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Juan Gavasa

Santa Cruz de la Serós

Santa Cruz de la Serós

Los viajeros románticos solían recalar con frecuencia en Santa Cruz de lo Serós. Lo hacían camino de San Juan de la  Peña, cenobio al que perteneció la localidad durante siglos. Se detenían fascinados ante la iglesia de Santa María de Santa Cruz de la Serós. Aquella majestuosa torre del campanario y las desoladoras ruinas del viejo convento que habitaron “las Sorores” causaban un efecto perturbador. Era una belleza doliente. Hoy la piedra, como elemento armonizador entre la arquitectura tradicional y la sierra calcárea de San Juan, viste la milenaria localidad como si se tratara de la más preciada de las telas.

A mediados del siglo XIX el literato José María Quadrado y el artista plástico Francisco Javier Parcerisa llegaron a Santa Cruz de la Serós en su periplo peninsular para describir y retratar las grandezas monumentales del territorio. En la bella localidad, fundada en el siglo XI bajo los contrafuertes de la sierra de San Juan de la Peña, cayeron abatidos ante su melancólica decadencia: “el convento ha desaparecido; de la iglesia yace hundida la parte inferior y, como recurso más expedito y más económico que el de levantarla, se la ha separado con un tabique de la porción que subsiste íntegra”. 

El lugar de Santa Cruz de la Serós, fundado por Ramiro I a mediados del siglo XI, fue uno de los centros religiosos más influyentes del incipiente reino. El Monasterio de Santa María, encomendado a las monjas benedictinas y dependiente de San Juan de la Peña, estuvo activo hasta que el Concilio de Trento (1543-1563), obligó a las comunidades religiosas rurales a trasladarse a núcleos urbanos. La de Santa Cruz fue a parar a Jaca, donde todavía permanece, y así se inició un lento pero irreversible declinar que culminaría en la ruina. Hoy en día se mantiene en pie, altiva y señorial, la formidable iglesia del desaparecido conjunto monástico. Se trata de una joya arquitectónica que estremece por sus extraordinarias dimensiones en el conjunto del casco urbano. Una rehabilitación oportuna hace ya algunas décadas evitó que la propia iglesia, completamente exenta,  acabara también como un rumor de la historia.

Tan sólo unos metros antes, escondida en la discreción de su sencilla composición formal, se alza la iglesia de San Caprasio, uno de los escasos ejemplos de románico lombardo que todavía pueden encontrarse en La Jacetania. Levantada a finales del siglo IX, su austeridad y funcionalidad remiten a los tiempos primigenios del arte importado de Lombardia. Santa Cruz de la Serós, que posee una arquitectura tradicional digna de manual, es además una de las pocas localidades pirenaicas que tiene dos iglesias. Esta singularidad no siempre es explicada con acierto.

Resultaría tentador teorizar sobre el esplendor remoto del lugar, o sobre el beneficioso influjo que ejerció durante siglos el cercano monasterio de San Juan de la Peña. Pero probablemente no sería suficiente para descifrar los arcanos de un pasado repleto de episodios trascendentales e hitos que se inscriben en la gran historia de Aragón. Desde que Doña Sancha, la influyente hija del primer rey, Ramiro I, habitara en el viejo monasterio, la vida de Santa Cruz de la Serós siempre estuvo sometida a los designios del cenobio; en los tiempos de esplendor y también en los del abandono, cuando el pueblo se llenó de silencios y ausencias.

Casi cinco siglos después de la marcha de las monjas benedictinas, el salto en el tiempo se antoja como una pirueta de proporciones oceánicas que no admite frívolas comparaciones. Santa Cruz de la Serós es hoy un pueblo turístico que conserva como suspendida en la atmósfera una aureola de lugar mítico e insubordinado al becerro de oro del urbanismo. Bien es cierto que nada más llegar se alza una urbanización de reciente construcción que ocupa casi tanto como el núcleo histórico. Pero se trata de un loable intento de revisionismo arquitectónico a partir de los elementos tradicionales de la cordillera.

En este nuevo Santa Cruz el eco de los pasos golpea entre calles vacías dibujadas con escuadra y cartabón. Demasiado perfectas para la azarosa arquitectura popular. Sin embargo, ha sido la única concesión. En los años 90 del pasado siglo se aprobaron medidas para conservar el patrimonio arquitectónico con  la imposición de la piedra y la madera como elementos comunes. Después, a principios del nuevo mileno, cuando la gran mayoría de pueblos del Pirineo se entregaba a un crecimiento urbanístico desaforado, Santa Cruz optó por todo lo contrario y limitó al máximo el espacio urbanizable. Los resultados son evidentes y definen la personalidad de la localidad.

Mari Carmen Martínez, alcaldesa de Santa Cruz, considera que “fue una decisión difícil y arriesgada pero creo que el tiempo nos ha dado la razón”. Ahora las chimeneas construidas o rehabilitadas al estilo tradicional componen otro elemento de notable interés arquitectónico. A Santa Cruz se puede llegar para admirar sus dos hermosas iglesias pero también para deleitarse con sus formidables viviendas cargadas de ornamentos y detalles propios de la tradición popular.

Todo se ha conservado con un pulcro respeto, como si la cuestión fuera no desentonar dentro del recién creado Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y el Monte Oroel, heredero del Sitio Nacional declarado en el año 1920 después de Covadonga y Ordesa. La alcaldesa de Santa Cruz sostiene que la vida en el pueblo está ligada en la actualidad a la actividad del monasterio de San Juan: “Antes la gente trabajaba en el monte y la ganadería y ahora trabaja en la Gestora Turística que gestiona el complejo monástico o en las casas de turismo y restaurantes que se han abierto en los últimos años”.

El pueblo museo es, sin embargo, un espacio vivo en el que corretean 15 niños en una población censada de 170 personas. Un milagro en tiempos de retroceso de los índices demográficos. La oferta hostelera constituye un argumento más para proyectar el carácter turístico de la localidad, junto a sus envidiables servicios públicos. Sergio Bretos nació y vive en Santa Cruz. Se dedica a mantener la ganadería familiar. “Aquí se vive bien. Estamos en un lugar muy privilegiado, de gran tranquilidad. Y cuando demandamos más servicios estamos a 15 minutos de Jaca”. Mamen López, co-propietaria  del restaurante Santa Cruz, reconoce que la crisis ha afectado al flujo de visitantes que llegan al cercano Monasterio pero “Santa Cruz siempre ha estado aquí, es un valor que está por encima de las modas.  Tenemos que ver las cosas con la perspectiva de siglos, tantos como los que tienen nuestras iglesias o el monasterio. Pasaron tiempos difíciles pero aquí siguen. Aquí seguimos”.

Artículo publicado en El Mundo de los Pirineos 

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1 comentario

Jorge -

DAS ASCO, NADA MÁS QUE DECIRTE, SECTARIO , y por cierto, a ver si lso catalanes nos devolvéis de una vez las obras de arte románico expoliadas.
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