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Juan Gavasa

Españoles

Españoles

Hace unas semanas visité por primera vez el Club Hispano de Toronto. El nuevo Embajador de España en Canadá, Carlos Gómez-Múgica Sanz, quería tener un encuentro con la comunidad española y me pareció una buena excusa para mandar a paseo la inmersión lingüística por unas horas y discutir de fútbol y de la crisis, que es de lo único de lo que se puede hablar realmente en serio cuando se emigra.

El Club Hispano huele a España. No intento ser retórico ni patrióticamente cursi; quiero decir que huele como los bares españoles. Y cuando te reencuentras después de un año y medio de abstinencia con ese aroma a fritanga y a cebada reseca, todo lo tuyo que se quedó allá regresa a toque de corneta. Ese aroma tan chusco y familiar tiene un gran poder evocador, algo que te empuja a girarte sobre la barra, apoyar los codos, ponerte un palillo en la boca y pedir una cerveza con ración de patatas bravas. Sé que un fiel lector estará esperando que cite ahora a Proust pero no caeré en la tentación, no señor.

Pensaba que el olor de un restaurante procedía tan solo de la comida. Ahora sé que no es así; el olor lo aporta el individuo, que siempre va dejando rastro allá por donde pasa. Los españoles que nos hemos venido a Toronto hemos traído en el equipaje nuestra paleta de olores para soltarlos a la manera de la meada de los perros, para marcar el territorio y no olvidar de dónde venimos. Somos lo que olemos. Y en la huella que dejamos están otras cosas que no son comida pero que huelen tanto, como las costumbres o las tradiciones, esa pesada herencia de los pueblos viejos que igual sirve para un roto que para un descosido.

El Club Hispano de Toronto, aparte de oler rematadamente a España y a españoles, está decorado con la panoplia de los tiempos de Fraga al frente del Ministerio de Información y Turismo. El “Spain is different” tiene un martilleante lenguaje de signos y de símbolos que ha sobrevivido a varias generaciones y no tiene pinta de largarse. A caso accede a que se incorporen nuevos invitados sin renunciar a los de origen, para componer un apretado martirologio de glorias de ayer, de hoy y de siempre. El último es el poster de la selección española de fútbol con la Copa del Mundo, sacrosanto emblema de la modernidad de este país o último fotograma de una película en la que salíamos más guapos, más listos y más ricos de lo que realmente somos. Desde entonces todo ha ido de mal en peor. Parece que el único sentido de esa jodida copa es recordarnos que nada de lo que vivimos fue cierto.

Mi reencuentro con España en Toronto fue así, entre fotos de Lola Flores y de Majas anónimas, abanicos llenos de floripondios y posters del solar patrio. Estos mismos posters, marginados a ser anodino mobiliario,  los he visto en otros lugares oficiales como consulados, comisarías de policía o ministerios. Más que para vestir y decorar parecen hechos para tapar y esconder. No me quejo. Los tópicos que tantas veces denostamos son para muchos el único refugio que da calor cuando se vive en el quinto pino más literal posible.

El embajador llegó con una hora de retraso. La sala estaba abarrotada: sentados los españoles que emigraron a mediados del pasado siglo huyendo del franquismo y de la miseria. Todos ellos ancianos ahora preocupados por su pensión y su seguro médico. Detrás de pie los jóvenes españoles de la “movilidad exterior”, los que escapan estos días de la crisis económica y arrastran la misma mala hostia que mueve siempre al emigrante. Nada ha cambiado; las dictaduras pueden vestir de verde o llevar corbata, nunca se sabe. En medio de unos y otros; un inmenso hueco generacional que creíamos haber tapado con algo que se parecía mucho al progreso, la prosperidad y la democracia. Al destaparlo hemos visto que, efectivamente, no había nada y que esas décadas habían sido una farsa. En el Club Hispano de Toronto, con el poster de Casillas encima de la televisión y Lola Flores flanqueando nuestro costillar, se citaron dos Españas biológicamente irreconocibles pero asombrosamente parecidas.

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8 comentarios

Juan -

Hola Nora, me alegro de que te guste el blog y de que, de algún modo, te sientas identificada con mis textos como española que eres. Recibe un fuerte abrazo.

Nora -

Hola Juan,
Soy una inmigrante en España (aunque hace 6 años soy española de pasaporte) y si seguimos así pronto seré una emigrante española más. Sólo decirte que tus notas me parecen impecables y muchas veces me emocionan porque no soy sólo "española de pasaporte". Gracias y un saludo,

Juan -

Hola Pili, me alegro de volverte a ver aquí. Quizá no me he explicado bien, yo no critico ni a Lola Flores ni al Club Hispano. No era esa mi intención. Hablo de nuestros tópicos como la manera en la que a veces nos proyectamos de forma inevitable pese a creer que hemos cambiado. Mi estilo musical no se encontraba en los territorios de Lola Flores pero tiene toda mi admiración y respeto.

Pili Amparo -

La mujer de Becan también decía que España olía a ajo...
Bromas aparte seguro que sentiste un regustillo de nostagia
La foto de Lola es preciosa. Al margen de que ten guste mas o menos el flamentco o de que estés mas o menos deacuerdo en la campaña "Spain is differet" retomada ahora por lo de "marca ESPAÑA" Lola fue una gran artista. Yo la descubrí por casualidad en una filmación antigüa del Pena penita pena y me aprató. ´
Disfruta de los encuentros y aprovechate de tu condición de periodista para hacerle una entrevista al embajador... Seguro que le sacabas juguillo al tema...
Besos desde una triste España en huelga de enseñanza para descubrir que todo lo que lucharon nuestros antepasados no va ha servir de nada...

Juan -

Emiliooooo... no doy crédito, tú por aquí. No sabes cuánto me alegro. ¿Cómo estás? ¿qué tal la vida? Un fuerte abrazo.

Emilio -

Grande Juan

Juan -

Muy de Larra.

proustiano -

El retraso del embajador también es muy español.
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