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Juan Gavasa

Canadá, instrucciones de uso

Canadá, instrucciones de uso

Canadá es posiblemente uno de los experimentos sociales más fascinantes del planeta. El país se ha ido construyendo a lo largo de los últimos 150 años sobre la idea básica de la multiculturalidad; un factor que le da carácter en la misma medida que le expone a riesgos que en cualquier otro país hubieran originado graves conflictos sociales. Aquí no ha ocurrido, pero esas tensiones están presentes, como suspendidas en la atmósfera; confundiéndose a veces con el paisanaje para pasar inadvertidas.

En la naturaleza de Canadá está la diversidad. Por lo tanto no se puede desprender de ella porque afectaría directamente a su sentido como entidad política, a su trascendencia en el tablero geopolítico, a su razón de ser en definitiva. Canadá dejaría de ser el admirado país que generoso abre cada año sus fronteras para acoger a miles de refugiados, ciudadanos del mundo que huyen de sus países en guerra para salvar sus vidas. Canadá sería un país preso de la melancolía, sin pasado glorioso ni sentido colectivo.

Su construcción se forjó en la épica de la emigración, en las historias dramáticas de millones de personas que en diferentes oleadas durante el último siglo llegaron primero en busca de trabajo y después a encontrar seguridad y paz. No es sencillo construir una sociedad homogénea con esos mimbres y, efectivamente, la canadiense no lo es.

Neil  Bissoondath escribió en 1994 un libro titulado “Selling Illusions: The Cult of Multiculturaism in Canadá” en el que condenaba el multiculturalismo como impulsor de una sociedad distribuida en guetos étnicos. Cuando este autor publicó su polémico libro habían pasado casi 25 años desde la solemne promulgación del multiculturalismo como el eje fundamental de la política y de la sociedad canadienses, un proyecto que aspiraba a integrar plenamente a las nuevas etnias.

Casi veinte años después probablemente haya que reconocer que Bissoondath no iba desencaminado y que la sociedad canadiense se ha fragmentado tal y como auguraba en su libro, incapaz de confeccionar un tejido social homogéneo e igualitario. La diversidad es real pero la sociedad no es multicultural sino un conjunto de colectivos étnicos que han construido compartimentos estancos.

Muchas veces se habla en Canadá de unitarismo como una aspiración que no debe confundirse con la uniformidad. Creo que Canadá está lejos de ambos conceptos pero es cierto que este proyecto de sociedad se enfrenta a diario con retos que se antojan hercúleos. Aunque en muchos aspectos la idea idílica de Canadá como sociedad de acogida habría que matizarla, es verdad que en el juego de las comparaciones sigue saliendo bien parada.

El primer ministro Stephen Harper es un político conservador de perfil bajo y con pocas simpatías entre sus ciudadanos. Podría competir con cualquier estadista europeo en la carrera por desmontar con mayor empeño el estado de bienestar, pero sin embargo mantiene una sensibilidad casi orgánica en el asunto de las políticas de emigración pese a que su gobierno ha endurecido las condiciones de entrada al país. Su discurso haría sonrojar a los políticos conservadores europeos, siempre dispuestos a culpar a los emigrantes de todos los males de sus respectivos países.

Por eso Canadá es un proyecto social diferente, porque incluso en los críticos y convulsos tiempos que vivimos, cuando las convicciones se escapan por el aliviadero, sigue manteniendo posiciones que le hacen digno de admiración. Por eso ha sido un escándalo formidable en Canadá las desafortunadas declaraciones de la Primera Ministra de Quebec, la independentista Pauline Marois, en las que afirmaba que las políticas a favor del multiculturalismo en Inglaterra “han llevado a sus ciudadanos a golpearse entre ellos y a poner bombas porque la sociedad no tiene un sentido de identidad claro”. Podrá haber problemas de convivencia pero en el final de cualquier debate un canadiense siempre reconocerá que la diversidad es la principal seña de identidad de su país.  Y esto es algo que un ciudadano de la vieja Europa sigue observando entre perplejo y fascinado.

Ayer comencé nuevamente mis clases de inglés y conocí a mis nuevos compañeros: tres de ellos son egipcios que llegaron a Canadá hace tres meses desde El Cairo, hay un sirio que huyó de su país hace dos meses gracias a un pasaporte sellado en Polonia, dos iraquíes que vivieron un tiempo en Alemania, dos afganas que lograron escapar de Kabul y tres pakistaníes que hicieron bromas con la seguridad de su país nada más comenzar la clase. Para ellos fue la mejor manera de romper el hielo y explicar por qué “Canada is very good and very paceful”.  Mi primera clase de inglés del curso fue en realidad una lección de humildad.

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