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Juan Gavasa

El Tratado de los Pirineos (I)

El Tratado de los Pirineos (I)

El Tratado de los Pirineos firmado en 1659 entre España y Francia supuso el final de las hostilidades que mantenían ambos países desde 1635 dentro de la conocida como Guerra de los Treinta Años. Aunque en 1648 se había firmado la Paz de Westfalia, que sellaba el final de este conflicto europeo, España y Francia habían prolongado la confrontación bélica con unas consecuencias ruinosas para la corona hispana. La paz era la única salida al desastre. Desde el 7 de agosto hasta el 13 de noviembre estuvieron reunidas en la Isla de los Faisanes (sobre el río Bidasoa), las nutridas delegaciones de ambas monarquías, encabezadas por el representante español de Felipe IV, Luis de Haro, y el cardenal Mazarino en nombre de Luis XIV de Francia.  Los plenipotenciarios debatieron sobre el documento que ambos ya habían consensuado en Paris el 5 de junio de ese mismo año y que sentaría las bases del acuerdo definitivo.

El Tratado quedó plasmado en 124 artículos: España entregaba a Francia el Rosellón, el Conflent, el Vallespir y una parte de la Cerdanya, todos ellos territorios de la vertiente septentrional que las tropas francesas habían ocupado al acudir en apoyo de los sublevados catalanes contra España en 1640. Se fijaba la cordillera pirenaica como frontera entre ambas monarquías, aunque se dejaba su definición para futuras negociaciones que quedarían plasmadas en tratados específicos derivados del principal. Pero pese al nombre con el que ha pasado a la historia, el Tratado no fue ni mucho menos un acuerdo secundario ni local. España entregó además a Francia el condado de Artois y varias plazas fuertes en Flandes, Hainaut y Luxemburgo, lo que originó sustanciales cambios en el mapa de fuerzas europeo.

Finalmente se pactó la boda, de alto valor político, entre Luis XIV de Francia y Maria Teresa de Austria, hija de Felipe IV, cuya dote se estableció en medio millón de escudos de oro a cambio de renunciar a sus derechos sucesorios al trono de España. Esta dote nunca llegó a pagarse y la pretendida “paz duradera” de la Isla de los Faisanes apenas duró siete años. Luis XIV consideró anulado el Tratado y se reiniciaron las hostilidades que derivarían en 1702 en la Guerra de Sucesión Española. Lo resumido hasta ahora está en los libros de historia. Lo que no suele contarse es de qué modo las arbitrarias decisiones políticas de dos reyes, adoptadas a espaldas de sus súbditos, afectaron a la vida cotidiana de los pirenaicos y condicionaron para siempre el destino del territorio en el que habitan.

Los libros de geografía e historia suelen referirse a los Pirineos como la “frontera natural” entre España y Francia. Esta versión generalizada confunde lo físico con lo convencional; es decir, acepta como algo natural una circunstancia que forma parte de un proceso humano, como si la frontera fuera un hecho dado en origen cuando, como señala el filósofo Will Kymlicka, “casi siempre ha venido determinada por factores que ahora reconocemos ilegítimos”. Aunque bien es cierto que la de los Pirineos es una de las fronteras más antiguas y estables de Europa, su determinación como tal en el Tratado de los Pirineos generó una serie de trastornos económicos, políticos, sociales y culturales que todavía hoy permanecen vigentes. La simple naturaleza fronteriza del Pirineo sobrevenida de aquel acuerdo, con toda la panoplia de aduanas, fortalezas, lindes, amojonamientos y despliegues militares, vino a sustituir de manera abrupta el escenario de convivencia y pacto en el que se habían desarrollado desde tiempos inmemoriales las relaciones entre los pirenaicos de ambas vertientes.

En la Isla de los Faisanes las dos monarquías hicieron un reparto arbitrario y desigual siguiendo un límite en apariencia simple y que respondía –explicaron entonces-,  a razones geográficas, topográficas y lineales. Algunos historiadores han hablado de “racionalismo cartesiano” para explicar aquella frontera que se dibujó siguiendo supuestamente las crestas y cumbres pirenaicas, y las divisorias de aguas. Los franceses defendían que ésta era la “frontera natural”, y acudían a los textos latinos para argumentar que ya había sido la línea divisoria en época romana, la raya entre las Galias e Hispania. La delegación española encabezada por Luis de Haro intentaba contrarrestar el ímpetu del cardenal Mazarino y su erudito séquito de asesores con tibios y poco documentados razonamientos que se limitaban a sostener una idea volátil de “frontera comúnmente admitida”.

Disfrazada con la falsedad interesada de la racionalidad finalmente se pactó la  frontera que pretendía Francia para guarnecer sus intereses estratégicos en el sur de su territorio, que en el 45% de su trazado acabaría alejada de esa línea de crestas tan reivindicada. Si pasamos del papel al terreno comprobaremos que hay valles que se cortan por la mitad, ríos que son fronterizos, grandes espacios en las vertientes de la sierra e incluso islotes en suelo ajeno, como la villa de Llivia. En última instancia se decide partir la Cerdanya, una unidad lingüística y humana, sin que a nadie le tiemble el pulso. Es el famoso artículo 42 del Tratado

Es decir; la frontera nunca sería la natural sino la consecuencia de negociaciones y mercadeos políticos en los que ambas coronas buscaban objetivos de mayor envergadura. La paz era uno de ellos; pero también la necesidad de reducir los esfuerzos bélicos y aliviar las maltrechas arcas reales con el intercambio de territorios como si fueran cromos, y el deseo último de perdurar como dinastía. La historiadora Eva Serra i Puig ha recordado que “Catalunya no era más que un teatro de distracción de los principales campos de batalla” de ambas monarquías. También el investigador de la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en fronteras, Oscar Jané, ha manifestado en reiteradas ocasiones que el Tratado de los Pirineos tiene un carácter internacional, “es el referente principal de la explosión diplomática del siglo XVII y el principal hito en la construcción “ideopedagógica” de las fronteras naturales”.

La Paz de Westfalia firmada sólo once años antes, y que había cerrado en falso la Guerra de los Treinta años, había oficializado el novedoso concepto de estado nación en contraposición con los viejos estados feudales que perecían fagocitados por las grandes monarquías europeas. En ese nuevo tiempo, la definición de las fronteras y los límites territoriales era una prioridad de los imperios para precisar su poder y hacer eficaz su aparato administrativo.

Si alguna conclusión se puede extraer, por lo tanto, del Tratado de los Pirineos es que supuso “el exterminio diferido de una casa dinástica y la redistribución imperial de la geografía, primero europea y después mundial”, en palabras del profesor de Ciencias Políticas, Luis Ignacio Sanz. El resumen sería que en la Isla de los Faisanes se escenificó el declive de la monarquía española y el auge imparable de la francesa con los estados italianos e Inglaterra pendientes de la jugada.

España salía de una ruinosa aventura que la había dejada maltrecha, con la lengua fuera y la autoestima por los suelos. La Guerra de los Treinta años había precipitado su ya por entonces irrefrenable decadencia. Sus enemigos lo sabían y en las conferencias del Tratado de los Pirineos el cardenal Mazarino y su equipo de brillantes asesores forzaron la situación una y otra vez para ampliar el botín en juego. La debilidad del rival y su obsesión por firmar la paz a cualquier precio facilitaron las cosas al signatario francés. Hay una frase del plenipotenciario español Luis de Haro que resume la situación: “los enemigos nos dan lo que nos dejan y nosotros les dejamos lo que de ninguna manera podríamos recuperar ni defender”.

¿Qué ocurrió después? Tras el fracaso de la conferencia de Ceret celebrada en marzo de 1660 para establecer con precisión los nuevos límites pactados, el 12 de noviembre de 1660 se firma el Tratado de Llivia por el cual 33 pueblos de la Vall de Querol pasan a administración francesa, salvo Llivia, por tener categoría de villa. Se consumaba la amputación de un territorio histórico. La monarquía de Luis XIV desplegó de inmediato su estructura administrativa y creó el Consell Sobirá del Roselló, que sustituía a la Generalitat y la Audiencia. Francia descubre pronto que sus políticas unitaristas no son bien recibidas en sus nuevas posesiones y lo comprueba en carne propia con la revuelta fiscal de “los Angelets” (1667-70) por los impuestos sobre la sal, que esconde en realidad un descontento social que tardará décadas en aplacarse. Conspiraciones varias y una nueva escalada de tensiones con España fuerzan la fortificación de la frontera con el sello del prestigioso mariscal Vauban, ejemplarizada en el castillo de Montlluis (1679), y confirman que ambas coronas quieren convertir a Catalunya en una frontera militar. Se produce así un éxodo interior de afines y represaliados que causa un brutal impacto social y económico. Los desgarros en el tejido sociológico del territorio son considerables.

Y así es como se certifica la distancia sideral entre un acuerdo plasmado en un papel y su aplicación sobre el terreno. La lista de rectificaciones es interminable. Se incumple lo pactado respecto a la libre circulación de ciudadanos y derechos lingüísticos que reconocía el Tratado. Hay diversos artículos de carácter comercial y de derechos individuales que prevén libertad de comercio, de circulación de personas y mercancías en unas condiciones totalmente favorables a los negocios de los comerciantes franceses.  Como indica Eva Serra i Puig, una de las principales consecuencias de la irrupción de la frontera y el consiguiente marco socioeconómico fue la distorsión de las “relaciones históricas que tenían lógicas económicas propias”. La mayor de esas distorsiones fue el nacimiento del contrabando, deslinde semántico para juzgar lo que hasta entonces habían sido simples relaciones comerciales.  Hay un hecho evidente que pone de manifiesto lo que los sociólogos e historiadores tratan de explicar como el “trauma de la frontera”. Se trata del desajuste que se crea entre jurisdicción y territorio o entre naturaleza y soberano que, sobre todo, se hará patente en Francia.

En la Catalunya bajo administración francesa pagaban impuestos los ceretanos franceses pero no los hispanos con propiedades en Francia. La distinción que consagraba el Tratado entre naturaleza y territorio permitía a los ceretanos explotar la contradicción fiscal de la monarquía francesa tanto en la compra de terrenos como en las declaraciones de residencia. El Tratado en una primera fase pretendió permeabilizar la frontera para garantizar la continuidad de las relaciones patrimoniales, comerciales o familiares. Pero ese propósito hizo aflorar las incongruencias de una “esquizofrenia binacional” y los dos estados cayeron en la trampa de la propia insensatez de sus acuerdos.

En realidad, aquel proceso de conformación del nuevo espacio administrativo surgido del desguace de un territorio histórico con realidades consolidadas ofrece similitudes con el actual proceso de construcción europea. La dificultad para adaptar las decisiones políticas al espacio jurídico, social y geográfico ya existente fue algo que no previeron los negociadores del Tratado. Como recuerda el historiador Óscar Jané, diversas fronteras se superponen al pacto diplomático: frontera política, lingüística, religiosa, jurídica, terrestre… “todas ellas se entrecruzan en el espacio frontera como lugares anormales”, señala. El hispanista francés Pierre Vilar pensaba en los Pirineos cuando esgrimió su teoría de que “es en las fronteras donde se observa mejor la historia del mundo”. La creación de un límite que no respondía para nada a la teoría sostenida con tenacidad por Mazarino de las “fronteras naturales”, generó una serie de distorsiones en el día a día tan notable que tuvo como consecuencia final la inevitable y estrepitosa militarización de la zona. El geógrafo Joan Capdevilla y Subirana  lo ha descrito gráficamente en su libro “Historia del deslinde de la frontera hispano-francesa. Del Tratado de los Pirineos a los Tratados de Bayona”: “La línea fronteriza es un artificio, no proyecta sombra pero está muy presente en la vida cotidiana”.

La larga evolución en la conformación de la frontera se prolongó hasta inicios del siglo XX. Fue entonces –casi tres siglos después-, cuando los historiadores consideran irreversible el paso de una frontera militar a una política. La identidad catalana se mantuvo con relativa fortaleza hasta entonces, momento en el que los procesos históricos individuales de cada estado generaron sus propias identidades nacionales. La puntilla habían sido los Tratados de Baiona (1856-1868), resultado de los trabajos de la Comisión Mixta de Límites creada por ambos estados para coser definitivamente la herida abierta en la Isla de los Faisanes en 1659. Cuando concluyeron su procelosa labor de deslinde, la frontera militar se convirtió en una verdadera frontera política. Durante los dos siglos anteriores Francia y España habían sido testigos de los conflictos permanentes que generaba la nueva frontera entre los habitantes pirenaicos. Capdevila i Subirana recuerda que están documentadas “cruentas luchas entre vecinos por la posesión y el uso del territorio, informes sobre mojones que son movidos con nocturnidad, quejas sobre aprehensiones ilegales de ganado y denuncias sobre canales de riego derivados por los vecinos aguas arriba”. Estaba claro que los Pirineos no eran una frontera natural.

Así es que la famosa Comisión Mixta se dedicó a desfacer entuertos vecinales mientras iba deslindando cada palmo de frontera bajo presiones de los nativos y el ojo escrutador de Paris y Madrid en el horizonte. Resolvieron numerosas cuestiones relacionadas con los usos y aprovechamientos de pastos, aguas, pesca, propiedades divididas, pasos… “La mayoría de litigios tenían siglos de existencia”, revelaba el General Callier al ministro francés de Asuntos exteriores en 1868. Pero también acabaron de definir la irracional frontera con la división del Bidasoa, el bosque de Irati o la definitiva incorporación de Lapurdi, Zuberoa y la Baja Navarra a Francia.

En 1875 se creó la Comisión Internacional de los Pirineos para certificar anualmente esta frontera y resolver nuevos conflictos. Es una de las más antiguas de Europa y todavía mantiene sus funciones. Porque la frontera, como cualquier hábitat humano, es un espacio vivo y en constante evolución. Por eso esta Comisión, un remiendo más del roto de la Isla de los Faisanes, ha sido importante en los últimos años para intervenir en nuevos problemas surgidos del progreso que Haro y Mazarino ni siquiera podían haber imaginado en sueños: problemas con las carreteras, trazados de trenes, construcción de puentes y túneles, trabajadores fronterizos o turismo de montaña. Consecuencias de la modernidad que han provocado nuevas modificaciones de la frontera apenas perceptibles.  Sobre todos estos aspectos ha mediado en los últimos años la Comisión.

El sociólogo David Baringo afirma que “es notorio que el efecto del Tratado tuvo mayor repercusión social y política en los extremos de la cordillera que en el tramo central”, donde las altas cumbres sí que habían ejercido tradicionalmente de algún modo de límite físico. De hecho, los trabajos de la Comisión Mixta se enfrentaron con puntos conflictivos en Euskadi, Navarra y, sobre todo, en Catalunya, donde el estigma de la frontera había arraigado de forma en ocasiones dramática.  Pero la consolidación de los estados nación y sobre todo la Primera Guerra Mundial y la dictadura franquista sirvieron para robustecer un sentimiento nacionalista francés en la Catalunya norte y levantar una frontera mental y emocional, mucho más sólida que la política. El profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, Enric Pujol, señala que el siglo XX ha sido el de la “francesización profunda de la Catalunya norte pero también el de la recuperación de una conciencia nacional catalana”. Sin embargo, este sentimiento de pertenencia a una misma comunidad cultural o histórica no tiene expresión política. En las últimas elecciones regionales francesas celebradas en 2010 no hubo candidaturas en el departamento de los Pirineos Orientales que llevaran ese discurso catalanista. Lo mismo ocurre con matices en Euskal Herría, donde las candidaturas nacionalistas en la región de Aquitania (EAJ-PNV y Abertzaleen Batasuna), apenas alcanzaron el 1% de los votos.

La realidad es que en plena crisis de la idea de Europa se abren nuevas reflexiones que devuelven al primer plano la vigencia de viejos tratados como el de los Pirineos. El Tratado de Schengen de libre circulación de personas o la moneda única han servido para demoler las servidumbres del espacio fronterizo levantado durante siglos pero, sin embargo, han elevado a la superficie la pesada losa de un proceso histórico que ha acabado siendo más efectivo que la propia frontera pirenaica. La contraposición de dos estados; uno centralista y otro descentralizado con sus diferentes aparatos burocráticos, ha evidenciado la dificultad para establecer nuevos espacios de convivencia reales. Óscar Jané lo ha resumido bien: “cuando tendríamos que hablar de convivencia ya sólo podemos hablar de cooperación”. Y esto se ha revelado como un mojón más de la frontera establecida hace 353 años. 

Artículo publicado en el número 89 de la revista El Mundo de los Pirineos

6 comentarios

carlos -

Para Aldo Mediavilla Sesplugues

http://www.mojonesdelospirineos.com/pdf/1997-juny-albanya-butlleti-informatiu-municipal-num-9-rectificacio-de-la-frontera-entre-albanya-i-costoja.pdf

Carlos -

Hola, somos aficionados al senderismo y ultimamente estamos haciendo caminatas por la Cerdanya para localizar los mojones de la frontera, y me gustaria copiar algun parrafo de este articulo, por supuesto citando el origen..
Nuestra web es www.carlosyconchita.net

Tiene algun inconveniente ??
Muchas gracias

Aldo Mediavilla Sesplugues -

Me gustaría hacer una pregunta. Hay una localidad en el Vallespir situada en la Vall de la Muga que es Costoja (Coustouges en francés) y que está sita al sur de los Pirineos y a parte tengo un libro que exibe un mapa del Rosellón y la Cerdaña en "Aclamación pía y justa dedicada a...Felipe III" (Biblioteca Central, manuscrito 979, Barcelona) donde se traza una línea blanca que separa las zonas entregadas a Francia, y curiosamente Costoja está en el lado español. ¿Cómo es esta anomalía?, ¿Cómo que los sucesivos gobiernos españoles no han reclamado a Francia la devolución de esta localidad?.

Samuel Ruiz Rubio -

Buenos días,
Mi nombre es Samuel Ruiz Rubio. Mire estoy realizando un trabajo universitario sobre el Tratado de los Pirineos.
No he encontrado muchos artículos sobre este tema, ni en revistos ni en libros, por lo que le agradecería si es usted tan amable que me pudiera enviar algún artículo por el correo indicado.
Por cierto, el artículo me ha gustado y me ha ayudado bastante.
Samuel.

Juan -

Muchas gracias, me alegro de que te haya gustado.

arnau -

Buen trabajo.
Buena documentalizacion