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Juan Gavasa

De Tucson a Sevilla vía Bogota

De Tucson a Sevilla vía Bogota

Howe Gelb procede de los áridos desiertos de Arizona. Es normal que piense que la lluvia es agua bendita. Raimundo Amador nació en Sevilla y por una cuestión de genética se balanceó siempre entre el flamenco que corría por sus venas desde la cuna y el blues que producía desgarros en el alma humedecida de las plantaciones del sur de Estados Unidos. El flamenco y el blues tienen en común su tendencia dramática, incapaz de concebir su existencia desde la cómoda placidez de la levedad vital. Pero otras veces Raimundo retaba a su conciencia y empujaba a su “Gerundina” a los territorios ignotos de los fiordos islandeses, para hacer maridaje con Bjork. No había un patrón de conducta establecido. 

Howe Gelb es un tipo singular. Es un peso pesado del folk norteamericano pero a diferencia de otros compañeros del género, su universo no se circunscribía a la América profunda sino que buscaba y buscaba otros sonidos que pudieran casar con su concepto intuitivo de la música. Es muy conocida su anécdota de los años que pasó en el desierto, en los que sólo tenía tres cintas en su coche; de Tom Waits, Miles Davis y Tomatito. Por lo tanto era cuestión de tiempo que el destino o un visionario productor como Fernando Vacas uniera a Howe y Raimundo para inventar algo grande. El de Sevilla ya había hecho colaboraciones memorables con el gran BB King, por lo tanto manejaba los códigos de la convivencia con el blues como parte de su proceso de madurez como artista.

Howe lidera desde hace más de 20 años la banda Giant Sand, de la que salieron años después dos de los fundadores de Calexico. Cuando Howe, de gira por España en 2007, escuchó en Córdoba la propuesta de Fernando Vacas para grabar un disco en el que mezclara el folk americano, el blues y el flamenco, recordó las palabras de Rainer Ptacek, ex guitarrista de Giant Sand fallecido en 1997: “el flamenco es la mejor música de guitarras del mundo”.

Así surgió el proyecto para grabar el disco “Alegrías”, que se concibió desde el principio con el mismo tacto que el orfebre utiliza en el diseño de sus piezas. La portada está ilustrada con el bello cuadro de Julio Romero de Torres, de mismo nombre. Y en estas apareció Raimundo para completar la Gypsies Band, formación excepcional creada para sostener el proyecto de Howe Gelb. En la noche del viernes todo ese encuentro de emociones, intuiciones, convicciones y arte irrumpió en el escenario de Lanuza con la fuerza que sólo puede contener algo realmente especial.

No llovió en la noche pirenaica, no al menos esa lluvia epifánica que estimula a Howe. Pero hizo frío como es norma en Lanuza de vez en cuando. Después del verano pleno de la primera semana llegó el verano crepuscular que en el valle de Tena significa abrigos y chaquetas. Raimundo Amador decía que le gustaba la sucia aspereza de las guitarras de Giant Sand, limpias de cualquier operación estética. Incluso confesó que después de grabar “Alegrías” llegó a la conclusión de que Howe era el gitano y él el payo. En Lanuza se pudo entender lo que quería decir Amador, al que aquellos flirteos con el blues de sus años de Pata Negra le sirvieron para engranar perfectamente en esta banda interina que transita entre el blues y el folk americano. El de Sevilla tiene menos protagonismo en este proyecto formado por músicos de largo recorrido como el propio Fernando Vacas, Juan Fernández, Añil Fernández y Thorke, pero sigue teniendo magia en sus dedos. Faltaban algunos de los músicos que participaron en la grabación de “Alegrías” pero el resultado fue igualmente espléndido, con un Howe Gelb en plenitud que anclado unas veces a su guitarra, otras a su órgano o a veces a los dos al mismo tiempo, ejerce de indiscutido maestro de ceremonias. 

La noche la abrieron “La Mojarra eléctrica”. El hallazgo de grupos como el colombiano justifica por sí solo la existencia de Pirineos Sur. Aunque en su país son una institución en España no han logrado pasar hasta el momento de los circuitos minoritarios o muy especializados. Una pena. Ellos anunciaban una explosión sonora en el escenario y así fue. Con unos músicos excepcionales y unos deslumbrantes arreglos, la banda de Bogotá puso en escena todo el catálogo de influencias que manejan en su repertorio. Pueden sonar a veces a la Van Van y otras a John Coltrane e incluso a Ornette Coleman, con todo el significado que tiene el vínculo con el inventor del free jazz. Su música bebe de aquí y de allá, hay evidentes bases rítmicas abrochadas al funky más tradicional encarnado en James Brown o al reggae de Bob Marley. Pero lejos de parecer un refrito, “La Mojarra eléctrica” suena a nuevo porque bajo esa argamasa de estilos hay una sólida identidad colombiana que da coherencia, rigor y credibilidad a lo que hacen. Porque pese a todo, “La Mojarra” es una banda fundamentalmente colombiana que no olvida que en sus raíces está África, y que en todo su territorio se conserva una diversidad que responde al carácter mestizo de la sociedad. Desde la “chalupa” y el “bullerenge” de la Costa Atlántica hasta los sonidos nacidos a orillas del Pacífico sur. Una maravilla que justifica esta XIX edición de Pirineos Sur.

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