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10/06/2008

El último partido

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Hoy debuta España en la Eurocopa pero he de confesar que el partido no ha logrado despertar mis efluvios futbolísticos. España no me pone, definitivamente. Y el fútbol cada vez menos. Pero hoy he leído en El País un reportaje de Vitorio Duque de Seras sobre el último partido internacional que disputó la selección de la España republicana; fue un 3 de mayo de 1936, dos meses antes de que estallara la Guerra Civil. Y este texto sí que ha logrado captar mi atención, aunque sólo tenga una relación transversal con lo que hoy se cocina en Innsbruck. El artículo tiene un incontenible e inevitable hedor melancólico, porque es una historia que acaba mal.

Berna, 3 de mayo de 1936. Estadio de Neufeld: 12 jugadores españoles, junto al seleccionador y un directivo, posan para una foto antes de enfrentarse a la selección suiza. Sobre el pecho, el escudo de la Federación Española de Fútbol. Un cronómetro suizo se alza desafiante a sus espaldas. La publicidad reza Zenith, die genaueste Uhr, que, traducido al castellano, viene a decir algo así como Zenith, el reloj más exacto. Aquel formidable equipo de España había llegado a su cénit aquella mañana suiza. Un grupo de futbolistas que jamás volvería a reunirse tras esa foto. Dos meses después, la Guerra Civil dio un zarpazo brutal a la furia que nació en Amberes. Sólo uno de ellos, Gorostiza, volvería a enfundarse la camiseta nacional.

Tras la guerra, Blasco, Luis Regueiro, Lángara, Aedo y Ventolrá siguieron sus exitosas carreras profesionales en México. Zubieta, el jugador más joven en debutar con la selección absoluta y que esa tarde alcanzaba su segunda y última internacionalidad con 17 años, llegó a ser todo un ídolo en Argentina. Fue capitán del San Lorenzo de Almagro y ha sido el jugador que más veces se ha enfundado la camiseta del club argentino. Muguerza y Guillermo Eizaguirre se retiraron del fútbol. Zabalo triunfó en Francia. Roberto Echevarría, Lecue y Gorostiza siguieron jugando en nuestra Liga. Pero ya nada fue lo mismo. Un océano de penosas circunstancias había separado a aquellos 12 futbolistas para siempre.

"Cuando mi padre se fue de gira con la selección vasca durante la guerra, lo hizo porque era un deportista. Era un futbolista. Si sus compañeros iban, él tenía que ir", relata emocionado el hijo de Aedo desde México. "No podía estar parado. Mi padre era un aldeano de Barakaldo que no entendía de política. Inconscientemente, tomó una decisión deportiva que tuvo consecuencias políticas. Pero era un hombre de principios. Cuando a los jugadores vascos exiliados se les ofreció regresar, la mayoría de aquella selección vasca optó por no hacerlo", añade; "habían tomado una decisión y la siguieron hasta el final. Mi padre no volvió a ver a su madre. Mi padre no regresó para firmar con el Barcelona, con quien lo tenía hecho para la temporada 1936-1937 por un dineral. El valor de una palabra dada, aunque vaya en contra de tus intereses, era sagrado para él". La ropa de invierno de su padre estuvo muchos años esperándole en una maleta en la sevillana pensión de las hermanas Conde, lugar donde vivía antes de la guerra Serafín Aedo, entonces jugador del Betis.

Simón Lecue, el jugador que marcó el último gol de aquella España republicana aquel día en Berna, pasaba el verano de 1936 en su Arrigorriaga natal. Al estallar la guerra, un directivo de la federación le recogió en su coche y, vía Barcelona, le trasladó a Madrid. El niño de oro debía estar a buen recaudo, lejos de riesgos para la entidad que había invertido muchísimo dinero en su contratación. Una vez terminada la guerra y según reza su ficha federativa, fue sancionado con seis años de suspensión seguramente "por jugar donde no debía". La pena le fue conmutada por la de seis meses de suspensión.

Gorostiza, que se enroló en la selección vasca durante el periodo bélico, decidió regresar a España. Volvió a vestir la camiseta roja en la entonces España franquista. Acabó sus días en un asilo, olvidado de todos, como recoge el maravilloso documental de Manuel Summers Juguetes rotos. Para unos fue un traidor. Para otros, un héroe. Él sólo fue un futbolista. Cuando no les fue útil, le abandonaron los unos y los otros. Paradojas del destino: su último partido con la selección española fue ante Suiza, como sus compañeros de foto de 1936, pero el día de los inocentes de 1941.

El 22 de julio de 2006, y sobre el mismo césped de Berna, un miembro de esa misma Federación Española de Fútbol mira su reloj. Piensa en un segundo que ha llegado al cénit de su carrera arbitral. Va a dirigir la final del Campeonato de Europa sub 19 femenino entre Alemania y Francia. Se llama Paloma Quintero Siles. Ella no sabe lo que pasó en el Neufeld Stadion hace 70 años. Le llama la atención el viejo graderío con bancos de madera. Parece como si... Pero sí, ha pasado el tiempo. Mucho tiempo. Y ha pasado para bien. Ella es una excelente muestra de ello.

10/06/2008 09:43 Autor: juangavasa. #. Tema: Eminencias No hay comentarios. Comentar.

05/06/2008

Eugene Smith

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La primera y única vez que tuve un ejemplar de la revista Life en el que aparecía publicado el famoso reportaje “Sapanish Village” del fotógrafo americano Eugene Smith fue en una tienda de GAP en Montreal. Insólito lugar, sin duda, para tan prometedor y efímero encuentro. En la tienda de ropa habían diseñado un espacio dedicado a moda mediterránea, o lo que ellos desde Canadá identificaban como tal: un empacho de colores estridentes que pasaba en varios pueblos a lo que aquí entendemos como un hortera contenido. En resumen; que era un horror.  Siempre he sospechado que para los canadienses el concepto de Mediterráneo era un confuso cruce de leyendas medievales y oníricos paisajes de postal donde todo es posible.

Los de GAP, no contentos con dejar en evidencia nuestros gustos estéticos, habían decorado la “zona mediterránea”  con grandes fotos de Mikonos y Creta; una réplica de las utilitarias Vespas romanas que popularizó Fellini, unas panorámicas de la Costa Azul y como remate una pequeña librería nutrida con libros de España. Aparentemente los interioristas de GAP no se habían roto la cabeza. Casi todos esos libros tenían más de 50 años; uno de ellos era un bello tomo de fotografías en blanco y negro de la Andalucía de los años 60 del pasado siglo. Cada foto estaba acompañada por un verso de Lorca, Machado o  Miguel Hernández.

Junto a él, casi humillado por la incontinencia de los grandes libros de fotografía que poblaban la librería, permanecía discreto y ninguneado un viejo ejemplar de LIFE, roído por las puntas como casi todas las viejas revistas. Era el número del 9 de abril de 1951 en el que Eugene Smith publicó el reportaje “Spanish village”. Ese pueblo español era Deleitosa, en Cáceres, y el fotógrafo no lo eligió por casualidad.

Con la revista en mis manos me agarró por el cuello la lógica y muy razonable tentación de robarla. ¿Para qué iban a querer estos canadienses este ejemplar ajado de LIFE? ¿Qué coño sabían ellos de España y de Deleitosa? Seguro que no echarían en falta la revista si me la llevaba. Pero no me la llevé. Se impuso mi proverbial canguele ante estos episodios de ansiedad delictiva y empecé a imaginar alarmas ensordecedoras y vigilantes de dos por dos (ahí en Canadá todos los guardas jurados y los policías tienen esa proporción), abalanzándose sobre mi para evitar el formidable hurto. Así que el ejemplar de LIFE se quedó en el GAP de Montreal y yo me fui derrotado y convencido de que a esos vigilantes seguramente la dichosa revista se la traía muy floja.

Eugene Smith ha vuelto a España gracias a la exposición que se ha montado en el Teatro Fernán Gómez de Madrid con motivo del certamen “PhotoEspaña”. El reportaje que realizó en mayo de 1950 en Deleitosa por encargo de la oficina de LIFE en París provoca un nudo en el estómago por su crudeza y realismo descarnado. No podía ser de otra forma en una España miserable como aquella. Siempre he considerado este trabajo como el mejor retrato posible de la España franquista, un adagio visual que es posible elevar a una dimensión todavía más tenebrosa con la música de fondo de otro adagio, el de Barber.

Smith formó parte del primer contingente de fotógrafos extranjeros que entró en España a partir de 1950. Cartier Bresson, Robert Frank, Jean Dieuzaide o William Klein recorrieron con mayor o menor intensidad algunas de las regiones españolas que ofrecían el catálogo más completo de tópicos y arquetipos del país. Casi todos ellos lo hicieron desde una óptica artística, buscando casi lo antropológico a partir de planteamientos estéticos que reforzaban la idealizada visión que tenían de la vigente España medieval.

Smith, sin embargo, era ante todo un reportero gráfico y quería hacer periodismo. Acompañado de su ayudante Ted Castle viajó por casi todo el país buscando un pueblo que representara la esencia española. El encargo buscaba mostrar los problemas de aprovisionamiento que sufría la España interior en pleno bloqueo internacional, más como una pretensión de narración costumbrista que de periodismo de denuncia. Por eso las autoridades franquistas, tan espabiladas y eficientes ellas, no pusieron ninguna traba burocrática al fotógrafo americano, que sería el primer reportero autorizado a moverse con cierta libertad por España desde el final de la Guerra Civil. El franquismo creía que era una oportunidad fantástica de denunciar una vez más la habitual conjura judeo-masónica y de mostrar al mundo el espíritu libertador del régimen. Pero ese espíritu vagaba como alma en pena en un país desolado e inmerso todavía en la memoria colectiva del horror.

El fotógrafo lo vio claro muy pronto: “Voy a intentar entrar en el pueblo español a fin de describir la pobreza y el miedo engendrado por el régimen franquista". Los franquistas tardaron bastante más, cuando ya no había remedio y el reportaje se preparaba en las rotativas de LIFE en París. Smith escribió una carta a su madre con un tono epifánico: “será algo absolutamente irrefutable, como lo fueron mis fotos de la guerra”. Y es que cuando el fotógrafo llega a España arrastra una larga experiencia en algunos de los acontecimientos más importantes de la época; sobre todo la segunda Guerra Mundial que cubrió en el frente del Pacífico en Pearl Harbor. Por lo tanto, no era un advenedizo, sabía lo que quería y tenía la capacidad de descifrar los mensajes implícitos de las situaciones extremas.

El objetivo de su cámara se enfocó desde el primer momento en ofrecer la versión real de España, alejada del ridículo mesianismo franquista. Lo que el fotógrafo de Kansas tenía ante sí era un conmovedor paisanaje, “una suerte de reivindicación del orgullo y la fortaleza moral de unas gentes obligadas a sobrevivir en condiciones de extrema dificultad”, según sus propias palabras. Smith  y Castle acompañados por su guía, Nina Peinado, estuvieron en Deleitosa (un pueblo de apenas 2.000 habitantes), varios días retratando la cotidianeidad simple y llana. No necesitaba recrear la realidad. Su descripción de los modos de vida de una pequeña comunidad de la España rural más marginal  fue perturbadora. El ritual de la muerte, las celebraciones religiosas, la actividad en el campo, las hilanderas o la intimidad de una casa desvencijada fueron el mejor antídoto para la perversión de la propaganda oficial.

Consciente de ello, Smith se fue el 23 de mayo a Madrid para revelar el material con la intención de regresar para finalizar el reportaje. Antes de llegar a la capital había hecho la más famosa de todas sus fotos: el trío de guardias civiles, tétrica estampa de un país acongojado. Castle se quedó en Madrid y el fotógrafo volvió a Deleitosa pero ya no pudo hacer ninguna foto más porque las autoridades le buscaban para incautar los negativos. Un año después, las fotos dieron la vuelta al mundo.

Smith no quería retratar la belleza, quería la verdad. No hay tipismo en sus imágenes ni tópicos recurrentes. No se encuentran en su producción las hermosas gitanas que retrató como nadie Dieuzaide (la más bella de todas la Gitana del Sacromonte (1951), que mira con el rostro iluminado al horizonte mientras su hijo de meses mama en su pecho desnudo). O la gitana rumana que tiempo atrás había fotografiado Ricardo Compairé en el mercado de Huesca. Smith fue despedido cinco años después de LIFE por incompatibilidad con sus jefes, pero siguió siendo uno de los reporteros gráficos referenciales. Estuvo en el 69 en Woodstock, cuando sus problemas con el alcohol y el dinero le empujaban por ambientes poco aconsejables. Dos años después se fue como profesor a Tucson y falleció en 1978. Desde entonces cada año se concede el premio “W. Eugene-Smith” al mejor reportaje fotográfico.

05/06/2008 00:05 Autor: juangavasa. #. Tema: Eminencias Hay 3 comentarios.

15/04/2008

Ignacio Ara

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A Antón Castro, que me descubrió al "catedrático del boxeo", de Sigüés.

 

Ignacio Ara está considerado uno de los mejores boxeadores españoles de todos los tiempos. Fue Campeón de Europa de los pesos medios en el lejano 1932. Ningún otro púgil español de su categoría lo ha vuelto a lograr. Le llamaban el “catedrático del boxeo” por su elegancia y su prodigiosa rapidez de movimientos. A Ignacio el apellido le delataba. Era aragonés, de Sigüés. Allí nació en 1909. El universo del boxeo tiene encumbrado a Ignacio Ara como una figura estelar de su particular historia. Lo tiene desde que protagonizó en la década de los años 30 del pasado siglo algunos de los duelos más feroces y violentos que se recuerdan con el francés Marcel Thil, al que nunca pudo vencer y al que tampoco nunca le pudo arrebatar la corona de Campeón del Mundo, que logró en 11 ocasiones. La última vez que lo intentó fue en mayo de 1935 en un memorable combate celebrado en la plaza de toros de Madrid.

            Ara era el hombre del momento, sólo él podía convocar a 30.000 personas para presenciar un duelo que olía a revancha y orgullo herido por los cuatro costados. Ya se habían enfrentado por primera vez en 1933 en París: los cronistas aseguran que había ganado el aragonés pero los jueces decidieron lo contrario. Dicen que aquel choque fue brutal, se repartieron mamporros sin freno y los dos salieron malparados.

            Un año y medio después tuvo lugar la revancha también en la capital francesa pero Ara midió mal sus fuerzas. El francés, un tipo rocoso y experimentado, le propinó una soberana paliza que le dejó maltrecho. No tuvo opción en ningún momento. El de Sigüés no escarmentó y retó a Thil a un nuevo combate, el de la madrileña plaza de toros.

            La historia se repitió, pero el guión fue bien diferente al de ocasiones anteriores. Ara perdió nuevamente pero su formidable actuación le permitió mantener intacto su prestigio y, sobre todo, su dignidad. El semanal AS lo resumió perfectamente: “Ignacio Ara vencido, pero no derrotado, por Marcel Thil, Campeón del Mundo del peso medio”. La crónica de aquel combate se enmarca en la galería de excelencias literarias de la prensa deportiva de la época.

            El popular semanario le dedicó al duelo la portada de su número del 3 de junio de 1935. La imagen resume lo que fue la pelea; un rudo e imperturbable Thil castiga sin compasión al boxeador aragonés, que apenas puede mantenerse en pie. Sus músculos tensionados y el pelo desbaratado hablan por si solos. En el interior de la revista la crónica se extiende en detalles de lo que fue un verdadero acontecimiento nacional. Era la primera vez que la capital española albergaba un Campeonato del Mundo y uno de los aspirantes era aragonés, de Sigüés.

            De Ara decía Angelo, el cronista deportivo de AS, que era “bien proporcionado, limpio, fino y elegante, aunque parece también más frágil que su rival. Sin saber sus características, sin conocer sus estilos, bastaría verlos bajo la luz de los reflectores formando el grupo con el árbitro rubicundo y serio, ante la batería de fotógrafos, para pronosticar exactamente qué clase de combate va a hacer cada uno”.

            No se equivocaba; el combate transitó por esos derroteros. “Ignacio Ara, indiscutiblemente más boxeador que su rival, en el sentido de que el boxeo es algo más que un ejercicio de pura y bruta fuerza, domina francamente a lo largo de los primeros asaltos. Brilla su estilo variado y magnífico frente a la torpeza maciza de su adversario, que se empequeñece en la comparación, encorvándose, replegándose, hundiendo su cabezota en el pecho”.

            En palabras de Angelo, el especialista en boxeo del AS, “Ignacio Ara es el matador inteligente y fino; Thil es el toro robusto y poderoso que embiste”. Mal asunto si las fuerzas del aragonés se agotaban antes de tiempo, como así fue. “¿qué valen las embestidas desprovistas de belleza, constantes pero lentas, ante la elegancia de los pases del matador?”, se preguntaba el periodista. Thil no es un toro de sangre sino de granito y todo ese despliegue de golpes que realiza Ara choca contra un muro que parece recibirlos casi sin inmutarse.

            Las 30.000 almas que abarrotan la plaza de toros gritan “Ara, Ara, Ara”, es un coro ensordecedor asegura el periodista, que pretende empujar al jacetano a una victoria que se hace cada vez más incierta. El francés digiere las embestidas de su rival y comienza en el último tercio una ofensiva salvaje que le llevará al triunfo final. “Aunque Ara rehuía el cuerpo a cuerpo, no podía evitar el abrazo de oso de su rival, que le golpeaba en los costados. Marcel Thil sabía bien que en ello estaba su fuerza”. El desenlace está cerca y Angelo describe unos minutos angustiosos que parecen horas: “Los golpes del francés han llegado con toda su fuerza a su rostro y han tenido una repercusión en el cerebro, exactamente en el momento en que las piernas empiezan a flaquearle. Embadurnado en sangre, atontado por los golpes, no pierde la claridad de su juicio; sabe lo que puede pasarle y lo evita”.

            En el decimotercer asalto el árbitro declara vencedor al francés en medio de la bronca general. Pero no hay duda; Thil renueva su título mundial con toda justicia. El periodista, con arrobo patriótico, asegura que “el estilo de Ara, su boxeo claro y brillante, su valentía y su corazón han valido más que toda la resistencia, toda la labor de basto obrero del “ring” del Campeón del Mundo”.  En el cenit de su carrera, Ignacio Ara salió del envite magullado pero con el orgullo alimentado por una afición que lo veneraba. Sin embargo, nunca más volvería a aspirar a grandes empresas. Sus sueños de gloria se quebraron en aquella velada madrileña con 30.000 enfervorizados aficionados como testigos del inicio del largo y lento declive. En 1968, ya retirado, confesaba en una entrevista concedida al prestigioso periodista deportivo Pedro Escamilla, que “no llegué, como me exigía mi hombría, a campeón del mundo del peso medio. Una vez porque me robaron, otras, porque me vencieron”.

 

La historia de un montañés

Ignacio Ara nació en abril de 1909 en Sigüés, donde apenas permaneció unos meses porque sus padres emigraron a Mauleón, al otro lado de los Pirineos. No era el viaje de las golondrinas, que cruzaban la cordillera con la caída de la hoja para regresar en la primavera. Era un viaje definitivo, sin retorno. Las prósperas fábricas de alpargatas de la localidad francesa eran el destino de un exilio económico español que huía de la miseria diaria. El padre de Ignacio, Mariano Ara, comenzó a trabajar en una de esas fábricas y alcanzó el puesto de encargado. Vicenta, la madre, se empeñó en la educación del hijo. Fueron seis años de intensas vivencias en una casita llamada “Chalet Vicenta”. Ignacio creció hablando castellano y francés.

En 1916 la familia decide regresar a España y se instala en Jaca, donde uno de los abuelos regentaba una talabartería. La amenaza alemana en la primera Guerra Mundial convence a los Ara de la necesidad de desandar el camino y buscar espacios más seguros. Jaca lo es. Fue una decisión temporal, condicionada por los acontecimientos internacionales, pero en la mente de Mariano Ara no se borra la idea de regresar a Francia tan pronto como finalice la guerra.

Instalados de nuevo en “Chalet Vicenta” los Ara retoman la normalidad. Ignacio estudia en un colegio de frailes, donde el padre Abadie le inculca el amor por el deporte, por cualquiera de ellos sin distinción. Son tiempos en los que el ciclismo genera pasiones en Francia. El Tour en esas fechas ya se ha consolidado como uno de los grandes acontecimientos deportivos mundiales. Pero el pequeño de los Ara se va arrastrando por otros derroteros. En las habituales trifulcas con compañeros de clase descubre la fuerza de sus puños y su marcado instinto de supervivencia.

 Es un tipo de profundos contrastes. Cultiva al mismo tiempo un perfil duro y agresivo con otro inquieto y sosegado. Le anuncia a su padre que quiere ser cocinero y viaja a Paris para trabajar como pinche en el Hotel Point-Neufe. En realidad, es una salida de urgencia ante la rotunda negativa de su padre a que se dedique a la pelota-mano, su verdadera pasión. En París, sin el ojo escrutador de su padre, encuentra tiempo para jugar en un frontón cercano junto a un joven que pronto haría historia, Paulino Uzcudun, un exleñador que acabaría siendo leyenda del boxeo y varias veces aspirante a la corona universal de los pesados ante Joe Louis y Max Schmelling.

Junto a ellos también está otro vasco de oro, Isidoro Gaztañaga. Los tres entrenan casi a diario en el gimnasio Anastesie, donde Ignacio Ara va comprobando poco a poco que lo que realmente le produce fascinación es el boxeo. El escritor y periodista Antón Castro, profundo conocedor de la vida de Ara, cuenta que en ese gimnasio el de Sigüés “se quedaba entusiasmado con un tipo llamado Molina, era un auténtico bailarín de claqué que soltaba las manos con la velocidad del rayo”.

El destino de Ignacio Ara está marcado. En 1925 acompaña a su amigo Gaztañaga a San Sebastián y casi por azar se planta encima de un cuadrilátero ante el italiano Ambrosoni; le bastó un asalto para dejarle KO. De este episodio es probable que surja también el error divulgado en los últimos tiempos por el Archivo Auñamendi y alguna enciclopedia de boxeo, sobre el origen donostiarra de Ignacio Ara. 

            Tras aquél primer combate victorioso, el aragonés ganó los 36 siguientes y el campeón español del momento, Ricardo Alis, le evitó para ahorrarse desagradables sorpresas. Tras un desastroso encuentro con sus padres, que no aprobaban la nueva profesión del hijo, Ignacio regresa a París con la obsesión de hacerse rico y ganar el cetro mundial. Peleó en un combate memorable con un tal Valclaund, según indica Antón Castro, y desde ahí dio el salto al Albert Hall de Londres y Nueva York, donde combatió en 1929 con Eddie Bowie. Un comentarista escribió de Ara: “es el boxeador extranjero de mayor combatividad que he visto en mi vida. Su estilo es maravilloso”.

            Pocos días antes de ese viaje a Estados Unidos, Ignacio estuvo en Jaca. Así informó de su estancia El Pirineo Aragonés: “Está en Jaca este simpático y popularísimo paisano nuestro. Bien merecido tiene tal título: nació en Sigues y en Jaca pasó los primeros seis años de su niñez. De nuestra ciudad se acuerda muy gratamente. Por eso, después de repetidos y notables triunfos en sus luchas de boxeador, admirando a inteligentes públicos de populosas capitales extranjeras. Ignacio Ara quiere visitar a Jaca y a Sigues con toda su cordialidad y simpatía. Después, inmediatamente, va a volver a Norte América, donde ha de cumplir contratos de importancia. Bien venido, Ignacio, y venga esa mano, pero sin apretar mucho ¿eh?”

            En 1930 se fue a La Habana, uno de los puntos de ebullición del boxeo mundial. Allí ganó a José de la Paz, Jimmy de Capua y Relámpago Sagüero, uno de los mejores boxeadores cubanos de todos los tiempos. En ese momento ya era uno de los púglies más importantes del mundo. El especialista en boxeo cubano, Melchor Rodríguez, le otorgaba no hace mucho tiempo la categoría de “rutilante estrella mundial”, a la altura de Jack Dempsey o Joe Dundee, al que vapuleó sin compasión en un memorable combate en febrero de 1931.

            Tras hacer las Américas y recién proclamada la II República Ignacio Ara regresó a España y por fin pudo pelear con Ricardo Alis. Le duró unos segundos. Al año siguiente ganó el Campeonato de Europa de los medios ante el austriaco Kar Neubauer, paso inmediato para atacar el cetro mundial que nunca pudo conquistar.

 

La posguerra y el declive

Ara pasó la Guerra Civil en Buenos Aires y cuando acabó volvió para continuar con un desenfrenado carrusel de combates que alcanzaría los 300. Un palmarés inigualable que todavía hoy sigue impresionando. Se retiró en 1947 con 38 años, justo después de coronarse campeón nacional de los pesados. Desde entonces se dedicó a entrenar. Lo hizo en Buenos Aires con Fred Galiana; lo hizo en Salamanca con los olímpicos españoles que iban a competir en México 68, lo hizo con un tal Tony Leblanc, al que enseñó todo lo que tenía que saber sobre el boxeo. Así lo confesaba el actor en una reciente entrevista realizada en el diario ABC, en la que recordaba sus remotos inicios como púgil.  

            Ignacio Ara murió en 1977 en Buenos Aires, la ciudad que se había convertido en su pequeña patria. Nació aragonés, creció francés y murió con la nostalgia porteña. El jacetano está enterrado en el popular cementerio de La Chacarita, junto a Carlos Gardel y otras leyendas del boxeo argentino como Luis Angel Firpo y Ringo Bonavena, el púgil asesinado por la mafia por no aceptar la abyecta orden de tirarse en el quinto round de su último combate. Un clásico del lado oscuro del boxeo. De Ignacio Ara escribieron en Buenos Aires que era “el catedrático de las doce cuerdas, tan querido de la afición argentina”. Ahí descansa, junto a Carlos Gardel.

 

Artículo publicado en el número 219 de la revista Jacetania.

15/04/2008 08:45 Autor: juangavasa. #. Tema: Eminencias Hay 3 comentarios.

10/03/2008

Xavi Brescó

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En Casa Escolá siempre se había hecho chocolate. Así al menos se lo repetían los más viejos del lugar a Francisco Brescó, propietario de la tienda de ultramarinos de la calle Mayor de Benabarre.

            El suyo era el colmado de toda la vida, una especie del medio rural en peligro de extinción, en el que se vendía desde pan hasta la última urgencia cotidiana. En la memoria del pueblo todavía flotaba el aroma difuso a chocolate negro, como incierta huella de un pasado no demasiado remoto.

            Y resultó ser cierto. En 1985 Francisco Brescó descubrió en el altillo de la casa los viejos manuscritos del abuelo con las recetas de la elaboración del chocolate y los instrumentos con los que se hacía. Los viejos del pueblo tenían razón.

            Aquél hallazgo tenía la forma de una herencia tardía. El abuelo había fabricado chocolate hasta que su muerte en 1936 truncó una tradición que, parece ser, se remontaba hasta 1830. Demasiado peso familiar para obviarlo.

            El chocolate pasó a ser otra vez el alma de la economía de Casa Escolá. Francisco Brescó falleció en un desgraciado accidente en 2003 y su hijo Xavi, que estudiaba en el seminario de Barbastro, decidió colgar los libros para continuar con la tradición familiar. “Yo trabajaba con mi padre en verano y en vacaciones. Recordaba de niño que él había empezado a trabajar con el chocolate y que pasaba horas en el obrador. Yo me fijaba en cómo lo hacía y con esos recuerdos comencé a fabricarlo yo. Alguna vez se me quemó pero he progresado”.

            Xavi ha madurado con rapidez. Con quince años apartó las inquietudes de un adolescente y se puso al frente de una empresa familiar que crecía gracias al chocolate de piedra, elaborado casi con los mismos métodos rudimentarios que utilizaba el bisabuelo. “No han cambiado muchas cosas. Evidentemente hemos incorporado máquinas que nos permiten producir más cantidad para responder a la gran demanda que tenemos, pero modernizarse mucho supone perder el sello de artesano y es llevar también la herencia de mis antepasados a la nada”.

            Ha recibido clases del gran pastelero catalán Lluis Morera, que trabajó muchos años en la prestigiosa marca Valor. “Él me está formando para dar el salto de calidad que pretendemos, sin perder nuestra esencia”. Y sobre esa delgada línea  han construido un sello propio apoyado en una amplia gama de productos que abarca desde el chocolate negro clásico (50% de cacaco) hasta el novedoso chocolate con frutas del bosque o naranja, los bombones de coca-cola y los que llevan maíz salado. “Tenemos más de cien tipos de bombones y chocolates de todo tipo. Tenemos puntos de distribución en todo el Pirineo oscense y catalán, en algunos puntos del país y en Japón, Alemania e Inglaterra”.

            Hace cuatro años abrieron una nueva nave al pie de la carretera N-230 en la que trabajan siete personas. “Con los embutidos y los quesos somos los tres pilares de la economía local. Yo siempre tuve muy claro que tenía que continuar con esto por mi familia y también por Benabarre, porque nuestro chocolate trae turismo y se nos conoce fuera. Soy feliz aquí, soy montañés y aragonés hasta la médula, sólo hace falta que nos den oportunidades para quedarnos aquí. Yo la he tenido”.

La foto es de Jacques Valat y pertenece a la exposición "El rostro del Pirineo" de la Diputación Provincial de Huesca

10/03/2008 13:09 Autor: juangavasa. #. Tema: Eminencias No hay comentarios. Comentar.

28/02/2008

De las Heras

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Francisco De Las Heras está considerado el fotógrafo más prolífico de Aragón del primer tercio del siglo XX. Este dato para la estadística sería irrelevante si no se tuviera en cuenta las condiciones en que desempeñó su trabajo. Lejos de los grandes centros urbanos y siempre a remolque de las innovaciones que irrumpían en el joven mundo de la fotografía, De Las Heras desempeñó en Jaca desde 1910 hasta 1945 una intensa actividad que sólo ha sido reconocida medio siglo después de su muerte. Fue un fotógrafo discreto y silencioso, sin veleidades artísticas ni pretensiones intelectuales, un obrero de la cámara que recorrió buena parte del Pirineo en busca de la noticia y del tiempo perdido.

De las Heras nació en 1886 en Torre de Valdealmendras (Guadalajara). Con 22 años se traslada a Zaragoza y comienza a trabajar en el estudio del prestigioso Coyne, uno de los referentes indiscutibles de la fotografía aragonesa. Junto a su privilegiado maestro se sumerge en las nuevas técnicas y aparatos que impone el mercado y participa en algunos de los acontecimientos más notables de la época como la Exposición Universal de 1908.

Dos años después siente que ha alcanzado la madurez suficiente para emanciparse profesionalmente y se traslada a Jaca para dar continuidad al negocio del recientemente fallecido Félix Preciado. La llegada de De las Heras a la ciudad pirenaica es recogida por el semanario local, El Pirineo Aragonés, como un acontecimiento. Se loan sus conocimientos en la materia y su experiencia junto al gran Ignacio Coyne en algunos artículos que todavía destilan cierta desconfianza hacia “el aparato de retratar”.

Es el año 1910 y el Pirineo está sumido en profundos cambios. Jaca todavía está amurallada pero muy pronto se liberará de ese cerco medieval. Muy cerca se está construyendo el ferrocarril de Canfranc, la obra más importante en el Aragón de la época. Miles de trabajadores procedentes de todo el país han llegado hasta ese recóndito lugar de la península, y con ellos un cargamento de ideas revolucionarias que chocan de lleno con el carácter desconfiado y supersticioso de los montañeses.

De las Heras se encuentra con ese paisaje en pleno proceso de catarsis. También con unos pueblos que alcanzan el máximo índice demográfico de todo el siglo XX, en los que todavía perduran los usos y costumbres casi inalterados desde la Edad Media. Pero es un Pirineo que se desintegra a marchas forzadas, a impulsos de un desarrollo que se manifiesta en forma de centrales hidroeléctricas y pantanos.

En septiembre de 1910 edita su primera colección de postales sobre Jaca y antes de finalizar el año otra sobre el Monasterio de San Juan de la Peña. En muy pocos meses sienta las bases de su negocio y comienza a consolidar la actividad por la que sería conocido en toda la región. La costosa producción de postales es su sello de identidad, una arriesgada pero visionaria apuesta comercial que le daría excelentes resultados.

Esas primeras postales muestran paisajes de Jaca y de su entorno, pintorescas calles y recoletas plazas. No son fotos de autor ni pretende introducir criterios de diseño. Muestra la realidad tal y como es, desprovista de filtros y carente de ambiciones estéticas. Nada que ver con el trabajo de algunos de los fotógrafos coetáneos aragoneses más reconocidos como Ricardo Compairé o Aurelio Grasa. Pero ahí reside su valor, en la enorme fuerza documental de sus imágenes.

Francisco De las Heras fue el único fotógrafo que residió permanentemente en el Pirineo. Por eso huyó de lo que otros consideraban pintoresco y evitó los tópicos en su producción fotográfica. Quizá ahí resida la razón del profundo olvido al que ha estado sometido durante varias décadas. Fue, en realidad, un notario de lo cotidiano, un fotógrafo de pueblo que tan pronto acudía a una boda como fotografiaba un terrible alud en el Balneario de Panticosa. A veces inmortalizaba a los niños jacetanos en el día de su Primera Comunión y otra veces se detenía en todos los detalles que brindaba la monumental obra del Canfranc.

Respondió De Las Heras con una soberbia capacidad de trabajo a los retos que le ofrecía el arriesgado negocio de la fotografía en aquellas primeras décadas del siglo XX. Su producción de postales aumentó de forma considerable y pasó de ser una anécdota a convertirse en una verdadera industria. Primero fue Jaca y sus alrededores pero mas tarde el Balneario de Panticosa, Ansó, Echo, el desaparecido Balneario de Tiermas, la incipiente Sabiñánigo, el valle de Roncal, el valle de Tena, Biescas, Huesca, el valle de Aspe... Pocos rincones quedaron fuera del objetivo del fotógrafo jaqués. Hoy esas postales se cotizan al alza en las tiendas de coleccionistas y los mercados de viejo.

Luis Serrano, uno de los más importantes coleccionistas de postales antiguas de Aragón, no tiene dudas en afirmar que “De las Heras es el fotógrafo más prolífico de nuestra tierra, no hay nadie más que produjera la ingente cantidad de postales que produjo él. Su mérito es tremendo porque no hay que olvidar que él no estaba en Zaragoza, donde todo era mucho más sencillo. Vivía en Jaca, que entonces era un pueblo de 5000 habitantes sin apenas comunicaciones. Y sin embargo fue mucho más hábil, más dinámico y más visionario respecto al mundo de la fotografía que el resto de fotógrafos aragoneses y muchos de los españoles”.

Para explicar la extraordinaria dimensión del legado de De las Heras hay que ahondar en su encomiable labor comercial. A diferencia de otros fotógrafos contemporáneos,  hacia fotos para comer y en aquellos años eso no era sencillo todos los días. La prensa jaquesa de la época describe con lucidez las penurias de buena parte de la población para encontrar trabajo y la escasez de recursos.

En ese contexto, su hiperactividad responde por igual a un meritorio desarrollo vocacional y a un ejercicio de supervivencia que no admitía pausas. En Jaca De las Heras era el fotógrafo de las bodas, bautizos y comuniones y en el exterior el promotor de interesantes colecciones de postales sobre el Pirineo. Los pioneros del turismo de montaña y los furtivos esquiadores las utilizaron para mostrar a lejanos parientes las bellezas de la cordillera. Pero además ejercía de periodista gráfico para el Heraldo de Aragón, el ABC o la revista Aragón. Fue un impagable corresponsal de prensa que firmó interesantes reportajes ahí donde otros no llegaron a tiempo.

Hizo de la necesidad virtud y supo sacar el máximo rendimiento de los escasos medios disponibles. Se convirtió en un maestro del retoque fotográfico, que utilizaba para maquillar una imagen y utilizarla en dos colecciones distintas de postales. Pintaba la nieve para diseñar una serie de paisajes nevados y después la borraba cuando lo que vendía era el Pirineo primaveral. Un prodigio del marketing cuando éste no existía.

En 1923 dio el salto y se instaló en un espacioso local de la calle Mayor, la principal arteria de Jaca. Él mismo diseño la fachada de ese edificio con reminiscencias árabes que todavía hoy se puede contemplar en el número 30. Ese año inauguró también el primer estudio con luz natural de la ciudad y prosiguió en su labor de promoción del Pirineo aragonés Cuatro años antes había realizado una incursión en el mundo de los libros al editarle al historiador Ricardo del Arco el lujoso libro “La Covadonga de Aragón. San Juan de la Peña” profusamente ilustrado con sus propias fotografías.

El fotógrafo de pueblo ya había alcanzado la categoría de gran empresario, reportero, editor, documentalista, promotor turístico y divulgador. Es en este tiempo cuando desarrolla probablemente sus trabajos más meritorios y perdurables. Suyas son las únicas fotografías conservadas del Balneario de Tiermas, desaparecido en los años 50 bajo las aguas del pantano de Yesa. A él se debe también el detallado seguimiento visual de las obras del ferrocarril de Canfranc, al que dedicó largos años y notables esfuerzos. Esa dedicación culminó el 18 de julio de 1928 cuando fotografió a Alfonso XIII y el presidente de la República Francesa, Gaston Domuergue, en la inauguración de la Estación Internacional. Esa imagen forma parte de la historia gráfica española del siglo XX.

Dos años después fue el único fotógrafo que pudo captar las primeras horas de la sublevación republicana de los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández. Cuando cuatro meses después se proclamó la II República, De las Heras se apresuró a publicar un anuncio en la prensa en el que recordaba que el retrato de Galán que blandían miles de españoles en las primeras manifestaciones de entusiasmo republicano había sido realizado por él. Esa foto se había convertido de la noche a la mañana en un icono del nuevo Estado.

Pero quizá su aportación más valiosa a la historia de la fotografía es su serie sobre las “endemoniadas” de Jaca tomada en 1922. Aquella patética procesión de mujeres que creían estar poseídas por el diablo bajo la peana de Santa Orosia es hoy un documento antropológico de un valor incalculable. Incluso en esas circunstancias cuenta el antropólogo Ángel Gari que “una de esas fotografías está retocada. Una de las posesas se quitó la camisa  al experimentar mejoría, pero De Las Heras la tuvo que pintar en el contacto final ante las amenazas de un familiar”.

Tras la Guerra Civil, De las Heras fue perdiendo el pulso fotográfico y pasó los trastos a su yerno, Primitivo Peñarroya. Todavía tuvo tiempo de plasmar otro horror, el del incendio que asoló en 1944 el pueblo de Canfranc. Las llamas que acabaron en unas horas con la milenaria población  fueron como la metáfora del tiempo vivido, el periodo más convulso de la historia del Pirineo retratado con primorosa dedicación para las futuras generaciones.

La cámara de De las Heras ha dejado testimonios de gran valor sobre los profundos cambios experimentados por la cordillera aragonesa en la primera mitad del siglo XX. Probablemente sin ser consciente de su trascendental labor histórica, captó escenas irrepetibles, paisajes modificados por el hombre para siempre y una sociedad que ya sólo será posible conocer a través de sus fotografías. Cuando murió en 1950, la pequeña ciudad que le había recibido con los brazos abiertos cuarenta años atrás comenzaba su transformación en centro turístico. Cincuenta y ocho años después sus nietos Carlos y Rafael mantienen abierto el negocio fotográfico en el mismo edificio que él diseño en 1923.

28/02/2008 08:47 Autor: juangavasa. #. Tema: Eminencias No hay comentarios. Comentar.

14/02/2008

Frank Belsué; Paco de Jaca

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Francisco Belsué Galindo nació en Jaca en 1935 en el seno de una familia numerosa. Su madre era la mondonguera más popular de la ciudad y su padre trabajaba en la serrería de Altahoja. Los duros años de la postguerra los pasó entre las aulas de los Escolapios y como monaguillo en las liturgias diarias, en las que se quedaba absorto contemplando el arte sacro, ajeno a las diatribas del sacerdote de turno. Ahí nació su pasión por el diseño, que con el tiempo se convirtió en una fructífera carrera profesional que le condujo en 1968 a Canadá. En el país de la hoja de arce ha vivido desde entonces y ha dejado su singular concepción de la estética publicitaria en infinidad de trabajos, algunos de los cuales se convirtieron en reconocidos iconos que compitieron en popularidad con la propia bandera rojiblanca. Hoy, jubilado pero activo en su producción creativa, piensa en su próximo viaje a Jaca mientras sigue a través de internet la actualidad de su pueblo y de Aragón. Su despacho lo preside una gran foto hecha desde Oroel y el remite de sus emails lo firma con un expresivo “Paco de Jaca”. 

En el verano de 2004 conocí a Francisco Belsué en Toronto, la próspera capital de la provincia de Ontario, en el sureste de Canadá. Allí vive desde que llegó hace ahora cuarenta años. Ocupa un pequeño adosado de dos plantas cerca del barrio de “Greekville”, una extensa zona del sur de Toronto habitada por la numerosa colonia griega. Está a escasa distancia del omnipresente lago de Ontario, desde donde se disfruta de todo el skyline de la ciudad, con la popular CN Tower, el Air Canada Center, el estadio del mítico Toronto Maple Leafs (NHL) y de los Toronto Raptors (NBA), y el moderno centro financiero, expresión del espectacular crecimiento económico experimentado por la ciudad en las dos últimas décadas.

Paco tiene una sonrisa contagiosa y un timbre de voz casi infantil que no se corresponde con su inmensa figura, rematada por una barba blanca que le da un aire entre intelectual y bohemio, algo ácrata y sin duda inconformista. Media vida en Canadá no ha sido suficiente para borrar las huellas de su origen, plasmado tanto en los cuadros que decoran la casa (estampas de Prado Largo antes de ser urbanizado, Albarracín, Rapitán...) como en su particular forma de expresarse, una nueva versión del incipiente “spanglish” transformado en “sparanglish”. En su conversación se mezcla el “lunch-time” con el “mozo”, el diseño “nice” con el “hay que joderse”, o el “anyway” con el muy jacetano “jodo”. Uno no ha anulado al otro, simplemente se han sumado para enriquecer su vocabulario.

           La historia de su vida está marcada por el viaje que decide realizar en 1968 a Canadá para trabajar en una película de dibujos animados. Su amigo Juan Tudela había recibido una carta en la que pedían dibujantes españoles, cotizadísimos entonces entre todas las agencias publicitarias. Eran unos privilegiados en aquella España triste y casposa que empezaba a desperezarse con el desarrollismo industrial y el turismo emergente. Paco no desperdició la oportunidad y con el aval de su experiencia en tres agencias de publicidad de Zaragoza decidió cruzar el Atlántico y establecerse en un desconocido país que no era habitual receptor de la emigración española. “Aunque yo siempre he dicho que emigré para viajar, era lo único que quería hacer, no tenia intención de quedarme tantos años, pero, ya ves, la vida siempre está dispuesta a sorprendente” señala.

Antes de iniciar la inconsciente diáspora, su vida entre Jaca y Zaragoza es un guión escrito con casualidades, abierto a la improvisación y modelado a impulsos de una personalidad que tenía mal encaje en la provinciana España franquista. Crear sin resultar sospechoso, admirar el arte sin prejuicios raciales y aspirar a un horizonte más abierto formaban parte de una declaración de principios poco considerada con el poder establecido. “Muchos nos sentíamos asfixiados en la España de entonces, aunque ahora compruebo que la dictadura de Franco era como la de Bush”. Aquí emerge el Belsué mas combativo, el mismo que critica sin miramientos la política belicista de la administración norteamericana, el poder de las multinacionales –“me jode haber trabajado para grandes compañías”, asegura-  o la gestión hidráulica del anterior gobierno español. La suya es una actitud permanente de hostilidad ante cualquier poder.

Desde niño se vincula a las actividades religiosas de casi todas las iglesias de Jaca. “No soy una persona religiosa –asegura-, he sido monaguillo de todas las iglesias del pueblo. Siempre digo que soy creyente por si acaso. Yo estaba de monaguillo y me perdía fascinado por lo que veía. Me quedaba embobado viendo los retablos, era lo que verdaderamente me interesaba”. Con doce años ayudaba a misa en las Benitas y recibía en compensación un pedazo de chocolate que las monjas de clausura le dejaban en el torno. “Allí tenían una habitación que ya no está en la que se guardaba en sepulcro de Doña Sancha. Yo tenía llave y la enseñaba a los turistas porque la conocía perfectamente” recuerda.

Infancia entre retablos y olor a incienso que marcó definitivamente su vocación creativa y su pasión por el arte sacro. Sus primeras creaciones nacieron de los duros de oro y plata que le traía el padre capuchino Esteban para que los transformara en alambre para rosarios. “Hice montones de pulseras”. Eran los años de la escasez y el racionamiento en una Jaca acongojada por la cercana guerra civil. El ritmo diario lo marcaba la iglesia, el ejército y una burguesía local que se había preocupado en acrecentar las diferencias entre clases. Con la mirada del niño y la memoria del adulto, los recuerdos infantiles se empapan de ese sabor agridulce que siempre queda en el poso de las cosas. “Un mes de febrero los escolapios nos hicieron subir a los “externos” del colegio, así nos llamaban a los que no podíamos pagar la matrícula,  todos los ladrillos que hacían falta para construir la segunda planta del edificio de la calle mayor. Los que pagaban no lo hicieron, por supuesto. Es algo que todavía recuerdo”.

Otro escolapio, el padre Benito, le encargó que calculara cuántas baldosas había que comprar para alicatar el popular zócalo del patio interior del colegio. “Dibujé todos los cuadritos, uno por uno, y al final me equivoqué en muy pocos. Confiaban en mí para estas cosas y ellos también se quitaban responsabilidades”.

 Poco después empezó a trabajar en la Joyería Muñoz como aprendiz y más tarde en la librería El Siglo. Un día llegó Víctor Sarriá, un viajante que comercializaba las postales Victoria, y le ofreció un trabajo en Zaragoza y 300 pesetas de sueldo. Así comenzaba la etapa zaragozana y su dedicación definitiva al diseño. Enseñó dibujo en las Escuela Pías y estudió en la Escuela de Artes y Oficios con los profesores Félix Burriel y Luis Berdejo, aunque siempre se ha definido como “un autodidacta en todo. Fui profesor sin acabar el bachillerato, mi único título es el de Maestro Artesano, aunque lo considero una anécdota”, apunta.

Su calidad le permitió entrar como diseñador en los afamados Talleres Quintana, especializados en orfebrería religiosa. Era la culminación de un sueño tan anhelado que había prometido diseñar un manto para Santa Orosia si conseguía el trabajo. Lo hizo en 1958 y hoy se sigue exponiendo cada 25 de junio. Paco seguía los pasos de su hermano Santiago, que ya se había convertido en un reputado encuadernador y restaurador de libros. Entre 1956 y 1957 trabaja intensamente en las reformas del camarín de la Virgen del Pilar y en el diseño de la corona que se coloca en la ofrenda de flores. Suyas son también las vidrieras, sagrarios y comulgatorios de la iglesia de Caldearenas. La impronta religiosa está presente en esos primeros trabajos de forma palmaria y comprueba hasta qué punto ha sido rentable su infancia entre curas y retablos, “conocía la iconografía religiosa a la perfección y pude trabajar desde muy joven adaptando sus interpretaciones a mi gusto”.

El cierre de Talleres Quintana le obliga a especializarse en publicidad y artes gráficas. Combina el trabajo en varias agencias con la formación junto a Natalio Bayo, Juan Tudela y José Luis López Velilla en el estudio de pintura de Alejandro Cañada. La orfebrería y la cristalería han dado paso a los anuncios de Pikolín, Konga o la Pitusa. En Zaragoza una generación pionera de excelentes dibujantes se forma de manera autodidacta en las artes del diseño publicitario. Francisco Belsué es uno de sus principales ejemplos.

UN SÍMBOLO DE CANADÁ

Los Blue Jays son el primer equipo de béisbol de Canadá y el principal emblema deportivo de Toronto, sólo superado por el equipo de hockey sobre hielo de los Toronto Maple Leafs, uno de los seis históricos fundadores de la NHL, la primera liga del mundo. El club se fundó a mediados de los setenta con un despliegue mediático inusitado y el respaldo de algunas de las primeras compañías del país. El diseño del logotipo había sido adjudicado a la agencia Savage Sloan Ltd. en la que acababa de desembarcar Paco Belsué. No le gustaba el deporte pero recibió el encargo de diseñar la imagen del equipo.

El blue jays es un pájaro azul, blanco y gris que abunda en toda la zona noreste de Norteamérica. Con esa imagen hizo unos cuantos bocetos hasta dar con el definitivo. Sin pretenderlo, acababa de diseñar uno de los iconos más populares de Canadá, el símbolo más conocido después de la hoja de arce. Sólo la primera semana generó diez millones de dólares de beneficio, aunque Paco sólo cobró su cheque semanal en la empresa. Fue el artista anónimo para el logotipo más reconocido. En el libro “This side of Spain”, que reflejaba la actividad de la colonia española en el país en los años 80, se referían a Belsué asegurando que “su contribución a Ontario y Canadá ocupará un lugar en la historia del país”.

            Aquél logotipo fue modificado tiempo después por los dueños del club, pero los auténticos aficionados siguen llevando en cada partido el de Paco, el primero de todos. Incluso en la página web del equipo se sigue utilizando y comercializando. No ha sido el único. Empresas como American Express, Banco de Italia, Viscount, Benson & Hedges o Kellogg’s han pasado por las manos del jaqués.

14/02/2008 09:19 Autor: juangavasa. #. Tema: Eminencias No hay comentarios. Comentar.

13/02/2008

Falcón, el hombre y el río

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Lo recuerdo perfectamente, como se conservan esas imágenes de la infancia que perduran con una nitidez asombrosa. Sentado en la barra de la cafetería Somport, con su inseparable pipa, el pelo blanco revuelto y una libreta en la que escribía de manera aleatoria, guiado  más por los impulsos inciertos de la inspiración que por el método y la constancia. Era José Manuel Falcón, el dueño y también el artista, aunque esto lo he sabido mucho tiempo después.

Aquel Somport no era como el resto de bares de Jaca a los que me llevaba mi padre en el vermout dominical.  Tenía algo especial y desconocido que luego con los años descubrí que se llamaba cosmopolitismo, o más bien, para huir de ese provincianismo pretencioso, modernidad y bohemia. Exhibía un piano que le daba un aspecto cinematográfico y sus paredes de pulcra madera  blanca nada tenían que ver con el habitual alicatado del país o el amarillo con sabor a cognac y humo de eternos puros vespertinos. Casi siempre reunía a una clientela francesa de Pernod y Ricard que se alejaba notoriamente del estereotipado jaqués de la época.  A principios de los 80 cerró pero ese local todavía sigue siendo el del Somport.

El Gobierno de Aragón organizó en Zaragoza hace ya cinco años una exposición antológica con la obra pictórica de José Manuel Falcón. Dirigida por Concepción Lomba y Antonio Pérez Lasheras, la muestra repasaba la vida del artista, fallecido en Granada en 1990, y dibujaba los retazos de una personalidad tan atrayente, poliédrica y controvertida como su propia creación artística. Fue entonces cuando descubrí la verdadera dimensión del hombre de la pipa y el pelo blanco, su talla como creador, intelectual, iconoclasta y activista político en una Jaca que dormitaba apaciblemente bajo el calor de una dictadura renqueante pero insoportable.

El Somport (y ahora ya no lo veía a través de los ojos del niño), resultó ser un islote de libertad, progresismo e inconformismo, un oasis en medio de un desierto de espesa y pesada arena, tan pesada y compacta como la oligarquía religiosa, política y económica local.  Y José Manuel Falcón se erigió a través de su restaurante en una “mosca cojonera”, en un irreductible y constante luchador, porque la vida y una hemofilia heredada desde la infancia no le dejaron otra alternativa que la de la lucha como escenario vital.

Desde su nacimiento en Zaragoza en 1938 sufrió las fatídicas consecuencias de la dolencia, que le postraron en cama durante largas temporadas y le perfilaron el carácter del típico superviviente; fuerte carácter, gran sensibilidad y una tendencia al relativismo cuando no al escepticismo. Su padre Julián, anarquista afiliado a la CNT, es detenido en 1946 cuando es descubierta una célula comunista que solía reunirse en el Niza, el café que regentaba en la capital aragonesa. Este suceso provocó el cierre del establecimiento y la decisión familiar de instalarse en Jaca, donde en el verano de 1949 abrirá Los Cuatro Vientos, pequeño quiosco de bebidas. Cuatro años después funda el Bar-Restaurante Somport. 

A los 16 años José Manuel tiene clara su vocación artística, que había estado cultivando durante la infancia y la adolescencia como parte de su universo de limitaciones y penurias físicas.  José Ramón Marcuello le recordaba en aquellas tardes de verano participando en las correrías de la pandilla por Jaca: “... y afuera de todo, un vendaval incontenido duramente conquistado palmo a palmo, pedrada a pedrada, cuquera a cuquera. Era aquella una guerra vedada para Pepe, prisionero prematuro de una injusta y traicionera tiranía. Una tiranía que hizo de él un curtido partisano, un entrañable encajador de malas rachas y un fiel y generoso amigo para siempre al que en el fondo y sin nunca saberlo, todo envidiábamos un poquico”. A esas alturas ya ha escrito, ha creado versos y ha pintado, tiene una innegable capacidad creativa pero necesita encauzar tamaño caudal artístico. Fue, sin embargo, la muerte de su madre, Goya Pérez, en 1955, a la que estaba muy unido,  la que definitivamente le hace decantarse por la expresión artística como medio de vida, después de algunos tanteos con la arquitectura.

Entró en la prestigiosa escuela de Alejandro Cañada, la más notable de la época, por la que pasaron también artistas de la talla de Julio Dorado, Maribel León o  Julián Borreguero. Luego se trasladó a Barcelona a la Escuela de Bellas Artes de San Jorge y más tarde a la madrileña de San Fernando después de unos años de empeoramiento de su enfermedad que le obligaron a permanecer mucho tiempo en cama. Viajó por Italia y Francia (residió un tiempo en París) y compartió inquietudes con numerosos pintores coetáneos (Antonio Saura, Manuel Violsa, José Beulas...). De él escribieron que nunca “se dejó seducir por las corrientes artísticas emrgentes en aquellos años, un periodo de tiempo cargado de novedades estéticas que iban desde el informalismo, pasando por el “pop art” hasta el arte conceptual, el objetual o la nueva figuración”.

Tanto en su pintura como en la poesía mezcló la crítica social con las evocaciones del  hermoso espacio pirenaico. Prefirió siempre los paisajes rurales a los grandes edificios monumentales que se esparcían por el Pirineo, porque entendía que la arquitectura rural de los pueblos  representaba la humanización del paisaje. Así se explica la proliferación de estampas y rincones de pueblos de la Jacetania en toda su producción, que se caracterizó por el desarrollo de dos ejes temáticos: el paisaje y el realismo crítico, basado según Concha Lomba, “en un carácter expresionista que se torna casi mágico. Delicada, irónica y dura expresión de la pasión y el amor, la tensión o el repudio que el entorno natural y el ambiente social del momento le producían”. En este ámbito hay que destacar la serie dedicada a Santa Orosia inspirada en el conocido trabajo fotográfico de Francisco de Las Heras, que muestra evidentes influencias de los grabados de Goya.

Al mismo tiempo escribía bajo los impulsos del lector voraz que era, aunque en ocasiones confesaba que la escritura era un pequeño entretenimiento burgués. Como adolescente, y por mediación de su padre, había asistido a algunas de las tertulias literarias del conocido como Grupo del Niké (en referencia a la cafetería zaragozana), en el que figuraban importantes escritores como Miguel Labordeta,  Manuel Pinillos, José Antonio Rey del Corral o Emilio Gastón. Pronto mitificó este espacio, que perduró como referencia intelectual, y puede encontrarse en él el origen de su pasión por la charla y la conversación. También de esos encuentros heredó la visión hipercrítica de la vida de Miguel Labordeta, a la que se refirió como la “gran farsa”.

A finales de los sesenta regresa Jaca y comienza una intensa actividad cultural con la organización de exposiciones individuales y colectivas, la programación de representaciones teatrales al abrigo de los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza, y la consolidación del Somport como espacio de tertulias políticas en el que, según José Antonio Labordeta (asiduo del lugar), “intentábamos darle al ambiente una patina de intelectualidad inexistente”. En 1969 José Manuel Falcón contrae matrimonio con Marichu Gracía-Fresca Herrera en Santa Cruz de la Serós y en 1972, tras la muerte de su padre, ambos asumen la regencia del restaurante. “Allí estaba el “cojo Pepe” con su bastón y su pipa en ristre  y su cara de sorna, siempre dispuesto a retar al primero que se dejara a un debate de agudezas, cual gracianesco aragonés”, recordó de él tiempo después Félix Monge. En 1973 fundó junto a otros artistas e intelectuales de Jaca el grupo artístico, cultural y de debate Asociación Mozalla, germen de futuras exposiciones y movimientos socioculturales que contribuyeron a cepillar el páramo cultural local.

En 1979 cerró temporalmente el Somport ante el avance de su enfermedad, y abrió una herboristeria en la calle San Nicolas que filtró en la impermeable Jaca de ternasco y patatas “a lo pobre” los beneficios desconocidos del naturalismo y la comida vegetariana. Otra cosa de rojos comunistas. Ya entonces comenzaba a rumiar la idea de abandonar Jaca e instalarse en Granada,  decisión que tomó poco después de pasar unas vacaciones en casa de Conchita Fernández-Montesinos, sobrina de Federico García Lorca. En 1986 abandona el Pirineo para afrontar en el sur la última etapa de su vida. No dejó de escribir ni de pintar, ni de recordar el Pirineo, al que se refería constantemente en sus versos. “¿Cómo estará la nieve en mi otra casa? Frente a L´Arbesa, Peña de Oroel. ¿Desgajará la nieve los árboles del parque?” escribía en 1988. Murió el 26 de diciembre de 1990 sin ver cumplido su deseo último de regresar a Aragón.

 

El Somport, un islote cultural

Llegaba el verano y Jaca se desmelenaba. En los 60 los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza traían aire fresco a la ciudad y un arsenal de intelectuales confluía en el único lugar capaz de abosrber tanto progresismo furtivo. “Supuso un foco de aire fresco y de cultura en una ciudad lastrada por un conservadurismo atroz y rígidamente controlado por los poderes fácticos. Estos veranos convertían la ciudad en algo completamente diferente de lo que era el resto del año, ya que se vivía un pequeño oasis cultural e intelectual que se mantenía en los meses de julio y agosto y desaparecía, como por espasmo, al entrar septiembre”, describe Antonio Pérez Lasheras. En el Astoria se proyectaban las películas de Luis Buñuel, la gran pianista Pilar Bayona ofrecía recitales musicales, visitaban regularmente la ciudad hispanistas como José Manuel Blecua o sus hijos Alberto y José Manuel, Alan Deyermond, Ildefonso- Manuel Gil o Mariano Baquero, historiadores como Manuel Tuñón de Lara o novelistas de la categoría de Carmen Martín Gaite. Eso era Jaca en verano, una hermosa máscara estival que escondía la mediocridad cultural del resto del año, “la monotonía de ciudad provinciana con pretensiones burguesas” según Pérez Lasheras.

Y en ese ambiente de multiculturalidad el Somport fue el punto de encuentro y José Manuel Falcón su “alma mater”. Dice Labordeta que su terraza “era como un barco varado en la orilla de la carretera que conducía al país vecino, que enfrentaba las miradas a la calle Mayor –“ya no la rondan chavales”- y que en los mediodías invernales, con el sol golpeando las cabezas de los contertulios, resultaba un lugar paradisiaco, mientras que en verano, recubierto con sus toldos, cobijaba a los profesores de la Universidad de Verano y a los alumnos y alumnas extranjeras -¡qué ricas estas últimas!-“.

En su microcosmos particular Falcón fortaleció sus certezas y convicciones, su amor por la pintura y la escritura (realizó a lo largo de su vida varias antologías políticas), y sus convicciones políticas, que le llevaron a ingresar en el PCE y enarbolar una bandera roja con la hoz y el martillo el día de la legalización del partido por las calles de Jaca. Labordeta recuerda que “naturalmente, el negocio dejó de tener clientes locales y sólo los foráneos entrábamos en la casa que, poco a poco, iba llenándose de sombras y de ausencias”. Colaboró en la mítica Andalán (su anuncio “Restaurante Somport (Jaca). Se come bien”, era uno de los fijos), lo que le causó, según Eloy Fernández Clemente, más de un problema, que no hacía sino engrosar la larga lista de incordios que causaba en la derechona local. “Cada quince días pasaban los tenaces miembros no sé si de la Guardia Civil o de la Brigada Político Social a preguntar en los puestos de venta los nombres de los compradores que, claro, habitualmente eran pocos y aun así regateados. En el fondo Pepe disfrutaba enormemente con aquella situación que, sin embargo, fue en aquellos años realmente delicada, peligrosa”,

En la vida o eres río o eres hombre, dice Labordeta, “y tipos como José Manuel, que podían ser las dos cosas, difícilmente entran más de uno por millón, y aquí apenas lo somos”. Fue un utópico en un desierto entre montañas.

 

Artículo publicado en la revista "Jacetania" que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum Editorial.

13/02/2008 12:03 Autor: juangavasa. #. Tema: Eminencias No hay comentarios. Comentar.

Joseph Habierre, el francés de Jaca

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La vida cada vez es más difícil en Jaca. Varias epidemias consecutivas de cólera, viruela y dengue han dejado maltrecha a la población, que practica cada mañana un heroico ejercicio de supervivencia. Las cosas no mejoran mucho en el campo y la alarmante falta de trabajo mantiene a muchas familias en la absoluta indigencia.

            Orosia Rapún, natural de Borau, con la viudedad recién estrenada y la desesperación en el alma, decide cargar a sus cinco hijos, el más pequeño todavía de pecho, y tomar el camino de Oloron en busca de futuro. Corre el año 1892 y a Jaca acaba de llegar la luz eléctrica y también el tren. Tremenda paradoja.

            La carretera que lleva a la frontera ha sido construida hace muy pocos años pero el Somport sigue siendo inhóspito y traicionero. Pese a todo, a finales del siglo XIX cruzar a Francia sigue siendo más sencillo que bajar al llano, tierra ajena y desconocida. Orosia arrastra a sus hijos y una carga de dolor que al tiempo le insufla valor. Es lo único que pesa en el mísero equipaje de una viuda de jornalero que quiere mitigar el hambre de sus cinco hijos.

            Al llegar a lo alto del Somport continúan sin descanso hasta Lescar, muy cerca de Pau. Han llegado a la tierra prometida con la certeza de que el camino andado es tan sólo una estación intermedia. Allí les preguntan por sus apellidos y el Javierre del marido y padre fallecido (jota rotunda e impronunciable para los franceses) se convierte en una hache aspirada que lo transforma en Habierre. Con el afrancesado se quedaron para siempre, iniciando un proceso de desespañolización que culminó en uno de los errores más importantes de la historia del ciclismo español, sólo resuelto más de un siglo después.

            La revista belga Coups de pédales (Pedaladas) desveló el pasado año que José María Javierre, uno de los hijos de Orosia, fue el primer español que corrió el Tour de Francia en 1909, y no el bilbaíno Vicente Blanco “El Cojo”, al que se le atribuía históricamente ese privilegio después de tomar parte en la ronda gala de 1910. Para encontrar el origen de esa confusión hay que remontarse a ese lejano año 1892, cuando la familia Javierre inicia la diáspora hacia Oloron y pasa a ser Habierre.

            Orosia Rapún, nacida en “Casa Soro” de Borau, había contraído matrimonio con Justo Javierre, natural de Javierregay. Vivían en el número 3 de la antigua Plaza de la Estrella de Jaca, actual plaza de Ripa,  detrás del claustro de la Catedral. José María fue el tercero de cinco hermanos que vivían hacinados en una casa de escasos recursos y muchas renuncias.

Había nacido el 6 de febrero de 1888 y bautizado en el mes de abril en la Catedral. En el libro de Cumplimiento Pascual que conserva el Obispado de Jaca se indica con claridad que en la Pascua de ese año vivían en la Plaza de la Estrella el matrimonio Javierre y sus hijos Miguel, de 10 años, Cándida, de 7, y José María, de meses. También se informa de que compartían techo con cuatro personas más que no pertenecían a la familia.

            Tres años después se había sumado un hijo más, Luis, de seis meses, pero ya había fallecido el cabeza de familia. En 1892, tras el nacimiento de Dámaso, ya no queda ningún Javierre en esa dirección. A esas alturas Orosia ya había iniciado el exilio forzado hacia el otro lado del Pirineo. Nunca más volvería. En Lescar encontraron las oportunidades que la Jaca burguesa y acomodada les negaba. Con 17 años José María comienza a interesarse por las bicicletas y se compra una para hacer largos recorridos por la tarde, después de trabajar en la fábrica del pueblo. En Francia el ciclismo es ya uno de los deportes más populares. Tan sólo dos años antes el diario ciclista L’Auto, dirigido por Henri Desgrange, ha comenzado a organizar la Vuelta a Francia. La prueba ha logrado arrastrar en poco tiempo a miles de franceses a las carreteras y el pequeño Maurice Garin es la estrella del momento tras ganar la primera edición.

José María Javierre es ya Joseph Habierre. Su infancia jacetana apenas la reporta recuerdo alguno. Desde los cuatro años vive en Lescar y piensa como un francés, habla francés y se siente francés. Pero sigue siendo español. Su afición ciclista le concede cierta notoriedad en algunas carreras locales y regionales. En el velódromo Bois Louis de Pau gana varias pruebas con 19 años y en 1908 consigue el triunfo en la más que respetable Monein-Artix. Las victorias se suceden en la Pau-Puyoo-Pau con un record que se mantendría durante varios años. Apenas consigue dinero, corre por el honor y algunas medallas, nada más. Ha ganado fuerza y confianza y se encuentra preparado para dar el salto al Tour de Francia, “la prueba deportiva más grande”, como rezaba la publicidad de L’Auto.

            Un 5 de julio de 1909 Joseph Habierre se inscribe con el dorsal 70 en el que iba a ser el Tour más frío y lluvioso de la historia. Preguntado por su lugar de origen responde que es natural de Lescar, y francés. Los rudimentarios métodos de inscripción de la época no daban para más. Aquel Tour recorrió 4.497 kilómetros durante 14 terroríficas etapas de 300 kilómetros por carreteras infames sobre rudimentarias y pesadas bicicletas. Ganó con una autoridad insultante el luxemburgués François Faber (logró seis victorias de etapa),  y Habierre finalizó en una meritoria 17ª posición en la general.

            El Tour de 1909 fue el primero que admitió la categoría de los isolés, los ciclistas solitarios que competían sin equipo ni apoyos técnicos. El de Jaca fue uno de ellos. Hercúlea empresa en un tiempo en que el ciclismo pertenecía al universo de la épica. Su primera participación en el Tour fue alabada por los medios de comunicación y admirada por sus paisanos de Lescar, que le recibieron con una pancarta que decía “Vive Habierre” cuando la carrera atravesó el pueblo en la terrible etapa entre Bayona y Burdeos. Según recogía la revista de Pau Eclair-Pyrenées, en un reportaje que dedicó a Habierre en 1952, éste besó a su madre y le espetó en bearnés “Adiou Mama”.

            Ese día el de Jaca hizo la mejor etapa de su vida y concluyó el 15º, a una hora y media de Constant Ménager, exhausto ganador con un tiempo de 10 horas.  Al final del Tour Habierre ocupó  el sexto lugar de su categoría en una carrera dominada por los grandes equipos del momento, sobre todo el patrocinado por la mítica marca de bicicletas Alcyon, maravilloso equipo de galácticos en el que militaba el propio Faber,  Garrigou y Alavoine.

            En aquel reportaje publicado 43 años después en Eclair-Pyrenées, se relataba con detalle una de esas etapas, que ilustraba sin ambages la dureza de una aventura heroica. “Entre Brest y Caen, a las 3 de la mañana, Habierre pinchó. Mientras repara el neumático al borde de la carretera, en la oscuridad más completa, una fuerza brutal le empuja y le manda al fondo de la cuneta. Era un ciclista retrasado y despistado. Habierre, aunque tarda un poco, recupera el sentido, pero lo que no recupera es el desmontable. A cuatro patas busca ansioso entre la hierba. Por fin lo encuentra. Termina de arreglar el pinchazo y vuelve a partir. Llega al primer control con 1.20 horas de retraso y debe rodar solo los 415 kilómetros de la etapa”. Al año siguiente el jaqués se traslada a vivir a Oloron y abre una tienda de bicicletas Alcyon. Su vida se vuelca definitivamente en el ciclismo y decide participar nuevamente en el Tour de Francia, y vuelve a terminarlo. Es la edición de los Pirineos, la primera que asciende el Tourmalet, el Peyresourde, el Aspin y el Aubisque en una misma etapa. Henri Desgrange, el padre del Tour, había enviado a un emisario el año anterior para inspeccionar los puertos pirenaicos. Quería más espectáculo y dureza y estaba convencido de que la capacidad de sufrimiento de los ciclistas no había alcanzado su límite. Ese emisario encontró en el Tourmalet una pista forestal intransitable pero envío un telegrama a Paris en el que decía: “Superado el Tourmalet. Stop. Muy buena ruta. Stop”. Los Pirineos engrandecían la leyenda del Tour. El mítico Octave Lapize, ganador de aquella edición, dedicó a los organizadores una de las frases más terribles de la historia del Tour al coronar el Tourmalet: “¡sois unos asesinos!”.

 

Vicente Blanco, “El cojo” de Bilbao

En España el ciclismo no pasaba buenos momentos. Tras el boom de finales del siglo XIX la mayoría de velódromos había desaparecido y la popularidad del deporte perdía peso en beneficio de otras especialidades como el fútbol. La prensa deportiva consideraba al Tour como “la prueba ciclista más importante del mundo” y contaba con envidia el espectáculo anual de la grand boucle. “¿Llegaremos aquí algún día a imitar esos o parecidos ejemplos?” se preguntaban.   En Bilbao llevaba varios años dominando las carreras locales Vicente Blanco, al que le apodaban “el cojo” por las evidentes secuelas que le habían dejado dos graves accidentes laborales cuando trabajaba en la metalurgia. Sin embargo, sobre la bici era invencible y en muchas tabernas de Bilbao colgaba su foto como ejemplo de ídolo local. Manuel Aznar, su mentor, le convenció para que se adentrara en la aventura del Tour. Era la única forma posible de agrandar su leyenda y competir con los mejores del mundo, casi todos ellos franceses. Los periódicos españoles de la época recibieron la noticia con entusiasmo y expectación. La de Blanco fue la historia de un sueño imposible. La Federación Atlética Vizcaína a la que pertenecía no pudo costearle el viaje a París y el ciclista se fue a la capital francesa pedaleando. Llegó agotado la víspera del inicio del Tour y en la primera etapa con final en Roubaix los adoquines de las carreteras y el cansancio le obligaron a retirarse. Exhausto y sin dinero regresó a su tierra convertido en el primer español que participaba en el Tour. Así fue hasta el pasado año. Joseph Habierre terminó en la 24ª posición en una edición dominada de principio a fin por el equipo Alcyon. Tres de sus ciclistas, Lapize, Faber y Garrigou ocuparon las primeras posiciones en la general y en las clasificaciones parciales. El jaqués mantuvo una regularidad absoluta y realizó meritorias actuaciones en complicadas etapas como la Roubaix-Metz, de 398 kilómetros. Esta segunda experiencia en la carrera francesa había colmado sus aspiraciones y decidió no volver más. Sus participaciones le habían otorgado cierta relevancia y respeto entre sus rivales y el mismo Desgrange le envía una carta: “Espero que este año vuelva a participar en el Tour de Francia. Antes de tomar una decisión, piense en la gloria que recae sobre todos los corredores que participan”. El padre del Tour no logró convencerle. Desde este momento, Habierre se empeña en conseguir la nacionalidad francesa. Los éxitos deportivos no eran suficientes y necesita sumar méritos.  Se inscribe en la Legión Extranjera y participa en la I Guerra Mundial como cabo del batallón senegalés. Regresa cojo de una pierna y marcado por la metralla para siempre, pero recibe la Legión de Honor, la Cruz de Guerra, la medalla militar y, por fin, la nacionalidad francesa. El precio había sido muy alto. En 1920 se casa con Anne Loustalot, natural del cercano pueblo de Lurbe,  y tiene dos hijos, Auguste y Cécile. Dos años antes de morir asegura al periodista de la revista Eclair-Pyrenées que “el Tour de Francia de ahora es cosa de mujeres, no sufren, llegan a meta en un sillón”. Lo dice en los tiempos épicos de Coppi y Bobet. Falleció en 1954 con 66 años atacado por el reumatismo, un cansancio crónico y un corazón debilitado por los esfuerzos de la bicicleta y la guerra.

Artículo publicado en la revista "Jacetania" que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum Editorial.

           

13/02/2008 09:36 Autor: juangavasa. #. Tema: Eminencias No hay comentarios. Comentar.

12/02/2008

Sorolla vuelve a casa

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Durante los próximos doce meses el gran mural de las regiones de España que Joaquín Sorolla pintó para la Hispanic Society de Nueva York recorrerá algunas de las principales ciudades de nuestro país. Será el acontecimiento cultural más importante del año y una oportunidad única de contemplar de cerca la monumental obra que el pintor valenciano creó entre 1911 y 1919 por encargo del multimillonario americano Archer Huntintong. La Jacetania, y principalmente Ansó, tienen un protagonismo especial en esta soberbia creación que regresa a España después de 80 años para ser exhibida públicamente por primera y última vez.

 

            “Las regiones de España” es el nombre del gigantesco mural de 220 metros cuadrados que decora desde 1926 la Sala Sorolla de la sede de la Hispanic Society de Nueva York, una entidad fundada en 1904 por Huntintong para difundir la cultura de España y Portugal en Estados Unidos. El multimillonario americano dedicó buena parte de su vida y de su fortuna al conocimiento de la cultura hispana y a la adquisición de miles de libros y obras de arte españolas que nutrieron los fondos de su biblioteca y museo público.

            En 1911 el magnate estadounidense encomendó a Sorolla la decoración de una gran estancia rectangular de la Hispanic Society con una serie de paneles que ilustrarían las diferentes regiones españolas a través de las peculiaridades de sus gentes y sus paisajes. El resultado fueron 14 murales de tres metros y medio de altura  que plasman escenas cotidianas y folclóricas de Andalucía, Extremadura, Valencia, País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña, Galicia y Castilla-León. Muchos consideran este encargo como la obra magna de Sorolla. Le costó siete años de interminable trabajo, penosos viajes por todo el país y un esfuerzo físico y emocional que le dejó muy mermado. Un año después de concluir el último panel sufrió una hemiplejia de la que ya no se recuperaría.

            La idea original de Huntington era la de revisar los principales hitos de la historia de España pero Sorolla le disuadió con el argumento de que una obra de tipo histórico le exigía investigar sobre cuestiones con las que no estaba familiarizado. Sin embargo, la serie de paisajes de las provincias españolas le otorgaba mayor libertad creativa. El pintor valenciano tenía claro que quería ofrecer una representación de España buscando lo pintoresco de cada región “pero que conste que estoy muy lejos de la españolada”, aclaró en una de las múltiples misivas cruzadas con el multimillonario.

            Sorolla comenzó a trabajar inmediatamente después de cerrar con su mecenas los detalles del contrato el 26 de noviembre de 1911, por el que recibiría 150.000 dólares americanos. Recopila documentación escrita y fotográfica y viaja durante 1912 por todo el país para tomar anotaciones, realizar bocetos y adquirir objetos característicos de cada región. Desde el primer momento el artista sabía lo que quería para el panel dedicado a Aragón. “La encarnación máxima y más universal del espíritu aragonés se manifestaba en la jota”, había dicho en más de una ocasión. Así que decidido el argumento del lienzo, eligió Ansó y el traje ansotano para darle forma por su exuberante riqueza y colorido.

            Casualmente, el primer apunte que realiza Sorolla nada más firmar el contrato tiene que ver precisamente con Ansó. Lo hace en su recién estrenado estudio madrileño del paseo General Martínez Campos en el mes de diciembre de 1911. Contrató a dos mujeres ansotanas que habían bajado a Madrid a vender los productos típicos de la región para que posaran durante dos sesiones. Es un magnífico cuadro a tamaño natural que llama “Abuela y nieta. Valle de Ansó” y del que todavía se conserva una interesante  fotografía en la que se observa al pintor ultimando el grandioso lienzo. Ese primer trabajo establece el método de producción que el pintor seguiría en los años posteriores para preparar los catorce grandes murales: bocetos de tamaño natural, realismo puro en la captación de los elementos fundamentales y despreocupación por su conclusión.

            Pocos meses después Sorolla emprende el trabajo de campo por todo el país. Del 20 al 28 de agosto de 1912 se establece en el valle del Roncal, donde realiza dos grandes estudios bajo el título común de “Tipos del Roncal”. El pintor aprovechó la celebración de la fiesta en honor a la Virgen del Castillo para captar multitud de elementos y realizar diversos estudios previos que después utilizaría en la ejecución del mural definitivo dedicado a Navarra. La técnica siempre era la misma: primero dibujaba escenas individuales que después trasladaba a la obra final. En este acopio de documentación se apoyaba también en el trabajo de los fotógrafos que le acompañaban ocasionalmente.

            El 20 de agosto, día de la Virgen del Castillo, el fotógrafo de turno es el jaqués Francisco De las Heras, a quien Sorolla debió de conocer en Jaca en alguna de sus habituales estancias veraniegas. Y es que la vinculación del pintor valenciano con la capital de la Jacetania fue mucho más que casual, como luego podremos comprobar. La instantánea de los integrantes de la Junta del Valle del Roncal accediendo a la ermita con las banderas de sus respectivas localidades es la que Sorolla utilizará dos años después para pintar el mural de Navarra para la Hispanic Society. De aquella jornada de romería en el valle navarro Francisco De las Heras realizó una valiosa colección de postales de la que apenas se conserva alguna imagen suelta.

            El día 24 de agosto el pintor viaja a Ansó donde permanece tan sólo unas horas. A ese momento pertenece su ensayo “Tipos aragoneses”, que actualmente se puede contemplar en el Museo Sorolla de Madrid. El artista escribe a su mujer, Clotilde García, una carta desde el valle ansotano en la que le confiesa que “Ansó es admirable para pintar figuras; así es que cuando tenga que hacer estudios para el cuadro de Aragón volveré aquí”. Y así lo hizo en el verano de 1914, pero esta vez acompañado de su esposa y sus tres hijos. Hasta entonces el artista se somete a un gran esfuerzo físico como consecuencia de los numerosos desplazamientos que tiene que realizar por todo el país. Las condiciones de los viajes eran penosas y los alojamientos infames. A sus 49 años de edad los achaques comienzan a ser habituales. 1912 culmina con la realización de veinticinco grandes estudios, innumerables apuntes de menor formato y varios gouaches. El trabajo de recopilación ha sido fructífero.

            Después de un año de trabajo en su estudio madrileño Sorolla vuelve a viajar con la intención de ejecutar in situ algunos de los paneles definitivos. En agosto de 1914 llega a Jaca y se instala hasta principios del mes de septiembre. La idea del baile como expresión del carácter festivo y vigoroso de los aragoneses es el fundamento del mural que dedicará a nuestra tierra. Y los ansotanos sus protagonistas indiscutibles. La larga estancia de la familia Sorolla pasa prácticamente desapercibida en la prensa local de la época. Sólo un gran acontecimiento social rompe esa discreción. El 7 de septiembre contrajo matrimonio en la catedral de Jaca la hija del pintor, Maria Clotilde, con  el también artista  valenciano Francisco Pons. El enlace estaba previsto en Madrid pero Sorolla obliga a su hija a casarse en Jaca porque no desea realizar nuevos desplazamientos. Está absolutamente inmerso en su trabajo y quiere plena dedicación. El padre regala a la hija un apunte de un paisaje jacetano.