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Juan Gavasa

Eduardo Martínez de Pisón

Eduardo Martínez de Pisón

Eduardo Martínez de Pisón es catedrático de geografía física de la Universidad Autónoma de Madrid. Su título académico es insuficiente para glosar toda su trayectoria, en la que deben de incluirse las categorías de explorador, viajero, escritor, investigador, alpinista, dibujante... Si sabio es según Aristóteles el que duda y reflexiona, Martínez de Pisón es sin duda un erudito que ha entregado su vida al estudio de las montañas, desde que de niño las imaginara en su Valladolid natal. Es uno de los más respetados especialistas en geomorfología, un intelectual que se ha dedicado por igual a la divulgación y la investigación mientras recorría la tierra de punta a punta; del Himalaya a la Antártida, del Karakorum al Aneto. El escritor Julián Marías dijo de él que era uno de los nombres más ilustres de la cultura actual. En 1991 recibió el Premio Nacional de Medio Ambiente. Está convencido de que la primera obligación del científico es difundir sus conocimientos, porque “sabes para comunicar lo que sabes” y quizá por ello tiene como pasiones absolutas el hallazgo de las regiones más remotas de nuestro planeta y la divulgación del valor educativo de la naturaleza.

 

Dice Martínez de Pisón que “vivir es permanecer, perdurar es vivir al mismo tiempo que mudar”. En esta reflexión resume buena parte de su filosofía existencial, la misma que le lleva a detestar la concepción de la montaña “como un juego”, la que le hace permanecer alerta ante “los becerros de oro, que siempre han puesto en apuros la profunda ley de la montaña”. Hombre y montaña, naturaleza y tradiciones se mezclan de manera indisoluble en un discurso cargado de pasión y de constantes citas literarias. Martínez de Pisón combina un tono moderado, pausado y amable con otro enérgico y firme cuando se refiere a las agresiones que sufre la naturaleza. Habla con la certeza de las profundas convicciones y la vocación educativa heredada de la Institución Libre de Enseñanza. Lo hace de manera especial cuando se refiere a los glaciares y los volcanes, a los que considera especiales entre todo lo grande que guarda la tierra. Por ellos permaneció cuatro meses al pie del Everest subiendo hasta los siete mil metros para realizar el estudio más completo hecho hasta la fecha sobre los glaciares del Himalaya. Desde su casa de Pozuelo de Alarcón no renuncia al sueño último de ver algún día un gran espacio protegido, el gran Parque de los Pirineos, “en Sierra Nevada hay 90.000 hectáreas protegidas, en Ordesa sólo 15.000. El Parque Nacional Francés se extiende a lo largo de 100 kilómetros, Ordesa sólo tiene 15. La situación actual de conservación de nuestro Pirineo indica unos bajos niveles de civilización”.

 

Después de varios meses de conversaciones y de cruzar correos electrónicos para intentar adaptarme a su agenda imposible, finalmente me encuentro con Eduardo en su casa de Pozuelo de Alarcón. Soy plenamente consciente del privilegio de disponer de su tiempo, un bien escaso en este vallisoletano que anda de aquí para allá con la maleta siempre a medio deshacer y un nuevo proyecto en la cabeza. Ahora se reparte entre Guadarrama, sus clases de geografía física en la Universidad Autónoma, y el Pirineo. Tiene casa en Tramacastilla de Tena pero confiesa que la visita menos de lo que le gustaría. Su conversación es fluida, embelesadora y brillante, nada de lo que dice tiene desperdicio ni nada de lo que piensa es liviano.

 

¿Cuándo descubrió el Pirineo?

Fue en 1951, hace más de medio siglo. Fue en invierno, en el valle de Tena y el Pirineo estaba radiante. Me acuerdo de algunas de las personas que estaban, me acuerdo perfectamente de la montaña, la tengo imborrable, la podría pintar en este momento. El valle tenía una vida rural intensa, se iba a los sitios por los viejos caminos, era un mundo de una armonía, una categoría y una calidad increíbles. Desde entonces no he dejado de volver y ha sido una fidelidad muy grande, pero una fidelidad interesada porque me ha reportado tales grados de felicidad en mi vida personal que yo debo mucho más al Pirineo que a ninguna otra montaña.

 

¿Qué ha cambiado de aquel Pirineo que descubrió hace medio siglo?

Han cambiado tantas cosas... el paisaje es el que más, también han cambiado las gentes del Pirineo y los visitantes. El Pirineo era un lugar retirado, no tenía demanda, apenas había gente que acudía a él. Había un Pirineo que tenía sustancia y hoy lo veo como si la hubiera perdido. Los pueblos han crecido de forma desmesurada y normalmente muchas casas están vacías la mayoría del año. Lo que ha perdido el Pirineo con todo esto, sobre todo el alto Pirineo, es el retiro. Subir al Aneto completamente sólo como yo he hecho en nada se parece a la romería que es a veces el Paso de Mahoma ahora.

 

¿El modelo de desarrollo por el que se ha optado era el único posible?

Lo que pasa es que la sociedad ha cambiado y esto es como un tsunami, hay un maremoto y tú no lo puedes parar. Pero el hombre puede corregir las cosas y encauzarlas y estas correcciones tienen que ser de orden cultural. El Pirineo es un bien de la cultura, de muchas categorías, no solamente es un bien natural. Y pienso que el desarrollo actual era un desarrollo encauzable. Si hay que defender el barrio gótico de Barcelona o la ciudadela de Carcasona, por poner un ejemplo, el Pirineo está en ese mismo orden en el aspecto de la naturaleza. Y hay que defenderlo.

 

¿Entonces todo es un problema de cultura?

Está claro. Pero esto no se improvisa, o se tiene o no se tiene. El Pirineo español, con alguna excepción en el catalán, ha estado al margen de la cultura alpinista. Aquí, salvo Lucas Mallada, en el siglo XIX no producimos a nadie mientras que en Francia había una pléyade de grandes hombres como Briet, Schrader, Russell, Saint Saud... todos eran franceses o venían desde los balnearios franceses. En la parte española tenemos un vacío tremendo porque no había desarrollo, no había comunicaciones, tampoco había un impulso ilustrado y romántico como había en el resto de Europa para trasladar esa cultura alpina a nuestro Pirineo. En el catalán tuvieron la “reinaixensa” y eso influyó mucho en su forma de ver la cordillera. Todo esto explica que en la actualidad exista una disimetría extraordinaria entre el Norte y el Sur y, por lo tanto, no es de extrañar que cierto montañismo de hoy tienda más hacia la vertiente turística que hacia la vertiente de la cultura montañera. Aquí no tenemos el poso cultural que los grandes pirineístas dejaron en el norte y eso se nota en muchas cosas. Por poner un ejemplo, en pretensiones como el recrecimiento tremendo de refugios desde una óptica exclusivamente turística o la conversión de los viejos caminos en pistas forestales.

 

Parece que el Pirineo interesa más como espacio de ocio que como bien cultural.

Es cierto, pero no hay que bajar la guardia. Aquellas personas que tengan responsabilidades culturales lo que tienen que hacer es difundir ese mensaje cultural. Me decía un amigo montañero que se habla mucho de por dónde ir por la montaña pero nada de cómo ir. Ese es el problema.

 

¿El ser humano es aquí un factor negativo?

El hombre ha sido capaz en el Pirineo aragonés o en el navarro de hacer cosas tan bonitas como las casas de sus pueblos, tenemos el caso, por citar uno, de Otxagabia... qué decir de las casas de Ansó, las torres de Gistain... Todo tiene un valor increíble porque hubo una capacidad creativa para hacer cosas formidables que confío en que no se haya perdido. Hay que estar seguro de lo propio, mantenerlo, sostenerlo y mimarlo.

 

Usted conoce todas las grandes cordilleras del mundo, ha estado en el Himalaya, en los Andes,  en la Antártida... y sin embargo confiesa que al final su montaña favorita es el Pirineo.

Es una frase cordial. El paisaje está lleno de belleza y ha amasado durante siglos una cultura extraordinaria. La cordillera tiene unas dimensiones y unas características de enorme armonía. Rara vez llega a convertirse en algo tan solemne como las agujas de los Alpes, pero la tiene también. Tiene sus pequeños glaciares... todo ello en un tono moderado. Veo un ibón en el Pirineo y veo reflejado en él todos los lagos del mundo. Recuerdo una vez haber oído a un campesino de la zona de Tella decir que “este Pirineo son las piedras que le sobraron a dios de la creación”. Es una mirada muy poco tierna de la que no participo, yo creo que hablando en ese nivel estamos ante una obra maestra.

 

Su defensa del valle de Espelunciecha ante la ampliación de Formigal le ha originado numerosas críticas. Algunos políticos del la zona le han acusado de torpedear el desarrollo de los valles y le han recordado que no es pirenaico. ¿Se ha sentido deslegitimado?

Pero Ramond de Carbonnieres era de Estrasburgo y el Conde Russell era de Irlanda, y Schrader de Burdeos y tenía apellido alemán. Quiero decir con esto que no hace falta ser de ahí para tener el corazón puesto en los Pirineos. Mi vida gira alrededor del Pirineo como ilusión. Por eso lucho, para que muchos zafios no hagan del Pirineo una zafiedad como tantas otras que hay por el mundo.

 

¿Ha sentido la hostilidad del forastero?

Todo esto es curioso porque la tradición del Pirineo es salir al llano. Es un problema que veo también en otros lugares, hay como una especie de aldeanismo que crece y que no es bueno. Todo poder es bueno mientras no sea una tiranía y una defensa de la tribu. Los niveles de civilización exigen armonía. Están vendiendo el Pirineo a los que vienen de fuera, a mí me han vendido una casa, la he pagado, tengo mis derechos.

Se ha vendido el patrimonio para que vengan los de fuera cuando lo que tienen que hacer es replegarse en los valores para que no se los asalten. Porque les destruyen los pueblos, les quitan las bordas, acaban con las casas, con los pajares, con la arquitectura pirenaica, que ha sido sustituida por una de estudio de arquitecto, completamente anodina... y ante esto no hacen nada.

 

¿No es un problema de falta de autoestima?

Exactamente, una terrible falta de autoestima cuando tienen valores magníficos. Cuando defiendo Espelunciecha soy más pirineista que ellos porque estoy abanderando lo suyo. En el fondo soy más radical que los mismos habitantes del Pirineo defendiendo lo suyo. Se han equivocado de trinchera cuando se meten conmigo. Le hacen ascos a todo lo que viene de fuera, menos al dinero, que también viene del exterior.

 

Decía el escritor Severino Pallaruelo que cuando el dinero llegó al Pirineo se llevó herencias, patrimonios familiares y la esencia de los pueblos.

Así es. Hay varias novelas en los Alpes que hablan de eso, hicieron lo mismo. Una de ellas se llama “La nieve de luto”, que trata de dos hermanos, uno conquistado por la codicia y el otro que tiene todavía los viejos valores patriarcales de la cultura campesina. Los dos hermanos acaban enfrentados. Samivel escribió también “El loco de Edenberg”, que es la llegada de un fenómeno parecido a lo que ahora es ARAMÓN, pero en 1957 y a un pueblo de los Alpes. Son las mismas maniobras que están haciendo ahora en Castanesa, Montanuy... ¡pero hace medio siglo! Hay una frase de Miguel Delibes referida a Castilla que es tremenda: “lo mío es mío y lo de todos de nadie”.

 

Su lucha para que Formigal no se ampliara hacia el valle de Espelunciecha le ha reportado una gran notoriedad en los últimos años probablemente no deseada.

Los bárbaros de Aramón han hecho algo intolerable y lo han visto miles de personas. Y han dicho cosas impresentables como que eso se iba a quedar mejor de lo que estaba. Han dicho que iban a ser los depositarios de la montaña de Aragón y es para echarse a temblar. Yo estaba en Espelunciecha y encontré a una familia con dos niños, se maravillaban con el ibón, vieron volar a un quebrantahuesos y al mismo tiempo yo había visto a los topógrafos trabajando y cómo había tacos de madera clavados en la tierra y pintados de rojo que supuse serían futuras pistas o carreteras. Espelunciecha era un valle pequeño y modesto pero magnífico para acercar la cultura de la montaña a los iniciados. Me pareció un sitio digno de ser conservado y que no entrase dentro de la rutina de los parques temáticos en que quieren convertir muchos lugares del Pirineo. Pedí que se respetara un lugar porque no iba a hacer daño ni a la economía de Aragón ni a la de Aramón ni a la del Valle de Tena. Hubiera sido un acto de generosidad cultural

Yo le he visto realmente afectado en el mismo Espelunciecha

Es que han actuado de una manera salvaje que no tenía sentido. Se pidieron cosas nobles como el respeto y se optó por la vía de la brutalidad. Nunca he visto una actitud semejante en el Pirineo y me siento como si me hubieran empujado en la puerta de una taberna. Mucha gente lo ha visto y yo lo hice porque vi aquellos niños y sentí que no había derecho y no podía callarme. Ya no era por mí, que estoy de vuelta de todo, sino por esos niños que tenían derecho a disfrutar de todo aquello y ya no iban a poder.

 

¿Todavía queda espacio para la ilusión?

Es que hay que crear ilusiones, no las podemos perder. Yo cada vez que voy al Pirineo lo hago con el miedo de ver qué habrán hecho esta vez. Y casi siempre han hecho alguna atrocidad nueva. No se puede permitir que la ambición de algunos llegue hasta el punto de destrozar el patrimonio, porque además se está haciendo daño a sí mismo. La pérdida de la dignidad de los paisajes es la pérdida de la dignidad de las personas. Eso no ocurre en el Pirineo francés, donde son capaces de crear un Parque Nacional flexible en el que es posible conservar el medio y crear unas condiciones económicas que permitan a pueblos como Laruns subsistir. Ese es el camino.

1 comentario

Inde -

"Y han dicho cosas impresentables como que eso se iba a quedar mejor de lo que estaba. Han dicho que iban a ser los depositarios de la montaña de Aragón y es para echarse a temblar."

¿Sabes a quién le dijo todo eso Martínez Ibargüen, anterior director de Aramón, en una entrevista, y quién lo publicó en Qriterio? ¡Una servidora!

Joder, siento orgullo retroactivo: ¡lo leyó Martínez de Pisón y se acuerda! Caray...