa, doña Berta Cruz, un territorio que comprendía los mallos de Riglos y su entorno. Era la dote más hermosa de sus vastas posesiones. Tiempo después Alfonso I el Batallador reintegró el pequeño lugar en el Reino de Aragón, frustrando la última voluntad de su hermano.

Aquellos mallos enigmáticos y grandiosos son hoy el icono principal en torno al que se ha construido la nueva marca turística. Pero sería un error pensar que el valor de la zona sólo se limita a su inquietante orografía y a su intrincado pasado. En la última década sus habitantes han sido capaces de modificar un destino que parecía irreversible y han logrado hacer de la necesidad virtud y recuperar la economía de la zona. Hace 20 años se modernizó la N 330 por el puerto de Monrepós y supuso la puntilla para la carretera autonómica 132, eje vertebrador del territorio de los Mallos y hasta entonces conexión principal con el Pirineo. El tráfico derivó a la nueva vía y la otrora transitada carretera prácticamente cayó en el olvido.

La crisis provocó la catarsis y la puesta en valor de un potencial que nunca hasta entonces había sido necesario explotar. Ahora ha dejado de ser zona de paso para convertirse en destino. La apuesta por un turismo diversificado y renuente a la masificación ha obrado el milagro. En una década ha cambiado profundamente la economía y el paisanaje de la zona. Los tipos con neopreno que se lanzan por las turbulentas aguas del Gállego se mezclan con los circunspectos ornitólogos; los escaladores de siempre conviven ahora con los amantes del enoturismo y con los que se pierden por las suaves laderas del entorno en busca de setas. En el Reino de los Mallos se produce vino (hay 3 bodegas), el río ha generado una potente estructura de empresas de aventura que da trabajo estable durante casi todo el año, se ha fomentado un elitista turismo ornitológico y gastronómico, y ha adquirido una nueva proyección el valiosísimo patrimonio monumental, manifestado principalmente en el Castillo de Loarre y la Colegiata de Bolea. Hay un dato que resume definitivamente la magnitud del cambio: hace 10 años no había ninguna habitación con baño y ahora hay más de 300 en los nuevos hoteles y casas de turismo rural que se han abierto. Como afirma José Antonio Sarasa, Alcalde de Ayerbe, “hace una década pensábamos que nos íbamos a quedar solos y ahora no dejamos de crecer”.

El Reino de los Mallos está situado geográficamente en el pre-Pirineo pero ha mantenido históricamente importantes lazos económicos, sociales y culturales con la gran cordillera. Su proximidad y el empaque que le conceden los mallos de Riglos y Agüero le ubican sin discusión en ese universo montañero por el que tantos suspiran.

Aunque administrativamente pertenece a la comarca de la Hoya de Huesca, lo cierto es que tradicionalmente ha tenido una personalidad propia que ha sabido difundir con la poderosa presencia de las moles graníticas. En la actualidad la zona está formada por los municipios de Agüero, Ardisa, Ayerbe, Biscarrués, Bolea, Riglos, Loarre, Loscorrales, Lupiñén, Murillo de Gállego, Puendeluna y Santa Eulalia de Gállego. Se trata de un territorio de grandes contrastes que transita entre los paisajes abruptos del norte y los sinuosos perfiles del pantano de la Sotonera, zona de paso de las grullas e importante reserva natural.

Todos los pueblos de la zona ofrecen un importante legado monumental y un catalogo más que respetable de ejemplos de arquitectura tradicional. Se hace  indispensable una visita a la bella iglesia de San Salvador de Agüero (S.XI), con su hermoso retablo barroco, o a la de Murillo de Gállego, de imponentes dimensiones. Son, tan sólo, dos ejemplos de un rico patrimonio que incluye además decenas de pequeñas ermitas que han sido restauradas con cuidado en los últimos años.

Ayerbe ha sido históricamente el centro neurálgico de la zona y una de las localidades más prosperas de la provincia. Hoy está volcada en el turismo y en una discreta actividad agrícola. Su feria fue en tiempos un verdadero acontecimiento social y económico que reunía a gentes de todo el entorno. Las fotos en blanco y negro de hace un siglo muestran un hervidero de gente haciendo transacciones de dinero, de ganado y de materias primas. Todo eso es ahora tan solo un rumor en la memoria pero las dos plazas contiguas de Ayerbe siguen imponiendo. El Palacio renacentista de los Marqueses de Urriés (s.XV), separa los dos espacios y le otorga cierta distinción al lugar. Se trata de una valiosa pieza de arquitectura civil aragonesa que está siendo rehabilitada para diversos usos públicos y privados. Los Urries fueron una de las familias más poderosas e influyentes en tiempos del emperador Carlos I. Como establecen los códigos de poder, en su árbol genealógico enraizaban militares, empresarios, curas e incluso obispos.

Junto al Palacio se encuentra la Torre del Reloj, un edificio exento levantado en 1798 que permanece inalterado pese a los avatares de la historia y su aparente fragilidad. La iglesia de Ayerbe está dedicada a San Pedro. Fue construida en el siglo XVI y es llamativa la ausencia de campanario, por lo que los ayerbenses escuchan las campanas de la torre de San Pedro, adosada a los restos de la antigua colegiata, y miran la hora en la Torre del Reloj de la plaza. En lo más alto del cerro sobre el que se esparce el casco urbano de Ayerbe, se conservan los restos del que fuera el castillo musulmán más septentrional de la península.

Las historias de Ayerbe se entreveran bajo el sol impenitente que golpea en la plaza. Por sus calles correteó el Premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal, que vivió aquí su infancia (1860-1869), y dejó deliciosas anécdotas de ese tiempo en su célebre biografía. La casa familiar es hoy un Centro de Interpretación sobre la vida del científico, en el que tienen tanto peso sus correrías por las tapias del cementerio de Ayerbe como sus primeras aproximaciones al complejo interior del cerebro humano.

Junto a la antigua vivienda de los Cajal abrió sus puertas hace casi 20 años Casa Ubieto, un establecimiento de alimentación que, en realidad, es el punto de referencia para quienes quieren adentrarse por primera vez en el territorio. Emilio Ubieto es una caja de sorpresas. Llegó a Ayerbe atraído por el mundo de la micología, del que es uno de los expertos más reputados, y acabó desarrollando múltiples facetas al estilo del hombre renacentista. Es el organizador de las afamadas “Jornadas Micológicas” de Ayerbe que se celebran en octubre, y su libro “Trufas. Guías y recetas” recibió en 2007 el prestigioso Premio Gourmand al “Mejor libro de cocina innovadora del Mundo” y al “Mejor libro de fotografía en lengua española”. Su tienda tiene probablemente la mejor selección de títulos sobre micología de todo el país y la única temática dedicada a Ramón y Cajal. Un espacio que proyecta el sabor de los viejos colmados pero con hechuras de templo del gourmette. “Promovemos los productos de la zona; el vino, la miel, el chocolate… porque son realmente excelentes. Tenemos que recuperar nuestra autoestima”.

La conversación con Emilio fluye de un rincón a otro con asombrosa facilidad. Habla del espectáculo de los almendros en flor que cautivó al director británico Ridley Scott cuando en 2004 grabó en Loarre el “Reino de los Cielos”. Reflexiona sobre las huellas descarnadas que dejó la Guerra Civil en toda la zona y atisba signos de esperanza cada vez que un nuevo forastero decide instalarse en algún pueblo del entorno. El último de ellos es un profesor de la Sorbona de París y su mujer, entregados a un estudio sobre la etnociencia y la etnología de la comarca.

Ayerbe es el punto de partida de todos los caminos. Desde aquí se toma la carretera que conduce a las faldas de los mallos de Riglos, siempre deslumbrantes y sobrecogedores. Al otro lado del río Gállego se erigen los de Agüero, más discretos y contenidos. Ambos son un lugar de peregrinación para los aficionados a la escalada en roca y un paraíso ornitológico. Recientemente se ha puesto en funcionamiento el Centro ARCAZ de Riglos para la observación de aves rapaces y la educación medioambiental. La instalación forma parte del proyecto de cooperación conocido como “Vultouris”, en el que participan también los centros pirenaicos de la Foz de Lumbier y Aste-Beon en el Valle de Ossau.

El río Gállego se desvía a la altura de Ayerbe y continúa su curso hacia Biscarrués. El nombre de esta localidad se ha asociado en los últimos años al proyecto de embalse que amenaza el futuro de la zona. Los vecinos lideraron una frontal oposición que obligó a la administración a reconsiderar el proyecto original, que anegaba el casco urbano de la localidad y arruinaba el negocio de las empresas de aventura. Lola Giménez, portavoz de la “Coordinadora Biscarrués”, asegura que el nuevo proyecto “sigue inundando todo el cañón de aguas bravas, lo que en la práctica supone acabar con uno de los medios de vida más estables de la zona”. Así lo confirma Gustavo Ortas, presidente de la Asociación de Empresas de Aventura, quien recuerda que en un reciente estudio socieconómico de la zona quedaba constatado que la influencia del sector en el territorio era fundamental para mantener la población y cifraba el impacto económico entre los 6 y los 9 millones de euros.

Un impacto también relevante es el que generan los dos grandes monumentos de la zona. El Castillo de Loarre es la joya de la corona. Su primoroso estado de conservación –es la fortaleza románica mejor conservada de Europa- y su privilegiada posición sobre un promontorio de vistas inabarcables lo consolidan en la lista de los monumentos más valorados de todo el país. El lugar es fascinante. Desde su posición se puede controlar la extensa llanura de la Hoya de Huesca, y no es difícil imaginar la tensión con la cercana Bolea, la principal plaza musulmana en este extremo de la Marca Superior de Al-Andalus.

En esta localidad se esconde otro de los tesoros del patrimonio de Huesca, la Colegiata de Santa María. Levantada en el siglo XVI, acoge en su interior el maravilloso retablo mayor, considerado una obra maestra de la pintura española del Renacimiento. Pedro Bergua, Presidente de la Comarca de La Hoya y fundador de la “Asociación de Amigos de la Colegiata de Bolea”, explica con pasión los arcanos del templo, al que ha dedicado parte de su vida. Le ha tocado de todo, desde recoger restos humanos de una cripta hasta hacer labores de peón. En realidad, su perfil político se diluye cuando ejerce de cicerone; “la Colegiata y su retablo es una de las grandes joyas de nuestro patrimonio y no podemos olvidar que ha sido la iniciativa ciudadana la que evitó en su día que el templo acabara prácticamente en ruinas”.

La reflexión adquiere el aire de metáfora vinculada con el propio territorio del Reino de los Mallos. Los años de incertidumbre que cayeron sobre la zona parece que se están superando como si se tratara de un monumento en proceso de restauración. Por toda la zona se suceden las obras de rehabilitación de iglesias y ermitas (Marcuello, Agüero, Mueras, Concilio, Santa Águeda…), los planes de dinamización y los proyectos empresariales que responden a una idea de país basada en la prudencia y la austeridad. Como indica Silvia Fernández, gerente del Plan de Dinamización Turística que destina 3 millones y medio de euros a inversiones en la zona, “tenemos que coger nuestros recursos y ponerlos en valor para creer en nosotros mismos”. 

Clot de Moro

Publicado: 02/11/2010 17:23 por juangavasa en Pirineo
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En Castellar de N'Hug (Berguedá), se encuentra uno de los restos más interesantes e insólitos de arquitectura industrial pirenaica de principios del siglo XX; se trata de la antigua fábrica de cemento de El Clot de Moro, un impresionante edificio adaptado también a la montaña sobre un terreno de piedra calcárea. En 1904 el prestigioso empresario catalán Eusebio Güell, mecenas de Gaudí, eligió este lugar  para levantar Asland, la primera fábrica de cemento portland del estado. Encargó el diseño de la planta al arquitecto Rafael Guastavino, quien levantó un edificio que destaca por las galerías situadas en distintos niveles y las majestuosas bóvedas que las cubren.  Güell encargó a Gaudí un chalet junto a la fábrica para los encargados y un refugio en la sierra de Catllarás para los ingenieros.

La fábrica se cerró en 1970 y el viejo edificio modernista se contempla ahora desde la carretera como un extraño anacronismo fuera de contexto.  En los últimos años se ha rescatado de la ruina la galería inferior, que alberga el museo del cemento (narra el proceso de fabricación y la historia de la construcción de la planta); y el Museo del Transporte, que cuenta con una de las mejores colecciones de Europa de vehículos antiguos. Entre ellos destaca la colección de ferrocarriles de vía estrecha e industriales, con más de 30 locomotoras, la sección de transportes públicos con unos 12 tranvías de Barcelona, una muestra antigua de coches de línea y un clásico autobús londinense de dos pisos.

Gaudí también visitó la zona en 1905 para realizar los encargos del Conde Güell y se alojó en el cercano pueblo de La Pobla de Lillet. A instancias de la familia Artigas, en cuya casa durmió, hizo los bocetos de un jardín para su finca particular que acabaron siendo los maravillosos “Jardins Artigas”, nacidos de la formidable imaginación del arquitecto, otro de los puntos más visitados de la zona.

Un territorio cuidado

Publicado: 27/10/2010 09:35 por juangavasa en Pirineo
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Ayer presentamos la campaña de publicidad que hemos diseñado para el proyecto IMPULSADOS, financiado por la Comarca de La Jacetania, el Valle de Aspe y la Unión Europea a través de los Fondos FEDER. ES una campaña original, diferente y muy arriesgada. Pero estamos orgullosos del resultado final y la repercusión que ha tenido en los medios de comunicación es más que notoria. El trabajo que ha hecho el excelente diseñador zaragozano Víctor Gomollón merece un premio.

 

La campaña de publicidad “PIRINEOS-PYRÉNÉES.Aspe/Jacetania. Un territorio cuidado”, forma parte de los proyectos integrados en la Acción Número 5 del Proyecto de Cooperación Transfronteriza IMPULSA-DOS, incluido en el Programa Operativo de Cooperación Territorial España-Francia-Andorra para las anualidades 2010 y 2011. IMPULSADOS es un proyecto promovido por la Comarca de la Jacetania, como jefe de filas y socio principal, y la Comunidad de Mancomunidades del Valle de Aspe. Todo el programa está financiado en un 65% por la Unión Europea a través de los Fondos FEDER.

Los territorios de La Jacetania y el Valle del Aspe han desarrollado en los últimos años campañas en las que el medio natural o la montaña han sido el valor intrínseco sobre el que se centraban. Los sitios web de los dos territorios, sus publicaciones y sus anuncios ocasionales, han tendido, como es lógico, a “vender” la naturaleza privilegiada de la que están rodeados. El Parque Nacional de los Pirineos en Francia o los valles de Hecho y Ansó en La Jacetania han logrado ya una imagen de marca, una interiorización por parte del lector de lo que allí se van a encontrar. Espectaculares fotografías, múltiples opciones de aire libre… Lo explícito, en definitiva, es algo que el lector, en un 80% del público potencial al que está campaña está dirigido, conoce, aunque solo sea por referencias indirectas.

Por todo ello, esta campaña busca la metáfora, la sorpresa, una sonrisa o el despertar de una simpatía hacia estos territorios, huyendo de lo obvio por ya conocido y buscando la complicidad. Para ello se ha desarrollado un trabajo creativo basado en un mensaje con doble sentido que apoyado en diseños tradicionales o históricos busca despertar la imaginación a través de una idealización, tal y como se produce en el subconsciente, de lo que se recuerda con agrado.

En la época de la imagen (y de la saturación de la imagen), apostar por diseños decimonónicos y de principios del siglo XX rompe la inercia de la mayoría de campañas publicitarias. Dibujos clásicos que ejerzan de “cuento” del territorio y que logren por su aspecto anacrónico precisamente el efecto de despertar la atención del lector. Recuperar corrientes creativas que sirvieron para ilustrar y divulgar el despertar del turismo pirenaico a finales del siglo XIX, transmite además un valor de gran fuerza y eficacia: La Jacetania y el Valle de Aspe son territorios con una larga tradición turística y con unos indudables potenciales patrimoniales, históricos y medioambientales.

Para representar el ideal del paisaje y la cultura pirenaica entendemos que no hay mejor soporte estético que el cartel turístico tradicional francés del siglo XIX y la primera mitad del XX. Aquellas imágenes pirenaicas, los populares “afiches” en su denominación francesa, de los Chemins de Fer du Midi o de Sindicatos de Iniciativas Turísticas.

Mediano, la memoria ahogada

Publicado: 20/10/2010 10:09 por juangavasa en Pirineo
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“Mediano. La memoria ahogada”, es un excelente documental producido por Aragón TV y dirigido por la periodista Maite Cortina y el realizador Roberto Roldán. La historia de Mediano es una de las más terribles y dramáticas de cuantas pueden ser contadas en la gran ignominia que fue la política hidráulica española del siglo XX.

Combinando eficazmente las secuencias de ficción y el formato convencional de documental, “Mediano. La memoria ahogada” no aspira tan sólo a plasmar con tono de elegía  el drama de los afectados por el embalse que anegó el bello pueblo del Sobrarbe. El criterio periodístico de Maite Cortina, hija de Mediano, se percibe consecuente detrás de la narración en la búsqueda del rigor de los datos objetivos.

Aunque es justificable la tendencia a la melancolía y la enfatización de la gran injusticia humana, existe un admirable interés por buscar todos los ángulos de la historia, aunque algunos de estos resulten incómodos e insoportables. Pero es obligación del buen periodista buscar la verdad y ampliar al máximo el zoom para captar todos los matices que ofrece una noticia. Y en el documental se consigue a base de dar voz a un buen puñado de protagonistas directos e indirectos de aquella barbarie, que nos remite a otra sociedad y a otro país en el que la vida de sus ciudadanos valía tanto como las tasas oficiales por expropiación.

Sorprende (aunque a estas alturas no debiera), la frialdad con la que el funcionario circunspecto se agarra a la letra de la ley, bosquejando argumentos para justificar decisiones que por su repercusión irreversible deberían pertenecer al ámbito de los derechos humanos. Quien no conozca la historia de Mediano debería de saber que un lluvioso 29 de abril de 1969, cuando todavía quedaban 6 familias habitando en el pueblo, un ingeniero de la Confederación Hidrográfica del Ebro ordenó cerrar sin aviso previo las compuertas de la nueva presa. En pocas horas el vaso del pantano comenzó a inundarse y los aterrorizados vecinos que resistieron hasta el final tuvieron que huir con el agua en las rodillas dejando atrás casi todas sus pertenencias.

El documental intenta averiguar las razones y los responsables de aquella salvajada, aunque lo hace como parte del trabajo periodístico de reconstrucción de la historia; nunca como debilidad revanchista. No es el eje de la narración. Los responsables del documental se apropian de aquellas palabras de Juan de Mairena que recordaba hoy el periodista Miguel Ángel Aguilar, “no hay manera de ver las cosas sin salirse de ellas”, y trazan el contexto histórico en el que se produjo la aniquilación de Mediano.

Para ello es fundamental la aportación del profesor de la Universidad de Zaragoza, Perico Arrojo, quien insiste en un argumento expuesto en otras muchas ocasiones: “detrás de las políticas hidráulicas del franquismo justificadas para alimentar a la población estaba el interés de las grandes constructoras en fomentar las faraónicas obras hidráulicas”. Aterra comprobar que ese mismo argumento sigue vigente cuarenta años después, en plena democracia, con otros proyectos de similar impacto como el recrecimiento de Yesa o Biscarrués.

En aquellos años de plomo se reivindicaba la figura de Costa y su afán regeneracionista de manera demagógica e interesada, para justificar grandes obras que principalmente beneficiaban a las poderosas empresas constructoras. Como apuntaba acertadamente el periodista Julio Alvira, Costa “pedía pantanos para que pudieran comer los pobres”, pero nunca pensó en ellos como parte de una estrategia de desarrollo económico basada en el fomento del hormigón. Siete llaves al sepulcro de Costa.

Arrojo recuerda que a finales de los años 50 se decidió triplicar la capacidad de Mediano con el objetivo oficial de ampliar la zona de regadío de Monegros. Sin embargo, al tiempo que se ampliaba el tamaño del embalse se reducían los terrenos regables siguiendo políticas agrícolas de racionalización de los cultivos. En resumen; los grandes pantanos beneficiaron principalmente a las grandes empresas de la construcción. Mediano se inició en plena República, se paralizó durante la Guerra Civil y en 1941 se retomó de la mano de la recién creada compañía Dragados y Construcciones. ¿Les suena?

“Mediano. La memoria ahogada” es un documental necesario para que los aragoneses conozcamos un desconocido recodo de nuestra historia más reciente. Es necesario para recuperar el drama humano, para desmitificar la absurda y superada defensa de la política hidráulica franquista y, principalmente, para recordar a las nuevas generaciones el inmenso sacrificio que realizaron los pirenaicos durante el siglo XX. Un sacrificio que causó profundas desestructuras sociales, económicas y morales. Un sacrificio que todavía no ha sido compensado.

Plazas

Publicado: 04/10/2010 10:03 por juangavasa en Pirineo
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La mayoría de pueblos pirenaicos comparten una misma fisonomía. Las adversidades del clima primero y las costumbres sociales después forjaron una morfología urbana que nos permite desgranar a través de su urbanismo un pedazo de su historia. Cómo fueron o qué padecieron en el pasado puede ser un ejercicio de funambulismo antropológico si no se manejan elementos tangibles. La arquitectura es uno de ellos y, en este ámbito, las plazas son probablemente su elemento más significativo. Hubo plazas defensivas, otras nacieron para desahogar los intrincados callejeros. Algunas fueron el resultado de los años de las luces y otras simplemente fruto del azar urbanístico. Cuando uno camina por la angosta plaza de Alquezar entiende que sus reducidas dimensiones no son una consecuencia de su modestia. El tamaño no otorga la relevancia; sí lo que ocurre en su interior. Como recuerda el escritor Fernando Biarge “el movimiento que registra proporciona el reflejo fidedigno del acontecer diario de una comunidad”.

La de Alquezar es tan estrecha que incluso podría cuestionarse su categoría de plaza. Más bien parece un simple ensanchamiento de su trama urbana. Pero en realidad es una plaza con todas las de la ley, reforzada por esos soportales que en el Pirineo siempre nos advierten de la existencia de una tradición mercantil. La heterodoxia constructiva realza el valor de los edificios más nobles, casi todos ellos concentrados en este punto del pueblo. El popular pirineísta francés Lucien Briet pasó por Alquezar a principios del siglo XX y descubrió en la plaza Mayor (actualmente Rafael Ayerbe), a las mujeres lavando la ropa. “Esta plaza mide 8,25 metros de ancha por 22,50 de larga y constituye el corazón y la síntesis de esta región”, dejó escrito en su cuaderno de viaje. En Alquezar se celebraban las ferias y los mercados.

Como en Ayerbe, plaza señorial donde las haya y ejemplo de prematura planificación urbanística. Cuando no existían los Planes Generales de Ordenación Urbana, los pirenaicos se regían por el sentido común y cierto instinto de supervivencia. Había que dulcificar los pueblos para hacer más cómoda la ingrata vida del montañés. Ayerbe fue hasta mediados del siglo XX un espacio de tumulto mercantil, con una feria que atraía a gentes de toda la comarca. La suya es una plaza especial. Lejos todavía del rigor pirenaico el espacio se vertebró en torno al palacio de los Urriés, familia de espléndido árbol genealógico y poseedora de propiedades infinitas en tiempos del emperador Carlos I. El formidable Palacio renacentista separa la plaza en dos. Junto a él se alza la Torre del Reloj, edificio exento de finales del XVIII. Podría decirse que la doble plaza de Ayerbe tiene más carácter urbano que rural. Con hechuras de espacio cosmpolita que busca la estética por encima de los planteamientos prácticos de la cotidianeidad.

Nada que ver con la plaza de Luis XIV de Donibane Lohitzun, en la que estableció su residencia el monarca francés antes de su matrimonio. Se trata de un amplio espacio con aroma a salitre y ambiente inconfundiblemente pesquero. El rojo de la madera de las fachadas evoca otro tiempo y otro ambiente, trufado de viejas historias marineras e intrigas portuarias. La plaza se abre al mar o bien podría ser el mar el que se arrulla en las faldas de Donibane. En medio, el kiosco de música otorga al lugar un aspecto bohemio y fantasioso, como de cuento de niños. Todos los días de verano hay conciertos de música.

Este aspecto de gran espacio abierto al exterior contrasta con entramado medieval del casco urbano de Prats de Molló, hermosa localidad amurallada en la comarca francesa del Vallespir. Aunque la mayoría de edificios son de nueva planta la trama urbana se mantiene desde su origen, conformando una suerte de callejero cosido con vericuetos, pasadizos y calles que no llevan a ninguna parte. La plaza más importante de Prats de Mollo es la de Josep de la Trinxera, donde se levanta el ayuntamiento construido en el siglo XVII. Pero probablemente la que más encanto guarda es la de Armas, que más que una plaza es el vértice que forman las calles de la Puerta de Francia y la Puerta de España. Pero en los días de sol los visitantes se apostan en las terrazas de las cafeterías y entonces ese minúsculo lugar encajonado entre enormes edificios de tres plantas parece una sucursal del barrio de Saint Germain de París. Bohemia y turismo de masas suelen ser una mezcla de difícil resolución pero en Prats logran convivir con cierto civismo.

Unos kilómetros al sur, en la Garrotxa catalana, Besalú se despereza contemplada por siglos de historia y unas cuantas leyendas que hacen justicia al lugar. Su famoso puente fortificado, inspiración de escritores y alimento del legendario popular, es el icono de la villa medieval. Pero no es el único. Como podemos advertir en otros pueblos pirenaicos, su plaza mayor no es una casualidad urbanística sino un espacio imaginado y deseado por sus gentes, probablemente planificado como un deshago en las tinieblas de la Edad Media. Aquí la llaman la Plaça de la Llibertat y como en Alquezar, los soportales de las casas delatan un pasado de ferias y mercados, potenciado por su condición de cruce de caminos entre Olot, Figueres y Girona. La presencia de la casa consistorial y del bello edificio de la antigua Curia Real (s. XVI), rematan un espacio amplio con categoría de salón del pueblo.

Cerca de Besalú, en pleno Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa, Santa Pau es otro ejemplo de trama urbana de origen medieval, con algunas características muy reconocibles que se manifiestan en otras localidades pirenaicas, como la conservación del recinto amurallado o la sucesión de calles y callizos que responden a necesidades cotidianas como el frío o la construcción en secuencia adosada de las viviendas. Unas se apoyaban sobre las otras. En Santa Pau está la Plaça Major o Firal dels Bous. El propio nombre lo indica, fue lugar de mercado y ferias desde la concesión real otorgada a la villa en 1297. De nuevo los soportales son como el ADN del lugar. Pero en este caso hay algunas excepciones propiciadas por el propio terreno sobre el que se asentó la villa. La plaza es irregular y desnivelada, e incluso los propios arcos muestran formas y tamaños desiguales. Todo el conjunto, sin embargo, transmite un extraño equilibrio, quizá sustentado en la iglesia gótica de Santa María y en el viejo castillo, referente sobre el que se dibujó la disposición un tanto anárquica de la plaza.

Ordesa

Publicado: 28/09/2010 09:49 por juangavasa en Pirineo
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El mítico Roldán, rodeado por los árabes, lanzó su espada para poder ver su tierra antes de morir. Durandal atravesó con violencia las paredes de Ordesa y se perdió en el horizonte, dejando una brecha que realmente parece un tajo. Ese abrupto corte es depositario de leyendas y de historias humanas que hablan de contrabando, peregrinos y evadidos. Es uno de los rincones más visitados del espectacular Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, cuya entrada principal por el bello pueblo de Torla ve pasar cada año a más de medio millón de personas.

Aunque existen cuatro entradas naturales, ésta es la más popular. Desde aquí se domina una de las panorámicas con mayor poder iconográfico de todo el Pirineo; se trata de la cara sur del imponente murallón del macizo de Mondarruego. Torla representa uno de los valores más interesantes de Ordesa; su carácter humanizado. Pese a las figuras de conservación que rigen en el Parque, Ordesa no es una reserva. Existen varios pueblos en su interior y todavía es posible ver explotaciones ganaderas, algo que los biólogos consideran fundamental para la conservación del hábitat. En el valle  siempre hubo presencia humana, como así lo atestiguan las viejas fotos de principios del siglo XX, que muestran la desnudez de grandes extensiones de pastos en lo que hoy son frondosos bosques.  

Desde Torla se inicia el breve trayecto en autobús hasta la gran pradera en la cabecera del valle. La tupida red de pinos, abetos y hayas origina nuevos espacios recogidos en la penumbra que facilitan la conservación de determinadas especies que son endémicas del Pirineo. Otro de los rasgos más característicos de Ordesa es la gran variación de temperaturas y de humedad que se registran a diario, lo que genera profundas inversiones térmicas que quedan perfectamente reflejadas en la distribución de sus pisos vegetales. En sus majestuosos circos, en sus fallas y planicies, en sus impresionantes pliegues se puede observar la orogénesis de la cordillera pirenaica con una soberbia claridad didáctica. El geógrafo francés Franz Schrader describió mejor que nadie a finales del siglo XIX el Paisaje de Ordesa: “es un inmenso poema geológico”.

En la pradera del parque está el infinito. El río Arazas discurre a la derecha y a la izquierda se alza imponente el inconfundible Tozal del Mallo. El gran valle de origen glaciar en forma de U, se adentra durante 15 kilómetros rodeado de impresionantes paredones pétreos de imposible verticalidad, reconocibles por el rojizo de las areniscas y el color grisáceo de las dolomías. Son el ADN de esta maravilla natural, que certifica con exactitud científica que en el pasado todo lo que contemplamos fue un fondo marino. La exuberante vegetación aliviada por los infinitos caminos de agua que surcan las laderas representa un contraste absoluto con los desiertos kársticos de las cumbres del valle, muchas de ellas por encima de los 3.000 metros. Marboré, Cilindro, Taillón y, por supuesto, el Monte Perdido.

Aquí se comenzó a escribir la historia del pirineismo en 1802, cuando el barón alsaciano Ramond de Carbonniéres conquistó la cima por primera vez. No obstante, la leyenda y quizá la lógica, aseguran que los pastores de Ordesa ya lo habían hollado mucho tiempo atrás. Un siglo después, otro compatriota suyo, Lucien Briet, recorrió los senderos de Ordesa y fotografió sus paisajes y sus gentes. Hoy se recuerda con una placa de bronce junto al río Arazas su determinante contribución a la creación del Parque Nacional en 1918.

El recorrido más popular en esta parte del Parque es el que conduce al Circo de Soaso y la famosa Cola de Caballo, un espectacular salto de agua situado a 1.758 metros de altitud, colgado del mismo Perdido. Se trata de una excursión relativamente sencilla y apta para casi todos los públicos. Son cerca de 4 horas de caminata que permiten descifrar buena parte de los arcanos naturales que guarda Ordesa.

Uno de los más valiosos es su fauna,  representada principalmente por la perdiz blanca, el buitre leonado, el singular quebrantahuesos, la marmota o el accesible rebeco. Ya no queda, sin embargo, ningún ejemplar del mítico “bucardo”, una subespecie de la cabra hispánica que desapareció hace algunos años por el afán aniquilador del hombre.

El río Arazas es la principal referencia. Nace en las faldas del Monte Perdido y va a desembocar al Ara, el único río no regulado del Pirineo aragonés. En su curso recibe las aguas de numerosos torrentes y su adaptación a la endiablada orografía convierte su recorrido en una suerte de saltos, cascadas y rápidos de una belleza selvática. Probablemente uno de los lugares más emblemáticos son las Gradas de Soaso, unas curiosas terrazas de origen glaciar en las que el Arazas adquiere formas insospechadas. Como ocurre frecuentemente, el legendario popular atribuyó connotaciones mágicas al lugar.

La belleza casi indómita de este rincón contrasta con el espectacular valle de Añisclo, incorporado al Parque Nacional en 1982 junto a los de Escuain y Pineta. Es un profundo cañón en cuya cabecera tiene un circo de origen glaciar. Al valle se accede desde el pueblo de Escalona por una estrechísima carretera que sigue paralela al curso del río Bellós entre cascadas y correntías.

Trece kilómetros después de Escalona se alcanza el hermoso puente de piedra que salva el cañón y la ermita rupestre de San Urbez, punto de inicio real del conocido como Cañón de Añisclo. En el pintoresco pueblo de Escuaín se encuentran las gargantas del río Yaga, cuyas aguas descienden impetuosas desde el Monte Perdido por una brecha de 200 metros de profundidad.

 

Artículo publicado en el nº 172 de Viajes de National Geographic

Ruta del Solano

Publicado: 05/01/2010 11:41 por juangavasa en Pirineo
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La toponimia en el Pirineo es casi siempre un libro abierto. Allí donde aparece el término “solano” no habrá duda de que hallaremos un lugar acariciado con obstinación por los rayos del sol. La conocida como “Ruta del Solano”, en el valle de Benasque, fue en la antigüedad un lugar anhelado por su benigno clima. Atrapar las escasas horas de luz invernal fue el desvelo de los antiguos pobladores y la razón de los inhóspitos asentamientos. Más tarde, cuando las comunicaciones estructuraron las sociedades, aquellos escarpados lugares quedaron a desmano de todo. Pero pasaron a ser un idílico itinerario alejado del turismo de masas. Hoy es un balón de oxígeno en el masificado valle benasqués.

 

La ruta existe, aunque la carretera no aparezca reflejada en muchos mapas. Se trata de una antigua pista que ha sido asfaltada como buenamente ha permitido la tortuosa orografía. En algunos tramos el piso es irregular y en otros el pellizco del vértigo es una sensación somática, pero todo queda compensado por la magnitud de los paisajes. La “Ruta del Solano” une las pequeñas localidades de Eresué, Ramastué, Liri, Arasán y Urmella. La carretera comienza poco después de pasar el Santuario de Guayente, a mano derecha, y se pega de forma endiablada a las faldas del majestuoso pico Gallinero (2.728 m.). Este itinerario alternativo va a morir después de un espasmódico bucle en la carretera que asciende por el Coll de Fades desde Castejón de Sos, en lo que representa la frontera entre la zona axial y la unidad surpirenaica. Es un territorio de escasa demografía, abatido por el inclemente éxodo rural y por los gélidos inviernos de nieve y frío.

 

Así que estamos en un ecosistema de alta montaña de manual. El Gallinero y el Basibé (2.723 m) encima de nosotros, a la derecha la Sierra de Chía, al fondo el macizo del Turbón (2.492). Todo lo que alcanza a ver nuestra vista es un espectáculo de cumbres que rozan los tres mil metros y que subliman el puro paisaje pirenaico. Las montañas mitigan el furor nervioso de las curvas sin parapetos y justifican plenamente este tránsito en el que el tiempo sólo puede tener un valor relativo.

 

El primer pueblo es Eresué. Su reducida dimensión proyecta de forma gráfica las dificultades de la vida cotidiana y las limitaciones de una agricultura de inciertos rendimientos. La simple existencia fue un ejercicio de supervivencia, parecen decir las fachadas de sus casas, orientadas invariablemente al sur. Y es que resulta inevitable transitar entre las evocaciones melancólicas del pasado de la zona y el proceso actual de reinvención, que se manifiesta en una considerable actividad constructora. En todos los pueblos se están rehabilitando viejas casas y se percibe cierto afán por asentar definitivamente el territorio en el siglo XXI.

 

Eresué tiene una hermosa iglesia románica (s. XII) con evidentes influencias lombardas. Es la joya patrimonial más preciada de la ruta. Se accede por el cementerio y destaca por el singular coro ubicado en la parte posterior del edificio. La planta es rectangular con cabecera semicircular. La austeridad del edificio responde bien a las condiciones de vida del lugar y entronca con la tradición del románico del valle del Ésera.

 

La carretera continúa hasta Ramastué. Es probable que en algún momento nos crucemos con un coche en sentido contrario. El embarazoso envite requiere paciencia y mucha prudencia. Ramastué es la localidad más alta de la ruta (1.442 m.). Su apretado casco urbano mantiene la ortodoxia de fachadas con piedra cara vista y una disposición meditada para protegerse de los vientos invernales. En medio, los restos de Casa Riu con su llamativa portada blasonada de medio punto. Como un faro perdido en mitad del vendal, la torre de la antigua iglesia de Santa Eulalia (s. XVI), ahora en ruinas, despunta solitaria con el Turbón al fondo.

 

En el centro de la ruta surge Liri. El nombre del lugar nos transporta directamente al universo onírico de las cascadas de agua y los barrancos. Las populares doce cascadas de Liri son uno de los templos pirenaicos para los amantes del barranquismo. Estas turgencias descienden directamente del pico Gallinero y conforman un entorno natural de una belleza casi mágica. Las corrientes de agua compiten por atraer la atención del viajero con la rampa de lanzamiento que, aseguran los expertos, es una de las mejores de la cordillera para la práctica del parapente. Así que entre barranquistas con neopreno y pilotos se nutre el paisanaje de la zona.

 

Pero Liri tiene además un casco urbano de cierta entidad. Partido en dos por un barranco y asentado sobre una pronunciada ladera, el caserío está presidido por la iglesia de San Martín (s XVI y XVII), que más parece una fortaleza que un tempo religioso. Su posición de vigía sobre una mole rocosa le confiere cierto aspecto defensivo. Fuera del núcleo aparece “Casa La Plana”, que perteneció a los muy influyentes barones de Castanés. El poderío familiar queda constatado por el patio interior con torreón de la vivienda y los restos de una capilla en una de sus esquinas.

 

En el tramo final de la ruta están Arasán y Urmella. La primera todavía conserva algunas edificaciones populares de los siglos XV y XVI, que en el valle del Ésera se caracterizan por tener un patio con portadas doveladas, blasones, jambas y dinteles. Casa de las Primicias, Casa Chuliá o Casa Agustí son los mejores ejemplos. La iglesia de la Asunción tiene una hermosa torre renacentista. En Urmella todavía se pueden apreciar los restos del antiguo monasterio medieval de los santos Justo y Pastor, reconvertido en iglesia parroquial después de unas obras realizadas en 1613. La carretera se precipita en una secuencia interminable de curvas hacia el Coll de Fades, punto de reencuentro con los trazados del siglo XXI y final de una ruta que es toda una retrospectiva de la vida en el Pirineo.

Publicado en el número 73 de la revista El Mundo de los Pirineos.

Otoño

Publicado: 19/11/2009 13:39 por juangavasa en Pirineo
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Hace unas cuantas semanas tomé un café con Emilio y Kenia. Los muy “jodíos” están ahora en Vietnam. Emilio me regaló una de sus formidables fotografías: Time Square de Nueva York. La tengo ya colgada en mi oficina. Los dos compartimos la misma fascinación por esta ciudad y a los dos nos ha ido uniendo poco a poco el virus bloggero y una común inquietud por muchos temas, casi siempre relacionados con las alcantarillas de esta sociedad y de esta partitocracia que seguimos llamando democracia.

            En aquel café precipitado acabamos hablando del Pirineo; más bien de la visión desenfocada que se suele tener de la vida en la montaña y del lastre ideológico que muchos cargan cuando vienen aquí en busca de una nueva vida. No es fácil, pero de eso uno se da cuenta cuando ya ha caído en la farragosa introspección del alma. Desde mi punto de vista, o más bien a través del filtro de mis sensaciones, no hay nada más triste que un pequeño pueblo pirenaico en una tarde de noviembre. No hay melancolía más punzante que la de unas calles vacías y oscuras, cargadas de silencios y ausencias. En los pueblos pirenaicos esas ausencias se perciben más que en cualquier otro lugar; esas ausencias representan el fracaso de un modelo de vida y la claudicación sin condiciones de una civilización milenaria.

            El hombre solitario acaba convirtiéndose en un ser huraño y asocial, renuente a la convivencia y, finalmente, triste y desnortado. No pretendo trazar un perfil psicológico del hombre rural; soy incapaz de ello. Sólo plasmo las reflexiones que he ido construyendo a lo largo de los años a base de conocer y escuchar historias; a través de la convivencia, a veces fugaz otras más sólida, con hombres y mujeres pirenaicos que me mostraron los jirones causados por una soledad doliente pero, quizá, inconsciente. Una soledad casi somática.

            Muchos podréis rebatir estos argumentos con cientos de ejemplos que muestren lo contrario. Sin duda, los habrá. Pero no habló del individuo como un ente autónomo sino como parte de una sociedad que se desangra sin remisión. La inmensa mayoría de los pueblos del Pirineo aragonés tienen cercana una segura muerte biológica. Hoy son tan solo hermosos barrios residenciales de fin de semana ubicados en parajes de ensueño. Es el resultado de casi un siglo de lenta despoblación, como una sutil pero irreversible eutanasia que ha acabado con una cultura y la ha sustituido por un remedo folclórico sin alma. Como explicaba una vez Severino Pallaruelo, “determinadas tradiciones recuperadas en el Pirineo son como un pájaro disecado”. Lo mismo ocurre con la vida misma en los pueblos.

            En otoño esa melancolía del abandono se vuelve insoportable. Y el ánimo de montañés dibuja un mohín forzado por viejas historias íntimas y unas cuantas frustraciones. Hace poco un amigo, secretario de ayuntamiento en un pueblo pirenaico, me confesaba su derrota: “tengo claro que no nos queda otra alternativa que ser un parque de atracciones, he desistido de luchar por otro futuro, la realidad se ha impuesto tozuda. Nuestros pueblos se mueren”. Aquella declaración ahondó mi pesimismo. En otoño este pesimismo también es insoportable. Tengo la sensación que nos empeñamos en destacar los ejemplos de quienes han venido a vivir con nosotros porque buscamos desesperadamente un signo de esperanza. Tantos se han ido a lo largo de los años y tantos se irán, que la extraordinaria osadía de un ingenuo romántico nos encoge el corazón y nos ilumina el alma. Pero sospecho que es la luz de una vela a punto de apagarse.

 

La foto es de Emilio Mateo en la Semana Santa de Fuentes Claras. Me gusta el lúgubre encanto de esta estampa. Tiene algo del turbador y pretendido pesimismo visual de las fotos de Eugene Smith en Deleitosa.

Viajeras (y IV)

Publicado: 30/10/2009 11:45 por juangavasa en Pirineo
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La baronesa francesa George Sand, -seudónimo de Amandine-Aurore-Lucile Dupin-,  visitó también la cordillera en dos ocasiones: 1825 y 1837, en esta ocasión con su hija Solange. Fue una mujer realmente especial e irreverente, un alma libre que contravino todas las normas escritas y no escritas de la sociedad de su época. Prolífica y brillante escritora, abandonó a su esposo y comenzó a utilizar ropa masculina para lograr penetrar en los exclusivos ambientes parisinos limitados al hombre. Esta actitud le ocasionó numerosos problemas. Se le atribuyeron infinidad de romances y sórdidas historias que dejaremos aparcadas en el quicio de la leyenda.

 

Nos interesa su vertiente viajera y su paso por el Pirineo, al que llegó por primera vez en julio de 1825 para tomar las aguas en el balneario de Cauterets. En este lugar inicia una intensa vida social y fomenta nuevas amistades que le permitirán descubrir territorios desconocidos de la cordillera y protagonizar, al tiempo, algunos escándalos sociales en la recatada sociedad agüista. “Me siento tan entusiasmada con los Pirineos que, el resto de mi vida, sólo voy a soñar y a hablar de montañas, grutas, torrentes y precipicios”, señaló en alguna ocasión. De hecho, algunos de esos escenarios, como Cauterets, el circo de Gavarnie o las grutas de Loups servirán de influencia para algunas de sus novelas posteriores.

 

Con la separación de su marido en 1836 comienza una nueva etapa en su vida marcada, como hemos indicado antes, por una auténtica reafirmación de su personalidad y una defensa a ultranza de la libertad y la independencia. Inicia su faceta como escritora y publica en revistas como “Figaro” o “La Revue de París”. Participa en el libro “Rosa y Blanco” con Jules Sandeu, aunque es éste el que firma en exclusiva la novela.

 

Su aportación literaria más destacada es “Lavinia”, ambientada en Saint-Sauveur, lugar en el que aireó su amor secreto con el joven Aurèlien durante sus estancias en Cauterets. Después escribe “Géant Yéous”, una narración legendaria del combate de Miquelon cerca del Midi de Bigorre. “No pensé necesitar guía alguno: me parecía que los torrentes, de los que tan sólo debía seguir sus cauces con mis piernas o con mis ojos, debían ser los hilos de Ariadna destinados a conducirme a través de este laberinto de gargantas”.

 

El universo de los balnearios y centros termales era realmente especial. Monarcas, miembros de la nobleza, acaudalados empresarios y todo tipo de espíritus ociosos convivían en lujosos lugares que eran como islas en mitad del paupérrimo Pirineo. El francés Hipólito Taine en 1858 es quien probablemente mejor describió lo que ocurría en esos ambientes de frivolidad, ostentación y lujo: “Está generalmente admitido que la vida en los baños es muy poética y que se suele encontrar allí aventuras de toda clase, sobre todo aventuras del corazón. Si la vida en los baños es una novela, lo es solamente en los libros. Para ver allí grandes hombres es preciso traerlos encuadernados en piel, dentro de la maleta”.

 

Y es verdad que muchos de los testimonios dejados por estas viajeras agüistas parecen novelas pertenecientes al género rosa. Parece ser que muchas de ellas llegaban a Cauterets, Bagneres de Bigorre, Bagneres de Luchon, Eaux Bones o Panticosa, no sólo a tomar las aguas sino también a buscar aventuras amorosas que rompieran la mordaz rutina de la vida palaciega. Así lo podemos comprobar en textos como el de la anteriormente citada George Sand, o en los que dejaron Juliana de Krüdener o Sophie Cottin. Esta última, una popular escritora, estuvo en Cauterets en 1791 y posteriormente en Bagneres de Bigorre en 1803, donde escribe en medio de una gran expectación popular su novela “Mathilde”.

 

Algunas de esas mujeres llevaron una vida sedentaria pero otras optaron por aprovechar los maravillosos entornos naturales de los balnearios para emprender excursiones de mayor o menor dificultad, guiadas por un notable espíritu de aventura. En determinados casos se unía la envergadura de la expedición con la condición real de sus protagonistas. Quizá el más relevante es el que llevó a cabo en 1807 la Reina de Holanda Horetensia, esposa de Luis Bonaparte, hermano de Napoleón I. Ascendió en compañía de un notable séquito a la “Hourquette d’Ossoue” (2.734 m) y descendió hasta Gavarnie. Recompensó a dos de sus porteadores con una medalla conmemorativa y un sueldo anual de 100 francos durante 22 años.

 

Esta pequeña hazaña de la Reina Hortensia fue un acicate para otra mujeres, que siguiendo el ejemplo de la monarca se atrevieron a experimentar sensaciones acotadas hasta entonces al género masculino. Así en 1809 (dos años después tan solo); la joven Duquesa de Abrantes viaja a Cauterets para tratarse de una enfermedad nerviosa y contrata a los dos porteadores premiador por la Reina Holanda. Su intención es alcanzar la cima del Vignemale pero aunque nunca fue sincera del todo –en su narración dice expresamente: “Martín me dijo que no tuviese miedo y se lanzó conmigo desde la cima del Vignemale hacia los valles inferiores”-,  parece que sólo alcanzó la misma altura que su predecesora.

 

Tuvieron que pasar casi 20 años –1828- para que otra mujer perteneciente a la nobleza italiana, Marie-Caroline de Nápoles, duquesa de Berry, protagonizara un nuevo hito del montañismo femenino. Alcanzó la Brecha de Rolando después de realizar durante varios días diversas excursiones por todo el entorno. Fue la primera mujer que lo logró y según anotó en 1843 en su diario Juliette Drouet, otra de las grandes mujeres del montañismo pirenaico: “las mujeres no realizan ascensiones difíciles en los Pirineos, a excepción de la Duquesa de Berry, que llevó a cabo la de la Brecha de Rolando acompañada por treinta guías”.

 

Un año después Madame de la Granville de Beaufort llega al Pirineo procedente de París para tratarse de una tuberculosis bastante avanzada. En Bonnes se somete a una intensa cura durante diez días que no logra combatir por completo la enfermedad. Prosigue su peregrinar rumbo a Saint-Sauvert, otro de los balnearios preferidos por la nobleza y la burguesía, y allí asciende en compañía de porteadores a Gavarnie. En su diario de viaje, compuesto por 18 cartas,  deja la siguiente reflexión: “Estas montañas de piedra han sido talladas con demasiada audacia; se recortan y se dibujan con demasiado orgullo, para mostrar otra mano que no sea la de Dios”.

 

Hubo otras mujeres dignas de reseña como Henrica Rees Van Tets, viajera por Gavarnie, Cauterets y Luz; la que afirmó ante el Monte Perdido: “qué pequeñas son las obras de los hombres comparadas con estas escenas realizadas por la mano del Gran Ser”. Las dibujantes Henrietta-Ann Fortescue y Josephine Sarazin, la inglesa Sarah Ellis, que escribió en 1840 “Summer and winter in the Pyrenees”, un repaso a todos los lugares de moda y balnearios pirenaicos de la época; la irlandesa Louisa Stuart, que viajó por el Pirineo vasco en 1843 y escribió “Bearn and the Pyrenees; un legendario tour...”, o la irritable Mary Eyre, autora en 1865 de “Over the Pyrenees into Spain”, una crítica visión de la cordillera con perlas como ésta: “los habitantes de Ariège son malos, los andorranos peores, los españoles los peores de todos”.

 

He dejado para el final a tres mujeres que considero especiales por sus singulares estilos de vida, su interesante aportación a la historia del pirineismo y por lo que representaron para otras mujeres.

En el verano de 1859 la emperatriz Eugenia de Montijo y Luis Napoleón Bonaparte estuvieron varios días tomando las aguas en el balneario de Saint Sauver. Nunca más volvieron pero aquella estancia sirvió para dar el empujón definitivo al centro termal y construir el popular Puente de Napoleón colgado a 66 metros sobre la gave de Pau. Se levantó un año después de la visita real para salvar la garganta de St. Sauver. Junto a él se localiza el paseo de Eugenia, que desciende hasta la base de la garganta fluvial para culminar en un mirador.

La española Eugenia de Montijo fue una habitual de los centros termales pirenaicos, frecuentaba Euax-Bonnes, Cauterets, Biarritz y, sobre todo, Saint Sauver. Su sola presencia, siempre radiante y febril, fue determinante para el desarrollo del turismo termal de la zona. Atrajo a otros representantes de la nobleza e invirtió importantes esfuerzos en dotar de nuevas infraestructuras a los establecimientos. Su vida en los balnearios no se limitó al descanso, también se aventuró por senderos y cumbres de relativa accesibilidad.

 

La condes de L’Epine, de la que me han oído hablar a lo largo de esta charla, fue la primera mujer que atravesó el corredor entre Gavarnie y el Valle de Hèas por Coumèly, la entrada al circo de Estaubé, las Gloriettes y la entrada de Tromouse para acabar en Cauterets, todo en un mismo día. Ocurrió en 1818 durante un largo periplo pirenaico que hizo en compañía de sus dos hijos. Atravesó Aragón y Catalunya junto a un amplio séquito en el que incluye varios guías autóctonos. Dado su habitual cinismo y vehemencia, sorprenden los halagos que vierte sobre sus acompañantes:

 

“Estos ligeros montañeses que, descalzos, se aferran a esas rocas tan duras...: trepan, saltan, escalan con un equipo que resulta prodigioso. Arriesgamos mil veces la vida y, sin embargo, inspiran tanta confianza que no sentimos ningún temor”.

 

El resumen de sus experiencias por el Pirineo quedó plasmado en el libro “Voyage dans les Pyrenees”, que durante mucho tiempo fue atribuido a otro autor. L’Epine resulta atractiva por la viva personalidad que desprende y, desde un punto de vista literario, por la visión extremadamente subjetiva que proyecta sobre todo lo que ve. Quizá es el ejemplo más radical dentro del ámbito de la literatura pirenaica de mujeres.

 

Y finalmente les quiero hablar de la inglesa Anne Lister y el Vignemale. La gran montaña del Pirineo francés fue el escenario de la legendaria rivalidad entre Ann Lister y el Príncipe de Moskova por coronarla por primera vez en el verano de 1838. La pionera fue la intrépida aventurera británica, pese a las malas artes del noble, que intentó convencer a todos de que él había sido el primero. Al final se descubrió su engaño y Lister pasó a la historia como la primera montañera que ascendió el Vignemale.

 

El conflicto que protagonizaron Lister y Moskova y la despreciable actitud del mediocre Príncip, hicieron verter ríos de tinta y colocaron el episodio en un lugar prioritario de la historia del pirineísmo. La reacción de ambos ante el brillo de la fama es fiel reflejo de cómo el hombre y la mujer afrontaron de manera diferente el hecho del viaje o el de la escalada: el hombre buscaba el reconocimiento y la mujer simplemente, la belleza o la experiencia interior.

 

Explica Nanou Saint-Lèbe, gran estudiosa del fenómeno de las viajeras pirenaicas que “después de 1850 las mujeres escalaron las cimas más altas acompañadas por una persona allegada y pocas veces sola. Habrá que esperar algunos decenios a la emancipación femenina, para que algunas de ellas fueran consideradas como pirineistas de pleno derecho”. Esta realidad enfatiza más si cabe el valor de la hazaña de Anne Lister, a la que sería injusto tratarla sólo como una montañera.

 

Fue una precursora de los movimientos feministas y de igualdad, viajó por todo el mundo, escribió y reflexionó sobre la sociedad que le tocó vivir y, además, heredó una gran fortuna que le permitió desarrollarse como mujer y proyectar todos sus sueños y empresas. Pero quizá la parte menos conocida de Lister es la relativa a su condición sexual. Fue una de las primeras mujeres que habló abiertamente de su homosexualidad, toda una provocación para la época. Afirmó que “amo y sólo amo al sexo más hermoso y así, siendo amada por ellas, mi corazón rebela contra cualquier otro amor que no sea el suyo”. Lister se refería a su simbólica esposa Ann Walker, con la que acudió en 1838 a Saint-Sauver, punto de partida de su mítica ascensión al Vignemale. Anne Lister es uno de los personajes más admirados por los movimientos homosexuales, ella defendió derechos que hoy en día sólo se cuestionan desde posiciones extremadamente conservadoras.

 

Podríamos seguir hablando durante mucho más tiempo. Quedan muchas cosas por contar y por analizar, como la visión que los hombres tenían de estas mujeres. Pueden imaginarse la falta de tacto y la insolencia con la que observaban estos gestos de rebelión y afirmación personal. Sólo citaré brevemente algunos ejemplos: Lambrón decía que las mujeres no tenían la fuerza para llevar a cabo la ascensión de una cumbre; Oscar Commettant reconocía el derecho de la mujer a “la belleza, al encanto, a la gracia... y a la idiotez”. El Conde Roger de Bouillè las consideraba simplemente “ridículas” y bramaba que “no necesitamos leonas que enseñen a nuestros cachorros las virtudes de las amazonas”.

 

En fin... por encima de la trascendencia de las hazañas montañeras o el valor testimonial de los diarios de viaje, yo prefiero quedarme con el espíritu libre de estas mujeres. Fueron la vanguardia de los movimientos femeninos y canalizaron a través de su amor por la aventura y su pasión por los Pirineos una forma de entender la vida que rompía con siglos de exclusión y sometimiento. La verdadera montaña que escalaron fue la de la sinrazón, el machismo, la incultura y los dogmas. Y la conquistaron.

Imagen: Anne Lister

Viajeras (III)

Publicado: 28/10/2009 10:50 por juangavasa en Pirineo
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Probablemente Josephine de Brinckmann fue la primera viajera francesa por la España del siglo XIX. Recorrió parte del país entre 1849 y 1850; un país convulso y sumido en una caótica efervescencia política y bélica. Finalizaba la segunda Guerra Carlista y Madrid era una corte de intrigas y despropósitos que nada podía hacer para frenar la inestabilidad y precipitada decadencia del país. De Brinckmann se encontró un panorama desalentador, agravado por su condición de mujer. Por ejemplo, su llegada a algunos pueblos andaluces causó tal expectación que la Guardia Civil tuvo que actuar para protegerla de los curiosos. Luego conoceremos sus opiniones al abandonar nuestro país por el valle de Tena.

 

Pocos años antes, en 1830, Madame de la Granville de Beaufort cuenta en su “Viaje a los Pirineos” una ilustrativa anécdota de su llegada a un pueblo de la cordillera, cuyo nombre no especifica. La situación pone blanco sobre negro también el cosmos que separaba a las mujeres pirenaicas de las esporádicas visitantes:

 

“Había que ver cómo nos escudriñaban todos esos ojos, examinando nuestros sombreros y nuestros abigarrados vestidos, un poco maltratados por la lluvia. Alguien procedente de la Conchinchina no hubiera suscitado tanta curiosidad y sorpresa. Finalmente nos vimos envueltas en carcajadas, más o menos reprimidas, que me desconcertaron hasta el punto de hacerme abandonar el lugar”.

 

La controvertida Madam d’Aulnoy recuerda al inicio de sus memorias sobre el viaje a España en 1679 –viaje que, por cierto, no está nada claro que hiciera, más bien fue fruto de su fértil imaginación-, que poco antes de su llegada a la península se había producido la ejecución en la hoguera de una mujer por delitos de brujería. En esas circunstancias su propia extravagancia podía ser considerada resultante del maligno. El contraste entre la lúgubre realidad  de la ultracatólica España y la Europa de la cultura, la razón y la ilustración es de proporciones siderales.

 

La francesa Josèphine de Brinckmann, perteneciente a una acaudalada familia de ingenieros, recorre España y establece una intensa relación epistolar con su hermano Hugues, que vivía en San Petesburgo. Ese conjunto de cartas dieron lugar a un libro que se publicó en 1852 en París. Brinckmann había viajado por varios países europeos y, sobre todo, por Italia, el país referente en las rutas del Grand Tour, una especie de rito iniciático que constituía parte de la formación de los jóvenes de las burguesías europeas. Su objetivo era enseñar los saberes y los logros de los estados europeos modernos.

 

El viaje constituía una ciencia más que una actividad de ocio. En muchos casos, esas rutas tenían como fin la formación de un cuerpo de diplomáticos, políticos, abogados y militares bien capacitados. Era parte de la instrucción de las futuras elites europeas.  España sólo entra a formar parte de esas rutas a mediados del siglo XIX, y sobre todo durante el Sexenio Revolucionario iniciado en 1868, que supone una tímida apertura a las nuevas corrientes ideológicas procedentes de Europa.

 

Josèphine de Brinckmann es el paradigma de la mujer que se adentra en los Pirineos durante esos años. Un perfil similar al suyo lo volveremos a encontrar en numerosas mujeres que desde los centros termales del norte emprendieron incursiones por los territorios más populares de la cordillera. La viajera nacida en 1808 en Dupont-Delporte recorrió buena parte de España y de regreso a Francia optó por la alternativa del puerto de Portalet en detrimento del Somport porque “me dijeron que por la ciudad de Jaca el paisaje no es tan bonito”. Previamente pasó por Huesca y simplemente se limitó a apuntar que “no hay nada interesante que ver en Huesca mas que su catedral”.  Su detallada peripecia ofrece perlas de rotunda sinceridad y desarraigo, al tiempo que expresa una viva admiración por los paisajes pirenaicos, “esa naturaleza tan bella y variada en la que cada paso que se da es un nuevo placer”.

 

Al llegar a una posada en Sallent de Gállego, De Brinckmann exclama: “¡Dios mío, qué posada! Pero al menos fuimos resarcidos al encontrar leche de vaca; verdaderamente era para nosotros un festín, desde mi entrada en España era la primera vez que la veía”. Tras atravesar la cima del Portalet la viajera inició un complicado descenso en compañía de sus guías hasta Gabás, donde pensaban hacer noche. Sin embargo, nadie quiso alojarles y tuvieron que descender unos kilómetros más hasta Eaux-Chaudes y repetir un lastimoso peregrinar por varios hoteles que se negaban a acogerles. Finalmente lo lograron en el último. De Brinckman confiesa en su libro que “al entrar en mi país hice con tristeza comparaciones entre la hospitalidad española y la nuestra”. Pese a que al fin le sirven una buena cena y puede descansar en un buen lecho, reconoce con tristeza que ya ha entrado en la vida real, en la vida prosaica, lejos ya de la tierra soñada.

 

Ya hemos señalado reiteradamente las dificultades añadidas que encontró la mujer para hacer con normalidad lo que los hombres tenían por costumbre. La historiadora Elena Echeverría recuerda que a mediados del siglo XIX “la sospecha seguía pesando sobre los desplazamientos de las mujeres, sobre todo de las mujeres solas”. Y aporta un interesante dato que nos da la medida de la irritación que causaba entre la población masculina las “irreverentes” veleidades viajeras de ese reducido grupo de mujeres.

 

“Los médicos moderaban sus ardores, advirtiéndoles de los perjuicios del sol, que estropea el cutis, o sobre los perjuicios de los transportes caóticos, nocivos para los órganos. Abrumar a las mujeres con innumerables precauciones y problemas contribuía a disuadirlas”, señala la historiadora.

 

El viaje fue para ellas una liberación y una forma de reafirmar su independencia en un tiempo en el que la emancipación de la mujer se ha convertido en una de las principales causas de movilización social, principalmente en Inglaterra. No, desde luego, en España. Surgen las asociaciones de mujeres que luchan por el sufragio universal y el derecho a la igualdad con el hombre. La aspiración a la liberación se materializa en algunos casos extremos en la ruptura de los lazos matrimoniales y en el inicio de una nueva vida marcada por la independencia. Muchas de ellas convierten la aventura del viaje en una reivindicación misma de su nueva condición social. A mediados del siglo XIX un tercio de las mujeres pertenecientes a la nobleza inglesa –mayoritariamente protestante-, era soltera. Pueden imaginarse el impacto que causaron estas mujeres en la atávica sociedad pirenaica y, fundamentalmente, en la sometida población femenina.

 

Madame de l’Epine narra de forma gráfica un encuentro con una mujer del pueblo francés de Saint-Aventin en 1818: “era joven muy hermosa que no desea otra cosa sino casarse, me dijo”. Mrs. Boddington recuerda en su libro “Sketches in Pyrenees” su incidente con una joven que le intentó timar: “no obstante, existe una integridad tal en su obstinación que consigue enmascarar la extorsión”, afirma condescendiente. Juliette Drouet revela en su diario de viaje en 1843 una conversación con una mujer de Luz, la cual le inquiere: “ustedes, las mujeres de la ciudad, son muy afortunadas, nunca tienen demasiados hijos, lo cual sería más fácil para nosotras, las pobres”.

 

En San Sebastián Madame de la Grandville de Beaufort se quedó impactada con los velos que cubrían parcialmente el rostro de unas mujeres: “este velo les otorga aún más resplandor a estas penetrantes fisonomías españolas”, afirma.  Finalmente la referida Madame de l’Epine regresa a su proverbial mordacidad en la visita que realiza en 1818 al albergue de Luderviel:

 

“Hablé con la madre y con la hija; ésta última parecía tan vieja como la otra y, sin embargo, amamantaba a un pequeño que gritaba hasta dar pena y que conseguí acallar dándole azúcar: estas mujeres no sabían lo que era. Se sorprendieron también al ver un cangrejo y unos limones que llevaba conmigo”.

 

Los dos mundos que representan la mujer pirenaica y la viajera foránea se enfrentan constantemente, a veces casi de forma refractaria. Como hemos indicado al inicio, la visión de la visitante registra cierta displicencia y escaso interés por lo que se aleja del paisaje mismo. Sus reflexiones subliman la belleza del Pirineo y buscan la emotividad en el lector, en contraste con la aspereza prosaica de la vida diaria de los montañeses y montañesas.

 

Frecuentemente se advierte de un cúmulo de prejuicios consecuentes con su categoría social y estilo de vida; una frontera infranqueable que el sentido romántico del viaje no logra derruir. Como sostiene la historiadora Esther Ortas, “a mediados del siglo XIX ya se habían tornado tópicas muchas propuestas estéticas del Romanticismo europeo y del tratamiento de la naturaleza en las narraciones de desplazamientos”.

 

Entre el siglo XVIII y XIX tan sólo 19 mujeres francesas recorrieron el Pirineo. El extraordinario estudio realizado por Alain Bourneton sobre los viajes realizados por turistas foráneos por el Pirineo aragonés entre 1750 y 1904 revela que se redactaron y publicaron en ese periodo no menos de 209 artículos escritos por 84 autores diferentes. De todos ellos, ya hemos indicado que prácticamente ninguno fue realizado por una mujer. El dato no hace sino confirmar el papel secundario que han protagonizado ellas en la conquista del Pirineo. Pero ni siquiera la frialdad empírica de esos datos debe de hacernos minimizar o mitigar el valor de sus testimonios, como podremos comprobar.

  

Hemos rescatado algunos de ellos para constatar la frescura de muchas descripciones y la originalidad de determinados planteamientos que se escapan de la norma común, establecida hasta entonces por el ojo crítico del hombre:

La aristócrata inglesa Henrietta Chatterton viajó por ambas vertientes de la cordillera en 1841 y posteriormente plasmó sus experiencias en el libro “The Pyrenees with excursions into Spain”, volumen que fue ilustrado con 16 litografías de Bichebois. Chatterton visita Soule, Bious-Artigues, Bagnères de Luchon, los Montes Malditos o Viella, y confiesa sentirse horrorizada por el Puerto de Benasque y las Maladetas: “La vista aquí es demasiado terrorífica para ser pintoresca, pero es verdaderamente sublime”, señala. La doble índole moral y religiosa que Lady Chatterton utiliza para envolver lo sublime de la naturaleza constituye, según la historiadora Esther Ortas, “el elemento más significativo de su percepción del paisaje del Pirineo aragonés”.  La aristócrata perpetúa una corriente de componente filosofal que identifica el soberbio paisaje de la montaña con la fuerza creadora y el poder de Dios, convirtiéndolo en un privilegiado reducto espiritual. Desde Bious-Artigues, Lady Chatertton observa el Midi d’Ossau y exclama:

 

“La palabra montaña es excesivamente vaga y banal para designar tal objeto: describámoslo como el comienzo de algún monumento ciclópeo, de algún pilar destinado a alcanzar el cielo”.

 

Tres años después del viaje de Henrietta Chatertton, en 1844, otra inglesa, Selina Bunbury, recorre el Pirineo a caballo con el fin de divulgar la Biblia anglicana (sin comentarios), igual que hiciera entre 1836 y 1840 su compatriota George Borrow por toda España. De aquellos viaje surgió uno de los libros más populares dentro de la literatura de viajes por nuestro país, “La Biblia en España”. Selina Bunbury escribió después de su estancia en la cordillera el libro “Rides in the Pyrenees” y los cuentos “Evenings in the Pyrenees”. Nuevamente las Maladetas causan un impacto paralizante en la viajera cuando entra  en España por el Puerto de Benasque,  y deja fluir su torrencial espiritualidad para reflexionar sobre la grandiosidad de la naturaleza:

 

“Apenas puedo decir que eran las glorias de la naturaleza lo que vi, la naturaleza misma; por lo menos este mundo más bajo, estaba escondido de mi vista, pero no por la niebla ni el vapor”.

 

Selina Bunbury cabalgó por el valle de Aspe hasta Bedous y después continuó hasta Gavarnie, el Midi du Bigorre y el Tourmalet. Llega a Arreau y prosigue por el Peyresourde. Allí protagoniza un enfrentamiento con su guía, al que acusa de desconocer el terreno que pisan: “nuestro guía parecía conocer peor el camino que nosotros, recurría al dialecto provincial para pedir información sobre nuestra ruta a los campesinos que encontrábamos en el camino, sin que nosotros lo supiéramos”, recuerda.

 

Otra mujer fundamental en la historia del pirineísmo es Mary Boddington, popular escritora perteneciente a la alta burguesía inglesa, que participó en dos campañas por la cordillera; la primera en 1821 y después en 1832. En ese año 1821 también visita el Pirineo Marianne Colston en compañía de su marido, dentro de un largo viaje que incluía Francia, Suiza e Italia. Al año siguiente aparecería la obra “Journal of a tour in France, Switzerland and Italy during the years 1819, 1820 y 1821”, un álbum con 50 dibujos de los que 27 pertenecen a su paso por la cordillera.

 

Volviendo a Mary Boddington, publicó en Londres en 1837 “Sketchs in the Pyrenees” y un libro de poemas que incluye “Otoño en Bearn”. Sólo visitó la vertiente norte en su primer viaje y cruzó a España en 1832 por el Puerto de Benasque en medio de unas nefastas condiciones climatológicas. Su vasta producción literaria se nutrió de otros muchos viajes que realizó a lo largo de su vida, en los que indudablemente se incluía Francia, Italia o Suiza.

 

Esta experiencia viajera y el conocimiento de otros paisajes igualmente sublimes –según recurrente expresión de la literatura decimonónica-, sirvió para introducir un debate de largo recorrido en aquellos años: la comparación entre Alpes y Pirineos. Otros autores como el mismo Ramond, Harry Inglis o Willkoman ya habían tratado con entusiasmo el asunto, pero Mary Boddington se posiciona firmemente:

 

“En los Pirineos el aspecto general de la naturaleza es más suave, y –si puedo decirlo así-, toca más; actúa más sobre las afecciones del corazón y se enlaza más con nuestros sentimientos ordinarios y humanos; mientras habitamos en ella, el espíritu lleno de creencia, de felicidad, de confirmación, se anima, más aún con amor por la tierra bella, un sentimiento por sus deleites, un deseo de permanecer en ella, como si fuera otra palabra del cielo”.

 

El viaje de Boddington por el Pirineo español fue una especie de epifanía. Arrastrada por los tópicos que relacionaban el país con un lugar caluroso sin la morfología habitual de los espacios montañosos, al llegar a nuestro país se siente gratamente desconcertada y realiza un derroche de lirismo para describir todas las sensaciones que le provoca un paisaje tan bello como terrible:

 

“En los días de verano, cuando el aire está tranquilo, el cielo sin nubes y los pastos cubiertos de rebaños, esta vertiente española de los Pirineos puede presentar un aspecto más apacible y menos imponente. Los picos pueden perder su nieve, el valle su silencio e incluso la Maladeta una parte de sus terrores; pero ahora es un hueco tormentoso adustamente cercado y silencioso (...) Nos quedamos de pie unos momentos en un mudo homenaje al gigante desierto y entonces, sometiéndonos al frío y al viento extremos, nosotros mismos fuimos sus víctimas al ser lanzados de repente nuevamente a través de la grieta”.

“Salida para España (Aragón)”. Litografía de Touchstone

Viajeras (II)

Publicado: 26/10/2009 11:18 por juangavasa en Pirineo
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Regresando al debate sobre el concepto del viaje, hubo otros hombres y mujeres que en el ejercicio de su profesión recorrieron el Pirineo y aportaron a la cultura de la cordillera su conocimiento y el fruto de sus investigaciones. Muchos se inspiraron en los principios de la Ilustración; es decir, el conocimiento, la investigación y el deseo de registrar curiosidades eran los motivos fundamentales del viaje.

 

Sin embargo, no podemos olvidar ni arrinconar a otros grupos guiados por los mismos fines científicos que viajaron porque debían de cumplir una misión. Militares, cartógrafos, geógrafos o geodestas trazaron con extremada eficacia las coordenadas de la cordillera por encargo de los reyes y políticos de turno de ambas vertientes. El Pirineo siempre fue una zona en conflicto, un territorio en pugna y escenario de constantes enfrentamientos bélicos. El Tratado de los Pirineos firmado en 1659 estableció definitivamente la línea fronteriza entre España y Francia, pero con ello no acabaron los litigios, como bien es sabido. A finales del siglo XVIII el capitán Vicente Heredia y el oficial francés Renhard Junker recibieron el encargo de trazar el mapa geopolítico franco-español y viajaron de punta a punta del Pirineo para acometer su descomunal empresa. Todo indica que el propio Heredia, en su trabajo de medición y establecimiento de estaciones geodésicas, ascendió antes que Ramond el Monte Perdido, pero él no tuvo tiempo de  contarlo en un libro, estaba  preocupado en otras cosas.

 

El estudio científico de las montañas y la necesidad de realizar una cartografía rigurosa a efectos de inventario para los dos imperios que compartían la cordillera, fueron determinantes en las primeras incursiones foráneas en el siglo XVIII. Para repartirse el terreno tenían que saber con meridiana exactitud lo que había en él, así que las ambiciones militares propiciaron un revelador y concienzudo rastreo de las montañas. De hecho, todavía hoy perviven errores toponímicos surgidos de aquellos viejos mapas militares.  Por otro lado, en 1774, Palasser  fue el primer científico que hizo un estudio riguroso de la geología pirenaica. En 1807 el botánico Agustín Pyramus de Candolle recorrió el Pirineo de mar a mar en una exuberante campaña científica que reportó el primer gran estudio de las especies vegetales de nuestras montañas.

 

Por lo tanto, ¿se puede incorporar a Junker, a Heredia, a Pyramus o a Palasser a la lista de viajeros del Pirineo? Indudablemente sí, independientemente de que en algunos de estos casos no hubiera una voluntad propia que incitara al viaje. Nos hacemos, de este modo, la misma pregunta que formulábamos al principio y llegamos a la conclusión de que en la misma idea del viaje está el viajero, al margen de las motivaciones que impulsan el desplazamiento. Estas reflexiones me parecen interesantes como paso previo a establecer una taxonomia de la mujer viajera.

 

“Viajeras por el Pirineo en los siglos XVIII y XIX” ¿Las hubo? Por supuesto. Pero es verdad, y espero que no se me malinterprete, que desde una perspectiva global podemos afirmar que su aportación a la historia del pirineísmo no tuvo la dimensión que sí alcanzó la de los hombres. Las razones son evidentes y ya las hemos citado al inicio. Las viajeras pirenaicas fueron en su gran mayoría pertenecientes a la nobleza y a la burguesía europeas; mujeres independientes, atrevidas, cultas, románticas, de fuerte carácter y gran autoestima que disponían de los suficientes recursos económicos para emprender costosas expediciones en busca de los lugares exóticos y del alma romántica que evocaban los libros de otros viajeros como Víctor Hugo, Théophile Gautier y su influyente “Viaje por España” de 1845; George Borrow y, sobre todo, Richard Ford con su celebérrimo “Manual para viajeros por España” publicado también en 1845.

 

Está claro que para viajar en los siglos XVIII y XIX sólo se podía ser como fueron aquellas mujeres. Por ello,  la irrupción del turismo agüista a finales del siglo XVIII y la creciente popularidad de los balnearios pirenaicos –principalmente en la vertiente norte-, coincidieron con la  eclosión de una literatura de viajes femenina que se nutría fundamentalmente de clientas habituales de los lujosos y exclusivos establecimientos termales.

 

Lo que encontramos en sus libros, en sus narraciones y en sus descripciones son un conjunto de reflexiones e impresiones que transitan entre lo anecdótico y lo sustancial. Como explica la historiadora María Luisa Burguera, existe en los textos “un deseo de provocar la emotividad en el lector ante la visión de una naturaleza especialmente española”. La otra gran diferencia respecto a la anterior literatura masculina es que la mujer viajera se desprende de los preceptos cuasi-científicos  de la Ilustración y se dedica a plasmar su propia experiencia personal como única pretensión; el simple placer de viajar que se encuentra tan sólo en lugares exóticos. Y España y el Pirineo indudablemente lo eran en el siglo XIX. Ellas, generalmente, permanecen al margen de las grandes instituciones creadas en aquél tiempo –exclusivamente masculinas-, para fomentar el conocimiento y divulgación de la montaña, como la Sociedad Ramond o el prestigioso Club Alpino Francés. Su interés por el viaje tiene otra naturaleza.

 

Así nace el relato literario de viajes y se abandona otro tipo de relato viajero de carácter documental, fomentado por los escritores ilustrados pirineístas en las décadas anteriores. Las mujeres que viajan por el Pirineo se limitan a contar su experiencia de la forma más atractiva posible, introduciendo un carácter intimista e introspectivo que profundiza en el mundo interior de la viajera. Es lo que conocemos como literatura romántica, que en el caso de la mujer surge, no con el objetivo de un improbable reconocimiento público –como en el caso de los hombres-, sino por el afán de plasmar la belleza descubierta y la experiencia interior.

 

Es cierto también que estas viajeras vienen cargadas de grandes prejuicios e influenciadas por una larga lista de tópicos de los que generalmente no se desprenderán. De nuevo en palabras de la historiadora María Luisa Burguera, “valoran lo que esperan encontrar y rechazan lo que no entienden ni quieren entender; y como resultado de este proceso la imaginación del creador transforma lo que ve”. Esto es algo que veremos muy a menudo en muchos de los autores que escribieron sobre el Pirineo. Como el grueso de esa literatura romántica (fundamentalmente la francesa), era fruto del encargo de un editor, la obsesión por lo pintoresco y lo menos grato –en contraste con las descripciones grandilocuentes del paisaje-, tendría que ver, según J.J.A. Bertrand, con el deseo de los lectores franceses de encontrar en los relatos de viajes “cuentos fantasiosos” y las mentiras “que tanto indignan a nuestras amigos de España”, cuando se habla de la vertiente sur. La leyenda negra en definitiva.

 

En el caso de los textos vinculados con el Pirineo, sí que se observan ácidas descripciones de los alojamientos, demoledoras sentencias sobre la limpieza de las casas españolas, amargas visiones de los pueblos y exabruptos más o menos matizados sobre la comida. No intentan ahondar en las razones sociales, económicas o incluso culturales de determinados comportamientos. Son habituales los lamentos de los viajeros por la costumbre de los españoles de tener las cuadras en la planta baja de la vivienda. Las referencias al hedor son constantes en sus textos pero no reparan en que éste no es tanto un problema de higiene como un remedio práctico para calentar la vivienda en invierno con el calor de los animales.

 

Es evidente que su interés por el lugar que visitan no alcanza a desentrañar la cotidianeidad de sus gentes. La historiadora Carine Calastrenc Carrèrre lo ha explicado perfectamente: “El viajero rara vez abre los ojos. No constata la pobreza real de la población ni la precariedad o dureza de la vida en estas montañas. La mirada que lanza es distante y escasamente objetiva (...) en consecuencia, proyecta sobre el habitante del Pirineo sus propios sueños y emociones”.

 

Bien es cierto que no siempre ocurre así y ante una misma situación nos encontramos con visiones completamente divergentes. Pero podríamos recordar, por ejemplo, a la irritable Condesa de L’Epine, prolífica en andanadas poco condescendientes con los lugares que visita y las personas que le acogen. En 1818  a su llegada al balneario de Barèges escribió:

 

            “Barèges es extremadamente triste... En Barèges todo nos disgusta; las montañas degradadas, pobres, carentes de verdor, descarnadas, lánguidas, ofrecen una imagen  de naturaleza estéril y rebelde ante los esfuerzos del hombre. Todo es tristeza, desgracia en el pasado, en el futuro; el presente apenas cuenta...”

 

En Sainte-Marie-de Campan la condesa muestra una versión todavía más procaz de su proverbial inconformismo. Su relato de la noche que pasa en compañía de sus guías en una casa de la localidad de los Altos Pirineos franceses no tiene desperdicio:

 

“Mis guías, después de haber conducido a mi doncella hasta un agujero lleno de heno, vuelven y ocupan ambos esta cama, situada tan cerca de nosotros que, a pesar mío, fui testigo de su aseo nocturno. Como Mahoma, cerré los ojos pero, en realidad, lo hice por respeto a mí misma. Todo duerme en esta pocilga, excepto yo, a la que todos los insectos negros de esta maldita habitación han declarado una guerra a muerte. Este nuevo e insoportable suplicio me recuerda todos los soportados durante este penoso día”.

 

Igualmente demoledora, por aportar un ejemplo más, es la descripción que hace mucho tiempo después, en 1905, el viajero Gadeau de Kerville a su llegada a Benasque. Una descripción que, por suerte, no mantiene vigencia alguna: “En las calles de esta villa, que apenas son callejuelas, se camina sobre barro y estiércol; los cerdos circulan libremente y un persistente olor a establo envuelve la atmósfera”. Justin-Edouard Cenac-Moncaut había dicho de Panticosa en 1861 que “el pueblo entero es un establo, una majada, una pocilga...” Son tan sólo unas muestras; existen otras muchas.

“Aragonesa”. Acuarela de Gavarni.

Viajeras (I)

Publicado: 23/10/2009 13:03 por juangavasa en Pirineo
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El Ayuntamiento de Sabiñánigo me invitó a dar una charla ayer jueves sobre las mujeres viajeras del Pirineo en los siglos XVIII y XIX. Hubo media entrada en la flamate biblioteca "Rosa Regás", algo que no está nada mal teniendo en cuenta que competía con una charla sobre fútbol organizada por la Peña Zaragocista de Sabiñánigo. Estaba derrotado de antemano pero claudiqué con dignidad. Sobre el tema de las mujeres viajeras han escrito muchos estudiosos y estudiosas más preparados que yo, a los que voy citando a lo largo de la charla. Yo no he hecho más que recopilar el trabajo de otros. A partir de hoy os voy a ofrecer en diversas entregas todo lo que conté, y de paso alimento este desnutrido blog.

En la pequeña historia de la cordillera, el protagonismo de la mujer hasta bien entrado el último tercio del siglo XX se redujo al angosto y sofocante ámbito de la casa, un espacio construido de renuncias, silencios y sacrificios. En una sociedad de profundas raíces conservadoras y latente machismo, la mujer fue considerada tradicionalmente un ser inferior que no tenía derecho a determinados privilegios atribuidos en exclusiva al hombre. Sin olvidar la influencia perversa e inquisidora de una iglesia católica omnipresente, preocupada en vigilar las almas y las costumbres, sobre todo, de la mujer.

 

Bien es cierto que esta realidad social se puede extrapolar a las sociedades urbanas sin necesidad de introducir demasiados matices correctores, pero a diferencia de la gran ciudad, el núcleo rural solía ser un minúsculo microcosmos aislado del exterior que encerraba sin remisión a sus habitantes; es decir, no había escapatoria posible al destino marcado desde la cuna. Ya se sabe que en Aragón el primogénito heredaba la propiedad familiar, el segundo hijo se entregaba a Dios y el resto quedaba como mano de obra barata para el resto de los días. La fortuna del hombre podía encomendarse a la tímida emancipación del servicio militar, los azares de una boda o la rutina de la trashumancia.

 

Pero la mujer quedaba fuera de este juego de la vida. En esta última escala ella ocupaba el lugar más ínfimo: el de sirvienta de los abuelos, padres, marido,  hermanos e hijos; el de madre y el de incansable trabajadora en las labores del campo. La última de la casta; un servicio impagable, sin duda, que daría pie a hablar largamente del marcado carácter matriarcal de la sociedad pirenaica. Escribía Bertall en 1876, seguramente con una mal disimulada misoginia, “eran mujeres rudas, con las que sería mejor no encontrarse en un rincón del bosque”.

 

El filósofo francés Hipólito Taine relató en su célebre “Viaje a los Pirineos” de 1858 un encuentro con un grupo de mujeres en el Valle de Ossau que transportaban piedras “por un sendero que daría miedo hasta a las cabras”, aseguraba. Taine afirmaba que labores tan duras como éstas “les han dejado en la mirada una vaga expresión de melancolía y de reflexión”. Como sentenciaba la viajera francesa Juliette Drouet en 1843, “los trabajos en el campo arruinan la belleza en muy poco tiempo”.

Pero no hemos venido aquí a hablar de la belleza de la mujer (evidentemente), ni de las nefastas consecuencias de la vida en el Pirineo en los siglos XVIII y XIX. Sí que hemos venido a hablar de la mujer en un sentido genérico y de su vinculación con la cordillera pirenaica a través del relativamente reciente fenómeno del viaje, o el tour, como se solía llamar. Me he referido en el inicio de esta conferencia a la mujer pirenaica porque aunque el título induzca a pensar que “viajera pirenaica” es aquella que procede del exterior, en realidad considero que este atributo también debe de otorgarse a las mujeres que viajaron desde el interior.

 

¿Acaso no fueron viajeras las mujeres de los valles de Echo, Ansó y Roncal que cada año cruzaban la muga para ir a las fábricas de alpargatas de Mauleon en el valle de Zuberoa? Las famosas golondrinas. ¿Se imaginan la literatura que se podría crear a partir de sus dramáticas experiencias? Eran viajes por la supervivencia, por la comida, por la simple existencia. Como escribía John Berger, “la vida campesina es una vida dedicada por entero a la supervivencia. Ésta es tal vez la única característica totalmente compartida por todos los campesinos a lo largo y ancho del mundo”. No era un viaje de placer, no había un sentido hedonista en el afán por buscar otro horizonte.

 

¿No fueron viajeras las mujeres de Ansó que bajaban a Madrid a vender té? ¿Pueden detenerse por unos instantes a imaginar las penosas condiciones de esos viajes? Yo lo puedo imaginar: interminables y tortuosos caminos, noches en vela, infaustas posadas, días de incertidumbre... eran mujeres de avanzada edad con sus hijas –y a veces con sus nietas-, las que abandonaban el ignoto valle de Ansó para viajar a la capital del país. Era salir de un mundo anclado en el Medievo para avanzar unos cuantos siglos en pocos días.

 

El valor de aquellas mujeres merecería mucha literatura ¿verdad? No sabían escribir y tampoco nadie se interesó por ellas. Hoy sólo nos lo podemos imaginar, nada más. En justicia habría que citar al pintor Joaquín Sorolla, que se quedó prendado con aquellas ansotanas vestidas con el traje típico que aparecían cada cierto tiempo por las calles de Madrid. Fueron su primera inspiración para el lienzo que dedicó a Aragón en la obra “Las regiones de España” encargada por el multimillonario americano Archer Huntigton para la Hispanyc Society de Nueva York.

 

En la localidad catalana de Massat las madres llevaban a sus hijos pequeños a Tolouse para pedir limosna, tal era su miseria. Eso también es viajar ¿verdad?  O las mujeres que huían en retirada con sus hijos por los impracticables puertos de Lera y Viejo, en Bielsa, mientras el aliento de las tropas franquistas llegaba a sus cuerpos ajados y derrotados. Fue otro viaje terrible y humillante, un dramático episodio que forma parte de la ignominiosa historia de la Guerra Civil española. A lo largo de la historia los hombres y mujeres se han visto obligados a viajar y desplazarse de sus asentamientos naturales por muchas razones; casi siempre había un drama detrás, la búsqueda de recursos para la supervivencia o una fuerza persuasiva capaz de anular la voluntad individual.

 

Pero estarán de acuerdo conmigo en que siempre que hay un viaje, surge una experiencia que contar, independientemente de su valor, su relevancia histórica o su interés.  Al fin y al cabo, en el caso del pirineísmo, los relatos de los viajeros nos han servido, sobre todo, para conocer con mayor profundidad un tiempo, una sociedad y una cultura prácticamente extinguidos. Generalmente, no fue tan trascendente el propio viaje como las descripciones que nos dejaron los que decidieron –o pudieron- plasmar en un papel sus experiencias.

 

Esta afirmación cargada de obviedad viene al caso porque existe el permanente debate sobre los parámetros que se utilizan generalmente para definir el concepto de viajero o viajera. Los historiadores disertan con frecuencia sobre cuál es el límite en el que hay que circunscribir la idea misma del viaje, quién posee los atributos del viajero tradicional –o convencional-, y quién es simplemente mero espectador de paso. Queda lejos ya el conocido axioma del sabio Henri Beraldi, según el cual el viajero ideal era aquél que escalaba montañas, sentía y escribía.

 

Hoy en día al viajero ya no se le exige ese compromiso intelectual, pero a lo largo de los tres últimos siglos podemos encontrarnos con numerosos ejemplos que nos harían dudar, o cuando menos abrir un fructífero debate, sobre cualquier posición preestablecida al respecto. La antropóloga Elisa Sánchez defiende que “viajero es la persona dotada de la energía y el empeño suficientes para llevar ese viaje a cabo”. Y Julio Llamazares argumenta que “el turista viaja por capricho y el viajero por necesidad”. Aserto que se podría completar con aquél de Proust que afirma que “viajar no es cambiar de paisaje sino cambiar de mirada”.

 

En la definición y construcción de lo que se conoce como pirineísmo tuvieron un papel relevante los montañeros y los viajeros; los protagonistas de la “conquista del Pirineo”, los hombres y mujeres que escalaron por primera vez las míticas cumbres y después lo narraron con primoroso lirismo. Así surgió también una suerte de literatura pirenaica que hizo tanto por el conocimiento de la cordillera como los estudios antropológicos o geomorfológicos posteriores. Se considera comúnmente que el pirineísmo nació con Louis Ramond de Carbonnieres y su célebre relato de la pionera ascensión a Monte Perdido en 1802, una de las primeras aportaciones a esa literatura pirenaica. 

 

Pero es el francés Henry Russell al que la historiografía pirenaica ha concedido la categoría de “padre del pirineísmo”, sin ningún disfraz científico, como matiza el escritor Marcos Feliú. Elevó su amor por la cordillera al paroxismo hasta el punto de adquirir en concesión por 200 años una parte del Vignemale, la montaña a la que se entregó en vida y con la que firmó un simbólico matrimonio –él que era profundamente católico-, que reforzaba su visión panteísta del universo. Rusell probablemente fue el último viajero romántico del Pirineo, antes de que el siglo XX mudara los hábitos del viaje y surgiera tímidamente el fenómeno del turismo tal y como lo conocemos hoy en día.

 

Entre 1750 y 1904 más de 80 autores extranjeros dejaron textos o libros sobre sus viajes por la cordillera, muchos de ellos de una calidad literaria incuestionable, otros, no tanto. De ellos, tan solo una pequeña parte procedía de la pluma de una mujer. Y nos referimos solamente a los foráneos porque, como todo el mundo sabe, la anémica Ilustración española no dio para mucho, y menos para crear una literatura propia sobre el Pirineo. Hasta la primera década del siglo XX sólo supimos de nosotros por las descripciones que hicieron los viajeros extranjeros (franceses, ingleses y alemanes, principalmente).

 

En esa formación de la idea del pirineísmo se ha otorgado un brillo especial, como se puede ver, a los viajeros románticos e Ilustrados, quizá porque el propio vigor de su pluma tuvo más eco popular que otras aportaciones de carácter científico. Otra cosa es si todos los hechos que contaron fueron verídicos o si sus textos son útiles como fuentes históricas o documentos etnográficos.

“Aldeanos de Panticosa”. Litografía de Touchstone.

El constructor

Publicado: 26/08/2009 11:30 por juangavasa en Pirineo
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Parece que se consuma el cierre temporal del Balneario de Panticosa. Uno pensaba –influenciado por las teorías del darwinismo social defendidas por Herbert Spencer en el siglo XVIII- que los hombres que amasaban grandes fortunas eran ilimitadamente inteligentes y los pobres éramos irremediablemente tontos. Vistas así las cosas, pocas alternativas teníamos en esta sociedad para triunfar y nuestro único destino probable serían las galeras. Remar y remar para que los de arriba triunfen y naden en la abundancia. Es lo que tiene la selección natural.

            En el caso del Balneario de Panticosa esa sensación de orfandad intelectual fue especialmente intensa cuando hace casi una década llegó un próspero empresario de la construcción dispuesto a invertir 60 millones de euros para reflotar el decadente centro termal. El sentido común, que entre los mayores suele tener valor científico, y una intuición basada solamente en el inconsciente nos hizo pensar a muchos que aquella aventura era una locura, cuando no un desmedido gesto de soberbia financiera de nuevo rico. Pero, como leí hace poco a un popular periodista deportivo, nadie suele arriesgar su dinero y menos los ricos.

            Así que inevitablemente me vi nuevamente atrapado en mi perfil existencialista, hundido entre reproches propios y la certeza de un oscuro futuro asido a mi incapacidad innata para los negocios (los grandes negocios, se entiende). Cuando el dinero se presenta lo hace de manera insolente y aparatosa; quiere que todo el mundo lo sepa y se rodea de esa parafernalia marchita y hortera de las estrellas decadantes. No había duda de que si el tal constructor había depositado sus ojos (y su cartera), en el viejo Balneario era porque había negocio seguro. El dinero llama al dinero y quien lo maneja suele tener información que el resto de mortales ni siquiera sospechamos. El caso es que allí, entre Argualas, Garmo Negro, Pondiellos, Marcadau, Baciás y Brazato se podía hacer una fortuna. Y nosotros sin enterarnos. Claro, nosotros no éramos aptos para la supervivencia en este mundo de tiburones financieros y especuladores sin escrúpulos. Como decía Rockefeller: “El crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto”. Ni aptos ni listos… ni ricos.

            Por lo tanto, en esta selva no quedaba otra opción que rendirse a los atributos del constructor y todos, desde el primer político hasta el último ciudadano ignorante e inocente, le tendieron una alfombra roja para que tomara sus nuevas posesiones e hiciera con ellas lo que considerara oportuno. Como se le suponía la inteligencia nadie dudaba de que haría lo más apropiado con el lugar, sin importar demasiado que alterara lo imprescindible para que el negocio no se viera resentido. El lugar era de una belleza que podía cambiar el mundo –parafraseando a Dostoiesvski-, pero al constructor la única belleza que le provocaba admiración era la de su cuenta corriente.

            El olvidado balneario comenzó a cambiar de aspecto. Nos habían prometido que nada volvería a ser igual, que el lugar recuperaría su viejo esplendor, que peregrinaciones de millonarios de todos los rincones del planeta vendrían hasta el Pirineo para dejar su dinero y entregar generosas propinas. No había razón para no creerlo, salvo el irritante sentido común  que de vez en cuando asomaba por las rejas de su mazmorra para gritar que no eran molinos de viento, que en realidad eran monstruos feroces y embusteros. Pero eran otros tiempos en los que el dinero hacía posible todos los sueños, incluso los que parecían pesadillas.

            Y, efectivamente, el balneario creció y se transformó; evolucionó como un organismo vivo. El nuevo dueño derribó acá y acullá (lo viejo es feo), levantó grandes edificios diseñados por prestigiosos arquitectos y maquilló con chapa y pintura lo que razonablemente no se podía tirar. Casi todo estaba preparado para que los millonarios de todo el mundo comenzaran su desaforado viaje al nuevo Dorado. Los hoteles, el casino las termas, las montañas… en invierno la dichosa nieve dejó aislado el centro en tres ocasiones. Alguien no le había contado al constructor que en el Pirineo en invierno solía nevar. Rodaron cabezas.

            Pero los millonarios no llegaron. Acaso algunas familias de Zaragoza y la misma fauna de toda la vida. ¿Dónde me equivoqué? debió pensar el constructor. ¿Quién me asesoró mal? ¿Quién coño me mandó venir aquí? Quizá debió de leer a Franz Scharader.

 "¿qué le falta a este rincón original, salvaje y dulce a la vez, para convertirse en una de las estaciones más visitadas de Europa? ¿Sol? ¿Rocas rojizas? ¿Picos esbeltos? ¿Nieve? ¿Caudales de agua? ¿Hoteles limpios? ¿Comodidad? ¿Buena comida? ¿El encanto de la numerosa clientela? No, por cierto, pues tiene todo esto; pero lo que le falta a Panticosa es una carretera que venga desde Francia y un poco más de fama. En cuanto a la carretera, yo no puedo hacer nada; en cuanto a la fama, no puedo hacer gran cosa…”

Panticosa. 1882

Canfranc, 81 años

Publicado: 21/07/2009 09:05 por juangavasa en Pirineo
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Para la historia del ferrocarril del Canfranc han quedado grabados con letras mayúsculas los prohombres que alentaron y promovieron su construcción. Nobles, políticos, acaudalados empresarios y clérigos que pertenecían a la oligarquía dominante en una región de profundas desigualdades económicas. En la memorable jornada de la inauguración sus nombres se reproducían de manera laudatoria como paladines de una epopeya humana de dimensiones magistrales. Basilio Paraíso, Florencio Jardiel, Louis Barthou, Joaquín Gil Berges... todos ellos recibieron sonoros reconocimientos populares bañados en la prosa decimonónica de la época.

            En aquellos días de julio de 1928 nadie recordó a los obreros muertos en su construcción, nadie midió la magnitud del Canfranc por el sacrificio humano ocasionado. Pero desde el inicio de la perforación del túnel de Somport en 1908 hasta la inauguración de la línea internacional veinte años después, decenas de obreros perdieron la vida sepultados bajo las rocas arrancadas a golpe de dinamita de la montaña pirenaica, o arrollados por las máquinas que operaban en la vía. Muchos de ellos fueron anónimos mártires de un progreso que, como lamentaba el periodista jaqués Carlos Quintilla en 1912, “no sabe abrirse paso si no a fuerza de destrozar hombres y de quebrar ilusiones”.

            Cuando comenzó a horadarse el túnel del Somport, el ferrocarril de Canfranc ya era la empresa de mayor envergadura de Aragón junto a la sociedad Minas y Ferrocarriles de Utrillas. Las obras de perforación y de explanación del valle de Arañones exigían cuantiosa mano de obra que fue demandada a todo el país. Ya en 1888, en las vísperas del inicio del tramo entre Huesca y Jaca, La Crónica de Huesca informaba de la presencia en la ciudad de “numerosos pobres que imploran la caridad pública. La casi totalidad de ellos, jornaleros que acuden ante la idea de hallar trabajo en las obras del Canfranc”. El tren sirvió en aquellos primeros empentones ferroviarios para “aliviar el hambre de muchos infelices”, en expresión de la época.

            A Canfranc llegaron en 1908 centenares de trabajadores procedentes de todo el país. La creciente actividad e influencia del movimiento anarquista (un año antes, en Barcelona, se había constituido Solidaridad Obrera) llegó hasta el corazón del Pirineo en el zaguán de aquella masa proletaria que muy pronto se dejó oír. Alfonso XIII, asiduo visitante de las obras, había sufrido un grave atentado el día de su boda en 1906, cuando el anarquista Mateo Morral lanzó dos bombas al paso de la comitiva y luego se suicidó.

            En julio de 1909, coincidiendo con el estallido en Barcelona del movimiento revolucionario conocido como la Semana Trágica, más de 100 obreros del túnel del Somport se declararon en huelga en protesta por el cambio del horario de descanso, que les dejaba expuestos más tiempo de lo aconsejable a los gases emanados de los explosivos utilizados para abrir la roca. La movilización se transformó en fuertes disturbios que obligaron a intervenir a cerca de cincuenta miembros de la Guardia Civil y del cuerpo de Carabineros procedentes de los puestos de Canfranc y Jaca. Las negociaciones no surtieron efecto y se reforzó la presencia de la fuerza pública tras perpetrarse cuantiosos destrozos en el material de las obras. Al día siguiente se logró persuadir a los huelguistas y se reanudaron los trabajos, aunque la mecha ya no se apagaría.

            El reclamo de las obras del ferrocarril provocó un flujo constante de obreros que, en muchos casos, se veían obligados a regresar a sus lugares de origen tras comprobar que las peonadas estaban cubiertas. En abril de 1910 El Pirineo Aragonés de Jaca informaba de que muchos de esos trabajadores tenían que “pedir socorro para regresar a sus casas”. Dos meses antes había muerto el primer obrero tras chocar dos vagonetas. En julio fallecía un peón dentro del túnel al ser aplastado por una piedra desprendida de la bóveda. No se conoció su nombre ni el del tercer obrero que pereció una semana más tarde arrollado por otra vagoneta. Varios compañeros resultaron con heridas de gravedad.

            A mediados de julio de 1910 se declaró la segunda huelga en Canfranc, que fue secundada por 300 obreros. Estos exigían un aumento salarial de una peseta en compensación por el riesgo que corrían sus vidas ante la aparición de numerosos manantiales que dificultaban la ejecución de la obra. El tiempo demostró que aquella denuncia tenía sentido. Los yacimientos obligaron a paralizar en numerosas ocasiones la perforación del túnel y causaron graves accidentes que exigieron modificaciones en el proyecto.

            En todo caso, el brote huelguista era fiel reflejo de lo que estaba ocurriendo en el resto del país. Las campañas anarquistas habían tenido gran repercusión en las principales ciudades industrializadas (Barcelona y Bilbao), y el intento de asesinato del político conservador Antonio Maura había estrechado el cerco sobre los líderes anarcosindicalistas. En un Pirineo envuelto todavía en las brumas de la Edad Media, Canfranc era un remedo de la revolución industrial. El impacto social de aquella masa proletaria en mitad de las montañas merece un exhaustivo estudio.

             En octubre otro obrero, esta vez en el tramo de la vía que se construía a la altura de Castiello, perdía la vida como consecuencia de un brutal desprendimiento. Eran muertes sin nombres ni apellidos, anónimos obreros que habían buscado en el Pirineo una oportunidad laboral que escaseaba en el resto del país. Mientras tanto, la perforación del túnel avanzaba con serios problemas. En marzo de 1911 los jornaleros tuvieron que abandonar el tajo durante varios días por los escapes de agua registrados en el interior del túnel.

            El clima de descontento crecía cada día con nuevos accidentes y una sensación general de inseguridad laboral que los responsables de la empresa constructora, los prestigiosos ingenieros italianos Caldera y Bastianelli, difícilmente podían mitigar. La Nochebuena de 1911 se produjo un enfrentamiento en el lado francés entre varios trabajadores españoles (la gran mayoría de los obreros que construyeron el tramo francés del Canfranc también eran españoles), que se saldó con un muerto y varios heridos.

            La tragedia sobrevolaba el puerto de Somport constantemente. Aun así, a principios de 1912 seguían llegando trabajadores a Arañones. Una partida de 108 obreros procedente de Cartagena pasaba por Jaca camino de la frontera. Era la primera que llegaba al Pirineo tras el anuncio publicado en los principales medios de comunicación nacionales de la necesidad de dos mil obreros para intensificar los trabajos con la llegada de la primavera. Paradójicamente, en esos días una gran filtración de agua inundó más de un kilómetro de la galería del túnel. Durante una semana las obras se paralizaron hasta que pudo ser contenido el manantial que escupía 70 litros por segundo.

            En abril fallecían dos obreros en el túnel número 5, cerca de Aratorés, al explosionar de manera fortuita dos barrenos cuando se encontraban trabajando en el interior. Antonio Callizo y Salvador Granada, los dos de Villanúa, quedaban destrozados por la dinamita y varios compañeros sufrían graves heridas. Al mes siguiente más de 200 obreros tenían que abandonar el túnel durante varios días al anegarse nuevamente el interior. Las dificultades crecían y también el miedo entre los trabajadores.

            El cantero jaqués Mariano Vizcarra perdía la vida en septiembre al ser aplastado por una roca cuando operaba en la vía con una vagoneta. Pero el suceso más dramático se produjo pocos días después cuando Ildefonso Sansegundo y su hijo Gaspar, ambos de Ávila, morían al ser arrollados por un vagón descarrilado del convoy de materiales. En un clima de incontenible indignación visitó ese mes las obras el rey Alfonso XIII y entregó 500 pesetas a un grupo de obreros. Poco valor para tanta pérdida. El túnel estaba apunto de ser perforado en su totalidad pero la falta de agua en el lado francés dejó a más de quinientos obreros españoles sin tajo en el lado norte y deambulando por las calles de Jaca.

            A finales de 1912, año convulso para la monarquía alfonsina con el asesinato de Canalejas, el presidente del Gobierno, se unían las dos partes del túnel y se celebraba una fiesta en la que el ingeniero italiano Gino Valatelli proponía grabar en lápidas los nombres de los obreros muertos en la obra y colocarlas a la entrada del túnel. A esas alturas se contabilizaban doce pérdidas humanas, pero habría más.

            En los primeros días del nuevo año una brigada nocturna que operaba en vagoneta volcó, muriendo Higinio Rodríguez y Raimundo González. Los que iban a relevarles en el turno se encontraron con el macabro espectáculo y a los pocos minutos un nutrido grupo de obreros se declaró en huelga. Hizo falta la presencia de 20 soldados destacados en el fuerte de Coll de Ladrones y varias parejas de la Guardia Civil para reprimir las manifestaciones de protesta.

            En junio fallecía aplastado por un desprendimiento en el interior del túnel el trabajador abulense Ignacio López Martín, y un jornalero era sometido a una operación para amputarle uno de sus brazos tras sufrir la explosión de un barreno. Canfranc seguía siendo un lugar peligroso pero también la única esperanza de trabajo para cientos de trabajadores que seguían llegando del sur de Huesca huyendo de la sequía que arrasaba las tierras de cultivo.

            En mayo de 1914 se producía el suceso más grave desde el inicio de las obras. Una tremenda explosión registrada en la fragua instalada a la salida del túnel acabó con la vida de tres obreros. Abel Soria tenía 27 años y era de Mianos. Joaquín Cavero y Lorenzo Beltrán eran naturales de Canfranc; el segundo de ellos sólo tenía 14 años. Las crónicas dicen que la explosión “descuartizó los cuerpos de los tres infelices, lanzándolos a más de 100 metros de distancia”.

            Avanzaba el año y las obras del túnel estaban cerca de su fin. Pero estalló la Primera Guerra Mundial y Francia paralizó los trabajos, acuciada por las exigencias bélicas. “Una verdadera irrupción de españoles ha llegado a Jaca por el puerto de Canfranc. Son los obreros del ferrocarril (...) cuyos trabajos han quedado totalmente paralizados con motivo de la angustiosa situación que Europa padece”. El Pirineo Aragonés hablaba en su crónica de 1500 obreros.

            El invierno de 1915 fue uno de los más gélidos del primer tercio del siglo xx. Las grandes nevadas obligaron a la 6ª División Hidrológico Forestal a replantear todos los sistemas de contención de aludes, una vez demostrada la fragilidad de los proyectados hasta entonces. Un gran alud había arrasado el albergue de presidiarios situado en la boca del túnel, aunque no hubo muertos. La nieve causó estragos en aquel invierno de 1916. El último de la larga lista de ”mártires del progreso” falleció en 1925 al quedar sepultado bajo una montaña de arena. De nuevo otro obrero anónimo, triste metáfora para quienes dieron su vida por la gloria ajena.

Cadaqués

Publicado: 12/06/2009 08:52 por juangavasa en Pirineo
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“Cadaqués era uno de los pueblos más bellos de la Costa Brava” recordaba García Márquez en los años 70 del pasado siglo. César González Ruano escribió que Cadaqués daba “una impresión paradisiaca de fin del mundo”. Josep Pla pensaba que era uno de los lugares más bonitos del Mediterráneo “pero por discreción y timidez se abstenía de manifestarlo”. Incluso García Lorca apuntó que era “el fiel del agua y la colina”. Decenas de intelectuales y bohemios se enamoraron a lo largo del siglo XX de Cadaqués y expresaron su amor de forma poética. Ningún otro rincón del Pirineo logró encandilar a talentos de la talla de Picasso, Man Ray, Santiago Rusiñol, Marcel Duchamp, García Lorca, Truman Capote, Luis Buñuel y, sobre todo, Salvador Dalí.

 

            Por eso el viaje a Cadaqués está rodeado de un aura mítica alimentada por las palabras de los grandes genios. Entrar en el círculo mágico de Dalí requiere capacidad de ensoñación y una mente expansiva. La fama del pueblo es tan robusta que el viajero llega predispuesto. Pero alguna de las primeras sensaciones es más prosaica que los bellos versos de Lorca. Quien mejor lo supo describir fue el inolvidable escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán: “Uno lo comprueba al conseguir meterse en el pueblo tras una cola de tres cuartos de hora y, una vez dentro, continuar la caravana en busca de aparcamiento, una búsqueda angustiosa por lo inútil. Aquí no hay quien aparque, y el carrusel de los coches tristes y frustrados sirve de correlato móvil al deambular de gentes pintorescas en un medio pintoresco”. Y es que en determinados momentos del año resulta evidente que Cadaqués ha muerto de éxito. “El pueblo es tan inaccesible que se ha hecho invisible por lo visible” sentenciaba Vázquez Montalbán.

 

            Repuestos de ese primer e inevitable inconveniente que se suele superar con algo de paciencia y de fortuna, Cadaqués es como lo cuentan; un hermosísimo pueblo pesquero formado por casas de blanco nuclear que permanece inalterado pese al empuje del turismo. Hay una segunda evidencia: su turismo no es el familiar de la costa levantina. Aquí se respira bohemia, intelectualidad y un glamour contenido que generalmente habla francés. El escritor Juan Marsé tenía la explicación: “las playas de piedra de Cadaqués no son del gusto del turismo familiar, esa ha sido la salvación del pueblo”.

 

            Las callejuelas de Cadaqués son estrechas, empedradas y empinadas. La pronunciada inclinación de alguna de ellas se debe al promontorio rocoso de 23 metros de altitud sobre el que se extiende el casco viejo, el más auténtico y evocador de la localidad. Pequeñas tiendas, galerías de arte, cafés y bares jalonan un recorrido que antiguamente estuvo rodeado por una gran muralla. Todavía se conserva el antiguo portal de entrada  y la torre del Baluarte al inicio de la calle Des Call, por donde accederemos a la iglesia de Santa Maria de Cadaqués, un monumental edificio construido a mediados del siglo XVI bajo los patrones del gótico tardío. En su interior se conserva un retablo barroco de gran valor: está tallado en madera y dorado con una lámina. Mide 23 metros de alto y 12 de ancho y está dedicado a la Virgen de la Esperanza. Desde la plazoleta que se abre en la fachada principal  de la iglesia tenemos una vista espléndida de todo el casco urbano de Cadaqués y del mar.

 

            El callejero de la localidad es laberíntico y confuso. La homogénea arquitectura y el blanco generalizado de las fachadas pueden despistar en un paseo sin rumbo fijo. Pero es otro de los alicientes de Cadaqués: su capacidad para sorprender en cada rincón. Dentro del casco podemos apreciar algunos brotes de arquitectura modernista como Casa Serinyana, el Casino de L’Amistat, Mas de la Sala y la Escola Pública Caritat Sernyana, una donación de la acaudalada familia vinculada al lugar para usos educativos. En la calle Narcis Monturiol, que cierra por arriba el casco viejo, abre sus puertas el Museu de Cadaqués, dedicado a ofrecer exposiciones temporales en torno a Dalí. La imagen del pintor catalán se reproduce con insistencia por toda la localidad. Los famosos bigotes del excéntrico genio son el verdadero blasón de Cadaqués.

 

            Desde el pequeño paseo marítimo tenemos una vista general del pueblo que se amplía conforme avanzamos por la Riba Nemesi hacia la Plaja Portdoguer. Un buen punto para fotografiar el perfil de Cadaqués es la Punta des Baluard. Desde aquí se aprecian los dos barrios que componen la localidad, perfectamente divididos por la Avinguda Caritat Serinyana, que atraviesa todo el núcleo hasta desembocar en la Plaja Des Portal. A la izquierda queda al casco viejo con la iglesia de Santa María, y a la derecha la zona sensiblemente más alterada con el Castell de Sant Jaume como referente. A escasos kilómetros de Cadaqués por la carretera que conduce al Cap de Creus se encuentra la pequeña cala de Portlligat, donde Salvador Dalí estableció su residencia convertida hoy en museo. El pintor vivió parte de su infancia en esta recóndita bahía de pescadores. En 1930 compró varias barracas que reconstruyó junto a Gala para transformarlas en una original vivienda con el inconfundible sello de su universo creativo. Fue su única residencia estable hasta que tras la muerte de Gala en 1982 decidió trasladarse al castillo de Púbol. Hoy es uno de los museos más visitados de Catalunya.

 

Historia: El pueblo de pescadores

Cadaqués siempre fue un pueblo pesquero con régimen propio desde el siglo XVI. Su aislamiento propició una fuerte autonomía articulada a través de diversos reglamentos de orden interno que afectaban, principalmente, a su actividad pesquera. Esa lejanía de los ejes de comunicación obligó a sus habitantes a mirar constantemente al mar como único recurso posible para prosperar. La montaña del Puig de Paní a sus espaldas fue siempre una barrera natural infranqueable hasta que llegó la carretera. Muchos se dedicaban a la pesca y otros tantos decidían aventurarse en busca del horizonte marítimo. Por el contrario, el pueblo recibió constantemente las visitas foráneas: hace más de 2.000 años llegaron los griegos para explorar los minerales escondidos bajo las aguas. Siglos después serían barcos de piratas y contrabandistas que mercadeaban con otros productos como el tabaco. Este constante trasiego de gentes y mentes debió de influir en el carácter expansivo  de Cadaqués y, como consecuencia, en su predisposición a acoger nuevas ideas por extrovertidas que fueran. La historia ya se sabe como acaba: Salvador Dalí arrastró hasta este perdido rincón del Pirineo catalán a una pléyade de talentosos artistas que lograron mitificar el lugar.

            Cadaqués, que seguramente proviene de “Cap de quers” o cabo de rocas, tuvo hasta finales del siglo XIX una industria de salazones que actualmente apenas es un residuo antropológico de su pasado fabril. El cultivo de los olivos, que fue otro de los recursos económicos de sus gentes desde la Edad Media, se abandonó en el fatídico 1956, año que se recuerda por las terribles heladas que arrasaron los campos. Esta circunstancia y el inevitable desmoronamiento del mundo rural acabaron con otro de los escasos medios de subsistencia de la economía local. Así las cosas, sólo quedaba el turismo como asidero posible. Al principio tan sólo Cadaqués absorbió la tímida llegada de visitantes, que buscaban paisajes vírgenes y una atmósfera de absoluta tranquilidad. Más tarde descubrieron parajes más recónditos en el perímetro del Cap de Creus y se amplió el territorio colonizado. Pero se hizo de manera respetuosa y prudente, por eso en la actualidad apenas se pueden ver en Cadaqués edificios que rompan con la armonía del entorno. Las necesidades urbanísticas y de infraestructuras de la localidad se han concentrado en la retaguardia, lejos de la primera línea de playa.

           

Una visita. Casa Museo de Salvador Dali

La Casa Museo de Salvador Dalí en Portlligat es uno de los grandes alicientes del Cap de Creus. La laberíntica vivienda es el resultado del trabajo de restauración realizado durante varios años por el propio Dali y Gala a partir de la adquisición en 1930 de una modesta barraca de pescadores. La casa es, por lo tanto, la esencia del universo de Dalí, un compendio de su inescrutable personalidad y de su ilimitado ingenio. El Museo se inauguró en el año 1977 y desde entonces recibe miles de visitas anuales. Está dividido en tres espacios: el primero dedicado a la vida íntima de los Dalí, el segundo relacionado con los ámbitos de su trabajo y el tercero pensado para la representación y actuación pública, en el que se incluyen el comedor de verano, el patio y la piscina,

            Dalí vivió de niño y en la adolescencia en esta pequeña cala pegada a Cadaqués, donde había nacido su padre. El paisaje mediterráneo formaba parte indisoluble de sus referentes infantiles y después los expresó en multitud de sus obras. Principalmente la fantasiosa geología del Cap de Creus formada por la acción del viento, el agua y la sal durante miles de años. Ese paisaje fue el que arrastró también hasta aquí a otros creadores que conocían la pasión de Dalí. Su casa de Portlligat fue creciendo paulatinamente desde que se instalaran durante la primavera de 1930. Dos años después habían adquirido una nueva barraca y un pequeño anexo que se vería nuevamente ampliado en 1935. Gala y Dali pasaron doce años en Estados Unidos y tras regresar en 1948 decidieron fijar su residencia en Portlligat.

            En la casa que habían estado moldeando durante años Dalí se entregó a su trabajo creativo pero también se dedicó a ordenar y almacenar todo el material acumulado durante décadas. Pronto los espacios se quedaron pequeños y la pareja emprendió nuevas ampliaciones que facilitaran la labor del artista, inmerso en pinturas de gran formato. En ese tiempo se construyó el estudio, la biblioteca, la sala oval, el comedor de verano y la piscina, finalizada en 1971. Como consecuencia de todas las reformas, la casa de Dalí y Gala es una especie de laberinto formado por pequeños espacios, pasillos estrechos, desniveles y recorridos sin salida. La decoración dice mucho de la personalidad de sus propietarios: muebles antiguos, tapices, animales disecados e infinidad de objetos de desigual gusto y valor. En la restauración realizada en los años previos a la apertura del museo se recuperaron pequeñas piezas escultóricas muy deterioradas como el Cristo de los escombros y la barca instalada junto al ciprés.

Víctor Hugo

Publicado: 07/06/2009 12:35 por juangavasa en Pirineo
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El escritor francés Victor Hugo inició en 1843 un viaje por el extremo occidental de los Pirineos que le llevaría a conocer muchos de los lugares más populares de la época. En su recorrido se topó, sin embargo, con algunos rincones desconocidos que le deslumbraron. Fue el caso de Pasaia Donibane, al que calificó como “un pequeño edén resplandeciente”. La casa en la que el escritor romántico estuvo alojado es ahora un museo  sobre su obra y la sede de la Oficina de Turismo.

 

Después de lo escrito por Victor Hugo poco más se puede decir de Pasaia Donibane. “Una cortina de altas montañas verdes recortando sus cimas sobre un cielo resplandeciente; al pie de esas montañas una fila de casas estrechamente yuxtapuestas (…), al pie de esas casas, el mar”. El escritor también afirmó que “este sitio inédito es uno de los más bellos que he visto y que ningún tourist visita”. Finalmente redondeó sus apuntes de viaje con un primoroso resumen de lo que entonces era y hoy sigue siendo Pasaia Donibane: “Nada es más risueño y más fresco que el Pasaje visto desde el lado del mar, nada más severo y más oscuro que el Pasaje visto desde el lado de la montaña”.

 

Porque Pasaia Donibane es una única calle flanqueada a la derecha por la montaña y a la izquierda por las aguas de la bahía. No cabe nada más. Es una arteria angosta y empedrada, sorteada por arcos y pasadizos,  que conserva todo el aroma de los tradicionales pueblos pesqueros. Sus casas pintadas con vivos colores contrarrestan la sensación de claustrofobia de algunos puntos de la calle. Pero es tan sólo una percepción del espacio porque desde el mar esas mismas casas se muestran mucho más relucientes y desahogadas, como si sufrieran de un fenómeno bipolar.

 

Hay atractivos ejemplos de arquitectura señorial, como el Palacio Arizabalo, sede del Ayuntamiento; Casa Mirada, con su hermosa fachada renacentista; o el Palacio de Villaviciosa junto al Humilladero de la Piedad. Al final de la calle llegamos al único ensanche posible que permite el terreno, la Plaza de Santiago, un idílico espacio urbano en el que seguramente se fijó Víctor Hugo cuando escribió que Pasaia “sería célebre si estuviera en Italia”. En este punto la fusión entre el mar y el pueblo es total. Más al fondo se alza la Basílica del Cristo de la Bonanza y al final de la bahía los restos del Castillo de Santa Isabel. 

Prats de Molló

Publicado: 02/06/2009 11:22 por juangavasa en Pirineo
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Prats de Molló impacta desde el primer momento. La monumental iglesia fortificada de las santas Justa y Rufina concentra toda la atención con sus poderosos contrafuertes y la llamativa torre. El templo actual se construyó entre 1649 y 1681 pero todavía se guarda en su interior la pila bautismal perteneciente a la construcción original del siglo X. La forja de su puerta, como se podrá ver en numerosas iglesias del Pirineo catalán más oriental, es un cuidado trabajo artístico.

            Repuestos de la primera impresión, llega el momento de descubrir las entrañas del pueblo. Prats de Molló está completamente fortificado y hay que cruzar un puente sobre el río Tech para entrar en su casco histórico. Sus condiciones como enclave defensivo eran un verdadero quebradero de cabeza para los insistentes conquistadores, que los tuvo a lo largo de la historia.

            La localidad se blindó con la muralla en el año 1345 pero el famosísimo terremoto de 1428 la redujo a escombros. Fue reconstruida y ha llegado a nuestros días conservada en su integridad con las cinco puertas de acceso; la más importante es “La Porta de França”, en la parte oriental del núcleo frente a toda la zona nueva de expansión urbanística. Dentro del casco descubrimos una formidable ciudad medieval trazada de manera intrincada con calles empinadas que suben hacia la iglesia, hermosas calles con sus balcones llenos de flores y plazas recoletas en las que cientos de turistas se solazan en las terrazas de sus cafeterías.

            Buena parte de las casas que tejen actualmente el casco urbano pertenecen a una época mucho más reciente, pero en su modernidad han sabido respetar en parte el legado histórico recibido. Las calles de la “Font Nova” o la de “La Favorite” son dos de las arterias más transitadas. Están salpicadas por numerosos comercios que venden los productos del país entre escudos de la villa y banderas catalanas, otro rasgo que evidencia el inconformismo social ante algunas fronteras forzadas.

            La comarca del Vallespir, el Rosellón, el Conflent, el Capcir y el norte de la Cerdanya fueron para Francia en el reparto firmado en el año 1659 en el Tratado de los Pirineos. Prats de Molló se convirtió en puesto fronterizo. Una subversión social conocida como la “revuelta de los Angelets de la Terra” se transformó en un levantamiento antifrancés que convenció a Luis XIV de la necesidad de construir un fuerte en la plaza. Así se levantó el Fort Lagarde bajo el mando del mariscal Sébastien Vauban junto a las ruinas del Castillo de Parella (siglo XII), perteneciente a los Condes de Besalú y destruido por Luis XIV. El fuerte preside todo el valle y tiene un acceso subterráneo que puede ser visitado.

            En Prats de Molló hay otros rincones dignos de ser visitados como la Plaza Josep de la Trinxeira, donde se encuentra el ayuntamiento construido en el siglo XVII; la Plaza de Armas, el Puente de la Guillema, la Plaza del Rey, la Puerta del Verger o la Puerta de la Fábrica, que servía de acceso vigilado a la fortaleza. El turismo se ha convertido en prácticamente la única actividad económica de la zona. Las aguas termales localizadas en La Preste (localidad que conforma el municipio Prats de Molló-La Preste), han dado impulso a un nuevo visitante atraído no sólo por la historia y los paisajes sino también por las bondades del balneario. En cualquier caso las aguas de la Preste se vienen aprovechando desde hace siglos. El poeta catalán Jacint Verdaguer visitó La Preste en los veranos de 1879 y 1880 para iniciar sus ascensiones al Canigó que culminarían en la composición de la epopeya homónima en 1886, cumbre de la literatura catalana del XIX. Su acopio de leyendas sobre el valle es inagotable.

            El entorno de Prats de Molló es majestuoso. En la vertiente occidental se eleva el pico Costabona (2.464 m), en la septentrional el Puig de Tres Vents (2.731 m) y un poco más lejos el Canigó (2.784 m). Desde hace algún tiempo existe la Reserva Natural de Prats de Molló, una figura protectora que afecta a más de 11 kilómetros de su término municipal desde la zona alpina del Prat de Guillem. La riqueza de sus ecosistemas  y la variedad de especies justifican este esfuerzo conservador. En este ámbito se pueden encontrar grandes superficies de hayedos y abetos, especies animales como el rebeco, el urogallo, la perdiz nival o el desmán; y un nutrido catálogo de flores y plantas subalpinas.

En el cercano Sant Llorenç de Cerdans comenzó en el año 1661 la revuelta popular de “Los Angelets” en contra de la reinstauración del impuesto sobre la sal promulgado por Luis XIV. El creciente malestar contra el poder francés de unas tierras que fueron catalanas hasta el Tratado de los Pirineos (1659), culminó en 1793 con la Guerra de la Convención o la Guerra del Rousillón, que se concentró fundamentalmente en esta zona del Pirineo. Tropas españolas dirigidas por el General Ricardos intentaron invadir el antiguo territorio español por Sant Llorenç de Cerdans. Durante unos meses reconquistaron algunas de las plazas francesas pero finalmente tuvieron que desistir ante el ímpetu de la respuesta francesa. La firma de la Paz de Basilea en 1795 acabó con el conflicto. También por este paso y por el del Coll d’Ares planeó invadir Catalunya en 1926 Francesc Macià y la dirección del Estat Català para proclamar su independencia, en lo que se conoció como el fallido “Complot de Prats de Molló”.

Las Devotas

Publicado: 04/05/2009 17:32 por juangavasa en Pirineo
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El Sobrarbe es una de las comarcas más extensas de Aragón y la que posee mayor longitud de línea fronteriza de todo el Pirineo. Es, por lo tanto, una zona estrechamente vinculada al norte tanto en lo geográfico como en lo histórico. Sus relaciones con los vecinos de la otra vertiente se manifestaron desde tiempos remotos. Se sabe que el acuerdo entre el Valle de Broto y el de Bareges firmado en 1390 para el uso compartido de los pastos es el más antiguo de todos los que todavía permanecen vigentes en la cordillera. Esta anécdota, que podría parecer irrelevante, sirve para poner en contexto al viajero. Estamos en una comarca que llegó a ser estado independiente en el siglo X, pisamos un suelo del que brota la historia a borbotones al levantar cada piedra, al abrir la puerta de cada iglesia o ermita que se desparrama por su vasto territorio.

 

Bielsa, que siempre miró hacia al norte hasta bien entrado el siglo XX por obviedad orográfica, es el paradigma de una singularidad  social y económica que se mantiene pese a la evidente mejora de las comunicaciones. Como se sabe, las carreteras trajeron progreso y acabaron con el aislamiento secular, pero hay un elemento psicológico agarrado al ADN de su sociedad que ya es imposible desprender. Ni siquiera el turismo, que emerge con fuerza en esta zona, ha logrado que sus habitantes tengan la sensación de pertenecer a un territorio de Aragón que en realidad no está en ninguna parte, porque las montañas que le circundan son grandes escudos protectores. Esta misma sensación no es ajena a otras comarcas del Pirineo.

 

El camino de Bielsa al sur ya no es una aventura imposible. Lo fue hasta no hace mucho tiempo. En 1914 “La Ibérica” construyó la central hidroeléctrica en Lafortunada y cinco años después inauguró la carretera hasta Bielsa, salvando el peligroso paso de Las Devotas. La hidroeléctrica abrió esta vía para facilitar la actividad de sus trabajadores pero indirectamente trasladó a los belsetanos al siglo XX. Esta carretera fue de propiedad privada hasta los años 50. Las Devotas explica gráficamente el secular aislamiento de Bielsa y su inevitable tendencia histórica a relacionarse con sus vecinos del Valle de Aure. Franz Schrader escribió en 1878 su experiencia en este punto maldito: “¿Por dónde pasar? La cornisa en la que se apoyaba el camino desciende hacia el río, llega hasta la orilla y desaparece… aquí acaba el mundo”. Pocos años después el incansable viajero francés Lucien Briet también cruzó este estrecho y se quedó prendado por su endiablada belleza.

           

El paso, superado ahora por un túnel, está flanqueado por el Mataire y Punta Lierga por la izquierda, y por la collada de Tella por la derecha. Sus paredes verticales y el estruendo del agua del río Cinca instalan fácilmente esta angostura en el mundo de las supersticiones y las creencias populares. La teoría más extendida relaciona el nombre de Las Devotas con el hecho de que las mujeres se persignaran antes de aventurarse a cruzar el estrecho. La verdad es que cualquier leyenda tiene cabida en este punto mágico entre Bielsa y Ainsa. Su final por el sur coincide con las primeras casas de Lafortunada, un lugar que hasta principios del siglo XX no fue más que un conjunto de dos fondas que se conocían con el expresivo nombre de “La Infortunada”. El dueño de una de las posadas insistió en cambiar la denominación para borrar sus connotaciones negativas. Este hecho es constatado por el propio Briet cuando pasa por Lafortunada el 18 de agosto de 1903. Russel creyó que era un error toponímico de los mapas, pero se equivocaba.

 

La antigua parada para las caballerías es ahora un pequeño núcleo de población cuya fisonomía está determinada por la intervención urbanística realizada por la hidroeléctrica para alojar a sus trabajadores. El resultado deja mucho que desear. Al otro lado del Cinca, elevado sobre la Peña Solana y con el Cotiella vigilante, se encuentra el pequeño pueblo de Badaín, en el que destaca su iglesia desacralizada del siglo XII con una imponente torre que probablemente también tuvo funciones defensivas. En la margen izquierda del río Cinca se aprecian las grandes tuberías que transportan el agua a las turbinas de la central hidroeléctrica. De nuevo las historias pretéritas asaltan nuestro pensamiento: en 1949 estas tuberías fueron voladas por una partida de maquis que había cruzado la frontera. El sabotaje afectó al suministro eléctrico de Aragón, Navarra y parte del País Vasco. Fue la última acción de los guerrilleros en esta zona del Alto Aragón.

 

El agua, como ocurre en el vecino valle de Aure, ha sido y es uno de los catalizadores fundamentales del desarrollo socioeconómico de la comarca en el último siglo. Desde que la Sociedad Hidroeléctrica Ibérica fijara sus ambiciones en este rincón del Pirineo en 1918, se construyeron 15 presas, azudes y pequeños embalses interconectados mediante conducciones que llevan agua hasta 7 centrales. El conjunto representó en aquella época la segunda mayor central hidroeléctrica de Europa. Luego llegaría más al sur la construcción de grandes pantanos que provocarían un éxodo masivo a la ciudad. Sobrarbe empezó el siglo XX con 19.000 habitantes y lo acabó con apenas 7.000. No hay otro territorio en todo el estado español con una despoblación de semejantes proporciones.

Pirineo desconocido (I)

Publicado: 24/04/2009 08:59 por juangavasa en Pirineo
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Este viaje por algunos de los pueblos menos conocidos y más bellos del Pirineo aragonés comienza en su vertiente más occidental, en un territorio en el que las montañas todavía no alcanzan la categoría de grandes cumbres y los paisajes son acariciados levemente por el clima atlántico. Biniés es la puerta de entrada a los valles occidentales de la comarca de la Jacetania, especialmente a Ansó y Fago. También es una de las postales más reconocibles de esta zona. Su castillo-palacio del siglo XI domina toda la panorámica del pueblo y a uno le hace pensar que no fue construido por casualidad en este lugar.

Alguien decidió que aquí, construido en un promontorio sobre las aguas del río Veral, el edificio reforzaría su condición de fortaleza y competiría en grandiosidad con el entorno. Biniés da nombre también a una de las foces más hermosas y espectaculares del Pirineo central. Durante siglos fue uno de los escasos pasos naturales hacia el valle de Ansó y actualmente es un destino turístico obligado. Biniés no es un pueblo pirenaico en el sentido geológico del término. Se despereza entre las grandes llanuras cerealistas de la Canal de Berdún y los primeros indicios de la cordillera, pero su historia lo vincula directamente con los pueblos del inminente Pirineo.

En cierta medida, su castillo-palacio le otorgó la condición de puerta natural de acceso a las cumbres y hoy en día es una especie de salvoconducto turístico. El renombrado edificio fue asolado por un incendio en 1928 y restaurado completamente en 1998. Hoy, más que una antigua fortaleza parece el capricho de algún multimillonario desconocido. Enfrente se alza la iglesia parroquial de San Salvador, un singular ejemplo de barroco popular en una tierra donde se prodigó con especial intensidad el arte románico.

            La foz de Biniés puede ser una excelente alternativa para llegar a Urdués a través del valle de Ansó primero, y después del de Echo, a cuyo término municipal pertenece. Urdués no suele estar en las guías de viajes, su nombre se esconde ensombrecido por el esplendor de Echo y la magnificencia de los valles cercanos. Bien visto ésta puede ser una de las razones del aspecto casi inmaculado de su pequeño casco urbano, recogido bajo el pico de La Cuta (2.147 m.). El barranco de Romasiete, que se precipita directamente desde la cumbre del pico, marca la divisoria entre el pequeño núcleo de casas y el arrabal levantado junto a la iglesia de San Martin (s. XII).

            La pureza de los paisajes y el silencio rompe con todos los tópicos del Pirineo masificado. Da la impresión de que nada ha sido alterado en siglos. El conjunto urbano mantiene algunas constantes muy reconocibles en toda la arquitectura del valle. Los característicos tejados de dos y cuatro aguas rematan unas casas generalmente individuales que quedan separadas por un estrecho callejón que en esta zona le llaman “gallizo”. La piedra cara vista contrasta con algunas fachadas encaladas en las que se pueden ver bellos ejemplos de chimeneas troncocónicas y cuadradas. Casa Mingué, Casa Arrigaz o Casa Cabalero son referencias indispensables en un recorrido por el pueblo. La iglesia de San Martín es de origen románico pero las sucesivas intervenciones transformaron por completo su aspecto original. Su llamativa torre, sobredimensionada respecto a la planta, fue levantada en el siglo XVII.

La ruta nos marca un itinerario imaginario de Oeste a Este por los pueblos de la Jacetania y Alto Gállego. Paralelo a Urdués está el valle de Jasa y Aragüés del Puerto y después el de Aísa. Estamos ante uno de los valles menos humanizados del Pirineo aragonés. Surcado por el río Estarrún y presidido por el imponente Aspe y la Llana de la Garganta y Del Bozo, la historia del pueblo es la crónica mil veces repetida de una lucha épica por superar las dificultades de la vida en el Pirineo. Pero esa historia también habla de una tenacidad épica por defender la tierra y sostener el pueblo ante los empentones del progreso y el éxodo rural.

Aísa (1.045 m), ha logrado salir airoso de todas esas plagas del siglo XX y hoy en día luce un formidable aspecto. Buena parte de sus casas han sido sometidas a concienzudas rehabilitaciones que han realzado el conjunto urbano. No pasa desapercibida cierta abundancia en el pueblo, una contenida alegría económica que se ha traducido en pequeñas obras y restauraciones que han dejado calles perfectamente empedradas y plazas de impecable factura. No hay que olvidar que la estación de esquí de Candanchú pertenece al término municipal de Aisa y ello tiene que influir en la cuenta de resultados de su ayuntamiento.

            En el pueblo cuentan historias de muchos vecinos que tuvieron que irse hace décadas a Jaca o Huesca en busca de prosperidad y ahora han regresado. Lo dicen con orgullo y cierta complacencia. Muchos vuelven sólo el fin de semana pero unos y otros han cumplido un pacto no escrito para preservar la esencia del pueblo y contribuir a su mejora. En la plaza Ramón y Cajal o en las calles Alta y Baja se pueden apreciar interesantes ejemplos de arquitectura tradicional en los que destacan los laboriosos trabajos de forja de los balcones o algunas chimeneas de cierta entidad.

Luego está la austera iglesia de La Asunción, un templo del siglo XVIII construido sobre otro anterior del que tan sólo se conservan un contrafuerte adosado al muro sur. El término municipal de Aisa está conformado también por los núcleos de Esposa y Sinués, en donde se mantiene uno de los dances más originales del todo el Pirineo aragonés. En todo el valle todavía se conservan los modelos tradicionales de economía agro-ganadera.

Siempre se habla de los valles de Aísa y Borau como una misma unidad. Son vecinos pero históricamente independientes, y eso lo subrayan cada vez que pueden los habitantes de Borau. Y es que el pueblo llegó a tener hasta mediados del pasado siglo médico, notario y escuelas, lo que en resumen significaba poder económico y relevancia social. Nada queda ya de ese pasado de esplendor salvo lo esencial: un casco urbano primorosamente conservado y algunos ejemplos de arquitectura tradicional realmente espléndidos.

Borau está arremolinado en torno al Lubierre, un modesto riachuelo que en el estío se seca y el resto del año apenas es capaz de transportar un exiguo caudal. Su proverbial aislamiento modeló un hermoso caserío que crece escalonado en un anfiteatro sobre la ribera izquierda del río. En Borau no se ha abusado de la arquitectura tradicional rediseñada en los últimos años en los despachos de arquitectos. Es decir; la ortodoxia de las fachadas de piedra cara vista apenas es visible y sí, por el contrario, una mezcla de estilos en los que se impone la pared encalada como era costumbre en el Pirineo hasta no hace mucho tiempo.  

Borau ha quedado al margen de la fiebre constructora que ha sufrido el Pirineo en las últimas décadas. Apenas hay edificios de nueva planta y los que se han construido han respetado escrupulosamente los elementos de la arquitectura tradicional del valle. Algunas chimeneas troncocónicas de sobria factura aportan nuevos elementos al rico catálogo de detalles y ornamentos que lucen sus casas, todas grandes y aparentes.

            A la entrada del pueblo se erige la más sorprendente de todas: es la vieja escuela del pueblo inaugurada en 1929, diferente a todas las del entorno. Su torre rematada con un llamativo reloj no se encuentra en el resto del Pirineo. Ahora que ya no hay niños (en el pueblo apenas viven 30 personas), las viejas aulas se han transformado en restaurante y salón social. Detrás del edificio se levanta uno de los frontones más lustrosos de la comarca. En lo alto del pueblo domina buena parte del valle la iglesia de Santa Eulalia, un sobrio edificio de grandes proporciones levantado en el siglo XVI. Su lamentable estado de conservación obliga a mantenerlo cerrado mientras alguna administración se decide a intervenir para evitar su ruina. En la plaza central hay una pequeña ermita abierta al culto. Allí está también la vieja “Casa Cipriano”, hoy felizmente restaurada, que muestra en su fachada una característica ventana geminada. A escasos kilómetros del pueblo se encuentra el antiguo monasterio de Sasabe (siglo XI), una de las piezas más relevantes del primer románico aragonés.

Hay un pueblo en la comarca de la Jacetania desconocido y sorprendente. Se trata de Botaya, un núcleo de larga historia escondido en una recóndita hondonada en las estribaciones meridionales de la sierra de San Juan de la Peña. Hasta hace una década coqueteaba peligrosamente con el umbral del abandono pero en los últimos años ha visto cómo se reabrían algunas de sus casas y se instalaban jóvenes familias de aspecto neorrural. Botaya ha recuperado la vida y con ella se ha desprendido de cierto anonimato que encubría uno de los cascos urbanos más bellos e impresionantes de la comarca jacetana. Muchos consideran que es el pueblo mejor conservado de la zona y probablemente no les falte razón. Todas las recientes rehabilitaciones se han realizado con un primoroso respeto, utilizando materiales tradicionales como la losa en los tejados y la madera en los vanos. El resultado es un caserío de extraordinaria armonía en el que no hay elementos distorsionadores. Pocos casos pueden encontrarse en el Pirineo aragonés con esa pureza formal.

            Las robustas casas de Botaya transmiten también la idea de un pasado de cierto esplendor bajo la influencia del monasterio de San Juan. Son edificios poderosos y soberbios como Casa el Herrero y Casa Francha, ambas del siglo XVI, ubicadas en la plaza del pueblo. Este rincón es el salón de la localidad y también el centro neurálgico que distribuye el resto del caserío. La otra pieza arquitectónica que establece la referencia visual es la iglesia de San Esteban, un templo de origen románico aunque profundamente alterado en el siglo XVII. En su portada destaca el valioso tímpano con imágenes de Cristo, los apóstoles y un crismón trinitario. Cuentan en el pueblo que el deteriorado estado de conservación de las figuras de los apóstoles se debe a la costumbre de los más pequeños de probar su puntería con las cabezas de los santos.

En la línea divisoria entre las comarcas de Jacetania y Alto Gállego está Acumuer, el único pueblo habitado del valle que atraviesa el río Aurín. Es un corredor natural agreste, de pronunciadas laderas forradas por frondosos bosques de pinos, abetos y hayas. Al final de ese valle se eleva Acumuer sobre un magnífico promontorio que le concede unas vistas privilegiadas. Detrás se insinúa el pico Collarada y la Collaradeta, geográficamente pertenecientes al valle de Canfranc pero con gran ascendente sobre Acumuer.

El pueblo sobrevive con escasa población y un núcleo urbano que conserva dignamente algunos de sus valores arquitectónicos más preciados. Casa Piedrafita con su fachada blasonada o los ornamentos de Casa Bordetas llaman la atención de inmediato por su belleza en medio de cierta austeridad. Son interesantes ejemplos de arquitectura señorial pirenaica. También sorprende por lo insólito el exótico jardín japonés de una de las viviendas ubicadas a la entrada del pueblo, propiedad de  Manuel Vinué, un artista de la localidad. El contrapunto lo ponen los bancales yermos de las laderas, herencia nostálgica de los tiempos en los que el pueblo y el valle palpitaban de vida y actividad.

Publicado en el número 68 de la revista El Mundo de los Pirineos

Premio "Villa de Benasque" de registros periodísticos 2009

Pirineos Sur, 18 años

Publicado: 17/04/2009 10:20 por juangavasa en Pirineo
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Pirineos Sur llega este año a su edición número 18 y para celebrar esta mayoría de edad el Festival Internacional de las Culturas va a recorrer las músicas negras del Atlántico, del 9 al 26 de julio, en Lanuza y Sallent de Gállego. África, América y Europa van a ser las principales protagonistas del Festival que llega a sus 18 años estrenando un nuevo emplazamiento en Lanuza, que supondrá una mejora de los servicios y triplicará el espacio actual.

 

Así, este año Pirineos Sur viaja por las dos orillas del Atlántico mostrando las creaciones africanas, americanas y europeas, pero de una manera ordenada. Cada noche tendrá un concepto en sí mismo que intentará explicar parte del término “Atlántico negro”, viajando a través de la rumba, el hip-hop o el soul. De esta manera, Pirineos Sur se adentrará en las lusofonías, en las leyendas de USA, en las cosmopolitas o en “Los otros USA”.

 

Pero como complemento, el Festival Internacional de las Culturas ofrecerá otros conciertos que intentarán explicar las conexiones entre las dos orillas del Atlántico, y teniendo en cuenta, como destacaba el director de Pirineos Sur, “que no siempre la música de origen negro ha de estar interpretada por negros”.

 

El XVIII Pirineos Sur ofrece en total este próximo mes de julio 18 noches temáticas, 9 en Lanuza y otras tantas en Sallent de Gállego, en los que se aglutinarán artistas consagrados, como Pablo Milanés, Omara Portoundo, Maceo Parker, Willie Colom, The Wailers, Marianne Fathfull, Mariza, Taj Mahal, con nuevos valores, como Otros aires, Mestizo All Star o Hip Hop Roots.

 

El Festival se abrirá el 9 de julio con una “Fiesta”, en la que participarán 17 Hippies y Shantel & Bucovina Club Orkestar, y que tendrá un precio especial, de 10 euros por entrada. Asimismo, la clausura de Pirineos Sur tendrá un sabor especial ya que regresan a este escenario Ojos de Brujo, formación que, como ha recordado Luis Calvo, “hizo su primera actuación fuera de Cataluña en este Festival”.

 

Este Pirineos Sur tampoco olvida el programa de cooperación cultural que inició el año pasado, en esa ocasión con Senegal, y este año lo retoma pero mirando hacia Marruecos, con el Boulevard Festival de Casablanca. En este marco habrá dos actuaciones coproducidas por Pirineos Sur y el festival marroquí; “Romper el muro/Passer le mur”, con la participación en Lanuza de Biella Nuei y Los Hijos del Muro, y Habibi/Amado. En el proyecto participa también en la dirección Producciones Viridiana para el escenario de Sallent de Gállego. La cooperación con Senegal, sin embargo, se mantiene con una actuación coproducida por Pirineos Sur y el Festival Banlieue Rythme de Dakar, Good Root Vibrations.

L'Estanguet

Publicado: 30/03/2009 12:44 por juangavasa en Pirineo
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El sábado se cumplieron 39 años de la rotura del puente de L’Estanguet en el valle del Aspe. Aquel turbio suceso fue el acta de defunción del Canfranc. Desde entonces la reivindicación de su reapertura forma parte de los anhelos de los aragoneses; se ha instalado en el imaginario colectivo con una mezcla de frustración y melancolía. Aquel accidente tardó varios días en darse a conocer por la prensa franquista. Entonces se habló de un cierre temporal pero ahora se sabe que los funcionarios franceses comenzaron  a desmontar sus instalaciones poco después del incidente. Nunca se podrá demostrar pero la hipótesis invita a todo tipo de intrigas: los franceses provocaron el accidente porque no tenían el menor interés en mantener una lína férrea deficitaria y obsoleta. El tiempo ha confirmado las peores sospechas.

Hoy no quiero escribir del Canfranc con el trazo habitual. No me apetece volver a lamerme las heridas con una historia que es un eterno buclé. Me apetece recordar aquel 18 de julio de 1928, el día en que se inauguró la línea. Probablemente fue el único día feliz que tuvo el Canfranc. Las crónicas de la época destilaban optimismo y clarividencia; se acababa para siempre el secular aislamiento de la región. Por fín éramos Europa. Ocho años después una pandilla de militares nos devolvió a los corrales.

“La paciencia es un arma que consigue grandes victorias”. El aforismo era publicado por el diario zaragozano “La voz de Aragón” junto a su cabecera el 19 de julio de 1928, al día siguiente de la inauguración del Canfranc. La acertada cita resumía setenta y cinco años de lucha e ilustraba el estado de excitación colectiva que había provocado en Aragón la apertura del tráfico internacional. Porque sólo la proverbial paciencia, versión edulcorada de la arquetípica tozudez aragonesa, había hecho posible la jornada del 18 de julio de 1928, probablemente el único día en la historia del Canfranc en el que nadie dudó de la impresionante aventura que se acababa de acometer.

            Todos los periódicos españoles abrieron sus ediciones con la inauguración del ferrocarril, lo que evidenciaba el enorme interés político de la obra y las extraordinarias expectativas que había generado. Nadie faltó a la histórica cita, nadie quiso perderse los grandes fastos a los que acudieron las máximas representaciones políticas de los dos países; el rey de España Alfonso XIII y el presidente de la República Francesa, Gaston Doumergue. Por debajo de ellos, una interminable nómina de políticos, empresarios, militares, periodistas, curas y personalidades que alcanzó los 275 invitados.

            Aquel 18 de julio de 1928 era miércoles y hacía calor. Los asistentes tenían que vestir chaqué o uniforme y respetar un riguroso protocolo que se complicaba con la masiva presencia de las fuerzas del orden. Pocas semanas antes había sido abortado un intento de insurrección anarquista en Madrid programado para el día de la inauguración del Canfranc, y aunque los elementos sediciosos estaban controlados, a esas alturas la desacreditada monarquía de Alfonso XIII ya no se fiaba ni de su sombra. “El entusiasmo se sobrepuso discretamente a la etiqueta” firmó al día siguiente en “El Noticiero” el enviado especial Fernando Castán Palomar. La estación fue literalmente tomada por centenares de soldados, guardia civiles y carabineros, que anularon cualquier atisbo de celebración popular.

            Pero nada impidió que la jornada fuera descrita con el verbo vigoroso de la prensa de la época. El “Heraldo de Aragón” publicaba un comprometido editorial en el que reconocía que “la cultura francesa nos traerá la inquietud de sus preocupaciones progresivas; tal vez una adaptación conveniente al espíritu de los tiempos”, y aventuraba que Zaragoza se convertiría con la nueva comunicación en “emporio de riquezas materiales y morales que hagan de ella la máxima metrópoli interior”.

            Algo parecido había dejado escrito para un discurso que nunca llegó a leer por enfermedad el deán Florencio Jardiel, presidente de la Comisión Gestora del Canfranc. “Zaragoza tiene que ser un centro comercial quizá el más importante de la Península, pero para ello el Canfranc tiene que tocar el Mediterráneo” afirmaba. Alberto Porras escribía en “La Voz de Aragón” que “las regiones de uno y otro lado del Pirineo no tienen grandes cosas que cambiarse entre sí, pero es indudable que la calidad de comunicación empezará fomentando el turismo y ya se sabe que detrás del viajero va siempre la mercancía”. Juan Lacasa era algo más críptico cuando razonaba que la línea la usarían “numerosos turistas y por lo corta y económica, peregrinaciones al Pilar y Lourdes”.

            Sesudas reflexiones y análisis de tráficos futuros se reprodujeron en toda la prensa aragonesa durante el mes de julio. La mayoría de los autores rememoraban la gran gesta colectiva desde el lejano 1853, y todos evocaban las glorias pasadas de la región para ubicar en la misma dimensión histórica la inauguración del ferrocarril. Sancho Ramírez, Agustina de Aragón y el Conde de Aranda eran ahora el ingeniero Gil Berges, el dean Florencio Jardiel o el ministro Albareda, firmante de la Ley del Canfranc en 1882. La vieja Corona de Aragón renacía dos siglos después para expandirse por el norte.

            Y precisamente del otro lado de los Pirineos llegó ese 18 de julio a las once y diez de la mañana un tren en el que venían 125 invitados franceses, junto con fotógrafos y periodistas de todo el país. Era la avanzadilla de la máquina oficial en la que viajaba el presidente de la República y su séquito. La Banda de Ibiza entonó La Marsellesa cuando arribó en Canfranc quince minutos más tarde.

            Para entonces ya llevaba media hora en la estación Alfonso XIII. Había llegado en un tren de la Compañía del Norte conducido por el Duque de Zaragoza. Cuentan las crónicas que el rey fue vitoreado por todos los pueblos que atravesó y que incluso en Jaca se le insistió reiteradamente para que prolongara su presencia. “El rey, sonriente, trataba de disuadirles de ello, haciéndoles ver que era preciso ir a los Arañones”, narraba el redactor de “El Noticiero”.

            En Jaca el día anterior la ciudad ya se había vestido de fiesta. “Alegría desbordante en todos los pechos. El pueblo, engalanado. Afluencia inusitada de forasteros. Los del campo invadiendo la ciudad con sus mejores galas. Caravanas de automóviles de todas partes y de todas direcciones. Abarrotados hoteles, fondas y hospedajes, los visitantes asaltan las casas particulares, cuyos moradores las ofrecen gustosamente. Los últimos trenes de la noche nos traen visitantes de la Villa y Corte. La prensa madrileña envía una brillante representación  de redactores literarios y gráficos. El tránsito por las calles no cesó en toda la noche...”. Eso era Jaca la víspera de la inauguración del Canfranc.

            “Hay en las cumbres inmediatas muchas gentes que esperan ver desde aquellas atalayas la llegada del tren real. Fuerzas de los regimientos de Palma, de Ibiza y de La Montaña forman ante la explanada de la estación... la mañana es espléndida. Acaso calurosa en exceso”. Así describía el periodista Fernando Castán el ambiente en Canfranc cuando Alfonso XIII puso pie en el anden de la estación. Con los sones de la Marcha Real el monarca saludó a todos los asistentes y se introdujo en el vestíbulo acondicionado para la ocasión mientras llegaba el tren francés.

            A la llegada de Doumergue comenzó una liturgia de marcado tono castrense. Revista de tropas, desfiles y marchas militares sazonaron un programa en el que se habían cuidado todos los detalles. Las dos locomotoras portaban las banderas española y francesa, las alfombras rojas cubrían el anden y los símbolos de los países y las regiones limítrofes se sucedían por todo el recinto. Contaba hace varios años el canfranqués Julio Ara, testigo de excepción de aquella mañana, que al acabar el desfile los dos jefes de estado se volvieron hacia atrás, observaron la estación, se miraron y sonrieron.

El protocolo de aquella mañana fue un verdadero juego de equilibrios políticos y territoriales para no herir susceptibilidades. Alfonso XIII era muy consciente de que los aragoneses se sentían los únicos responsables del éxito de la empresa que se inauguraba.

Por eso el despacho en el que se reunieron durante unos minutos los dos jefes de estado estaba presidido por los escudos de Zaragoza, Huesca, Canfranc y España.

En los almacenes transformados por unas horas en el inmenso comedor hispano francés se reconocía un enorme retrato de Alfonso XIII custodiado por los escudos de Aragón y Huesca. En el panel opuesto; los de Francia y España, y los de todas las provincias. A las doce y media comenzó el almuerzo al que habían sido invitados 275 comensales. La casa Lhardy de Madrid había sido la encargada de servir el banquete y la Compañía del Norte la responsable de maquillar ese almacén con tapices, alfombras, guirnaldas, gallardetes, lienzos, mesas, sillones y toda suerte de elementos decorativos. Las mesas se colocaron en forma de U y se sirvió un menú salpicado de exquisiteces españolas. El champagne Möet Chandon es el único guiño a los invitados franceses.

 En el turno de discursos Alfonso XIII glosa las excelencias del ferrocarril internacional en un texto que los analistas de la época sin duda leyeron entrelíneas. “Francia, republicana, y España, monárquica, constitucional y parlamentaria la primera, en suspensión de estos principios la segunda, que busca afanosa las modalidades para reestablecerlos purgados de errores y defectos que una larga experiencia puso de relieve entre nosotros”. Ninguno de los periodistas acreditados fue capaz de describir el rostro del general Primo de Rivera al escuchar estas palabras.

Doumergue también tuvo momentos de calculada intriga en un discurso que recordaba la actualidad del conflicto con Marruecos y los intereses compartidos. Sobre todo cuando aseguró que el futuro económico del Canfranc era optimista “a pesar de las dificultades que puede suscitar a veces la oposición de intereses y en las que debe procurarse siempre hacer triunfar la equidad”. Quizá el presidente francés ya estaba advirtiendo de la nefasta política empresarial que la Compañía del Norte iba a ejercer sobre el ferrocarril aragonés en beneficio de Irún y Port Bou, también de su propiedad.

Tras el almuerzo toda la comitiva cruzó el túnel de Somport y se dirigió a las Forges D’Abel, donde se reprodujeron los mismos actos y un nuevo almuerzo, en esta ocasión con horario español. Al acabar, los jefes de estado se despidieron y Alfonso XIII partió en coche hacia San Sebastián con escala en el Balneario de Tiermas. Para la pequeña historia del Canfranc quedó el nombre del periodista madrileño Emilio Herrero, primer viajero que facturó se equipaje en la aduana de Canfranc.

Primo de Rivera se fue hacia Jaca, donde presidió horas después un acto del Somatén y un nuevo lunch en el Hotel Mur. Aquella tarde la ciudad pirenaica estaba engalanada y era una fiesta. En Zaragoza la Gran Vía se iluminó por la noche con una colección de fuegos artificiales que celebraba el final de los Pirineos.

 

Aludes

Publicado: 19/03/2009 20:21 por juangavasa en Pirineo
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En febrero de 1915 un gran alud de nieve arrasó el Balneario de Panticosa. El fotógrafo jaqués Francisco De las Heras llegó al lugar a las pocas horas e inmortalizó las devastadoras consecuencias de la avalancha. La nieve destruyó el Hotel de la Pradera y causó graves daños en el Continental y en el Casino, que había sido construido apenas diez años antes. Las imágenes son impresionantes: todas las estancias del Continental quedaron sepultadas bajo la nieve y perdieron su reconocible fisonomía. En una de esas fotos los compañeros de De las Heras en aquel viaje posan encima de la nieve y se les puede ver a la misma altura que las lámparas que todavía cuelgan del techo. Dos años después se produjo otra gran avalancha procedente de Brazato que arrasó la Casa de la Laguna y parte de la Casa Balneario.

            A finales del siglo XIX y principios del XX el Balneario de Panticosa vivió sus momentos de máximo esplendor coincidiendo con la irrupción de la moda del turismo agüista entre la realeza, la nobleza, los políticos y las clases más pudientes del país. En 1864 se construyó la carretera que salvaba el difícil acceso al centro termal. Pese a todo, quienes querían acceder hasta sus aguas tenían que pasar verdaderas penalidades y sufrir los rigores de la nieve. Hasta bien entrada la primavera era normal que el coche de línea que unía Sabiñánigo con el Balneario se viera obligado a parar a la altura de Escalar, punto crítico por la frecuencia y virulencia de los aludes.

En 1893 el tren llegó hasta el apeadero de Sabiñánigo en su camino a Canfranc. De hecho, se decidió construir esta parada (origen de la localidad serrablesa), para facilitar el transporte a las cientos de personas que cada año accedían a Panticosa. Militares como Prim, Martinez Campos o Rosales; políticos de la talla de Cánovas y Sagasta o el propio Alfonso XIII visitaron en algún momento el Balneario. En el siglo XX comenzó una lenta decadencia y diversos cambios de propiedad que no mejoraron su actividad. En los últimos cinco años un grupo inmobiliario ha invertido miles de millones con la intención de recuperar aquel viejo esplendor.

Nada es sencillo en la montaña y menos aún cuando se actúa con tanta soberbia e ignorancia. Este invierno el Balneario ha quedado aislado en tres ocasiones como consecuencia de las grandes nevadas que se han registrado en la cordillera. Las viseras y antialudes construidas hace algunos años se mostraron insuficientes para detener la furia de la naturaleza. Los nuevos dueños del Balneario han descubierto desconcertados la realidad del Pirineo y la crueldad de los hechos: el dinero no calma el ímpetu de la montaña.

Ahora se preguntarán cómo evitar nuevos aludes, cómo gobernar el monte para que no arruine el negocio. Harán números para calcular el alcance de una nueva inversión que mitigue futuros desastres. Le consultarán al Gobierno sobre el interés público de la cosa y acabaremos pagando todos las veleidades mesiánicas de constructores despechados. En el Pirineo se cuenta una anécdota: en una campaña electoral hace muchos muchos años llegó un político de la capital a un pueblo y reunió a todos los paisanos. Les vendió esto y aquello y les prometió que les haría un puente si le votaban. Los del pueblo le respondieron: “pero si no tenemos río”. No os preocupéis –dijo muy serio el político-, que también os haré el río”. Cada vez que veo algunas obras en este Pirineo nuestro me acuerdo del cacique que prometía el río. Ahora son estaciones de cuarta generación, campos de golf, parques temáticos y desarrollo sostenible. Lo único que no cambia es la desfachatez.

Pirineos, tristes montes

Publicado: 02/03/2009 18:26 por juangavasa en Pirineo
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Maestras perdidas en pueblos perdidos, andanzas de solterones empedernidos, evocaciones de ancianos sabios, viejos recuerdos de la guerra e historias alimentadas al calor del fuego de una chimenea. “Pirineos, tristes montes” es la crónica escéptica de unas montañas envueltas por la bruma de la melancolía. Severino Pallaruelo; profesor, historiador, escritor, viajero y, fundamentalmente, profundo conocedor de la cordillera, escribió hace casi veinte años este conjunto de relatos breves que nacen en lo más hondo de su sentimiento. Algunas de esas historias son tan tristes y desoladoras que el intencionado título se queda corto.

El libro, que vio la luz de forma discreta, sin hacer ruido, fue creciendo poco a poco gracias al boca a boca; la campaña de publicidad más solvente y eficaz. Desde entonces se ha reeditado en unas cuantas ocasiones y hoy en día es ya un clásico de la literatura pirenaica (la más reciente en Xordica). Su autor, entonces un desconocido profesor de instituto, está considerado en la actualidad uno de los más brillantes historiadores y pensadores de la cultura pirenaica.

            En “Pirineos, tristes montes”, Severino quiso poner orden a las historias que había conocido de niño, a los dramas que había escuchado a media voz en boca de sus padres. Casi todas son verídicas e ilustran el perfil más duro y áspero de la vida en la montaña. Como comenta su autor, las experiencias vitales aquí narradas “exigen  a veces un género literario apartado de la frialdad del ensayo académico. Son historias que, desgraciadamente, han sucedido”.

            Guiado por un pretendido tono escéptico, Severino Pallaruelo compuso un friso de personajes y situaciones que tenían en común la misma desesperanza y la misma frustración. Hombres y mujeres marcados por un destino predecible que percibieron en la montaña pirenaica su cárcel infranqueable. Son historias de un Pirineo que ya no existe, en el que los pueblos no eran rincones hermosos ni las montañas lugares paradisiacos. Eran como escribe Severino, la “separación entre dos mundos, aquí la abundancia, allá la pobreza”.

            El Pirineo que relata Severino Pallaruelo en “Pirineos, tristes montes” se encuentra en la antesala de la gran crisis del mundo rural que en la segunda mitad del pasado siglo prácticamente acabó con la cultura tradicional de la montaña. Todo un sistema social, económico y de valores se vino abajo cuando el masivo éxodo a las ciudades dejó cientos de pueblos abandonados. La provincia de Huesca tiene el triste record de ser junto a la de Soria la más azotada por el drama de la despoblación. Más de 300 pueblos se quedaron sin nadie que habitara sus casas. A las ausencias le siguieron el paulatino deterioro del patrimonio y, en muchos casos, un expolio que extinguió  cientos de siglos de historia.

Collioure

Publicado: 23/02/2009 16:54 por juangavasa en Pirineo
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Collioure establece el límite septentrional de los Pirineos y es ante todo un acogedor pueblo marino que ha sido perfilado por los vientos de la historia. Su privilegiada posición dentro de las rutas comerciales más transitadas fue codiciada por los reinos medievales hasta que en 1659 con el Tratado de los Pirineos se incorporó a Francia dentro del Roselló. El formidable castillo real de Collioure es la muestra palpable de ese pasado. El primer edificio data del lejano año 673. Después se reformó completamente entre 1242 y 1280 y en el siglo XVI experimentó su renovación definitiva para adaptarse a los progresos de la artillería. En 1642 la Guerra dels Segadors convirtió Collioure en gran escenario bélico con el enfrentamiento de las tropas francesas y españolas. La victoria de los primeros aceleró el tratado de paz.

            Los ecos de aquellas batallas sólo se conservan en el flamante castillo y en la toponimia de algunas calles. El resto es sólo historia. Porque Collioure tiene otras muchas cosas que ofrecer: su casco urbano está repleto de pintorescos rincones que recuerdan a los viejos pueblos pesqueros. Las callejuelas se pierden entre comercios de toda la vida y cafeterías que han heredado el poso intelectual que dejaron los pintores fauvistas a principios del siglo XX. Talentos de la talla de Matisse, Dérain o Chagall se sintieron seducidos por la luz clara y límpida de Collioure y pusieron en práctica su interpretación colorista de la realidad. Lugares como el paseo de la fortaleza de los Hasburgo, entre el castillo y el mar, avivaron seguramente su ingenio. Hoy se pueden conocer a través de Le Chemin du Fauvisme los lugares que recorrieron los pintores en sus estancias en Collioure.

            Hay otro nombre vinculado para siempre a la localidad de la Catalunya francesa: el poeta español Antonio Machado. En febrero de 1939, pocos días después de emprender su doloroso exilio, murió “ligero de equipaje” en un hotel de la localidad, a donde había llegado exhausto y muy enfermo. Fue enterrado en el cementerio local. Desde entonces en su tumba nunca faltan las flores de miles de españoles que viajan expresamente hasta Collioure para mostrar su admiración y respeto a uno de los mejores poetas en lengua castellana de la historia. La visita a la tumba de Machado es una parada obligatoria junto con un recorrido pausado por la iglesia de Nostra Senyora dels Angels, ubicada en un extremo de la bahía. La inconfundible cúpula fálica rosácea de su torre es uno de los símbolos indiscutibles de la localidad.

Ayer se cumplieron 70 años de la muerte de Antonio Machado en Colliure.

Bielsa

Publicado: 10/02/2009 17:52 por juangavasa en Pirineo
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En la primavera de 1938 la ruptura del frente del Ebro con el avance de las tropas nacionales hacia el norte dejó aisladas en las estribaciones pirenaicas a la 31ª y 43ª divisiones republicanas. La primera huyó en desbandada y la segunda se hizo fuerte desde el 14 de abril hasta el 15 de junio en la popularmente conocida como Bolsa de Bielsa. 8.000 soldados mantuvieron una heroica defensa de sus posiciones ante el acoso de los 15.000 hombres del ejército franquista y las bombas de la inclemente aviación.  

Al frente de esa defensa se erige Antonio Beltrán, apodado “El Esquinazau”, un personaje con una trayectoria vital digna de ser novelada. Había participado en la trama civil que respaldó a los capitanes Galán y García Hernández en la sublevación republicana de Jaca de diciembre del 31. Antes había estado luchando en México con los zapatistas y en Estados Unidos. Después de la Guerra Civil combatiría en la Segunda Guerra Mundial y se graduaría en la Academia Frunze de la URSS antes de regresar a México para acabar sus días como pastor. Lo dicho; una vida de novela.

            Beltrán ideó un plan magistral para resistir los ataques franquistas. Simularon la rendición entre el 14 y el 15 de mayo y encendieron hogueras para hacer creer al enemigo que se estaban despojando del material bélico.  Al día siguiente, confiados los oficiales franquistas, comenzaron a avanzar a campo abierto y al alcanzar las posiciones republicanas recibieron el ataque sorpresa. La pequeña victoria tuvo una gran resonancia en el bando republicano, necesitado de acciones que levantaran la decaída moral. Incluso el jefe del Gobierno, Juan Negrin, se desplazó hasta Bielsa para insuflar ánimos a los embolsados.

            La respuesta franquista no se hizo esperar. Los bombarderos Heinkel 45 y Savoia 79 escupieron una y otra vez durante varios días su mortal carga, arrasando por completo Bielsa. La 43 organizó una retirada ordenada y ejemplar que tiempo después sería estudiada en las academias militares soviéticas. Los puertos de Lera y Viejo fueron los escenarios de la dramática huida de los belsetanos por unos caminos imposibles por la nieve. Niños, abuelos, mujeres y heridos mostraron la cara más terrible de la guerra. La mayoría de los soldados republicanos volvieron nuevamente a España para seguir combatiendo hasta el final.

Cauterets

Publicado: 06/02/2009 19:28 por juangavasa en Pirineo
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En 1843 la viajera Juliette Drouer había escrito en su diario las impresiones de su primera visita al balneario de Cauterets. En aquellos momentos era uno de los centros termales más populares del Pirineo, punto de reunión de buena parte de la aristocracia europea. Pese a todo, Drouer contaba que los habitantes del valle tenían acceso gratuito y también los pobres que poseían un certificado de indigencia, aunque sólo podían bañarse de dos a cinco de la madrugada. La Revolución había triunfado, pero sólo a medias. Cauterets sigue siendo hoy en día uno de los balnearios más prestigiosos del sur francés. En los últimos años ha incorporado además la estación de esquí, un moderno complejo invernal al que se accede desde el mismo balneario a través de un teleférico que culmina en el circo de Lys. Desde este punto se pueden iniciar innumerables rutas de montaña.

Cauterets desprende lujo decimonónico por sus estrechas calles. Sigue resultando cautivador y señorial, una pequeña suiza instalada en el corazón de los Pirineos con un aroma a Belle Époque y turismo de clase. El arquitecto de Pau, Lucien Cottet, fue el responsable de diseñar a mediados del siglo XIX el crecimiento urbano de Cauterets y le dio un aspecto unitario que recuerda al urbanismo de ciudades como Paris o Burdeos. Victor Hugo estuvo aquí en el verano de 1843 y dejó escrito en su libro “Pirineos” las sensaciones de aquella inolvidable estancia: “el valle es apacible, el escarpamiento es silencioso. El viento calla. De repente en un recodo de la montaña aparece el torrente. Es el ruido de la pelea”.

Los ostentosos hoteles del siglo XIX de estilo neoclásico hablan de un pasado esplendoroso, de unos tiempos en los que todo era posible gracias a las devotas visitas de los aristócratas. Es el caso de la Princesa Galitzine, de origen ruso, que mandó construir en 1840 un maravilloso palacete pero lo acabó vendiendo tras comprobar cómo crecía enfrente y le robaba las vistas el Hotel Inglaterra. Cauterets tiene dos termas; las de Cesar ubicadas en el centro del núcleo urbano, y las de Raillerè, localizadas a dos kilómetros y que se reconocen de inmediato por el inconfundible olor a huevos podridos que desprenden.

En Cauterets está también el Museo 1900, dedicado a explicar la vida del valle en aquella época. También llama la atención por su descontextualización arquitectónica la antigua estación de tren, un edificio de madera de pino labrado que bien podría pertenecer a cualquier poblado del viejo Oeste americano. Se construyó para recibir la línea de ferrocarril  Pierrefitte-Cauterets en 1898 y dejó de tener usos ferroviarios en 1949 tras clausurarse la línea de alta montaña. Hoy es la terminal de autobuses y el Centro Social de Cauterets, mientras que los viejos raíles se han transformado en una Vía Verde de 30 kilómetros que supone un enorme atractivo para los senderistas.

No se puede abandonar el valle de Cauterets sin recrearnos con el Vignemale, la gran montaña del Pirineo francés, el escenario de la legendaria rivalidad entre Ann Lister y el Príncipe de Moskova por coronarla por primera vez en el verano de 1838. La pionera fue la intrépida aventurera británica, pese a las malas artes del noble, que intentó convencer a todos de que él había sido el primero. Al final se descubrió su engaño y Lister pasó a la historia como la primera montañera que ascendió el Vignemale. El Pont d’Espagne, a siete kilómetros de Cauteret, es otra visita obligada, tanto en verano por sus paisajes y senderos como en invierno por su circuito de esquí de fondo. Desde el Pont, confluencia de los ríos Gaube y Marcadau, se puede coger un teleférico que nos llevará hasta el maravilloso lago de Gaube.

Nadie nos dijo

Publicado: 14/11/2008 14:30 por juangavasa en Pirineo
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Nos dijeron que el futuro pasaba por hacer grandes urbanizaciones.

Nos prometieron que sólo el ladrillo podía fijar población.

Nos aseguraron que las grúas nos redimirían.

Nos garantizaron un futuro mejor si mirábamos a otro lado.

Nos convencieron de que el lujo era posible en una tierra forjada en la austeridad.

Nos demostraron que siempre nevaría.

Nos vendieron trabajo para todos.

Nos amonestaron por dudar.

Nos despreciaron por sospechar de las bondades del monocultivo.

Nos ningunearon por cuestionar el gran negocio.

Nos arrinconaron por preguntar.

Nos marcaron por no creer

Nadie nos dijo que no tenían nada previsto si fracasaba todo.

Biescas

Publicado: 20/10/2008 10:02 por juangavasa en Pirineo
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Biescas es uno de los principales centros turísticos del Pirineo aragonés. Su vocación no es nueva. Cuando la nieve no existía como industria, los zaragozanos ya disfrutaban del saludable clima estival y de una ubicación estratégica, entre el valle de Tena y Ordesa. Era el sitio ideal para esas largas vacaciones familiares que acostumbraban los forasteros pudientes.

Pero no lo ha tenido fácil, su historia está salpicada de guerras, invasiones y tragedias que han impregnado en el pueblo cierto espíritu de supervivencia. La tragedia del Camping Las Nieves en 1996, en la que murieron 87 personas como consecuencia de la riada del barranco de Arás, permanece en el recuerdo íntimo de los biesquenses pero no afectó al pueblo ni a su economía, que ha seguido mostrando síntomas de extraordinaria salud.  Hoy vive buenos tiempos y se prepara para embarcarse en importantes proyectos que marcarán decisivamente su futuro. La plaza de Biescas no es como la mayoría de plazas del Pirineo. Es grande, abierta y despejada, sospechosamente expuesta para los fríos invernales que invariablemente azotan la zona cada año. Parece que alguien la concibió pensando sólo en la funcionalidad y se olvidó de que aquí las cosas no son casuales, que todo atiende a un razonamiento construido desde la experiencia. Si las calles son estrechas y los vanos de las casas pequeños es porque son necesarios remedios artificiales para males naturales. Si las fachadas miran a meridión habrá que pensar que buscan combustible gratuito en los rayos del sol.

            Pero hay una explicación. Hubo en un tiempo no muy lejano otra plaza más recoleta y escondida, y casi otro pueblo que sucumbió a los bombardeos de la Guerra Civil. Biescas estuvo en mitad del frente bélico durante casi tres años, primero fue de los fascistas, luego de los republicanos y finalmente volvió a los sublevados en una espiral de autodestrucción que sesgó casi por completo su fisonomía.

            Acabada la contienda, el Servicio de Regiones Devastadas diseñó el nuevo Biescas y pensó en una nueva plaza presidida por el ayuntamiento, con un pequeño recinto ferial enfrente y un gran jardín con fuente en el espacioso centro. También creó el matadero, el Centro de Salud y la Oficina de Turismo, lo que confirma que la trayectoria turística no es un fenómeno actual.

En cierta medida los arquitectos franquistas fueron responsables de un pedazo del pueblo, que casualmente hoy ya forma parte de los rincones más pintorescos. Porque una segunda reconstrucción promovida por el próspero “boom” inmobiliario ha renovado mucho de lo construido aquella época y ha creado nuevas zonas de expansión claramente reconocibles.

             Así se ilustra Biescas, dividida entre el floreciente desarrollo urbano y la ansiedad por no borrar la estela de su pasado. Divida también por el río Gállego, omnipresente en su trama urbana y causante de una fisura transversal solventada con la formación de dos barrios históricos con sus respectivas iglesias, San Pedro y San Salvador, que casi parecen ajenos entre sí. Otro curso fluvial, el del canal de la central hidroeléctrica, marca por el sur un límite físico y parece que también urbanístico, pues según señala el alcalde, Luis Estaún, “éste es el límite razonable para que el pueblo crezca en un futuro”.

            El norte está delimitado por el congosto de Santa Elena, una frontera natural entre la “Tierra de Biescas” (así se le conoce a su zona de influencia desde tiempos inmemoriales), y el valle de Tena. En este estrecho paso aguardaron en 1592 las tropas de Felipe II la llegada de Antonio Pérez, el antiguo secretario personal del monarca, con un ejército de bearneses dispuesto a invadir Aragón. La desigual batalla dejó la peor parte a Biescas, que fue saqueada y destruida. Esta y otras historias del frenético y trascendental siglo XVI están contadas en el Museo que ocupa la emblemática casa de “La Torraza”, formidable ejemplo de la arquitectura de aquel siglo.

También está la ermita en honor de la santa, levantada en fecha desconocida sobre el congosto, y razón de viejos litigios entre tensinos y biesquenses por su ubicación. Según el antropólogo Enrique Satué, estamos en “un lugar singular donde la geografía física, lo precristiano, las rivalidades vecinales, la romanización y la cristianización se anudan vigorosamente”.

            Con las sierras Tendenera y Telera a ambos lados, Biescas se abre al sur hacia una extensa y amplia llanura que marca la frontera entre la depresión media y las sierras interiores. Todo lo que hay dentro de estos márgenes es un territorio definido históricamente que en la actualidad se concentra en torno a su cabecera. El término municipal está además compuesto por los pueblos de Orós Alto, Orós Bajo, Escuer, Oliván, Espierre, Barbenuta, Javierre, Aso, Yosa, Betés, Gavín y Piedrafita. A principios del siglo XX Biescas era la población más importante de todo el valle con 3.500 habitantes, justo el doble de su censo actual. La llegada de las industrias al incipiente Sabiñánigo provocó un severo éxodo interno del que nadie se libró. Biescas se llevó en proporción la peor parte pero todavía conserva un barniz de pueblo grande con una nómina de servicios envidiable y una trama urbana compacta y con hechuras.

“El turismo es algo natural en el pueblo desde hace tiempo –señala Fernando Gracia, director del colegio público- y por eso aquí no se han experimentado cambios tan profundos como en localidades cercanas”. El centro escolar es motivo de orgullo. 108 alumnos repartidos entre infantil, primaria y secundaria le dan una vitalidad a la plaza Mayor propia de cualquier urbe. Cada chillido de los más pequeños es un grito de vida que suena dulce y esperanzador en mitad del Pirineo. Un reciente estudio realizado por la consultora Deloitte indica que Biescas sufre una tendencia demográfica regresiva frente a la pujanza de otros núcleos del valle. Sin embargo, Luis Estaún despliega en su despacho una batería de razones para apostar por el futuro: “Yo creo que empieza a haber una inflexión en la tendencia a huir del pueblo porque los servicios, las comunicaciones y la calidad de vida han mejorado extraordinariamente. Quizá hemos pasado una época de pérdida de identidad pero ahora ocurre todo lo contrario. Nunca había habido tanto asociacionismo y colectivos culturales como ahora”.

El ciclista Fernando Escartín es uno de esos ejemplos. Al finalizar su carrera profesional decidió instalarse en su pueblo y ahora dirige en el cercano Balneario de Panticosa el hotel para deportistas de alto nivel que se está construyendo. Parece que el regreso a sus raíces tras tocar la gloria deportiva ha provocado un efecto de autocomplacencia entres sus paisanos.

Citar a Escartín es tan inevitable como recordar que a los biesquenses se les llama “pelaires”, en relación con el principal oficio del pueblo durante siglos. Máximo Palacios, es el único que todavía se dedica a peinar la lana de los batanes, aunque lo haga como un ejercicio de reivindicación de la memoria local. Fue agricultor, ganadero y trabajador de la hidroeléctrica mientras se formaba de manera autodidacta en el conocimiento de todas las ciencias que pueden explicar la Tierra de Biescas. Lo ha hecho en algunos libros y ahora lo hace a todo aquel que le quiera escuchar. “Hemos perdido el lado emocional. Se cree que el que estudia se va a liberar de trabajar cuando la cultura obliga a más trabajo”, todas sus reflexiones son de peso.

Biescas, como señala Toña Allué, “va a más porque está en un sitio privilegiado. Es posible que nosotros no tengamos mucho pero nuestro entorno es único”.  Quizá allí resida la clave, en la intemporalidad de su oferta y la discreción de su presencia. No ha sido vinculado su desarrollo a ninguna nueva macroestación de esquí pero sigue siendo una apuesta segura, porque siempre estuvo ahí, incluso cuando la nieve sólo era el heraldo del invierno.

 

Recuerdos de una guerra

La Guerra Civil dejó una profunda herida en el pueblo que el tiempo se ha encargado de restañar, aunque los más mayores aseguran que aún tiene que pasar una generación para que el proceso se cumpla. Probablemente sea ésta una de las razones del enorme peso de la política en la vida local. En Biescas desde que llegó la democracia ningún alcalde ha repetido dos legislaturas seguidas y en algunos comicios el número de candidatos en listas ha representado cerca del 8% de la población  censada. No hay otro caso similar en todo Aragón. Este hecho explica también la vitalidad asociativa, que ha dado en los últimos meses un nuevo dinamizador local, la Asociación Cultural “Erata” dedicada a la recuperación del patrimonio, la difusión de la cultura y la conservación de las tradiciones.

 

Artículo publicado en el número 47 de la revista El Mundo de los Pirineos (Septiembre-octubre 2005)

Exilios

Publicado: 18/09/2008 09:45 por juangavasa en Pirineo
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Recientemente atravése el mítico Coll d'Ares, el paso fronterizo que separa el valle de Camprodón en Catalunya de la comarca francesa del Vallespir. Hoy es un hermoso enclave pirenaico que cada año atraviesan por placer miles de senderistas y excursionistas. Pero en medio de tanta belleza no podía borrar de mi mente una de las fotos más terribles del exilio republicano en los últimos días de la Guerra Civil. Con los años se supo que sus protagonistas eran los García, una familia de Monzón; Alicia es la niña mutilada que se apoya en su padre, Mariano; y detrás está el pequeño Amadeo agarrado a la mano de Thomas Coll, un vecino de Prats de Molló. Cuando a los rostros anónimos se les descubren nombres y apellidos y una historia, todo es más duro.

El paso pirenaico del Coll d’Ares es un nombre propio en la terrible historia de la Guerra Civil. Sus connotaciones enfatizan el drama humano de la contienda y lo vinculan inexorablemente con la tragedia de los vencidos en su huida de las garras del fascismo. Por este puerto pasaron durante el mes de febrero de 1939 cerca de 100.000 personas que derivaron en Prats de Molló, la localidad del Vallespir francés que jugó un papel determinante en la acogida de los refugiados.

            En los últimos años varias asociaciones dedicadas a recuperar la memoria del bando republicano han organizado numerosas iniciativas para recordar la dimensión de la tragedia que se vivió en el sendero del Coll d’Ares aquel gélido febrero de 1939. Son nuevamente historias de la frontera, como tantas otras que han servido para descifrar las claves de  la vida en la montaña y la extraña empatía entre las gentes de ambos lados de la cordillera. La bella localidad francesa de Prats de Molló fue por unas horas la última ciudad de la república española. En lo alto del puerto los huidos arrojaron sus vehículos, sus muebles y cientos de objetos inútiles en la nueva patria. Todavía quedan restos de aquel precipitado desguace.

            En el Coll d’Ares el fotógrafo de la revista L’Ilustration, perteneciente a la Agencia Roger Viollet, tomó la foto más famosa del exilio, la de una niña mutilada de una pierna ascendiendo las rampas del puerto con una muleta en una mano y la otra agarrada a la de su padre. Esa desgarradora imagen tiene el mismo valor iconográfico que la de la niña vietnamita huyendo de las bombas de napalm lanzadas por los americanos. Fue en Ares, en mitad de unos paisajes inconmensurables que ahora se han transformado en idílicas rutas para los turistas. Los días claros se puede llegar a ver el mar Mediterráneo al Este y en el norte el Canigó, la mítica montaña de los catalanes. Pero es difícil rehuir del recuerdo.

                El valle de Camprodón fue testigo del derrumbamiento definitivo de la Segunda República. Juan Negrin, el último presidente del gobierno legítimo, estuvo alojado durante algunos días en una de las viviendas del Paseo Maristany de Camprodón antes de cruzar definitivamente la frontera. En La Vajol, en el Alt Empordá, Manuel Azaña y Josep Companys vivieron las últimas horas antes de cruzar la muga. En esta localidad se colocó hace muchos años el único monumento dedicado a los españoles del bando perdedor: una figura en piedra de la niña mutilada y el padre que se arrastraban por las rampas del Coll d’Ares

Viajeros (3)

Publicado: 10/09/2008 23:23 por juangavasa en Pirineo
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El Pirineo está considerado uno de los espacios naturales más valiosos del planeta. Desde tiempos remotos ha atraído el interés de botánicos, geólogos y naturalistas por su extraordinaria riqueza y diversidad. De hecho, los primeros exploradores de la cordillera, los que acuñaron a mediados del siglo XVIII el concepto del “pirineísmo”, fueron científicos y geodestas que participaban de las nuevas ideas de la Europa ilustrada. El conocimiento de la naturaleza era una de sus características.

Muchos de esos hombres de ciencias fueron después los grandes cronistas del Pirineo, fruto de un amor incondicional hacia estas montañas. Pero su interés primigenio tenía que ver con el conocimiento.  Palasser fue pionero en 1774 en el estudio de la geología pirenaica y aportó los primeros datos rigurosos.

Una década después el capitán Vicente de Heredia y el oficial francés Reinhard Junker dirigieron por encargo de las cortes de ambos países el proyecto para trazar el mapa franco-español y poner fin a siglos de litigios. Es posible que Heredia, en su trabajo de medición,  ascendiera antes que  Ramond el Monte Perdido. La cartografía militar fue, por lo tanto, otro vehículo de conocimiento del medio.  

Esa fiebre ilustrada del saber propició aventuras apasionantes por el Pirineo. La más celebrada fue la del botánico suizo Agustin Pyramus de Candolle, que en 1807 recorrió el Pirineo de mar a mar para estudiar sus especies vegetales. Fue una de las primeras aproximaciones científicas al patrimonio natural pirenaico.

La botánica y la ornitología han sido dos de los principales alicientes científicos del Pirineo. A principios del siglo XIX se sucedieron los trabajos de investigación sobre la flora de la cordillera, de gran valor por sus numerosas especies endémicas.  Uno de los más destacados fue el realizado de manera conjunta entre Picot de Lapeyrouse y Ramond sobre las especies que crecían en la alta montaña.

Como en la literatura, la mayoría de los estudiosos procedían de Francia, Alemania e Inglaterra. La anémica Ilustración española apenas dio nombres de prestigio en este campo. Sólo el militar, naturalista e ingeniero oscense Félix de Azara (Barbuñuales 1742-1821) se hizo un hueco en la pléyade de científicos de la época, aunque sus investigaciones más influyentes se realizaron en Paraguay.

Sin formación académica pero con grandes inquietudes ilustradas, se dedicó al estudio de los mamíferos y las aves de la región, aportando interesantes novedades a las investigaciones realizadas hasta entonces. Félix de Azara se anticipó a la teoría de la evolución de las especies que medio siglo después elaboraría Darwin. Al regresar a España en 1801 realizó dos trabajos centrados en el Alto Aragón: “Los olivos de Alquézar y sus aldeas” y “Las Pardinas del Alto Aragón”.

La economía de la montaña pirenaica tuvo durante siglos un carácter autárquico. La “casa”, era la institución sobre la que se vertebraba la sociedad. El individuo era desde niño una unidad de producción que contribuía a la supervivencia de la “casa” y a su desarrollo socioeconómico. La del Pirineo es una historia de sacrificios y renuncias, de dramas silenciosos y una entrega secular a las esclavas tareas del campo y el ganado.

La precariedad económica y la necesidad fueron el combustible de otros viajes: los del éxodo y la migración laboral. Históricamente la trashumancia ha sido uno de los movimientos de población más determinantes en la sociedad pirenaica. No sólo porque condicionaba el calendario de la vida, sino porque contribuía al sostenimiento familiar. La trashumancia fue también la vía de apertura de la economía de montaña hacia las transacciones monetarias en detrimento del tradicional trueque.

La madera, como recurso natural de primer orden, fue también hasta mediado el siglo XX un motor apreciable de la economía de montaña. La explotación forestal  y el transporte de la madera por los ríos formando “navatas” pertenecen a  la antropología pirenaica. También el exilio económico en los meses invernales a las fábricas de alpargatas de Mauleón (en el valle francés de Zuberoa), cuando la incipiente industria manufacturera finisecular ofreció una nueva oportunidad de subsistencia a los pirenaicos.

Ya hemos dicho que la geología fue el origen del interés por el Pirineo. El estudio científico de las montañas y la necesidad de realizar una cartografía rigurosa a efectos de inventario para los dos imperios que compartían la cordillera, promovieron las primeras incursiones foráneas en el siglo XVIII. Muchos siglos antes hasta el geógrafo griego Estrabón había especulado  sobre la orientación de la cordillera en su volumen dedicado a Iberia.

El despertar de la geología como herramienta de conocimiento de la materia pirenaica trajo por extensión un interés por las cavidades de sus montañas, por esos recónditos espacios que pertenecían al oscuro mundo de las creencias ancestrales. La espeleología en la cordillera fue una de las especialidades desarrolladas por el geólogo oscense Lucas Mallada, considerado el padre de la paleontología española. También por el incansable Lucien Briet, que dejó constancia de su interés por el tema en sus campañas por el Alto Aragón. No pasó mucho tiempo hasta que esas cuevas fueron un importante reclamo turístico e incluso un escenario deportivo incomparable, como los cañones de Sierra de Guara. En Villanúa, sus populares grutas fueron abiertas al público en 1926 por iniciativa del Sindicato de Iniciativas y Progreso de Aragón (SIPA).

En la foto Lucien Briet.

Viajeros (2)

Publicado: 08/09/2008 09:39 por juangavasa en Pirineo
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A mediados del siglo XIX el Pirineo se transformó en un espacio para el deleite de las exclusivas élites intelectuales y aristócratas europeas. La irrupción de las corrientes románticas, que reivindicaban el placer como estímulo vital, transmutó las inhóspitas montañas en espacios naturales de exuberante belleza. El temible escenario de las oscuras leyendas del imaginario popular nutría ahora los estímulos de los primeros viajeros. Encontraron en el Alto Aragón un país pobre pero hospitalario en el que sus gentes vivían ajenas al tesoro que les cobijaba. El viajero Víctor Balaguer, explicó de forma luminosa en 1896 lo que les ofrecía el Pirineo: “no hay edificio que no tenga su historia, peña que no recuerda una tradición, sitio que no haya dado origen a una crónica”.

En un primer momento fueron la montaña y la naturaleza los aditivos de estas pulsiones nómadas. El placer de viajar y conocer recónditos parajes guió a esos pioneros entre los que descuellan Louis Ramond de Carbonnieres, Henry Russell, Franz Schrader, Edouard Wallon o Ayamard d’Arlot de Saint-Saud. Ellos relataron por primera vez las bellezas del Pirineo y le dieron un sentido poético al trabajo práctico que hasta entonces habían venido realizando los cartógrafos. Para todos ellos la cordillera pirenaica se convirtió en una íntima obsesión. El Conde Russell, considerado el padre del pirineísmo, expresó su amor de forma más pragmática y compró el macizo del Vignemale. Él había dejado escrito que “la palabra silencio no tiene sentido para el habitante de las llanuras que nunca ha vivido en las montañas”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

Durante muchos años sólo escribió sobre Pirineo el visitante extranjero, principalmente francés e inglés. No hubo literatura autóctona hasta mucho tiempo después. Entre 1750 y 1904 más de 80 autores extranjeros dejaron textos o libros sobre sus viajes por la cordillera. Fue el incipiente y minoritario turismo el que generó una interesante bibliografía que abarcaba casi todos los campos del saber. Desde un origen casi exclusivamente científico derivó hacia el romanticismo y el naturalismo.  Finalmente aparecieron las guías de viajes.

El pirineismo se considera que nació con el geólogo y botánico francés Louis Ramond de Carbonnieres. Su relato de la pionera ascensión a Monte Perdido en 1802 es una de las primeras aportaciones a la literatura pirenaica, trufada a partir de entonces de narraciones sobre las experiencias personales de los montañeros, viajeros y agüistas. Una de las más célebres fue la escrita a mediados del siglo XIX por Victor Hugo, el más importante escritor romántico francés, en su libro “Pirineos”. De acuerdo al perfil del pirineista ideal que proclamaba el sabio Henri Beraldi; escalaban montañas, sentían y escribían. Luego vendrían los viajeros en coche y más tarde con esquíes, y la pureza del espíritu montañero se resentiría para siempre.

El Pirineo sufrió una nueva transformación en el primer tercio del siglo XX, cuando los viejos viajeros románticos fueron relevados por una nueva especie que buscaba formas de ocio innovadoras expresadas a través del deporte. El esquí fue, sin duda, una de las grandes revoluciones en la percepción de la montaña como espacio natural. Pero también el montañero dejó de escalar por simple placer sensorial e incorporó un componente competitivo y de superación.

Las inquietudes deportivas de una sociedad que comenzaba a valorar la importancia del cuidado físico según el aserto latino “mens sana in corpore sana”, guiaron a un nuevo tipo de viajero menos romántico y más hedonista. Fue entonces cuando, por ejemplo,  prácticas ancestrales de supervivencia como la caza se convirtieron en un ocioso atractivo del paraíso pirenaico. En ese contexto hay que enmarcar también el turismo de las aguas, aunque para encontrar su origen hay que remontarse a principios del XVIII. En ese tiempo surgieron decenas de balnearios y termas que explotaban las propiedades curativas de las aguas pirenaicas. Monarcas, nobles y burgueses de toda Europa se instalaron en estos enclaves privilegiados y contribuyeron a crear lujosos balnearios de los que todavía se conserva una hermosa arquitectura de aires señoriales. 

Viajeros (1)

Publicado: 03/09/2008 10:44 por juangavasa en Pirineo
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Los pioneros del pirineísmo dejaron escritos los más hermosos testimonios sobre la cordillera. Sus descripciones abundaban en la exuberante belleza de las montañas y en el misterioso magnetismo de unos paisajes que azuzaban todos los instintos vitales. Henry Russell escribió que “hay mañanas en las que los ángeles tienen nostalgia de la tierra”. Pero en las faldas de esas montañas, en los fondos de los valles habitaban hombres y mujeres que pertenecían a una cultura milenaria, de la que casi nadie se había interesado durante siglos.

Tuvieron que llegar los primeros fotógrafos para que la geografía humana adquiriera protagonismo. El viajero francés Lucien Briet fue el más popular e influyente de todos. Recorrió desde 1889 a 1911 en sucesivas campañas todo el Pirineo aragonés y dejó el mejor documento visual de la cordillera, un legado gráfico que es un auténtico almacén de la memoria. Otros reforzarían el valor estético y humano de estas montañas, como el maestro del pictorialismo José Ortiz Echagüe, los catalanes Adolf Más y Juli Soler I Santaló o los locales Francisco De las Heras, Ricardo Compairé, Aurelio Grasa, Andrés Burrel y Alfonso Foradada. Para ellos era más importante la esencia del hombre que el paisaje que le rodeaba. Unos se detuvieron en el tipismo de unas tradiciones ancestrales y otros optaron por ejercer de notarios de un tiempo que se consumía en las llamas fatuas del progreso. Pero todos compartieron la misma fascinación por unas gentes y unos pueblos que habían permanecido secularmente aislados. Allí encontraron la pureza de su inspiración creativa. La misma que condujo a Joaquín Sorolla a Ansó para elaborar el mural dedicado a Aragón en la monumental obra sobre las regiones de España encargada por la Hispanic Society.

El alemán Fritz Krüger publicó en 1935 “Los Altos Pirineos”, el mayor compendio jamás escrito sobre la tradición y las formas de vida del Pirineo español. Veinte años después el catalán Ramón Violant I Simorra editó el mítico “El Pirineo Español”, un clásico de la etnografía pirenaica que sigue siendo considerado un referente para entender la cultura y antropología pirenaicas. En ambos casos, sus autores acudieron al rescate de los restos de una civilización que intuían cercana a su desaparición. Otros, como el jaqués De las Heras, contribuyeron de manera inconsciente a dejar testimonio eterno de ese epílogo sociológico. El fotógrafo captó con su cámara el “triste desfile de muerte en vida” de las espirituadas en la procesión de Santa Orosia de Jaca en los años 20 del pasado siglo. Hoy es el único documento gráfico completo que se conserva de aquel tenebroso espectáculo.

Fue el tiempo también de los etnógrafos, antropólogos y folcloristas. Superado el impacto perturbador del paisaje, era necesario interpretar y comprender el origen de las tradiciones de los pirenaicos y el dédalo de sus creencias. Dos de los más destacados fueron la inglesa Violet Alford y el norteamericano Alan Lomax. En la primera mitad del siglo XX viajaron asiduamente a la cordillera y se detuvieron en la música y las tradiciones religiosas y festivas, imprescindibles para alcanzar a entender la dimensión antropológica de la cultura pirenaica.

En el siglo XIX los viajeros románticos exploraron con fortuna diversas manifestaciones artísticas para expresar las sensaciones que les provocaba la montaña. Los pintores Gustave Doré, Gavarní, Albert Tissander o Victor Petit fueron algunos de los más significados evocadores del paisaje pirenaico. En los primeros escarceos del siglo XX la vanguardia artística europea derivó en el Pirineo para poner en práctica su revolución conceptual. En 1906 un joven Picasso se preparaba en Gosol para transformar para siempre la visión del arte. Chagall, Dalí, Gris o Duchamp vibraron con la riqueza cromática que desprendían las montañas. Pero quizá la ejemplificación de todo ese caudal inspirador corresponde a Joaquín Sorolla con la gran pintura de los ansotanos que realizó para su monumental “Las regiones de España”.

El 24 de agosto de 1912 viajó desde el Valle de Roncal hasta Ansó para documentarse. Sorolla tenía claro desde del principio que “la encarnación máxima y más universal del espíritu aragonés se manifestaba en la jota”. Al regresar de la localidad ansotana escribió a su mujer Clotilde García: “Ansó es admirable para pintar figuras; así es que cuando tenga que hacer estudios para el cuadro de Aragón volveré aquí”.

Sorolla volvió en 1914 y se instaló en Jaca durante los tres meses de verano. Allí creó el mural definitivo que representaría a Aragón en el inmenso mural destinado a decorar la biblioteca de la Hispanic Society de Nueva York. En su estancia en Jaca pintó numerosos cuadros y bocetos de los paisajes y las montañas del entorno. El 7 de septiembre su hija María Clotilde se casa en la Catedral de Jaca obligada por su padre, que no quiere desplazarse a Madrid para la ceremonia. Está absolutamente inmerso en su trabajo y quiere plena dedicación. El padre regala a la hija un apunte de un paisaje jacetano.

Foto: Alan Lomax en una de sus campañas en España 

Las Tiesas

Publicado: 26/08/2008 09:34 por juangavasa en Pirineo
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Fue la pequeña locura de Agnes Villar Le Thies y ha sobrevivido a su triste desaparición en 2002. Sus hijos Bruno y Nico cogieron el testigo y han sabido mantener la casa de turismo rural de Las Tiesas Alta (Jacetania), y el restaurante vegetariano, un verdadero referente en todo el estado.

            De difícil catalogación arquitectónica y decorativa, Las Tiesas es ante todo el espacio intimista que su creadora quiso fundar, sin ataduras formales ni patrones inalterables. Empezando por el carácter de su gastronomía, volcado en la cocina vegetariana en una tierra en la que no está bien visto salirse de los cánones tradicionales. Y es seguramente este espíritu inconformista el que ha hecho de Las Tiesas uno de esos rincones forjados a través del boca a boca, la publicidad más barata y rentable. No importa que el acceso no sea sencillo ni que el paraje sea recóndito, todo es relativo cuando se accede a este edificio construido en 1627. Las Tiesas Altas no parece el lugar ideal para establecerse. Tiene todos los inconvenientes de la vida rural pero amplificados por la soledad, el aislamiento y el frío intenso de los inviernos eternos. No da la sensación de ser un lugar recomendable. Tan fuerte es esa primera impresión que el imponente valle de Aísa queda reducido a una secuencia secundaria. La Peña Oroel, Collarada y el Aspe surgen como estampas lejanas que se diluyen entre tanta adversidad. Los ochocientos metros de pista que hay que atravesar obligatoriamente para llegar a lo alto de la colina donde se asienta la pardina de Las Tiesas no contribuyen a mejorar el panorama. Pero son impresiones precipitadas.

            El restaurante ofrece cada día un menú de tres platos y postre, sin posibilidad de alternativa. Nunca es el mismo y esa incertidumbre incrementa la expectación. En verano la recién abierta terraza exterior ofrece por el mismo precio el Aspe como decorado de fondo. Entre símbolos budistas e iconografía de otras religiones, el apetito azuza la sensación de estar en un lugar irrepetible. Y realmente lo es.

Extremadura pirenaica

Publicado: 22/08/2008 08:55 por juangavasa en Pirineo
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Las sierras exteriores del Pirineo aragonés occidental han sido históricamente la frontera natural entre el llano y la montaña. Allí se levantaron grandes parapetos fortificados durante la Edad Media y se libraron legendarias batallas. Sus caminos fueron atravesados por imperios en expansión y por pastores trashumantes. Fue casi siempre tierra de paso y antesala pirenaica, regazo de convivencia entre judíos, árabes y cristianos. Hoy ese impresionante legado no es la única razón de su existencia. La dificultad azuza el ingenio y en esta despoblada parte de Aragón surgen iniciativas empresariales que tienen algo de reivindicación autóctona. La extremadura pirenaica grita entre piedras milenarias que sigue existiendo.

 

En estas tierras uno tiene la sensación de ver pasar la historia ante sus ojos, como una secuencia cinematográfica en la que desfilan castillos y fuertes, reyes y nobles, leyendas de traiciones y bellas historias de amor. Todo parece un decorado de siglos con algo de aspecto decadente que bien observado resulta ser uno de sus grandes encantos.

Para ubicar el territorio en el que nos encontramos el lector tendrá que trazar una línea imaginaria sobre el mapa. Esa raya unirá Sos del Rey Católico con el castillo de Montearagón. Todo lo que queda a ambos lados forma una tupida red de iglesias, castillos, torres y fuertes que fueron levantados en el siglo XII como defensa de la Marca Superior. Una red que se extiende de Este a Oeste de toda la cordillera, protegiendo con precisión de tiralíneas las sierras exteriores.

En cualquier mapa surgirán como setas iconos que certifican ese pasado y, lo mejor de todo, que informan de su conservación actual. Algunos en mejor estado que otros, pero todos huella indeleble de un periodo de convulsiones y epopeyas que sirvieron para escribir una parte de la historia de los antiguos reinos de Aragón y Navarra.

Navardún, Urries, Uncastillo, Luesia, Biel, Loarre, Sádaba, Castilliscar... la acumulación de patrimonio desborda la capacidad del viajero más avezado. La visita exige mesura y templanza, virtudes que se encuentran fácilmente en los silenciosos recovecos de cualquier templo o en la soledad mística de alguna ermita entre bosques de encinas y robles. Paisajes que anuncian el inmediato Pirineo. En los días claros la cordillera se insinúa al norte despechada, y desde lo alto de la Sierra de Santo Domingo insolente y amenazante.

En Sos del Rey Católico comienza nuestra inmersión en la máquina del tiempo. Antes ya nos hemos cruzado por la C-137 con el grandioso castillo de Navardún, que fue residencia de los obispos de Pamplona. Aquí se huele la historia. En el horizonte más cercano se reconoce la silueta de la cuna del monarca Fernando, una tarjeta de visita que no admite rechazo. La torre de la antigua fortaleza preside la parte mas alta del pueblo, junto a la iglesia parroquial de San Esteban.

Las iglesias, los palacios y las casas solariegas del siglo XVI se desparraman por la montaña entre calles empedradas y fachadas de noble origen,  como la Casa Consistorial, el antiguo palacio de Isidoro Gil de Jaz o la Casa Palacio de Sada, casa en la que nació el rey Fernando II de Aragón y que hoy es un centro de interpretación sobre su figura.

En la tercera planta del Ayuntamiento está ubicada la oficina del CIDER Prepirineo (Centro de Innovación y Desarrollo Rural del Prepirineo). Esta asociación formada por instituciones públicas, empresas y sindicatos de la zona ha gestionado en la última década fondos europeos a través de la iniciativa Leader II. Las cuantiosas inversiones han tenido el efecto de un pequeño “Plan Marshall” y han permitido un desarrollo empresarial y turístico que no pasa desapercibido. Cristina Gómez, técnico del Centro, llegó hace diez años de Zaragoza para trabajar en el proyecto y se ha quedado. “Tengo una calidad de vida impresionante –asegura-, y no me arrepiento de lo hecho”. En la balanza puso ya hace tiempo el privilegio de vivir en un pueblo monumental y los inconvenientes de “estar en una zona de paso en la que todo llega tarde. El primer cajero automático lo tuvimos hace siete años, sólo hay un autobús público diario, cosas que te afectan en el día a día, pero hay otras muchas cosas que te hacen sentirte bien” afirma.

“Es una zona de paso” te recuerdan con cierta insistencia, pero las cosas están cambiando en los últimos años. Ha perdido vigencia aquella descripción que hacía en 1930 el escritor aragonés Ramón J. Sender de los habitantes de la comarca de Cinco Villas. “A falta de imaginación poseen la tenacidad, la prudencia, esas menudas virtudes que son el secreto de los países prósperos”, decía. Setenta años después conservan esas virtudes y además han derrochado imaginación para sacarle punta al futuro.

Uncastillo es el paradigma. La villa coronada por la fortaleza que le dio origen vive a la sombra de Sos del Rey Católico, más conocida y promocionada. La hermosa localidad es el resultado de varias épocas de esplendor. La primera en el siglo XII, de la que datan sus siete iglesias y cinco ermitas. Y una segunda en el siglo XVI en la que se fraguó una arquitectura popular de grandes palacios y casonas blasonadas. Mucho antes se levantó el castillo, del que se conservan restos del palacio y la torre del homenaje.

El monumental Uncastillo es hoy un hervidero de actividades empresariales que merece un estudio. Varios socios han creado las bodegas de vino ecológico Uncastellum, recuperando una antiquísima tradición vitivinícola de la zona. Recientemente sus caldos han sido premiados en el Salón del Vino de Madrid. Dos jóvenes zaragozanos, Eduardo Sancho y Rosa Barón, venden patés vegetales por todo Aragón a través de “La Conservera del Prepirineo”.

Más de veinte trabajadores forman la plantilla de la cantería Olnasa, el buque insignia del pueblo, y los quesos de Uncastillo ganan fama cada día que pasa. Son sólo un ejemplo de la envidiable salud empresarial de una localidad que apenas alcanza los 900 habitantes. “Aquí no puedes venir a trabajar de nada si no te lo montas tú –asegura Eduardo Sancho-, la clave es que todo lo que hagas sea autóctono, es la única forma de que la gente venga o se quede”.

Ya en Luesia, de nuevo una torre fortificada junto a la iglesia de San Esteban. En el camino nos hemos desviado al castillo de Sibirana, maravilla escondida con sus torres gemelas, y el pozo Pigalo. En unas recientes excavaciones han aparecido restos de un palacio medieval en las inmediaciones de la torre de Luesia, edificio civil en el que pudo habitar el arzobispo Hernando de Aragón, nieto de los Reyes Católicos.

Por la misma carretera tortuosa y retorcida, llegamos  a Biel. Fue una de las juderías más importantes del antiguo reino y residencia de los reyes de Aragón. Sancho Ramírez mandó construir en el siglo XI su imponente fortaleza de la que todavía se conserva su torre.

En el restaurante El Caserío, Fernando Muñoz, su propietario, charla con el administrativo del ayuntamiento sobre las escuelas que llegó a tener Biel. El pueblo apenas alcanza ahora los 80 habitantes pero hace cuatro décadas superaba los 1400, cuando todavía estaban abiertas las minas de cobre. El Caserío es un lugar de peregrinación gastronómica, así como el pan y las migas que comercializa en el mercado de Zaragoza su hermano David.

El pequeño de la familia se ha vuelto al pueblo y ha cogido las riendas del horno familiar. “De aquí no me mueven. Tengo cerca el monte y en Biel se vive como en ningún sitio”. El caso es que ahora tiene tres bares, una panadería y una tienda de ultramarinos, lo nunca visto. “Vivimos mejor pero estamos menos” lamenta David.

El camino se angosta y el paisaje adquiere aires mediterráneos. Por Fuencalderas nos dirigimos a Ayerbe entre coscojales y carrascales. A lo lejos se adivinan los mallos de Agüero y también los de Riglos. Cruzamos el río Gállego para ir a Loarre, el castillo románico mejor conservado de Europa. Por Bolea hasta Huesca para alcanzar Montearagón, el final de la frontera imaginaria.

Artículo publicado en el número 45 de la revista El Mundo de los Pirineos

Jánovas (2)

Publicado: 16/07/2008 19:38 por juangavasa en Pirineo
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Sigo estos días a medio camino entre Sallent de Gállego y Jaca sin perder de vista lo que ocurre con la reversión de Jánovas. En la última semana se ha publicado en toda la prensa una larga serie de entregas informativas que permiten intuir que el asunto no va a ser ni sencillo ni rápido de resolver. Pero almenos sí que he percibido que el sentido común tiende a imponerse sobre el despropósito legal y cada vez son más las voces que exigen un tratamiento especial que no se someta a la tiranía administrativa sino al poder de la razón y el valor intangible del drama humano. Porque como escribía hoy Jánovas no rebla: "tan expropiados creo que debe considerarse en justicia a los que lo fueron legalmente como a los que vendieron creyendo que no tenían más alternativa". Y creo que aquí está el nudo gordiano de la cosa, la poderosa e irrebatible reflexión que explica la necesidad de que la administración sea por una vez un ente al servicio del ciudadano y sea capaz de estar a su altura. Sobre todo porque fue la administración (la franquista), la que promovió un proyecto y lo llevó adelante a sabiendas del grave perjuicio que estaba ocasionando sobre la población afectada. ¿No es más lógico que sea la administración la que indemnice a los ciudadanos perjudicados y asuma las responsabilidades del fracaso social y económico de un proyecto que nunca se llegó a hacer? ¿No sería de justicia que el estado pidiera un perdón simbólico a quienes arrancó de sus tierras sin otro equipaje que la incertidumbre y la desazón en esa España abisal de los 50 del pasado siglo? ¿No sería un inmenso acto de redención que el estado costeara la recuperación piedra por piedra del pueblo que arruinó a golpe de dinamita? Almenos en lo material la administración tiene la capacidad de corregir el desaguisado que cometió. En lo espiritual y sentimental cavó una sima impenetrable de la que muchos sobrarbenses ya nunca podrán salir. Y eso ya no lo puede remediar nadie. El estado es poderoso pero el alma rota de sus ciudadanos es impermeable. Son estas cosas las que no aparecen en los expedientes de expropiación. No hay un apéndice para levantar acta notarial de la estulticia de nuestros políticos.

Como estos días no tengo demasiado tiempo para escribir posts en condiciones, voy recuperando cosas que publiqué hace tiempo y que de repente han adquirido un tono actual sorprendente. Esto me recuerda un aserto que me lanzó hace ya muchos años un periodista jaqués: "para ejercer esta profesión en Aragón hay que manejar tres o cuatro temas porque no hay mas, son los mismos de siempre, nunca se solucionarion y probablemente nunca se solucionarán. Si manejas bien estos temas no tendrás problemas para prosperar". El agua y el problema hidráulico era uno de ellos. El texto que cuelgo a continuación se titula "La tercera transición" y fue publicado en la desaparecida y añorada Trébede en octubre de 2001, pocas semanas después de anunciarse el informe negativo del estudio de impacto ambiental que descartaba definitivamente el pantano de Jánovas. Han pasado siete años y aquí seguimos hablando y escribiendo de lo mismo. Esta tierra es Aragón, tenía razón mi amigo.

Hubo un tiempo en que el Pirineo se desangraba a borbotones como consecuencia de las profundas heridas que le provocaba el desarrollismo, los pantanos y la despoblación. La gente huía o la expulsaban de sus tierras y en su triste marcha dejaban también el orgullo montañés y la conciencia de pueblo entre casas espaldadas, campos yermos y valles inundados. Los sesenta cultivaron en el Pirineo un sentimiento derrotista y un complejo de inferioridad que perduró en el tiempo al albur de estúpidos estereotipos urbanos convenientemente fomentados por la sociedad capitalista. Comarcas como el Sobrarbe iniciaron el siglo XX con 23. 000 habitantes y lo han acabado con 6.000.  Nunca se valorará convenientemente en Aragón la brutal dimensión de la emigración que ha sufrido la montaña en las últimas décadas en beneficio de un confuso desarrollo.

Muchos de los que se quedaron cultivaron cierto furtivismo sentimental, una especie de discreta militancia pirenaica no exenta de razonables dudas sobre la conveniencia de perseverar  o claudicar como lo habían hecho los que se fueron. Vivir cautivos en la tierra que amaban se convirtió en el gran conflicto interno, en la eterna duda existencial. Más tarde llegaron antropólogos e historiadores como Rafael Andolz, Julio Gavín, Durán Gudiol, Enrique Satué o Severino Pallaruelo, que reivindicaron la pervivencia de una valiosa cultura milenaria y alarmaron sobre los riesgos de su decadencia definitiva. Sus libros e investigaciones golpearon en la conciencia de quienes rehuían de sus orígenes por pudor o por simple desconocimiento, y de quienes desde la lejanía oteaban el horizonte montañoso con desdén e indiferencia.

El Pirineo se convirtió entonces en un producto turístico; muy lejos, desde luego, de las inquietudes que habían incitado el trabajo de aquellos estudiosos. Satué decía hace siete años que “el Pirineo está de moda. Lo está como estuvieron las playas del Mediterráneo hasta que se depreciaron por el caos y la contaminación. Pero la montaña es algo más que un sumatorio de especies a extinguir”. En este escenario surgieron los engendros urbanísticos de Jaca y sus sucedáneos, la obsesión por hacer unos cuantos Salous para los zaragozanos en invierno y la manía de meter la mano en cada palmo de tierra. Por desgracia seguimos en esta tesitura porque aquel “clan del hormigón” que defendía con ardor un veterano político oscense hace unos meses sigue marcando el ritmo de los acontecimientos.

Pero no todo está perdido. La máxima de “cuanto peor, mejor” ha obrado en el Pirineo el renacimiento de la abandonada conciencia de pueblo, la recuperación de un orgullo por la tierra que se fortalece en la misma proporción en que se multiplican las agresiones externas. El rechazo a los proyectos hidráulicos ha sido el estandarte de esa unión que ha hecho posible manifestaciones populares inéditas en la montaña como el paro general del 25 de octubre pasado. “Queremos vivir en el Pirineo” se ha convertido en la proclama que resume todo, en la justa consigna que mueve a “esa minoría”, como le gusta denominar a Marcelino Iglesias.

Los conciertos de La Ronda de Boltaña, elevada a símbolo de la montaña aragonesa,  han adquirido en los últimos tiempos un clima reivindicativo que recuerda ese aire de entusiasmo que envolvió a las actuaciones de los cantautores de la transición española. Quizá hoy los pirenaicos, enfrentados a los mismos problemas y a las mismas amenazas que hace cincuenta años, sentimos que nuestra transición a la democracia todavía no ha concluido. Por eso, el definitivo descarte del pantano de Jánovas ha sido un soplo de esperanza. Aunque “nos hemos hecho viejos esperando”, como lamentó Emilio Garcés, el último de Jánovas, al conocer la noticia. 

La foto es de Juan Pulido Velasco y la he tomado prestada de Jánovas no rebla

 

Jánovas

Publicado: 09/07/2008 10:03 por juangavasa en Pirineo
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"Mi padre tiene alzheimer, ha vuelto a la niñez y hace tiempo que dice que él ya está en su pueblo. Mi madre está bien, y ella sí que se ha puesto muy contenta". Así describía Antonio Garcés la reacción de sus padres al conocer que el Ministerio de Medio Ambiente va a proceder por fin a la reversión de los terrenos expropiados o comprados en los años 50 del pasado siglo para la construcción del pantano de Jánovas. Pero la anhelada noticia tiene letra pequeña: los antiguos propietarios tendrán que pagar las cantidades que recibieron en su día pero actualizadas. Es decir; la administración no valora la tragedia de los habitantes de Jánovas, Lavelilla y Lacort, desprecia el sufrimiento al que se vieron sometidos y olvida que fueron arrancados de sus tierras por un regimen dictatorial que no garantiazaba los más elementales derechos ciudadanos. ¿Cómo se puede admitir esta ignominia? Antonio, como tantos otros hijos de Jánovas, ya ha dicho que pagará si le devuelven la casa tal y como estaba cuando se la expropiaron, antes de que la dinamita de los de Iberduero dejara todo en ruinas.

Jánovas no puede ser un expediente administrativo más, no puede ser gestionado desde la lejania de un despacho ministerial con la frialdad del derecho. Jánovas es un símbolo que representa eso que tantas veces se ha llamado la dignidad de la montaña, que en definitiva es el orgullo esquilmado de tantos y tantos pueblos a los que no se les dejó elegir su destino. Se corre el riesgo de cosificar el perfil humano de los que protagonizaron involuntariamente ese drama. No puede ser y el Gobierno de Aragón creo que tiene que ejercer de intermediario necesario para que no se reviva una vergüenza histórica incompatible con un estado de derecho. No estamos en pleno franquismo, pero a veces lo parece. La displicencia de la administración sigue recordando la de la España pretérita, la del "vuelva ustede mañana" de Larra. 

Pero, pese a todo, la noticia es una luz de esperanza, aunque a muchos les ilumine condenadamente tarde. Como a Emilio Garcés, el paradigma del resistente, el hombre que dignificó el espíritu de Jánovas y por extensión el de todas las injusticias sociales. Pero me alegro, sé que tarde o temprano todo se solucionará y en Jánovas volveran a escupir humo las chimeneas. Me alegro por los Garcés, por los Buisán, los Viñuales, los Palacio, me alegro por las gentes del Sobrarbe, por los montañeses, me alegro por Marisancho Menjón (sé que ayer fuiste inmensamente feliz), me alegro por los que han aportado su grano de arena a la causa (Jánovas no rebla), y por los que nunca abandonaron la certeza de que resistir es vencer.

Hoy recupero un reportaje que publiqué hace diez años en la revista El Mundo de los Pirineos. En compañía del gran fotógrafo zaragozano Javier Cebollada estuvimos con Emilio y Francisca en Jánovas. Sus testimonios de entonces adquieren hoy una nueva dimensión. Va por ellos.

Emilio y Francisca no visitan Jánovas desde hace más de dos años. “Me jode ver tanta ruina. No lo soporto”.  Ellos fueron el último matrimonio que abandonó el pueblo cansados de soportar las amenazas, la dinamita, la incomprensión de sus vecinos y la soledad. Eso fue en 1984, veinticinco años después de recibir la primera notificación de expropiación de Iberduero para construir un pantano. Hoy no hay pantano ni máquinas trabajando. Sólo ruinas, maleza y desolación, los ingredientes que provocan una reacción de odio en el matrimonio Garcés. “No sé cómo pudieron llegar a hacernos tanto daño para no conseguir ningún bien” lamenta Emilio, un hombre fortalecido por  la constante lucha contra todos los poderes que le arrancaron de las entrañas del pueblo que le vio nacer.

El matrimonio Garcés vive ahora en Campodarbe, a escasos kilómetros de Jánovas. Viven solos, con la única compañía de las vacas, las gallinas y las ocas que cuidan a un propietario madrileño. Sus seis hijos residen entre Boltaña, Huesca y Barbastro pero todos los fines de semana acuden a visitarles. En 1959 Iberduero logró del régimen franquista los derechos de expropiación sobre un extenso territorio de la comarca del Sobrabe para la construcción de un pantano. Jánovas era uno de los pocos obstáculos para su ejecución. “Los de Iberduero vinieron y como todo el pueblo ya era de ellos nos llamaron para que fuéramos a cobrar las indemnizaciones. Ellos mismos las habían fijado previamente. Sólo acudieron cinco familias y les pagaron una porquería”. Emilio recuerda el caso de Severino Sierra Buesa, de casa “Sarrate”, el hacendado del pueblo. “Le dieron 823.000 pesetas por la casa y todos los terrenos que tenía, que eran una barbaridad. Era el más rico de Jánovas, de esos que para las fiestas sacaban a la calle a los mulos con campanillas para mostrar su poder. A pesar de su riqueza, tuvo que ceder”. Emilio Garcés y su familia, sin embargo, se negaron a abandonar el pueblo y soportaron durante varios meses las amenazas de los directivos de la empresa hidroeléctrica, la Guardia Civil y los oscuros poderes locales del antiguo régimen. “Dinamitaron las casas de los que se fueron, nos dejaron sin agua porque taparon las acequias de riego y nos desmontaron las fuentes”. Pero el episodio más triste se produjo la mañana en la que un ejecutivo de Iberduero tiró la puerta de la escuela a patadas mientras los niños estaban dando clase. “La gente cogió un temor enorme, fue la ruina, desistió y comenzó a marcharse. Fue terrible. La mayoría no tenía a donde ir pero no les quedó más remedio”, recuerda con la voz entrecortada Emilia.

            En 1964 la familia Garcés se quedó sola en el pueblo. Las obras del pantano se habían paralizado pero no el empeño de Iberduero por derruir el pueblo. Los seis hijos de Emilio y Francisca estuvieron tres años sin poder ir a clase hasta que finalmente les permitieron escolarizarlos en Boltaña. Hoy Emilio no puede disimular su emoción cuando enseña la orla de la más pequeña de sus hijas de la promoción del 90 de veterinaria de la Facultad de Zaragoza. “Por esto merece la pena todo lo que pasamos”. El tiempo ha reconocido la lucha solitaria de Emilio y Francisca. El pantano no se ha hecho y el pasado verano el Ayuntamiento de Fiscal, uno de los que defendía el embalse, le declaró su hijo predilecto. “La vida tiene estas cosas, te lo niega todo cuando lo necesitas y cuando ya no vale te sonríe, que le vamos a hacer”.

Restaurar el mito

Publicado: 03/07/2008 15:05 por juangavasa en Pirineo
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Dice el libro sobre Canfranc de Pirineum Editorial que los mitos no se pueden destruir. Es posible. Pero algunos de ellos necesitan una profunda restauración para no correr el riesgo de perder su categoría. Es el caso de la estación internacional de ferrocarril, uno de los iconos más solventes del imaginario aragonés y en la misma medida una de sus vergüenzas más aireadas. La celebración del 80 aniversario de su inauguración coincide con la finalización de las obras de la segunda fase de su recuperación.

Cuando el arquitecto zaragozano José Manuel Pérez Latorre recibió en 2000 el encargo del Gobierno de Aragón de proyectar la rehabilitación de la estación inaugurada en 1928, se encontró con la abrumadora responsabilidad de enfrentarse no sólo a un edificio sino a un símbolo. Era por tanto una tarea que no se resolvía exclusivamente con destreza técnica sino que demandaba unas altas dosis de sensibilidad y tacto. Había que respetar los sentimientos colectivos, que habitan en el terreno de lo intangible, y aplicar además soluciones racionales y funcionales a un edificio que nunca más volverá a recibir un tren.

El encargo no ha estado exento de controversia desde el primer momento, lo que viene a confirmar aquel aserto que Pérez Latorre suele utilizar con frecuencia para dibujar el limbo en el que está instalado el Canfranc: “en Aragón hay tres cosas que nacen en el estómago de las personas: el agua, el Pilar y el Canfranc”. Y como todos los asuntos que se tratan en los arrabales de la razón, el de la línea ferroviaria ha estado y estará sometido a apasionados debates públicos en los que el arquitecto encargado de su restauración es un blanco fácil. Él lo sabe y lo asumió cuando decidió aceptar el reto.

El 16 de diciembre de 2005 comenzaron oficialmente las obras de rehabilitación de la estación de Canfranc.  Aquél día se escenificó el inicio de una nueva época, la puesta de largo de un ambicioso proyecto para recuperar el esplendor perdido del complejo ferroviario mediante su inevitable catarsis. Los nuevos tiempos obligaban a un cambio en los usos del majestuoso edificio para transformarlo en un hotel de lujo con 115 habitaciones. Sería el mascarón de proa del renacer del valle, inmerso en una parsimoniosa decadencia desde que en abril de 1970 se clausurara el tráfico internacional a través del túnel del Somport.

En estos dos años y medio el edificio ha sido sometido a una profunda rehabilitación para corregir y fortalecer su quejumbrosa estructura. Se ha utilizado el novedoso método de la fibra de carbono para reforzar la estructura de hormigón, se ha doblado el grosor de las losas y se han creado estructuras metálicas suplementarias en la cubierta. Ha sido un trabajo meticuloso y concienzudo, que ha servido también para conocer con exactitud su ADN y diagnosticar sin margen de error su cuadro clínico. Como insinuaban sus síntomas externos, el edificio corría serio riesgo de sufrir el desmoronamiento de todas sus constantes vitales. Por fuera la estación ofrecía un aspecto lamentable pero su corazón y sus vísceras todavía estaban peor. Ahora ya se puede decir que la estructura “está acabada y garantizada su estabilidad”.

En otoño desaparecerá el gigantesco armazón que ha cubierto en este tiempo todo el edificio. Pero eso no supondrá el fin de la obra. Muy al contrario, entonces comenzará el verdadero proceso de restauración de la imagen externa de la estación. Hasta ahora se ha trabajado en sus entrañas y en la cubierta pero ahora llega el momento de hacerle el lavado de cara. Y eso llevará un tiempo.

El equipo de José Manuel Pérez Latorre está volcado en este proyecto desde hace ocho años. Arquitectos, aparejadores e ingenieros trabajan en desentrañar los misterios que esconde el edificio y buscar las soluciones más razonables para que el mito siga vigente sin renunciar a su funcionalidad. Este concepto en el siglo XXI se traduce por viabilidad económica y rentabilidad. Y es precisamente una de las razones del conflicto causado por la idea original del arquitecto de elevar 1,20 m el volumen de la cubierta para que cupieran más habitaciones en el futuro hotel.

APUDEPA (Asociación para la protección del Patrimonio Cultural Aragonés), denunció esta alteración de la morfología del edificio (declarado Bien de Interés Cultural) y finalmente el Gobierno de Aragón optó por recuperar el volumen original. Pérez Latorre señala en este sentido que la elevación de la característica cubierta en forma de mansarda estaba justificada desde la necesidad de garantizar la rentabilidad del edificio. “Es fácil tener dinero para la construcción pero muy difícil para su mantenimiento, por eso nosotros teníamos la obligación de buscar fórmulas razonables y sostenibles para conseguirlo. Hay casos muy significativos como la Gare de Orsay en Paris (reconvertida en el famoso museo de pintura impresionista), o el cercano Matadero de Huesca, transformado en Casa de la Cultura”. La polémica se congeló y ahora la vieja estación renace lentamente de su ignominioso abandono.

El despacho de Pérez Latorre está conquistado por el perfil del edificio diseñado en 1925 por el ingeniero Ramírez Dampierre. Se reproduce casi en cada rincón en forma de fotos, planos, bocetos, alzados... El espíritu del Canfranc sobrevuela por toda la casa. Es un piso amplio y luminoso situado en el céntrico Paseo Sagasta de Zaragoza. Las paredes están pintadas con colores vivos y rotundos, los techos altos enfatizan la sensación de espaciosidad y la ecléctica decoración revela el carácter creativo de los profesionales que allí trabajan. 

Hay muebles antiguos en rebeldía con lámparas art decó, cientos de libros de arte y arquitectura, cuadros abstractos e impresionistas, grabados del XVI; todo el conjunto es casi un compendio de la historia del arte de los últimos siglos. Como colofón se esparcen por toda la casa algunas réplicas de edificios diseñados por Pérez Latorre, cuando eran tan solo una idea en la mente del arquitecto. Se podría decir que es uno de esos lugares que transmite “buenas sensaciones”.

La mesa de reuniones está presidida por una colección de grabados de Piranesi, el artista italiano del XVIII, correspondiente a su serie de las Carceri. Enfrente hay otro del siglo XVI perteneciente a la escuela del alemán Durero. Está extraído de un libro sobre la melancolía, argumento que da pie al arquitecto a iniciar su periplo por la azarosa memoria de su relación con el Canfranc. “La melancolía, como el Canfranc, es lo que nos da la sensación de la vida, la imposibilidad de alcanzar la perfección. Es un elemento fundamental del pensamiento, siempre se está en estado melancólico. Cuando uno se acerca al Canfranc y observa el abandono descubre la sensación de incapacidad del ser. Porque el tren era el anhelo de los aragoneses por salir a Europa y romper la barrera de los Pirineos. Ahí reside su simbolismo. El edificio no es tanto un edificio como un paisaje, desde la entrada del valle hasta las montañas que lo circundan. Y la pregunta inevitable que surge es: ¿qué hace un edificio de estas dimensiones en un lugar como éste?”.

Pérez Latorre reviste de una pátina intelectual todo su ideario arquitectónico. Su discurso profesional está trazado a partir de conceptos filosóficos que buscan alimentar las explicaciones técnicas. En más de una ocasión ha reprochado a asociaciones críticas con su proyecto de rehabilitación como APUDEPA que  los criterios que exponían nacían exclusivamente de lo legislativo y no tenían ningún basamento intelectual. “El trabajo que hemos hecho es el resultado de una reflexión, no es una arbitrariedad. Aquí no existe el valor de la antigüedad sino el histórico-documental, el rememorativo o el instrumental, que son los que hacen deseable su preservación”.

El arquitecto suele describir la relación con el Canfranc como un diálogo en el que hay preguntas y son necesarias las respuestas para que la función fática actúe con eficacia. Es fundamental que exista una buena disposición mutua entre emisor y receptor. “Trato de entender el edificio. Tiene que haber una necesidad. En este caso el proyecto supera la naturaleza del encargo, que en esencia era restaurar el inmueble para convertirlo en un hotel. Visto así no es nada, si no se tratara del Canfranc”.

Todo comienza en el Archivo General de la Administración (AGA) en Alcalá de Henares. Ahí se conserva íntegra la documentación sobre el Canfranc. Recuperando el símil hospitalario, “en ese archivo está toda la historia clínica del enfermo, que era preciso conocer si queríamos curarlo y permitirle otro tanto de vida útil dentro de lo efímero que es siempre el campo de la construcción”, apunta Pérez Latorre.

En el archivo de Alcalá están detallados todos los proyectos, modificaciones y reformados a los que fue sometido el edificio a lo largo de su historia. “Al margen de la sorpresa que siempre genera su tamaño está su estructura; se trata de un edificio moderno de estructura de hormigón, aunque en el exterior tiene una fachada que no corresponde con los elementos de su interior.  Existe por un lado la estructura y por otro la forma y para nosotros esto fue un gran impacto. Para que la gente lo entienda, lo más parecido que podemos encontrar es el Pueblo Español de Barcelona. La fachada es sólo ornamento y detrás hay como una nave, por eso el Canfranc tiene algo de festivo”.

En esa inabarcable documentación se recogen los graves problemas que tuvieron que enfrentar los constructores para vencer el entorno hostil del valle de los Arañones. Se describen profusamente los continuos parones por culpa de los aludes de nieve o las inundaciones, y las indemnizaciones que hubo que afrontar por los desastres naturales que llegaron a cobrarse más de una vida. “Es en estos papeles –indica Pérez Latorre- donde compruebas que hay una parte emocional y otra racional, donde se resumen las lecciones que dejó la construcción del Canfranc y que para nosotros han sido esenciales para afrontar su restauración”.

Una de esas conclusiones es que la cubierta del edificio no estaba diseñada para soportar la climatología del Pirineo. En 1930, tan solo dos años después de inaugurarse el edificio, se produjo un grave incendio que destruyó el ala sur. Las armaduras se deformaron  y el hormigón aguantó, pero el informe técnico correspondiente ya advertía de la existencia de numerosas goteras en toda la techumbre.

Este dato y la evidencia del deterioro constante de la cubierta indujeron a introducir el zinc como sustituto de la pizarra. Este será uno de los grandes cambios en el nuevo Canfranc, aunque apenas se percibirá visualmente. “El zinc nos da garantías mayores -señala el arquitecto- y los problemas de humedad serán casi imposibles. Hay que tener en cuenta que el edificio tiene cerca de 3.500 metros cuadrados de cubierta y su mantenimiento incide muchísimo en su construcción”. Aunque la textura del zinc es diferente a la de la piedra, el resultado visual será el mismo, asegura Pérez Latorre. Además, se ha optado por un material al que ya se había recurrido insistentemente en otras épocas para cubrir zonas deterioradas del edificio, “por lo tanto, -afirma el arquitecto- no es un material en absoluto extraño”. El zinc también cubrirá respetando sus formas originales todos los elementos decorativos de piedra y hormigón que rematan el edificio.

Otra de las transformaciones se apreciará en las formas de la cúpula central. Se ha peraltado ligeramente pare evitar los problemas de acumulación de nieve que registraba desde su inauguración en 1928. También se sustituye el chapitel de remate por otro de zinc más proporcionado con la leyenda de Canfranc. La cubierta se elevará en toda su extensión entre 60 y 80 centímetros para crear una estructura de ventilación y distribución de otros servicios del inmueble. De este modo no será necesario construir nuevas chimeneas.

Existirá un Canfranc visible y otro oculto en las entrañas de la gran explanada que se creó de forma artificial en los años 20 del pasado siglo para hacer posible el complejo ferroviario. En su interior se prevé construir una galería de servicios que dejará visible la estructura de arcos de hormigón que soporta el edificio. También permitirá ocultar el parking del hotel, las cocinas y otros servicios como el spa o la piscina.

Es posible que todavía tengan que pasar algunos años para que el proyecto de restauración de la estación internacional de Canfranc sea una realidad. La coyuntura económica y los ritmos de la administración parece que tienden a ralentizar la culminación total de la obra. Pero se ha dado el primer paso para el renacimiento del emblemático edificio con todo su esplendor. Ya no hay duda de que, al menos, el mito ya nunca correrá el riesgo de derrumbarse.

Artículo publicado en el número 220 de la revista "Jacetania".

Nabateros

Publicado: 11/06/2008 10:24 por juangavasa en Pirineo
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El viernes se inaugura la Expo de Zaragoza y Severino Pallaruelo ha publicado en Prames un necesario libro sobre la historia de las nabatas y los nabateros. Con ese trabajo metódico de recopilación y reflexión, mostrado ya en libros imprescindibles como "Pastores del Pirineo, "José. Un hombre del Pirineo" o la "Guía de Aragón", Severino aporta un estudio riguroso pero agradablemente ameno sobre la historia de los hombres que usaron durante siglos los ríos del Pirineo como caminos. En pleno jolgorio de la fiesta del agua, este libro es una serena aportación que nace de la experiencia anónima de cientos de pirenaicos. Está planteado también como un justo homenaje a su memoria y tiene la vocación de reivindicar unos modos de vida que cayeron fulminados cuando el rayo del progreso reventó de pleno en las montañas. Pero no lo hace con melancolía ni nostalgia. Severino Pallaruelo no ha caído en la tentación de otros historiadores de mirar al pasado con frustración, como si su tiempo fuera el que nunca llegó a conocer. La historia es una secuencia de acontecimientos que sólo se puede alcanzar a analizar desde su globalidad, sin pervertir la lógica de la relación causa efecto.

Y en este sentido Pallaruelo no se cansa de relativizar el mito romantico de las montañas, construido sobre lugares comunes y una sobrecarga de teoría y literatura fantástica. Lo que ocurrió en el Pirineo a mediados del siglo pasado -la crisis del mundo rural y el éxodo a las ciudades- fue la consecuencia de un conjunto de elementos y circunstancias que no pueden ser segmentados. Hubo una parte de displicencia y otro de catarsis necesaria; un abandono forzado y también un camino abierto entre matorrales hacia la modernidad. Todo ocurrió demasiado rápido, pero la velocidad no puede errar el objetivo del análisis. En su libro sobre los nabateros Severino ofrece la crónica del fin de una época y, como todos los profundos cambios, fue una traumática experiencia en la que se colapsó el sentido de la vida y el tradicional pausado ritmo de los acontecimientos.

He rescatado un artículo que nos escribió Severino Pallaruelo hace 8 años para el monográfico de la revista "El Mundo de los Pirineos" que dedicamos al siglo XX; la centuria de la revolución pirenaica. Es un evocador artículo sobre las nabatas y los nabateros, un texto de corte periodístico sobre el comienzo del fin. Severino, que es hijo de nabatero, lo narra con la fuerza y el crédito del testigo presencial. Ocurrió hace casi cien años pero la crónica parece extraída del diario de ayer.

"Al comenzar el siglo XX había grandes planes para los ríos pirenaicos. En los despachos de la Administración  y en las sedes de las grandes compañías, entre datos pluviométricos y medidas de aforos, bullían los proyectos hidráulicos: presas, canales, centrales eléctricas, regadíos... Nadie parecía acordarse de que los ríos eran también caminos. Se estaba planificando cómo cerrarlos y cómo sacar el agua de sus cauces naturales sin que una sola voz se alzara para recordar que por los ríos navegaban los troncos y que mucha gente, en los Pirineos, se ganaba la vida conduciendo madera desde los bosques de las montañas hasta las ciudades de las riberas y hasta las puertas del mar. Los llamaban almadieros en Navarra y en la parte occidental de Aragón, nabateros en el Cinca y raiers en Catalunya, pero los tres nombres definían un mismo oficio: el de los hombres que, erguidos sobre grandes plataformas de madera atados con ramas de avellano o de sauce, guiaban la madera mediante remos muy largos sobre las aguas que nacían de las nieves pirenaicas. Para construir presas había que hacer túneles que desviaban el caudal hacia las entrañas de la roca, dejando libre el viejo cauce. A los hombres del río no les dijeron nada. Un año, al descender con sus almadias,  en mayo, vieron gente que medía algo y examinaba las rocas del acantilado donde el valle se estrechaba en un desfiladero imponente. Al año siguiente, cuando volvieron a descender, en primavera, ya no pudieron pasar por el camino fluvial que habían seguido ellos y sus padres desde tiempo inmemorial: les hicieron entrar con sus nabatas por un túnel al que llegaba el caudal describiendo un quiebro dificilísimo. Alguien pagó con la vida el nuevo camino. Pero nadie les dijo nada. No importaban: eran seres del pasado. Su futuro era oscuro como el túnel.

            En los años veinte no se hacían sólo obras hidráulicas. El ferrocarril estaba llegando a las entrañas de los Pirineos. Donde llegaba el tren desaparecía la almadía. En el río Gállego se abandonaron al comenzar el siglo. En la cabecera del Aragón pocos años después el ferrocarril de Canfranc acabó con el transporte fluvial. Lo mismo sucedía con las carreteras: su apertura traía el abandono del camino del río. En los años del dictador Primo de Rivera la fiebre de las carreteras llegó a todas partes. Los camiones pudieron acceder a los principales valles y los almadieron, impotentes, tuvieron que dejar su viejo oficio.

            Agonizaban sin sufrir la más pequeña evolución técnica. Los dibujos del siglo XVI muestran nabatas y herramientas de nabateros que son exactamente iguales a las que se empleaban en 1930, cuando el oficio de raier se extinguió en Catalunya y, en Navarra, los almadierons dejaban de conducir madera por el agua, camino del Ebro. Tras la Guerra Civil, el proceso de ruralización que se dio en toda España, y la escasez de combustibles aun forzaron una cierta revitalización del viejo oficio del río, que todavía resistió una década. Los que más aguantaron fueron los más aislados, los que no tenían ferrocarriles ni camiones, aquellos a los que habían obligado en 1915 a pasar con sus troncos  por un túnel tenebroso. Los nabateros del Cinca cerraron la página del transporte fluvial en los ríos pirenaicos: en julio de 1949, con madera procedente de los montes del Sobrarbe, llegaron a Tortosa los últimos nabateros. El asfalto había ganado. Los ríos ya no eran caminos". 

Pirineo

Publicado: 13/05/2008 22:20 por juangavasa en Pirineo
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Se acabó el periplo pirenaico. Acabé exhausto después de 1.900 kilómetros por carreteras secundarias y endiablados puertos de montaña. Ya está hecho, ahora toca escribir. El Pirineo me produce frecuentemente una terrible melancolía. Comparto las mismas sensaciones que en alguna ocasión ha descrito Severino Pallaruelo, cuando habla de la triste soledad de los pueblos pirenaicos, de la desazón que le producen las calles vacías en una tarde de lluvia, las puertas y ventanos cerrados, el silencio confundido erróneamente con la paz anhelada por los urbanos. Ese ingenuo romanticismo de los neorrurales siempre me ha llamado la atención por su pesada carga de utopía e ignorancia. Tanta como la que acumula esa otra extendida tendencia que reivindica con nostalgia el sistema de valores y los modelos tradicionales de vida de la montaña. Sin duda, no saben bien de qué hablan. Como decía Enrique Satué, seguramente tiene algún vínculo con la cuestión de la identidad y la necesidad del individuo de asirse a “esquemas ya dados, angustiado por la dificultad de buscar unos propios”.

No es que reivindique lo que ahora tenemos, sino que estoy convencido de que lo que hubo era mísero, en los arrabales de la indignidad humana. Aunque ahora nos fascinen los símbolos y tradiciones de una cultura milenaria que tenemos la obligación de conservar. La revolución experimentada por la sociedad pirenaica en este último medio siglo ha sido devastadora y en cierta medida necesaria, pero ha provocado un desmoronamiento demasiado precipitado de unos modos de vida ancestrales. Satué era el que afirmaba también que “no son buenos los cambios generacionales tan bruscos, especialmente si se pierde o no se cultiva la memoria”. La misma memoria que sacralizaba el escritor británico John Berger en “Puerca Tierra”, la crónica del desmantelamiento del mundo campesino. Una historia paralela a la pirenaica.

He visitado estos días muchos pueblos que sólo pueden transmitir desesperanza. El Pirineo está pletórico y hermoso pero vive sumido en una agónica paradoja. Esos pueblos que sufrieron el impetuoso azote del éxodo en los años sesenta del pasado siglo disfrutan hoy de las mismas comodidades que buscaron sus antiguos habitantes. Pero son pueblos virtuales que se agarran a la vida con la resignación de quien conoce sus limitaciones y asume su destino. La virtualidad reside en su condición de entes subsidiarios dependientes de la arbitrariedad de las modas y, por desgracia, de la economía. Son pueblos en tanto que son productos. Su músculo se dilata en función de la demanda de ocio que genera. Se encoge cuando son olvidados.

Algunos diréis que éste no es un análisis justo, que quizá peca de apocalíptico. Y probablemente tengáis razón. Pero lo que intento transmitir es la sensación de provisionalidad que proyectan muchos de esos pueblos. Como si vivieran en la milla verde, esperando un final que llegará seguro, aunque nadie sabe cuánto tardará en aparecer. Esos pueblos tienen maravillosas casas rehabilitadas, formidables urbanizaciones de piedra, madera y pizarra para respetar la ortodoxia, pero apenas respiran. Si Madoz regresara al Pirineo ya no podría hablar de almas como hizo en el siglo XIX, sino de casas; casi todas vacías.

En el otro extremo está el voraz urbanismo que ha destrozado los paisajes y ha engordado artificialmente cascos urbanos y antiguos campos de cultivo. Eduardo Martínez de Pisón dijo que “la pérdida de la dignidad de los paisajes es la pérdida de la dignidad de las personas”. Hablaba del Pirineo, claro está. Me ha salido este post demasiado pesimista, como podréis ver, así que lo acabaré hablando de las fantásticas galletas “Birba” de Camprodón (todo un hallazgo); de Prats de Molló (hermoso pueblo amurallado en el norte pirenaico); de Castellar de N’Hug (ejemplo de conservación); del vértigo del Tourmalet; de Anciles, Artiés y Arreau; de San Pere de Roda, de la butifarra de Ribes y del sofisticado atardecer en Cadaqués. La foto es de Cap de Creus el pasado viernes, el inicio y final de este, pese a todo, fascinante Pirineo.

Transpirene

Publicado: 06/05/2008 21:35 por juangavasa en Pirineo
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Al final he encontrado unos minutos para escribir. Estoy en Vielha, en el valle de Arán, ese territorio decididamente francés que en extraña negociación quedó en manos de los reyes españoles hace ya unos siglos. Estoy recorriendo el Pirineo de mar a mar en coche por encargo de una editorial. Una aventura tan entretenida como agotadora. La montaña está espléndida, exhuberante en su plenitud primaveral, con unos ríos y unos barrancos que transportan más agua de la que en ocasiones pueden soportar. Sus cauces son torrentes memorables que auguran un verano plácido. Aunque estos anuncios son frecuentemente heraldos de futuros abusos. Al tiempo. Vielha es una pequeña Andorra que se ha transformado en una urbe a veces intransitable por el conocido "efecto Baqueira". Se huele a dinero por sus esquinas y también se constatan los perversos efectos de un desarrollo tan desaforado que produce vértigo. El valle es una curiosidad casi antropológica. Sus políticos se empeñan en mantener las distancias respecto a Catalunya y enfatizan su hecho diferencial sustentado en su lengua (el aranés), y una tradicional organización política autónoma que tiene mucho que ver con su histórico aislamiento. Hace tiempo hablaba con el Sindic del Val D’Aran, Carles Barrera (ignoro si continúa en el cargo), y cada declaración la iniciaba con una frase inquietante: "como español pienso que...". Lo que yo pensaba es que su impostado españolismo no era más que una elegante pose de pragmatismo político dirigida a Barcelona. En la casa consistorial todavía se conserva en la fachada una placa que recuerda la primera visita de un monarca español a "tierras aranesas". Fue Alfonso XIII en 1925, "bajo directorio militar". El valle tiene estas cosas, imagino que argumentadas nuevamente desde un pragmatismo feroz, no vaya a ser que el nieto de aquél rey deje de venir a esquiar.

En estas diatribas sigo inmerso mientras acabo mi cerveza y me voy a dormir. Mañana voy camino de Puigcerdà. Os dejo una fotografía que hice ayer en Gavarnie. ¿A que mola?

Bendito error

Publicado: 01/04/2008 11:30 por juangavasa en Pirineo
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Hace casi ocho años publiqué en El Mundo de los Pirineos un reportaje sobre el Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca. En aquellos momentos el centro atravesaba una importante crisis que hacía vaticinar su futura desaparición. El artículo lo enfoqué en ese sentido y me generó algunos problemas. Incluso recibí una carta del director del centro en la que me acusaba de manipular la realidad, de ser tendencioso y de no sé cuántas cosas más. El caso es que yo me limité a recoger la percepción general que se palpaba en el ambiente, el pesimismo indisimulado de los científicos y la tozudez de los hechos. Hoy puedo decir, sin embargo, que el tiempo me ha quitado la razón. Y no sábeís cómo me alegro de haber metido la pata. Hace algunas semanas ha comenzado a construirse a la entrada de Jaca  por Pamplona un nuevo Centro más moderno y mas amplio que garantiza el futuro del Instituto y refuerza su papel como principal centro de investigación del ecostistema pirenaico. Algún amigo del Instituo me ha dicho recientemente que aquél artículo ayudó a despertar conciencias y puso la primera piedra del proceso de relanzamiento del centro jaqués. Quizá resulte demasiado pretencioso creer que eso fue así (de hecho lo dudo por completo), pero la construcción del nuevo edificio es la noticia que todos quisimos dar. Bendito error.

En el Parque Nacional de Ordesa se han descubierto restos de pesticidas que llegaron transportados por el aire desde el vertedero de lindano de Bailín, en Sabiñánigo. El hallazgo es fruto de seis años de investigaciones de un grupo de científicos del Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca, que se han dedicado en este tiempo a estudiar la cadena trófica en tierra y agua hasta confirmar que el lejano inicio de la protección del Parque no ha impedido su leve contaminación por efectos procedentes de la moderna sociedad industrial. La investigación dirigida por Cesar Pedrocchi forma parte de uno de los 35 proyectos que cada año acomete el Instituto desde su doble sede de Jaca y Zaragoza y que, en muchos casos, se extienden a ecosistemas que nada tienen que ver con la montaña. Desde su creación en 1942 con el nombre de Estación de Estudios Pirenaicos, su prestigio ha crecido constantemente hasta convertirse en un lugar de referencia, en una fuente obligada para el estudio y conocimiento de la cordillera.

Sin embargo, su salud no atraviesa un buen momento; más bien ofrece síntomas preocupantes. En un país que no concede demasiada importancia a la investigación, el trabajo del IPE de Jaca parece realizado por los “últimos mohicanos” de la ciencia, por una “rara avis” que pone en su empeño las mismas dosis de vocación que de pasión por el Pirineo. Aunque su director, Pablo Martínez Rica, asegura con rotundidad desde Zaragoza que “el centro tiene la viabilidad asegurada y su cierre es imposible”, hay indicios que parecen cuestionar esta afirmación. Y no es una inquietud reciente. Desde que en 1990 el Centro Superior de Investigaciones Científicas creara, no sin traumas, la doble sede en Jaca y Zaragoza, la decadencia del centro jaqués ha sido lenta pero constante. Hay quien habla de una segura “muerte biológica” dentro de quince años, cuando buena parte de la plantilla actual engrose la lista de jubilados. Porque desde 1986 no ha vuelto a contratarse a ningún científico. Daniel Gómez, que ostenta ese dudoso honor, no oculta su preocupación por un futuro que “depende inexcusablemente de que se vayan renovando las plantillas. En este tiempo se han perdido muy buenos científicos que tras acabar su periodo como becarios tuvieron que buscarse la vida como pudieron porque el centro no les acogía”.       

En la actualidad trabajan en la sede de Jaca 35 personas entre profesores de investigación, investigadores, científicos, becarios y personal auxiliar. Desde el inicio de la década de los 90 se gestiona bajo el “modelo americano”, que se basa en la autofinanciación mediante la gestión de proyectos con instituciones y entidades privadas. Cada uno de los tres grupos en los que está dividida la plantilla científica tiene la responsabilidad de buscar proyectos, asegurar su financiación, contratar a becarios, adquirir el material, pagar el teléfono y algunas cosas más. El CSIC sólo asume lo básico. “Al final se pierden más esfuerzos en la gestión financiera que en la investigación, y así no se puede ser competitivo”, lamenta Cesar Pedrocchi. No obstante, este modelo se aplica actualmente en casi todo el mundo. “Antes era el científico el que se interesaba por unos temas. Ahora, con la escasez de recursos para la investigación, tiene que trabajar en los temas que la sociedad demande y que esté dispuesta a pagar”, explica Martínez Rica. Además, si a esa investigación se le quiere dar valor curricular tiene que publicarse en alguna de las revistas científicas que conforman el “Citation Index”, un listado de publicaciones, la mayoría americanas, que destacan por su prestigio y trascendencia en el mundo científico.            

La vieja sede de Jaca tiene cierto aire de antiguo ministerio, un aspecto anacrónico que se lleva mal con lo sofisticado. Tan solo los ordenadores y algún aparato de investigación son capaces de romper la impresión de que a la vuelta de cualquier esquina van a surgir los espíritus de Ramón y Cajal o de Severo Ochoa. Sus largos pasillos carecen de cualquier elemento decorativo. Los grandes murales del Pirineo y de la fauna, las conclusiones de investigaciones recientes, el tablón de anuncios y alguna cartografía indescifrable componen el adusto decorado. Todo lo demás es un  silencio de convento de clausura. Un silencio alterado de vez en cuando por el teléfono de la recepción. A cada lado hay despachos atiborrados de papeles, carpetas, fotografías, planos, mapas y los objetos más insospechados. Y siempre alguien con los ojos clavados en un monitor de ordenador o en un microscopio, que parece vivir ajeno a todo lo que pasa alrededor. “Aquí solo paramos para comer. Estamos metidos en tantos berenjenales y asumimos tantas investigaciones que nuestros días y nuestros años los pasamos aquí dentro”, afirma Federico Fillat. Con su grupo de “Ecología de Sistemas Pastorales” trabaja desde hace más de diez años en un interesante proyecto de desarrollo sostenible en el pequeño pueblo de Fragen, en el valle de Broto.  En ese entorno han desplegado un ambicioso estudio que analiza los pastos, la biodiversidad, los cambios de uso en el territorio y su influencia en el cambio climático. Este verdadero laboratorio natural ha roto también con la vieja idea de que las investigaciones que realiza el centro casi nunca son conocidas por la sociedad. “En este caso hay un compromiso de transferir el proyecto a los agentes sociales representados en la Asociación de Ganaderos del valle de Broto. Además desde hace cuatro años en el colegio de Broto se explica a los críos todo lo que estamos trabajando y después se les lleva al monte para que lo apliquen”, recuerda Fillat. Esta implicación de los futuros ganaderos y agricultores acerca un poco más el sueño del desarrollo sostenible.           

En la planta baja está el herbario, la joya más preciada del Instituto. Tres personas trabajan en la conservación, catalogación y ampliación de la tercera colección más importante del país después de las de Barcelona y Madrid. Pedro Monserrat, el verdadero padre de la obra, llegó al Pirineo en 1960 para explorar su riqueza botánica. Su fascinación fue tal que se quedó en Jaca y comenzó a acumular especies, primero en el ámbito regional y después en el europeo. Cuarenta años después están catalogadas diez mil especies diferentes de toda la flora de Europa y el norte de África y más de 250.000 ejemplares. Su participación en sociedades de intercambio de todo el mundo explica su extraordinaria dimensión. “Sólo por el tamaño de esta colección es imposible pensar que algún día se cerrará este Instituto, es imposible moverla. Además, el clima de Jaca es el idóneo para su conservación”, explica Luis Villar. Hoy el herbario se puede visitar y se ha convertido en un lugar único para la consulta de los aficionados a la botánica.            

La labor de investigadores como Enrique Balcells, director durante 20 años, o Pedro Monserrat es indispensable para entender la larga historia del centro y también su papel en los albores del nuevo siglo. Para Pablo Martínez Rica, ·”nuestra labor es demostrar que es muy importante estudiar la montaña y que los centros de estudio tienen que estar cerca de ella”. Luis Villar aporta más argumentos  incuestionables para defender la necesidad del centro cuando afirma que “El Pirineo es una de las zonas de Europa más interesantes en el estudio de la flora”. Pero esta clara conciencia sobre la importancia del IPE choca cada día con la realidad de una sociedad que arrincona la investigación y, en ocasiones, le hace la vida imposible. Ricardo García, que en sus 25 años de profesión ha trabajado en más de 20 proyectos, apunta que “siempre hay que estar empezando de nuevo porque la gente se va. Está unos años como becario y se va porque no tiene posibilidades de lograr estabilidad laboral. Siempre hay que estar renovando los equipos”. En esa situación de incertidumbre se encuentra Chema Martinez, que trabaja como becario en un proyecto de investigación de las relaciones entre las aves y los arrozales en Monegros. “Nosotros estamos en periodo de formación pero cada vez estamos más como mano de obra. El sesenta y cinco por ciento del trabajo está hecho por becarios que trabajan en condiciones precarias. Si no hay sustituto al becario, la investigación se tambalea.” Con un ojo en el nuevo proyecto y otro oteando el incierto horizonte, los trabajadores del Instituto Pirenaico de Ecología no frenan, pese a todo, su ingente actividad investigadora y continúan con la publicación de libros, la colaboración en revistas, el asesoramiento a instituciones en materia medioambiental y la contribución a la creación de una conciencia social respetuosa con la naturaleza. Son, como bautiza César Pedrocchi, “los obreros de la investigación”.

Foto del Despacho de arquitectos Ramón Fañanas

Mallos

Publicado: 17/03/2008 11:12 por juangavasa en Pirineo
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Inmensos y solitarios, los mallos singularizan el paisaje de las sierras exteriores del Pirineo central. No pertenecen al perfil grandioso de la cordillera axial pero rivalizan en espectacularidad y asombro. Riglos, Agüero, Vadiello... grandes torres de conglomerado surgidas de la nada, ancladas como barcos varados en medio de paisajes que no están a la altura de las circunstancias de la naturaleza. Los mallos, topónimo aragonés derivado del latín malleus “mazo”,  son  grandes escarpes rocosos de rotunda verticalidad,  adosados en la ladera de una montaña. Nacieron en la era terciaria de un antiguo cono de deyección constituido por una masa de conglomerados que se depositaron en el borde externo de la cordillera pirenaica. Estos deshechos adquirieron vida propia y se transformaron en sugerentes y altivas formaciones graníticas tan salvajemente bellas que se instalaron en el imaginario popular como obra de seres malignos. Sólo una mente diabólica podía ser capaz de tamaño reto a la madre naturaleza.            

Y así durante la oscura Edad Media los mallos, principalmente los de Riglos y Agüero, fueron habitados por seres malignos que protegían las formaciones rocosas y sus privilegiadas perspectivas. En este tiempo Riglos fue el efímero Reino de los Mallos, cuando a su muerte Pedro I dejó  en herencia a su esposa Doña Berta Cruz,  el único paisaje que podía compararse a su belleza y dignidad. Poco después Alfonso I el Batallador recuperó los territorios para el Reino de Aragón y rompió con su espada aquel sueño de amor.           

En esos riscos imposibles Pedro el Saltamontes labró su leyenda de saltador prodigioso y atleta memorable. Una vez apostó con los vecinos que podía saltar desde el Pisón, el mallo más alto de Riglos, al suelo sin sufrir daño alguno. Sólo puso como condición que los espectadores se alejaran del lugar de caída “para verle mejor”. Nada más saltar corrió con su mujer y el dinero de la apuesta en dirección contraria y nunca más se supo de él. Los mallos mantienen intacta la magia que azuza retos humanos y nuevas conquistas. Paraíso de sueños montañeros y buitres que realzan con su sereno vuelo la altivez y majestuosidad de una verticalidad natural sobrecogedora.

Jorjón

Publicado: 03/03/2008 17:25 por juangavasa en Pirineo
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Cierra Le Pas d’Aspe. El sueño de Jorjón llega a su fin después de cuatro años de irreductible lucha por mantener en pie ese hotelito de Urdos que había simbolizado muchas de las metáforas de este Pirineo. Cierra después de haberlo intentado todo y de haberse enfrentado a todo. La falta de nieve, la crisis, el desconocimiento, las comunicaciones, la frontera sicológica que todavía sigue representando la cordillera… cierra Le Pas d’Aspe y en cierta medida todos cerramos la esperanza de una hermosa utopía que durante cuatro años sólo se alimentó de esa fe desbordante y contagiosa de Jorjón. El cierre de un establecimiento tiene hoy en día en el Pirineo el mismo impacto que producía hace treinta o cuarenta años el abandono de una casa. Hay un inconfundible hedor a éxodo, vacíos y ausencias.

            No quiero utilizar la palabra fracaso porque no creo que sea apropiada. Es más; pienso que si alguien no ha fracasado en esta aventura ha sido Jorjón, porque él ha sido el único que dio un paso adelante y se atrevió a embarcarse en una aventura incierta, fue el único capaz de nadar contracorriente en busca de su sueño, el único que tuvo los arrestos necesarios para replantear su vida y explorar nuevos caminos hacia la felicidad. Eso nunca puede ser un fracaso.

            El cierre de Le Pas d’Aspe lleva implícitos muchos mensajes. El primero de ellos y el más triste es la constatación de que el modelo de desarrollo en que está inmerso el Pirineo desde hace años es pan para hoy y hambre para mañana. Una advertencia que Jorjón no se ha cansado de manifestar desde hace años. Puede que el cierre de Le Pas pase inadvertido en el Valle de Canfranc, henchido como está de grandes urbanizaciones y megaproyectos, pero en el Aspe va a ser un mazazo. Jorjón trajo aire fresco al deprimido valle francés, su apuesta empresarial fue un mensaje de esperanza que además se digería mejor con buen vino español y buenas tapas. Era un proyecto de empresa pero cargado de un fuerte compromiso pirenaico.

            Las gentes de Urdos, Lescun, Bedous, Cette Eygun… todas ellas percibieron en la aventura de ese joven grandullón español un anclaje al futuro. Pero no ha podido ser. Este Pirineo de grandes masificaciones, horizontes urbanizados y turismo convencional no está preparado todavía para nuevas vías de desarrollo basadas en modelos más racionales, prudentes y equilibrados como el que representaba Le Pas d’Aspe. Ya lo decía Cela en su "Viaje al Pirineo de Lérida" en 1964: "Los turistas probablemente, son especie gregaria y muy asna que se conforma con lo que se le da (aunque no venga a cuento lo que se le dé)". Jorjón, que es montañés, de Canfranc, sabe bien que la mayor derrota es la resignación y en esta tierra nos hemos acostumbrado a resignarnos demasiadas veces.

            Ahora te vas a Zaragoza y me alegro por ti porque sé que tus nuevos proyectos ayudarán a enterrar los viejos y, además, te van a conservar intacto tu entusiasmo natural. Pero siempre que un habitante del Pirineo aragonés tiene que irse a vivir a la capital, deja una estela de melancolía en los que se quedan. Es una historia que se repite, que se viene repitiendo desde hace medio siglo.

Gavarnie

Publicado: 25/02/2008 11:15 por juangavasa en Pirineo
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Gavarnie tiene un telón de fondo que estremece. El pueblo se encoge por todas sus aristas ante el increíble escenario natural que lo envuelve. Se mire por donde se mire, no puede escaparse de esa imposible pared que forma parte de las imágenes más reconocibles del Pirineo. El circo glaciar está omnipresente, se impone desde todos los ángulos del pueblo, como un decorado de cartón piedra que siempre le roba el protagonismo al eventual primer plano de la fotografía.

Hasta que llegaron los primeros pirineístas a finales del siglo XIX,  Gavarnie evocaba más bien temor y peligro al desprotegido peregrino que atravesaba el Camino de Santiago. En la iglesia de Notre Dame du Bon Port (s. XIV), en mitad del sendero, recibían auxilio espiritual de los hospitalarios de San Juan de Jerusalén antes de cruzar la Brêche de Roland o el puerto de Boucharo (Bujaruelo). Tenían que digerir todavía 911 kilómetros exactamente y una pléyade de contrabandistas y bandoleros que acechaban a cada paso.  Gavarnie era un alto en el tortuoso camino, no eran tiempos para admirar tanta belleza natural.

Siglos después nacieron las corrientes románticas y hedonistas que reivindicaban el placer como estímulo vital y Gavarnie se transformó en el templo del excursionismo que hoy conocemos. En esa época se construyeron edificios ya emblemáticos como el Hotel des Voyageurs primero, el hotel Vignemale años después o el hotel Compostela. Referencias de una forma de entender la montaña que cultivaron los grandes pirineistas como Frederic Swan, Victor Hugo, Ramond de Carbonnieres y, por supuesto, el conde Henry Russell, cuya egregia estatua ubicada a la entrada del pueblo marca en cierta medida la frontera entre los dos núcleos que componen hoy Gavarnie y que expresan el pasado y el presente. A la derecha el pueblo clásico de callejuelas estrechas y arquitectura anárquica, con casas que parecen transportadas desde el barrio de Montmatre de Paris como el albergue Jan Da Lo. A la izquierda el templo de los mercaderes,  nacido de un desarrollo turístico reciente influido más por la cercana Lourdes que por el mundo excursionista.

            Este Gavarnie de casas prefabricadas, tenderetes, restaurantes y tiendas de souvenirs es el precio pagado por pertenecer al universo irrepetible del circo glaciar. Bien mirado, es un precio razonable. El pueblo ha claudicado ante el empuje del turismo de masas pero ha conservado como último señuelo del viejo romanticismo decimonónico cierta armonía en la trama urbana y un impagable horizonte despejado de grandes bloques de apartamentos. La tentación de los constructores no ha encontrado terreno de cultivo. A ambos lados de la amplia calle que cruza el nuevo Gavarnie,  crecen los puestos de souvenirs. Hay de todo: la prolífica marmota convertida en mascota que silba a tu paso, ovejas que balan, osos que asustan, postales del circo desde cientos de ángulos, grandes posters de Jean Masson, gafas, camisetas, gorras, calendarios, miel del país, vino de la tierra, queso autóctono... el Pirineo convertido en producto de marketing. Y luego los burros y los asnos para garbeos turísticos hasta el circo, otra herencia de los tiempos en los que no existían los 4x4. Mochileros, niños, padres de familia, señoras de avanzada edad y discapacitados llegados de Lourdes transitan por esta arteria sin salida que va a parar al rincón más bello del Pirineo. Hay cierto cosmopolitismo que contrasta con el entorno.

            No muy lejos de ahí, aislado del ruido, apartado del fragor cotidiano, está el cementerio pirenaico, donde reposan el mayor número de pirineistas de renombre de toda la cordillera. En este pequeño terruño junto a la iglesia se escenifica en toda su magnitud el doble carácter épico y trágico de la montaña. Allí  descansa el gran Jean Arlaud, fundador de la Federación Pirenaica de esquí, muerto en Gourgs Blancs en 1938. “Por consagrar su vida a la montaña. En primer lugar a la exploración profunda de los Pirineos”, reza su epitafio. “A la memoria de Celestin Passet y de los guías de Gavarnie”, “A Claude Valleau y Richard Winkler, guías de montaña”, “A notre chere Marthe, morte en montagne”... No hay ostentación en las tumbas, sólo admiración y respeto.

            De nuevo abajo, en el núcleo original, regresan las evocaciones de tiempos pasados, cuando el conde Russell se alojaba en el Hotel des Voyageurs, el mismo en el que el 19 de agosto de 1864 se fundó la primera asociación pirineísta, la Societe Ramond. Allí también se alojaron Ramond de Carbonnieres, Henry Russell, Victor Hugo, Gustave Flaubert o el pintor Gavarní. En una de sus habitaciones nació el que años después sería Napoléon III. Esta reserva de la memoria pirineista pronto se convertirá, según anuncia un cartel, en 10 apartamentos de alto standing. Es el signo de los tiempos. Esta es la zona más montañera del pueblo, donde se encuentran los albergues y refugios con mayor tradición como el Jan Da Lo o Le Gypaete, y se conserva la trama urbana original de empinadas callejuelas diseñadas cuando sólo las podían atravesar caballos y mulos. Todo el viejo encanto tiene un aspecto actual. Parece que siempre estuvo allí, rodeado de inmensas montañas.

            Efluvios de romanticismo y modernidad que no desentonan pese a todo. Gavarnie sigue siendo la seña inequívoca del pirineismo en estado puro, el punto de partida para cientos y cientos de montañeros que cada año atraviesan la Gave de Pau para alcanzar uno de los grandes templos de la cordillera,  donde la memoria de los pioneros sobrevuela cada nueva expedición. 

           

Tocad el cielo

Publicado: 20/02/2008 08:39 por juangavasa en Pirineo
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El empeño del hombre por superar las adversidades de la naturaleza alcanzó proporciones épicas a principios del pasado siglo, cuando un grupo de entusiastas de la meteorología y la astronomía promovió la construcción de un observatorio en la cima del Pic du Midi de Bigorre (2.877 metros de altitud) para el estudio de los astros y los fenómenos atmosféricos.

La epopeya de los hombres que construyeron el observatorio es la de tantos montañeses  anónimos que quedaron al margen de la historia, ocultos tras el brillo intelectual de los grandes pirineistas, ajenos a los reconocimientos públicos y perdidos en la memoria colectiva. Como los soldados que trabajaron para Napoleon en la apertura del abismal Chemine de la Mature, o los obreros que excavaron el interminable túnel ferroviario del Somport, los hombres que ascendieron hasta la cima del Midí con el pesado material científico arriesgaron sus vidas en interminables jornadas cargadas de calamidades y peligros constantes. Sus nombres no quedaron para la posteridad pero el resultado de su sacrificio es tan imponente que nadie puede quedar indiferente. ¿cómo lo hicieron? Cuando estás arriba, la pregunta es inevitable.

La historia nos ha dejado, sin embargo, huellas indelebles de sus promotores intelectuales. La soberbia obra no fue el fruto caprichoso de las corrientes naturalistas y románticas de finales del XIX, sino la culminación de un viejo sueño  que comenzó en 1741 con el astrónomo François de Plantade, responsable de los primeros trabajos científicos conocidos en la cima del Midi. Para él y para algún otro extravagante visionario, como François Cassini, la montaña no era el inhóspito infierno habitado por seres abominables, según la creencia instalada en el imaginario popular, sino la atalaya privilegiada donde la pureza de la atmósfera era absoluta y la visión irrepetible. Plantade pagó caro su sueño y murió ese mismo año en el Sencours (2464 m), la antesala del Midi, pero su nombre quedó para siempre vinculado a la historia de la cumbre.

            En 1787, en las vísperas de la Revolución Francesa, aparece en escena Louis Ramond de Carbonnieres, figura capital en la historia del pirineismo y en particular del Midi de Bigorre. Junto al Cardenal de Rohan, de quien era secretario particular, viaja exiliado a Barèges tras una rocambolesca historia de intrigas y acusaciones en el seno de la monarquía parisina. En ese momento comienza un intenso idilio con el Midi que le llevaría a escribir una bella obra titulada “Observations faites dan les Pyrenees pour servir de suite a des observations sur les Alpes”, que se convierte en una ardiente defensa de la construcción de un observatorio en su cima. 

La influencia de Carbonnieres en las elites políticas, científicas y económicas de su época  fue decisiva para convencer a la burguesía francesa de la necesidad de  avanzar en el terreno de la investigación y la ciencia. Pero la Revolución Francesa frenó los impetuosos avances durante varias décadas, hasta que el doctor Arnaud Costallat dio un paso gigantesco en 1852 al romper por primera vez la gruesa línea que separaba las ideas de las realidades.

Ese año construyó un pequeño albergue para turistas en  el Secours, no muy lejos de donde Plantade había muerto 89 años antes,  que los historiadores consideran el primer espacio para la observación levantado en el Midi. De hecho, muy pronto fue ocupado por científicos y astrónomos que lo utilizaban como campo base para sus estudios, pero una avalancha de nieve lo asoló a los pocos meses. Costallat no claudicó, cuatro años después  abrió un nuevo edificio y comenzó a contar con la colaboración del físico Jean Bernad Foucalt, el hombre del péndulo, o Le Verrier, el organizador de la incipiente red meteorológica francesa.

Son años de frenética actividad, de espesos debates científicos que culminan en 1865 con la fundación en Gavarnie de la Sociedad Ramond, que impulsa decididamente la construcción de un observatorio en la cima del Midi. Con tal fin se constituye la Comisión Internacional del Pic du Midi, formada, entre otros, por el prestigioso y adinerado conde Henry Russell, y Maxwell Lyte, que en 1860 había logrado fijar sobre una placa un eclipse solar.

            Costallat  muere en 1871 y toda su pasión por la ciencia y la naturaleza es transmitida a Charles de Nansouty, un singular general retirado en Bagneres de Bigorre que tenía además de un glorioso pasado en el ejército imperial, una sensibilidad especial hacia la naturaleza y el Pirineo. Desde 1873 hiverna en el pico de Sencours para observar los fenómenos meteorológicos. Las fotos y grabados de la época muestran a un hombre adulto de largos bigotes y estampa ermitaña que casa poco con el estereotipo del hombre de ciencias. Sin embargo, su pequeña locura alerta de la inminencia de unas inundaciones en el invierno de 1875 y el valle amenazado es evacuado a tiempo.

Desde entonces, la utilidad del observatorio quedará fuera de toda duda.  La primera piedra del edificio se pone en 1878 y dos años después finaliza la obra. Para su construcción se utilizaron las mismas piedras que estaban en la cima del Midi y el agua del deshielo. Eso reducía considerablemente los esfuerzos humanos para el transporte pero no así los innumerables inconvenientes propios de una construcción en altura. La arena para fabricar el cemento fue subida por mulos, un animal indispensable en la historia del observatorio,  desde el cercano lago de Oncet. En cada viaje los mulos portaban cien kilos de arena, que transportaban con una parsimonia que a veces desesperaba. Pero su presencia ahorró grandes sacrificios.  Nansouty fue el primer inquilino del flamante edificio en el invierno de 1881, cuando ya tenía 66 años.

Al año siguiente pasó a ser propiedad del estado y asume su dirección el ingeniero Celestin-Xavier Vaussenat, otro de los nombres imprescindibles de esta epopeya.  Su busto, junto al de su compañero Nansouty (considerados por la historia como los fundadores del complejo científico), preside desde principios del siglo XX la entrada al edificio de la antígua cúpula, reconvertido hoy en museo y restaurante.  Vaussentat engrosó la leyenda negra del pico al fallecer mientras era trasladado enfermo a la base en 1891.

Con el inicio del siglo XX surge la figura de Benjamin Baillaud, un científico del Observatorio de Tolouse que emprende la empresa más difícil acometida hasta entonces: la construcción de una cúpula para la observación de los astros. La realización de este proyecto culmina los sueños de todos sus antepasados; de Plantade, Darcet, Carbonnieres, Costallat, Nansouty... todos ellos habían imaginado un observatorio en el que de manera indisoluble se estudiara la meteorología y astronomía, ciencias que consideraban complementarias. Así los astros y el Midi estuvieron definitivamente más cerca.

Pero la envergadura del proyecto y las dificultades intrínsecas de su peculiar ubicación convirtieron los veranos de 1906 y 1907 en jornadas dramáticas de esfuerzos sobrehumanos y riesgos latentes. Los soldados del regimiento de Tarbes habían habilitado unos estrechos caminos de acusadas pendientes  para mover las pesadas piezas con la fuerza de los mulos. Sus dimensiones eran tan considerables que esos minúsculos caminos apenas servían para transitarlos a pie. Así que los militares tuvieron que recurrir al plan más primitivo y cargar a sus hombros las piezas y escalar con ellas en línea recta. Un suplicio agravado por el tórrido calor. Baillud dejó escrita la crónica de aquellos días: “el comandante Lallemand y los artilleros del Regimiento de Tarbes, que estaban a sus órdenes, bajo un sol de plomo, con fatigas extremas y corriendo grandes peligros,  escalaron la montaña con las piezas del instrumental. Hubo que asaltar la cima veinte veces en quince días, donde el enemigo era reemplazado por estas enormes piezas de fundición, que no sabían ni cómo sujetar ni cómo mantener. Tanto los oficiales como el resto de hombres expusieron varias veces su vida y vivieron grandes angustias. Un momento terrible fue el causado por el choque, imposible de prever, de una gran piedra que rodó desde lo alto de la montaña contra uno de los mulos”. En septiembre de 1907 concluyó la instalación del instrumental bajo la cúpula que hoy se conoce con el nombre de su promotor.

Comenzó así la edad de oro de la astronomía en altura. La instalación crecía y se modernizaba,  y decenas de científicos hivernaban en la cima del pico aprovechando las nuevas comodidades, la pureza del cielo, la nitidez de la luz,  y la ausencia de polvo en suspensión; unas condiciones inmejorables para el estudio y observación del cielo y los fenómenos meteorológicos. El abastecimiento se seguía haciendo con mulos, cuando no por los hombres más fuertes y aguerridos del valle, que se convirtieron de este modo en protagonistas secundarios pero irreemplazables de la epopeya del Midi. En 1926 la apertura de la carretera de Tourmalet a Sencours facilita el ascenso de los hombres y los materiales a través de un estrecho camino, pero también provoca un incremento de turistas que altera la anhelada soledad de los científicos.

Cuatro años después Bernard Lyot inventa el coronógrafo, que le permite observar la envoltura externa del sol. Ni la llegada de la electricidad ni de la alta tensión contribuyeron tanto al final de la epopeya del Midi como la construcción del teleférico en 1952. Su puesta en funcionamiento borró de un plumazo las adversidades a las que se tuvieron que enfrentar durante siglos todos los que lucharon por convertir su cima en un laboratorio científico. En tan solo unos meses dejó de ser ese lejano lugar en el que, según Henry Russell,  “hay mañanas en las que los ángeles tienen nostalgia de la tierra”.

 

EL TURISMO PARA GARANTIZAR SU FUTURO

Los últimos cincuenta años del Observatorio han sido especialmente azarosos. En 1963 la instalación del telescopio de 106 cm. en la cúpula Gentili permitió establecer convenios de colaboración con la NASA para la preparación de las misiones del Apollo. En 1980 entra en funcionamiento el TBL (Telescopio Bernard Lyot), el mayor de Francia, pero esta inversión no garantiza el futuro del centro, que comienza a cuestionarse desde la administración central. Cuando en 1994 el gobierno francés amenaza con su cierre los agentes políticos, sociales y científicos de la región se movilizan y crean un sindicato mixto para promover la explotación turística del Observatorio sin renunciar a sus fines originales.

El proyecto “Pic 2000” promueve la construcción de un nuevo teleférico con capacidad para 45 personas por cabina, que cubre la distancia entre la estación de Mongie y la cima del Midi en 15 minutos con un transbordo en  el pico Taulet. Parte de los antiguos espacios destinados a la investigación se convierten en restaurantes, terrazas panorámicas  y el museo, en el que se revisa la historia del observatorio y se ofrece una interesante mirada al mundo de la astronomía y la ciencia. Allí podemos observar una gran maqueta del Pic du Midi, la auténtica cúpula Baillud, instalada en 1907 para el estudio del sol, proyecciones audiovisuales, exposiciones fotográficas sobre el universo y réplicas de los aparatos de investigación. El acceso al Midi cuesta 23 euros y el teleférico, que parte desde la estación de esquí de Mongie, funciona durante todo el año, aunque supeditado a las condiciones climatológicas. Gracias a la explotación turística, el observatorio tiene garantizado desde el año 2000 el futuro de su actividad científica.