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Juan Gavasa

CRÓNICAS DEL CANADÁ

Pío Baroja estaba equivocado

Pío Baroja estaba equivocado

Hace ya algún tiempo que decidí abandonar la lectura de cualquier artículo que llevara la frase atribuida a Pío Baroja, “el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando”. No importa que el artículo me interesara o que su autor integrara mi lista de predilectos, opté por ser radicalmente intransigente porque ese recurso irrumpía en mi lectura como una decepción infinita, como un estallido de cristales sobre el suelo que lo pone todo perdido y además puede causar daños.

Escribía recientemente Benjamín Prado que “no hay terreno más estéril que un lugar común”.  Con el presunto aforismo de Baroja ocurre lo mismo, el tiempo y su abuso han puesto de relieve su utilidad como eficaz slogan publicitario, como idea fuerza rotunda y contundente que inyecta a quien la pronuncia una inmediata superioridad moral y mucha complacencia. Se trata de ese tipo de citas que siempre adorna bien un texto, le aporta brillo y esplendor, y sobre todo ahorra el esfuerzo de buscar argumentaciones más trabajadas y sólidas.

Frecuentemente suele ser utilizada con la categoría de teoría empírica por quienes intentan desacreditar a los nacionalistas catalanes o vascos. La paradoja es que esos mismos son portadores de otra forma de nacionalismo que el científico social británico Michael Billig calificó de “banal” o “difuso”; es decir, una interpretación natural del concepto nación vinculada generalmente a la idea de España. Dudo mucho que todos los que apelan a Baroja de forma tan oportunista respondan al retrato social que pretendía dibujar el escritor vasco. Qué viajen los otros, cabría decir.

Como lugar común que es, se ha convertido en una frase hueca que no dice nada más allá del eco de su sonoridad, un fuego fatuo que corre el riesgo de resultar sospechoso por apócrifo. Pero tiene una poderosa utilidad asociada a su capacidad para desactivar cualquier réplica de su destinatario porque siempre lo deja en inferioridad, en una incómoda posición en el piélago del debate.

¿Qué es viajar? ¿A qué tipo de viajes se refería Baroja? ¿Vale un viaje a Eurodisney con los hijos o un vuelo a Cancun pasando por New York? ¿Después de unas cuantas visitas a Florencia, Praga, Londres y París se nos pasará la ventolera del nacionalismo? ¿Cuenta como viaje un fin de semana esquiando en Andorra? ¿Alguien nos puede garantizar que después de unos cuantos vuelos transoceánicos nos transformaremos en ciudadanos sofisticados y cosmopolitas? ¿Aborreceremos entonces las borrajas del pueblo y las tradiciones populares?

No lo tengo muy claro. Desde que llegué a Canadá he transitado por algunas de las fases de adaptación que impone el manual del buen emigrante. Sospecho que me quedan unas cuantas por atravesar. Al principio el recién llegado es inquilino de una sorpresa continua, habitante de un mundo perfecto en el que todo es como parece y la vida es una epifanía diaria. Venimos arrastrados por el impulso irrefrenable de la ilusión, poderoso combustible.

Es la etapa en la que nuestra admiración por el país de acogida sólo es comparable al juicio crítico y al rencor que proyectamos sobre la tierra que dejamos. Para sostener la estructura mental del cambio nos armamos con unas cuantas frases y convicciones que son el patrón oro de nuestras dudas, de nuestra nostalgia y nuestro miedo infinito. No nos engañemos, son frases que revelan una actitud castiza y paleta pero que apuntalan el herrumbroso edificio de nuestra fe como si fuera la verdad revelada. “Hemos hecho bien viniendo a este país”, “es lo mejor para nuestros hijos”, “aquí se vive mejor”, “los canadienses son mucho más civilizados”, “no se puede comparar la calidad de vida”, “aquí no hay corrupción”, “el invierno no es tan duro como pensábamos”… de éstas tengo unas cuantas más.

Pero la melancolía pronto acude al rescate de las almas transterradas. No tarda mucho en hacer acto de presencia, como los buitres que huelen el olor a carnaza. A estas alturas de la vida nuestra paletismo sigue intacto, aunque transformado. Llegan los primeros síntomas de nacionalismo revenido manifestados en expresiones que salen de nuestros labios primero con pudor y remilgo y después como bravatas: “como en España no se come en ningún sitio”, “no hay vinos como los españoles”, “el prosciutto de los italianos es una mierda comparado con nuestro jamón”, “estos canadienses no saben divertirse. Tendrían que pasar una temporada en España”… El catálogo puede extenderse y ahora el patrón  establece la medida de nuestra nostalgia.

Canadá es un país hecho de emigrantes. Los únicos canadienses nativos son los pertenecientes a las naciones originarias o “primeras naciones”, siempre en permanente conflicto con el gobierno federal por la defensa de sus derechos de origen. El  principal signo de identidad canadiense es la multiculturalidad y Toronto es la ciudad del mundo con mayor diversidad étnica.

Podría pensarse que ello ha forjado una sociedad abierta y solidaria en la que la convivencia ha logrado homogeneizar la diversidad y diluir los nacionalismos en el multietnicismo. Pero yo no lo creo. Más bien ha promovido de manera inconsciente una estructura social en compartimentos estancos que establece flujos de comunicación limitados. Los millones de ciudadanos del mundo que han venido a parar a Canadá han traído consigo su patria, su fe y sus costumbres. La Constitución canadiense de 1982 fue un traje a medida para que esa riqueza étnica fuera la base de la nueva construcción nacional. Y como todos los empeños ambiciosos, pronto registró fracturas y desajustes que han elevado a la superficie una distorsión social que es palpable en cualquier nivel de la sociedad canadiense.

Alguien habló de la “esquizofrenia binacional” para referirse a Canadá. Se manifiesta gráficamente en las grandes competiciones internacionales de fútbol con la irrupción en los coches que circulan por el país de banderitas que informan de la nación de origen de sus conductores. Conforme los equipos van cayendo eliminados la diversidad de enseñas se va reduciendo hasta recuperar nuevamente la normalidad: los canadienses tienen una relación de austeridad con la suya propia, nada comparable a la pasional de los estadounidenses.

Paul Wells, periodista de “Maclean’s”, la revista de cabecera de muchos ciudadanos de este país, ha afirmado en alguna ocasión que la característica que resume la identidad de la sociedad de Canadá es “la experiencia compartida” que significa: “llegar de alguna parte, adaptarse y participar enseguida en los debates nacionales”. Se olvida de aportar otra realidad; quienes vienen aquí no acaban de irse nunca de sus países de origen ni renuncian a sus costumbres, religiones y tradiciones. Más bien el fenómeno de la emigración refuerza la melancolía de la identidad nacional individual. Las razones sentimentales anidan en el concepto mismo del nacionalismo y, como alguna vez me ha recordado mi amigo Enrique que escribió Max Aub, “uno es de donde estudió el bachillerato”. La experiencia canadiense me muestra cada día qué equivocado estaba Baroja.

Rompiendo el hielo

Rompiendo el hielo

Canadá es un país joven, con poca historia y escasos hitos que conmemorar. Para un azorado ciudadano de la Vieja Europa la ausencia de cuentas pendientes con el pasado proyecta una extraña sensación de inocencia y candidez. En los años 50 del pasado siglo hizo fortuna una frase del entonces primer ministro canadiense John Diefenbaker, que solía decir que el país “tiene demasiada geografía y muy poca historia”. Los huecos de los almanaques fueron cubiertos por el deporte y sus mitos se encargaron de alimentar el imaginario popular a falta de imperios añorados y de héroes de guerra que echarse a la boca.

Abundan en las librerías canadienses los libros de fotografía que repasan la historia del país, fundado en 1867 pero sometido jurídicamente al Parlamento británico hasta 1982. Es la única gran potencia que puede atestiguar toda su existencia mediante imágenes. En estos libros el relato histórico suele nutrirse de algunas efemérides de consumo doméstico que ayudan a entender la construcción física y la identidad del país, huérfano de la acerada memoria colectiva de los pueblos viejos. Cuando la historia no es una apretada cronología todavía queda sitio para lo cotidiano.

Los héroes y traidores, las victorias y las derrotas casi siempre se encuentran en los campos de juego. Y así es como cuando uno llega a Canadá no tarda en encontrar a alguien que le relata la heroica victoria de la selección de hockey sobre la Unión Soviética en las “Super Series” de 1972 en Moscú. Aquello trascendió lo deportivo, fue la escenificación de la Guerra fría en una pista de hielo; la victoria del mundo libre sobre el comunismo.

El capítulo de las traiciones pertenece, sin duda, a Wayne Gretzky. Cada 9 de agosto las televisiones recuerdan que tal día como aquél de 1988 anunció desconsolado que dejaba los Edmonton Oilers y se rendía a los dólares americanos de los multimillonarios propietarios de Los Ángeles Kings. Nadie ha olvidado aquella afrenta del que es considerado mejor jugador de hockey de todos los tiempos.

También hay capítulos enteros para las derrotas, pero algunas ayudaron a forjar una conciencia común, de gran eficacia cuando se trata de coser el tejido emocional de un país. Como las del patinador Brian Orser en los JJOO de Sarajevo 84 y Calgary 88. Su doble plata ante los gigantes americanos Hamilton y Boitano fue para los canadienses ese tipo de derrotas que alimentan el orgullo colectivo porque se consideran dignas y ennoblecen al que las protagoniza. Los duelos de Orser con Boitano y Hamilton se siguen recordando como una de las épocas más hermosas y vibrantes de la historia del patinaje.

Desde entonces Canadá tiene una cuenta pendiente en los JJOO de Invierno, la competición que mejor proyecta las características del país, su personalidad marcada por el rigor invernal. Nunca un canadiense ha ganado la medalla de oro en la modalidad masculina de patinaje artístico y el asunto comienza a escocer. Pero están convencidos de que el próximo año en Sochi su compatriota Patrick Chan zanjará la histórica deuda y vengará a Orser. Tienen razones de peso para el optimismo puesto que el patinador nacido en Ottawa es el vigente Campeón del Mundo y el hombre que marca la tendencia del patinaje actual, su referente indiscutible tras el largo reinado del ruso Evgeni Plushenko.

Sin embargo, a finales del pasado mes de noviembre la inquietud se instaló en el país y el desasosiego comenzó a envolver las noticias sobre el venerado Chan. En el Skate Canada, una de las pruebas que componen el Grand Prix (Copa del Mundo de patinaje), la victoria fue para el español Javier Fernández, que logró sacarle 11 puntos al canadiense y envolver de dudas a todo su entorno. A esos niveles, cuando los que compiten son los mejores entre los mejores del circuito mundial, esa diferencia en la puntuación es una barbaridad.

En horario de máxima audiencia y retransmitido a todo el país, el programa libre de Javier (su ya conocida coreografía con música de películas de Chaplin), causó tanta admiración como desconcierto entre el muy entendido público canadiense. A esas alturas Fernández ya no era un desconocido en Canadá; en 2011 había logrado la medalla de plata en la misma competición y el bronce en la final del Grand Prix celebrado en Quebec, en el que sólo participan los seis mejores de la temporada. Todos sabían entonces que el español acababa de aterrizar en Toronto para entrenar precisamente con Brian Orser, convertido ahora en uno de los preparadores más prestigiosos del mundo. Una pirueta con tirabuzón del destino, que ha puesto en sus manos la preparación de uno de los patinadores que puede arrebatar a Canadá una vez más el ansiado oro olímpico.

Antes, en marzo, se disputará en London (Ontario), a una hora escasa de Toronto, el Campeonato del Mundo. Allí estarán los japoneses, dominadores absolutos del cotarro, y Patrick Chan, que aspira a revalidar el título espoleado por sus compatriotas. Con el oro continental Javier Fernandez se ha sacudido de encima la presión de demostrar hasta qué punto su patinaje ha alcanzado la excelencia. Ya tiene uno de los 3 grandes campeonatos y ahora son sus rivales los que, abrumados seguramente por el nivel demostrado en Croacia, observarán al español con el respeto que sólo se ganan los deportistas verdaderamente brillantes.

Javier está en esa esfera, en un  exclusivo grupo donde las medallas se disputan en pequeños detalles, en sutilezas técnicas sólo apreciables para los jueces y técnicos. Tiene además una habilidad al alcance tan solo de unos pocos elegidos: hace los cuádruples, el salto más difícil del patinaje, con una técnica y una facilidad prodigiosas. Sólo tres patinadores en la historia han sido capaces de repetirlo tres veces en un mismo programa; Javier es uno de ellos.

El éxito del madrileño en el Europeo ha desatado un repentino interés por el patinaje en nuestro país. España es muy dada a estos entusiasmos efímeros y oportunistas pero quienes conocen a Javier saben que tiene la cabeza bien amueblada, no le afectará la presión porque de algún modo siempre se ha movido bajo ella. Destacó casi desde que se puso por primera vez los patines con siete años emulando a su hermana Laura, la pionera de la familia. Su primera entrenadora, Carolina Sanz, se ha prodigado estos días en recuerdos sobre los inicios de Javier: su carácter díscolo y anárquico, su facilidad para hacer piruetas y saltos, su genética extraordinaria, su carisma. Hay otro elemento que es un lugar común en todos los talentos deportivos: no tiene una biografía plácida.

Pese a sus 22 años su vida está dibujada con meandros y recovecos, una manera gráfica de describir la larga lista de sacrificios que ha ido acumulando hasta llegar adonde está ahora. Del club Igloo de Madrid se fue a entrenar durante un año y medio al CETDI de Jaca siguiendo la estela de su hermana mayor. Su madre pidió una excedencia y se fue con ellos. Javier crecía y en las puertas de la adolescencia, época de turbulencias, dio la espantada por un tiempo. Volvió él solo, reforzado en su convicción de ser algún día alguien grande en el patinaje. Después del Festival Olímpico de la Juventud Europea de Jaca en 2007, donde quedó cuarto a centésimas del bronce, el prestigioso entrenador ruso Nikolai Morozov le propuso entrenar con él en New Jersey. Y con 17 años se separó de sus padres y emprendió un camino desconocido y tortuoso que le acabaría haciendo más fuerte. A partir de ahí su biografía se transforma en relato. Hace dos semanas confesaba que esa oferta de Morozov le cambió su vida. “Hasta entonces nunca me había planteado salir de España, no entraba en mis cálculos.”

El patinaje artístico es uno de los deportes más exigentes y sacrificados del mundo. Las recompensas, si es que alguna vez llegan, pocas veces guardan proporción. Solo los grandes campeones mundiales, olímpicos o europeos pueden asegurarse cierta prosperidad económica y el reconocimiento general. Por eso abundan las biografías rotas, las retiradas prematuras, los rencores larvados y las frustraciones de pesada digestión. Es un mundo endogámico y cerrado en el que todo se sabe y en el que las oportunidades para triunfar dependen no solo de las cualidades del patinador sino de su capacidad para soportar durante años una presión que, como en todos los deportes individuales, no se puede descargar en nadie más. Tan solo los más capaces mentalmente perduran; la mayoría renuncian cuando logran admitir que tantos sacrificios nunca encontrarán recompensa. Es duro pero muchos patinadores han confesado después que ese día lo que sintieron fue un inmenso alivio. Se habían quitado de encima un peso insoportable, algo que había dejado de dar placer para causar solo angustia.

Javier ha sabido derribar esas barreras tradicionalmente insuperables para el patinaje español. Al lado de Morozov inició una progresión imparable en Europeos y Mundiales, escalando cada año en las clasificaciones y creciendo como patinador. Luego llegó su participación en los JJOO de Vancouver, la primera de un español bajo el sistema de clasificación. Instalado ya en la élite, con el técnico ruso las cosas no acabaron bien y en 2011 decidió cambiar de aires y buscar en Toronto el cobijo de Brian Orser y su equipo. Junto a ellos Javier ha dado el salto de calidad definitivo: ha pulido su patinaje y ha perfeccionado su técnica y parte artística. Él asegura que ha llegado el momento de luchar por el oro olímpico. Tiene el talento y le sobra el carisma.

Artículo publicado en El Periódico de Aragón en la edición del 3 de febrero de 2013

El país tranquilo

El país tranquilo

Escribía el pasado sábado en El País Juan Claudio de Ramón que Canadá es el menos escandaloso de los grandes países. Argumentaba sobre las razones del escaso conocimiento que se tiene en el mundo del ex primer ministro canadiense Pierre Trudeau, que dirigió el país en dos etapas (1968-1979 y 1980-1984), promovió la Constitución de 1982 –todavía vigente-, y lideró el proceso de reformas que culminó en la consolidación de la multiculturalidad como  el primer rasgo de la identidad canadiense. La figura de Trudeau sigue generando una gran controversia en su país, actualizada con las aspiraciones de su hijo Justin de acceder a la dirección del Partido Liberal. Pero no cabe duda de que la talla como estadista del quebecois está a la altura de otros grandes líderes occidentales del siglo XX, aunque su obra apenas sea conocida fuera de Canadá.

            La anécdota sobre Trudeau sirve para explicar cómo son y cómo se hacen las cosas en este país. Aquí las revoluciones, como la de Quebec en la década de 1960, son “tranquilas”; las aspiraciones independentistas se resuelven en las urnas, la reciente huelga de los jugadores de la Liga Nacional de Hockey no lanzó a los aficionados a la calle a quemar contenedores y Toronto es la única ciudad del mundo capaz de soportar cívicamente que su equipo más representativo, los Maple Leafs, no gane la Stanley Cup desde 1967. Trasladen esta circunstancia al Real Madrid o al FC Barcelona y comprenderán el mérito que tiene la paciencia infinita de los torontianos. ¿Este intergeneracional fracaso deportivo se ha traducido en desafecto? En absoluto. Según un reciente estudio económico de la Universidad de Vancouver, el Toronto Maple Leafs es el equipo más rentable de la NHL, las entradas a sus partidos las más caras de la Liga y las estadísticas de asistencia las más elevadas de toda la competición. La frustración se ha gestionado por vías más pragmáticas.

            En Toronto es habitual utilizar un calendario alternativo para consumo interno: el año 0 es ese 1967 en que, como escribieron los periodistas Damien Cox y Gordon Stellick en su ya mítico libro “´67”, los Maple Leafs ganaron su última Liga de hockey sobre hielo y comenzaron de inmediato el declive de su incontestable imperio con la misma traza de tragedia que narraron los cronistas la caída del romano. Desde entonces uno en Toronto ha nacido al año siguiente de la última Stanley Cup, diez años después o cinco antes de que el gran capitán George Armstrong levantara el grandioso trofeo por última vez. La vida, los recuerdos y el tiempo se miden en función de lo ocurrido aquel lejano 2 de mayo. El drama se ha metabolizado en anécdota y los torontianos lo han llevado a su terreno emocional, donde todo se modula con una legendaria frialdad. La longevidad de la sequía tiene la dimensión de una maldición bíblica y, como sólo puede entenderse bajo parámetros sobrenaturales, su interpretación se ha integrado en el carácter de la ciudad como si perteneciera a su lista de monumentos o formara parte de los hitos que nos harán entender su historia. Ahora es leyenda. Tanto es así que una futura victoria de los Maple Leafs sólo tiene cabida en la ficción o en la calenturienta mente de autores como el torontiano Robert Rotenberg, que en su último libro “Old City Hall” se permitió la broma de ambientar la investigación de un crimen en medio de una ciudad colapsada por las celebraciones de la victoria en la Stanley Cup. Algún columnista ha dicho que lo suyo no es ficción; es ciencia ficción.

            El caso es que en los países de exultante juventud, como es Canadá, las fechas y las anécdotas corren el riesgo de parecer inofensivas cuando probablemente nos advierten de cierto determinismo. Al año siguiente de la última liga de los Maple Leafs, Jean Lasage y René Levesque fundaron el independentista Partido Quebequés y obligaron a la mayoría anglófona del país a moverse de sus asientos para evitar lo que entonces parecía un hecho: la desmembración de la federación y el nacimiento del Quebec independiente. No era cierta aquella frase que un primer ministro canadiense había dicho en cierta ocasión: “Canadá tiene demasiada geografía y muy poca historia”. Más bien ratificaba aquella otra tantas veces repetida de Miriam Waddington: “parecemos sólo geografía pero si rascamos sangra la historia”. Quizá, como en cierta ocasión escribió el escritor Andrea Camilleri para referirse a Italia, “una vez hecha Canadá, habrá que hacer a los canadienses”. Y esa indefinición que el país ha querido solventar con determinación a lo largo de su historia ha acabado construyendo una sociedad tan heterogénea como desvertebrada, formada por comunidades a las que lo único que les une es la emigración y la bandera canadiense. Allí reside parte de la frialdad y de la equidistancia. 

Canadá, España, Quebec, Catalunya

Canadá, España, Quebec, Catalunya

“La secesión es una decisión demasiado grave para ser tomada en la confusión”. La afirmación es de Stéphane Dion, el ministro canadiense que en el año 2000 redactó la famosa “Ley de la Claridad” que consagraba el “parámetro canadiense” sobre el derecho a la independencia de la provincia de Quebec. La declaración del político liberal, de origen quebecois, explica como ninguna otra la naturaleza de aquel texto que sirvió para determinar las normas de juego en las que se tenía que desenvolver la aspiración de la provincia francófona. El tiempo ha demostrado que la claridad ha acabado con la ambigüedad y ha instalado el debate político sobre el derecho a la independencia lejos de maniqueísmos y de manipulaciones.

La experiencia canadiense es blandida por los nacionalismos catalán y vasco con cierta frecuencia para reforzar sus argumentos jurídicos y políticos, pero lo que no suele explicarse es que la “Ley de la Claridad” ofrece lecciones tanto a los gobiernos centrales o federales como a los mismos nacionalismos que aspiran a un estado propio. A los primeros les recomienda que afronten el problema con madurez democrática y responsabilidad. Reconocer el conflicto y tomar medidas valientes es el primer paso para alcanzar una solución. A los independentistas les dice que tienen que explicar sin subterfugios en qué consiste su proyecto político, cómo se va a realizar, cuánto va a costar, qué beneficios tendrá para sus ciudadanos y, fundamentalmente, que sacrificios exigirá y qué privilegios se perderán en el camino. En resumen: el gobierno central tiene que romper el tabú de la aceptación de la hipótesis secesionista y los nacionalistas tienen que poner precio a su objetivo.

El catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco, Alberto Lopez Basaguren, explicaba en la introducción al libro del político liberal canadiense Stéphane Dion, “La política de la claridad”, que “la experiencia canadiense muestra, sobre todo, las extraordinarias dificultades para poner en práctica pretensiones secesionistas”. Pero fundamentalmente el caso canadiense es una lección práctica sobre cómo se tienen que gestionar los problemas en democracia; con una apelación irrenunciable al dialogo y al principio de respeto insoslayable a las aspiraciones de los ciudadanos si éstas se manifiestan por medios pacíficos. En sus interesantes textos políticos Dion recuerda en más de una ocasión cómo tuvo que enfrentarse a sus propios compañeros del Partido Liberal mientras tramitaba su proyecto de ley. Muchos creían un error la hipótesis de que el reconocimiento del problema acabaría con ese problema. Más bien consideraban que mejor era ignorar a los fantasmas de la secesión para que no se sintieran fortalecidos. Esa defensa inquebrantable del diálogo y de la claridad resultó ser el antídoto más eficaz contra el eterno problema de Quebec, principalmente porque situó el conflicto en unos términos meridianamente precisos para el ciudadano, desprovistos de la corrosiva pátina del discurso político.

El 20 de agosto de 1998 el Tribunal Supremo de Canadá respondió a una consulta realizada por el gobierno federal canadiense sobre el derecho de Quebec a una secesión unilateral. Ottawa quería acotar definitivamente el irresoluble conflicto entre la provincia francófona y el resto de la federación, de naturaleza anglófona, que yacía en el origen mismo de la nación. La Constitución de 1982 promovida por Trudeau había sido rechazada por los quebecois, dejando deshilachadas las costuras que cosían el federalismo canadiense y que era la única garantía de su viabilidad.

El Tribunal fue extremadamente clarificador: de acuerdo con el Derecho Internacional no existía ese derecho por parte de un territorio que no se encontrase en situación colonial. Pero con la misma contundencia sostenía que un Estado democrático no podía negar ese derecho si existía una voluntad cualitativamente mayoritaria y manifestada democráticamente mediante una consulta en la que hubiera una pregunta clara. El Tribunal Supremo aún añadía una cosa más que, desde mi punto de vista, es más relevante: unas hipotéticas negociaciones entre ambas partes no podían limitarse a trazar una hoja de ruta que condujera indefectiblemente a la independencia de Quebec; no había que confundir la voluntad negociadora con el asentimiento de la voluntad secesionista. El Tribunal apelaba, por lo tanto,  al ejercicio democrático del diálogo con respeto al derecho pero sin que las cartas estuvieran marcadas previamente. En los días posteriores a la declaración del TS de Canadá un medio canadiense resumió: “el Tribunal ha trazado un recorrido que permite la secesión pero que pone en evidencia la gravedad de tal decisión”.

El propio Dion sostuvo en una recordada conferencia pronunciada en Banff pocas semanas después que la declaración “no levanta nuevos obstáculos a la independencia de Quebec, sino que revela los que una tentativa de secesión habría planteado indefectiblemente”. Con ese mandato del Tribunal el gobierno federal canadiense decidió elaborar una Ley que debía de establecer unas nuevas normas de juego a partir de un presupuesto comúnmente reconocido: la Constitución canadiense y el derecho constitucional permiten la independencia de Quebec pero su gobierno no tiene capacidad para declararla unilateralmente; ésta sólo podrá ser negociada después de un referéndum en el que los ciudadanos quebecois se manifiesten claramente en contra de permanecer en Canadá. Para ello tendrán que responder a una pregunta clara que no admita ambigüedades –en el último referéndum de 1995 no se incluía la palabra “independencia” en la pregunta formulada-. Igualmente, y quizá más importante, “las negociaciones deberían tratar los intereses de las demás provincias, del gobierno federal, de Quebec y de los derechos de todos los canadienses en el interior y el exterior de Quebec”.

Aplicando este texto al caso español, Catalunya tendría que poder manifestarse sobre su deseo de secesión o permanencia en España, pero no sobre las condiciones de permanencia o de una nueva relación que establezca con España, puesto que éste es un asunto que concierne a todos los españoles. No caben aquí las decisiones unilaterales. Recurriendo al símil del divorcio utilizado frecuentemente estos días por los miembros de la Asamblea Nacional catalana, en una sociedad democrática, en palabras de Alberto López Basaguren, “un divorcio entre dos partes de un Estado no puede hacerse cogiendo las maletas y marchándose, pura y simplemente, una de las partes dejando a la que se queda con todos los problemas del hogar y de la familia”.

Dion, que conoce profundamente la realidad española y ha pronunciado varias conferencias sobre las analogías entre Quebec, Euskadi y Catalunya, ha argumentado en diversas ocasiones que “si una secesión mutuamente consentida plantearía enormes problemas prácticos, una declaración unilateral de independencia crearía dificultades insalvables”. Desde que entró en vigor la “Clarity Act” en el año 2000, el peso del independentismo en Quebec se ha moderado notablemente. En las recientes elecciones provinciales celebradas el pasado mes de septiembre el Partido Quebecois liderado por Pauline Marois logró el triunfo con el 31,9% de los votos, apenas unas décimas sobre el Partido Liberal de Quebec, de tendencia federalista, que había gobernado en los últimos ocho años y que estaba acosado por varios casos de corrupción. La lectura de estos resultados, como señalaba en su editorial del día siguiente el New York Times, “debe de realizarse en clave de castigo del electorado al Partido Liberal por sus casos de corrupción y su errática política de los últimos años, más que como un síntoma de rearme de las posiciones soberanistas”.

En un reciente sondeo se constata que sólo el 28% de los quebecois desea un nuevo referéndum sobre la independencia. El resto quiere alejarlo de la agenda política del país aunque defiende la necesidad de seguir reforzando la identidad de Quebec dentro del conjunto federal. Más influyente es la opinión de Lucien Bouchard, el antiguo líder del Partido Quebecois, viejo azote de las políticas federalistas y del Canadá anglosajón e impulsor del referéndum de 1995, que el PQ perdió por un estrecho margen (50,56% contra el 49,44%). Bouchard, retirado de la política desde hace años, acaba de publicar el libro “Letters to a Young politician” en el que asegura que el nuevo plan de referéndum que insinúa Pauline Maroise, la recien nombrada primera ministra de Quebec, “es una irresponsabilidad”. Bouchard afirma en su libro que “nosotros sabemos el precio que hemos pagado después de los dos referéndums de 1980 y 1995”.

Pero el “parámetro canadiense” o la experiencia canadiense no pude interpretarse en ningún caso como una defensa del unitarismo. Dion es el autor de otra frase cargada de profundidad: “no hay que confundir igualdad con uniformidad, unidad con unitarismo”. Él se declara nacionalista quebecois y al mismo tiempo defensor del federalismo como modelo solidario de convivencia. Es, sin duda, la conclusión más relevante que puede exportar la experiencia canadiense: los problemas no se resuelven eludiéndolos, como ocurre en España. Sólo desde esta perspectiva es posible considerar como datos que enriquecen el debate aquellos que en apariencia bombardean nuestra línea de flotación argumental. Así lo hace Dion cuando expone los datos facilitados por el profesor de la Universidad de Oxford, James Crowford: hay más de tres mil grupos humanos reconociéndose cada uno una identidad colectiva en el mundo, y como advirtió el antiguo secretario general de Naciones Unidas, Boutros-Ghali, “si cada uno de los grupos étnicos, religiosos o lingüísticos aspirase al estatuto de Estado, la fragmentación no conocería límites y la paz y la seguridad y el progreso económico para todos se volverían cada vez más difíciles de asegurar”.

Dicho esto, hay que desvelar que el número de conflictos en el seno de los Estados sobrepasa ampliamente el existente entre estados, según los datos aportados a mediados de la pasada década por la Carnegie Commission on the Prevention of Deadly Conflect, que cifra en al menos 233 minorías étnicas o religiosas las que reclaman una mejora de sus derechos legales o políticos. Suele decirse que el problema de Quebec es uno de los cuatro temas que caracterizan la vida cotidiana canadiense. Los otros tienen que ver también con cuestiones de convivencia; con las poblaciones nativas, con los Estados Unidos y con los emigrantes. Canadá vive obsesionada con su identidad como nación pero también con el obstinado empeño por acomodar a todos sus integrantes de acuerdo a sus especificidades, sobre todo las de Quebec. Se sabe que el insulto es un arma que sólo produce desafectos.

Probablemente no se pueden establecer demasiados paralelismos entre la realidad social y política de Canadá y la de España. Las recetas aplicadas en el país norteamericano son consecuencia de una tradición democrática sólidamente forjada en el pacto fundacional de la nación y en la cívica costumbre del diálogo como única herramienta política. El ruido del último mes en España es la antigua sonoridad de un desastre que se reproduce con insistencia desde hace más de un siglo, tenaz en su viejo propósito de romper puentes y descalificar al adversario. Si la “conllevancia” de la que hablaba Ortega y Gasset es el único camino posible para arrastrar el secular problema español, quizá ha llegado el momento de buscar otras salidas, aunque se intuyan más dolorosas.  Nada que no se pueda resolver hablando, como enseña el parámetro canadiense.

No tengo respuesta

No tengo respuesta

Últimamente me resulta complicado explicar en Canadá qué le pasa a España. Sospecho que no logro ser convincente cuando argumento que el mío es un país democrático en el que los derechos individuales están garantizados. La realidad proyecta lo contrario. Las imágenes de las manifestaciones de la semana pasada en Madrid han sido reproducidas insistentemente por las cadenas de televisión canadienses y los medios digitales como paradigma de la fractura social en que ha derivado la crisis económica europea. En un país socialmente poco conflictivo y moderado en sus expresiones públicas, lo sucedido en Madrid se ha observado con profunda preocupación y desconcierto.

Pocas veces se habla de España en Canadá, lo que probablemente se ha podido interpretar durante los últimos años como un positivo síntoma de normalidad. Sólo el deporte, asunto capital para la sociedad norteamericana, ha puesto el foco de interés en nuestro país con la admiración que producen los éxitos de Nadal, Alonso y, sobre todo, la selección española de fútbol. Era, por lo tanto, la proyección de una imagen moderna y triunfal de un país que lograba situar a sus deportistas en una esfera universal inalcanzable para Canadá. La victoria de España en la reciente Eurocopa de fútbol fue noticia de portada en todos los diarios canadienses apoyada por una catarata de elogios que corría incluso el riesgo de abrumar. El deporte pues, como indicador de desarrollo y progreso, ha situado a España en un ficticio liderazgo mundial junto al grueso de países avanzados. Sobra decir que este status obraba en el subconsciente colectivo y no en la realidad. Pero generalmente ese impulso emocional tiene tanta fuerza como los tópicos que se manejan sobre un país y que son los que cargan nuestros prejuicios y presupuestos. Los hechos, generalmente, casi nunca logran alterar esa idea preconcebida.

España es además para los canadienses un paraíso turístico, un destino sólo al alcance de grandes rentas, un lugar mitificado por la perdurable visión romántica de las leyendas medievales y el atractivo irresistible de los pueblos con pasado milenario. Todavía sigue vigente en cierta medida ese estigma de los viajeros decimonónicos anglosajones, más como constatación del desconocimiento que se tiene sobre el país que como una desdeñosa caracterización. Canadá se fundó en 1867. Ese dato es suficiente para entender que aquí la dimensión de la historia se mide en décadas. Por eso, como en USA, fascina la vieja Europa de reyes, palacios, catedrales, castillos y aldeas centenarias. Y España, en ese fértil imaginario, representa todas esas cosas y además el talento creativo, que divulga modernidad, de figuras universales como Picasso, Miró, Calatrava, Mariscal o Adrià, todas ellas frecuentemente reconocidas en Canadá.

Pero desde hace algunos meses las noticias sobre la crisis económica se suceden a diario acompañadas de documentados análisis sobre lo que esconden las imágenes, las cifras y las estadísticas. Las informaciones sobre la situación de España y las consecuencias que su caída podría tener en la Unión Europea y por extensión en la propia Canadá han alterado por completo la abstracción que representaba la “marca España”. Casi a diario amigos canadienses me preguntan sobre el enigma de nuestro país. Lo que ven en la tele y lo que leen en la prensa no coincide con la idea que ellos habían madurado durante años. ¿Por qué esa violencia? ¿Es verdad que la gente tiene que recoger comida en la basura? ¿Se hunde el país? ¿Cómo es posible tener un 25% de parados? La constatación de esta nueva realidad ha causado un hondo impacto en la sociedad canadiense porque quizá lleva implícita la insinuación de que ya nadie está a salvo. Y ese miedo, representado en el caso español, ha encendido todas las alarmas porque hasta hace muy poco nuestro país era el ejemplo del “milagro económico” y de la determinación de una sociedad para ser dueña de su propio destino después de cuarenta años de dictadura.

La deriva independentista de Catalunya, asunto especialmente delicado en un país que tiene el mismo problema con Quebec, ha acabado de desfigurar el supuesto modelo español. Cuando ayer Romney se refirió a España, precisamente a España y no a Grecia o a Portugal o a Irlanda, para ejemplificar el fracaso económico de un país, lo hizo de manera consciente, sabiendo que la crisis española era la medida exacta para explicar la magnitud del problema mundial. Le importaban poco los datos –se olvidó de que la media del gasto público en la UE es mayor que en España-, solo buscaba el impacto de una referencia conocida para hacer pedagogía del miedo. Canadá, que en cierta medida es una prolongación social y económica de USA, comparte esa visión de nosotros como triste ejemplo del drama de la crisis.

Abbdulah era matemático en Kabul y me pregunta si en España la policía protege al ciudadano. Lara, que era economista en Kiev, me pregunta si nuestros políticos son tan corruptos como los ucranianos. Masomeh, que huyó de Irán con la revolución de Jomeini, me pregunta si en mi país existe el derecho a la libertad de expresión. Me reúno con ellos una vez a la semana para conversar. Ellos ven la televisión, reciben información de lo que ocurre en España y con esos datos intentan construir una idea de mi país. Me preguntan y compruebo desazonado que sus dudas y sus preguntas son las mismas que yo me hago a diario. Hace un tiempo tenía una respuesta, ahora no.

Paivio, el último brigadista candiense

Paivio, el último brigadista candiense

Jules Paivio, un joven canadiense de 19 años, había hecho un largo camino desde su casa, en un bosque al norte de Ontario para alcanzar España.  Estaba dispuesto a afrontar la muerte. Sabía cuando se ofreció como voluntario para luchar en la Guerra Civil Española, en el otoño de 1936, que probablemente no regresaría con vida.

De pie hombro con hombro, Paivio y varios compañeros levantaron sus puños en señal de desafío. Sin embargo, un golpe de suerte repentino le salvó la vida. Jules Paivio sobrevivió y regresó ileso a Canadá. Hoy, él es el último superviviente canadiense de los brigadistas, aquellos hombres y mujeres que vinieron de todo el mundo para defender la amenazada república española por el fascista general Francisco Franco.

Más de 1.500 canadienses se unieron a estas Brigadas Internacionales, pero durante décadas han recibido escaso reconocimiento en su propio país. Habían peleado en un conflicto en el que su gobierno no tomó ninguna parte, y la mayoría de los socialistas comprometidos fue observada con recelo durante la Guerra Fría. Incluso hoy en día sus contribuciones a una de las grandes batallas del siglo XX contra la tiranía es a menudo obviada en Canadá.

Pero España no se ha olvidado. El jueves cumplió una deuda pendiente con Jules Paivio, concediéndole la ciudadanía en una ceremonia celebrada en Toronto. "Él arriesgó su vida por nosotros y nuestro sistema democrático,  estamos en deuda con él", dijo el cónsul general Francisco Pascual de la Parte. "Ahora, la gente se pelea por dinero o petróleo, pero él luchó por razones ideológicas". Paivio, de 94 años de edad, extremadamente delgado y modesto, vive retirado en una casa al norte de Toronto. En el acto afirmó que su decisión de participar en la guerra española se debió también a motivos humanitarios: “La gente en Madrid estaba siendo bombardeada, tenía que hacer algo al respecto", ha señalado.

Paivio se crió en Port Arthur (ahora Thunder Bay) y Sudbury. Hijo de inmigrantes finlandeses que le inculcaron sus ideas políticas progresistas, a los 18 años ya estaba trabajando en el departamento de ferretería de Eaton, cuando estalló la guerra en España. Por un lado estaban los republicanos; una coalición de liberales, socialistas, comunistas y anarquistas que había ganado constituida como Frente Popular las elecciones de febrero de 1936. Por el otro, los nacionales, encabezados por el general Franco y con el apoyo de los ejércitos de la Alemania nazi y la Italia fascista.

Paivio viajó a Le Havre con voluntarios estadounidenses que cruzaron a España a través de los Pirineos en medio de una gran nevada. La primera experiencia de combate fue brutal. Él saltó de una trinchera, sólo para ver al hombre que había sido alcanzado por una bala unos segundos antes. "Como yo estaba arrastrándome en nuestra zanja poco profunda, un estadounidense miró hacia afuera. Una bala fue directa a su cabeza", dijo.

Cuando fueron numerosos los voluntarios canadienses, formaron una brigada propia a la que bautizaron con los nombres de “William Lyon Mackenzie y Louis-Joseph Papineau”, los revolucionarios más famosos de su país de origen. Al poco tiempo Paivio alcanzó el grado de capitán.

Un día, mientras dirigía la colocación de una batería de ametralladoras para crear una línea defensiva, dos soldados italianos surgieron sobre una colina. Él y doce brigadistas más fueron detenidos y llevados a una granja. Los situaron ante un muro frente a un pelotón de fusilamiento. Los italianos cargaron las armas. En ese momento irrumpió un general italiano y ordenó detener el fusilamiento porque vivos podrían tener más valor ante un hipotético intercambio de prisioneros.

El grupo fue trasladado al norte de San Pedro de Cardeña, un campo de prisioneros de guerra  situado en una antigua abadía. Sobrevivieron en unas condiciones dramáticas a base de sopa de pescado. Compartían un grifo de agua. Paivio enfermó de escorbuto. Los fascistas les castigaban frecuentemente con sesiones de látigo reforzado con plomo. Hubo ejecuciones sumarias.

En Navidad, los presos republicanos decidieron organizar un concierto y tuvieron la osadía de invitar a sus carceleros a la representación. Estos, sorprendentemente, aceptaron. Pavio cuenta que un  grupo de alemanes comenzó a cantar villancicos  y muchos se emocionaron. “Fue conmovedor y eficaz al mismo tiempo. Todo el mundo se puso de pie y recuperamos por unos instantes el ánimo y la esperanza. Un momento de humanidad” rememora Jules Paivio.

Después de un año de reclusión en el campo de concentración, y tal como había aventurado aquel general italiano, los prisioneros fueron intercambiados. En tren fueron conducidos a Francia. Nuevamente en Canadá, Pavio se especializó durante la II Guerra Mundial en la lectura de mapas y topografía en CFB Petawawa. Se casó, tuvo hijos y desarrolló una fructífera carrera como arquitecto y profesor.

El gobierno canadiense siempre se mostró reacio a honrar la figura de los brigadistas canadienses en España. "No son tan bien conocidos en Canadá como deberían serlo. Muchos de los voluntarios eran inmigrantes, bastante pobres. Ninguno de los voluntarios fue reconocido de forma apropiada pero especialmente en el caso de los canadienses no recibieron el reconocimiento que creo que se merecen porque el gobierno los consideraba fundamentalmente comunistas", señala el periodista Michael Petrou, autor de un libro sobre la experiencia de los brigadistas canadienses en España.

Tan solo algunos pequeños gestos quebraron esta política del olvido. En el año 2011 el entonces gobernador general de Ottawa, Adrienne Clarckson, les dedicó un monumento en la capital canadiense. Se trata de una hoja de cobre en la que está recortada la silueta de un miliciano. Además están inscritos los nombres de los 1.541 integrantes de la brigada Mackenzie-Papineau. Canadá, porcentualmente,  fue el país que más voluntarios envió a luchar a la Guerra Civil española con el bando republicano. Ahora el gobierno español ha concedido la nacionalidad española a todos los veteranos, entre ellos a Jules Paivio.

Traducción del artículo públicado en Globe and Mail