Blogia
Juan Gavasa

Laicismo agresivo

Laicismo agresivo

El Papa ha pasado por Santiago de Compostela y Barcelona dejando un reguero de indignación y estupefacción en muchos sectores sociales del país. Nunca antes una visita del jefe de la iglesia romana había levantado en los días previos y en las reflexiones posteriores tanta contrariedad y divergencia. Tampoco nunca antes había surgido una reacción popular tan manifiesta de los sectores más agredidos por la doctrina de la iglesia que dirige Benedicto XVI. Barcelona, nuevamente en la vanguardia de los movimientos sociales y de contestación ciudadana, ha dado un ejemplo de compromiso cívico y de conciencia ciudadana, si entendemos ésta como parte de la responsabilidad que cada individuo tiene en la defensa, reivindicación y cumplimiento de los valores democráticos.

            Está claro, como apuntaba recientemente el teólogo Juan José Tamayo, que el Jefe de Estado del Vaticano es probablemente la autoridad terrenal menos capacitada para cuestionar los movimientos sociales y la respuesta ciudadana en la calle: son legítimas expresiones de soberanía popular y de libertad de expresión. Estos valores están consagrados en nuestra Constitución, el único documento que puede regir la conciencia colectiva de un país democrático. En contraposición a esta realidad política, Tamayo recordaba que la elección de Ratzinger como Papa Benedicto XVI fue obra de “114 "príncipes de la Iglesia", sin consulta ni participación de la comunidad cristiana, lo que limita sobremanera su capacidad para representar a todos los católicos. Benedicto XVI ejerce su autoridad religiosa antidemocráticamente y la jefatura de Estado de la Ciudad del Vaticano con un poder absoluto superior al de los faraones egipcios, los emperadores romanos y los califas del Imperio Otomano”.

Por lo tanto, el ciudadano libre está, sin duda, en un plano moral superior al del máximo representante de la iglesia católica en la tierra. Un plano moral legitimado por su libertad individual para opinar y para elegir; para discernir poniendo en práctica los atributos de la razón que tanto exasperan a los guardianes de la ortodoxia católica. Benedicto XVI no sólo ha visitado un Estado soberano y aconfesional con todos los gastos pagados (no merece la pena, por obvio, entrar en el derroche de dinero público que ha supuesto este viaje. Dinero pagado con los impuestos de todos los ciudadanos españoles, independientemente de su fe), sino que además ha cometido la insolencia de criticar a sus generosos anfitriones con una falta de educación y de rigor sólo comparables a su infinita ignorancia sobre la realidad social de España.

Benedicto XVI ha acusado al gobierno español de practicar un “laicismo agresivo” y ha comparado la supuesta clerofobia radical que vive el país con la que se desató durante la Segunda República y la Guerra Civil. Es interesante el sintagma “laicismo agresivo”, casi actúa como un oximorón. Porque el laicismo sólo puede ser real si se aplica consecuente con lo que expresa. Que la sociedad se organice de forma aconfesional sin vínculo alguno con ninguna religión –entendiendo que éste es un ámbito que sólo puede organizarse en la conciencia personal de cada individuo-, nunca podrá calificarse de agresivo. No es posible otra praxis del laicismo. Sólo puede sentirse agredido quien ha ostentado un poder omnímodo durante siglos fundamentado en la connivencia con el poder. Sólo puede sentirse agredido quien nunca mostró la mayor inquietud por la persecución a la que eran sometidas el resto confesiones. Sólo puede sentirse agredido quien vivió plácidamente su condición de religión oficial, vigilando la educación y las almas de millones de ciudadanos. Sólo puede sentirse agredido quien ejerció el poder durante siglos sin escrúpulos. Sería justo decir que España ha sufrido durante siglos un catolicismo agresivo que le alejó de Europa, de la modernidad y del progreso, de las luces de la Ilustración y de la claridad de la razón.

Pero como escribía ayer Juan G. Bedoya, pese a que la Iglesia ha perdido su influencia en algunos ámbitos de la sociedad española desde la llegada de la democracia, “pocos gobiernos han tratado mejor que éste a la Iglesia romana desde la muerte de Franco y la cancelación del repugnante nacionalcatolicismo que sirvió de sostén durante décadas a la brutal dictadura”.

Quizá debería analizar Benedicto XVI las razones de la irrefrenable pérdida de clientela en España, la tradicional reserva espiritual de occidente. Se equivocará deliberadamente si se empeña en buscar el rastro en la izquierda política y social. Debería preguntarse porqué existe un anticlericarismo histórico en este país que incluso pervivió cautivo durante las décadas del yugo, la cruz y las flechas. Debería leer la historia de España para conocer el papel fundamental que desempeñó su iglesia en la conformación histórica, económica y social del país, y también en su proverbial retraso. Sólo así podrá llegar a comprender la magnitud del rencor y el hastío acumulado por una sociedad que creció mutilada moralmente por un guardián severo e inflexible.

Las sorprendentes referencias de Benedicto XVI a la Segunda República, sorprendentes por insólitas, nos trasladan nuevamente a un periodo de la historia reciente de España que de manera incuestionable ha quedado fijado en la historiografía como el único experimento de modernización que fue capaz de poner en práctica España. La historia ya se sabe cómo acabó, pero ahora que se han cumplido 70 años de la muerte de Manuel Azaña se hace necesario recuperar alguno de los párrafos del memorable discurso que pronunció el 13 de octubre de 1931 cuando defendía la necesidad de una reforma religiosa que acabara con el lastre que representaba para el país la omnipresente iglesia católica. Si en aquellas palabras hay que buscar el rastro del actual laicismo severo, que venga Dios y lo vea.

 “... Yo no puedo admitir, señores diputados, que a esto se le llame problema religioso. El auténtico problema religioso no puede exceder de los límites de la conciencia personal, porque es la conciencia personal donde se formula y se responde la pregunta sobre el misterio de nuestro destino. Éste es un problema político, de constitución del Estado, y es ahora, precisamente, cuando este problema pierde hasta las semejas de religión, de religiosidad, porque nuestro Estado, a diferencia del Estado antiguo, que tomaba sobre sí la curatela de las conciencias y daba medios de impulsar a las almas, incluso contra su voluntad, por el camino de su salvación, excluye toda preocupación ultraterrena y todo cuidado de la fidelidad, y quita a la Iglesia aquel famoso brazo secular que tantos y tan grandes servicios le prestó. Se trata, simplemente, de organizar el Estado español con sujeción a las premisas que acabo de establecer”.

 “… yo creo más bien que es el catolicismo quien debe a España, porque una religión no vive en los textos escritos de los Concilios o en los infolios de sus teólogos, sino en el espíritu y en las obras de los pueblos que la abrazan, y el genio español se derramó por los ámbitos morales del catolicismo, como su genio político se derramó por el mundo en las empresas que todos conocemos”.

 “... Tengo los mismos motivos para decir que España ha dejado de ser católica, que para decir lo contrario de la España antigua. España era católica en el siglo XVI, a pesar de que aquí había muchos y muy importantes disidentes, algunos de los cuales son gloria y esplendor de a literatura castellana, y España ha dejado de ser católica, a pesar de que existen ahora muchos millones de españoles católicos, creyentes”.

 Me quedo finalmente con otra de las afirmaciones del teólogo Juan José Tamayo, “yo creo que el Vaticano como Estado y el autoritarismo papal son dos de los factores que más han contribuido al fracaso del cristianismo en su historia y que más escándalo generan entre los no creyentes, pero también entre no pocos cristianos evangélicos. Además, están en abierta oposición al Evangelio, que acusa a los jefes de las naciones de dominar al pueblo e imponer su autoridad (Marcos 10, 42-45), al tiempo que alejan, más que acercan, de la fe en Jesús de Nazaret. La desaparición del Vaticano es condición necesaria para la recuperación de la credibilidad de la Iglesia en el mundo actual”.

4 comentarios

cris -

No me quito de la cabeza a las monjas poniendo en marcha el altar consagrado, mientras todos miran...todo tan blanco y ellas tan de negro. Menuda foto tenía la cosa.
Por lo demás, yo confieso, que al día siguiente puse a esa tertulia que Gabilondo denomina "Party Tinto" (El gato Interecomonía) porque tenía ganas de sufrir y de comprobar como los medios están volviéndo a abrir una profunda y peligrosa brecha que recupera en negrita y mayúscula las dos Españas.
Bueno, bueno, bueno, lo que allí se dijo...y lo que yo les repondía hasta que mi hijo que es más listo que su madre me dijo "pero ¿para que ves esto si siempre acabas cabreada?" y encima, pensé yo, les subo el índice de audiencia. Pero ese día tocaba sufrir..
Total, resumiendo, los católicos de verdad de verdad son unos mártires que han sido capaces de aguantar las críticas al papa sin echarse a la calle a quemar libros de educacion para la ciudadanía.
Y yo creo, en serio, que a los auténticos cristianos que tienen fe auténtica y que considera que, ese sentimiento, es algo íntimo..les trae al aire toda esta polémica...y si me apuráis hasta la venida del santo papa.
En fin Juan, que tu texto me consuela, me informa y me convence de quehay que amueblarse bien la cabeza...asi que prometo borrar intereconomia d emi TDT ¿se puede?.
cris

Juan -

Hola amigos laicistas agresivos:
La famosa frase de Azaña no podía ser más profética. Y eso que cuando la pronunció todavía no se habían inventado en Zaragoza la ofrenda de flores.
El debate Pili es de tanta profundidad y requiere tanta reflexión que podríamos estar días y días hablando de lo que a diario vemos a nuestro alrededor: políticos participando en procesiones, deportistas brindando sus trofeos al santo de turno, bodas religiosas de supuestos ateos... tenemos la cultura católica infiltrada hasta las cachas y la confundimos con tradición.

grosem -

Hola, Juanito
ya que hablas de Azaña, hay una frase suya ("Si triunfara un movimiento de fuerza contra la República, recaeríamos en una dictadura militar y eclesiástica de tipo español tradicional. Sables, casullas, desfiles militares y homenajes a la Virgen del Pilar: por ese lado, el país no da para otra cosa") que complementa lo que tú hablabas.
Teniendo en cuenta que se dice que este Papa es tan listo y está tan bien documentado, me extraña que no se haya acordado de cuando su Iglesia ejercía el "catolicismo agresivo" (y bien agresivo).
Y tras su charla distendida en el avión que le llevaba a Santiago, eché en falta la tan cacareada "diplomacia vaticana": eso de llegar a un país "a gastos pagados" y poner a parir a los anfitriones, no parece muy educado.
Aquí, en Barcelona, la prensa "menos afín" le ha dado protagonismo estos días a la foto de las monjas "fregando" el altar. Resume perfectamente en qué dimensión está toda esta banda.
Laicista, que eres un laicista.

Pili A. -

Interesantísimo tema en el que se me ocurren varias ramas por las que enlazar mis comentarios

La iglesia católica sabe hacer muchas cosas bien:
apropiarse de los ritos para que hoy en día la gente siga prefiriendose casarse, dar la bienvenida a un nuevo ser o despedirlo en una iglesa, o el rito de hacerse adulto con la comunión y confirmación.

Pero el balance hace mucho tiempo que me parece negativo. No solo de esta, de todas las religiones.

Lo peor es que le ha hecho creer al hombre que es el dueño del mundo y no un habitante más.
Y eso está destruyendo en mundo.

Me encantaría seguir comentando.

Muy buen árticulo Juan. Gracias.

Pili