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Ferrer i Guàrdia

El 31 de mayo de 1906, el anarquista Mateo Morral lanzó una bomba desde un balcón de la calle Mayor de Madrid al paso del cortejo real, que regresaba a palacio una vez celebrada la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg en la iglesia de los Jerónimos. El atentado no consiguió su objetivo, al tropezar el artefacto con el tendido del tranvía, y los reyes salieron ilesos de la potente deflagración, pero murieron 23 personas, entre militares y civiles, y más de un centenar resultaron heridas como consecuencia de aquel regicidio frustrado. Pocos días más tarde, el autor del atentado se suicidaba cerca de Torrejón de Ardoz después de matar a quien lo había detenido.
La anómala muerte de Morral acabaría por dejarlo ante la historia como único ejecutor y responsable del hecho, sin trama o complot que lo respaldara en su proyecto y realización. Sí figuró como presunto instigador en un principio, entre los varios encausados que fueron condenados como encubridores, Francesc Ferrer i Guàrdia, el pedagogo racionalista fundador de la Escuela Moderna, centro en el que Mateo Morral había sido bibliotecario. Absuelto Ferrer, la sentencia que lo dejó en libertad bajo fianza hizo constar “las ideas disolventes y anarquistas del procesado, sin que fueran motivo legal suficiente para entender que tuvo que ser partícipe en el delito cometido por su amigo y cooperador Mateo Morral”. Una gran campaña mediática europea defendió entonces la inocencia del maestro anarquista, defensor de una enseñanza libre y racional frente a la España autoritaria y dogmática, sin que esa campaña pudiera erradicar la creencia entre buena parte de la ciudadanía, tal como sostienen hoy muchos historiadores, de que Ferrer i Guàrdia pudo haber intervenido de alguna forma en aquel atentado.
Dos años después, esa misma España a la que el librepensamiento europeo había tildado de inquisitorial e intransigente iba a tener oportunidad de procesar nuevamente a Francesc Ferrer i Guàrdia (grado 31 de la masonería) como consecuencia de la huelga convocada en Barcelona el 26 de julio de 1909 en protesta por la movilización de tropas de reemplazo para proteger las minas del Rif, algo que para los soldados españoles sin medios para pagar la cuota que les eximiera de la milicia suponía riesgos de masacres muy similares a las sufridas en Cuba y Filipinas. La huelga derivó en una revuelta popular espontánea que se prolongó durante siete días y es conocida como Semana Trágica, sin que, a pesar de su en verdad trágico balance (en torno a un centenar de muertos, de los que sólo tres eran militares), sufrieran merma los intereses de los bancos, las empresas o las fábricas. También murieron tres religiosos, uno de ellos de infarto, y recientemente hemos conocido, por la documentación inédita extraída del Archivo Secreto del Vaticano, el testimonio de una de las monjas francesas del convento de la Asunción de Poble Sec: los huelguistas llamaron a la puerta para advertir a la hermana tornera de que iban a saquear el lugar.
Como resultado de los incidentes, magnificados como un movimiento revolucionario y separatista por parte del Gobierno que tan duramente los reprimió, hubo dos millares de detenidos, 739 procesamientos y 17 condenas a muerte, aunque sólo se llegaron a ejecutar 5. Entre estas últimas, la de Francesc Ferrer i Guàrdia, que fue acusado como autor y jefe de la rebelión. Sin embargo, la revisión objetiva de los más de 600 folios de la causa abierta contra el pedagogo catalán permite afirmar que su fusilamiento en el castillo de Montjuic, hace ahora un siglo, fue un crimen judicial. Como tal lo conceptúa Francisco Bergasa, que este mismo año, con motivo del centenario de la Semana Trágica y de aquella ejecución, ha puesto en la calle su libro ¿Quién mató a Ferrer i Guàrdia?, una pormenorizada y diáfana crónica periodística de la causa procesal que llevó al maestro anarquista ante el pelotón de fusilamiento.
Además de ser un pedagogo muy avanzado para su tiempo, propulsor de la educación libre, racional y laica, integral e igualitaria, es reconocido el carácter que como revolucionario conspirador, anticlerical y antimonárquico distinguió al maestro de Alella. En respuesta al título que puso a su libro, Bergasa estima que su muerte fue en buena parte obra de todos. Molestaba al rey, obviamente, pues aparte de su supuesta y no probada intervención o instigación en el atentado de Madrid contra Alfonso XIII,no faltan indicios que lo podrían relacionar con el que tuvo lugar en la calle Rohan de París un año antes. Tanto al Gobierno como a la Iglesia les afectaba en su intereses la proyección y competencia que la nueva escuela de Ferrer i Guàrdia comportaba en el ámbito de una enseñanza confesionalmente católica. La derecha lo odiaba, pero tampoco era grato a la izquierda, y así lo demuestran las declaraciones de sus compañeros republicanos y sindicalistas en la denominada Causa contra Ferrer i Guàrdia instruida por la jurisdicción de Guerra. Los primeros pretendieron evadirse de sus responsabilidades en los hechos y los socialistas y anarquistas nunca lo apreciaron como uno de los suyos, pues lo consideraban, según Francisco Bergasa, un burgués enriquecido de costumbres libertinas.
Contra Ferrer i Guàrdia se orquestó un proceso judicial falto de toda garantía y saturado de irregularidades, fruto de las filtraciones a la prensa interesada, que fomentó una intensa campaña para culpabilizarlo a base de declaraciones falaces y juicios paralelos. Si los periódicos librepensadores europeos presionaron al Gobierno español para que la justicia lo dejara en libertad en 1907 por falta de pruebas, la prensa española más reaccionaria lo quiso reo de muerte en 1909, también sin pruebas, y así fue como mediática, política y efectivamente fue ajusticiado.
Félix Población en Público
Manolo

He leído por fin “Vida de Manolo” de Josep Pla. Cuando la ficción agota su capacidad de sorpresa, no está mal echarse en brazos de vidas vividas con la atormentada pasión con la que lo hizo el escultor catalán Manuel Martínez y Hugué (1872-1945). El libro publicado por Pla en 1928 está considerado por muchos críticos como una de las mejores biografías españolas del siglo XX. A su altura sólo está probablemente la obra de otro maestro del periodismo: la de Manuel Chaves Nogales sobre el torero Belmonte.
Manolo fue un personaje atípico, un diletante convertido en sabio a base de penar por la vida. Nació pobre y fue pobre de solemnidad durante mucho tiempo. Arrastró la indigencia como una virtud que permitía azuzar el ingenio y el instinto de supervivencia. Dotado de unas capacidades naturales para la dialéctica, la creación y la reflexión, el simple ejercicio diario de comer retrasó demasiado tiempo su eclosión como un escultor deslumbrante que convivió con los mayores talentos de su tiempo. Pero él siempre observó este valor como una nimia anécdota que no podía alterar los comportamientos del ser humano. Hablaba de su amigo Picasso con el mismo desapego con el que se refería a las corrientes estéticas. Cuando citaba a Modigliani sólo era para recordar sus borracheras indecentes.
Su descreimiento sólo era comparable a su felicidad en torno a una mesa rodeado de amigos. “¿Por qué me dediqué en definitiva a la escultura? No lo sé exactamente. Acaso porque me resultó más fácil hacer narices y orejas que aprender la tabla de multiplicar”. Así respondía a Pla ante el dilema ontológico. El escritor catalán escribió en el prólogo de la primera edición: “La persona de la que aquí se habla, aunque no hubiese hecho una sola escultura en toda su vida, sería uno de los seres más inolvidables de nuestro tiempo, uno de los hombres grises más intencionados, de un relieve más acusado”.
La biografía de Pla traza de manera viva y eficaz la semblanza de Hugué; desde su penoso deambular por la Barcelona de finales del siglo XIX hasta su irrupción como impulsor del círculo artístico que hizo famoso a la localidad pirenaica de Ceret durante la I Guerra Mundial. Entremedio París y la bohemia. Pla consigue que fluya con primorosa sencillez el torrente verbal que es el escultor. Sus escasas digresiones contribuyen a ordenar el espacio y el tiempo de un hombre reflexivo e impulsivo, brillante y sencillo, sagaz y simple. El escritor lo resume así: “Entretanto, fluye desbordante el monólogo, empedrado de tacos pintorescos, expresiones populares retorcidas, toques brillantes, insospechadas asociaciones, erudición viva, ocurrencias geniales y despropósitos. Su vitalidad verbal fatiga al más fuerte, pero uno sigue los errabundos vericuetos de su fantasía y de su humor con la seguridad de llegar siempre a alguna parte”.
Y esa alguna parte no es más que la inteligencia misma en estado puro, desprovista de imposturas y aderezos. “Hablando con él una temporada, se le puede ver de una manera completa y aplicarle lo que a menudo dice de Picasso, que era lo suficientemente inteligente para que en él el artista sea el aspecto menos interesante”, afirma Pla.
Manuel Martínez y Hugué fue un pícaro impenitente al que la vida le trató con dos varas de medir. No fue hasta el final de sus días cuando recibió el reconocimiento unánime de la crítica y de sus propios compañeros. Casi siempre fue el bufón ganapán y buscavidas que participaba en las tertulias y en las fiestas para alegrar al personal. Pero en el fondo de esa chistera reposaba un discurso de soberbia talla intelectual y una perspicacia alimentada en tugurios de mala muerte donde solo había, cómo él mismo describe, “cómicos hambrientos y absurdos, carteristas ensortijados, bohemios muertos de hambre, muchos sindicalistas, escultores y pintores jóvenes, noctámbulos profesionales, jóvenes de la aristocracia, policías, hampones retirados y alcahuetes”. A ese marcado doble perfil se debe el erróneo encasillamiento de la biografía y de su protagonista como un personaje pintoresco, charlatán y deslenguado. Manolo desmitifica el arte en tanto que semilla de la vanidad y lo observa desde la simple admiración de la belleza como resultado formal. Se ríe de las modas y huye de quienes las fomentan imbuidos de un espíritu de vacua superficialidad. “Ahora te encuentras a gente que parece que esté de vuelta de todo, sin haber ido a ninguna parte. Hoy, la preocupación general es hacerse el listo, pasar por listo, dar a entender con una simple mirada que todo está claro, dar la sensación de estar siempre al cabo de la calle”. Vigente reflexión que el escultor sostenía en 1927.
Sus influencias artísticas residían en los clásicos. A ellos pertenecía el origen del arte y la cumbre de la belleza. Nadie pudo superarles en siglos. “En el curso de la historia, a mi entender, sólo ha habido tres pueblos creadores de arte, los semitas en arquitectura, y los hindúes y los egipcios en escultura. Los egipcios están por encima de todo de una manera que sobrepasa cualquier comparación. Todo lo que se ha hecho después de ellos tiene su origen en sus insuperables creaciones. Los griegos fueron sus más aprovechados y hábiles discípulos”.
En la biografía de Pla surgen revelaciones asombrosas y curiosos apuntes que caminan en la misma línea de la desmitificación. Manolo asegura que “el cubismo tuvo en cierto modo un origen aragonés. Picasso lo importó de Aragón, de Horta, un pueblecito cerca de Zaragoza donde pasó unos días de verano. Aquellos lienzos tuvieron la suerte de ser comprados por los hermanos Stein, y eso los impuso en los medios burgueses avanzados de París. El cubismo continuó y maduró en Ceret, cuando yo llevé a Picasso al Rosellon”. No hay razón para no creerle.
Ceret fue su parnaso. A ese hermoso pueblo de Rosellón fue a parar Manuel en 1910 por casualidad; buscaba un lugar saludable que facilitara su recuperación de los años de indigencia parisina. Con él se establecieron el pintor americano Frank Burty Haviland y el compositor occitano Déodac de Séverac. Fueron la avanzadilla de un grupo irrepetible de artistas entre los que destacaban el propio Picasso, Henri Matisse, Georges Braque, Marc Chagall, Antoni Tapiés o Pablo Gargallo. Algunos llegaron en busca de la inspiración, otros huían de la catástrofe de la guerra. Pronto la sesuda intelectualidad encontró una pretensión estética en ese núcleo de talento y acuñó el pretencioso nombre de “escuela de Ceret” a todo lo que salía de aquellos pinceles. Manolo, de nuevo, tenía una perspectiva diferente: “Se formó un pequeño círculo que más tarde algunos periodistas y críticos convirtieron pomposamente en la escuela de Ceret. Pero si algo puedo asegurarte, es que no hubo ninguna escuela ni nada. ¡Para escuelas estábamos, Dios mío!”
El libro dibuja una vida admirable. Es una de esas historias que no necesita artificios ni licencias literarias para atrapar. Manuel Martínez y Hugué expresa lo auténtico, lo real y verdadero. Por eso su huella perdura, varada entre la magia de su creación y el peso de su pensamiento. Porque no huele a retórica. No la necesita.
Ilustración: Manuel Martínez y Hugué por Picasso.
Mario Benedetti

Cada vez que nos dan clases de amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huerfana
cada vez que nos dan clases de amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros
en mi región hay calvarios de ausencia
muñones de porvenir/arrabales de duelo
pero también candores de mosqueta
pienos que arrancan lágrimas
cadáveres que miran aún desde sus huertos
nostalgias inmoviles en un pozo de otoño
sentimientos insoportablemente actuales
que se niegan a morir allá en lo oscuro
el olvido está tan lleno de memoria
que a veces no caben las remembranzas
y hay que tirar rencores por la borda
en el fondo el olvido es un gran simulacro
nadie sabe ni puede/ aunque quiera/ olvidar
un gran simulacro repleto de fantasmas
esos romeros que peregrinaran por el olvido
como si fuese el camino de santiago
el día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite/
los recuerdos atroces y los de maravilla
quebrará los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido.
Tony & Viny

Os conté estas navidades que aprovechando nuestro viaje a Canadá iba a reunir a Tony Tejerina y Vincent Friyia, dos de los jugadores canadienses que integraban la plantilla del Club Hielo Jaca que ganó la primera liga de su historia hace ahora 25 años. El encuentro (reencuentro para ellos, porque no se veían desde hace 22 años), fue realmente emocionante y emotivo. De esa reunión ha salido este artículo que hoy cuelgo en el blog y que ha aparecido publicado en la revista "Jacetania". Seguramente a la gran mayoría os importará poco este acceso nostálgico pero a los que hemos crecido jugando a hockey sobre hielo aquella primera liga del Jaca fue un acontecimiento inolvidable. Yo era un niño pero la recuerdo en toda su intensidad. Ellos, también.
Nieva en Toronto en el invierno más gélido que se recuerda en Canadá desde hace décadas. JACETANIA ha viajado hasta la capital de Ontario para reunir después de 22 años a Vincent Friyia y Tony Tejerina, dos de los jugadores que integraban la plantilla del Club Hielo Jaca que ganó la primera liga de su historia un 7 de abril de 1984. Se cumplen, por lo tanto, 25 años de aquel éxito deportivo que, en realidad, tuvo todos los elementos de un acontecimiento social para la ciudad. El inolvidable alero de los Pinguin Pitsburgh, Mario Lemieux, solía decir que “cada día era un gran día para el hockey”. Hoy lo es, sin duda.
Desde su fundación en 1972 el Club Hielo Jaca no había pasado de ser una mera comparsa con aspiraciones ante el poderío de otros clubes como el Txuri Urdiñ, el Casco Viejo de Bilbao o el F.C. Barcelona. Jaca era el simpático equipo de pueblo que se peleaba en una lucha desigual con los clubes de las grandes ciudades españolas. Fueron necesarios más de diez años para que el hockey jaqués rompiera sus barreras y se reivindicara como el principal semillero de jugadores del país. En esa temporada 83-84 se culminó la gran obra con un triunfo agónico que instaló al Jaca en la historia del hockey sobre hielo español. Se había ganado la primera liga. En Jaca fue la locura.
Desde entonces casi todo ha cambiado. El club ha ganado otras muchas ligas y la victoria pertenece al genoma de la entidad. No se entiende de otro modo la existencia del equipo. Sin embargo hubo un tiempo en que el triunfo era un anhelo lejano que creaba tantas frustraciones como pasiones. Jaca vivía el hockey como un hecho social que le permitía proyectarse en el exterior y disputar un juego de iguales que, en realidad, era ficticio. Pero la gente soñaba con que era verdad. Y en esa temporada 83-84 el sueño se hizo realidad. Viny era el entrenador de aquel equipo y Tony el portero titular. Ambos fueron piezas fundamentales de un equipo inolvidable formado por veteranos jugadores y jóvenes canteranos que irrumpieron ese año en la primera plantilla de forma irreverente.
Hemos fijado el encuentro en el “Hockey Hall of Fame” de Toronto, el museo de hockey sobre hielo más importante del mundo. Se respira hockey por todos los lados, es el lugar perfecto. Allí está escrita la historia de este deporte a través de sus principales leyendas: Wayne Gretzky, el “great one”; Boby Orr, el revolucionario de Boston; Phil Esposito, la máquina; Bobby Hull, el avión de oro; o Maurice Richard, aquel francés de Montreal que ganó más Stanley Cup que nadie, 8 en total.
Tony nos guía por el museo. Conoce la historia de todos los grandes de la NHL, se sabe todas las anécdotas, los triunfos y también los dramas. “Gretzky ha sido el mejor” asegura sin rodeos. “Tendrías que ver los vídeos de Boby Orr, ese sí que era bueno”, le responde Viny. Los dos se pierden entre los pasillos del museo hablando de Jaca. Después de más de dos décadas sin verse la conversación fluye en torrentes desbocados que saltan de un lugar a otro sin orden ni concierto. Hay muchas cosas que contarse y muchos recuerdos. Viny, que viaja a Jaca con cierta frecuencia, pone a Tony al día de los viejos amigos a los que no ve desde que se marchó de España hace 23 años. A los dos el hockey les ha dado un vínculo irrompible con Jaca: Viny se casó con una jaquesa y la hermana de Tony vive en Jaca desde hace cuatro años. Piruetas del destino.
El encuentro continúa en otro templo del hockey: el popular restaurante que Wayne Gretzky abrió en el centro de Toronto junto al Air Canada Center, el estadio donde juega el Toronto Maple Leafs. Tony es un verdadero apasionado del célebre equipo blanquiazul. Ha convertido el sótano de su casa en un particular museo dedicado al centenario equipo. También guarda todos los trofeos conquistados en España, las camisetas con las que jugó en la selección española, las fotos de sus compañeros de Jaca y Bilbao… Rodeados de recuerdos imperecederos Tony y Viny alimentan su memoria, la de unos años que califican con cierta melancolía como “los mejores de nuestras vidas”.
¿Veintidós años sin veros?
Vincent Friyia. Creo que la última vez fue en 1987 aquí en Toronto, poco después de acabar en Jaca. ¿verdad Tony? El tiempo pasa muy rápido.
Tony Tejerina. Creo que sí. Seguro que hubo muchas oportunidades de vernos pero la vida te introduce en una dinámica y de repente te das cuenta de que llevas más de 20 años sin ver a alguien que vive a una hora de tu casa.
V.F. Ya ves, y tienen que venir de Jaca para que nos volvamos a ver...
¿Erais conscientes de que en abril se cumplía el 25 aniversario de la primera Liga que ganó el CH Jaca?
V.F. La verdad es que no. El día que me llamaste para decírmelo pensé: “qué viejos nos estamos haciendo”.
T.T. No, había caído en la cuenta, pese a que para todos los que estuvimos en aquel equipo fue seguramente nuestro mayor éxito deportivo.
Los dos habéis coincidido en que nadie daba un duro por vosotros aquella temporada 83-84.
V.F. La temporada anterior, mi primera en Jaca con Jamie McDonald, nos faltó un portero para poder ganar la Liga. Cuando llegó Tony pensé que lo teníamos todo para vencer. Pocos días después McDonald me dijo que se iba a Puigcerdá. Nos dejó realmente colgados pero vino Graham Longley y la ausencia de Jamie se olvidó rápidamente.
T.T. Es que yo no iba a volver a España, tenía pensado quedarme definitivamente en Canadá. Después de Bilbao estaba convencido de que me volvía a Toronto. Yo me sentía de Bilbao y no concebía ir a otro sitio. Ese verano McDonald me llamó cada semana para convencerme de que viniera a Jaca y finalmente lo consiguió porque me aseguraba que iba a ver un gran equipo. Una semana después me llamó Viny para decirme que McDonald se había ido a Puigcerdá. Me dejó descolocado después de tanta insistencia. Desde ese momento, mi gran objetivo fue ganar a Puigcerdá sólo por este suceso.
V.F. Ese año no llegamos a Jaca hasta una semana antes de comenzar la Liga. Graham vino tres días antes. Jamie me llamó un día a preguntarme cómo estábamos y le dije la verdad; que íbamos a empezar la Liga sin haber entrenado apenas.
Desde luego aquel no era un buen presagio para afrontar la temporada con garantías.
V.F. No porque el Puigcerdá tenía un verdadero equipazo, fundamentalmente en su primera línea. Brugman, Frank González, McDonald, Serrano, Santana… un gran equipo
T.T. Estaba claro que para ganar aquella liga lo único que teníamos que hacer era vencer en nuestros enfrentamientos con el Puigcerdá porque el resto de equipos eran de un nivel inferior. De Bilbao nos habíamos ido un montón de jugadores y sólo conservaban a Les Grahuer, un pedazo de jugador, por cierto.
V.F. Tenían también a Toni Enrique, pero es verdad que en general aquella liga era muy descafeinada, sólo estábamos cuatro equipos y dos de ellos no tenían opciones. Todo se convirtió en un duelo entre Jaca y Puigcerdá.
T.T. Fíjate que aquella temporada sólo perdimos los dos últimos partidos. El famoso de las latas contra el Vizcaya en Jaca (5-6), y el último contra el Puigcerdá en su pista. Ellos nos tenían que ganar por más de cuatro goles para quedar campeones y sólo nos ganaron 6-4.
¿Esas dos derrotas al final de la liga fueron fruto del vértigo ante la posibilidad de ganar la primera liga de la historia?
V.F. Realmente no éramos conscientes de que era tan importante ganar para la gente de Jaca ¡En serio! En ese famoso partido ante el Vizcaya nos empezaron marcando y nos descentramos por completo. Ese fue el problema. Luego vendría el lío final con la gente tirando latas al hielo...
T.T. El problema de aquel partido fue que estábamos celebrando el triunfo antes de jugar. Ellos no tenían nada que perder. En todos los bares estaba preparado el champan y tuvimos que ir a Puigcerdá a jugárnoslo todo en el último partido de la temporada. Una de las cosas que más me duele de mi estancia en Jaca es que aquella Liga no la pudimos celebrar con los jacetanos.
V.F. Es verdad, aquella noche fue terrible.
¿Y llegó el partido definitivo de Puigcerdá…?
T.T. Fuimos a Puigcerdá el día anterior al partido. La tarde del encuentro a la hora de la siesta un grupo se instaló con bombos y bocinas en la puerta del hotel y se pegó varias horas gritando: “Tejerina macaco, te vamos a meter en un saco”. Nada más empezar el partido ese grupo comenzó a gritar nuevamente lo mismo. La tensión era tremenda y yo me puse como un flan. Recuerdo que fue Piti (Pascual Puyuelo), el que logró calmarme.
V.F. Yo ya había jugado una final con una presión similar cuando jugaba en la Universidad de Thunder Bay. Perdimos 9-7 con el Regina. Ese ambiente de Puigcerdá me recordaba mucho al que yo pude vivir en Canadá.
¿Qué cambió en esa temporada para que el Jaca fuera el mejor?
V.F. Nuestro equipo fue una verdadera sorpresa porque no nos conocía nadie. Jóvenes jugadores como Luz, Barón o Jarne explotaron aquel año después de triunfar en juveniles. Graham era un desconocido y yo creo que en mi primer año en Jaca pasé desapercibido porque la gente se fijaba fundamentalmente en McDonald. Ese año jugamos con tres líneas, algo impensable hasta entonces.
T.T. Cuando juegas con 3 líneas acabas dando resultados positivos. Puigcerdá sólo tenía una muy buena primera línea pero detrás no tenía nada más.
V.F. El nuestro era un equipo con mucho corazón. No había mal ambiente, no había malos rollos ni ambiciones personales. Quizá la gente era algo más inocente y lo único que les importaba era jugar. Yo creo que si muchos no hubieran tenido que ir a la mili o a estudiar fuera el Club Hielo Jaca habría ganado más ligas. ¡Si Carlos Luz venía sólo a jugar los partidos porque estaba haciendo la mili fuera!
T.T. Éramos enormemente disciplinados. Había un equipo muy completo, apenas había agujeros. Y lo más importante es que apenas había diferencias entre las líneas.
V.F. Es verdad… teníamos a Carlos Luz, Graham o Barón en la defensa. Probablemente era la defensa más ofensiva del campeonato.
T.T. Quitando a Tito Marcelino, no había muchos defensas de la calidad ofensiva de los de Jaca. Luego estaban Santi Tello o Nacho Noguerol, que con sólo 16 años ya empezaba a jugar con el equipo sénior.
V.F. Luego había gente como Rivero y Aspiroz, más mayores que el resto y quizá más maduros, pero su único interés y ambición era jugar. Sólo querían jugar porque realmente amaban el deporte.
T.T. Había una mezcla perfecta de juventud y deporte.
V.F. Y esos jóvenes que acababan de llegar al primer equipo eran también los mejores cuando jugaban al fútbol o al baloncesto. Eran verdaderos talentos para el deporte.
¿Cómo fue vuestra vida en Jaca?
V.F. Sólo tengo buenos recuerdos. La gente siempre me ha tratado muy bien. Aún ahora cuando regreso me sigo sintiendo como en mi casa.
T.T. Viniendo de Bilbao, donde no te conocía nadie, ir a Jaca y que te parara la gente por la calle e incluso te invitara a comer a su casa fue para mí algo increíble. Yo tengo en Jaca recuerdos imborrables. Yo salí en el desfile del Primer Viernes de Mayo en la escuadra de Artesanos, participé en las fiestas de Jaca… me sentía como un jacetano porque los de Jaca me trataban como uno de ellos. En el hockey nada había como jugar en Jaca, no había otro ambiente igual, no querías jugar en otra pista, sólo Puigcerdá era comparable. Los tambores, las bocinas, las banderas, la gente entusiasmada… esos recuerdos de Jaca son imborrables.
V.F. Llegaba un punto en el que la gente sólo hablaba contigo para decirte que había que ganar la Liga. No hablaban contigo de otra cosa, solo de hockey.
Hay muchas generaciones de jacetanos que tienen mitificado ese periodo de la historia del Club Hielo Jaca. Todo el mundo recuerda a Graham Longley, el partido de la Copa de Europa con el Steaua de Bucarest, los duelos con el Puigcerdá…
V.F. Graham era especial. Recuerdo que un directivo le recriminó que se tiraba muchas veces al suelo para parar pastillas, y que no le pagaban por eso.
T.T. ¡Pero si paraba más pastillas que yo!
V.F. ¡Es verdad! (risas). Él jugaba conmigo en la Universidad de Thunder Bay y cuando llegó a Jaca comenzó a intimidar a todos desde el primer partido. Sus slaps desde la línea azul y sus cargas las recuerda todo el mundo.
T.T. Ahora que comentas lo del Steaua, me acuerdo del impacto que tuvimos todos cuando los vimos entrenar el primer día. Alguno del equipo decía “cómo vamos a perder con ellos si tienen los pantalones rotos y los sticks son viejos”. En el primer tiempo ganábamos 1-0 y en el descanso la gente estaba convencida en el vestuario de que les podíamos ganar. Nosotros sólo habíamos tirado una vez a puerta con la suerte de que fue gol de Capi. El partido acabó con 1-16. Eran buenísimos...
¿Y cómo eran las relaciones con la Junta Directiva en un tiempo en el que el Club era del propio Ayuntamiento y el presidente siempre era un concejal?
T.T. Yo no tenía ningún problema. Viny debía de tener más porque era entrenador y respondía de todos ante la Junta. Pero nos sentíamos muy arropados. Me acuerdo de Jarne, Fifo (Luis Prado), Luis de la Gala… es que yo no tuve ningún problema con nadie en Jaca
V.F. Cuando la cosa iba bien no había problemas pero cuando perdíamos no había los conflictos que veo que hay ahora porque la gente se quejaba menos, sabía que el ayuntamiento tenía el poder y que ellos decidían. No había dudas sobre quién mandaba. Ahora tengo la impresión de que eso no ocurre.
¿En algún momento surgió algún conflicto por el hecho de que vosotros fuerais los únicos profesionales del equipo?
V.F. Nunca hubo ningún problema.
T.T. Siempre se hablaba de eso pero no en el sentido de que nosotros no debíamos de cobrar. La gente entendía que nosotros veníamos de fuera y además ayudábamos a entrenar a los niños.
V.F. España es el único país donde no se ha llegado a un nivel de hockey suficiente que permitiera que todos los jugadores pudieran cobrar.
T.T. Pero en aquellos años en Jaca teníamos primas, estábamos asegurados, teníamos premios por objetivos… teniendo en cuenta que la mayoría era amateur ese dinero era una cantidad considerable.
V.F. Eso es verdad, pero en lo que respecta a las estructuras deportivas, había un punto en el que la gente española creía que era capaz de hacer las cosas como los rusos o los canadienses, y eso no era posible. Luego no había ni dinero ni dirección.
T.T. Pero había algo importante y era que la ciudad de Jaca quería ganar. Los niños tenían todo gratis. En Bilbao sólo jugaban los hijos de los que tenían dinero…
En 1986 la FEDI tomó una decisión desastrosa; la suspensión de la categoría sénior y el final de toda una generación. ¿Cómo vivisteis ese adiós prematura a vuestras carreras?
V.F. El presidente, casi riendo, nos dijo que no iba a haber hockey el año siguiente. Y así fue todo. No obstante, es algo que se venía diciendo desde hace tiempo.
T.T. Para mí era la segunda vez que ocurría porque en Bilbao se hundió la cúpula de la pista de Nogaro y nos dijeron que no iba a continuar el equipo, pero todo se arregló entonces. Yo hubiera seguido en Jaca, seguro. Habría jugado gratis si hubiera sido necesario.
V.F. Yo sabía que me tenía que buscar la vida tarde o temprano, que no iba a estar toda la vida jugando a hockey, así que la noticia la tomé como el anuncio de algo que tenía que pasar.
T.T. No fue un drama pero es verdad que en el mejor momento de nuestra carrera nos dijeron que nos teníamos que ir. Por lo que me cuentan esa fue la mejor época del hockey en Jaca. Venían jóvenes muy buenos que tuvieron que acabar sus carreras prematuramente Ese equipo podría haber jugado otros cinco años y ganar más ligas. ¡Teníamos una media de 23 o 24 años! No estábamos preparados para no jugar.
¿Qué lugar ocupa Jaca en vuestras vidas?
V.F. Fueron los mejores años
T.T. Irrepetibles
La foto está tomada en el "Hockey Hall Fame" de Toronto
Jean Bepmale

Jean Bepmale fue un abogado y político francés que recorrió toda la cordillera pirenaica durante las dos primeras décadas del siglo XX. Culto, emprendedor, autodidacta y aventurero, Bepmale atravesó muchos de los caminos que ya había transitado Lucien Briet pero fue capaz de ofrecer una nueva visión personal del paisaje y del paisanaje pirenaico. Fruto de esos viajes es un extenso legado fotográfico formado por más de 13.000 imágenes que nunca había sido expuesto y que no contaba, por lo tanto, con la popularidad de su coetáneo parisino. Sin embargo, su archivo está probablemente al mismo nivel de calidad y tiene el mismo valor histórico como documento de caracter antropológico. Bepmale nació en Saint-Gaudens en 1852 y dedicó parte de su vida a recorrer los pueblos y valles pirenaicos para rescatar las formas de vida de sus gentes y la belleza de sus rincones.
Su obra había permanecido oculta y dispersa por varios archivos particulares hasta que el Museo de Saint Gaudens la adquirió y unificó en 2003. Durante ese verano una pequeña selección de su inmenso catálogo fue expuesta en Abizanda y en Ancizan, en concreto la que pertenece al viaje realizado por Bepmale en 1913 por el Sobrarbe. A través de sus fotografías se ha recreado el viaje que inició en la localidad francesa de Cauterets. El recorrido penetra seguidamente en España por Panticosa y recorre la mitad norte de la comarca de Sobrarbe, para regresar a Francia por el valle de Bielsa y finalizar en la localidad de Sarrancolin.
El legado de Bepmale permanecía dividido desde hace varias décadas en numerosas colecciones y fondos privados. Esta circunstancia había imposibilitado su difusión pese a que Jean Bepmale es un relevante personaje de la historia contemporánea de Saint Gaudens. De hecho, en su localidad natal da nombre a una de las principales calles del casco histórico. No fue hasta el año 2003 cuando el Museo de Saint Gaudens decidió reunir y comprar todo el fondo fotográfico a través del colaborador Frantz Petiteau, figura clave en esta adquisición. Desde entonces trabajan en la catalogación del extenso material, cuya calidad estética y documental ha sido equiparada por numerosos expertos a la de su compatriota Lucien Briet.
Labordeta

Hace tiempo que tenía ganas de escribir de Labordeta. El homenaje que se le brindó el miércoles en el Principal de Zaragoza es la excusa perfecta. Sin duda. Sería conveniente que dijera de entrada que no me gusta el Labordeta cantante; no tengo ninguno de sus discos y en cierta medida mi conciencia de buen aragonés está tranquila porque comparto el mismo sentimiento que suele airear el propio José Antonio. “Yo no iría nunca a uno de mis conciertos”, dice con esa discreta sonrisa que todavía sostiene el fulgor infantil que nunca acabó de perder. Aunque como escribía en “Tierra sin mar”, “nunca vuelven los infinitos días de la infancia”. Otra cosa son sus letras; a alguien he leído esta semana sostener que “Somos” debería de haber sido el Himno de Aragón. Si los himnos fueran necesarios yo también opinaría lo mismo.
Ocurre que Labordeta casi siempre cantó a la tierra prometida, a los países oprimidos, a los pueblos perdedores y perdidos, a la eterna desilusión… “Somos como esos viejos árboles, batidos por el viento que azota desde el mar”. A veces se llamaba Aragón pero en la mayoría de los casos podía ser cualquier lugar del mundo. Por eso Labordeta trasciende de lo aragonés y se erige en icono apátrida que pertenece a cualquiera que se identifique con sus anhelos. Él contaba hace poco que en su despacho de profesor de Teruel, en los últimos años del franquismo, no había colgada ninguna bandera. Sus ideales eran los únicos que vestían el habitáculo y estos, si son nobles, tampoco necesitan banderas. “Si acaso Eloy Fernández Clemente” espetaba. El Labordeta libre y librepensador, contradictorio y cenizo, encaja mal en la ortodoxia. Y peor aún en la disciplina política. Muchos le han tachado en estos años de chaquetero, impredecible, confuso, y voluble. No ha habido otro personaje aragonés al que se le haya fiscalizado tanto el pensamiento como a Labordeta. Con el tiempo he llegado a la conclusión que los que nos movíamos y cambiábamos éramos los demás: Labordeta no se apartó ni un milímetro de su lugar natural; siempre estuvo en el mismo espacio de libertad y compromiso, refractario de normas, etiquetas y convenciones. Puede que fuera contradictorio, pero también coherente. Eso es lo que todos envidiamos de él, que siempre ha hecho y ha dicho lo que le ha dado la gana. José Antonio cantante y escritor, poeta y político, profesor y pensador, activista de conciencias y movilizador de frustraciones… el hombre que puso letra a los sueños de libertad y sentó a Aragón en el diván.
“Desde tiempos a esta parte vamos camino de nada” cantaba en los años 70. En el año 2002, en plena mayoría absoluta de Aznar, en aquel tiempo de plomo y violencia verbal, en vísperas de la guerra de Irak, estuvimos con José Antonio en Madrid presentando “Orosia. Mujeres de sol a sol”. Había venido a acompañar a su hija Ángela, que participaba en el libro. Nos juntamos en la cafetería-librería de Soledad Puértolas, “El bandido doblemente armado”, con Rosa Regás y Sagrario Ramírez. Fue una mañana memorable de anécdotas y vivencias, como son todos los momentos que se pasan junto a ese inagotable contador de historias que es Labordeta. En aquellos días de diciembre de 2002 remaba solitario contra el vendaval misántropo que representaba el PP. Creo que todavía no los había mandado a la mierda pero estaba a punto de realizar una de las intervenciones más hermosas que se recuerda en el Congreso de los Diputados. La volvieron a leer Ana Belén y Victor Manuel el pasado miércoles en el Principal para constatar la contundente belleza de unas palabras que nunca entendieron aquellos políticos tecnócratas y belicistas que sólo supieron aplaudir el discurso del odio de su jefe. Labordeta habló de paz y de humanidad, de injusticias y de vergüenzas. Y recurrió a su hermano Miguel para rescatar un poema que todavía golpea en algunas conciencias.
Mataos,
Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.
Invadid con vuestro traqueteo los talleres, los navíos, las universidades,
las oficinas espectrales donde tanta gente languidece.
Triturad toda rosa, hollad al noble pensativo.
Preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte…
Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas,
pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.
Asesinaos si así lo deseáis,
Exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas
Que jamás asiréis un fusil de bravura.
Asesinaos pero vosotros los inquisitoriales azuzadores de la matanza
Mariancho escribía ayer que éste es su Labordeta más admirado. También el mío. Aunque son impagables sus historias, su humor somarda tan aragonés, la sequedad de sus palabras cuando sabe que no es necesario decir más. Es ese José Antonio que está de vuelta de todo, que mira con ironía los vaivenes nacionalistas de su partido y se arma de recuerdos y anécdotas para retratar a los aragoneses. Su favorita, la que ha contado cientos de veces, es aquella de Luis Buñuel, que al regresar a Zaragoza tras ganar en Cannes la Palma de Oro con “Viridiana”, se encontró a un conocido en el Paseo Independencia que le paró y le soltó: “don Luis, muy flojica la última película”.
La foto es de José Antonio Melendo
Juan Goytisolo

Goytisolo ha recibido el Premio Nacional de las Letras. A muchos no les va a hacer nada de gracia el galardón pero yo creo que lo merece, aunque como he comentado en alguna otra ocasión, no otorgo especial relevancia a los premios ni creo que nadie sea mejor por recibirlos. Precisamente Goytisolo decía hace poco algo así como que los premios los hacen grandes los que los reciben, no los que los dan. "Son los autores los que honran o deshonran los premios". Yo creo firmemente en ello. Goytisolo escribía el domingo en El Pais un excelente artículo en relación a la iglesia y su estulticia; la inmoralidad de sus posiciones ante la Ley de la Memoria Historica y su empeño en pretender que los oprimidos asuman la conveniencia del olvido sin considerar la necesidad del perdón. Nuevamente ayer Rouco volvió a hablar de perdón y olvido apelando al "espíritu de la Transición", ese que se reclama ya tan sólo cuando los eternos vencedores ven amenazado el privilegio de su memoria intacta. Mientras, la iglesia sigue beatificando a sus muertos y recordándoles en fastuosas ceremonias religiosas. Los asesinados del otro bando y sus familias sólo tienen derecho a olvidar a golpe de crucifijo.
Las cosas están claras: mientras las víctimas de la behetría reinante en el campo republicano durante los primeros meses de la Guerra Civil reciben el tratamiento de mártires -977 de ellos disfrutan ya de la gloria eterna de los beatos y está en marcha la ascensión a las alturas de 500 más-, los exterminados metódicamente por el entonces llamado Movimiento Salvador -los ciento catorce mil y pico de desaparecidos, ejecutados por la Falange y los militares alzados contra la legalidad constitucional desde el 17 de julio de 1936 hasta un cuarto de siglo después-, deben seguir pudriéndose en las fosas comunes esparcidas por toda la Península, según el portavoz de los obispos, so pena de "reabrir heridas", "sembrar cizaña entre nuestros compatriotas" y "perturbar la paz social".
Las palabras del cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, ante la asamblea sinodal celebrada en Roma el pasado mes de octubre, en las que arremetía contra la cultura moderna y su concepción inmanentista del hombre, sin referencia explícita ni implícita a Dios Creador y Redentor de la humanidad, a Dios "que es amor", llenan de estupor a cualquier conocedor del poco ameno historial de la Iglesia católica: tras un periodo de relativa tolerancia -el de los concilios de Basilea y de Constanza-, se convirtió a partir de Trento en una máquina implacable de persecución. Sin necesidad de remontarse a la Contrarreforma y a la muy poco santa Inquisición, su intervención en el siglo XIX a favor del absolutismo fernandino y de los facciosos carlistas para quienes el liberalismo era pecado mortal, y en el siglo XX, de la Cruzada de Franco y de la despiadada dictadura que le sucedió, desmienten su pretensión de que el dios que invocan sea el "Dios del amor".
La Iglesia que se dice agredida por el divorcio (con las sonadas excepciones que todos sabemos), el uso de los preservativos, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la muerte asistida y un largo etcétera, se aferra con garras y dientes a un Concordato abusivo como el de 1979 y, con un ojo en el cielo y otro en las arcas, lucha por una financiación estatal claramente discriminatoria de las demás creencias implantadas en España. Si acepta de mala gana una tolerancia contraria a sus principios y prácticas viejas de siglos, diaboliza el laicismo que deja a Dios en las conciencias y al ciudadano en las aulas. Su oposición tenaz a la asignatura Educación para la Ciudadanía es otra expresión patente de su doble rasero moral. La experiencia nos enseña que ninguna concesión financiera podrá descabalgarla de su oposición a un laicismo republicano como el que Combes estableció en Francia en 1905, ya que sus dogmas e intereses políticos se oponen a ello. Hablar de laicismo positivo como Sarkozy es pu-ro dislate. Las cenizas de quienes fijaron la separación entre Iglesia y Estado deben de removerse en sus tumbas.
En una obra de publicación reciente, Les Nouveaux Soldats du Pape, sus autoras, Caroline Fourest y Fiametta Venner, consideran el apoyo resuelto de Benedicto XVI a las corrientes más conservadoras e intransigentes de la Iglesia como una respuesta del actual pontífice a los desafíos simultáneos del laicismo, el protestantismo y el Islam. La caída alarmante del número de vocaciones religiosas católicas en la Europa de nuestros días (a causa, según Rouco, "del nihilismo existencial y de la dictadura del relativismo ético"), el trasvase de comunidades enteras a las iglesias evangélicas en Iberoamérica y el agravio comparativo con la buena salud y celo proselitista de su rival histórico desde tiempos de las Cruzadas, conducen a Ratzinger a reafirmar el cambio de orientación madurado ya en el pontificado de su predecesor: el retorno a las esencias y principios diluidos en una modernidad "sin rumbo" por el aggiornamento de Juan XXIII y el Segundo Concilio Vaticano. Tras el aperturismo al mundo de hoy -el catolicismo de rostro humano- Wojtyla dio marcha atrás. Su patrocinio de nuevas formas de apostolado seglar como las del Opus Dei y los Legionarios de Cristo Rey -a los que habría que añadir la del Camino Neocatecumenal de Kiko Argüelles-, fue el indicativo del cambio que Benedicto XVI impulsa con fervor. Puesto que los seminarios, conventos y parroquias se vacían, la transmisión del mensaje de la Iglesia a las sociedades hedonistas y crecientemente laicas -esto es, la misión de liderar la vuelta a los valores y ritos anteriores al aggiornamento- recae en aquellos movimientos, a la vez tradicionalistas y expertos en una mercadotecnia al servicio de la salvación de las almas. Disciplina, militancia, buenas conexiones con el capital y afán de pastorear el rebaño de fieles sin brújula se conjugan en la visión de Ratzinger con la reivindicación de unas ceremonias y prácticas arrinconadas desde el Segundo Concilio y, en especial, del latín.
Los jerarcas y sacerdotes nostálgicos de los buenos tiempos de la cruz y la espada pueden expresarse de nuevo en un idioma que la inmensa mayoría de fieles no entiende y rodearse de una solemnidad que exhibe sin recato su poder temporal y de una ostentación de riqueza más próximas a las del César que a la figura de Jesús. Todo ello sin desdeñar nuevas vías de conectar con las masas -particularmente con niños y jóvenes- a través de festivales de música, himnos coreados al unísono, apariciones carismáticas en lugares de culto mariano y otras concesiones al universo mediático de la época. Ratzinger, como Wojtyla, lo han comprendido bien: el titular de la Silla de Pedro ha de ser un gran comunicador.
Resulta comprensible que los miembros de Redes Cristianas, los seguidores de la Teología de la Liberación y otros movimientos dignos surgidos al calor de la encíclica Pacem in terris se sientan frustrados por la actual deriva tradicionalista y el entierro del legado de Juan XIII. La acumulación de disparates contrarios al saber demostrable y a la ética social (condena inapelable de la interrupción del embarazo, presunto diseño inteligente del universo, reprobación de la investigación científica de células madre, la abstinencia sexual como remedio a los estragos del sida, etcétera) muestran a las claras la brecha abierta entre la Iglesia católica y la sociedad del segundo milenio. Pero, a fin de cuentas, los laicos de mi especie no deberíamos indignarnos demasiado. Hace bastantes años, el aggiornamento inspiró a un descreído el texto homónimo que reproduzco a continuación:
"Dos teorías antagónicas abordan la solución del problema: una sostiene el argumento consabido de que su escenografía y vestuario es puro anacronismo, motivo de justa irritación, piedra de escándalo. Que al fin y al cabo son como los demás y como tales debieran ir vestidos. Otra pretende todo lo contrario y refleja la opinión de los poetas. Acentuar, al revés, las diferencias y ayudar así a que el vulgo los distinga: preservar las ceremonias y la pompa, las carrozas doradas y los palios, el trono de marfil y los flabelos. Exigir de ellos ritos y disfraces y hacerlos, en general, más vulnerables al dedo indicador y la sonrisa".
(El laico feroz autor de estas líneas, a las que añadió algunas más en una de sus novelas, no es otro que el firmante de este artículo de Opinión).
Fermín Arrudi

Fermín Arrudi, el gigante de Sallent, es uno de los personajes más célebres de la historia popular del Pirineo aragonés. Su desmesurada altura, 2,29 metros, marcó por completo su vida y le arrastró al territorio de la leyenda, donde se convirtió en una figura casi mítica con un potencial literario tan poderoso como su estatura. Autores como el inolvidable Rafael Andolz o Antón Castro habían indagado en su vida, pero ahora el jacetano David Dumall explora el registro novelesco de Arrudi con una novela –la primera que publica-, en la que repasa los episodios más relevantes de su intensa peripecia vital. La vida del gigante sirve a David Dumall para dibujar un aguafuerte de la sociedad pirenaica de finales del siglo XIX, inmersa en pleno desconcierto ante los avances tecnológicos y el desmoronamiento de la sociedad tradicional. La propia figura de Arrudi bien podría ser la metáfora de ese tiempo de incertidumbre.
“Era una figura titánica, colosal, legendaria, como si fuese arrancada de la mitología griega, salida del monte Yda, lanzada en medio de la sociedad actual pero exornada de carne y hueso y vida regularizada". La prensa de principios de siglo, tan amante de la épica, la perífrasis y la metáfora, describía con este derroche de imaginación a Fermín Arrudi, el gigante aragonés. Nacido en Sallent de Gállego en 1870, su monumental estela es hoy uno de los iconos más popularizados del Pirineo. Pero Fermín no era sólo un cuerpo interminable, impropio de su época y su entorno. Detrás de su inmensidad cegadora habitaba un ser inquieto y sensible, preocupado por conservar y difundir las raíces culturales de su tierra, obsesionado por ser algo más que una mera atracción de feria. Y no hay duda de que lo fue.
Pese a que amasó una respetable fortuna mostrando su anatomía por medio mundo, Paris, Nueva York, Viena... Fermín siempre rehuyó de esta servidumbre que le obligaba a interpretar el personaje extraordinario que detestaba. Cuentan que en aquellas interminables giras su rostro se teñía de tristeza y pudor, acomplejado por las sonrisas, la soledad y la enorme admiración que provocaban sus más de dos metros de altura. Esa introversión se volvía en exultante vitalidad cuando regresaba a Sallent, cuando volvía a su casa y se encontraba con sus paisanos. De cada viaje traía regalos para todo el pueblo, un extenso anecdotario cargado de extraordinarias vivencias y, sobre todo, más ganas de no salir nunca más del valle.
En los montes de Tena Fermín pasaba largas jornadas practicando la caza (osos, sarrios...), en los campos de la familia. Su formidable anatomía era más valiosa que cualquier máquina y en los ratos de ocio sacaba su diminuto guitarrico y entonaba jotas que hablaban de amor y la tierra chica. París fue el escenario idílico donde conoció a Louis Carle Dupuis, la que sería poco después su mujer. Con ella vivió los años más felices, aquellos en los que la prosperidad económica le permitió construir su propia casa en Sallent, comprar un pequeño ganado y prolongar sus estancias cada vez más. Cuba, Nueva York, el mayor éxito de su vida, y otra vez el Pirineo. Esta vez para siempre.
Seis hombres portan a duras penas su féretro por las estrechas calles que conducen a la iglesia. Tenía 43 años y la huella que dejó en Sallent fue tan grande como su cuerpo. El párroco del pueblo, Mosen Miguel, se olvidó de la fría burocracia para escribir en el Libro de Difuntos su partida de defunción: “...Fermín Arrudi Urieta, era conocido con el nombre de “Gigante Aragonés” por su extraordinaria estatura: dos metros veintinueve centímetros, y por el anillo de su dedo pasaba holgadamente una moneda de diez céntimos. Su calzado medía cuarenta centímetros de largo por dieciocho de ancho; levantaba pesos que cuatro hombres robustos no podían mover...”
Català-Roca

En los años 50 del pasado siglo el fotógrafo Català-Roca viajó sin descanso por todo el país. A lomos de su Vespa descubrió un país antiguo, que empezaba a desperezarse. Durante más de veinte años su retrato social produjo una colección asombrosa de imágenes inolvidables. "Cuenca" fue en 1956 uno de los frutos más relevantes de aquél largo viaje. Cincuenta años después "Cuenca. La versión de Francesc Català-Roca" aporta una nueva mirada sobre el mítico libro. De la mano de Horacio Fernández y con la colaboración de los hijos del propio autor, el libro muestra imágenes inéditas, así como otras muy conocidas que incluyen a personajes de la época como Domingo Ortega o Luis Miguel Dominguín; el ambiente opresivo de aquellos años y el choque entre tradición y modernidad.
Francesc Català-Roca es posiblemente uno de los fotógrafos españoles más representativos de los años 50 del pasado siglo. Reconocido como el maestro de la nueva fotografía española, sus archivos guardan cerca de 200.000 imágenes de extraordinaria belleza. Amante de los libros, realizó numerosas publicaciones como "La sagrada familia" (1952), "Barcelona" (1954), "Madrid" (1954), "Cuenca" (1956) o "Tauromaquia" (1968). Amigo y colaborador de artistas como Joan Miró, realizó fotoensayos como "Miró escultor" (1973) y "Los espacios de Chillida" (1977). Recibió el Premio Naciona de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura y la Cruz de Sant Jordi. Falleció en 1998. El libro ha sido editado por La Fábrica Editorial.
Eduardo Martínez de Pisón

Eduardo Martínez de Pisón es catedrático de geografía física de la Universidad Autónoma de Madrid. Su título académico es insuficiente para glosar toda su trayectoria, en la que deben de incluirse las categorías de explorador, viajero, escritor, investigador, alpinista, dibujante... Si sabio es según Aristóteles el que duda y reflexiona, Martínez de Pisón es sin duda un erudito que ha entregado su vida al estudio de las montañas, desde que de niño las imaginara en su Valladolid natal. Es uno de los más respetados especialistas en geomorfología, un intelectual que se ha dedicado por igual a la divulgación y la investigación mientras recorría la tierra de punta a punta; del Himalaya a la Antártida, del Karakorum al Aneto. El escritor Julián Marías dijo de él que era uno de los nombres más ilustres de la cultura actual. En 1991 recibió el Premio Nacional de Medio Ambiente. Está convencido de que la primera obligación del científico es difundir sus conocimientos, porque “sabes para comunicar lo que sabes” y quizá por ello tiene como pasiones absolutas el hallazgo de las regiones más remotas de nuestro planeta y la divulgación del valor educativo de la naturaleza.
Dice Martínez de Pisón que “vivir es permanecer, perdurar es vivir al mismo tiempo que mudar”. En esta reflexión resume buena parte de su filosofía existencial, la misma que le lleva a detestar la concepción de la montaña “como un juego”, la que le hace permanecer alerta ante “los becerros de oro, que siempre han puesto en apuros la profunda ley de la montaña”. Hombre y montaña, naturaleza y tradiciones se mezclan de manera indisoluble en un discurso cargado de pasión y de constantes citas literarias. Martínez de Pisón combina un tono moderado, pausado y amable con otro enérgico y firme cuando se refiere a las agresiones que sufre la naturaleza. Habla con la certeza de las profundas convicciones y la vocación educativa heredada de la Institución Libre de Enseñanza. Lo hace de manera especial cuando se refiere a los glaciares y los volcanes, a los que considera especiales entre todo lo grande que guarda la tierra. Por ellos permaneció cuatro meses al pie del Everest subiendo hasta los siete mil metros para realizar el estudio más completo hecho hasta la fecha sobre los glaciares del Himalaya. Desde su casa de Pozuelo de Alarcón no renuncia al sueño último de ver algún día un gran espacio protegido, el gran Parque de los Pirineos, “en Sierra Nevada hay 90.000 hectáreas protegidas, en Ordesa sólo 15.000. El Parque Nacional Francés se extiende a lo largo de 100 kilómetros, Ordesa sólo tiene 15. La situación actual de conservación de nuestro Pirineo indica unos bajos niveles de civilización”.
Después de varios meses de conversaciones y de cruzar correos electrónicos para intentar adaptarme a su agenda imposible, finalmente me encuentro con Eduardo en su casa de Pozuelo de Alarcón. Soy plenamente consciente del privilegio de disponer de su tiempo, un bien escaso en este vallisoletano que anda de aquí para allá con la maleta siempre a medio deshacer y un nuevo proyecto en la cabeza. Ahora se reparte entre Guadarrama, sus clases de geografía física en la Universidad Autónoma, y el Pirineo. Tiene casa en Tramacastilla de Tena pero confiesa que la visita menos de lo que le gustaría. Su conversación es fluida, embelesadora y brillante, nada de lo que dice tiene desperdicio ni nada de lo que piensa es liviano.
¿Cuándo descubrió el Pirineo?
Fue en 1951, hace más de medio siglo. Fue en invierno, en el valle de Tena y el Pirineo estaba radiante. Me acuerdo de algunas de las personas que estaban, me acuerdo perfectamente de la montaña, la tengo imborrable, la podría pintar en este momento. El valle tenía una vida rural intensa, se iba a los sitios por los viejos caminos, era un mundo de una armonía, una categoría y una calidad increíbles. Desde entonces no he dejado de volver y ha sido una fidelidad muy grande, pero una fidelidad interesada porque me ha reportado tales grados de felicidad en mi vida personal que yo debo mucho más al Pirineo que a ninguna otra montaña.
¿Qué ha cambiado de aquel Pirineo que descubrió hace medio siglo?
Han cambiado tantas cosas... el paisaje es el que más, también han cambiado las gentes del Pirineo y los visitantes. El Pirineo era un lugar retirado, no tenía demanda, apenas había gente que acudía a él. Había un Pirineo que tenía sustancia y hoy lo veo como si la hubiera perdido. Los pueblos han crecido de forma desmesurada y normalmente muchas casas están vacías la mayoría del año. Lo que ha perdido el Pirineo con todo esto, sobre todo el alto Pirineo, es el retiro. Subir al Aneto completamente sólo como yo he hecho en nada se parece a la romería que es a veces el Paso de Mahoma ahora.
¿El modelo de desarrollo por el que se ha optado era el único posible?
Lo que pasa es que la sociedad ha cambiado y esto es como un tsunami, hay un maremoto y tú no lo puedes parar. Pero el hombre puede corregir las cosas y encauzarlas y estas correcciones tienen que ser de orden cultural. El Pirineo es un bien de la cultura, de muchas categorías, no solamente es un bien natural. Y pienso que el desarrollo actual era un desarrollo encauzable. Si hay que defender el barrio gótico de Barcelona o la ciudadela de Carcasona, por poner un ejemplo, el Pirineo está en ese mismo orden en el aspecto de la naturaleza. Y hay que defenderlo.
¿Entonces todo es un problema de cultura?
Está claro. Pero esto no se improvisa, o se tiene o no se tiene. El Pirineo español, con alguna excepción en el catalán, ha estado al margen de la cultura alpinista. Aquí, salvo Lucas Mallada, en el siglo XIX no producimos a nadie mientras que en Francia había una pléyade de grandes hombres como Briet, Schrader, Russell, Saint Saud... todos eran franceses o venían desde los balnearios franceses. En la parte española tenemos un vacío tremendo porque no había desarrollo, no había comunicaciones, tampoco había un impulso ilustrado y romántico como había en el resto de Europa para trasladar esa cultura alpina a nuestro Pirineo. En el catalán tuvieron la “reinaixensa” y eso influyó mucho en su forma de ver la cordillera. Todo esto explica que en la actualidad exista una disimetría extraordinaria entre el Norte y el Sur y, por lo tanto, no es de extrañar que cierto montañismo de hoy tienda más hacia la vertiente turística que hacia la vertiente de la cultura montañera. Aquí no tenemos el poso cultural que los grandes pirineístas dejaron en el norte y eso se nota en muchas cosas. Por poner un ejemplo, en pretensiones como el recrecimiento tremendo de refugios desde una óptica exclusivamente turística o la conversión de los viejos caminos en pistas forestales.
Parece que el Pirineo interesa más como espacio de ocio que como bien cultural.
Es cierto, pero no hay que bajar la guardia. Aquellas personas que tengan responsabilidades culturales lo que tienen que hacer es difundir ese mensaje cultural. Me decía un amigo montañero que se habla mucho de por dónde ir por la montaña pero nada de cómo ir. Ese es el problema.
¿El ser humano es aquí un factor negativo?
El hombre ha sido capaz en el Pirineo aragonés o en el navarro de hacer cosas tan bonitas como las casas de sus pueblos, tenemos el caso, por citar uno, de Otxagabia... qué decir de las casas de Ansó, las torres de Gistain... Todo tiene un valor increíble porque hubo una capacidad creativa para hacer cosas formidables que confío en que no se haya perdido. Hay que estar seguro de lo propio, mantenerlo, sostenerlo y mimarlo.
Usted conoce todas las grandes cordilleras del mundo, ha estado en el Himalaya, en los Andes, en la Antártida... y sin embargo confiesa que al final su montaña favorita es el Pirineo.
Es una frase cordial. El paisaje está lleno de belleza y ha amasado durante siglos una cultura extraordinaria. La cordillera tiene unas dimensiones y unas características de enorme armonía. Rara vez llega a convertirse en algo tan solemne como las agujas de los Alpes, pero la tiene también. Tiene sus pequeños glaciares... todo ello en un tono moderado. Veo un ibón en el Pirineo y veo reflejado en él todos los lagos del mundo. Recuerdo una vez haber oído a un campesino de la zona de Tella decir que “este Pirineo son las piedras que le sobraron a dios de la creación”. Es una mirada muy poco tierna de la que no participo, yo creo que hablando en ese nivel estamos ante una obra maestra.
Su defensa del valle de Espelunciecha ante la ampliación de Formigal le ha originado numerosas críticas. Algunos políticos del la zona le han acusado de torpedear el desarrollo de los valles y le han recordado que no es pirenaico. ¿Se ha sentido deslegitimado?
Pero Ramond de Carbonnieres era de Estrasburgo y el Conde Russell era de Irlanda, y Schrader de Burdeos y tenía apellido alemán. Quiero decir con esto que no hace falta ser de ahí para tener el corazón puesto en los Pirineos. Mi vida gira alrededor del Pirineo como ilusión. Por eso lucho, para que muchos zafios no hagan del Pirineo una zafiedad como tantas otras que hay por el mundo.
¿Ha sentido la hostilidad del forastero?
Todo esto es curioso porque la tradición del Pirineo es salir al llano. Es un problema que veo también en otros lugares, hay como una especie de aldeanismo que crece y que no es bueno. Todo poder es bueno mientras no sea una tiranía y una defensa de la tribu. Los niveles de civilización exigen armonía. Están vendiendo el Pirineo a los que vienen de fuera, a mí me han vendido una casa, la he pagado, tengo mis derechos.
Se ha vendido el patrimonio para que vengan los de fuera cuando lo que tienen que hacer es replegarse en los valores para que no se los asalten. Porque les destruyen los pueblos, les quitan las bordas, acaban con las casas, con los pajares, con la arquitectura pirenaica, que ha sido sustituida por una de estudio de arquitecto, completamente anodina... y ante esto no hacen nada.
¿No es un problema de falta de autoestima?
Exactamente, una terrible falta de autoestima cuando tienen valores magníficos. Cuando defiendo Espelunciecha soy más pirineista que ellos porque estoy abanderando lo suyo. En el fondo soy más radical que los mismos habitantes del Pirineo defendiendo lo suyo. Se han equivocado de trinchera cuando se meten conmigo. Le hacen ascos a todo lo que viene de fuera, menos al dinero, que también viene del exterior.
Decía el escritor Severino Pallaruelo que cuando el dinero llegó al Pirineo se llevó herencias, patrimonios familiares y la esencia de los pueblos.
Así es. Hay varias novelas en los Alpes que hablan de eso, hicieron lo mismo. Una de ellas se llama “La nieve de luto”, que trata de dos hermanos, uno conquistado por la codicia y el otro que tiene todavía los viejos valores patriarcales de la cultura campesina. Los dos hermanos acaban enfrentados. Samivel escribió también “El loco de Edenberg”, que es la llegada de un fenómeno parecido a lo que ahora es ARAMÓN, pero en 1957 y a un pueblo de los Alpes. Son las mismas maniobras que están haciendo ahora en Castanesa, Montanuy... ¡pero hace medio siglo! Hay una frase de Miguel Delibes referida a Castilla que es tremenda: “lo mío es mío y lo de todos de nadie”.
Su lucha para que Formigal no se ampliara hacia el valle de Espelunciecha le ha reportado una gran notoriedad en los últimos años probablemente no deseada.
Los bárbaros de Aramón han hecho algo intolerable y lo han visto miles de personas. Y han dicho cosas impresentables como que eso se iba a quedar mejor de lo que estaba. Han dicho que iban a ser los depositarios de la montaña de Aragón y es para echarse a temblar. Yo estaba en Espelunciecha y encontré a una familia con dos niños, se maravillaban con el ibón, vieron volar a un quebrantahuesos y al mismo tiempo yo había visto a los topógrafos trabajando y cómo había tacos de madera clavados en la tierra y pintados de rojo que supuse serían futuras pistas o carreteras. Espelunciecha era un valle pequeño y modesto pero magnífico para acercar la cultura de la montaña a los iniciados. Me pareció un sitio digno de ser conservado y que no entrase dentro de la rutina de los parques temáticos en que quieren convertir muchos lugares del Pirineo. Pedí que se respetara un lugar porque no iba a hacer daño ni a la economía de Aragón ni a la de Aramón ni a la del Valle de Tena. Hubiera sido un acto de generosidad cultural
Yo le he visto realmente afectado en el mismo Espelunciecha
Es que han actuado de una manera salvaje que no tenía sentido. Se pidieron cosas nobles como el respeto y se optó por la vía de la brutalidad. Nunca he visto una actitud semejante en el Pirineo y me siento como si me hubieran empujado en la puerta de una taberna. Mucha gente lo ha visto y yo lo hice porque vi aquellos niños y sentí que no había derecho y no podía callarme. Ya no era por mí, que estoy de vuelta de todo, sino por esos niños que tenían derecho a disfrutar de todo aquello y ya no iban a poder.
¿Todavía queda espacio para la ilusión?
Es que hay que crear ilusiones, no las podemos perder. Yo cada vez que voy al Pirineo lo hago con el miedo de ver qué habrán hecho esta vez. Y casi siempre han hecho alguna atrocidad nueva. No se puede permitir que la ambición de algunos llegue hasta el punto de destrozar el patrimonio, porque además se está haciendo daño a sí mismo. La pérdida de la dignidad de los paisajes es la pérdida de la dignidad de las personas. Eso no ocurre en el Pirineo francés, donde son capaces de crear un Parque Nacional flexible en el que es posible conservar el medio y crear unas condiciones económicas que permitan a pueblos como Laruns subsistir. Ese es el camino.
Anchel Conte

Hace unos diez años andábamos preparando un especial de la revista El Mundo de los Pirineos dedicado a analizar con perspectiva el siglo XX que estaba a punto de finalizar. Pretendíamos reflexionar sobre los profundos cambios experimentados por la sociedad tradicional pirenaica en ese periodo y calibrar el alcance de la gran revolución que derivó en la crisis y el desmantelamiento del mundo rural. No había duda de que el Pirineo se había transformado en cien años más que en los diecinueve siglos anteriores. Esta visión multidisciplinar se proyectaba con trazos gruesos pero también con las pequeñas pinceladas de la microhistoria local. Durante el siglo XX, en un mundo marginal como el pirenaico, no hubo grandes acontecimientos que cambiaron la historia universal pero sí que existieron personajes que en sus reducidos ámbitos fueron capaces de alterar el curso del destino. Y eso en el Pirineo era tanto como acabar con la pesada inercia de siglos que se parecía a una maldición bíblica. Por eso quisimos crear una galería de hombres y mujeres que merecieran un reconocimiento por la audacia de sus iniciativas para lograr el progreso de los montañeses.
Como para tantas otras cosas, llamé a Severino Pallaruelo para que me indicara qué nombres consideraba imprescindibles en esa lista. “Anchel Conte tiene que ser uno de ellos” me dijo. He de confesar que entonces yo no sabía quién era Anchel y mi ignorancia dio paso a la suspicacia. Si no lo conocía no debía de ser muy importante, pensé. Severino me habló de un joven profesor que a finales de los años 60 del pasado siglo llegó a Ainsa procedente de Barcelona para impartir clases en el Colegio Libre Adoptado Sobrarbe. Me habló de sus innovadores métodos pedagógicos inspirados en la vieja Institución Libre de Enseñanza: respeto al alumno, desprecio a los dogmas, convivencia con la naturaleza…
Severino me contó que Anchel llegaba a un mundo que se moría desangrado por la despoblación. Apareció justo en el momento en el que una época estaba a punto de clausurarse con la terrible angustia de desconocer qué es lo que iba a ocurrir después. Severino me explicaba lo difícil que era permanecer en la tierra que te había visto nacer cuando la autoestima se tendía en el suelo y el orgullo por lo propio había mudado. “Nos habíamos criado en un mundo viejo” me dijo… y entonces llegó Anchel.
Estos días he leído “Una isla de libertad”, el libro editado por el Centro de Estudios del Sobrarbe para homenajear a Anchel Conte. Es un libro emotivo y emocionante, intenso y sincero como pocos, cargado de verdades y de una profunda admiración y respeto. Varios de sus antiguos alumnos y de sus compañeros de claustro han escrito unas líneas para refrescar sus recuerdos y hacer justicia con el espíritu del viejo profesor. Son textos que nacen del agradecimiento eterno y de la nostalgia, avivados por la llama de unas vivencias que se intensifican conforme pasa el tiempo y se agranda la figura de Anchel.
Los que fueron sus alumnos escriben con la lucidez de la persona afortunada, la que es consciente de que sólo una vez en la vida alguien se puede cruzar en tu camino para hacerlo más llevadero. Y ellos tuvieron la fortuna de encontrarse con un brillante profesor que les sacó de las catacumbas para descubrirles que, lejos de las montañas, había otros mundos maravillosos en los que no había dictadores y la libertad no se exigía, pertenecía.
Anchel les hablaba de Cimabue y Botticelli, recitaba a Lorca y a Machado, cantaba a Brassens, les hacía escuchar a Verdi y a Mozart; y en el colmo de la audacia les enseñaba en pleno franquismo que existían los derechos humanos y que la dictadura era el más infame de todos los regímenes. “Cómo sonaba todo aquello cuando se había dejado dos horas antes la aldea del cerro, sin carretera ni agua”, escribe Severino en el libro.
Anchel era un tipo culto que había vivido en Italia y que estaba al tanto de todas las vanguardias culturales del momento. Podía haber liderado cualquier revolución en un instituto de Madrid o de Barcelona pero fue a parar al culo del mundo. Y actuó con el mismo compromiso social y con el mismo entusiasmo, para dicha de los adolescentes sobrarbenses de aquel tiempo. “Nos habíamos criado en un mundo viejo y nos hiciste recorrer siglos en poco tiempo” afirma Severino. El profesor aportó algo más que conocimiento; recuperó la autoestima de aquellos montañeses que vivían convencidos de que su milenaria cultura era material de desguace, sólo útil en los museos de arqueología de la memoria. Anchel ponía tanto empeño en hablar del Renacimiento y de Florencia como en conocer las ermitas de la zona, los topónimos de los campos, las tradiciones de los pueblos y la lengua que ya sólo hablaban los mayores. Promovió campos de trabajo con sus alumnos para descifrar la extraordinaria geología de la zona y la riqueza del despreciado patrimonio artístico, que se arruinaba como la misma sociedad rural. “Picasso y segallo, García Lorca y chinibro, Rosalía de Castro y jadico”.
Anchel se dedicó durante los cinco años que permaneció en Ainsa a recorrer todos los pueblos de la comarca y grabar en un cassete el aragonés que hablaban los ancianos y las danzas que ya no se bailaban desde hacía décadas. Probablemente sin ser consciente se convirtió en el eslabón perdido, en el enlace entre un pasado agónico y un futuro que empujaba sin referentes culturales. Así nació el grupo Viello Aragón, formación indispensable del folclore aragonés, formado por los alumnos de Anchel. Los abuelos lloraban al verles bailar las danzas que ellos habían rescatado de alguna sima de sus recuerdos gracias a la insistencia del profesor. Muchos de los grupos folclóricos del momento nutren sus actuaciones del trabajo de investigación realizado por Anchel en los años 70. Algunos han obviado ese detalle.
El libro está trufado de anécdotas deliciosas. La entonces alumna Mariví Broto y hoy Consejera de Educación del Gobierno de Aragón rememora la primera pregunta que le hizo Anchel en clase: “¿Conoce usted el problema de Irlanda? Ante la ignorancia de Marví el profesor le espetó retador: “Esas son las mujeres que quiere Franco”. Y hay que recordar que Franco seguía campando a sus anchas. Cuando Mariví se fue a estudiar al instituto de Huesca los profesores la enfilaron porque procedía de Ainsa. “Las alumnitas de Ángel Conte habéis aprendido más de marxismo, de decir tacos y de hacer la revolución que de cómo poneros guapas”, le dijo un profesor. Aquello probablemente fue un estigma ante el profesorado pero le generó la admiración del resto de compañeras, ávidas de descubrir los secretos prohibidos que sólo conocían los que procedían de aquella isla de libertad perdida en el Pirineo.
Anchel les llevó a Italia a conocer a los maestros del Renacimiento, les enseñó por primera vez el mar y logró que el grupo de danzas saliera varias veces en televisión, ellos que no tenían televisión en sus casas. Bailaron en Madrid ante los príncipes de Asturias el Ball de Benás, y cuando comenzó a sonar la melodía del Himno de Riego se hizo un silencio absoluto en la sala, roto en segundos eternos por un atronador aplauso del público. Hay un recuerdo estremecedor de Severino Pallaruelo: “A mí me sacó una pena honda que me enturbiaba el pecho. Yo sólo había oído en las aulas que los rojos eran criminales. Callaba y asumía un pesar hondo y difuso: yo era de aquellos, mi padre era de los vencidos y yo también. Y llegaste tú para decirnos que los rojos habían defendido la legalidad democrática y republicana frente a la barbarie fascista. Y a mí tus palabras me reconciliaron conmigo y me borraron, en un instante, tanto peso acumulado, me cambiaron la vida”. Esta actitud honesta y comprometida le acabó pasando factura y el régimen, preocupado por preservar la salud moral de sus ciudadanos, lo trasladó de destino sin explicación alguna en 1973. “Sólo yo sé el dolor inmenso que sentí al perder todo aquello que amaba”, escribe Anchel en el libro.
Anchel Conte fue el verdadero impulsor de la recuperación del aragonés en un momento en el que no existía ninguna sensibilidad hacia la lengua. Escribió y habló en aragonés y fue el autor de algunos de los libros más hermosos en fabla como el poemario “No deixez morir a mia voz” o la novela “Aguardando lo zierzo”. Con los años conocí a Anchel y he tenido la suerte de compartir con él conversaciones sobre este Pirineo que tanto nos duele. En 2003 participó en nuestro libro colectivo “Pirineo. Un país de Cuento”, con un bello relato escrito, cómo no, en fabla. Por eso y por otras muchas cosas seguramente inconfesables sorprende que cierto nacionalismo aragonés le haya arrinconado y no le perdone que ante todo sea un librepensador. El homenaje y el libro son un ejercicio de justicia y de redención, como escribe Severino, “el triunfo de lo que merece la pena, de lo sincero y profundo sobre lo aparente y falso”.
Ramón y Conchita
El 6 de agosto de 1936 salen detenidos de su casa en la calle Cortes nº 3 de Huesca Ramón Acín y Concha Monrás. No volverán. Ramón es fusilado esa misma noche en las tapias del cementerio. Unos pocos días después, el veintitrés, sufrirá la misma suerte Conchita junto a un centenar de oscenses. La visión que este feroz acontecimiento tiene en los documentos oficiales de los vencedores describe también su vileza.
El certificado de defunción de Ramón Acín, expedido cuarenta y dos años después, señala su inscripción fuera de plazo (el 10 de mayo de 1937) y en él se puede leer:
… Fallecido en Huesca el día seis de agosto de mil novecientos treinta y seis sobre las once de la noche en refriega habida con motivo de Guerra Civil. Huesca 22 mayo mil novecientos treinta y siete.
El expediente incoado por la prisión de Huesca sobre Concha Monrás se abre el día 6 de agosto. Diecisiete días después se cierra con la siguiente anotación:
23 Agosto 36. Es puesta en libertad en virtud de la Comandancia Militar la cual se une al expediente de Desiderio Compte Vidal.
Se dá cuenta
El acta de su defunción, expedida al día siguiente dice:
…fallecida en Huesca el día de ayer entre las horas de trece a veintiuna a consecuencia de herida de arma de fuego…
La otra cara la da este testimonio que os invitamos a leer. Se trata de un homenaje publicado en el periódico Nuevo Aragón. Tres de los que escriben fueron alumnos de Acín y todos luchadores por la libertad frente al franquismo y, los supervivientes, en la II Guerra Mundial. Francisco Ponzán y su hermana Pilar fueron galardonados por los gobiernos aliados por su activa lucha contra el nazismo. Francisco no recogería la medalla. Fue quemado vivo pocos días antes del final de la ocupación alemana en Francia.
*Este texto fue remitido de madrugada, cuando se conmemoraba el 72 aniversario de la ejecución de Ramón Acín, fusilado tal día como hoy, y de Concha Monrás, poco días después.
El último partido

Hoy debuta España en la Eurocopa pero he de confesar que el partido no ha logrado despertar mis efluvios futbolísticos. España no me pone, definitivamente. Y el fútbol cada vez menos. Pero hoy he leído en El País un reportaje de Vitorio Duque de Seras sobre el último partido internacional que disputó la selección de la España republicana; fue un 3 de mayo de 1936, dos meses antes de que estallara la Guerra Civil. Y este texto sí que ha logrado captar mi atención, aunque sólo tenga una relación transversal con lo que hoy se cocina en Innsbruck. El artículo tiene un incontenible e inevitable hedor melancólico, porque es una historia que acaba mal.
Berna, 3 de mayo de 1936. Estadio de Neufeld: 12 jugadores españoles, junto al seleccionador y un directivo, posan para una foto antes de enfrentarse a la selección suiza. Sobre el pecho, el escudo de la Federación Española de Fútbol. Un cronómetro suizo se alza desafiante a sus espaldas. La publicidad reza Zenith, die genaueste Uhr, que, traducido al castellano, viene a decir algo así como Zenith, el reloj más exacto. Aquel formidable equipo de España había llegado a su cénit aquella mañana suiza. Un grupo de futbolistas que jamás volvería a reunirse tras esa foto. Dos meses después, la Guerra Civil dio un zarpazo brutal a la furia que nació en Amberes. Sólo uno de ellos, Gorostiza, volvería a enfundarse la camiseta nacional.
Tras la guerra, Blasco, Luis Regueiro, Lángara, Aedo y Ventolrá siguieron sus exitosas carreras profesionales en México. Zubieta, el jugador más joven en debutar con la selección absoluta y que esa tarde alcanzaba su segunda y última internacionalidad con 17 años, llegó a ser todo un ídolo en Argentina. Fue capitán del San Lorenzo de Almagro y ha sido el jugador que más veces se ha enfundado la camiseta del club argentino. Muguerza y Guillermo Eizaguirre se retiraron del fútbol. Zabalo triunfó en Francia. Roberto Echevarría, Lecue y Gorostiza siguieron jugando en nuestra Liga. Pero ya nada fue lo mismo. Un océano de penosas circunstancias había separado a aquellos 12 futbolistas para siempre.
"Cuando mi padre se fue de gira con la selección vasca durante la guerra, lo hizo porque era un deportista. Era un futbolista. Si sus compañeros iban, él tenía que ir", relata emocionado el hijo de Aedo desde México. "No podía estar parado. Mi padre era un aldeano de Barakaldo que no entendía de política. Inconscientemente, tomó una decisión deportiva que tuvo consecuencias políticas. Pero era un hombre de principios. Cuando a los jugadores vascos exiliados se les ofreció regresar, la mayoría de aquella selección vasca optó por no hacerlo", añade; "habían tomado una decisión y la siguieron hasta el final. Mi padre no volvió a ver a su madre. Mi padre no regresó para firmar con el Barcelona, con quien lo tenía hecho para la temporada 1936-1937 por un dineral. El valor de una palabra dada, aunque vaya en contra de tus intereses, era sagrado para él". La ropa de invierno de su padre estuvo muchos años esperándole en una maleta en la sevillana pensión de las hermanas Conde, lugar donde vivía antes de la guerra Serafín Aedo, entonces jugador del Betis.
Simón Lecue, el jugador que marcó el último gol de aquella España republicana aquel día en Berna, pasaba el verano de 1936 en su Arrigorriaga natal. Al estallar la guerra, un directivo de la federación le recogió en su coche y, vía Barcelona, le trasladó a Madrid. El niño de oro debía estar a buen recaudo, lejos de riesgos para la entidad que había invertido muchísimo dinero en su contratación. Una vez terminada la guerra y según reza su ficha federativa, fue sancionado con seis años de suspensión seguramente "por jugar donde no debía". La pena le fue conmutada por la de seis meses de suspensión.
Gorostiza, que se enroló en la selección vasca durante el periodo bélico, decidió regresar a España. Volvió a vestir la camiseta roja en la entonces España franquista. Acabó sus días en un asilo, olvidado de todos, como recoge el maravilloso documental de Manuel Summers Juguetes rotos. Para unos fue un traidor. Para otros, un héroe. Él sólo fue un futbolista. Cuando no les fue útil, le abandonaron los unos y los otros. Paradojas del destino: su último partido con la selección española fue ante Suiza, como sus compañeros de foto de 1936, pero el día de los inocentes de 1941.
El 22 de julio de 2006, y sobre el mismo césped de Berna, un miembro de esa misma Federación Española de Fútbol mira su reloj. Piensa en un segundo que ha llegado al cénit de su carrera arbitral. Va a dirigir la final del Campeonato de Europa sub 19 femenino entre Alemania y Francia. Se llama Paloma Quintero Siles. Ella no sabe lo que pasó en el Neufeld Stadion hace 70 años. Le llama la atención el viejo graderío con bancos de madera. Parece como si... Pero sí, ha pasado el tiempo. Mucho tiempo. Y ha pasado para bien. Ella es una excelente muestra de ello.
Eugene Smith

La primera y única vez que tuve un ejemplar de la revista Life en el que aparecía publicado el famoso reportaje “Sapanish Village” del fotógrafo americano Eugene Smith fue en una tienda de GAP en Montreal. Insólito lugar, sin duda, para tan prometedor y efímero encuentro. En la tienda de ropa habían diseñado un espacio dedicado a moda mediterránea, o lo que ellos desde Canadá identificaban como tal: un empacho de colores estridentes que pasaba en varios pueblos a lo que aquí entendemos como un hortera contenido. En resumen; que era un horror. Siempre he sospechado que para los canadienses el concepto de Mediterráneo era un confuso cruce de leyendas medievales y oníricos paisajes de postal donde todo es posible. Los de GAP, no contentos con dejar en evidencia nuestros gustos estéticos, habían decorado la “zona mediterránea” con grandes fotos de Mikonos y Creta; una réplica de las utilitarias Vespas romanas que popularizó Fellini, unas panorámicas de la Costa Azul y como remate una pequeña librería nutrida con libros de España. Aparentemente los interioristas de GAP no se habían roto la cabeza. Casi todos esos libros tenían más de 50 años; uno de ellos era un bello tomo de fotografías en blanco y negro de la Andalucía de los años 60 del pasado siglo. Cada foto estaba acompañada por un verso de Lorca, Machado o Miguel Hernández. Junto a él, casi humillado por la incontinencia de los grandes libros de fotografía que poblaban la librería, permanecía discreto y ninguneado un viejo ejemplar de LIFE, roído por las puntas como casi todas las viejas revistas. Era el número del 9 de abril de 1951 en el que Eugene Smith publicó el reportaje “Spanish village”. Ese pueblo español era Deleitosa, en Cáceres, y el fotógrafo no lo eligió por casualidad. Con la revista en mis manos me agarró por el cuello la lógica y muy razonable tentación de robarla. ¿Para qué iban a querer estos canadienses este ejemplar ajado de LIFE? ¿Qué coño sabían ellos de España y de Deleitosa? Seguro que no echarían en falta la revista si me la llevaba. Pero no me la llevé. Se impuso mi proverbial canguele ante estos episodios de ansiedad delictiva y empecé a imaginar alarmas ensordecedoras y vigilantes de dos por dos (ahí en Canadá todos los guardas jurados y los policías tienen esa proporción), abalanzándose sobre mi para evitar el formidable hurto. Así que el ejemplar de LIFE se quedó en el GAP de Montreal y yo me fui derrotado y convencido de que a esos vigilantes seguramente la dichosa revista se la traía muy floja. Eugene Smith ha vuelto a España gracias a la exposición que se ha montado en el Teatro Fernán Gómez de Madrid con motivo del certamen “PhotoEspaña”. El reportaje que realizó en mayo de 1950 en Deleitosa por encargo de la oficina de LIFE en París provoca un nudo en el estómago por su crudeza y realismo descarnado. No podía ser de otra forma en una España miserable como aquella. Siempre he considerado este trabajo como el mejor retrato posible de la España franquista, un adagio visual que es posible elevar a una dimensión todavía más tenebrosa con la música de fondo de otro adagio, el de Barber. Smith formó parte del primer contingente de fotógrafos extranjeros que entró en España a partir de 1950. Cartier Bresson, Robert Frank, Jean Dieuzaide o William Klein recorrieron con mayor o menor intensidad algunas de las regiones españolas que ofrecían el catálogo más completo de tópicos y arquetipos del país. Casi todos ellos lo hicieron desde una óptica artística, buscando casi lo antropológico a partir de planteamientos estéticos que reforzaban la idealizada visión que tenían de la vigente España medieval. Smith, sin embargo, era ante todo un reportero gráfico y quería hacer periodismo. Acompañado de su ayudante Ted Castle viajó por casi todo el país buscando un pueblo que representara la esencia española. El encargo buscaba mostrar los problemas de aprovisionamiento que sufría la España interior en pleno bloqueo internacional, más como una pretensión de narración costumbrista que de periodismo de denuncia. Por eso las autoridades franquistas, tan espabiladas y eficientes ellas, no pusieron ninguna traba burocrática al fotógrafo americano, que sería el primer reportero autorizado a moverse con cierta libertad por España desde el final de la Guerra Civil. El franquismo creía que era una oportunidad fantástica de denunciar una vez más la habitual conjura judeo-masónica y de mostrar al mundo el espíritu libertador del régimen. Pero ese espíritu vagaba como alma en pena en un país desolado e inmerso todavía en la memoria colectiva del horror. El fotógrafo lo vio claro muy pronto: “Voy a intentar entrar en el pueblo español a fin de describir la pobreza y el miedo engendrado por el régimen franquista". Los franquistas tardaron bastante más, cuando ya no había remedio y el reportaje se preparaba en las rotativas de LIFE en París. Smith escribió una carta a su madre con un tono epifánico: “será algo absolutamente irrefutable, como lo fueron mis fotos de la guerra”. Y es que cuando el fotógrafo llega a España arrastra una larga experiencia en algunos de los acontecimientos más importantes de la época; sobre todo la segunda Guerra Mundial que cubrió en el frente del Pacífico en Pearl Harbor. Por lo tanto, no era un advenedizo, sabía lo que quería y tenía la capacidad de descifrar los mensajes implícitos de las situaciones extremas. El objetivo de su cámara se enfocó desde el primer momento en ofrecer la versión real de España, alejada del ridículo mesianismo franquista. Lo que el fotógrafo de Kansas tenía ante sí era un conmovedor paisanaje, “una suerte de reivindicación del orgullo y la fortaleza moral de unas gentes obligadas a sobrevivir en condiciones de extrema dificultad”, según sus propias palabras. Smith y Castle acompañados por su guía, Nina Peinado, estuvieron en Deleitosa (un pueblo de apenas 2.000 habitantes), varios días retratando la cotidianeidad simple y llana. No necesitaba recrear la realidad. Su descripción de los modos de vida de una pequeña comunidad de la España rural más marginal fue perturbadora. El ritual de la muerte, las celebraciones religiosas, la actividad en el campo, las hilanderas o la intimidad de una casa desvencijada fueron el mejor antídoto para la perversión de la propaganda oficial. Consciente de ello, Smith se fue el 23 de mayo a Madrid para revelar el material con la intención de regresar para finalizar el reportaje. Antes de llegar a la capital había hecho la más famosa de todas sus fotos: el trío de guardias civiles, tétrica estampa de un país acongojado. Castle se quedó en Madrid y el fotógrafo volvió a Deleitosa pero ya no pudo hacer ninguna foto más porque las autoridades le buscaban para incautar los negativos. Un año después, las fotos dieron la vuelta al mundo. Smith no quería retratar la belleza, quería la verdad. No hay tipismo en sus imágenes ni tópicos recurrentes. No se encuentran en su producción las hermosas gitanas que retrató como nadie Dieuzaide (la más bella de todas la Gitana del Sacromonte (1951), que mira con el rostro iluminado al horizonte mientras su hijo de meses mama en su pecho desnudo). O la gitana rumana que tiempo atrás había fotografiado Ricardo Compairé en el mercado de Huesca. Smith fue despedido cinco años después de LIFE por incompatibilidad con sus jefes, pero siguió siendo uno de los reporteros gráficos referenciales. Estuvo en el 69 en Woodstock, cuando sus problemas con el alcohol y el dinero le empujaban por ambientes poco aconsejables. Dos años después se fue como profesor a Tucson y falleció en 1978. Desde entonces cada año se concede el premio “W. Eugene-Smith” al mejor reportaje fotográfico.
Ignacio Ara

A Antón Castro, que me descubrió al "catedrático del boxeo", de Sigüés.
Ignacio Ara está considerado uno de los mejores boxeadores españoles de todos los tiempos. Fue Campeón de Europa de los pesos medios en el lejano 1932. Ningún otro púgil español de su categoría lo ha vuelto a lograr. Le llamaban el “catedrático del boxeo” por su elegancia y su prodigiosa rapidez de movimientos. A Ignacio el apellido le delataba. Era aragonés, de Sigüés. Allí nació en 1909. El universo del boxeo tiene encumbrado a Ignacio Ara como una figura estelar de su particular historia. Lo tiene desde que protagonizó en la década de los años 30 del pasado siglo algunos de los duelos más feroces y violentos que se recuerdan con el francés Marcel Thil, al que nunca pudo vencer y al que tampoco nunca le pudo arrebatar la corona de Campeón del Mundo, que logró en 11 ocasiones. La última vez que lo intentó fue en mayo de 1935 en un memorable combate celebrado en la plaza de toros de Madrid.
Ara era el hombre del momento, sólo él podía convocar a 30.000 personas para presenciar un duelo que olía a revancha y orgullo herido por los cuatro costados. Ya se habían enfrentado por primera vez en 1933 en París: los cronistas aseguran que había ganado el aragonés pero los jueces decidieron lo contrario. Dicen que aquel choque fue brutal, se repartieron mamporros sin freno y los dos salieron malparados.
Un año y medio después tuvo lugar la revancha también en la capital francesa pero Ara midió mal sus fuerzas. El francés, un tipo rocoso y experimentado, le propinó una soberana paliza que le dejó maltrecho. No tuvo opción en ningún momento. El de Sigüés no escarmentó y retó a Thil a un nuevo combate, el de la madrileña plaza de toros.
La historia se repitió, pero el guión fue bien diferente al de ocasiones anteriores. Ara perdió nuevamente pero su formidable actuación le permitió mantener intacto su prestigio y, sobre todo, su dignidad. El semanal AS lo resumió perfectamente: “Ignacio Ara vencido, pero no derrotado, por Marcel Thil, Campeón del Mundo del peso medio”. La crónica de aquel combate se enmarca en la galería de excelencias literarias de la prensa deportiva de la época.
El popular semanario le dedicó al duelo la portada de su número del 3 de junio de 1935. La imagen resume lo que fue la pelea; un rudo e imperturbable Thil castiga sin compasión al boxeador aragonés, que apenas puede mantenerse en pie. Sus músculos tensionados y el pelo desbaratado hablan por si solos. En el interior de la revista la crónica se extiende en detalles de lo que fue un verdadero acontecimiento nacional. Era la primera vez que la capital española albergaba un Campeonato del Mundo y uno de los aspirantes era aragonés, de Sigüés.
De Ara decía Angelo, el cronista deportivo de AS, que era “bien proporcionado, limpio, fino y elegante, aunque parece también más frágil que su rival. Sin saber sus características, sin conocer sus estilos, bastaría verlos bajo la luz de los reflectores formando el grupo con el árbitro rubicundo y serio, ante la batería de fotógrafos, para pronosticar exactamente qué clase de combate va a hacer cada uno”.
No se equivocaba; el combate transitó por esos derroteros. “Ignacio Ara, indiscutiblemente más boxeador que su rival, en el sentido de que el boxeo es algo más que un ejercicio de pura y bruta fuerza, domina francamente a lo largo de los primeros asaltos. Brilla su estilo variado y magnífico frente a la torpeza maciza de su adversario, que se empequeñece en la comparación, encorvándose, replegándose, hundiendo su cabezota en el pecho”.
En palabras de Angelo, el especialista en boxeo del AS, “Ignacio Ara es el matador inteligente y fino; Thil es el toro robusto y poderoso que embiste”. Mal asunto si las fuerzas del aragonés se agotaban antes de tiempo, como así fue. “¿qué valen las embestidas desprovistas de belleza, constantes pero lentas, ante la elegancia de los pases del matador?”, se preguntaba el periodista. Thil no es un toro de sangre sino de granito y todo ese despliegue de golpes que realiza Ara choca contra un muro que parece recibirlos casi sin inmutarse.
Las 30.000 almas que abarrotan la plaza de toros gritan “Ara, Ara, Ara”, es un coro ensordecedor asegura el periodista, que pretende empujar al jacetano a una victoria que se hace cada vez más incierta. El francés digiere las embestidas de su rival y comienza en el último tercio una ofensiva salvaje que le llevará al triunfo final. “Aunque Ara rehuía el cuerpo a cuerpo, no podía evitar el abrazo de oso de su rival, que le golpeaba en los costados. Marcel Thil sabía bien que en ello estaba su fuerza”. El desenlace está cerca y Angelo describe unos minutos angustiosos que parecen horas: “Los golpes del francés han llegado con toda su fuerza a su rostro y han tenido una repercusión en el cerebro, exactamente en el momento en que las piernas empiezan a flaquearle. Embadurnado en sangre, atontado por los golpes, no pierde la claridad de su juicio; sabe lo que puede pasarle y lo evita”.
En el decimotercer asalto el árbitro declara vencedor al francés en medio de la bronca general. Pero no hay duda; Thil renueva su título mundial con toda justicia. El periodista, con arrobo patriótico, asegura que “el estilo de Ara, su boxeo claro y brillante, su valentía y su corazón han valido más que toda la resistencia, toda la labor de basto obrero del “ring” del Campeón del Mundo”. En el cenit de su carrera, Ignacio Ara salió del envite magullado pero con el orgullo alimentado por una afición que lo veneraba. Sin embargo, nunca más volvería a aspirar a grandes empresas. Sus sueños de gloria se quebraron en aquella velada madrileña con 30.000 enfervorizados aficionados como testigos del inicio del largo y lento declive. En 1968, ya retirado, confesaba en una entrevista concedida al prestigioso periodista deportivo Pedro Escamilla, que “no llegué, como me exigía mi hombría, a campeón del mundo del peso medio. Una vez porque me robaron, otras, porque me vencieron”.
La historia de un montañés
Ignacio Ara nació en abril de 1909 en Sigüés, donde apenas permaneció unos meses porque sus padres emigraron a Mauleón, al otro lado de los Pirineos. No era el viaje de las golondrinas, que cruzaban la cordillera con la caída de la hoja para regresar en la primavera. Era un viaje definitivo, sin retorno. Las prósperas fábricas de alpargatas de la localidad francesa eran el destino de un exilio económico español que huía de la miseria diaria. El padre de Ignacio, Mariano Ara, comenzó a trabajar en una de esas fábricas y alcanzó el puesto de encargado. Vicenta, la madre, se empeñó en la educación del hijo. Fueron seis años de intensas vivencias en una casita llamada “Chalet Vicenta”. Ignacio creció hablando castellano y francés.
En 1916 la familia decide regresar a España y se instala en Jaca, donde uno de los abuelos regentaba una talabartería. La amenaza alemana en la primera Guerra Mundial convence a los Ara de la necesidad de desandar el camino y buscar espacios más seguros. Jaca lo es. Fue una decisión temporal, condicionada por los acontecimientos internacionales, pero en la mente de Mariano Ara no se borra la idea de regresar a Francia tan pronto como finalice la guerra.
Instalados de nuevo en “Chalet Vicenta” los Ara retoman la normalidad. Ignacio estudia en un colegio de frailes, donde el padre Abadie le inculca el amor por el deporte, por cualquiera de ellos sin distinción. Son tiempos en los que el ciclismo genera pasiones en Francia. El Tour en esas fechas ya se ha consolidado como uno de los grandes acontecimientos deportivos mundiales. Pero el pequeño de los Ara se va arrastrando por otros derroteros. En las habituales trifulcas con compañeros de clase descubre la fuerza de sus puños y su marcado instinto de supervivencia.
Es un tipo de profundos contrastes. Cultiva al mismo tiempo un perfil duro y agresivo con otro inquieto y sosegado. Le anuncia a su padre que quiere ser cocinero y viaja a Paris para trabajar como pinche en el Hotel Point-Neufe. En realidad, es una salida de urgencia ante la rotunda negativa de su padre a que se dedique a la pelota-mano, su verdadera pasión. En París, sin el ojo escrutador de su padre, encuentra tiempo para jugar en un frontón cercano junto a un joven que pronto haría historia, Paulino Uzcudun, un exleñador que acabaría siendo leyenda del boxeo y varias veces aspirante a la corona universal de los pesados ante Joe Louis y Max Schmelling.
Junto a ellos también está otro vasco de oro, Isidoro Gaztañaga. Los tres entrenan casi a diario en el gimnasio Anastesie, donde Ignacio Ara va comprobando poco a poco que lo que realmente le produce fascinación es el boxeo. El escritor y periodista Antón Castro, profundo conocedor de la vida de Ara, cuenta que en ese gimnasio el de Sigüés “se quedaba entusiasmado con un tipo llamado Molina, era un auténtico bailarín de claqué que soltaba las manos con la velocidad del rayo”.
El destino de Ignacio Ara está marcado. En 1925 acompaña a su amigo Gaztañaga a San Sebastián y casi por azar se planta encima de un cuadrilátero ante el italiano Ambrosoni; le bastó un asalto para dejarle KO. De este episodio es probable que surja también el error divulgado en los últimos tiempos por el Archivo Auñamendi y alguna enciclopedia de boxeo, sobre el origen donostiarra de Ignacio Ara.
Tras aquél primer combate victorioso, el aragonés ganó los 36 siguientes y el campeón español del momento, Ricardo Alis, le evitó para ahorrarse desagradables sorpresas. Tras un desastroso encuentro con sus padres, que no aprobaban la nueva profesión del hijo, Ignacio regresa a París con la obsesión de hacerse rico y ganar el cetro mundial. Peleó en un combate memorable con un tal Valclaund, según indica Antón Castro, y desde ahí dio el salto al Albert Hall de Londres y Nueva York, donde combatió en 1929 con Eddie Bowie. Un comentarista escribió de Ara: “es el boxeador extranjero de mayor combatividad que he visto en mi vida. Su estilo es maravilloso”.
Pocos días antes de ese viaje a Estados Unidos, Ignacio estuvo en Jaca. Así informó de su estancia El Pirineo Aragonés: “Está en Jaca este simpático y popularísimo paisano nuestro. Bien merecido tiene tal título: nació en Sigues y en Jaca pasó los primeros seis años de su niñez. De nuestra ciudad se acuerda muy gratamente. Por eso, después de repetidos y notables triunfos en sus luchas de boxeador, admirando a inteligentes públicos de populosas capitales extranjeras. Ignacio Ara quiere visitar a Jaca y a Sigues con toda su cordialidad y simpatía. Después, inmediatamente, va a volver a Norte América, donde ha de cumplir contratos de importancia. Bien venido, Ignacio, y venga esa mano, pero sin apretar mucho ¿eh?”
En 1930 se fue a La Habana, uno de los puntos de ebullición del boxeo mundial. Allí ganó a José de la Paz, Jimmy de Capua y Relámpago Sagüero, uno de los mejores boxeadores cubanos de todos los tiempos. En ese momento ya era uno de los púglies más importantes del mundo. El especialista en boxeo cubano, Melchor Rodríguez, le otorgaba no hace mucho tiempo la categoría de “rutilante estrella mundial”, a la altura de Jack Dempsey o Joe Dundee, al que vapuleó sin compasión en un memorable combate en febrero de 1931.
Tras hacer las Américas y recién proclamada la II República Ignacio Ara regresó a España y por fin pudo pelear con Ricardo Alis. Le duró unos segundos. Al año siguiente ganó el Campeonato de Europa de los medios ante el austriaco Kar Neubauer, paso inmediato para atacar el cetro mundial que nunca pudo conquistar.
La posguerra y el declive
Ara pasó la Guerra Civil en Buenos Aires y cuando acabó volvió para continuar con un desenfrenado carrusel de combates que alcanzaría los 300. Un palmarés inigualable que todavía hoy sigue impresionando. Se retiró en 1947 con 38 años, justo después de coronarse campeón nacional de los pesados. Desde entonces se dedicó a entrenar. Lo hizo en Buenos Aires con Fred Galiana; lo hizo en Salamanca con los olímpicos españoles que iban a competir en México 68, lo hizo con un tal Tony Leblanc, al que enseñó todo lo que tenía que saber sobre el boxeo. Así lo confesaba el actor en una reciente entrevista realizada en el diario ABC, en la que recordaba sus remotos inicios como púgil.
Ignacio Ara murió en 1977 en Buenos Aires, la ciudad que se había convertido en su pequeña patria. Nació aragonés, creció francés y murió con la nostalgia porteña. El jacetano está enterrado en el popular cementerio de La Chacarita, junto a Carlos Gardel y otras leyendas del boxeo argentino como Luis Angel Firpo y Ringo Bonavena, el púgil asesinado por la mafia por no aceptar la abyecta orden de tirarse en el quinto round de su último combate. Un clásico del lado oscuro del boxeo. De Ignacio Ara escribieron en Buenos Aires que era “el catedrático de las doce cuerdas, tan querido de la afición argentina”. Ahí descansa, junto a Carlos Gardel.
Artículo publicado en el número 219 de la revista Jacetania.
Xavi Brescó

En Casa Escolá siempre se había hecho chocolate. Así al menos se lo repetían los más viejos del lugar a Francisco Brescó, propietario de la tienda de ultramarinos de la calle Mayor de Benabarre.
El suyo era el colmado de toda la vida, una especie del medio rural en peligro de extinción, en el que se vendía desde pan hasta la última urgencia cotidiana. En la memoria del pueblo todavía flotaba el aroma difuso a chocolate negro, como incierta huella de un pasado no demasiado remoto.
Y resultó ser cierto. En 1985 Francisco Brescó descubrió en el altillo de la casa los viejos manuscritos del abuelo con las recetas de la elaboración del chocolate y los instrumentos con los que se hacía. Los viejos del pueblo tenían razón.
Aquél hallazgo tenía la forma de una herencia tardía. El abuelo había fabricado chocolate hasta que su muerte en 1936 truncó una tradición que, parece ser, se remontaba hasta 1830. Demasiado peso familiar para obviarlo.
El chocolate pasó a ser otra vez el alma de la economía de Casa Escolá. Francisco Brescó falleció en un desgraciado accidente en 2003 y su hijo Xavi, que estudiaba en el seminario de Barbastro, decidió colgar los libros para continuar con la tradición familiar. “Yo trabajaba con mi padre en verano y en vacaciones. Recordaba de niño que él había empezado a trabajar con el chocolate y que pasaba horas en el obrador. Yo me fijaba en cómo lo hacía y con esos recuerdos comencé a fabricarlo yo. Alguna vez se me quemó pero he progresado”.
Xavi ha madurado con rapidez. Con quince años apartó las inquietudes de un adolescente y se puso al frente de una empresa familiar que crecía gracias al chocolate de piedra, elaborado casi con los mismos métodos rudimentarios que utilizaba el bisabuelo. “No han cambiado muchas cosas. Evidentemente hemos incorporado máquinas que nos permiten producir más cantidad para responder a la gran demanda que tenemos, pero modernizarse mucho supone perder el sello de artesano y es llevar también la herencia de mis antepasados a la nada”.
Ha recibido clases del gran pastelero catalán Lluis Morera, que trabajó muchos años en la prestigiosa marca Valor. “Él me está formando para dar el salto de calidad que pretendemos, sin perder nuestra esencia”. Y sobre esa delgada línea han construido un sello propio apoyado en una amplia gama de productos que abarca desde el chocolate negro clásico (50% de cacaco) hasta el novedoso chocolate con frutas del bosque o naranja, los bombones de coca-cola y los que llevan maíz salado. “Tenemos más de cien tipos de bombones y chocolates de todo tipo. Tenemos puntos de distribución en todo el Pirineo oscense y catalán, en algunos puntos del país y en Japón, Alemania e Inglaterra”.
Hace cuatro años abrieron una nueva nave al pie de la carretera N-230 en la que trabajan siete personas. “Con los embutidos y los quesos somos los tres pilares de la economía local. Yo siempre tuve muy claro que tenía que continuar con esto por mi familia y también por Benabarre, porque nuestro chocolate trae turismo y se nos conoce fuera. Soy feliz aquí, soy montañés y aragonés hasta la médula, sólo hace falta que nos den oportunidades para quedarnos aquí. Yo la he tenido”.
La foto es de Jacques Valat y pertenece a la exposición "El rostro del Pirineo" de la Diputación Provincial de Huesca
De las Heras

Francisco De Las Heras está considerado el fotógrafo más prolífico de Aragón del primer tercio del siglo XX. Este dato para la estadística sería irrelevante si no se tuviera en cuenta las condiciones en que desempeñó su trabajo. Lejos de los grandes centros urbanos y siempre a remolque de las innovaciones que irrumpían en el joven mundo de la fotografía, De Las Heras desempeñó en Jaca desde 1910 hasta 1945 una intensa actividad que sólo ha sido reconocida medio siglo después de su muerte. Fue un fotógrafo discreto y silencioso, sin veleidades artísticas ni pretensiones intelectuales, un obrero de la cámara que recorrió buena parte del Pirineo en busca de la noticia y del tiempo perdido.
De las Heras nació en 1886 en Torre de Valdealmendras (Guadalajara). Con 22 años se traslada a Zaragoza y comienza a trabajar en el estudio del prestigioso Coyne, uno de los referentes indiscutibles de la fotografía aragonesa. Junto a su privilegiado maestro se sumerge en las nuevas técnicas y aparatos que impone el mercado y participa en algunos de los acontecimientos más notables de la época como la Exposición Universal de 1908.
Dos años después siente que ha alcanzado la madurez suficiente para emanciparse profesionalmente y se traslada a Jaca para dar continuidad al negocio del recientemente fallecido Félix Preciado. La llegada de De las Heras a la ciudad pirenaica es recogida por el semanario local, El Pirineo Aragonés, como un acontecimiento. Se loan sus conocimientos en la materia y su experiencia junto al gran Ignacio Coyne en algunos artículos que todavía destilan cierta desconfianza hacia “el aparato de retratar”.
Es el año 1910 y el Pirineo está sumido en profundos cambios. Jaca todavía está amurallada pero muy pronto se liberará de ese cerco medieval. Muy cerca se está construyendo el ferrocarril de Canfranc, la obra más importante en el Aragón de la época. Miles de trabajadores procedentes de todo el país han llegado hasta ese recóndito lugar de la península, y con ellos un cargamento de ideas revolucionarias que chocan de lleno con el carácter desconfiado y supersticioso de los montañeses.
De las Heras se encuentra con ese paisaje en pleno proceso de catarsis. También con unos pueblos que alcanzan el máximo índice demográfico de todo el siglo XX, en los que todavía perduran los usos y costumbres casi inalterados desde la Edad Media. Pero es un Pirineo que se desintegra a marchas forzadas, a impulsos de un desarrollo que se manifiesta en forma de centrales hidroeléctricas y pantanos.
En septiembre de 1910 edita su primera colección de postales sobre Jaca y antes de finalizar el año otra sobre el Monasterio de San Juan de la Peña. En muy pocos meses sienta las bases de su negocio y comienza a consolidar la actividad por la que sería conocido en toda la región. La costosa producción de postales es su sello de identidad, una arriesgada pero visionaria apuesta comercial que le daría excelentes resultados.
Esas primeras postales muestran paisajes de Jaca y de su entorno, pintorescas calles y recoletas plazas. No son fotos de autor ni pretende introducir criterios de diseño. Muestra la realidad tal y como es, desprovista de filtros y carente de ambiciones estéticas. Nada que ver con el trabajo de algunos de los fotógrafos coetáneos aragoneses más reconocidos como Ricardo Compairé o Aurelio Grasa. Pero ahí reside su valor, en la enorme fuerza documental de sus imágenes.
Francisco De las Heras fue el único fotógrafo que residió permanentemente en el Pirineo. Por eso huyó de lo que otros consideraban pintoresco y evitó los tópicos en su producción fotográfica. Quizá ahí resida la razón del profundo olvido al que ha estado sometido durante varias décadas. Fue, en realidad, un notario de lo cotidiano, un fotógrafo de pueblo que tan pronto acudía a una boda como fotografiaba un terrible alud en el Balneario de Panticosa. A veces inmortalizaba a los niños jacetanos en el día de su Primera Comunión y otra veces se detenía en todos los detalles que brindaba la monumental obra del Canfranc.
Respondió De Las Heras con una soberbia capacidad de trabajo a los retos que le ofrecía el arriesgado negocio de la fotografía en aquellas primeras décadas del siglo XX. Su producción de postales aumentó de forma considerable y pasó de ser una anécdota a convertirse en una verdadera industria. Primero fue Jaca y sus alrededores pero mas tarde el Balneario de Panticosa, Ansó, Echo, el desaparecido Balneario de Tiermas, la incipiente Sabiñánigo, el valle de Roncal, el valle de Tena, Biescas, Huesca, el valle de Aspe... Pocos rincones quedaron fuera del objetivo del fotógrafo jaqués. Hoy esas postales se cotizan al alza en las tiendas de coleccionistas y los mercados de viejo.
Luis Serrano, uno de los más importantes coleccionistas de postales antiguas de Aragón, no tiene dudas en afirmar que “De las Heras es el fotógrafo más prolífico de nuestra tierra, no hay nadie más que produjera la ingente cantidad de postales que produjo él. Su mérito es tremendo porque no hay que olvidar que él no estaba en Zaragoza, donde todo era mucho más sencillo. Vivía en Jaca, que entonces era un pueblo de 5000 habitantes sin apenas comunicaciones. Y sin embargo fue mucho más hábil, más dinámico y más visionario respecto al mundo de la fotografía que el resto de fotógrafos aragoneses y muchos de los españoles”.
Para explicar la extraordinaria dimensión del legado de De las Heras hay que ahondar en su encomiable labor comercial. A diferencia de otros fotógrafos contemporáneos, hacia fotos para comer y en aquellos años eso no era sencillo todos los días. La prensa jaquesa de la época describe con lucidez las penurias de buena parte de la población para encontrar trabajo y la escasez de recursos.
En ese contexto, su hiperactividad responde por igual a un meritorio desarrollo vocacional y a un ejercicio de supervivencia que no admitía pausas. En Jaca De las Heras era el fotógrafo de las bodas, bautizos y comuniones y en el exterior el promotor de interesantes colecciones de postales sobre el Pirineo. Los pioneros del turismo de montaña y los furtivos esquiadores las utilizaron para mostrar a lejanos parientes las bellezas de la cordillera. Pero además ejercía de periodista gráfico para el Heraldo de Aragón, el ABC o la revista Aragón. Fue un impagable corresponsal de prensa que firmó interesantes reportajes ahí donde otros no llegaron a tiempo.
Hizo de la necesidad virtud y supo sacar el máximo rendimiento de los escasos medios disponibles. Se convirtió en un maestro del retoque fotográfico, que utilizaba para maquillar una imagen y utilizarla en dos colecciones distintas de postales. Pintaba la nieve para diseñar una serie de paisajes nevados y después la borraba cuando lo que vendía era el Pirineo primaveral. Un prodigio del marketing cuando éste no existía.
En 1923 dio el salto y se instaló en un espacioso local de la calle Mayor, la principal arteria de Jaca. Él mismo diseño la fachada de ese edificio con reminiscencias árabes que todavía hoy se puede contemplar en el número 30. Ese año inauguró también el primer estudio con luz natural de la ciudad y prosiguió en su labor de promoción del Pirineo aragonés Cuatro años antes había realizado una incursión en el mundo de los libros al editarle al historiador Ricardo del Arco el lujoso libro “La Covadonga de Aragón. San Juan de la Peña” profusamente ilustrado con sus propias fotografías.
El fotógrafo de pueblo ya había alcanzado la categoría de gran empresario, reportero, editor, documentalista, promotor turístico y divulgador. Es en este tiempo cuando desarrolla probablemente sus trabajos más meritorios y perdurables. Suyas son las únicas fotografías conservadas del Balneario de Tiermas, desaparecido en los años 50 bajo las aguas del pantano de Yesa. A él se debe también el detallado seguimiento visual de las obras del ferrocarril de Canfranc, al que dedicó largos años y notables esfuerzos. Esa dedicación culminó el 18 de julio de 1928 cuando fotografió a Alfonso XIII y el presidente de la República Francesa, Gaston Domuergue, en la inauguración de la Estación Internacional. Esa imagen forma parte de la historia gráfica española del siglo XX.
Dos años después fue el único fotógrafo que pudo captar las primeras horas de la sublevación republicana de los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández. Cuando cuatro meses después se proclamó la II República, De las Heras se apresuró a publicar un anuncio en la prensa en el que recordaba que el retrato de Galán que blandían miles de españoles en las primeras manifestaciones de entusiasmo republicano había sido realizado por él. Esa foto se había convertido de la noche a la mañana en un icono del nuevo Estado.
Pero quizá su aportación más valiosa a la historia de la fotografía es su serie sobre las “endemoniadas” de Jaca tomada en 1922. Aquella patética procesión de mujeres que creían estar poseídas por el diablo bajo la peana de Santa Orosia es hoy un documento antropológico de un valor incalculable. Incluso en esas circunstancias cuenta el antropólogo Ángel Gari que “una de esas fotografías está retocada. Una de las posesas se quitó la camisa al experimentar mejoría, pero De Las Heras la tuvo que pintar en el contacto final ante las amenazas de un familiar”.
Tras la Guerra Civil, De las Heras fue perdiendo el pulso fotográfico y pasó los trastos a su yerno, Primitivo Peñarroya. Todavía tuvo tiempo de plasmar otro horror, el del incendio que asoló en 1944 el pueblo de Canfranc. Las llamas que acabaron en unas horas con la milenaria población fueron como la metáfora del tiempo vivido, el periodo más convulso de la historia del Pirineo retratado con primorosa dedicación para las futuras generaciones.
La cámara de De las Heras ha dejado testimonios de gran valor sobre los profundos cambios experimentados por la cordillera aragonesa en la primera mitad del siglo XX. Probablemente sin ser consciente de su trascendental labor histórica, captó escenas irrepetibles, paisajes modificados por el hombre para siempre y una sociedad que ya sólo será posible conocer a través de sus fotografías. Cuando murió en 1950, la pequeña ciudad que le había recibido con los brazos abiertos cuarenta años atrás comenzaba su transformación en centro turístico. Cincuenta y ocho años después sus nietos Carlos y Rafael mantienen abierto el negocio fotográfico en el mismo edificio que él diseño en 1923.
Frank Belsué; Paco de Jaca

Francisco Belsué Galindo nació en Jaca en 1935 en el seno de una familia numerosa. Su madre era la mondonguera más popular de la ciudad y su padre trabajaba en la serrería de Altahoja. Los duros años de la postguerra los pasó entre las aulas de los Escolapios y como monaguillo en las liturgias diarias, en las que se quedaba absorto contemplando el arte sacro, ajeno a las diatribas del sacerdote de turno. Ahí nació su pasión por el diseño, que con el tiempo se convirtió en una fructífera carrera profesional que le condujo en 1968 a Canadá. En el país de la hoja de arce ha vivido desde entonces y ha dejado su singular concepción de la estética publicitaria en infinidad de trabajos, algunos de los cuales se convirtieron en reconocidos iconos que compitieron en popularidad con la propia bandera rojiblanca. Hoy, jubilado pero activo en su producción creativa, piensa en su próximo viaje a Jaca mientras sigue a través de internet la actualidad de su pueblo y de Aragón. Su despacho lo preside una gran foto hecha desde Oroel y el remite de sus emails lo firma con un expresivo “Paco de Jaca”.
En el verano de 2004 conocí a Francisco Belsué en Toronto, la próspera capital de la provincia de Ontario, en el sureste de Canadá. Allí vive desde que llegó hace ahora cuarenta años. Ocupa un pequeño adosado de dos plantas cerca del barrio de “Greekville”, una extensa zona del sur de Toronto habitada por la numerosa colonia griega. Está a escasa distancia del omnipresente lago de Ontario, desde donde se disfruta de todo el skyline de la ciudad, con la popular CN Tower, el Air Canada Center, el estadio del mítico Toronto Maple Leafs (NHL) y de los Toronto Raptors (NBA), y el moderno centro financiero, expresión del espectacular crecimiento económico experimentado por la ciudad en las dos últimas décadas.
Paco tiene una sonrisa contagiosa y un timbre de voz casi infantil que no se corresponde con su inmensa figura, rematada por una barba blanca que le da un aire entre intelectual y bohemio, algo ácrata y sin duda inconformista. Media vida en Canadá no ha sido suficiente para borrar las huellas de su origen, plasmado tanto en los cuadros que decoran la casa (estampas de Prado Largo antes de ser urbanizado, Albarracín, Rapitán...) como en su particular forma de expresarse, una nueva versión del incipiente “spanglish” transformado en “sparanglish”. En su conversación se mezcla el “lunch-time” con el “mozo”, el diseño “nice” con el “hay que joderse”, o el “anyway” con el muy jacetano “jodo”. Uno no ha anulado al otro, simplemente se han sumado para enriquecer su vocabulario.
La historia de su vida está marcada por el viaje que decide realizar en 1968 a Canadá para trabajar en una película de dibujos animados. Su amigo Juan Tudela había recibido una carta en la que pedían dibujantes españoles, cotizadísimos entonces entre todas las agencias publicitarias. Eran unos privilegiados en aquella España triste y casposa que empezaba a desperezarse con el desarrollismo industrial y el turismo emergente. Paco no desperdició la oportunidad y con el aval de su experiencia en tres agencias de publicidad de Zaragoza decidió cruzar el Atlántico y establecerse en un desconocido país que no era habitual receptor de la emigración española. “Aunque yo siempre he dicho que emigré para viajar, era lo único que quería hacer, no tenia intención de quedarme tantos años, pero, ya ves, la vida siempre está dispuesta a sorprendente” señala.
Antes de iniciar la inconsciente diáspora, su vida entre Jaca y Zaragoza es un guión escrito con casualidades, abierto a la improvisación y modelado a impulsos de una personalidad que tenía mal encaje en la provinciana España franquista. Crear sin resultar sospechoso, admirar el arte sin prejuicios raciales y aspirar a un horizonte más abierto formaban parte de una declaración de principios poco considerada con el poder establecido. “Muchos nos sentíamos asfixiados en la España de entonces, aunque ahora compruebo que la dictadura de Franco era como la de Bush”. Aquí emerge el Belsué mas combativo, el mismo que critica sin miramientos la política belicista de la administración norteamericana, el poder de las multinacionales –“me jode haber trabajado para grandes compañías”, asegura- o la gestión hidráulica del anterior gobierno español. La suya es una actitud permanente de hostilidad ante cualquier poder.
Desde niño se vincula a las actividades religiosas de casi todas las iglesias de Jaca. “No soy una persona religiosa –asegura-, he sido monaguillo de todas las iglesias del pueblo. Siempre digo que soy creyente por si acaso. Yo estaba de monaguillo y me perdía fascinado por lo que veía. Me quedaba embobado viendo los retablos, era lo que verdaderamente me interesaba”. Con doce años ayudaba a misa en las Benitas y recibía en compensación un pedazo de chocolate que las monjas de clausura le dejaban en el torno. “Allí tenían una habitación que ya no está en la que se guardaba en sepulcro de Doña Sancha. Yo tenía llave y la enseñaba a los turistas porque la conocía perfectamente” recuerda.
Infancia entre retablos y olor a incienso que marcó definitivamente su vocación creativa y su pasión por el arte sacro. Sus primeras creaciones nacieron de los duros de oro y plata que le traía el padre capuchino Esteban para que los transformara en alambre para rosarios. “Hice montones de pulseras”. Eran los años de la escasez y el racionamiento en una Jaca acongojada por la cercana guerra civil. El ritmo diario lo marcaba la iglesia, el ejército y una burguesía local que se había preocupado en acrecentar las diferencias entre clases. Con la mirada del niño y la memoria del adulto, los recuerdos infantiles se empapan de ese sabor agridulce que siempre queda en el poso de las cosas. “Un mes de febrero los escolapios nos hicieron subir a los “externos” del colegio, así nos llamaban a los que no podíamos pagar la matrícula, todos los ladrillos que hacían falta para construir la segunda planta del edificio de la calle mayor. Los que pagaban no lo hicieron, por supuesto. Es algo que todavía recuerdo”.
Otro escolapio, el padre Benito, le encargó que calculara cuántas baldosas había que comprar para alicatar el popular zócalo del patio interior del colegio. “Dibujé todos los cuadritos, uno por uno, y al final me equivoqué en muy pocos. Confiaban en mí para estas cosas y ellos también se quitaban responsabilidades”.
Poco después empezó a trabajar en la Joyería Muñoz como aprendiz y más tarde en la librería El Siglo. Un día llegó Víctor Sarriá, un viajante que comercializaba las postales Victoria, y le ofreció un trabajo en Zaragoza y 300 pesetas de sueldo. Así comenzaba la etapa zaragozana y su dedicación definitiva al diseño. Enseñó dibujo en las Escuela Pías y estudió en la Escuela de Artes y Oficios con los profesores Félix Burriel y Luis Berdejo, aunque siempre se ha definido como “un autodidacta en todo. Fui profesor sin acabar el bachillerato, mi único título es el de Maestro Artesano, aunque lo considero una anécdota”, apunta.
Su calidad le permitió entrar como diseñador en los afamados Talleres Quintana, especializados en orfebrería religiosa. Era la culminación de un sueño tan anhelado que había prometido diseñar un manto para Santa Orosia si conseguía el trabajo. Lo hizo en 1958 y hoy se sigue exponiendo cada 25 de junio. Paco seguía los pasos de su hermano Santiago, que ya se había convertido en un reputado encuadernador y restaurador de libros. Entre 1956 y 1957 trabaja intensamente en las reformas del camarín de la Virgen del Pilar y en el diseño de la corona que se coloca en la ofrenda de flores. Suyas son también las vidrieras, sagrarios y comulgatorios de la iglesia de Caldearenas. La impronta religiosa está presente en esos primeros trabajos de forma palmaria y comprueba hasta qué punto ha sido rentable su infancia entre curas y retablos, “conocía la iconografía religiosa a la perfección y pude trabajar desde muy joven adaptando sus interpretaciones a mi gusto”.
El cierre de Talleres Quintana le obliga a especializarse en publicidad y artes gráficas. Combina el trabajo en varias agencias con la formación junto a Natalio Bayo, Juan Tudela y José Luis López Velilla en el estudio de pintura de Alejandro Cañada. La orfebrería y la cristalería han dado paso a los anuncios de Pikolín, Konga o la Pitusa. En Zaragoza una generación pionera de excelentes dibujantes se forma de manera autodidacta en las artes del diseño publicitario. Francisco Belsué es uno de sus principales ejemplos.
UN SÍMBOLO DE CANADÁ
Los Blue Jays son el primer equipo de béisbol de Canadá y el principal emblema deportivo de Toronto, sólo superado por el equipo de hockey sobre hielo de los Toronto Maple Leafs, uno de los seis históricos fundadores de la NHL, la primera liga del mundo. El club se fundó a mediados de los setenta con un despliegue mediático inusitado y el respaldo de algunas de las primeras compañías del país. El diseño del logotipo había sido adjudicado a la agencia Savage Sloan Ltd. en la que acababa de desembarcar Paco Belsué. No le gustaba el deporte pero recibió el encargo de diseñar la imagen del equipo.
El blue jays es un pájaro azul, blanco y gris que abunda en toda la zona noreste de Norteamérica. Con esa imagen hizo unos cuantos bocetos hasta dar con el definitivo. Sin pretenderlo, acababa de diseñar uno de los iconos más populares de Canadá, el símbolo más conocido después de la hoja de arce. Sólo la primera semana generó diez millones de dólares de beneficio, aunque Paco sólo cobró su cheque semanal en la empresa. Fue el artista anónimo para el logotipo más reconocido. En el libro “This side of Spain”, que reflejaba la actividad de la colonia española en el país en los años 80, se referían a Belsué asegurando que “su contribución a Ontario y Canadá ocupará un lugar en la historia del país”.
Aquél logotipo fue modificado tiempo después por los dueños del club, pero los auténticos aficionados siguen llevando en cada partido el de Paco, el primero de todos. Incluso en la página web del equipo se sigue utilizando y comercializando. No ha sido el único. Empresas como American Express, Banco de Italia, Viscount, Benson & Hedges o Kellogg’s han pasado por las manos del jaqués.
Falcón, el hombre y el río
Lo recuerdo perfectamente, como se conservan esas imágenes de la infancia que perduran con una nitidez asombrosa. Sentado en la barra de la cafetería Somport, con su inseparable pipa, el pelo blanco revuelto y una libreta en la que escribía de manera aleatoria, guiado más por los impulsos inciertos de la inspiración que por el método y la constancia. Era José Manuel Falcón, el dueño y también el artista, aunque esto lo he sabido mucho tiempo después.
Aquel Somport no era como el resto de bares de Jaca a los que me llevaba mi padre en el vermout dominical. Tenía algo especial y desconocido que luego con los años descubrí que se llamaba cosmopolitismo, o más bien, para huir de ese provincianismo pretencioso, modernidad y bohemia. Exhibía un piano que le daba un aspecto cinematográfico y sus paredes de pulcra madera blanca nada tenían que ver con el habitual alicatado del país o el amarillo con sabor a cognac y humo de eternos puros vespertinos. Casi siempre reunía a una clientela francesa de Pernod y Ricard que se alejaba notoriamente del estereotipado jaqués de la época. A principios de los 80 cerró pero ese local todavía sigue siendo el del Somport.
El Gobierno de Aragón organizó en Zaragoza hace ya cinco años una exposición antológica con la obra pictórica de José Manuel Falcón. Dirigida por Concepción Lomba y Antonio Pérez Lasheras, la muestra repasaba la vida del artista, fallecido en Granada en 1990, y dibujaba los retazos de una personalidad tan atrayente, poliédrica y controvertida como su propia creación artística. Fue entonces cuando descubrí la verdadera dimensión del hombre de la pipa y el pelo blanco, su talla como creador, intelectual, iconoclasta y activista político en una Jaca que dormitaba apaciblemente bajo el calor de una dictadura renqueante pero insoportable.
El Somport (y ahora ya no lo veía a través de los ojos del niño), resultó ser un islote de libertad, progresismo e inconformismo, un oasis en medio de un desierto de espesa y pesada arena, tan pesada y compacta como la oligarquía religiosa, política y económica local. Y José Manuel Falcón se erigió a través de su restaurante en una “mosca cojonera”, en un irreductible y constante luchador, porque la vida y una hemofilia heredada desde la infancia no le dejaron otra alternativa que la de la lucha como escenario vital.
Desde su nacimiento en Zaragoza en 1938 sufrió las fatídicas consecuencias de la dolencia, que le postraron en cama durante largas temporadas y le perfilaron el carácter del típico superviviente; fuerte carácter, gran sensibilidad y una tendencia al relativismo cuando no al escepticismo. Su padre Julián, anarquista afiliado a la CNT, es detenido en 1946 cuando es descubierta una célula comunista que solía reunirse en el Niza, el café que regentaba en la capital aragonesa. Este suceso provocó el cierre del establecimiento y la decisión familiar de instalarse en Jaca, donde en el verano de 1949 abrirá Los Cuatro Vientos, pequeño quiosco de bebidas. Cuatro años después funda el Bar-Restaurante Somport.
A los 16 años José Manuel tiene clara su vocación artística, que había estado cultivando durante la infancia y la adolescencia como parte de su universo de limitaciones y penurias físicas. José Ramón Marcuello le recordaba en aquellas tardes de verano participando en las correrías de la pandilla por Jaca: “... y afuera de todo, un vendaval incontenido duramente conquistado palmo a palmo, pedrada a pedrada, cuquera a cuquera. Era aquella una guerra vedada para Pepe, prisionero prematuro de una injusta y traicionera tiranía. Una tiranía que hizo de él un curtido partisano, un entrañable encajador de malas rachas y un fiel y generoso amigo para siempre al que en el fondo y sin nunca saberlo, todo envidiábamos un poquico”. A esas alturas ya ha escrito, ha creado versos y ha pintado, tiene una innegable capacidad creativa pero necesita encauzar tamaño caudal artístico. Fue, sin embargo, la muerte de su madre, Goya Pérez, en 1955, a la que estaba muy unido, la que definitivamente le hace decantarse por la expresión artística como medio de vida, después de algunos tanteos con la arquitectura.
Entró en la prestigiosa escuela de Alejandro Cañada, la más notable de la época, por la que pasaron también artistas de la talla de Julio Dorado, Maribel León o Julián Borreguero. Luego se trasladó a Barcelona a la Escuela de Bellas Artes de San Jorge y más tarde a la madrileña de San Fernando después de unos años de empeoramiento de su enfermedad que le obligaron a permanecer mucho tiempo en cama. Viajó por Italia y Francia (residió un tiempo en París) y compartió inquietudes con numerosos pintores coetáneos (Antonio Saura, Manuel Violsa, José Beulas...). De él escribieron que nunca “se dejó seducir por las corrientes artísticas emrgentes en aquellos años, un periodo de tiempo cargado de novedades estéticas que iban desde el informalismo, pasando por el “pop art” hasta el arte conceptual, el objetual o la nueva figuración”.
Tanto en su pintura como en la poesía mezcló la crítica social con las evocaciones del hermoso espacio pirenaico. Prefirió siempre los paisajes rurales a los grandes edificios monumentales que se esparcían por el Pirineo, porque entendía que la arquitectura rural de los pueblos representaba la humanización del paisaje. Así se explica la proliferación de estampas y rincones de pueblos de la Jacetania en toda su producción, que se caracterizó por el desarrollo de dos ejes temáticos: el paisaje y el realismo crítico, basado según Concha Lomba, “en un carácter expresionista que se torna casi mágico. Delicada, irónica y dura expresión de la pasión y el amor, la tensión o el repudio que el entorno natural y el ambiente social del momento le producían”. En este ámbito hay que destacar la serie dedicada a Santa Orosia inspirada en el conocido trabajo fotográfico de Francisco de Las Heras, que muestra evidentes influencias de los grabados de Goya.
Al mismo tiempo escribía bajo los impulsos del lector voraz que era, aunque en ocasiones confesaba que la escritura era un pequeño entretenimiento burgués. Como adolescente, y por mediación de su padre, había asistido a algunas de las tertulias literarias del conocido como Grupo del Niké (en referencia a la cafetería zaragozana), en el que figuraban importantes escritores como Miguel Labordeta, Manuel Pinillos, José Antonio Rey del Corral o Emilio Gastón. Pronto mitificó este espacio, que perduró como referencia intelectual, y puede encontrarse en él el origen de su pasión por la charla y la conversación. También de esos encuentros heredó la visión hipercrítica de la vida de Miguel Labordeta, a la que se refirió como la “gran farsa”.
A finales de los sesenta regresa Jaca y comienza una intensa actividad cultural con la organización de exposiciones individuales y colectivas, la programación de representaciones teatrales al abrigo de los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza, y la consolidación del Somport como espacio de tertulias políticas en el que, según José Antonio Labordeta (asiduo del lugar), “intentábamos darle al ambiente una patina de intelectualidad inexistente”. En 1969 José Manuel Falcón contrae matrimonio con Marichu Gracía-Fresca Herrera en Santa Cruz de la Serós y en 1972, tras la muerte de su padre, ambos asumen la regencia del restaurante. “Allí estaba el “cojo Pepe” con su bastón y su pipa en ristre y su cara de sorna, siempre dispuesto a retar al primero que se dejara a un debate de agudezas, cual gracianesco aragonés”, recordó de él tiempo después Félix Monge. En 1973 fundó junto a otros artistas e intelectuales de Jaca el grupo artístico, cultural y de debate Asociación Mozalla, germen de futuras exposiciones y movimientos socioculturales que contribuyeron a cepillar el páramo cultural local.
En 1979 cerró temporalmente el Somport ante el avance de su enfermedad, y abrió una herboristeria en la calle San Nicolas que filtró en la impermeable Jaca de ternasco y patatas “a lo pobre” los beneficios desconocidos del naturalismo y la comida vegetariana. Otra cosa de rojos comunistas. Ya entonces comenzaba a rumiar la idea de abandonar Jaca e instalarse en Granada, decisión que tomó poco después de pasar unas vacaciones en casa de Conchita Fernández-Montesinos, sobrina de Federico García Lorca. En 1986 abandona el Pirineo para afrontar en el sur la última etapa de su vida. No dejó de escribir ni de pintar, ni de recordar el Pirineo, al que se refería constantemente en sus versos. “¿Cómo estará la nieve en mi otra casa? Frente a L´Arbesa, Peña de Oroel. ¿Desgajará la nieve los árboles del parque?” escribía en 1988. Murió el 26 de diciembre de 1990 sin ver cumplido su deseo último de regresar a Aragón.
El Somport, un islote cultural
Llegaba el verano y Jaca se desmelenaba. En los 60 los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza traían aire fresco a la ciudad y un arsenal de intelectuales confluía en el único lugar capaz de abosrber tanto progresismo furtivo. “Supuso un foco de aire fresco y de cultura en una ciudad lastrada por un conservadurismo atroz y rígidamente controlado por los poderes fácticos. Estos veranos convertían la ciudad en algo completamente diferente de lo que era el resto del año, ya que se vivía un pequeño oasis cultural e intelectual que se mantenía en los meses de julio y agosto y desaparecía, como por espasmo, al entrar septiembre”, describe Antonio Pérez Lasheras. En el Astoria se proyectaban las películas de Luis Buñuel, la gran pianista Pilar Bayona ofrecía recitales musicales, visitaban regularmente la ciudad hispanistas como José Manuel Blecua o sus hijos Alberto y José Manuel, Alan Deyermond, Ildefonso- Manuel Gil o Mariano Baquero, historiadores como Manuel Tuñón de Lara o novelistas de la categoría de Carmen Martín Gaite. Eso era Jaca en verano, una hermosa máscara estival que escondía la mediocridad cultural del resto del año, “la monotonía de ciudad provinciana con pretensiones burguesas” según Pérez Lasheras.
Y en ese ambiente de multiculturalidad el Somport fue el punto de encuentro y José Manuel Falcón su “alma mater”. Dice Labordeta que su terraza “era como un barco varado en la orilla de la carretera que conducía al país vecino, que enfrentaba las miradas a la calle Mayor –“ya no la rondan chavales”- y que en los mediodías invernales, con el sol golpeando las cabezas de los contertulios, resultaba un lugar paradisiaco, mientras que en verano, recubierto con sus toldos, cobijaba a los profesores de la Universidad de Verano y a los alumnos y alumnas extranjeras -¡qué ricas estas últimas!-“.
En su microcosmos particular Falcón fortaleció sus certezas y convicciones, su amor por la pintura y la escritura (realizó a lo largo de su vida varias antologías políticas), y sus convicciones políticas, que le llevaron a ingresar en el PCE y enarbolar una bandera roja con la hoz y el martillo el día de la legalización del partido por las calles de Jaca. Labordeta recuerda que “naturalmente, el negocio dejó de tener clientes locales y sólo los foráneos entrábamos en la casa que, poco a poco, iba llenándose de sombras y de ausencias”. Colaboró en la mítica Andalán (su anuncio “Restaurante Somport (Jaca). Se come bien”, era uno de los fijos), lo que le causó, según Eloy Fernández Clemente, más de un problema, que no hacía sino engrosar la larga lista de incordios que causaba en la derechona local. “Cada quince días pasaban los tenaces miembros no sé si de la Guardia Civil o de la Brigada Político Social a preguntar en los puestos de venta los nombres de los compradores que, claro, habitualmente eran pocos y aun así regateados. En el fondo Pepe disfrutaba enormemente con aquella situación que, sin embargo, fue en aquellos años realmente delicada, peligrosa”,
En la vida o eres río o eres hombre, dice Labordeta, “y tipos como José Manuel, que podían ser las dos cosas, difícilmente entran más de uno por millón, y aquí apenas lo somos”. Fue un utópico en un desierto entre montañas.
Artículo publicado en la revista "Jacetania" que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum Editorial.
Joseph Habierre, el francés de Jaca

La vida cada vez es más difícil en Jaca. Varias epidemias consecutivas de cólera, viruela y dengue han dejado maltrecha a la población, que practica cada mañana un heroico ejercicio de supervivencia. Las cosas no mejoran mucho en el campo y la alarmante falta de trabajo mantiene a muchas familias en la absoluta indigencia.
Orosia Rapún, natural de Borau, con la viudedad recién estrenada y la desesperación en el alma, decide cargar a sus cinco hijos, el más pequeño todavía de pecho, y tomar el camino de Oloron en busca de futuro. Corre el año 1892 y a Jaca acaba de llegar la luz eléctrica y también el tren. Tremenda paradoja.
La carretera que lleva a la frontera ha sido construida hace muy pocos años pero el Somport sigue siendo inhóspito y traicionero. Pese a todo, a finales del siglo XIX cruzar a Francia sigue siendo más sencillo que bajar al llano, tierra ajena y desconocida. Orosia arrastra a sus hijos y una carga de dolor que al tiempo le insufla valor. Es lo único que pesa en el mísero equipaje de una viuda de jornalero que quiere mitigar el hambre de sus cinco hijos.
Al llegar a lo alto del Somport continúan sin descanso hasta Lescar, muy cerca de Pau. Han llegado a la tierra prometida con la certeza de que el camino andado es tan sólo una estación intermedia. Allí les preguntan por sus apellidos y el Javierre del marido y padre fallecido (jota rotunda e impronunciable para los franceses) se convierte en una hache aspirada que lo transforma en Habierre. Con el afrancesado se quedaron para siempre, iniciando un proceso de desespañolización que culminó en uno de los errores más importantes de la historia del ciclismo español, sólo resuelto más de un siglo después.
La revista belga Coups de pédales (Pedaladas) desveló el pasado año que José María Javierre, uno de los hijos de Orosia, fue el primer español que corrió el Tour de Francia en 1909, y no el bilbaíno Vicente Blanco “El Cojo”, al que se le atribuía históricamente ese privilegio después de tomar parte en la ronda gala de 1910. Para encontrar el origen de esa confusión hay que remontarse a ese lejano año 1892, cuando la familia Javierre inicia la diáspora hacia Oloron y pasa a ser Habierre.
Orosia Rapún, nacida en “Casa Soro” de Borau, había contraído matrimonio con Justo Javierre, natural de Javierregay. Vivían en el número 3 de la antigua Plaza de la Estrella de Jaca, actual plaza de Ripa, detrás del claustro de la Catedral. José María fue el tercero de cinco hermanos que vivían hacinados en una casa de escasos recursos y muchas renuncias.
Había nacido el 6 de febrero de 1888 y bautizado en el mes de abril en la Catedral. En el libro de Cumplimiento Pascual que conserva el Obispado de Jaca se indica con claridad que en la Pascua de ese año vivían en la Plaza de la Estrella el matrimonio Javierre y sus hijos Miguel, de 10 años, Cándida, de 7, y José María, de meses. También se informa de que compartían techo con cuatro personas más que no pertenecían a la familia.
Tres años después se había sumado un hijo más, Luis, de seis meses, pero ya había fallecido el cabeza de familia. En 1892, tras el nacimiento de Dámaso, ya no queda ningún Javierre en esa dirección. A esas alturas Orosia ya había iniciado el exilio forzado hacia el otro lado del Pirineo. Nunca más volvería. En Lescar encontraron las oportunidades que la Jaca burguesa y acomodada les negaba. Con 17 años José María comienza a interesarse por las bicicletas y se compra una para hacer largos recorridos por la tarde, después de trabajar en la fábrica del pueblo. En Francia el ciclismo es ya uno de los deportes más populares. Tan sólo dos años antes el diario ciclista L’Auto, dirigido por Henri Desgrange, ha comenzado a organizar la Vuelta a Francia. La prueba ha logrado arrastrar en poco tiempo a miles de franceses a las carreteras y el pequeño Maurice Garin es la estrella del momento tras ganar la primera edición.
José María Javierre es ya Joseph Habierre. Su infancia jacetana apenas la reporta recuerdo alguno. Desde los cuatro años vive en Lescar y piensa como un francés, habla francés y se siente francés. Pero sigue siendo español. Su afición ciclista le concede cierta notoriedad en algunas carreras locales y regionales. En el velódromo Bois Louis de Pau gana varias pruebas con 19 años y en 1908 consigue el triunfo en la más que respetable Monein-Artix. Las victorias se suceden en la Pau-Puyoo-Pau con un record que se mantendría durante varios años. Apenas consigue dinero, corre por el honor y algunas medallas, nada más. Ha ganado fuerza y confianza y se encuentra preparado para dar el salto al Tour de Francia, “la prueba deportiva más grande”, como rezaba la publicidad de L’Auto.
Un 5 de julio de 1909 Joseph Habierre se inscribe con el dorsal 70 en el que iba a ser el Tour más frío y lluvioso de la historia. Preguntado por su lugar de origen responde que es natural de Lescar, y francés. Los rudimentarios métodos de inscripción de la época no daban para más. Aquel Tour recorrió 4.497 kilómetros durante 14 terroríficas etapas de 300 kilómetros por carreteras infames sobre rudimentarias y pesadas bicicletas. Ganó con una autoridad insultante el luxemburgués François Faber (logró seis victorias de etapa), y Habierre finalizó en una meritoria 17ª posición en la general.
El Tour de 1909 fue el primero que admitió la categoría de los isolés, los ciclistas solitarios que competían sin equipo ni apoyos técnicos. El de Jaca fue uno de ellos. Hercúlea empresa en un tiempo en que el ciclismo pertenecía al universo de la épica. Su primera participación en el Tour fue alabada por los medios de comunicación y admirada por sus paisanos de Lescar, que le recibieron con una pancarta que decía “Vive Habierre” cuando la carrera atravesó el pueblo en la terrible etapa entre Bayona y Burdeos. Según recogía la revista de Pau Eclair-Pyrenées, en un reportaje que dedicó a Habierre en 1952, éste besó a su madre y le espetó en bearnés “Adiou Mama”.
Ese día el de Jaca hizo la mejor etapa de su vida y concluyó el 15º, a una hora y media de Constant Ménager, exhausto ganador con un tiempo de 10 horas. Al final del Tour Habierre ocupó el sexto lugar de su categoría en una carrera dominada por los grandes equipos del momento, sobre todo el patrocinado por la mítica marca de bicicletas Alcyon, maravilloso equipo de galácticos en el que militaba el propio Faber, Garrigou y Alavoine.
En aquel reportaje publicado 43 años después en Eclair-Pyrenées, se relataba con detalle una de esas etapas, que ilustraba sin ambages la dureza de una aventura heroica. “Entre Brest y Caen, a las 3 de la mañana, Habierre pinchó. Mientras repara el neumático al borde de la carretera, en la oscuridad más completa, una fuerza brutal le empuja y le manda al fondo de la cuneta. Era un ciclista retrasado y despistado. Habierre, aunque tarda un poco, recupera el sentido, pero lo que no recupera es el desmontable. A cuatro patas busca ansioso entre la hierba. Por fin lo encuentra. Termina de arreglar el pinchazo y vuelve a partir. Llega al primer control con 1.20 horas de retraso y debe rodar solo los 415 kilómetros de la etapa”. Al año siguiente el jaqués se traslada a vivir a Oloron y abre una tienda de bicicletas Alcyon. Su vida se vuelca definitivamente en el ciclismo y decide participar nuevamente en el Tour de Francia, y vuelve a terminarlo. Es la edición de los Pirineos, la primera que asciende el Tourmalet, el Peyresourde, el Aspin y el Aubisque en una misma etapa. Henri Desgrange, el padre del Tour, había enviado a un emisario el año anterior para inspeccionar los puertos pirenaicos. Quería más espectáculo y dureza y estaba convencido de que la capacidad de sufrimiento de los ciclistas no había alcanzado su límite. Ese emisario encontró en el Tourmalet una pista forestal intransitable pero envío un telegrama a Paris en el que decía: “Superado el Tourmalet. Stop. Muy buena ruta. Stop”. Los Pirineos engrandecían la leyenda del Tour. El mítico Octave Lapize, ganador de aquella edición, dedicó a los organizadores una de las frases más terribles de la historia del Tour al coronar el Tourmalet: “¡sois unos asesinos!”.
Vicente Blanco, “El cojo” de Bilbao
En España el ciclismo no pasaba buenos momentos. Tras el boom de finales del siglo XIX la mayoría de velódromos había desaparecido y la popularidad del deporte perdía peso en beneficio de otras especialidades como el fútbol. La prensa deportiva consideraba al Tour como “la prueba ciclista más importante del mundo” y contaba con envidia el espectáculo anual de la grand boucle. “¿Llegaremos aquí algún día a imitar esos o parecidos ejemplos?” se preguntaban. En Bilbao llevaba varios años dominando las carreras locales Vicente Blanco, al que le apodaban “el cojo” por las evidentes secuelas que le habían dejado dos graves accidentes laborales cuando trabajaba en la metalurgia. Sin embargo, sobre la bici era invencible y en muchas tabernas de Bilbao colgaba su foto como ejemplo de ídolo local. Manuel Aznar, su mentor, le convenció para que se adentrara en la aventura del Tour. Era la única forma posible de agrandar su leyenda y competir con los mejores del mundo, casi todos ellos franceses. Los periódicos españoles de la época recibieron la noticia con entusiasmo y expectación. La de Blanco fue la historia de un sueño imposible. La Federación Atlética Vizcaína a la que pertenecía no pudo costearle el viaje a París y el ciclista se fue a la capital francesa pedaleando. Llegó agotado la víspera del inicio del Tour y en la primera etapa con final en Roubaix los adoquines de las carreteras y el cansancio le obligaron a retirarse. Exhausto y sin dinero regresó a su tierra convertido en el primer español que participaba en el Tour. Así fue hasta el pasado año. Joseph Habierre terminó en la 24ª posición en una edición dominada de principio a fin por el equipo Alcyon. Tres de sus ciclistas, Lapize, Faber y Garrigou ocuparon las primeras posiciones en la general y en las clasificaciones parciales. El jaqués mantuvo una regularidad absoluta y realizó meritorias actuaciones en complicadas etapas como la Roubaix-Metz, de 398 kilómetros. Esta segunda experiencia en la carrera francesa había colmado sus aspiraciones y decidió no volver más. Sus participaciones le habían otorgado cierta relevancia y respeto entre sus rivales y el mismo Desgrange le envía una carta: “Espero que este año vuelva a participar en el Tour de Francia. Antes de tomar una decisión, piense en la gloria que recae sobre todos los corredores que participan”. El padre del Tour no logró convencerle. Desde este momento, Habierre se empeña en conseguir la nacionalidad francesa. Los éxitos deportivos no eran suficientes y necesita sumar méritos. Se inscribe en la Legión Extranjera y participa en la I Guerra Mundial como cabo del batallón senegalés. Regresa cojo de una pierna y marcado por la metralla para siempre, pero recibe la Legión de Honor, la Cruz de Guerra, la medalla militar y, por fin, la nacionalidad francesa. El precio había sido muy alto. En 1920 se casa con Anne Loustalot, natural del cercano pueblo de Lurbe, y tiene dos hijos, Auguste y Cécile. Dos años antes de morir asegura al periodista de la revista Eclair-Pyrenées que “el Tour de Francia de ahora es cosa de mujeres, no sufren, llegan a meta en un sillón”. Lo dice en los tiempos épicos de Coppi y Bobet. Falleció en 1954 con 66 años atacado por el reumatismo, un cansancio crónico y un corazón debilitado por los esfuerzos de la bicicleta y la guerra.
Artículo publicado en la revista "Jacetania" que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum Editorial.
Sorolla vuelve a casa
Durante los próximos doce meses el gran mural de las regiones de España que Joaquín Sorolla pintó para la Hispanic Society de Nueva York recorrerá algunas de las principales ciudades de nuestro país. Será el acontecimiento cultural más importante del año y una oportunidad única de contemplar de cerca la monumental obra que el pintor valenciano creó entre 1911 y 1919 por encargo del multimillonario americano Archer Huntintong. La Jacetania, y principalmente Ansó, tienen un protagonismo especial en esta soberbia creación que regresa a España después de 80 años para ser exhibida públicamente por primera y última vez.
“Las regiones de España” es el nombre del gigantesco mural de 220 metros cuadrados que decora desde 1926 la Sala Sorolla de la sede de la Hispanic Society de Nueva York, una entidad fundada en 1904 por Huntintong para difundir la cultura de España y Portugal en Estados Unidos. El multimillonario americano dedicó buena parte de su vida y de su fortuna al conocimiento de la cultura hispana y a la adquisición de miles de libros y obras de arte españolas que nutrieron los fondos de su biblioteca y museo público.
En 1911 el magnate estadounidense encomendó a Sorolla la decoración de una gran estancia rectangular de la Hispanic Society con una serie de paneles que ilustrarían las diferentes regiones españolas a través de las peculiaridades de sus gentes y sus paisajes. El resultado fueron 14 murales de tres metros y medio de altura que plasman escenas cotidianas y folclóricas de Andalucía, Extremadura, Valencia, País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña, Galicia y Castilla-León. Muchos consideran este encargo como la obra magna de Sorolla. Le costó siete años de interminable trabajo, penosos viajes por todo el país y un esfuerzo físico y emocional que le dejó muy mermado. Un año después de concluir el último panel sufrió una hemiplejia de la que ya no se recuperaría.
La idea original de Huntington era la de revisar los principales hitos de la historia de España pero Sorolla le disuadió con el argumento de que una obra de tipo histórico le exigía investigar sobre cuestiones con las que no estaba familiarizado. Sin embargo, la serie de paisajes de las provincias españolas le otorgaba mayor libertad creativa. El pintor valenciano tenía claro que quería ofrecer una representación de España buscando lo pintoresco de cada región “pero que conste que estoy muy lejos de la españolada”, aclaró en una de las múltiples misivas cruzadas con el multimillonario.
Sorolla comenzó a trabajar inmediatamente después de cerrar con su mecenas los detalles del contrato el 26 de noviembre de 1911, por el que recibiría 150.000 dólares americanos. Recopila documentación escrita y fotográfica y viaja durante 1912 por todo el país para tomar anotaciones, realizar bocetos y adquirir objetos característicos de cada región. Desde el primer momento el artista sabía lo que quería para el panel dedicado a Aragón. “La encarnación máxima y más universal del espíritu aragonés se manifestaba en la jota”, había dicho en más de una ocasión. Así que decidido el argumento del lienzo, eligió Ansó y el traje ansotano para darle forma por su exuberante riqueza y colorido.
Casualmente, el primer apunte que realiza Sorolla nada más firmar el contrato tiene que ver precisamente con Ansó. Lo hace en su recién estrenado estudio madrileño del paseo General Martínez Campos en el mes de diciembre de 1911. Contrató a dos mujeres ansotanas que habían bajado a Madrid a vender los productos típicos de la región para que posaran durante dos sesiones. Es un magnífico cuadro a tamaño natural que llama “Abuela y nieta. Valle de Ansó” y del que todavía se conserva una interesante fotografía en la que se observa al pintor ultimando el grandioso lienzo. Ese primer trabajo establece el método de producción que el pintor seguiría en los años posteriores para preparar los catorce grandes murales: bocetos de tamaño natural, realismo puro en la captación de los elementos fundamentales y despreocupación por su conclusión.
Pocos meses después Sorolla emprende el trabajo de campo por todo el país. Del 20 al 28 de agosto de 1912 se establece en el valle del Roncal, donde realiza dos grandes estudios bajo el título común de “Tipos del Roncal”. El pintor aprovechó la celebración de la fiesta en honor a la Virgen del Castillo para captar multitud de elementos y realizar diversos estudios previos que después utilizaría en la ejecución del mural definitivo dedicado a Navarra. La técnica siempre era la misma: primero dibujaba escenas individuales que después trasladaba a la obra final. En este acopio de documentación se apoyaba también en el trabajo de los fotógrafos que le acompañaban ocasionalmente.
El 20 de agosto, día de la Virgen del Castillo, el fotógrafo de turno es el jaqués Francisco De las Heras, a quien Sorolla debió de conocer en Jaca en alguna de sus habituales estancias veraniegas. Y es que la vinculación del pintor valenciano con la capital de la Jacetania fue mucho más que casual, como luego podremos comprobar. La instantánea de los integrantes de la Junta del Valle del Roncal accediendo a la ermita con las banderas de sus respectivas localidades es la que Sorolla utilizará dos años después para pintar el mural de Navarra para la Hispanic Society. De aquella jornada de romería en el valle navarro Francisco De las Heras realizó una valiosa colección de postales de la que apenas se conserva alguna imagen suelta.
El día 24 de agosto el pintor viaja a Ansó donde permanece tan sólo unas horas. A ese momento pertenece su ensayo “Tipos aragoneses”, que actualmente se puede contemplar en el Museo Sorolla de Madrid. El artista escribe a su mujer, Clotilde García, una carta desde el valle ansotano en la que le confiesa que “Ansó es admirable para pintar figuras; así es que cuando tenga que hacer estudios para el cuadro de Aragón volveré aquí”. Y así lo hizo en el verano de 1914, pero esta vez acompañado de su esposa y sus tres hijos. Hasta entonces el artista se somete a un gran esfuerzo físico como consecuencia de los numerosos desplazamientos que tiene que realizar por todo el país. Las condiciones de los viajes eran penosas y los alojamientos infames. A sus 49 años de edad los achaques comienzan a ser habituales. 1912 culmina con la realización de veinticinco grandes estudios, innumerables apuntes de menor formato y varios gouaches. El trabajo de recopilación ha sido fructífero.
Después de un año de trabajo en su estudio madrileño Sorolla vuelve a viajar con la intención de ejecutar in situ algunos de los paneles definitivos. En agosto de 1914 llega a Jaca y se instala hasta principios del mes de septiembre. La idea del baile como expresión del carácter festivo y vigoroso de los aragoneses es el fundamento del mural que dedicará a nuestra tierra. Y los ansotanos sus protagonistas indiscutibles. La larga estancia de la familia Sorolla pasa prácticamente desapercibida en la prensa local de la época. Sólo un gran acontecimiento social rompe esa discreción. El 7 de septiembre contrajo matrimonio en la catedral de Jaca la hija del pintor, Maria Clotilde, con el también artista valenciano Francisco Pons. El enlace estaba previsto en Madrid pero Sorolla obliga a su hija a casarse en Jaca porque no desea realizar nuevos desplazamientos. Está absolutamente inmerso en su trabajo y quiere plena dedicación. El padre regala a la hija un apunte de un paisaje jacetano.
El mes y medio que la familia pasa en Jaca es de una actividad frenética para el pintor. Con toda la información recopilada en su estancia en el valle de Roncal en 1912 realiza el panel dedicado a Navarra sin necesidad de salir de la Jacetania. Más complejo es el proceso de creación de “La Jota”. Sorolla realiza diversos bocetos en los que combina las figuras agitadas de unos niños joteros con los perfiles casi estáticos de dos mujeres ansotanas ataviadas con su característica indumentaria, que tanto había impresionado al pintor en su primer viaje al Pirineo.
Otro estudio preparatorio, titulado simplemente “Aragón”, mezcla nuevamente a joteros y músicos entonando guitarras y bandurrias con dos mujeres ansotanas, en un intento de contraponer la sobriedad de éstas últimas con el desenfreno de las aguerridas danzas. El fondo elegido es un caudaloso río, en alusión al Ebro, que se pierde en las montañas nevadas que se divisan en el horizonte. Paralelamente Sorolla realiza numerosos estudios paisajísticos de los alrededores de Jaca que acabará utilizando en la realización del panel definitivo.
Finalmente se centra en exclusiva en un grupo de ansotanos que danza de forma vigorosa, mientras en un primer plano un mozo corteja a una muchacha. A juicio de los expertos, “a partir de este panel la técnica de Sorolla evoluciona hacia una mayor amplitud de trazo. Las figuras quedan completamente envueltas por los perfiles sinuosos de las montañas del paisaje ansotano, con el que llegan a fundirse los personajes como si las montañas y esos hombres y mujeres estuviesen constituidos de la misma sustancia”. El pintor, impresionado por el traje ansotano, descartó los bocetos previos en los que planteaba la incorporación de los típicos baturros, y optó por el aspecto casi pétreo de la singular indumentaria de Ansó. Como ocurre en otros murales, el paisaje de fondo no corresponde a la escena plasmada. Se trata en realidad de las estribaciones pirenaicas correspondientes a Jaca y sus alrededores, una opción elegida por el artista tras desechar la idea original de dibujar el perfil de Zaragoza o algún monumento representativo de la tierra.
Según José Luis Díez, subdirector del Museo del Prado, “tanto por su original iconografía como por la potente expresividad de su planteamiento plástico, este panel es probablemente uno de los más equilibrados de la serie, a lo que contribuye no poco la sencillez de su composición, en la que el pintor huye de cualquier artificio de juegos de escorzos y perspectivas”.
Concluido el trabajo programado, Sorolla abandona Jaca a mediados del mes de septiembre de 1914 camino de San Sebastián, donde realizará el panel dedicado al País Vasco. Ya no regresará a Aragón. En los años siguientes su entrega al encargo de la Hispanic Society es tan absorbente que se convierte en una obsesión perniciosa. En una carta dirigida a su mujer le reconoce que “no debía haberme comprometido con esa obra tan larga y pesada”. En 1918 Huntintong le visita en España y deja escrito en su diario la triste impresión que le causa su aspecto: “Sorolla no goza de muy buena salud. Está más delgado y débil y me preocupa su estado. Le encuentro decaído en general y muy cansado”.
En junio de 1919 Sorolla finaliza el último de sus paneles para la Hispanic Society, el dedicado a la pesca del atún en Ayamonte, sin duda uno de los mejores de toda la serie. Pocas horas después recibe la felicitación personal de Alfonso XIII, que había seguido de cerca todo el proceso de creación y había mediado infructuosamente para que los cuadros se expusieran en España antes de viajar a Nueva York. Un año después el pintor sufre un ataque de hemiplejia que le aparta de sus pinceles para siempre. Murió en 1923 en su casa de Cercedilla, tres años antes de que se inaugurara oficialmente la Sala Sorolla de la Hispanic Society.
Artículo publicado en la revista "Jacetania", que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum Editorial.

